Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 24 de junio de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3816, del 11 de julio de 1853. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 148-156), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Londres, viernes 24 de junio de 1853

El debate sobre la moción de lord Stanley para aplazar la legislación sobre la India se ha suspendido hasta esta noche. Por primera vez desde 1783, la cuestión india se ha convertido en Inglaterra en una cuestión de gabinete. ¿Por qué?

El verdadero comienzo de la Compañía de las Indias Orientales no puede situarse en una época más remota que el año 1702, cuando las diversas sociedades que reclamaban el monopolio del comercio con las Indias Orientales se fundieron en una sola Compañía. Hasta entonces, la existencia misma de la primitiva Compañía de las Indias Orientales se vio amenazada repetidas veces: una vez quedó en suspenso durante años bajo el protectorado de Cromwell, y otra estuvo a punto de disolverse del todo por la intervención del Parlamento bajo el reinado de Guillermo III. Fue bajo el ascendiente de aquel príncipe holandés, cuando los whigs se convirtieron en arrendatarios de las rentas del Imperio británico, cuando nació el Banco de Inglaterra,1 cuando el sistema proteccionista se asentó firmemente en Inglaterra y el equilibrio de poder en Europa quedó definitivamente establecido, cuando el Parlamento reconoció la existencia de una Compañía de las Indias Orientales. Aquella era de aparente libertad fue en realidad la era de los monopolios, no creados por concesiones reales, como en tiempos de Isabel y de Carlos I, sino autorizados y nacionalizados por la sanción del Parlamento. Esta época de la historia de Inglaterra se parece, en efecto, extraordinariamente a la época de Luis Felipe en Francia: la vieja aristocracia terrateniente había sido derrotada, y la burguesía no podía ocupar su lugar sino bajo la bandera de la plutocracia, o de la haute finance. La Compañía de las Indias Orientales excluía al pueblo llano del comercio con la India al mismo tiempo que la Cámara de los Comunes lo excluía de la representación parlamentaria. En este caso, como en otros, encontramos que la primera victoria decisiva de la burguesía sobre la aristocracia feudal coincide con la reacción más pronunciada contra el pueblo, fenómeno que ha llevado a más de un escritor popular, como Cobbett,2 a buscar la libertad popular en el pasado más que en el futuro.

La unión entre la monarquía constitucional y el interés pecuniario monopolista, entre la Compañía de las Indias Orientales y la «gloriosa» revolución de 1688, se fomentó con la misma fuerza con que en todos los tiempos y en todos los países se han encontrado y unido los intereses liberales y una dinastía liberal: la fuerza de la corrupción, ese primer y último motor de la monarquía constitucional, el ángel de la guarda de Guillermo III y el demonio fatal de Luis Felipe. Ya en 1693 se desprendió de las investigaciones parlamentarias que el gasto anual de la Compañía de las Indias Orientales en el capítulo de «regalos» a los hombres en el poder, que antes de la revolución rara vez había pasado de 1.200 libras, alcanzaba la suma de 90.000 libras. Al duque de Leeds se le acusó ante el Parlamento por un soborno de 5.000 libras, y al propio virtuoso rey se le probó que había recibido 10.000. Además de estos sobornos directos, se desbancaba a las compañías rivales tentando al gobierno con préstamos de sumas enormes al interés más bajo y comprando a los directores rivales.

El poder que la Compañía de las Indias Orientales había obtenido sobornando al gobierno, igual que el Banco de Inglaterra, tuvo que mantenerlo sobornando de nuevo, igual que el Banco de Inglaterra. Cada vez que su monopolio estaba a punto de expirar, solo podía lograr la renovación de su carta ofreciendo nuevos préstamos y nuevos regalos al gobierno.

Los acontecimientos de la guerra de los Siete Años3 transformaron la Compañía de las Indias Orientales de potencia comercial en potencia militar y territorial. Fue entonces cuando se pusieron los cimientos del actual Imperio británico de Oriente. Las acciones de las Indias Orientales subieron entonces a 263 libras, y se pagaron dividendos del 12½ por ciento. Pero entonces apareció un nuevo enemigo de la Compañía, ya no en forma de sociedades rivales, sino en forma de ministros rivales y de un pueblo rival. Se alegó que el territorio de la Compañía se había conquistado con la ayuda de flotas británicas y de ejércitos británicos, y que ningún súbdito británico podía ejercer soberanías territoriales independientes de la Corona. Los ministros de la época y el pueblo de la época reclamaron su parte de los «maravillosos tesoros» que se imaginaba ganados con las últimas conquistas. La Compañía solo salvó su existencia mediante un acuerdo concertado en 1767 por el que pagaría anualmente 400.000 libras al Tesoro nacional.

