Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 7 de octubre de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3904, del 21 de octubre de 1853. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9, Berlín, 1960, pp. 419-427), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Londres, viernes 7 de octubre de 1853
El viernes pasado el Morning Chronicle, en su cuarta edición, dio a conocer un despacho telegráfico según el cual el sultán había declarado la guerra a Rusia. La Patrie de París de ayer por la tarde anuncia, en una nota semioficial, que las noticias recibidas de Oriente no confirman la información del Morning Chronicle. Según otro periódico ministerial, el Constitutionnel, fue a raíz de las reiteradas gestiones del señor de Bruck, el internuncio austriaco,1 cuando el Diván se reunió el día 25 para deliberar sobre la nota de Viena, y declaró entonces que se atenía a la última nota de Reshid Bajá.2 Al día siguiente se convocó un Gran Consejo. Este Consejo, compuesto por 120 de los principales ministros, consejeros, bajaes y dignatarios religiosos, resolvió
«que sería contrario a la dignidad del sultán, y subversivo de su autoridad soberana, firmar la nota de Viena sin las modificaciones propuestas por el Diván, y que, puesto que el zar había declarado esas modificaciones totalmente inadmisibles y se negaba a renunciar a su exigencia de un compromiso destructivo de la independencia del Imperio otomano, al Consejo solo le quedaba aconsejar al sultán que procediese sin demora a adoptar las medidas necesarias para la preservación de su Imperio y para librar sus dominios de la presencia del invasor».
En cuanto a la declaración formal de guerra, todavía no la ha confirmado ningún despacho auténtico. Esta vez, al menos, la Puerta ha cogido en la trampa a los diplomáticos occidentales. Los gobiernos inglés y francés, que no se atrevían a llamar a casa a sus flotas, que no podían sostener por más tiempo su ridícula posición en la bahía de Besika y que no querían pasar los estrechos en abierto desafío al zar, deseaban que la Puerta mandase venir los barcos desde la bahía de Besika con el pretexto de que durante las fiestas del Bairam3 era de temer algún peligro para los cristianos de Constantinopla. La Puerta se negó, observando que no había peligro alguno; que, si lo hubiera, protegería a los cristianos sin ayuda extranjera, y que no deseaba llamar a los barcos hasta después de las fiestas. Pero apenas había cruzado los estrechos la vanguardia de las flotas unidas cuando la Puerta, que tenía ahora en un aprieto a sus vacilantes y pérfidos aliados, se pronunció por la guerra. En cuanto a la guerra misma, empezó hace tres meses, cuando las fuerzas rusas cruzaron el Prut. La primera campaña incluso se dio por terminada cuando las legiones rusas llegaron a las orillas del Danubio. El único cambio que puede producirse ahora es que la guerra dejará de ser una guerra de un solo bando.
No solo el bey de Túnez, sino también el sha de Persia, pese a las intrigas de Rusia, ha puesto a disposición del sultán un cuerpo de 60.000 de sus mejores tropas. Puede decirse, pues, con verdad, que el ejército turco es una reunión de todas las fuerzas disponibles del mahometismo en Europa, África y Asia occidental. Las huestes de las dos religiones que se disputan desde hace mucho la supremacía en Oriente, la greco-rusa y la mahometana, están ahora frente a frente, la una convocada por la voluntad arbitraria de un solo hombre, la otra por la fuerza fatal de las circunstancias, conforme a sus respectivos credos, pues la Iglesia greco-rusa rechaza el dogma de la predestinación, mientras que el mahometismo gira en torno al fatalismo.
Hoy se celebran dos reuniones, una en Downing Street y la otra en la London Tavern; una de los ministros y la otra contra ellos; una en favor del zar y la otra en favor del sultán.4
De los artículos de fondo de The Times y del Morning Chronicle podríamos deducir, si cupiera alguna duda sobre las intenciones de la coalición, que hará todo lo posible por impedir la guerra, reanudar las negociaciones, matar el tiempo, paralizar al ejército del sultán y apoyar al zar en los Principados.
«El zar se ha declarado por la paz», tiene The Times la dicha de anunciar, de fuente indudable. El zar ha expresado «sentimientos pacíficos en Olmütz por su propia boca».5 No aceptará las modificaciones que ha propuesto la Puerta; se atendrá a la nota de Viena original, pero permitirá a la conferencia de Viena interpretar la nota en un sentido sobrenatural, contradictorio con la interpretación de su propio Nesselrode.6 Les permitirá ocuparse en conferencias con tal de que le permitan a él, entretanto, ocupar los Principados.
