Escrito en inglés por Karl Marx hacia el 25 de abril de 1853 y publicado en The People's Paper, núm. 52, del 30 de abril de 1853. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 75-82), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto en alemán.

Todo el mundo sabe que un presupuesto no es otra cosa que una previsión de los ingresos y gastos probables del Estado para el año en curso, basada en la experiencia financiera, es decir, en el balance del año transcurrido.

Lo primero que presentó el señor Gladstone fue, pues, el estado de cuentas del año 1852-1853. El señor Disraeli, como ministro de Hacienda, había calculado en su informe los ingresos probables de 1852-1853 en 52 325 000 libras y los gastos del mismo periodo en 51 163 000 libras; contaba, pues, con un superávit de 1 162 000 libras. El señor Gladstone, que saca el balance real con los libros en la mano, descubre que los ingresos efectivos del año pasado fueron de 53 089 000 libras y los gastos efectivos solo de 50 782 000 libras, de modo que resulta un superávit de 2 307 000 libras o, según calcula Gladstone (de un modo para nosotros incomprensible), de 2 460 000 libras.

Como se ha convertido en costumbre, o mejor dicho, como el Parlamento se ha acostumbrado a ver en el ministro de Hacienda al misterioso brujo que, con no se sabe qué trucos misteriosos, hace aparecer por arte de magia todos los ingresos anuales del Estado, no es de extrañar que este personaje de peso, sea quien sea, procure cuidadosamente no destruir esa ilusión halagadora. De ahí se sigue que, si la nación logra, ampliando la producción, aumentar el importe de los ingresos fiscales por encima de lo previsto, puede uno estar seguro de que el ministro de Hacienda que por este procedimiento pueda presentar más del doble del superávit prometido por su predecesor es sin duda el mayor genio financiero. Esta alegre idea de Gladstone la acogieron y aclamaron alegremente en el Parlamento los partidarios de la oligarquía de coalición.

¡Dos millones cuatrocientas sesenta mil libras esterlinas de superávit!

Pero ni un céntimo de esos dos millones quiere el Parlamento que llegue al pueblo. ¿Y a qué se destinarán? Gladstone se explica al respecto:

«Por favorable que parezca este informe, la Cámara no debe olvidar que a cuenta de ese superávit se han hecho ya grandes asignaciones extraordinarias para el presupuesto en curso.»

El Parlamento ya sabía por Disraeli que en todo caso habría un superávit de más de un millón de libras esterlinas. Así que, una vez constituido en comisión de presupuestos, concedió alegremente, por encima de lo previsto, las siguientes sumas adicionales:

Para la flota, incluido el servicio de buques correo617 000 £
Para el ejército y la intendencia90 000 £

Además, como anuncia el señor Gladstone, a estas sumas se añaden todavía las siguientes:

Para la guerra contra los cafres (¿no hay paz?)270 000 £
Aumento de los gastos de la Junta de Artillería616 000 £
Aumento de los gastos de la milicia230 000 £
Escuelas públicas (léase privadas)100 000 £
En total1 923 000 £

También aquí Gladstone, dejando fuera probablemente los gastos de la guerra contra los cafres por su incertidumbre, calcula un total de solo 1 654 000 libras.1 Si se resta esta suma del superávit original (solo nominal) de 2 460 000 libras, queda un superávit efectivo de 806 000 libras o, según la cuenta de Gladstone, de 807 000 libras. Pero a la honorable Cámara se le sugiere descontar incluso de esta modesta suma, procedente de fuentes de ingresos inseguras y no permanentes, otras 220 000 libras. Así se encogen los dos millones originales, tan pregonados, hasta quedar en 587 000 libras, suma que no puede considerarse en modo alguno una base muy amplia para una reforma fiscal, por modesta que sea. Pero, como se asegura al país que tiene un gobierno de reformas, tiene que haber reformas; y el señor Gladstone se pone enseguida a sacarlas.

Un librecambista corriente, como el señor Hume, habría aconsejado quizá al ministro de Hacienda emplear su superávit en suprimir los derechos de aduana sobre aquellos artículos extranjeros cuyo importe, según las estadísticas aduaneras, coincide precisamente con esas 587 000 libras. ¡Pero qué exigencia tan banal, tan vulgar, tan profana sería esa para un alquimista financiero tan docto como el señor Gladstone! ¿Sería concebible que la ambición del hombre que proyecta nada menos que la abolición de toda la deuda pública se conformara con una simple rebaja de impuestos de 500 000 libras? En verdad, por semejante bagatela no habría hecho falta mandar a Sancho Timber a la Barataria india para dejar sitio al gran Don Quijote financiero de la coalición.2

La reforma fiscal de Gladstone lleva, como una tienda de Oxford Street, el orgulloso rótulo:

«¡Rebaja colosal!»

