Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 19 de agosto de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune del 2 de septiembre de 1853. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre (The Eastern Question, Londres, 1897, lo trae abreviado: le falta, entre otras cosas, la anécdota de Carlos II que cuenta Muntz): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 273-285), sin su aparato editorial, cotejada con ese texto inglés, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, viernes 19 de agosto de 1853

Después de aplazar una y otra vez sus explicaciones sobre la cuestión turca, hasta que por fin llegó felizmente la última semana de la legislatura, lord John Russell1 se presentó de repente el lunes pasado con el anuncio de que el martes haría su tan demorada declaración. El noble lord se había enterado de que el señor Disraeli había salido de Londres el lunes por la mañana. Del mismo modo, sir Charles Wood, al saber que sir J. Pakington2 y sus partidarios no estaban presentes, había presentado de repente su proyecto de ley sobre la India, enmendado por la Cámara de los Lores, y había obtenido de una Cámara casi vacía, sin votación, el restablecimiento del monopolio de la sal. En tan mezquinas y ruines triquiñuelas reside la fuerza de la táctica parlamentaria de los whigs.

El debate sobre la cuestión de Oriente en la Cámara de los Comunes fue un espectáculo interesantísimo. Lord J. Russell abrió la función en un tono del todo adecuado a su papel. Este diminuto hijo de la tierra, supuesto último representante de la otrora poderosa tribu de los whigs, habló de manera aburrida, en voz baja, seca, monótona y sin espíritu, no como un ministro, sino como un reportero de sucesos que mitiga los horrores de su relato con la manera trivial, vulgar y comercial de contarlo. No pronunció una «apología», sino que hizo una confesión. El único rasgo que redimía su discurso era precisamente esa rigidez, tras la que parecían ocultarse ciertas impresiones dolorosas que hacían sufrir al hombrecillo. Hasta la inevitable frase sobre «la independencia y la integridad del Imperio otomano» sonaba como una vieja reminiscencia que, como por descuido, se colaba una y otra vez en la oración fúnebre de ese mismo imperio. La impresión que causó este discurso, que pretendía anunciar el arreglo de las complicaciones de Oriente, puede juzgarse mejor por el hecho de que en París los valores bajaron en cuanto el telégrafo transmitió su texto.

Lord John tenía razón al afirmar que el gobierno no necesitaba su defensa, puesto que no había sido atacado; al contrario, la Cámara se mostró del todo dispuesta a dejar las negociaciones en manos del poder ejecutivo. En efecto, ningún miembro del Parlamento ha presentado moción alguna que obligara a los ministros a entrar en el debate, ni se ha celebrado fuera de la Cámara una sola reunión que impusiera semejante moción a los miembros del Parlamento. Si la política del ministerio ha estado llena de secretos y mistificaciones, lo ha estado con el consentimiento silencioso del Parlamento y del público. Que no se publiquen documentos mientras las negociaciones siguen pendientes es, según aseguró lord John, una ley sagrada desde siempre de la tradición parlamentaria. Sería fatigoso seguirle en la enumeración de unos sucesos que todo el mundo conoce y a los que su manera de enumerar, en lugar de narrar, no sabe dar más vida. Hay, sin embargo, algunos puntos importantes que lord John ha sido el primero en confirmar oficialmente.

Antes de la llegada del príncipe Ménshikov a Constantinopla, el embajador ruso comunicó a lord John que el zar se proponía enviar a Constantinopla una misión extraordinaria que se ocuparía exclusivamente de propuestas relativas a la Santa Cruz y a los privilegios de la Iglesia griega relacionados con ella. El embajador británico en Petersburgo y el gobierno británico de aquí no abrigaban ninguna sospecha acerca de las intenciones de Rusia. Solo a comienzos de marzo comunicó el ministro turco a lord Stratford3 (según afirma el señor Layard,4 sin embargo, el coronel Rose y muchas otras personas de Constantinopla estaban ya iniciados en el secreto) que el príncipe Ménshikov había propuesto un tratado secreto incompatible con la independencia de Turquía y había declarado al respecto que Rusia consideraría un acto de hostilidad directa contra ella que se pusiera el hecho en conocimiento de Francia o de Inglaterra. Al mismo tiempo se supo, y no por meros rumores, sino por informes auténticos, que Rusia concentraba grandes masas de tropas en las fronteras turcas y en Odesa.