The Times, en su paroxismo pacífico, compara a los dos emperadores de Rusia y Austria con un par de jefes salvajes del interior de África, para llegar a esta conclusión:
«Al fin y al cabo, ¿qué le importa al mundo el emperador de Rusia para que vaya a la guerra por deferencia hacia sus errores políticos?»
Los bancos de Turín, París, Berlín y Varsovia han elevado su tipo de descuento. En los balances bancarios de la semana pasada, la reserva metálica del Banco de Inglaterra aparecía de nuevo disminuida en 181.615 libras, y su importe total no pasa ahora de 15.680.783 libras. La circulación activa de billetes ha disminuido en casi 500.000 libras, mientras que el descuento de letras ha aumentado en 400.000 libras, coincidencia que confirma lo que dije en mi carta sobre la ley de Peel:7 que la cantidad de billetes de banco en circulación no sube ni baja en proporción al volumen de los negocios bancarios que se hacen.
El señor Dornbush concluye su circular comercial mensual de la siguiente manera:
«Los acontecimientos políticos de la última semana han aumentado mucho la agitación del comercio de granos, causada por las noticias cada vez más numerosas de una cosecha de trigo deficiente, por la extensión de la enfermedad de la patata y por la escasez de flete. La harina de la ciudad ha subido a 70 chelines por 280 libras, el trigo nuevo a 80 chelines, con un descuento en alza que se acerca al 5 por ciento. Reina ahora gran excitación en el comercio de granos: la probabilidad de una guerra en Oriente, la prohibición de exportar grano desde Egipto, la confirmación de la cosecha deficiente de trigo en Inglaterra, la extensión de la enfermedad de la patata, la disminución de las llegadas del extranjero (sobre todo del sur de Europa), la demanda continuada de Francia, Bélgica y Holanda: tales fueron las principales causas de excitación que la semana pasada volvieron a subir los precios del trigo entre uno y seis chelines por quarter en los principales mercados de provincias... Por lo general, inmediatamente después de la cosecha, la tendencia de los precios es a la baja y se mantiene así hasta Navidad. Este año el movimiento ha sido el inverso... Los precios vienen subiendo desde hace algunos meses. En este momento no falta realmente grano en ninguna parte de esta región del globo; muchos graneros, pajares y almiares están repletos, y en algunos puertos de mar falta espacio de almacenaje. La reciente subida de precio, por tanto, no la ha causado una escasez presente de grano, sino una escasez futura, basada en la presunción de una cosecha deficiente cuyos efectos se espera que se dejen sentir a medida que avance la temporada. El próximo invierno promete ser de grandes penalidades y privaciones... La opinión dominante sigue siendo favorable a nuevas subidas de precios; y mientras el grueso de los especuladores siga "comprando y almacenando", la tendencia seguirá probablemente al alza, quizá hasta la próxima primavera... El nivel presumiblemente alto de los precios durante el próximo invierno atraerá probablemente con fuerza, en la primavera siguiente, la importación de grano de regiones lejanas a las que en temporadas ordinarias no se puede llegar por la distancia y el alto coste del transporte; para la próxima primavera no es improbable una acumulación de llegadas de todas las partes accesibles del mundo; y la misma causa que ahora contribuye a subir el precio retirando existencias de la venta tenderá, cuando empiece la marea descendente de los precios, a deprimir el valor del grano con una fuerza proporcionada a la prisa que tengan entonces los tenedores por deshacerse de sus existencias. Ahora la regla es comprar; entonces la consigna será vender. El año próximo puede resultar tan peligroso y desastroso como 1847.»
