Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 18 de marzo de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3733, del 4 de abril de 1853. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 8, Berlín, 1960, pp. 548-554), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores de la MEW. Las notas son nuestras. Texto en alemán.
Londres, viernes 18 de marzo de 1853
Hoy el Parlamento suspenderá sus sesiones hasta el 4 de abril por las vacaciones de Pascua.
En una carta anterior informé de que, según un rumor que se tenía generalmente por digno de crédito, la mujer de Libényi había sido azotada por los austriacos en Pest. Desde entonces me he cerciorado de que nunca estuvo casado y de que la historia que circula en la prensa de Londres, según la cual habría intentado vengar a su padre maltratado por los austriacos, es también una pura invención. Actuó exclusivamente bajo la influencia de motivos políticos y mantuvo hasta la última hora una actitud firme y heroica.
Por los periódicos ingleses se habrán enterado ya de la respuesta de Kossuth a la declaración de Mazzini. Por mi parte, opino que Kossuth no ha hecho más que empeorar un mal asunto. Las contradicciones entre su primera y su última declaración son tan palpables que hoy no necesito subrayarlas. Además, el lenguaje de los dos documentos es de una disparidad repelente: el primero está redactado con las hipérboles orientales del profeta, el último con el estilo casuístico del alegato de un abogado.
Los amigos de Mazzini aseguran ahora a una voz que la insurrección de Milán se les impuso a él y a sus compañeros por circunstancias cuyo control estaba fuera de su alcance. Pero, por un lado, es propio de la naturaleza de toda conspiración que pueda estallar precipitadamente por traición o por azar. Por otro lado, quien durante tres años no ha hecho más que gritar ¡acción, acción, acción! y ha agotado todo el vocabulario revolucionario en la sola palabra «insurrección» no puede contar con tal grado de autoridad como para decretar en un momento dado: la insurrección no tendrá lugar. Sea como sea, la brutalidad austriaca ha hecho del fracaso de Milán el verdadero comienzo de una revolución nacional. Oigamos, por ejemplo, al bien informado órgano de lord Palmerston, el Morning Post de hoy:
«El pueblo de Nápoles espera un movimiento que sin duda se producirá en el Imperio austriaco. Entonces toda Italia, desde el último rincón del Piamonte hasta Sicilia, se levantará, y de ello saldrán lamentables desgracias. Las tropas italianas se disolverán; los llamados soldados suizos, reclutados todavía en tiempos de la revolución de 1848, no salvarán a los soberanos italianos. Italia se encamina hacia una república imposible. Ese será sin duda el próximo acto del drama que empezó en 1848. La diplomacia ya no puede salvar a los príncipes de Italia.»
Aurelio Saffi,1 que refrendó la proclama de Mazzini y que antes del estallido hizo una gira por Italia, confiesa en una carta al Daily News que «las clases altas estaban hundidas en una apática indiferencia o en la desesperación», y que fue el «pueblo de Milán», los proletarios, quienes,
«sin dirección, abandonados a sus propios instintos, mantuvieron su fe en el destino de su patria a pesar del despotismo de los procónsules austriacos y de los asesinatos judiciales de las comisiones militares, y se prepararon unánimes para la venganza».
El partido de Mazzini ha avanzado un buen trecho al llegar por fin a la convicción de que incluso en los levantamientos nacionales contra el despotismo extranjero existe eso que se llaman diferencias de clase, y de que no es de las clases altas de las que cabe esperar en nuestro tiempo movimientos revolucionarios. Quizá den todavía un paso más y lleguen a comprender que tienen que ocuparse seriamente de la situación material de la población campesina italiana si quieren despertar un eco a su grito de Dio e popolo.2 Me propongo exponer más adelante con detalle las condiciones materiales en que se encuentra la parte con mucho mayor de los habitantes del campo en Italia, y que hasta ahora los han hecho, si no reaccionarios, al menos indiferentes a la lucha nacional de su país.