La nota que la Conferencia de Viena dirigió al zar, y que este aceptó, la había preparado en París el señor Drouyn de Lhuys, que tomó como base la respuesta de Reshid Bajá a la última nota rusa. Más tarde Austria la hizo suya el 24 de julio, en forma modificada, como propuesta propia; pero su redacción definitiva no la recibió hasta el 31 de julio. El ministro austriaco la había comunicado antes al embajador ruso en Viena, que la envió a San Petersburgo ya el 24 de julio, antes de su redacción definitiva, y no se mandó a Constantinopla hasta el 2 de agosto, cuando el zar ya le había dado su conformidad. Así pues, es en realidad una nota rusa dirigida al sultán por mediación de las cuatro potencias, y no una nota de las cuatro potencias dirigida a Rusia y a Turquía. Lord John Russell observa que esta nota «no tiene exactamente la forma de la nota del príncipe Ménshikov», con lo que admite que tiene el mismo contenido. Y, para no dejar lugar a dudas, añade:

«El emperador considera que sus objetivos se alcanzarán.»

El proyecto no contiene ni siquiera una alusión a la evacuación de los Principados del Danubio.

«Aun suponiendo que Turquía y Rusia», dice lord John, «llegaran por fin a ponerse de acuerdo sobre esa nota, quedaría todavía la gran cuestión de la evacuación de los Principados.»

Añade al mismo tiempo que el gobierno británico «considera esencial esa evacuación», pero pide permiso para no decir nada más sobre el modo en que haya de efectuarse. Deja entender con claridad, sin embargo, que las escuadras inglesa y francesa probablemente tendrán que abandonar la bahía de Besika antes de que los rusos abandonen los Principados.

«No deberíamos consentir en ningún arreglo por el que se estipulara que el avance de las escuadras a las inmediaciones de los Dardanelos se considere equivalente a una invasión efectiva del territorio turco. Pero, naturalmente, si el asunto se arregla y se asegura la paz, la bahía de Besika no es una posición que pueda ser de utilidad alguna ni para Inglaterra ni para Francia.»

Como ningún hombre en su sano juicio ha supuesto jamás que las escuadras inglesa y francesa fueran a quedarse para siempre en la bahía de Besika, ni que Francia e Inglaterra fueran a firmar una estipulación formal que les prohibiera avanzar hasta las inmediaciones neutrales de los Dardanelos, estas frases ambiguas y ampulosas, si significan algo, solo pueden significar que las escuadras se retirarán en cuanto el sultán haya aceptado la nota y el ruso haya prometido evacuar los Principados.

«Cuando el gobierno ruso», dice lord John, «hubo ocupado los Principados, Austria declaró que, conforme al espíritu del tratado de 1841, era absolutamente necesario que los representantes de las potencias se reunieran en conferencia y procuraran hallar una solución amistosa a una dificultad que, de otro modo, podría amenazar la paz de Europa.»

Lord Aberdeen, por el contrario, declaró hace unos días en la Cámara de los Lores, y también, según se nos informa por otras fuentes, en una nota formal comunicada en el curso del pasado junio a los gabinetes de Constantinopla y de San Petersburgo, que

«el tratado de 1841 no imponía en modo alguno a las potencias firmantes la obligación de prestar una ayuda efectiva a la Puerta» (¡pero sí la de abstenerse temporalmente de entrar en los Dardanelos!), «y que el gobierno de Su Majestad se reservaba plena libertad de intervenir o no intervenir, según lo que conviniera a sus propios intereses».

Lord Aberdeen solo rechaza todas las obligaciones para con Turquía para no tener que hacer valer derecho alguno frente a Rusia.

