Escrito en inglés por Friedrich Engels a finales de marzo de 1853 y publicado sin firma como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 3746, del 19 de abril de 1853. Traducido del original inglés según la edición de Eleanor Marx Aveling y Edward Aveling, The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 20-26, donde se atribuye a Marx), cotejada con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9, Berlín, 1960, pp. 22-27), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Solo desde hace poco han podido los habitantes de la Europa occidental y de América formarse un juicio medianamente correcto de los asuntos turcos. Hasta la insurrección griega, Turquía era, a todos los efectos, una terra incognita, y las ideas corrientes que circulaban entre el público se basaban más en Las mil y una noches que en hechos históricos. Los funcionarios diplomáticos oficiales, por haber estado sobre el terreno, presumían de un conocimiento más exacto; pero también este se reducía a nada, porque ninguno de ellos se tomó nunca la molestia de aprender turco, eslavo del sur o griego moderno, y todos sin excepción dependían de los relatos interesados de intérpretes griegos y de comerciantes francos. Además, siempre había a mano intrigas de toda clase para ocupar el tiempo de aquellos diplomáticos ociosos, entre los que Joseph von Hammer,1 el historiador alemán de Turquía, constituye la única excepción honrosa. Lo que ocupaba a aquellos caballeros no era el pueblo, ni las instituciones, ni el estado social del país: eran exclusivamente la corte y, sobre todo, los griegos fanariotas,2 astutos mediadores entre dos partes que ignoraban por igual la verdadera situación, el poder y los recursos de la otra. Las nociones y opiniones tradicionales, fundadas en informaciones tan mezquinas, formaron durante mucho tiempo, y, cosa extraña, todavía forman hoy en gran medida, la base de toda la acción de la diplomacia occidental respecto de Turquía.

Pero mientras Inglaterra, Francia y, durante mucho tiempo, incluso Austria andaban a tientas en busca de una política oriental definida, otra potencia se les adelantó a todas. Rusia, semiasiática ella misma por su situación, sus costumbres, sus tradiciones y sus instituciones, encontró hombres de sobra capaces de comprender la verdadera situación y el carácter de Turquía. Su religión era la misma que la de nueve décimas partes de los habitantes de la Turquía europea; su lengua, casi idéntica a la de siete millones de súbditos turcos; y la conocida facilidad con que un ruso aprende a conversar en una lengua extranjera, si no a apropiársela del todo, puso fácil a sus agentes, bien pagados para ello, familiarizarse por completo con los asuntos turcos. Así, desde muy pronto, el gobierno ruso se sirvió de su posición extraordinariamente favorable en el sudeste de Europa. Centenares de agentes rusos recorrían Turquía señalando a los cristianos griegos al emperador ortodoxo como cabeza, protector natural y libertador final de la oprimida Iglesia de Oriente, y, sobre todo a los eslavos del sur, a ese mismo emperador como el zar todopoderoso que tarde o temprano uniría todas las ramas de la gran raza eslava bajo un mismo cetro y haría de ellas la raza dominante de Europa. El clero de la Iglesia griega formó muy pronto una vasta conspiración para difundir estas ideas. La insurrección serbia de 18093 y el levantamiento griego de 1821 fueron alentados más o menos directamente por el oro y la influencia de Rusia; y dondequiera que entre los bajás turcos se alzaba el estandarte de la rebelión contra el gobierno central, nunca faltaron intrigas ni fondos rusos; y cuando las cuestiones internas turcas habían confundido así por completo el entendimiento de los diplomáticos occidentales, que no sabían más del asunto real que del hombre de la luna, entonces se declaraba la guerra, los ejércitos rusos marchaban hacia los Balcanes y, pedazo a pedazo, el Imperio otomano iba siendo desmembrado.

Es verdad que en los últimos treinta años se ha hecho mucho para ilustrar al público sobre el estado de Turquía. Filólogos y críticos alemanes nos han dado a conocer su historia y su literatura; residentes ingleses y el comercio inglés han reunido gran cantidad de información sobre la situación social del Imperio. Pero los sabihondos de la diplomacia parecen desdeñar todo esto y aferrarse con la mayor obstinación posible a las tradiciones nacidas del estudio de los cuentos de hadas orientales, mejoradas con los relatos no menos maravillosos de la banda de mercenarios griegos más corrompida que haya existido nunca.

