Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 19 de abril de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3758, del 3 de mayo de 1853. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 56-61), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto en alemán.
Londres, martes 19 de abril de 1853
La comisión que se reunió la semana pasada para examinar el estado mental de Feargus O'Connor,1 antiguo diputado por Nottingham en la Cámara de los Comunes, emitió el siguiente dictamen:
«Hallamos que el señor Feargus O'Connor está demente desde el 10 de junio de 1852 y no ha tenido momentos de lucidez.»
Como personalidad política, O'Connor se había sobrevivido a sí mismo ya en 1848. Su fuerza estaba quebrantada, su misión cumplida, e, incapaz de dominar el movimiento proletario que él mismo había organizado, llegó a ser casi un obstáculo para él. Si la imparcialidad histórica me obliga a no ocultar esta circunstancia, también me obliga a hacer justicia a este luchador caído y a dar a conocer al lector el juicio que Ernest Jones2 ha emitido sobre O'Connor en The People's Paper:
«Fue un hombre que renunció al rango, a la riqueza y a la profesión, que abandonó una práctica lucrativa y afortunada, que consumió una gran fortuna no en abnegación privada, sino en sacrificio político, que se hizo a sí mismo desterrado perpetuo de su propio país, donde poseía extensas tierras y donde era representante de uno de los mayores condados, al que odió su familia porque amaba a la humanidad, que consagró todos sus actos al pueblo y que, tras una vida de trabajo sin igual, acaba casi en la indigencia... Esa es su vida. Mirad ahora su obra: en una época de la más honda humillación, de desunión, de duda y de miseria, logró unir a millones de personas de este país como nunca se había logrado antes. O'Connell agrupó a los irlandeses a su alrededor, pero fue con ayuda de los curas; Mazzini levantó a los italianos, pero tenía de su parte a los nobles y a los comerciantes; Kossuth unió a los húngaros, pero detrás de él estaban los senadores y los ejércitos; en unos y otros, húngaros e italianos, ardían la ira y el odio contra el conquistador extranjero. ¡O'Connor, en cambio, logró él solo, sin nobles, curas ni comerciantes, unir a una clase pisoteada y llevarla a la lucha contra todos, sin poder siquiera aprovechar el sentimiento nacional para su unión! A La Fayette lo siguieron los comerciantes. Lamartine tenía a los tenderos, ¡O'Connor tenía al pueblo! Pero en el siglo XIX, en la Inglaterra constitucional, el pueblo era el más débil de todos. Él le enseñó a hacerse el más fuerte.»3
La semana pasada fue una semana de derrotas para el gabinete de coalición. Por primera vez tropezó con una oposición de coalición. El martes 12 del corriente, el señor Butt4 presentó una moción para conservar el hospital de Kilmainham como asilo de los soldados irlandeses. El Secretary at War5 se opuso a la moción; esta fue aprobada, sin embargo, pese a la resistencia del gobierno, por 198 votos contra 131. En esta ocasión el gobierno sufrió una derrota por una coalición de la Brigada Irlandesa6 con la oposición conservadora. El jueves siguiente sucumbió ante una coalición de los conservadores y la escuela de Manchester. Después de que el señor Milner Gibson7 presentara su moción anual para suprimir los «impuestos sobre el saber», se aprobó la supresión del impuesto sobre los anuncios, pese a las protestas de Gladstone, Russell y Sidney. Quedaron en minoría por 169 votos contra 200. Bright, Gibson y MacGregor8 votaron codo con codo con Disraeli, Pakington, etc., y el señor Cobden hizo la declaración formal de «que aceptaba de todo corazón la ayuda del señor Disraeli y sus amigos». Pero, con mucho, la mayor derrota del gobierno no la provocó una votación en la Cámara, sino su propia conducta.
Los lectores del Tribune habrán recibido ya detalles precisos sobre el asunto de los cohetes de Kossuth; pero, para demostrar que todo fue un amaño entre Palmerston y las potencias extranjeras, basta con referir lo que dice sobre lo ocurrido su propio órgano oficial, el Morning Post:
«La rapidez y la prudencia con que el gobierno ha tomado sus medidas darán confianza a las potencias extranjeras que dudaban de la eficacia de nuestras leyes para reprimir todo desmán entre nuestros huéspedes indeseables.»