Lord John Russell concluye con «la consoladora seguridad» de que la conclusión de las negociaciones está próxima. Esto nos parece muy optimista en este momento, si consideramos que la nota rusa acordada en Viena, que Turquía ha de presentar al zar, no la ha aceptado aún el sultán, y que la condición sine qua non de las potencias occidentales, a saber, la evacuación de los Principados del Danubio, aún no se le ha planteado seriamente al zar.

El señor Layard, el primer orador que se levantó a contestar a lord John, pronunció con mucho el mejor y más vigoroso discurso: audaz, conciso, sustancioso, lleno de hechos, probó que el ilustre erudito conoce tan a fondo a Nicolás como a Sardanápalo, y las intrigas actuales de Oriente tan bien como las misteriosas tradiciones de su pasado.

El señor Layard lamentó que lord Aberdeen «hubiera declarado en varias ocasiones y en varios lugares que su política es esencialmente una política basada en la paz». Si Inglaterra retrocedía ante la defensa de su honor y sus intereses por la guerra, alentaba en una potencia tan sin ley como Rusia unas pretensiones que tarde o temprano conducirían inevitablemente a la guerra. La conducta actual de Rusia no debía considerarse un suceso casual y pasajero, sino parte integrante de un vasto plan político.

En cuanto a las «concesiones» hechas a Francia y a las «intrigas» del señor de La Valette,5 no podían servir a Rusia ni siquiera de pretexto, porque

«la Puerta había entregado al señor Títov6 algunos días, si no semanas, antes de su promulgación, un borrador del firmán que contenía las concesiones de que ahora se queja Rusia, y no se hizo ninguna objeción a los términos de ese firmán».

Los designios de Rusia respecto de Serbia, de Moldavia y Valaquia y de la población cristiana de Turquía no admitían equívoco. Inmediatamente después de su entrada pública en Constantinopla, el príncipe Ménshikov exigió la destitución de Garašanin7 de su puesto de ministro serbio. Se accedió a esta exigencia, aunque el sínodo serbio protestó. El señor Garašanin era uno de los hombres a los que había encumbrado el levantamiento de 1842, aquel movimiento nacional contra la influencia rusa que barrió al príncipe Miguel, que entonces reinaba en Serbia; este y su familia habían sido meros instrumentos en manos de Rusia. En 1843 Rusia se arrogó el derecho de intervenir en Serbia. Sin estar autorizada a ello por tratado alguno, recibió la autorización de lord Aberdeen, entonces ministro de Asuntos Exteriores, que declaró «que Rusia tenía derecho a interpretar sus propios tratados a su manera».

«Con el éxito de aquella negociación», dijo el señor Layard, «Rusia demostró que era dueña de Serbia y que podía frenar a cualquier nacionalidad que aspirara a la independencia.»

En los Principados del Danubio, Rusia se aprovechó primero del movimiento nacional de 1848 obligando a la Puerta a expulsar de ellos a todo hombre de opiniones liberales e independientes. Después impuso al sultán el tratado de Balta Liman,8 por el que estableció su derecho a inmiscuirse en todos los asuntos internos de los Principados, «y su ocupación actual ha probado que Moldavia y Valaquia son a todos los efectos provincias rusas».

Quedaban los griegos de Turquía y los eslavos de Bulgaria que profesan la religión cristiana.

«Entre los griegos ha surgido un espíritu de examen y de independencia que, junto con sus relaciones comerciales con los Estados libres de Europa, ha alarmado mucho al gobierno ruso. Había otra causa, a saber, la difusión de la fe protestante entre los cristianos de Oriente. Gracias sobre todo a la influencia y a las enseñanzas de los misioneros americanos, apenas existe en Turquía una ciudad de alguna importancia en la que no haya ya el núcleo de una comunidad protestante.» (Otro motivo para la intervención americana.) «El clero griego, respaldado por la misión rusa, hizo todo lo que estaba en su mano para frenar este movimiento, y cuando ya no servía de nada la persecución, apareció en Constantinopla el príncipe Ménshikov. El gran fin de Rusia ha sido aplastar el espíritu de independencia religiosa y política que se ha manifestado en estos últimos años entre los súbditos cristianos de la Puerta.»