Dos mil ejemplares de un folleto que publiqué hace algún tiempo en Basilea con el título Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia3 han sido secuestrados en la frontera de Baden y quemados a petición del gobierno prusiano. De acuerdo con la nueva ley de prensa que las potencias continentales han impuesto a la Confederación Suiza, el editor, el señor Schabelitz,4 su hijo y el impresor son perseguidos por el gobierno de Baden, que ha confiscado también ya una cantidad de ejemplares encontrados todavía en poder del editor. Será el primer proceso de este tipo en Suiza, y el asunto se ha convertido ya en motivo de disputa entre los radicales y el partido conservador. Cuán ansiosamente se esfuerza el gobierno prusiano por ocultar al público sus infamias durante el proceso de Colonia pueden deducirlo ustedes del hecho de que el ministro de Asuntos Exteriores ha dictado requisitorias para que el folleto sea confiscado en todas partes, pero sin atreverse siquiera a llamarlo por su título. Para despistar al público, lo llama Una teoría comunista, cuando no contiene otra cosa que revelaciones sobre las maquinaciones del Estado prusiano.
El único «progreso» de la Alemania oficial desde 1848 es la conclusión del tratado comercial austro-prusiano, et encore!5 El tratado está cercado por tantas clausulae, atrincherado tras tantas disposiciones de excepción, y deja tantas cuestiones principales a la elaboración posterior de comisiones todavía no nacidas, mientras rebaja de hecho tan poco los aranceles, que no equivale más que a un espejismo de una verdadera unión comercial de Alemania y, hablando en términos prácticos, es del todo insignificante. El rasgo más destacado del tratado es la victoria que Austria ha vuelto a obtener sobre Prusia. Esa potencia ficticia pérfida, baja, cobarde y vacilante se ha sometido una vez más a su rival, más brutal y que persigue sus fines más abiertamente. Austria no solo ha impuesto a Prusia un tratado aceptado con la mayor repugnancia, sino que Prusia se ha visto obligada además a renovar la vieja Unión Aduanera6 con el viejo arancel, o al menos a prometer que durante doce años no cambiará su política comercial sin el consentimiento unánime de los Estados menores de la Unión Aduanera, es decir, sin el permiso de Austria (pues los Estados del sur de Alemania son vasallos de Austria, o adversarios de Prusia, no solo en lo político, sino también en lo comercial). Desde la restauración del poder «por la gracia de Dios», Prusia ha ido cayendo de humillación en humillación. Su rey, «en su tiempo un hombre sabio», parece pensar que su pueblo encuentra consuelo y compensación del despotismo diabólico que sufre en casa en la degradación que su gobierno tiene que soportar desde fuera.
La cuestión de los refugiados no está resuelta todavía. La oficiosa Oesterreichische Correspondenz desmiente la afirmación de que Austria haya dirigido ahora una nueva nota al gobierno inglés, ya que «acontecimientos recientes habrían mostrado que lord Palmerston había vuelto a recuperar influencia y el gobierno imperial no podía exponerse a un seguro menoscabo de su dignidad». Ya escribí sobre la declaración de Palmerston en la Cámara de los Comunes. Por los periódicos ingleses conocen ustedes la declaración austrófila de Aberdeen en la Cámara de los Lores, según la cual el gobierno inglés estaría dispuesto a prestarse a ser espía y fiscal general de Austria. El periódico de Palmerston se expresa ahora así sobre las observaciones del colega de Palmerston:
«Ni siquiera con las condiciones restrictivas que lord Aberdeen parece querer imponer podemos afirmar que esperemos con confianza un éxito... Que nadie se atreva a proponer a un gobierno británico que se preste a ser instrumento de una política extranjera y se convierta en una trampa política para hombres.»
Ya ven ustedes qué buen entendimiento reina en el consejo del ministerio de Matusalén entre «la imbecilidad senil y la energía liberal». Toda la prensa de Londres clamó indignada contra Aberdeen y la Cámara de los Lores, con una vergonzosa excepción: The Times.