La depresión general del mercado de Manchester continúa. A medida que las noticias de Australia y de China, igual que las que se refieren a la complicación de Oriente, adquieren un carácter más sombrío, los ánimos de los hilanderos, fabricantes y comerciantes se inquietan más. La baja de los precios en las calidades y números corrientes de hilo puede estimarse ahora entre ⅞ y 1 penique por libra desde el punto más alto de hace dos meses, lo que es casi el doble de la baja en la calidad correspondiente de algodón, que no pasa de ½ a ⅝ de penique. E incluso con la reducción extrema de 1 penique cuesta vender, y las existencias, el coco de nuestra escuela sentimental de economistas políticos, siguen acumulándose. Claro está que no ha de esperarse que esta acumulación de existencias crezca muy deprisa; en este momento, comerciantes y fabricantes, al encontrar saturados varios mercados, tienen todavía la salida de enviar sus mercancías en consignación a otros mercados, y de esa facultad hacen ahora uso muy abundante. Pero arrojar todo el producto exportable de la industria británica, lo bastante grande para inundar a intervalos regulares el mundo entero, sobre unos pocos mercados más o menos limitados provocará necesariamente el mismo estado de plétora, y las convulsiones que le siguen, en esos mismos mercados que hasta ahora se dan por sanos. Así, las noticias algo mejores de la India, según las cuales sigue sin haber posibilidad de una exportación provechosa a ese país, sino solo de reducir la pérdida en nuevas exportaciones, han provocado un negocio bastante considerable con ese país, en parte por cuenta de las casas regulares del comercio de la India, en parte por cuenta de los propios hilanderos y fabricantes de Manchester, que, antes que resignarse a la pérdida que acarrean las ventas en un mercado en baja, prefieren aprovechar la pequeña posibilidad de una venta mejor que pueda resultar de una exportación especulativa a la India. Y aquí puedo añadir que desde 1847 es práctica habitual de los hilanderos y fabricantes de Manchester enviar por su propia cuenta grandes cargamentos a la India, etc., y recibir los retornos en productos coloniales, vendidos igualmente por su propia cuenta en la América del Norte británica o en puertos del continente. Estas especulaciones no pertenecen, ciertamente, a la esfera comercial legítima del fabricante, que por fuerza no está ni la mitad de bien informado del estado de los mercados que el comerciante del puerto de mar, pero agradan al hilandero británico, que, mientras dirige tan lejanas operaciones, cree realizada aquella ilusión favorita en la que se imagina director supremo, por así decir la mente rectora, de los destinos del comercio mundial. Y si no fuera por estas especulaciones, que retienen durante un año o dieciocho meses una parte considerable del capital industrial sobrante, no cabe duda de que la expansión de las manufacturas en Inglaterra habría avanzado en los últimos cinco años a un ritmo aún más rápido.
En el mercado de tejidos, los artículos de consumo interior son los que sufren la mayor depresión; las existencias siguen acumulándose aunque se ha parado un gran número de telares. Y tampoco puede decirse que se haga nada en otras clases de mercancías.
Un estancamiento parecido reina en Leeds y Bradford, en Leicester y Nottingham. En esta última localidad la jornada se ha reducido a diez e incluso a ocho horas en la industria del encaje; la de géneros de punto está deprimida desde el pasado junio, cuando la producción se redujo de golpe en Nottingham en un tercio. El único ramo que por ahora parece marchar en prosperidad ininterrumpida es la quincallería de Birmingham y sus alrededores.
En Londres, la bancarrota empieza a extenderse entre los pequeños tenderos.
En mi carta del 12 de agosto decía que los patronos hilanderos y fabricantes estaban organizando «una asociación con el fin de ayudar al comercio a regular la agitación entre los obreros del distrito de Manchester»; que esa asociación iba a componerse de asociaciones locales con un comité central, y que se proponía «resistir a todas las demandas presentadas por cuerpos asociados de obreros fabriles, reforzando el monopolio del capital con el monopolio de la coalición y dictando condiciones como cuerpo asociado».