¿Y cuál ha sido el resultado natural? Que en todos los puntos esenciales Rusia ha ido logrando sin pausa sus fines, uno tras otro, gracias a la ignorancia, la torpeza y la consiguiente inconsecuencia y cobardía de los gobiernos occidentales. Desde la batalla de Navarino4 hasta la actual crisis oriental, la acción de las potencias occidentales o bien ha quedado anulada por sus querellas internas —nacidas casi siempre de su común ignorancia de las cosas de Oriente y de mezquinos celos que tenían que resultar del todo incomprensibles para cualquier mentalidad oriental—, o bien ha servido directamente al interés de Rusia y solo al suyo. Y no solo los griegos, tanto los de Grecia como los de Turquía, y los eslavos ven en Rusia a su protector natural; más aún, incluso el gobierno de Constantinopla, desesperando una y otra vez de hacer comprender sus necesidades efectivas y su verdadera posición a esos embajadores occidentales que se enorgullecen de su absoluta incompetencia para juzgar con sus propios ojos los asuntos turcos, ese mismo gobierno turco se ha visto obligado en todos los casos a ponerse a merced de Rusia y a buscar protección en la potencia que confiesa abiertamente su firme intención de echar a todos los turcos al otro lado del Bósforo y plantar la cruz de San Andrés sobre los minaretes de Santa Sofía.

A pesar de la tradición diplomática, estas usurpaciones constantes y afortunadas de Rusia han despertado por fin en los gabinetes occidentales de Europa una aprensión muy vaga y lejana del peligro que se acerca. Esa aprensión ha desembocado en la gran panacea diplomática según la cual el mantenimiento del statu quo en Turquía es condición necesaria de la paz del mundo. La grandilocuente incapacidad de ciertos estadistas modernos no habría podido confesar su ignorancia y su impotencia más claramente que con este axioma, que, por haber sido siempre letra muerta, en el breve plazo de veinte años ha quedado consagrado por la tradición y se ha vuelto tan venerable e indiscutible como la Carta Magna del rey Juan. ¡Mantener el statu quo! Pues fue precisamente para mantener el statu quo para lo que Rusia sublevó a Serbia, hizo independiente a Grecia, se apropió del protectorado de Moldavia y Valaquia y se quedó con parte de Armenia. Inglaterra y Francia no se movieron ni una pulgada mientras se hacía todo esto, y la única vez que se movieron fue para proteger en 1849, no a Turquía, sino a los refugiados húngaros.5 A los ojos de la diplomacia europea, e incluso de la prensa europea, toda la cuestión de Oriente se reduce a este dilema: o los rusos en Constantinopla, o el mantenimiento del statu quo; nada fuera de esta alternativa entra nunca en sus cabezas.

Véase, como ilustración, la prensa de Londres. Encontramos al Times abogando por el desmembramiento de Turquía y proclamando la incapacidad de la raza turca para seguir gobernando aquel hermoso rincón de Europa. Hábil como siempre, el Times ataca con audacia la vieja tradición diplomática del statu quo y declara imposible su continuación. Todo el talento de que dispone ese periódico se emplea en mostrar esa imposibilidad bajo diversos aspectos y en ganar las simpatías británicas para una nueva cruzada contra los restos de los sarracenos. El mérito de un ataque tan desaprensivo contra una frase consagrada por el tiempo y vacía de sentido, que hace dos meses todavía era sagrada para el Times, es innegable. Pero quien conoce ese periódico sabe también que esta audacia insólita se aplica directamente en interés de Rusia y de Austria. Las premisas correctas que se exponen en sus columnas sobre la imposibilidad absoluta de mantener Turquía en su estado actual no sirven más que para preparar al público británico y al mundo para el momento en que el párrafo principal del testamento de Pedro el Grande6 —la conquista del Bósforo— se haya convertido en un hecho consumado.

La opinión contraria la representa el Daily News, órgano de los liberales. El Times, por lo menos, capta un rasgo nuevo y correcto de la cuestión, para pervertirlo luego con un fin interesado. En las columnas del periódico liberal, en cambio, reina el sentido más llano, pero no es más que una especie de sentido casero. En efecto, no ve más allá del umbral de su propia casa. Ve claramente que un desmembramiento de Turquía en las circunstancias actuales llevaría a los rusos a Constantinopla, y que eso sería una gran desgracia para Inglaterra; que amenazaría la paz del mundo, arruinaría el comercio del mar Negro y obligaría a nuevos armamentos en las bases y las flotas británicas del Mediterráneo. Y, en consecuencia, el Daily News se esfuerza por despertar la indignación y el miedo del público británico. ¿No es el reparto de Turquía un crimen igual al reparto de Polonia? ¿No tienen los cristianos más libertad religiosa en Turquía que en Austria y en Rusia? ¿No es el gobierno turco un gobierno suave y paternal, que deja a las distintas naciones y confesiones y a las corporaciones locales arreglar sus propios asuntos? ¿No es Turquía un paraíso comparada con Austria y Rusia? ¿No están allí seguras la vida y la propiedad? ¿Y no es el comercio británico con Turquía mayor que el que mantiene con Austria y Rusia juntas, y no crece cada año? Y luego prosigue en tono ditirámbico, todo lo ditirámbico que puede ser el Daily News, con una apoteosis de Turquía, de los turcos y de todo lo turco que a la mayoría de sus lectores tiene que parecerles del todo incomprensible.