Este asunto tendrá serias consecuencias para el ministerio de coalición. Ya ha desenmascarado, y eso es de la mayor importancia, el dandismo revolucionario del viejo Palmerston. Hasta su admirador más crédulo, pero honrado, el Morning Advertiser, se aparta abiertamente de él. La estrella de Palmerston empezó a palidecer cuando mostró sus simpatías por el héroe del 2 de diciembre y de la llanura de Satory;9 se puso desde que se convirtió, según confesión propia, en un «ministro austriaco». Pero la tarea del ministerio de coalición consiste precisamente en quitar el nimbo a todos los talentos y reputaciones existentes de la vieja oligarquía. Y resuelve este problema con una perseverancia admirable. Si Palmerston conservara su ministerio después de esta catástrofe, podría proclamar, con una pequeña variante, la ocurrente frase de Francisco I: «Todo se ha perdido, menos el honor».10
Paso ahora al acontecimiento del día: el presupuesto del señor Gladstone, que presentó en la sesión de ayer a la Cámara de los Comunes en un discurso que duró nada menos que 5 horas. Es un presupuesto de coalición, elaborado de manera enciclopédica y que encajaría de maravilla como artículo en el voluminoso diccionario de las artes y las ciencias de Ersch y Gruber.11 Como usted sabe, la era de los enciclopedistas llega siempre que los hechos se acumulan y el espíritu se queda rezagado respecto de ellos.
En todo presupuesto, la cuestión principal es la relación entre ingresos y gastos, el saldo en forma de superávit o de déficit, que indica las condiciones generales que traen consigo un alivio o un aumento de los impuestos de un país. El señor Disraeli calculó los ingresos del año 1852-1853 en 52 325 000 libras y los gastos en 51 163 000 libras. Ahora el señor Gladstone nos informa de que los ingresos efectivos ascienden a 53 089 000 libras y los gastos reales solo a 50 782 000 libras. Estas cifras muestran un superávit efectivo de los ingresos sobre los gastos de 2 460 000 libras. Hasta aquí, el señor Gladstone parece haber mejorado al señor Disraeli. Este solo podía jactarse de un superávit de 1 600 000 libras. Gladstone, en cambio, viene con un ahorro de 2 460 000 libras. Por desgracia, a diferencia del de Disraeli, el superávit del señor Gladstone se reduce, examinado de cerca, a la modesta suma de 700 000 libras. Los millones ya han salido de su bolsillo por diversas votaciones de la Cámara de los Comunes y otros gastos extraordinarios. Y, añade prudentemente el señor Gladstone:
«Hay que recordar que de las 700 000 libras, 215 000 proceden de fuentes de ingresos ocasionales y no permanentes.»
Así pues, la única base de operaciones que le queda al señor Gladstone es un superávit de 485 000 libras. En consecuencia, toda reducción propuesta de los viejos impuestos que exceda de esta suma tiene que compensarse imponiendo impuestos nuevos.
El señor Gladstone abrió su discurso con la question brûlante, la «cuestión candente», del impuesto sobre la renta. Dijo que sería posible renunciar a este impuesto de inmediato, pero que el gobierno no estaba preparado para recomendar su abolición inmediata. El primer punto al que llamó la atención fue que «obtenemos de este impuesto 5 500 000 libras». Luego intentó una justificación «brillante» de los resultados de este impuesto, exponiendo su historia con gran aparato oratorio.
«El impuesto sobre la renta —observó— ha servido para permitirles, en una época de la más dura lucha por la existencia, elevar los ingresos del país por encima de sus gastos militares y civiles... Si no destruyen ustedes la eficacia de este recurso, les permitirá, en caso de que por desgracia vuelvan a estallar las hostilidades, elevar de inmediato nuestro ejército a 300 000 hombres y nuestra flota a 100 000, y ampliar en proporción todas las instituciones correspondientes.»
