Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 4 de noviembre de 1853 para el New-York Daily Tribune, que lo publicó en su número 3928, del 18 de noviembre de 1853. El original inglés no tiene hoy fuente libre completa: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 456-461), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es de los editores de la MEW. Hay versiones inglesas abreviadas de los primeros apartados, en The Eastern Question* (Londres, 1897), y del apartado sobre Wigan, en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org); con ellas se ha cotejado la traducción. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.*

Londres, viernes 4 de noviembre de 1853

Shafi Jan, embajador de Persia en la corte de St. James, ha sido llamado de repente de Inglaterra por el sha. Esta llamada coincide extrañamente con las operaciones de Persia en Afganistán, donde al parecer ha tomado Herat, y con la campaña rusa contra Jiva, la capital del janato de Jiva. La campaña persa y la rusa pueden considerarse dos empresas dirigidas, una desde el oeste y la otra desde el norte, contra el Punyab, la avanzada septentrional de las posesiones británicas en Oriente. La campaña rusa la manda el general Perovski, el mismo cuya campaña de Jiva fracasó en 1839-1840.1 Los rusos, que en los últimos años han formado una flotilla en el mar de Aral, están ahora en condiciones de remontar el río Amu Daria.

Una gran flota rusa cruza el Báltico, donde hace poco tuvo ocasión de inspeccionar las fortificaciones de Slite y el puerto de la isla sueca de Gotland, que Rusia codicia igual que codició en su día las islas Åland, muy cerca de la costa de Suecia, de las que se apoderó y que fortificó poderosamente en 1836.2 De Gotland la flota rusa se dirigió al Kattegat y al Sund para apoyar el golpe de Estado que proyecta el rey de Dinamarca en el caso, muy probable, de que el Parlamento de Copenhague no acepte sin oposición la llamada Constitución del Estado conjunto que le impone el magnánimo zar. La situación en Copenhague es la siguiente: el gobierno danés, gracias a la ayuda que le prestó la «Sociedad de los Amigos de los Campesinos», ha conseguido imponer la abolición de la Lex Regia e introducir la nueva ley de sucesión real.3 Este partido, dirigido por el coronel Tscherning,4 aspira sobre todo a la transformación del Feste Gut, una especie de feudo campesino, en propiedad libre, y a la introducción de un régimen municipal favorable a los intereses y al desarrollo del campesinado. El partido al que con todo derecho se llama nacional y liberal, el partido de los daneses del Eider, que en 1848 formó el ministerio del Casino, impuso al rey la Constitución de 1849 y llevó la guerra contra Schleswig-Holstein,5 y que se componía principalmente de miembros de las profesiones liberales, había descuidado, como los demás partidos liberales de todo el continente, tener en cuenta los intereses de la masa de la población, que en Dinamarca era el campesinado. Así perdió su influencia sobre el pueblo, y el gobierno ha logrado casi por completo excluirlo del actual Folketing, donde hoy dispone apenas de diez representantes. Pero después de librarse con ayuda de la «Sociedad de los Amigos de los Campesinos» de la odiosa oposición de los daneses del Eider, el gobierno se quitó la máscara y llamó al gabinete al señor Ørsted,6 odiado por ambos partidos; y no solo dejó de halagar al partido campesino, sino que con un veto real prohibió la publicación de la nueva ley municipal que el mismo gobierno había presentado en su día para atrapar a los campesinos. La «Sociedad de los Amigos de los Campesinos», engañada y burlada por el gobierno, se ha aliado con los daneses del Eider y ha nombrado a Monrad,7 un eclesiástico y uno de los jefes de los daneses del Eider, vicepresidente de la comisión que delibera sobre la cuestión constitucional. Esta coalición ha frustrado toda esperanza de suprimir la Constitución por vía legal, y como todo el plan lo hicieron los moscovitas y para los moscovitas, en consecuencia aparece una flota rusa en las aguas danesas precisamente en el momento de la crisis.

Todos los periódicos de Viena y Berlín confirman la noticia de que fuertes divisiones del ejército turco han cruzado el Danubio. Según la Oesterreichische Correspondenz, los rusos han rechazado a los turcos en la Pequeña Valaquia. Un despacho telegráfico confirma que el 21 de octubre hubo un combate serio entre los dos ejércitos en Asia. Tenemos que esperar noticias más amplias y auténticas para poder explicar las circunstancias que pueden haber inducido al comandante en jefe turco a cruzar el Danubio en Vidin, maniobra que a primera vista ha de considerarse un grave error. La Kölnische Zeitung anuncia que el príncipe Gorchakov se ha apoderado de todas las cajas de caudales de Valaquia (no se dice si las del gobierno u otras); y, según otro periódico alemán, el mismo general ha hecho llevar al interior todo el grano almacenado en el Danubio que iba a exportarse a otros países.