«¡Ahorro inmediato de cinco millones y unos cientos de miles de libras!»

Con eso se atrae al pueblo y se embelesa incluso a la vieja más bien guardada de entre los parlamentarios.3

Entremos, pues, en la tienda: «¡Señor Gladstone, su lista de precios, por favor! ¿Cómo se imagina usted realmente la cosa, caballero? ¿Un ahorro de cinco millones de libras?». «Pues claro, distinguido señor —responde Gladstone—. ¿Quiere ver las partidas una por una? Aquí las tiene:

1. Supresión total del impuesto sobre el jabón1 126 000 £
2. Rebaja del impuesto sobre los seguros de vida de 2 chelines y 6 peniques a 6 peniques29 000 £
3. Rebaja del timbre de los recibos a la tarifa única de 1 penique155 000 £
4. Rebaja de los derechos de los contratos de aprendizaje de 20 chelines a 2 chelines y 6 peniques} 50 000 £
5. Rebaja de los derechos de los certificados de los abogados}
6. Rebaja del impuesto sobre los anuncios de 1 chelín y 6 peniques a 6 peniques160 000 £
7. Rebaja del impuesto sobre los coches de alquiler de 1 chelín y 5 peniques a 1 chelín diario26 000 £
8. Rebaja del impuesto sobre los criados mayores de 18 años a 1 libra y 1 chelín, y sobre los menores de 18 años a 10 chelines y 6 peniques87 000 £
9. Rebaja del impuesto sobre los coches particulares95 000 £
10. Rebaja del impuesto sobre los perros, los caballos y los ponis108 000 £
11. Rebaja del impuesto sobre los caballos de posta, que se sustituirá por un derecho sobre el kilometraje54 000 £
12. Rebaja de las tarifas postales para las colonias (6 peniques por carta)40 000 £
13. Rebaja de los derechos sobre el té de 2 chelines y 2¼ peniques a 1 chelín y 10 peniques hasta el 5 de abril de 1854; a 1 chelín y 6 peniques en 1855; a 1 chelín y 3 peniques en 1856, y después a 1 chelín3 000 000 £
14. Rebaja de los derechos sobre las manzanas, el queso, el cacao, los huevos, la mantequilla y la fruta262 000 £
15. Rebaja de los derechos sobre 133 artículos menores70 000 £
16. Supresión de los derechos sobre 123 artículos menores53 000 £
En total5 315 000 £»

Desde luego, una reducción de los impuestos en 5 315 000 libras sería una cosa muy bonita. Pero ¿no tiene ningún reverso este presupuesto tan liberal? Claro que sí. ¿Podría llamársele reforma, si no? Las reformas constitucionales, igual que las tiendas de Oxford Street, por bonitas que parezcan unas y otras, tienen siempre también su reverso, muy bonito.

Por astutamente que se urda una cosa, al final se acaba descubriendo su secreto. El señor Gladstone, que solo tiene medio millón en la bolsa, obsequia al público con un regalo de cinco millones y medio. ¿De dónde los saca? Del mismo público engañado al que deslumbra con su generosidad, naturalmente. Le hace un regalo, pero al mismo tiempo le pide que le corresponda. Claro que no lo hace directamente ni con descaro, ni se dirige a las mismas personas que ahora quiere ganarse. Quiere hacer negocios con los clientes más diversos, y el prestidigitador Russell ha enseñado al alquimista Gladstone cómo resarcirse ya mañana de su generosidad de hoy.

Gladstone rebaja impuestos viejos por un importe de 5 315 000 libras. Gladstone impone otros nuevos por un importe de 3 139 000 libras. Todavía parece que Gladstone nos hace un regalo de 2 176 000 libras. Pero Gladstone es ministro, en el mejor de los casos, por un año; y la reducción que proyecta para este año solo asciende a 2 568 000 libras, que suponen una merma de ingresos de 1 656 000 libras, frente a la cual hay 1 344 000 libras de ingresos adicionales de los nuevos impuestos en el año en curso. Queda, pues, un déficit de 312 000 libras que, restado del superávit de 807 000 libras que figura en el presupuesto, da todavía el saldo favorable de 495 000 libras.