En cuanto al establecimiento de un llamado Imperio griego con Constantinopla por capital, el señor Layard, que naturalmente hablaba de los griegos por oposición a los eslavos, hizo constar que los griegos apenas llegan a 1.750.000; que los eslavos y los búlgaros llevan años esforzándose por romper toda relación con ellos, negándose a admitir como clérigos y obispos a sacerdotes de nacionalidad griega; que los serbios se han creado un patriarca propio en lugar del de Constantinopla, y que establecer a los griegos en Constantinopla sería poner toda Turquía en manos de Rusia.

A los miembros de la Cámara que declaraban que poco importaba que Constantinopla estuviera o no en manos de Rusia, el señor Layard les respondió que, si caía Constantinopla, todas las grandes provincias que componen Turquía, como por ejemplo Asia Menor, Siria y Mesopotamia, caerían en la confusión y la anarquía. La potencia en cuyas manos cayeran dominaría también la India. La potencia que tuviera Constantinopla sería considerada siempre en Oriente como la potencia dominante del mundo.

Rusia sabía, por lo demás, que ningún Estado europeo le permitiría apoderarse ahora de Constantinopla.

«Su objetivo, entretanto, es hacer imposibles todas las nacionalidades independientes de aquel país, debilitar el poder turco gradual pero seguramente, y mostrar a quienes quisieran oponerse a sus designios que tal oposición no solo es inútil, sino que atraería sobre ellos su venganza; en una palabra, hacer imposible en Turquía cualquier gobierno que no sea el suyo. Esos designios los ha logrado plenamente en esta ocasión.»

El señor Layard expuso que el gobierno, después de que el príncipe Ménshikov exigiera un tratado secreto y Rusia hiciera grandes preparativos militares en la frontera y en Odesa, se había dado por satisfecho con las explicaciones y seguridades dadas en San Petersburgo y había omitido declarar que Inglaterra y Francia considerarían el paso del Prut un casus belli; tampoco había prohibido a Rusia celebrar tratados o compromisos con Turquía sin la participación de Inglaterra.

«Si hubiéramos dado ese paso, Rusia nunca se habría atrevido a cruzar el Prut.»

El señor Layard expuso además que la independencia de los Principados del Danubio, unidos a Besarabia y apoyados en Hungría, sería en definitiva el único medio de preservar Constantinopla de los rusos y de partir en dos la gran raza eslava. Opina que Rusia evacuará los Principados.

«A Rusia no le valdrá la pena entrar en guerra con las grandes potencias de Europa por esas provincias, que ya son suyas a todos los efectos. Rusia ha ganado sin disparar un tiro lo que para ella vale una campaña sangrienta y costosa; ha asentado su poder en Oriente, ha humillado a Turquía, la ha obligado a cargar con todos los gastos de una guerra y ha agotado sus recursos; pero, lo que es más, ha humillado a Inglaterra y a Francia a los ojos de sus propios súbditos y de los pueblos de Oriente.»

La nota redactada por la Conferencia de Viena tendrá, a juicio de Layard, el resultado de que,

«si la Puerta se niega a aceptarla, Rusia nos habrá dado completamente la vuelta a la situación y nos habrá hecho aliados suyos contra Turquía para obligarla a aceptar una propuesta injusta. Si la acepta, Inglaterra habrá sancionado directamente el derecho de Rusia a intervenir en favor de doce millones de cristianos, súbditos de la Puerta... Se mire como se mire la cuestión, está claro que en ella hemos ocupado el lugar de una potencia de segundo orden y hemos cedido a Rusia sola el de potencia de primer orden... Tuvimos una ocasión que quizá no vuelva a presentarse de resolver sobre una base adecuada esta gran cuestión de Oriente... En lugar de eso, se ha permitido a Rusia asestar un golpe del que Turquía no se recuperará nunca... Pero el resultado de la política que ha seguido este país no acabará ahí. Suecia, Dinamarca, todos los Estados débiles de Europa que confiaban en el carácter de este país verán que es inútil seguir luchando contra las usurpaciones de Rusia.»