Los periódicos franceses de hoy confirman las noticias de la superioridad militar que Shamil ha conseguido sobre el príncipe Vorontsov.8 Leemos en la Agramer Zeitung que el príncipe Danilo9 ha recibido una carta importante de Rusia y que, tras recibirla, ha dado orden de trasladar a Žabljak todo el grano recogido en el territorio de Montenegro. Se fabrican cartuchos y se funden balas. Se dice que Rusia ha informado al vladika de que es inminente un choque entre turcos y rusos, de que la guerra tiene un carácter patriótico y sagrado y de que los montenegrinos deben vigilar cuidadosamente sus fronteras para que las provincias vecinas no puedan prestar ayuda alguna a la Puerta.

El Wanderer de Viena del 28 de octubre afirma que, según una carta de San Petersburgo, el emperador Nicolás ha ordenado formar un ejército de reserva con cuartel general en Volinia.

El martes pasado hubo disturbios en Blackburn con motivo de la elección de los concejales del distrito de St. Peter, y tuvo que intervenir la tropa.

Respecto a los disturbios de Wigan, el señor Cowell, el dirigente de los obreros de Preston, declaró en una asamblea pública

«que lamentaba mucho lo ocurrido en Wigan. Sentía que la gente de Wigan no hubiera tenido más juicio que recurrir a un sistema de nivelación. No tenía sentido que los obreros se juntaran para destruir la propiedad que ellos mismos habían producido. La propiedad en sí nunca les hacía daño: los tiranos eran los hombres que poseían la propiedad. Los obreros debían respetar la propiedad y la vida, y procediendo de manera pacífica, ordenada y tranquila podían estar seguros de que la lucha terminaría a su favor».

Estoy lejos de defender los actos de violencia sin objeto cometidos por los mineros de Wigan, que los han pagado con la sangre de siete hombres. Pero, por otra parte, comprendo que sea muy difícil, sobre todo para las capas más bajas de la clase obrera, a las que sin duda pertenecen los mineros, proceder «de manera pacífica, ordenada y tranquila» cuando la miseria extrema y la fría insolencia de sus patronos los empujan a actos de furia ciega. Son estos últimos quienes han provocado los disturbios para poder llamar a la tropa en su ayuda y prohibir, como han hecho en Wigan, todas las reuniones de los obreros por orden de las autoridades de policía. El tumulto que se produjo el viernes por la mañana en Wigan lo causaron los dueños de las minas del distrito, que se habían reunido en gran número en el Royal Hotel de Whiteside para deliberar sobre las demandas de los mineros y acordaron rechazar todo compromiso con los obreros. El asalto a la serrería de Haigh, cerca de Wigan, que ocurrió el lunes, iba dirigido contra los mineros forasteros que el señor Peace, agente del conde de Balcarres, había traído de Gales para sustituir a los huelguistas de las minas de carbón.

Desde luego, los mineros no hicieron bien en impedir por la fuerza a sus compañeros que hicieran el trabajo que ellos mismos habían abandonado. Pero cuando se ve a los fabricantes comprometerse unos con otros bajo fuertes multas a imponer su cierre patronal, ¿puede sorprender la manera más violenta, pero menos hipócrita, con que los obreros tratan de imponer su huelga? El propio señor Joseph Hume10 dice en una carta dirigida a los obreros de Preston:

«Veo en la lista de los que abogan por resolver las disputas entre las naciones mediante negociaciones en lugar de la guerra a muchos fabricantes que en este momento hacen la guerra a sus obreros.»