Pues bien, ¿no es un hecho muy curioso que este plan, del que les informé hace unos dos meses, no haya sido mencionado hasta este mismo momento por los periódicos de Londres, aunque entretanto se ha llevado a cabo en silencio y está ya haciendo su trabajo en Preston, Bolton y Manchester? La prensa de Londres, por lo visto, quería ocultar a los ojos del mundo el hecho de que los señores de las fábricas estaban alineando sistemáticamente a su clase contra la clase del trabajo, y de que las sucesivas medidas que tomaban, en lugar de ser el resultado espontáneo de las circunstancias, son los efectos premeditados de una conspiración largamente urdida por una Liga contra el Trabajo organizada. Esta Liga capitalista inglesa del siglo XIX aún ha de encontrar su historiador, como lo encontró la Liga católica francesa, a finales del siglo XVI, en los autores de la Satyre Ménippée.8
Para triunfar en sus demandas, los obreros tienen que procurar, naturalmente, que una parte siga trabajando hasta que la huelga de los otros haya salido victoriosa. Donde se aplica este plan, los dueños de las fábricas se coaligan para cerrar todas sus fábricas y llevar así a sus obreros a la desesperación. Los fabricantes de Preston, como ustedes saben, iban a abrir el juego. Trece fábricas están ya cerradas y, al cabo de otra semana, se cerrarán todas, con lo que más de 24.000 hombres quedarán sin trabajo. Los tejedores han dirigido un memorial a los patronos solicitando una entrevista u ofreciendo someter a arbitraje las cuestiones en litigio, pero su petición ha sido rechazada. Como los tejedores de Preston reciben ayuda de las colectas de un penique de los obreros de los distritos vecinos, de Stalybridge, Oldham, Stockport, Bury, Withnell, Blackburn, Church-Parish, Acton, Irwell-Vale, Enfield, Burnley, Colne, Bacup, etc., porque los hombres han descubierto que el único medio de resistir a la influencia abusiva del capital es la unión entre ellos, los señores de las fábricas de Preston, por su parte, han enviado emisarios secretos a minar los medios de socorro de los huelguistas y a inducir a los dueños de fábricas de Burnley, Colne, Bacup, etc., a cerrar sus establecimientos y provocar una paralización general del trabajo. En ciertos lugares, como en Enfield, se ha inducido a los capataces a denunciar ante sus patronos a quienes habían participado en el impulso del movimiento, y en consecuencia se ha despedido a cierto número de recaudadores de peniques. Mientras los obreros de los distritos vecinos exhortan a los de Preston a mantenerse firmes y unidos, los patronos de Preston reciben inmenso aplauso de los demás fabricantes, que los ensalzan como los verdaderos héroes de la época.
En Bury las cosas toman un giro parecido al de Preston. En Bolton, como los fabricantes de colchas echaron a suertes quiénes debían empezar la huelga, los patronos de todo el ramo cerraron de golpe sus fábricas.
Además del cierre simultáneo de las fábricas, se recurre a otros medios de coalición. En Keighley, por ejemplo, los tejedores del señor Lund se declararon en huelga por un aumento de salario, sobre todo porque él pagaba menos de lo que cobraban los tejedores del señor Anderton, de Bingley. Una comisión de los tejedores pidió una entrevista al señor Lund y se presentó en su casa, donde les cerraron cortésmente la puerta en las narices. Pero una semana después se comunicó a los obreros del señor Anderton, por un aviso, que se iba a reducir el salario de sus tejedores en 3 peniques por pieza y el de sus peinadores de lana en un cuarto de penique por libra, pues el señor Lund y el señor Anderton habían concluido entretanto una alianza ofensiva y defensiva con el fin de combatir a los tejedores del uno rebajando los salarios de los del otro. Se supone que así los tejedores del señor Lund se verán empujados a someterse, o los del señor Anderton a declararse en huelga, y que, como el peso añadido de otra huelga acabaría con toda posibilidad de apoyo, ambos grupos se plegarán a una reducción general.
En otros casos los patronos intentan poner a los tenderos de su parte contra los obreros. Así, el señor Horsfall, el rey del carbón de la mina Derby Main, cuando sus obreros se declararon en huelga a raíz de una reducción de los salarios, recorrió a todos los carniceros, panaderos y vendedores de víveres de la vecindad con los que comerciaban los mineros para convencerlos de que no fiaran nada a sus hombres.
En todas las localidades donde existe la Asociación para «regular la agitación entre los obreros», los patronos asociados se han comprometido a pagar fuertes multas en caso de que algún miembro viole los estatutos de su Liga o ceda a las demandas de los «brazos». En Manchester estas multas ascienden a 5.000 libras, en Preston a 3.000, en Bolton a 2.000, etc.
Hay un rasgo que distingue por encima de todo el conflicto presente de los pasados. En otras épocas —como en 1832, 1839, 1840 y 1842— unas vacaciones generales, como se las llamaba, es decir, una paralización general y simultánea del trabajo en todo el reino, eran una idea favorita de los obreros y el gran objetivo al que aspiraban.9 Esta vez es el capital el que amenaza con una retirada general. Son los patronos quienes procuran provocar un cierre general de las fábricas. ¿No creen ustedes que, si lo consiguen, puede resultar un experimento muy peligroso? ¿Es su intención empujar al pueblo inglés a una insurrección de junio10 para quebrar su ánimo creciente y dejarlo postrado durante una serie de años?