Pero la Compañía de las Indias Orientales, en lugar de cumplir su acuerdo, cayó en dificultades financieras y, en lugar de pagar un tributo al pueblo inglés, pidió al Parlamento ayuda pecuniaria. Graves modificaciones de la carta fueron la consecuencia de este paso. Como los asuntos de la Compañía no mejoraban pese a su nueva situación, y como la nación inglesa había perdido al mismo tiempo sus colonias de Norteamérica, se fue sintiendo de modo cada vez más general la necesidad de recuperar en otra parte algún gran imperio colonial. El ilustre Fox creyó llegado el momento oportuno, en 1783, para presentar su famoso proyecto de ley sobre la India, que proponía abolir la Junta de Directores y la Junta de Propietarios y poner todo el gobierno de la India en manos de siete comisarios nombrados por el Parlamento. Por la influencia personal del imbécil rey sobre la Cámara de los Lores, el proyecto del señor Fox fue derrotado y sirvió de instrumento para derribar al entonces gobierno de coalición de Fox y lord North y para poner al famoso Pitt a la cabeza del gobierno. Pitt hizo aprobar en 1784 por ambas Cámaras una ley que disponía la creación de la Junta de Control, compuesta por seis miembros del Consejo Privado, que debían

«vigilar, supervisar y controlar todos los actos, operaciones y asuntos que de algún modo se refirieran al gobierno civil y militar o a las rentas de los territorios y posesiones de la Compañía de las Indias Orientales».

A este respecto dice el historiador Mill:4

«Al aprobar esa ley se perseguían dos objetivos. Para evitar la imputación de lo que se presentaba como el odioso objetivo del proyecto del señor Fox, era necesario que la parte principal del poder pareciera seguir en manos de los directores. Para provecho del ministerio, era necesario que en realidad se les quitara todo. El proyecto del señor Pitt pretendía diferenciarse del de su rival principalmente en este mismo punto: que mientras el uno destruía el poder de los directores, el otro lo dejaba casi intacto. Con la ley del señor Fox, los poderes de los ministros se habrían ejercido abiertamente. Con la ley del señor Pitt, se ejercían en secreto y mediante fraude. El proyecto de Fox transfería los poderes de la Compañía a comisarios nombrados por el Parlamento. El proyecto del señor Pitt los transfería a comisarios nombrados por el rey.»

Los años 1783 y 1784 fueron, pues, los primeros, y hasta ahora los únicos, en que la cuestión india se convirtió en cuestión de gabinete. Aprobada la ley del señor Pitt, se renovó la carta de la Compañía de las Indias Orientales y la cuestión india quedó apartada durante veinte años. Pero en 1813 la guerra antijacobina, y en 1833 el recién aprobado Reform Bill,5 se impusieron a todas las demás cuestiones políticas.

Esta es, pues, la primera razón de que la cuestión india no llegara a ser una gran cuestión política ni antes ni después de 1784: que antes de esa fecha la Compañía de las Indias Orientales tuvo que conquistar primero existencia e importancia; que después de ella la oligarquía absorbió todo el poder de la Compañía que podía asumir sin incurrir en responsabilidad; y que luego el pueblo inglés en general estaba absorbido, precisamente en las épocas de renovación de la carta, en 1813 y 1833, por otras cuestiones de interés abrumador.