A continuación sir John Pakington hizo algunas observaciones que tienen importancia en la medida en que expresan las opiniones de la oposición tory. Lamentó que lord John Russell no hubiera podido hacer a la Cámara y al país una declaración más satisfactoria. Aseguró al gobierno que su resolución de considerar la evacuación de los Principados del Danubio una condición sine qua non «contará con el apoyo no solo de esta Cámara, sino de la opinión casi unánime del pueblo de este país». Hasta que se presentaran los documentos tenía que reservarse su juicio sobre una política que había aconsejado a Turquía no considerar la ocupación de los Principados un casus belli, que no había actuado antes con más vigor y decisión y que había perjudicado y mantenido en suspenso los intereses de Turquía y de Gran Bretaña y su comercio con unas negociaciones prolongadas durante seis meses.

Lord Dudley Stuart9 se recreó en una de sus habituales declamaciones democráticas, que sin duda edifican más al orador que al oyente. Sus frases hinchadas son como globos: si se aprietan, no queda nada en la mano, ni siquiera el aire que les daba apariencia de algo. Dudley Stuart repitió las afirmaciones tantas veces repetidas sobre las reformas en Turquía y sobre el mayor liberalismo del gobierno del sultán en materia de religión y de comercio en comparación con el de Rusia. Dijo con razón que era inútil jactarse de la paz mientras los desdichados habitantes de los Principados del Danubio sufrían los horrores de la guerra. Europa debía proteger a los habitantes de esas provincias contra la terrible opresión de que eran víctimas ahora. Con hechos de la historia parlamentaria demostró que los miembros de la Cámara tenían derecho a pronunciar discursos aunque hubiera negociaciones en curso. Apenas olvidó mencionar nada que no conozca cualquier lector fiel y asiduo del Daily News. Hubo en su discurso dos «golpes»:

«Aunque la explicación del noble lord» (J. Russell) «no había sido muy completa, pues no había dicho a la Cámara nada que esta no supiera ya, por desgracia había que concluir, justamente por lo que había callado, que el noble lord había hecho algo de lo que debería avergonzarse.»

El conde de Aberdeen

«les había dicho, es cierto, que la paz se había mantenido durante treinta años con gran provecho para la prosperidad y la libertad de Europa, pero él» (Dudley Stuart) «negaba que la paz hubiera favorecido la libertad de Europa. ¿Dónde estaba, preguntaba, Polonia? ¿Dónde Italia? ¿Dónde Hungría? ¿Y dónde, no digamos ya, Alemania?»

Arrastrado por su propia facundia, ese don fatal de los oradores de tercera fila, el lord demócrata no acertaba a terminar hasta que pasó de los déspotas del continente a su propia monarca, «que reina en el corazón de sus súbditos».

El señor M. Milnes,10 uno de esos vasallos ministeriales en cuya frente se lee:

«no habléis de él sino como de una propiedad»,11

no se atrevió a pronunciar un discurso decididamente ministerial. Su discurso estaba hecho de «por un lado» y «por otro lado». Por un lado, encontraba que los ministros, al negar los documentos a la Cámara, «habían obrado con gran prudencia y juicio»; por otro, les daba a entender que habría sido «más enérgico y más firme» obrar de otro modo. Por un lado, pensaba que el gobierno podía haber tenido razón al someterse a las exigencias de Rusia; por otro, le parecía dudoso que el gobierno no hubiera alentado en alguna medida a Turquía a seguir una política que no estaba dispuesto a respaldar, etc. En suma, sacó en claro que «cuanto más reflexionaba sobre estos asuntos, más extremas le parecían las dificultades» que presentaban a su entendimiento; y cuanto menos los entendía, mejor entendía la política contemporizadora del gobierno.