Recordarán ustedes que The Times empezó por denunciar a los refugiados y animar a las potencias extranjeras a pedir su expulsión. Cuando se aseguró después de que los ministros, si volvían a presentar la Alien Bill,7 se llevarían un vergonzoso desaire en la Cámara de los Comunes, se desbordó de repente en descripciones de gran vuelo de los sacrificios que —¡ay de mí!— estaría dispuesto a hacer por la conservación del derecho de asilo. Finalmente, tras la amable conversación de sus señorías en la Cámara de los Lores, se desahogó, para compensar su anterior y altisonante virtud cívica, con el siguiente arrebato de despecho en su editorial del 5 de marzo:
«Muchos miembros del gabinete creen que en nuestro país nadamos en una verdadera colección de fieras de refugiados, tipos audaces de todos los países, capaces de cualquier crimen... ¿Creen acaso esos escritores extranjeros que señalan la presencia de sus propios compatriotas proscritos que la suerte de un desterrado en nuestro país es envidiable? Vamos a sacarlos de su error. Los desdichados seres de esta clase viven en su mayor parte en una miseria sórdida, comen la sal del extranjero, cuando pueden conseguirla, y se hunden lentamente en las turbias olas de esta inmensa metrópoli... Su castigo es el destierro en su forma más amarga y más dura.»
En el último punto The Times tiene razón: Inglaterra es un país encantador cuando no hay que vivir en él. En el «cielo de Marte» encuentra Dante a su antepasado Cacciaguida degli Elisei, que le profetiza su próximo destierro de Florencia con estas palabras:8
Tu proverai si come sa di sale
Lo pane altrui, e com'è duro calle
Lo scendere e'l salir per l'altrui scale.
Probarás cómo sabe a sal
el pan ajeno y qué amargo es el camino
de subir y bajar por escaleras ajenas.
¡Dichoso Dante! Aunque fueras también uno de los «desdichados seres de esa clase de los refugiados políticos», tus enemigos no podían amenazarte con la miseria de un editorial de The Times. ¡Y más dichoso aún The Times, que escapó así a un «sitio reservado» en su Infierno!
Pero si los refugiados comen la sal del extranjero, como dice The Times, y la pagan además a precios bien extraños, cosa que The Times olvida, ¿no engorda el propio The Times precisamente con la carne y la sangre de esos extranjeros? ¡Cuántos editoriales y cuántas libras han sacado sus anónimas pitonisas de las revoluciones francesas, los levantamientos alemanes, los disturbios italianos y las guerras húngaras, de los fusilamientos franceses, de las horcas austriacas, de las cabezas confiscadas y de las propiedades decapitadas! ¡Qué desdichado serías, oh Times, si no hubiera «tipos audaces» en el continente y tuvieras que ganarte la vida, día tras día y en tu vejez, con un pienso tan basto como el mercado de Smithfield9 o el aire hollinoso de Londres, con otras inmundicias, cocheros de punto audaces, los seis puentes del Támesis, los entierros dentro o fuera de los límites de la ciudad, los cementerios apestados, el agua potable sucia, los accidentes de ferrocarril, las botellas de pinta y de cuarto10 inservibles y otras cosas interesantes que forman tu inventario permanente cuando en el continente no pasa nada! The Times no ha cambiado desde los días en que exhortaba al gobierno inglés a asesinar a Napoleón I.
«¿Se piensa acaso», escribía el 8 de julio de 1815, «en el efecto que necesariamente ha de tener sobre los descontentos de todas partes de Europa saber que este hombre sigue con vida? Pensarán, y con razón, que los soberanos aliados temen atentar contra la vida de un hombre que tiene tantos admiradores y partidarios.»
Sigue siendo exactamente el periódico que predicaba la cruzada contra los Estados Unidos de América:
«No hay paz con América mientras no se haya acabado con ese pernicioso ejemplo de una rebelión democrática triunfante.»
En la redacción de The Times no hay «tipos audaces» del continente. Muy al contrario. Ahí está, por ejemplo, un pobre hombrecillo, un prusiano llamado Otto von Wenckstern, antiguo director de un periodiquillo alemán, que luego se empobreció y se arruinó en Suiza y tuvo que recurrir a los bolsillos de Freiligrath11 y de otros refugiados, hasta que finalmente entró al servicio del embajador prusiano en Londres, el famosísimo Bunsen,12 y al mismo tiempo encontró su puesto fijo en la plantilla del oráculo de Printing House Square.13 Hay más tipos domesticados del continente como este en la redacción de The Times, que forman el eslabón entre la policía continental y el órgano de prensa más importante de Inglaterra.