En todo caso, nunca vigilaremos demasiado de cerca los síntomas de la guerra civil que se prepara en Inglaterra, tanto más cuanto que la prensa de Londres cierra deliberadamente los ojos a los grandes hechos mientras entretiene a sus lectores con la descripción de bagatelas como el banquete que dio el señor Titus Salt, uno de los príncipes fabriles de Yorkshire, en la inauguración de su palacio-fábrica,11 donde no solo se agasajó a la aristocracia local, sino también a sus obreros. «Prosperidad, salud y felicidad a la clase obrera», fue el brindis que propuso, según cuenta al público la prensa metropolitana; pero no se le cuenta que, pocos días después, sus tejedores de moaré recibieron aviso de otra reducción de sus salarios, de 2 chelines y 3 peniques a 2 chelines y 1 penique. «Si esto significa salud o prosperidad para los tejedores de moaré», escribe una de sus víctimas al People's Paper, «yo, por mi parte, no las quiero».
Habrán visto ustedes quizá en The Times que una tal señora MacDonnell, de Knoydart, en Glengarry, ha emprendido, a imitación de la duquesa de Sutherland,12 el despeje de sus fincas para sustituir a los hombres por ovejas. El People's Paper, informado por un corresponsal sobre el terreno, da la siguiente descripción gráfica de esta operación malthusiana:
«Esta dama tenía en sus dominios a cierto número de pequeños arrendatarios, muchos de los cuales no podían pagar sus rentas; algunos tenían atrasos considerables, según se nos dice. Así que los echó a todos y los obligó a refugiarse en los bosques y en las cuevas, donde desde entonces se esconden, o más bien mueren, mientras los caballos de la señora MacDonnell tienen su abrigada cama en alojamientos seguros y confortables. Al mismo tiempo les ofreció pasaje gratuito al Canadá, pues el pasaje sale más barato que la contribución de pobres, y permiso "para vender sus pequeñas existencias", aunque no tienen existencia alguna que vender, salvo la ropa que llevan puesta, una mesa rota o un gato reumático. Por último, les perdonó los atrasos... que no podía cobrar. A esto se le llama "noble generosidad".»
Tales desalojos parecen estar otra vez a la orden del día en todas las Highlands. Así nos lo dice, al menos, sir Charles Forbes, un laird de las Highlands, que escribe a The Times
«que las granjas de ovejas se están volviendo ahora tan valiosas que a nuestros criadores ingleses de ovejas les compensará alquilar ovejas en cualquier momento y pagar por la expulsión de todos los que se les pongan delante».
Karl Marx
Karl Ludwig von Bruck (1798-1860), internuncio, es decir, enviado de Austria ante la Puerta en 1853-1855. ↩
Mustafá Reshid Bajá (1800-1858), ministro de Asuntos Exteriores otomano. La nota de Viena, redactada en julio de 1853 por los representantes de Austria, Francia, Gran Bretaña y Prusia, debía zanjar el conflicto entre Rusia y Turquía; la Puerta solo la aceptó con modificaciones, que Rusia rechazó. ↩
Fiesta musulmana que sigue al ayuno del ramadán (pequeño Bairam) o que coincide con la peregrinación a La Meca (gran Bairam). ↩
En Downing Street, residencia del primer ministro, se reunía el consejo de ministros; en la London Tavern, una asamblea pública en favor de Turquía. ↩
A finales de septiembre de 1853 Nicolás I se entrevistó en Olmütz (Olomouc) con el emperador de Austria, Francisco José. ↩
Karl Robert Nesselrode (1780-1862), canciller y ministro de Asuntos Exteriores de Rusia. En septiembre de 1853 se conoció una interpretación suya de la nota de Viena que la convertía en el reconocimiento del protectorado ruso sobre los súbditos ortodoxos del sultán. ↩
La ley bancaria de 1844 (Bank Charter Act), obra de Robert Peel, que ligaba la emisión de billetes del Banco de Inglaterra a su reserva metálica. ↩
Sátira política francesa de 1594, obra colectiva de varios autores, contra la Liga católica en las guerras de religión. ↩
El «mes sagrado» o huelga general fue una de las consignas del cartismo; en agosto de 1842 una oleada de huelgas paralizó buena parte de los distritos industriales. ↩
La insurrección del proletariado de París en junio de 1848, aplastada por el general Cavaignac. ↩
Titus Salt (1803-1876), fabricante de tejidos de lana y alpaca, inauguró en septiembre de 1853 su gran fábrica de Saltaire, junto a Bradford. ↩
Sobre los desalojos de la duquesa de Sutherland véase el artículo de Marx Elecciones - Sombrío panorama financiero - La duquesa de Sutherland y la esclavitud. ↩