Adoptemos ahora otro punto de vista. La Compañía de las Indias Orientales empezó intentando simplemente establecer factorías para sus agentes y depósitos para sus mercancías. Para protegerlos levantó varios fuertes. Aunque ya en 1689 había concebido el establecimiento de un dominio en la India y el propósito de hacer de las rentas territoriales una de sus fuentes de beneficio, hasta 1744 no había adquirido más que unos pocos distritos sin importancia alrededor de Bombay, Madrás y Calcuta. La guerra que estalló después en el Carnático6 tuvo por efecto convertirla, tras diversas luchas, en soberana de hecho de esa parte de la India. Resultados mucho más considerables tuvieron la guerra de Bengala y las victorias de Clive.7 Esos resultados fueron la ocupación efectiva de Bengala, Bihar y Orissa. A fines del siglo XVIII y en los primeros años del presente sobrevinieron las guerras con Tipu Sahib,8 y a consecuencia de ellas un gran avance del poder de la Compañía y una inmensa extensión del sistema subsidiario.9 En el segundo decenio del siglo XIX se había conquistado por fin la primera frontera cómoda, la de la India dentro del desierto. Solo entonces alcanzó el Imperio británico de Oriente aquellas partes de Asia que habían sido en todas las épocas la sede de todo gran poder central en la India. Pero el punto más vulnerable del Imperio, por donde había sido invadido cada vez que los viejos conquistadores eran expulsados por otros nuevos, las barreras de la frontera occidental, no estaba en manos británicas. Durante el periodo de 1838 a 1849, en las guerras sij y afgana, la dominación británica sometió a posesión definitiva las fronteras etnográficas, políticas y militares del continente indio mediante la anexión forzosa del Punyab y del Sind. Eran posesiones indispensables para rechazar cualquier fuerza invasora procedente de Asia central, e indispensables frente a Rusia, que avanzaba hacia las fronteras de Persia. Durante este último decenio se han añadido al territorio británico de la India 167.000 millas cuadradas con una población de 8.572.630 almas. En el interior, todos los Estados nativos quedaron entonces rodeados de posesiones británicas, sometidos a la suzeraineté10 británica bajo diversas formas y separados de la costa, con la única excepción de Guyarat y del Sind. En el exterior, la India estaba ahora completa. Solo desde 1849 existe un único gran Imperio angloindio.

Así pues, el gobierno británico ha estado combatiendo durante dos siglos con el nombre de la Compañía hasta alcanzar por fin los límites naturales de la India. Comprendemos ahora por qué durante todo este tiempo todos los partidos de Inglaterra han guardado un silencio cómplice, incluso los que habían decidido ser los más ruidosos con su hipócrita jerga pacifista una vez que se hubiera completado el arrondissement11 del Imperio indio único. Primero, naturalmente, tenían que conseguirlo para someterlo después a su aguda filantropía. Desde este punto de vista comprendemos la posición cambiada de la cuestión india en el presente año de 1853 respecto de todos los periodos anteriores de renovación de la carta.

Adoptemos todavía otro punto de vista. Comprenderemos aún mejor la peculiar crisis de la legislación india si repasamos el curso del intercambio comercial británico con la India a través de sus distintas fases.

Al comienzo de las operaciones de la Compañía de las Indias Orientales, bajo el reinado de Isabel, se le permitió, para que pudiera llevar con provecho su comercio con la India, exportar anualmente un valor de 30.000 libras en plata, oro y moneda extranjera. Esto era una infracción contra todos los prejuicios de la época, y Thomas Mun se vio obligado a sentar en A Discourse on Trade from England to the East Indies el fundamento del «sistema mercantil», admitiendo que los metales preciosos eran la única riqueza real que un país podía poseer, pero sosteniendo al mismo tiempo que su exportación podía permitirse sin peligro siempre que la balanza de pagos fuese favorable a la nación exportadora. En este sentido sostenía que las mercancías importadas de las Indias Orientales se reexportaban en su mayor parte a otros países, de los que se obtenía una cantidad de metálico mucho mayor que la que se había necesitado para pagarlas en la India. Con el mismo espíritu escribió sir Josiah Child A Treatise wherein It Is Demonstrated That the East India Trade Is the Most National Trade of All Trades.12 Poco a poco los partidarios de la Compañía de las Indias Orientales se volvieron más audaces, y puede señalarse como curiosidad de esta extraña historia india que los monopolistas de la India fueron los primeros predicadores del librecambio en Inglaterra.

La intervención del Parlamento respecto de la Compañía de las Indias Orientales volvió a reclamarse, no por la clase comercial, sino por la industrial, a fines del siglo XVII y durante la mayor parte del XVIII, cuando se declaró que la importación de tejidos de algodón y de seda de las Indias Orientales arruinaba a los pobres fabricantes británicos, opinión expuesta en el libro de John Pollexfen England and India Inconsistent in Their Manufactures, Londres, 1697, título que siglo y medio después se vería extrañamente confirmado, pero en un sentido muy distinto. El Parlamento intervino entonces. Por la ley 11 y 12 de Guillermo III, capítulo 10, se dispuso que se prohibiera llevar sedas labradas y percales estampados o teñidos de la India, Persia y China, y se impuso una multa de 200 libras a toda persona que los tuviera o los vendiera. Leyes semejantes se promulgaron bajo Jorge I, II y III a consecuencia de las repetidas lamentaciones de los fabricantes británicos, tan «ilustrados» después. Y así, durante la mayor parte del siglo XVIII, las manufacturas indias se importaban por lo general en Inglaterra para venderlas en el continente y quedaban excluidas del mercado inglés mismo.