La Asociación de los fabricantes de Preston ha publicado un manifiesto para justificar el cierre general. Su sinceridad puede apreciarse en el hecho de que no menciona con una sola palabra la liga secreta de los fabricantes, de cuyo programa informé a los lectores hace unos dos meses; así, el resultado bien meditado de la conspiración adquiere apariencia de necesidad que los patronos no podían eludir. Reprochan a los obreros haber pedido un 10 por ciento de aumento de salario, ni más ni menos. Pero no le dicen al público que los fabricantes, cuando en 1847 rebajaron los salarios en un 10 por ciento, prometieron volver a subirlos en cuanto el comercio se reanimara; callan asimismo que a los obreros se les informó una y otra vez del renacimiento del comercio con las entusiastas descripciones de los señores Bright, Cobden y compañía, con las declamaciones de toda la prensa burguesa y con el discurso de la Corona en la apertura del Parlamento. No nos dicen que el pan se ha encarecido en más del 40 por ciento, el carbón entre un 15 y un 20 por ciento, que la carne, las velas, las patatas y todos los demás artículos que en gran medida forman el consumo de la clase obrera cuestan un 20 por ciento más que antes, y que los fabricantes vencieron a sus adversarios con la consigna: ¡Pan barato y salarios altos! Reprochan a los obreros que sigan queriendo imponer la igualdad de salarios en una misma ciudad para fábricas de la misma clase. Pero ¿no parte toda la doctrina de sus maestros Ricardo y Malthus del supuesto de que esa igualdad existe en todo el país? Dicen que los obreros actúan según las instrucciones de un comité, que los han instigado «forasteros», «intrusos», «agitadores». Exactamente lo mismo afirmaban los proteccionistas cuando, en tiempos de la Liga contra las leyes de granos, reprochaban a estos mismos fabricantes dejarse dirigir por los señores Bright y Cobden, «dos agitadores profesionales», obrar ciegamente según las órdenes del comité revolucionario de Manchester, recaudar impuestos, mandar un ejército de oradores y misioneros, inundar el país de folletos grandes y pequeños y formar un Estado dentro del Estado. Lo más curioso es que los fabricantes que acusan a los obreros de «obrar según las instrucciones de un comité» se llaman a sí mismos «asociación unida de fabricantes», publican su propio manifiesto por medio de un comité y conspiran con los «forasteros» de Manchester, Bolton, Bury, etc. Los «forasteros» de los que habla el manifiesto de los fabricantes no son más que los obreros de las localidades industriales vecinas.

Estoy lejos, sin embargo, de suponer que los obreros alcanzarán el objetivo inmediato de su huelga. Al contrario, en un artículo anterior expuse que en un tiempo no lejano harán huelga contra una rebaja de los salarios en lugar de por un aumento. Las rebajas salariales son ya más numerosas y provocan en consecuencia más huelgas. El resultado real de todo este movimiento será, como ya dije en una ocasión anterior, que «la actividad de la clase obrera pasará pronto al terreno político, y las nuevas organizaciones sindicales creadas en las huelgas tendrán para ella un valor inestimable».11 Ernest Jones12 y los demás dirigentes cartistas han vuelto a salir a la palestra, y en el gran mitin de Manchester del domingo pasado se aprobó la siguiente resolución:

«Habiendo sido testigo de los esfuerzos conjuntos de la clase de los fabricantes contra los productores de este país, que consisten en oponerse a la demanda de un salario honrado por una jornada de trabajo honrada, esta asamblea opina que la lucha actual de los obreros no puede llegar a buen término si no se rompe el monopolio de la clase de los fabricantes haciendo de la Carta del Pueblo ley del país y llevando así representantes de la clase obrera a la Cámara de los Comunes. Solo entonces podrá la clase obrera hacer leyes en su propio interés y derogar las leyes dirigidas contra ella, así como conseguir el control de los medios de trabajo, salarios altos, víveres baratos, empleo permanente y libertad para elegir el lugar de trabajo.»

Karl Marx

  1. Vasili Alexéievich Perovski (1794-1857), gobernador general de Oremburgo; en 1853 tomó la fortaleza de Ak-Mechet, en el Sir Daria. ↩

  2. Rusia se anexionó las islas Åland con Finlandia en 1809 y empezó a fortificar Bomarsund en los años treinta. ↩

  3. La Lex Regia (Kongeloven) de 1665 era la ley fundamental de la monarquía absoluta danesa; regulaba también la sucesión al trono. La nueva ley de sucesión, de julio de 1853, aseguraba la corona de toda la monarquía, ducados incluidos, a la casa de Glücksburg, conforme al protocolo de Londres de 1852. ↩

  4. Anton Frederik Tscherning (1795-1874), oficial y político danés, dirigente de la Sociedad de los Amigos de los Campesinos. ↩

  5. Los daneses del Eider querían incorporar Schleswig a Dinamarca hasta el río Eider, frontera con Holstein. En marzo de 1848 subieron al poder con el ministerio formado tras la asamblea del Casino de Copenhague; la guerra contra los ducados sublevados duró de 1848 a 1850. ↩

  6. Anders Sandøe Ørsted (1778-1860), jurista danés, jefe del gobierno en 1853-1854. ↩

  7. Ditlev Gothard Monrad (1811-1887), eclesiástico y político danés, uno de los jefes de los nacional-liberales. ↩

  8. Mijaíl Semiónovich Vorontsov (1782-1856), lugarteniente del zar en el Cáucaso desde 1844. ↩

  9. Danilo I Petrović-Njegoš (1826-1860), soberano de Montenegro desde 1851; en 1852 dejó el título eclesiástico de vladika (príncipe-obispo) y tomó el de príncipe. ↩

  10. Joseph Hume (1777-1855), diputado radical. ↩

  11. Véase la crónica de Marx Pánico en la Bolsa de Londres - Huelgas, de septiembre de 1853. ↩

  12. Ernest Jones (1819-1869), dirigente cartista, director del People's Paper. ↩