La libertad de prensa en Inglaterra se muestra en el ejemplo siguiente: en la comisaría de policía de Bow Street, en Londres, compareció el señor E. Truelove,14 domiciliado en el Strand, a instancias de los comisarios de rentas internas. La denuncia contra él decía que había vendido un periódico, The Potteries Free Press, impreso, en contra de la ley del sexto y séptimo años del reinado de Guillermo IV, capítulo 76, en papel sin el timbre reglamentario. De este periódico habían aparecido cuatro números en Stoke-on-Trent. Figura como propietario nominal Collet Dobson Collet, secretario de la Sociedad para la Abolición de los Impuestos sobre el Saber, que editaba el periódico «de acuerdo con la práctica de la Oficina del Timbre, que permite la publicación de informaciones sobre sucesos de actualidad y de comentarios sobre ellos sin impuesto del timbre en el Athenaeum, el Builder, el Punch, el Racing Times, etc.». La sociedad quería con ello, como reconocía abiertamente, provocar una acción del gobierno para que un jurado decidiera qué clase de noticias tienen derecho a la exención del timbre de un penique. El juez, el señor Henry, se ha reservado todavía su decisión. Por lo demás, no dependerá mucho de ella, pues el periódico en cuestión no aparece para desafiar la ley del timbre, sino solo para aprovechar una ambigüedad todavía no aclarada en la letra de la ley.
Los periódicos ingleses de hoy traen un despacho de Constantinopla del 6 de marzo que anuncia la sustitución de Fuad Efendi, ministro de Asuntos Exteriores, por Rifaat Bajá. Fue el enviado extraordinario ruso, el príncipe Ménshikov, quien arrancó esta concesión a la Puerta. Hasta ahora, el asunto de los Santos Lugares entre Rusia, Francia y la Puerta no se ha arreglado todavía;15 Luis Napoleón, sumamente irritado por las intrigas de Rusia y Austria, que han impedido su coronación por el papa, piensa resarcirse a costa de los turcos. En mi próxima carta quiero volver sobre esta eterna cuestión de Oriente, ese pons asini16 de la diplomacia europea.
Karl Marx
Aurelio Saffi (1819-1890), republicano italiano, triunviro de la República Romana de 1849 con Mazzini y Armellini, emigrado en Londres. ↩
«Dios y pueblo», divisa de Mazzini. ↩
Publicado por Jakob Schabelitz en Basilea a comienzos de 1853. ↩
Jakob Schabelitz (1827-1899), editor y librero suizo, antiguo miembro de la Liga de los Comunistas. ↩
«¡Y aun así!», es decir, «y eso, con reservas». ↩
El Zollverein, unión aduanera de los Estados alemanes bajo la dirección de Prusia, fundada en 1834. ↩
Ley de extranjeros, que permitía al gobierno expulsar a extranjeros del país; la última había expirado en 1850. ↩
Dante, Divina comedia, Paraíso, XVII, 58-60. En el Tribune los versos iban seguidos de una traducción alemana, que traducimos aquí. ↩
El gran mercado de ganado de Londres. ↩
Medidas inglesas de capacidad. ↩
Ferdinand Freiligrath (1810-1876), poeta revolucionario, redactor de la Neue Rheinische Zeitung, emigrado en Londres. ↩
Christian Karl Josias von Bunsen (1791-1860), diplomático prusiano, embajador en Londres de 1842 a 1854. ↩
Sede de la redacción de The Times. ↩
Edward Truelove (1809-1899), librero y editor radical de Londres. ↩
La disputa entre las Iglesias católica y ortodoxa por la custodia de los Santos Lugares de Palestina, apoyadas respectivamente por Francia y por Rusia, fue uno de los pretextos de la guerra de Crimea. ↩
«Puente de los asnos»: la dificultad que detiene a los torpes. ↩