La clave de este extraño entusiasmo por los turcos se encuentra en las obras de David Urquhart, Esq., miembro del Parlamento.7 Este caballero, escocés de nacimiento, con recuerdos medievales y patriarcales de su tierra y con una educación británica civilizada moderna, después de haber combatido tres años en Grecia contra los turcos, pasó a su país y fue el primero en enamorarse así de ellos. El romántico montañés de las Highlands se encontró de nuevo en casa en los barrancos del Pindo y de los Balcanes, y sus obras sobre Turquía, aunque llenas de información valiosa, pueden resumirse en las tres paradojas siguientes, que expone casi literalmente así: si el señor Urquhart no fuera súbdito británico, preferiría sin duda ser turco; si no fuera calvinista presbiteriano, no pertenecería a otra religión que el islam; y, en tercer lugar, Gran Bretaña y Turquía son los dos únicos países del mundo que gozan de autogobierno y de libertad civil y religiosa. Este mismo Urquhart se ha convertido desde entonces en la gran autoridad en asuntos de Oriente para todos los liberales ingleses que se oponen a Palmerston, y es él quien proporciona al Daily News los materiales para esos panegíricos de Turquía.

El único argumento que merece un momento de atención en este lado de la cuestión es el siguiente: «Se dice que Turquía está en decadencia; pero ¿dónde está la decadencia? ¿No se extiende rápidamente la civilización en Turquía, no crece el comercio? Donde ustedes no ven más que decadencia, nuestras estadísticas no prueban más que progreso». Ahora bien, sería una gran falacia poner el creciente comercio del mar Negro en la cuenta de Turquía solamente; y, sin embargo, eso es lo que se hace aquí, exactamente como si las capacidades industriales y comerciales de Holanda, camino real hacia la mayor parte de Alemania, se midieran por sus exportaciones e importaciones brutas, nueve décimas partes de las cuales son mero tránsito. Y, sin embargo, lo que todo estadístico trataría de inmediato, en el caso de Holanda, como una burda patraña, toda la prensa liberal de Inglaterra, incluido el docto Economist, intenta hacérselo tragar a la credulidad pública en el caso de Turquía. Y además, ¿quiénes son los comerciantes en Turquía? Desde luego, no los turcos. Su manera de fomentar el comercio, cuando todavía vivían en su estado nómada original, consistía en asaltar caravanas; y ahora que están algo más civilizados, consiste en toda clase de exacciones arbitrarias y opresivas. Los griegos, los armenios, los eslavos y los francos establecidos en los grandes puertos llevan todo el comercio, y no tienen ciertamente por qué agradecer a beyes y bajás turcos que puedan hacerlo. Quítense todos los turcos de Europa y el comercio no tendrá por qué sufrir. Y en cuanto al progreso de la civilización general, ¿quiénes son los que lo llevan adelante en todas las partes de la Turquía europea? No los turcos, porque son pocos y dispersos, y difícilmente puede decirse que estén asentados en ninguna parte, salvo en Constantinopla y en dos o tres pequeños distritos rurales. Es la clase media griega y eslava de todas las ciudades y plazas comerciales la que constituye el verdadero sostén de toda la civilización que se introduce efectivamente en el país. Esa parte de la población crece constantemente en riqueza e influencia, y los turcos van quedando cada vez más relegados a segundo plano. Si no fuera por su monopolio del poder civil y militar, pronto desaparecerían. Pero ese monopolio se ha vuelto imposible para el futuro, y su poder se convierte en impotencia salvo para poner obstáculos en el camino del progreso. Lo cierto es que hay que librarse de ellos. Decir que no es posible librarse de ellos sino poniendo en su lugar a rusos y austriacos equivale a decir que la actual constitución política de Europa durará para siempre. ¿Quién se atreverá a afirmarlo?

  1. Joseph von Hammer-Purgstall (1774-1856), orientalista austriaco, diplomático en Constantinopla y autor de una Historia del Imperio otomano en diez tomos (1827-1835). ↩

  2. Fanariotas: las familias griegas del barrio del Fanar de Constantinopla, que proporcionaban a la Puerta intérpretes, diplomáticos y los hospodares de Moldavia y Valaquia. ↩

  3. Así en la edición de 1897; la MEW da 1804, año en que empezó la insurrección serbia. ↩

  4. En la batalla de Navarino (20 de octubre de 1827) las flotas inglesa, francesa y rusa destruyeron la flota turco-egipcia. ↩

  5. En 1849 Turquía, apoyada por Inglaterra y Francia, se negó a entregar a Austria y Rusia a los revolucionarios húngaros y polacos refugiados en su territorio. ↩

  6. El supuesto testamento de Pedro el Grande, un plan de expansión rusa difundido en Francia a comienzos del siglo XIX y considerado apócrifo. ↩

  7. David Urquhart (1805-1877), diplomático y publicista escocés, turcófilo y enemigo de Palmerston, diputado de 1847 a 1852. ↩