Después de los equilibrios y la perplejidad del señor Monckton Milnes, nos resultó verdaderamente refrescante la ruda franqueza del señor Muntz,12 diputado por Birmingham y uno de los matadores de la Cámara reformista de 1831.

«Cuando una vez el embajador holandés hizo a Carlos II una propuesta muy desagradable, el rey exclamó: "¡Válgame Dios! ¡Semejante propuesta no se la habría hecho usted nunca a Oliver Cromwell!". "No", dijo el embajador, "es que usted es un hombre muy distinto de Oliver Cromwell". Si este país tuviera ahora un hombre como Oliver Cromwell, tendríamos otro ministro y un gobierno muy distinto, y Rusia nunca habría entrado en las provincias del Danubio. El emperador de Rusia sabía que nada haría ir a Inglaterra a la guerra: ahí están Polonia y Hungría. Inglaterra recogía ahora los frutos de su propia conducta con esos países. El estado de este país en sus asuntos exteriores le parecía muy censurable y muy poco satisfactorio. Y creía que el pueblo inglés sentía que se había degradado su reputación y que todo sentimiento del honor se había disuelto en el gobierno en consideraciones de libras, chelines y peniques. Lo único que se preguntaba hoy el gobierno era cuánto costaría una guerra y si les vendría bien a los diversos comerciantes del país.»

Como Birmingham resulta ser el centro de una población que fabrica armas y vende mosquetes, los de esa ciudad se burlan, naturalmente, de la algodonera hermandad de la paz de Manchester.

El señor Blackett, diputado por Newcastle-upon-Tyne, no creía que los rusos fueran a evacuar los Principados del Danubio. Advirtió al gobierno que «no se dejara llevar por simpatías ni antipatías dinásticas».

Atacados por todas partes y desde todos los matices de opinión, los ministros estaban allí sentados, tristes, abatidos, sin vida, deshechos, cuando de pronto se levantó Richard Cobden para felicitarlos por haber adoptado sus doctrinas de paz. Y aplicó esas doctrinas al caso presente con toda la aguda ingeniosidad y la bella sinceridad del monomaníaco, con todas las contradicciones del ideólogo y con toda la calculadora cobardía del tendero. Predicó lo que el ministerio había hecho abiertamente, lo que el Parlamento había aprobado en silencio y lo que las clases dominantes habían permitido hacer al ministerio y aceptar al Parlamento. El miedo a la guerra le inspiró por primera vez algo parecido a ideas históricas. Delató el misterio de la política burguesa, y por eso se le repudió como traidor. Puso a la burguesía inglesa ante el espejo, y como la imagen no era en absoluto halagüeña, fue silbado ignominiosamente. Era inconsecuente, pero su inconsecuencia misma era consecuente. ¿Era culpa suya que las tradicionales frases altivas del pasado aristocrático no armonizaran con los hechos pusilánimes del presente agiotista?

Empezó declarando que en la cuestión misma no había diferencias de opinión.

«Pese a ello, reinaba al parecer una inquietud muy grande en torno al asunto de Turquía.»

¿Por qué? En los últimos veinte años se había afianzado cada vez más la convicción de que los turcos de Europa eran en realidad intrusos en Europa; de que su hogar no era Europa, sino Asia; de que el mahometismo no podía existir en Estados civilizados; de que no podíamos mantener la independencia de ningún país si este no era capaz de mantenerla por sí mismo; de que era un hecho que en la Turquía europea había tres cristianos por cada turco.

«No podíamos seguir una política que asegurara a Turquía en Europa su independencia frente a Rusia, a menos que la gran masa de la población compartiera nuestro deseo de impedir que otra potencia se apoderase de aquel país... Sin duda podíamos enviar nuestra escuadra a la bahía de Besika y mantener alejados a los rusos, porque Rusia no querría entrar en conflicto con una potencia marítima; pero con ello no haríamos más que prolongar indefinidamente esos enormes armamentos sin resolver la cuestión de Oriente... La cuestión es qué se va a hacer con Turquía y con su población cristiana. El mahometismo no podía mantenerse, y lamentaríamos mucho ver a este país combatiendo por el mahometismo en Europa.»