Estos son, pues, los rasgos principales del presupuesto de la coalición. Vamos ahora a dar a conocer a nuestros lectores los puntos en los que el ministerio pone sus mayores esperanzas, a destacar las objeciones que probablemente le opondrán los distintos partidos parlamentarios de oposición y, por último, a decir nuestra propia opinión sobre la cuestión.

Con todo su miedo a hacer el ridículo, con todo su afán de asegurarse popularidad y fama financiera a la vez mediante rebajas de impuestos, Gladstone sintió, sin embargo, que era necesario encontrar un pretexto plausible y de apariencia razonable para presentar su propuesta de aumentar el presupuesto en 3 139 000 libras. Comprendió que no se le permitiría enredar con todo el sistema fiscal por su propio placer, superfluo e injustificado, y que tenía que darse por lo menos la apariencia de proceder según las reglas que los parlamentarios y los burgueses llaman «principio y justicia». Decidió, pues, agarrar astutamente a los Pecksniffs4 legisladores por su punto más débil, que él conocía, y disfrazar el aumento proyectado de las cargas públicas con la frase sonora y aceptable de que «se trataba de llevar a cabo un aumento justo de ciertos impuestos con vistas a su igualación definitiva y duradera». Para ello eligió los impuestos siguientes:

  1. El impuesto sobre las herencias.
  2. El impuesto sobre las bebidas alcohólicas.
  3. El impuesto sobre la renta.

Gladstone pide que el impuesto sobre las herencias se aplique por igual a toda clase de bienes. Como la propiedad rústica ha estado exenta hasta ahora, la propuesta será muy bien recibida por el comercio y la industria. El impuesto sobre las bebidas alcohólicas se extenderá a Escocia y a Irlanda, para que queden al mismo nivel que Inglaterra, que también destila aguardiente.

El impuesto sobre la renta, por último, se extenderá también a las rentas de entre 150 y 100 libras, también en Irlanda. La propuesta sobre el impuesto sobre la renta no le traerá ciertamente a Gladstone grandes aplausos. Pero de eso hablaremos más adelante, cuando nos ocupemos de las objeciones al presupuesto.

Junto a las propuestas sobre el impuesto sobre las herencias y el impuesto sobre las bebidas alcohólicas, son las rebajas librecambistas de muchos artículos de importación las que los ministros consideran sin duda el cebo más tentador. Los tenderos, las amas de casa y la pequeña burguesía en general probablemente las acogerán con aplausos antes de descubrir que, por ejemplo, en el té los consumidores sacarán un beneficio muy pequeño, porque la ganancia de los capitalistas y el monopolio de los productores tienden a tragarse la mayor parte de la rebaja. En cambio, se suprimirá por completo el impuesto sobre el jabón, una medida que, según espera Gladstone, no solo permitirá a la nación librarse de su aspecto grasiento, sucio y miserable y crear caras limpias, contentas y felices, sino que acabará por completo con la esclavitud de los negros y pondrá fin a los sufrimientos de innumerables «tíos Tom»5 dando impulso «al comercio legítimo y a la fabricación legalmente permitida de aceite de palma africano». Convencido de que así será, Gladstone se siente con derecho a las más bellas esperanzas de superar al buhonero más ladino y al curandero más rimbombante. A estos aspectos seductores añade Gladstone un buen número de pequeños sobornos, entre ellos uno de varios millones a la Brigada Irlandesa, al condonarle la devolución del préstamo concedido con ocasión de la hambruna, y también uno al Times, ese firme apoyo del «buen Aberdeen» y de sus colegas de la coalición. Este soborno consiste en la supresión del timbre de los suplementos de los periódicos que solo contienen anuncios. Pues, como es sabido, de todos los periódicos solo el Times publica suplementos de anuncios de cierta importancia.

Vamos ahora con las objeciones que la oposición hará con toda probabilidad al presupuesto. Como el lunes pasado la discusión en la Cámara de los Comunes no fue más que una escaramuza preliminar, tenemos que intentar adivinar, si es posible, las intenciones de los partidos por los diarios. A decir verdad, la cosecha es muy pobre. El Times, el Chronicle y el Post son en realidad instrumentos del ministerio de coalición, y el Daily News apenas puede considerarse órgano de la escuela de Manchester. Además, ese periódico vacila mucho de un lado a otro y se deja tentar a ojos vista por las propuestas librecambistas. Solo en el Herald, el periódico tory conservador, encontramos ya pronunciado el veredicto, y con una franqueza muy poco habitual.