Además de esta intervención del Parlamento en las Indias Orientales, solicitada por el codicioso fabricante nacional, los comerciantes de Londres, Liverpool y Bristol hicieron esfuerzos en cada época de renovación de la carta para romper el monopolio comercial de la Compañía y participar en ese comercio, que se tenía por una verdadera mina de oro. A consecuencia de esos esfuerzos, la ley de 1773, que prorrogaba la carta de la Compañía hasta el 1 de marzo de 1814, incluyó una disposición por la que se autorizaba a particulares británicos a exportar, y a los empleados de la Compañía en la India a importar en Inglaterra, casi toda clase de mercancías. Pero esta concesión iba rodeada de condiciones que anulaban sus efectos en lo que se refería a las exportaciones de comerciantes privados a la India británica. En 1813 la Compañía no pudo resistir más tiempo la presión del comercio en general, y, salvo el monopolio del comercio con China, el comercio con la India se abrió en ciertas condiciones a la competencia privada. Con la renovación de la carta en 1833 se suprimieron por fin estas últimas restricciones, se prohibió a la Compañía todo comercio, se destruyó su carácter comercial y se le retiró el privilegio de excluir a los súbditos británicos de los territorios indios.

Entretanto, el comercio con las Indias Orientales había experimentado revoluciones muy serias, que alteraron por completo la posición de los diversos intereses de clase de Inglaterra respecto de él. Durante todo el siglo XVIII, los tesoros transportados de la India a Inglaterra se obtuvieron mucho menos por un comercio relativamente insignificante que por la explotación directa del país y por las fortunas colosales que allí se arrancaron y se enviaron a Inglaterra. Tras la apertura del comercio en 1813, el comercio con la India se triplicó con creces en muy poco tiempo. Pero eso no fue todo. Cambió todo el carácter del comercio. Hasta 1813 la India había sido principalmente un país exportador, y ahora se convirtió en importador, y con una progresión tan rápida que ya en 1823 el tipo de cambio, que había sido por lo general de 2 chelines y 6 peniques por rupia, bajó a 2 chelines. La India, el gran taller de manufacturas de algodón del mundo desde tiempos inmemoriales, quedó ahora inundada de hilos y tejidos de algodón ingleses. Después de excluir sus propios productos de Inglaterra, o de admitirlos solo en las condiciones más crueles, se volcaron en ella las manufacturas británicas con un derecho pequeño y meramente nominal, para ruina de los tejidos de algodón nativos, en otro tiempo tan célebres. En 1780, el valor de los productos y manufacturas británicos exportados a la India ascendía solo a 386.152 libras, y el metálico exportado ese mismo año a 15.041 libras, mientras que el valor total de las exportaciones de 1780 era de 12.648.616 libras, de modo que el comercio con la India no representaba más que 1/32 de todo el comercio exterior. En 1850, las exportaciones totales de Gran Bretaña e Irlanda a la India fueron de 8.024.000 libras, de las que solo los artículos de algodón supusieron 5.220.000, de modo que llegaban a más de 1/5 de toda la exportación y a más de 1/4 del comercio exterior de algodón. Pero la manufactura algodonera empleaba ya a 1/8 de la población de Gran Bretaña y aportaba 1/12 de todos los ingresos nacionales. Después de cada crisis comercial, el comercio con las Indias Orientales cobraba una importancia más decisiva para los fabricantes británicos de algodón, y el continente indio se convirtió de hecho en su mejor mercado. En la misma medida en que la manufactura algodonera adquiría un interés vital para todo el armazón social de Gran Bretaña, las Indias Orientales adquirían un interés vital para la manufactura algodonera británica.