El señor Gladstone dijo además que el impuesto sobre la renta no solo había servido para proseguir la guerra antijacobina, sino también para la política librecambista de sir Robert Peel.12 Tras esta introducción justificativa, nos sorprende de repente el anuncio de que «el impuesto sobre la renta está lleno de defectos». De hecho, el señor Gladstone admite así que el impuesto, si se quiere mantenerlo, tendría que modificarse de modo que excluyera esas deficiencias, pero que para eliminar esas deficiencias habría que cambiar todo el sistema. Mientras por un lado se refuta así a sí mismo de una manera curiosa, por otro se esfuerza mucho en demostrar que no hay tales deficiencias en absoluto y que no son más que imaginaciones. La cuestión de las rentas seguras e inseguras la reduce al problema de «la tierra y el comercio», e intenta, con unos cálculos extraños, hacer creer a la gente que la tierra rinde en realidad 9 peniques por libra, mientras que el comercio solo rendiría 7. Luego añade:
«que la imposición de la tierra y de las casas no depende del importe de la renta anual de los propietarios, mientras que en el comercio el cálculo de las rentas lo hacen los propios capitalistas, y en muchos casos de manera fraudulenta».
Respecto de los tenedores de títulos de la deuda, el señor Gladstone afirma que gravar el valor capitalizado de sus rentas supondría un grave abuso de confianza para con el público. En suma, el señor Gladstone rechaza de plano toda distinción entre la renta segura y la insegura como la que propone el señor Disraeli. En cambio, está dispuesto a extender el impuesto sobre la renta a Irlanda y a las rentas anuales de más de 100 libras, cuando hasta ahora el límite estaba en 150 libras anuales. Pero, en plena contradicción con la doctrina que él mismo ha proclamado, la de que «es imposible diferenciar entre sí los valores particulares de la inteligencia, el trabajo y la propiedad y expresar numéricamente esas relaciones recíprocas», propone limitar el impuesto para las rentas de 100 a 150 libras a un tipo de solo 5 peniques por libra. Y, por último, para conciliar su admiración por el impuesto sobre la renta con el reconocimiento abierto de su necesaria abolición, el señor Gladstone propone
«prorrogar el impuesto por dos años, a partir de abril de 1853, a 7 peniques por libra; por otros dos años, a partir de abril de 1855, a 6 peniques por libra; y por otros tres años, a partir de abril de 1857, a 5 peniques por libra; según esta propuesta, el impuesto desaparecería por completo a partir del 5 de abril de 1860».
Después de haber hecho, según cree, un favor a la aristocracia terrateniente y a los tenedores de títulos de la deuda con su negativa a distinguir por principio entre rentas seguras e inseguras, el señor Gladstone procura por otro lado tender a la escuela de Manchester un cebo parecido con una modificación del impuesto sobre las herencias, extendiéndolo a toda clase de propiedad, pero negándose a ocuparse del impuesto del timbre sobre las herencias.
«No me cabe duda —observó— de que este impuesto, si la Cámara lo aprueba en la forma modificada, añadirá a los recursos permanentes 500 000 libras en 1853-1854, 700 000 libras en 1854-1855, 400 000 libras en 1855-1856 y otras 400 000 libras en 1856-1857, lo que supone en total una suma adicional de 2 000 000 de libras para los recursos permanentes del país.»
Respecto de Escocia, el señor Gladstone propuso que al impuesto actual sobre las bebidas alcohólicas, de 3 chelines y 8 peniques, se añadiera 1 chelín (lo que daría 318 000 libras más), y que se aumentaran también los derechos de las licencias de los comerciantes de té, cerveceros, malteros, fabricantes y comerciantes de tabaco y jaboneros.