Lord Dudley Stuart había hablado de conservar Turquía por el comercio. Él (Cobden) nunca haría la guerra por un arancel. Tenía demasiada fe en los principios del librecambio para pensar que hubiera que hacer la guerra por ellos. Se habían sobrestimado las exportaciones a Turquía. Muy poco de ellas se consumía en los países sometidos al dominio turco.

«Todo el comercio que teníamos en el mar Negro se lo debíamos al avance de Rusia sobre la costa turca. El grano y el lino no los recibíamos ahora de Turquía, sino de Rusia. ¿Y no nos mandaría Rusia con el mismo gusto su sebo, su cáñamo y su grano, por muchas agresiones que hiciera contra Turquía? Comerciábamos con Rusia en el Báltico... ¿Qué perspectivas de comercio teníamos con Turquía?... Era un país sin caminos. Los rusos eran el pueblo más comerciante. Mirad San Petersburgo, sus muelles, sus embarcaderos y sus almacenes... ¿Qué alianza nacional podíamos tener entonces con un país como Turquía?... Se había hablado también del equilibrio de poder. Ese era el aspecto político de la cuestión... Se había hablado mucho del poderío de Rusia y del peligro que correría Inglaterra si Rusia ocupaba los países del Bósforo. ¡Pero qué disparate era hablar de que Rusia vendría a invadir Inglaterra! Rusia no podía mover un ejército más allá de sus propias fronteras sin acudir a Europa occidental en busca de un empréstito... Un país tan pobre, un mero agregado de aldeas sin capital y sin recursos en comparación con Inglaterra, nunca podría venir a hacernos daño a nosotros, ni a Francia, ni a América... Inglaterra era diez veces más poderosa de lo que había sido nunca, y mucho más capaz de resistir las agresiones de un país como Rusia.»

Y entonces Cobden pasó a los peligros incomparablemente mayores que una guerra suponía para Inglaterra en su situación actual que en épocas anteriores. La población manufacturera había crecido mucho. Inglaterra dependía mucho más de la exportación de sus productos y de la importación de materias primas. Ya no poseía el monopolio de la manufactura. La derogación de las leyes de navegación había expuesto a Inglaterra a la competencia del mundo entero no solo en la navegación, sino en todo lo demás.

«Rogaba al señor Blackett que considerara que ningún puerto sufriría más que el que él representaba. El gobierno había obrado sabiamente al desatender el clamor de hombres irreflexivos... No le censuraba que adoptara una posición favorable al mantenimiento de la integridad del Imperio turco, pues esa era una política tradicional que se le había transmitido... Al gobierno actual se le reconocería el mérito de haber sido tan pacífico como el pueblo se lo permitió.»