«Todo el presupuesto del señor Gladstone —opina el periódico— no es más que una mezcla abominable de soborno y favoritismo.»

Los tories, pues, se opondrán sin duda a los planes de Gladstone; y Disraeli no dejará de reclamar para sí las plumas que le han robado, es decir, la extensión del impuesto sobre las herencias y del impuesto sobre la renta, la rebaja de los derechos sobre el té y otros méritos suyos reconocidos con los que Gladstone se ha adornado desvergonzadamente. La aristocracia terrateniente, si tiene que renunciar a algunos privilegios más, quiere por lo menos atribuirse en todo caso el mérito de la renuncia voluntaria. Pero, como no puede hacer del impuesto sobre las herencias la base de su oposición, el señor Disraeli la inducirá a declararse partidaria del principio de la distinción entre la renta segura procedente de la propiedad territorial y la renta insegura. Sobre esta base tendrá a su lado en la lucha a una parte considerable de la Brigada Irlandesa. Se entiende por sí mismo que los irlandeses nunca pueden ni podrán reconocer una deuda que los ingleses impusieron a su país solo por la ruina previa de su población. Y la condonación de los intereses de 3 000 000 de libras de capital imaginario solo les parecerá una compensación muy insuficiente por la imposición del impuesto sobre las bebidas alcohólicas y del impuesto sobre la renta. De la escuela de Manchester, aunque se comprometió ante sus electores, si no a la abolición, sí a la modificación del impuesto sobre la renta, no puede esperarse otra cosa que actúe como un buen hombre de negocios, es decir, sin sentido del honor político y solo con la debida consideración a la ganancia. Y esa ganancia, vista «en conjunto», no es en absoluto desdeñable para los de Manchester en el presupuesto del señor Gladstone.

Por último, en cuanto a nuestra propia opinión sobre la cuestión, nada deseamos más ardientemente que la derrota de un ministerio cuyas artimañas reaccionarias y falaces en política interior nos parecen tan despreciables como su política exterior cobarde y servil. Creemos tener tanto más derecho a ello cuanto que semejante acontecimiento solo puede servir a la causa del pueblo. Una cosa está clara: mientras una coalición aristocrática haga lo que le exigen las clases industrial y comercial, estas no harán por sí mismas ningún esfuerzo político ni permitirán a la clase obrera desplegar su propio movimiento político. Pero si el partido terrateniente volviera a imponerse, la burguesía no podría librarse de él sin reorganizar el podrido Parlamento oligárquico. Y entonces ya no estaría en su mano agitar por reformas limitadas: tendría que satisfacer hasta el final las reivindicaciones del pueblo. El pueblo, naturalmente, nunca puede aliarse con la burguesía, ni siquiera apelar a ella, sin renunciar a sus principios y a sus intereses; pero, por otra parte, no sería la primera vez que la burguesía se viera obligada a apoyarse en los hombros del pueblo. Y semejante acontecimiento llevaría a una revolución muy decidida del sistema financiero actual. Ya hoy no puede negarse que incluso la sociedad burguesa empuja inevitablemente a sustituir la tradicional olla podrida fiscal por un impuesto directo sobre la propiedad. El principio del impuesto directo lo adoptó hace tiempo la escuela de Manchester, lo reconoció Disraeli e incluso lo ha confirmado la coalición oligárquica. Pero, una vez que la maquinaria de un impuesto directo sobre la propiedad esté realmente montada, el pueblo, una vez en posesión del poder político, no tiene más que ponerla en movimiento, y crea así el

presupuesto de la clase obrera.

  1. La octava guerra de la frontera del Cabo contra los xhosa (1850-1853), llamada entonces guerra de los cafres. ↩

  2. Juego de palabras con el nombre de sir Charles Wood (wood, «madera»; timber, «madera de construcción») (1800-1885), ministro de Hacienda de Russell de 1846 a 1852 y en el gobierno de coalición presidente del Consejo de Control de la India; Barataria es la ínsula que gobierna Sancho Panza en el Quijote. ↩

  3. Alusión a Palmerston. ↩

  4. Seth Pecksniff, el hipócrita de la novela de Dickens Martin Chuzzlewit (1843-1844). ↩

  5. Por La cabaña del tío Tom (1852), de Harriet Beecher Stowe. ↩