La suma total que el aumento de impuestos pondría a disposición en 1853-1854 ascendería, pues,
| en el impuesto sobre la renta, a | 295 000 £ |
|---|---|
| en el impuesto sobre las herencias, a | 500 000 £ |
| en las bebidas alcohólicas, a | 436 000 £ |
| en las licencias, a | 113 000 £ |
| En total | 1 344 000 £ |
| más el superávit | 805 000 £ |
| darían en total para la reducción de impuestos | 2 149 000 £ |
¿Cuáles son ahora las propuestas del señor Gladstone sobre la reducción de los viejos impuestos? Me guardaré, naturalmente, de adentrarme demasiado en este laberinto, porque la cuestión no se despacha en pocas palabras. Por eso solo tocaré los puntos principales siguientes:
Supresión del impuesto sobre el jabón, cuyo rendimiento bruto asciende hoy a 1 397 000 libras.
Reducción gradual de los derechos sobre el té, que han de rebajarse de 2 chelines y 2¼ peniques a 1 chelín en unos tres años.
Reducción de los derechos de aduana de gran número de artículos menores.
Alivio de las 40.00.000 libras de deuda de Irlanda en forma de anualidades consolidadas.13
Reducción a la mitad de los derechos de los certificados de los abogados, en relación con la moción de lord R. Grosvenor,14 que pedía su completa supresión.
Reducción del impuesto sobre los anuncios a 6 peniques, según la propuesta del señor Gibson (el Parlamento, sin embargo, ha acordado ya entretanto su completa supresión).
Por último:
- Supresión del timbre de los suplementos de los periódicos (una formidable pièce de réjouissance15 para el Times, el único periódico que publica suplementos).
Estos son, en resumen, los rasgos principales del presupuesto que el señor Gladstone ha estado incubando durante más de cuatro meses. El debate en la Cámara de los Comunes, fijado para el lunes próximo, me dará ocasión para comentar más a fondo este producto de la coalición.
Karl Marx
Feargus O'Connor (1794-1855), jefe del ala izquierda del cartismo y fundador del Northern Star; diputado por Nottingham desde 1847, fue internado en un manicomio en 1852. ↩
Ernest Jones (1819-1869), poeta y dirigente cartista, director de The People's Paper, amigo de Marx y Engels. ↩
Daniel O'Connell (1775-1847), jefe del movimiento nacional irlandés; Lajos Kossuth (1802-1894), jefe de la revolución húngara de 1848-1849; Alphonse de Lamartine (1790-1869), poeta y ministro de Asuntos Exteriores del gobierno provisional francés de 1848. ↩
Isaac Butt (1813-1879), abogado y diputado irlandés, entonces conservador. ↩
El secretario de Guerra, Sidney Herbert (1810-1861), el «Sidney» que se nombra más abajo. ↩
Grupo de diputados irlandeses católicos de la Cámara de los Comunes. ↩
Thomas Milner Gibson (1806-1884), librecambista de la escuela de Manchester, presidente de la asociación para la supresión de los «impuestos sobre el saber» (los timbres de la prensa y el impuesto sobre los anuncios y el papel). ↩
John Bright (1811-1889), fabricante, jefe con Cobden de la escuela de Manchester; John MacGregor (1797-1857), estadístico y diputado liberal. ↩
Luis Bonaparte, autor del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, que se había ganado al ejército en las revistas del campo de Satory, cerca de Versalles, en 1850. Palmerston aprobó el golpe sin consultar al gabinete y tuvo que dejar el Ministerio de Asuntos Exteriores en diciembre de 1851. ↩
Francisco I de Francia, prisionero tras la derrota de Pavía (1525), escribió a su madre: «Todo se ha perdido, menos el honor». Marx invierte la frase. ↩
La Allgemeine Encyclopädie der Wissenschaften und Künste fundada por Johann Samuel Ersch y Johann Gottfried Gruber (Leipzig, desde 1818). ↩
Sir Robert Peel (1788-1850), primer ministro tory, reintrodujo el impuesto sobre la renta en 1842 y abolió las leyes cerealistas en 1846. ↩
Así, con la cifra mal escrita, en la MEW; en el artículo del 22 de abril se habla de cuatro millones y medio de anualidades consolidadas. ↩
Lord Robert Grosvenor (1801-1893), diputado whig. ↩
Juego de palabras con pièce de résistance («plato fuerte»): algo así como «motivo de enorme regocijo». ↩