Richard Cobden fue el verdadero héroe del drama y corrió la suerte de todos los verdaderos héroes: una suerte trágica. Pero entonces llegó el falso héroe, el padre nutricio de todas las ilusiones, el hombre de las mentiras elegantes y de las promesas cortesanas, el portavoz de todas las palabras valientes que se dicen mientras se huye: llegó lord Palmerston. Este viejo, experimentado y astuto polemista vio enseguida que el culpable podía librarse de la sentencia desautorizando a su abogado. Vio que el ministerio, atacado por todas partes, podía dar la vuelta a la situación con una brillante diatriba contra el único hombre que se había atrevido a defenderlo y refutando los únicos argumentos con que quizá se habría podido disculpar su política. Nada más fácil que mostrar las contradicciones de Cobden. Había empezado declarando su perfecta conformidad con los oradores anteriores y había terminado discrepando de ellos en todos los puntos. Había defendido la integridad de Turquía y había hecho todo lo posible por demostrar que no merecía defensa alguna. Él, el predicador de la paz, había abogado por las agresiones de Rusia. Rusia era débil, pero una guerra con Rusia sería la ruina segura de Inglaterra. Rusia no era más que un conglomerado de aldeas, pero, como San Petersburgo era una ciudad más hermosa que Constantinopla, Rusia tenía derecho a poseer las dos.13 Era librecambista, pero prefería el sistema proteccionista de Rusia al librecambio de Turquía. Que Turquía consumiera ella misma las mercancías o fuera solo el canal por el que pasaban a otras partes de Asia, ¿le era indiferente a Inglaterra que siguiera siendo un paso libre? El señor Cobden, gran defensor del principio de no intervención, quería ahora disponer mediante leyes del Parlamento de los destinos de los mahometanos, los griegos, los eslavos y las demás razas que habitan el Imperio turco. Y entonces lord Palmerston exageró los progresos que había hecho Turquía y las fuerzas de que disponía ahora. «Turquía, es cierto, no tiene ninguna Polonia ni ninguna Circasia.»14 Pero como Turquía era tan fuerte, según lord Palmerston tenía naturalmente que consentir que Rusia ocupara algunas de sus provincias. Un imperio fuerte lo aguanta todo. Y entonces lord Palmerston demostró a Richard Cobden que no había ni una sola razón sensata para seguir el camino que habían seguido lord Palmerston y sus colegas, y, tras ser premiadas sus palabras con aplausos entusiastas, el viejo histrión pudo volver a su asiento con esta frase desvergonzada y contradictoria:

«Me satisface que Turquía lleve en sí misma los elementos de la vida y la prosperidad, y creo que la política seguida por el gobierno de Su Majestad es una política sensata, que merece la aprobación del país y que será deber de todo gobierno inglés proseguir.» (Aplausos.)

Palmerston estuvo grande en su «temerosa bravura», como la llama Shakespeare.15 Mostró, en palabras de Sidney, «una audacia temerosa, que se atreve a hacer aquello que sabe que no sabe cómo hacer».

Karl Marx

  1. Lord John Russell (1792-1878), jefe de los whigs y líder de la Cámara de los Comunes en el gabinete Aberdeen. ↩

  2. Sir Charles Wood, presidente de la Junta de Control para la India; sir John Pakington (1799-1880), tory, había sido ministro de la Guerra y de las Colonias en el gobierno de lord Derby de 1852. ↩

  3. Stratford Canning, lord Stratford de Redcliffe (1786-1880), embajador británico en Constantinopla. ↩

  4. Austen Henry Layard (1817-1894), arqueólogo, excavador de Nínive, y diputado liberal; de ahí la alusión a Sardanápalo, rey legendario de Asiria. ↩

  5. Charles de La Valette (1806-1881), embajador de Francia en Constantinopla en 1851-1852. ↩

  6. Vladímir Títov (1807-1891), embajador de Rusia en Constantinopla. ↩

  7. Ilija Garašanin (1812-1874), estadista serbio, jefe del gobierno de Serbia hasta su destitución en 1853. ↩

  8. Tratado ruso-turco del 1 de mayo de 1849, que mantenía la ocupación de los Principados por tropas de ambas potencias y ponía en sus manos el nombramiento de los hospodares por siete años. ↩

  9. Lord Dudley Coutts Stuart (1803-1854), diputado whig, defensor de los emigrados polacos. ↩

  10. Richard Monckton Milnes (1809-1885), poeta y diputado. ↩

  11. Shakespeare, Julio César, acto IV, escena 1 (Antonio sobre Lépido). ↩

  12. George Frederick Muntz (1794-1857), industrial de Birmingham y diputado radical. ↩

  13. La versión alemana de la MEW invierte los términos («Constantinopla era una ciudad más hermosa que San Petersburgo»); seguimos aquí el texto inglés publicado en The Eastern Question (Londres, 1897). ↩

  14. El texto inglés de 1897 dice «ninguna Siberia». ↩

  15. Shakespeare, Julio César, acto V, escena 1. ↩