Hasta entonces, los intereses de la plutocracia, que había convertido la India en sus fincas, de la oligarquía, que la había conquistado con sus ejércitos, y de la millocracia,13 que la había inundado con sus tejidos, habían ido de la mano. Pero cuanto más dependía el interés industrial del mercado indio, más sentía la necesidad de crear en la India nuevas fuerzas productivas después de haber arruinado su industria nativa. No se puede seguir inundando un país con las propias manufacturas si no se le permite dar a cambio algún producto. El interés industrial descubrió que su comercio disminuía en lugar de aumentar. En los cuatro años que terminaron en 1846, las importaciones de la India procedentes de Gran Bretaña ascendieron a 261 millones de rupias; en los cuatro años que terminaron en 1850 fueron solo de 253 millones, mientras que las exportaciones fueron en el primer periodo de 274 millones de rupias y en el segundo de 254 millones. Descubrieron que la capacidad de consumir sus mercancías se había reducido en la India al punto más bajo posible; que el consumo de sus manufacturas en las Indias Occidentales británicas era de un valor de unos 14 chelines por habitante y año; en Chile, de 9 chelines y 3 peniques; en Brasil, de 6 chelines y 5 peniques; en Cuba, de 6 chelines y 2 peniques; en Perú, de 5 chelines y 7 peniques; en Centroamérica, de 10 peniques, mientras que en la India solo llegaba a unos 9 peniques. Llegó después la corta cosecha de algodón de los Estados Unidos, que les causó una pérdida de 11.000.000 de libras en 1850, y se exasperaron por depender de América en lugar de obtener de las Indias Orientales algodón en rama suficiente. Además, descubrieron que en todos sus intentos de invertir capital en la India tropezaban con obstáculos y triquiñuelas de las autoridades indias. Así la India se convirtió en el campo de batalla de la contienda entre el interés industrial, por un lado, y la plutocracia y la oligarquía, por otro. Los fabricantes, conscientes de su ascendiente en Inglaterra, piden ahora la aniquilación de estos poderes antagónicos en la India, la destrucción de todo el viejo edificio del gobierno indio y el eclipse definitivo de la Compañía de las Indias Orientales.

Y ahora, el cuarto y último punto de vista desde el que hay que juzgar la cuestión india. Desde 1784 las finanzas indias se han ido hundiendo cada vez más en las dificultades. Existe ahora una deuda nacional de 50 millones de libras, una disminución continua de las fuentes de ingresos y un aumento correspondiente de los gastos, equilibrados a duras penas por los ingresos aleatorios del impuesto sobre el opio, amenazados ahora de extinción porque los chinos empiezan a cultivar ellos mismos la adormidera, y agravados por los gastos que cabe prever de la insensata guerra de Birmania.14

«Tal como están las cosas», dice el señor Dickinson,15 «si perder su imperio de la India arruinaría a Inglaterra, vernos obligados a conservarlo amenaza de ruina nuestras propias finanzas.»

He mostrado así cómo la cuestión india se ha convertido por primera vez desde 1783 en una cuestión inglesa y en una cuestión de gabinete.

  1. En 1694. ↩

  2. William Cobbett (1763-1835), publicista radical inglés, defensor de los campesinos y de los artesanos, que idealizaba la Inglaterra anterior a la Reforma protestante. ↩

  3. 1756-1763. ↩

  4. James Mill (1773-1836), economista y filósofo, autor de una History of British India (1817-1818). ↩

  5. La reforma electoral de 1832. ↩

  6. Las guerras de 1746-1763 entre la Compañía británica y la francesa por el dominio del sudeste de la India. ↩

  7. Robert Clive (1725-1774), cuya victoria en Plassey (1757) dio a la Compañía el dominio de Bengala. ↩

  8. Tipu Sahib (1750-1799), sultán de Mysore, que murió defendiendo su capital contra los británicos. ↩

  9. Sistema de tratados por los que los príncipes indios mantenían a su costa tropas de la Compañía en su territorio y quedaban de hecho bajo su tutela. ↩

  10. «Soberanía», en el sentido de dominio de un Estado sobre otro que conserva su gobierno propio. ↩

  11. «Redondeo». ↩

  12. Las obras de Mun (1621) y de Child (1681) defendían el comercio de la Compañía, de la que ambos fueron directores. ↩

  13. El dominio de los dueños de fábricas (mill, «fábrica»). ↩

  14. La segunda guerra anglobirmana (1852-1853), que terminó con la anexión de la Baja Birmania. ↩

  15. John Dickinson, publicista, uno de los fundadores de la India Reform Society. ↩