Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 16 de diciembre de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3965, del 31 de diciembre de 1853. Traducido del original inglés según The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 190-194), cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9, Berlín, 1960, pp. 555-558), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la edición de 1897 y coincide con el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

La noticia más interesante e importante que ha traído el vapor Africa es la dimisión de lord Palmerston1 como miembro del ministerio de coalición presidido por lord Aberdeen. Es un golpe maestro de ese táctico consumado y sin escrúpulos. Los periódicos de Londres que hablan por el ministerio informan cuidadosamente al público de que el acontecimiento no nace de la dificultad de Oriente, sino de que su concienzuda señoría, como verdadero guardián de la Constitución británica, deja el cargo porque no puede dar su consentimiento a una medida de reforma parlamentaria, ni siquiera de las dimensiones pigmeas propias de un whig como lord John Russell. Tal es, en efecto, el motivo oficial de su dimisión que se ha dignado comunicar a sus colegas de la coalición. Pero ha tenido buen cuidado de que el público se forme una impresión distinta y, pese a todas las declaraciones de los órganos oficiales, se cree generalmente que, si el proyecto de reforma es el pretexto, la causa real es la política rusa del gabinete. Tal ha sido desde hace algún tiempo, y sobre todo desde el cierre de la última legislatura, el tenor de todos los periódicos a su servicio. En distintas tonalidades y en estilos multiformes han tocado una sola melodía, presentando a lord Palmerston en lucha vana contra la influencia del primer ministro e indignado ante el papel ignominioso que se le imponía en el drama de Oriente. Se han hecho circular sin cesar rumores sobre la división del ministerio en dos grandes partidos, y no se ha omitido nada para preparar al público británico a una exhibición de energía característica por parte del caballeroso vizconde. Introducida así la comedia, dispuesta la mise en scène, el noble lord, apostado detrás del telón, ha elegido con asombrosa sagacidad el momento exacto en que su aparición en el escenario había de resultar más sorprendente y efectiva.

Lord Palmerston se separa de sus amigos de la coalición precisamente cuando Austria ha acogido con avidez la propuesta de nuevas conferencias; precisamente cuando el zar extiende cada vez más sus redes de intriga y de guerra, provoca un choque armado entre serbios y bosnios y amenaza con la deposición al príncipe reinante de Serbia si persiste en mantenerse neutral en el conflicto; precisamente cuando los turcos, confiados en la presencia de las flotas británica y francesa, han sufrido la destrucción de una flotilla y la matanza de 5.000 hombres por una flota rusa tres veces más poderosa;2 cuando se permite a capitanes rusos desafiar la ley británica en puertos británicos y a bordo de buques británicos;3 cuando las intrigas dinásticas de la «reina inmaculada» y de su «consorte alemán» se han convertido en asunto de notoriedad pública, y, por último, cuando el apático pueblo británico, herido en su orgullo nacional en el exterior y atormentado en el interior por huelgas, hambre y estancamiento comercial, empieza a adoptar una actitud amenazadora y no tiene en quien vengarse sino en su propio y lamentable gobierno. Al retirarse en un momento así, lord Palmerston se quita de los hombros toda responsabilidad y la echa sobre los de sus antiguos socios. Su acto se convierte en un gran acontecimiento nacional. Se transforma de golpe en el representante del pueblo frente al gobierno del que se separa. No solo salva su propia popularidad, sino que da el toque final a la impopularidad de sus colegas. Como la caída inevitable del ministerio actual parecerá obra suya, se convierte en un elemento necesario de cualquier otro que le suceda. No solo abandona a un gabinete condenado, sino que se impone a su sucesor.

Además de salvar su popularidad y de asegurarse un puesto destacado en la nueva administración, lord Palmerston beneficia directamente a la causa de Rusia retirándose en esta crisis trascendental. El gabinete de coalición, de cuyo ingenio dilatorio se ha burlado la diplomacia rusa, cuyas predilecciones orleanistas y coburguesas siempre han sido sospechosas para Bonaparte, cuya debilidad traicionera y pusilánime empieza a comprenderse incluso en Constantinopla, este ministerio perderá ahora la poca influencia que hubiera podido conservar en los consejos del mundo. Una administración desunida, impopular, en la que no confían sus amigos ni la respetan sus enemigos; considerada meramente provisional y en vísperas de disolverse; cuya misma existencia se ha vuelto dudosa: una administración así es la menos adecuada para hacer sentir el peso de Gran Bretaña en la balanza de las potencias europeas. La retirada de lord Palmerston reduce a la coalición, y con ella a la propia Inglaterra, a una nulidad en lo que a política exterior se refiere; y nunca ha habido una época en que la desaparición de Inglaterra de la escena pública, aunque fuera por una semana o quince días, pudiera hacer tanto por el autócrata. El elemento pacífico ha triunfado sobre el belicoso en los consejos de Gran Bretaña. Tal es la interpretación que ha de darse en las cortes de Berlín, París y Viena a la dimisión de lord Palmerston; y esta interpretación la impondrán al Diván, ya quebrantado en su confianza en sí mismo por el último éxito de Rusia y que delibera bajo los cañones de las flotas unidas.

No debe olvidarse que, desde que lord Palmerston pasó a formar parte del ministerio de coalición, sus actos públicos, en lo que a la política exterior se refiere, se han limitado a la famosa conspiración de la pólvora y al reconocido empleo de la policía británica como espía contra los refugiados políticos;4 a un discurso en el que trató en tono de broma como cosa sin importancia la obstrucción por Rusia de la navegación del Danubio, y, por último, a la arenga con que despidió al Parlamento, asegurando a los Comunes que todo lo que el gobierno había hecho en la complicación de Oriente había estado bien —que podían disolverse tranquilos, puesto que los ministros seguían en sus puestos— y comprometiéndose «por el honor y la buena fe del emperador de Rusia».

Además de las causas generales que hemos enumerado, lord Palmerston ha tenido un motivo especial para sorprender al mundo con este último acto de patriotismo abnegado. Lo han descubierto. Su prestigio ha empezado a declinar, y su carrera pasada a ser conocida por el público. El pueblo de Inglaterra, que no se había desengañado por su reconocida participación en la conspiración del 2 de diciembre, que derribó la República francesa,5 ni por su comedia de la pólvora, ha sido despertado por las revelaciones del señor David Urquhart,6 que ha tomado vigorosamente por su cuenta a su señoría. Este caballero, con una obra publicada recientemente, titulada Progress of Russia, con artículos en los periódicos ingleses y, sobre todo, con discursos en los mítines antirrusos celebrados por todo el reino, ha asestado a la reputación política de Palmerston un golpe que la historia futura no hará sino confirmar. También nuestros propios trabajos en la causa de la justicia histórica han tenido una parte, con la que estábamos lejos de contar, en la formación de una nueva opinión en Inglaterra sobre este estadista activo y astuto.

Nos enteramos desde Londres, de manera del todo inesperada, de que el señor Tucker7 ha reimpreso allí y distribuido gratuitamente cincuenta mil ejemplares de un extenso artículo en el que, hace unos dos meses, expusimos el verdadero carácter de su señoría y arrancamos la máscara de su carrera pública. El cambio en el sentir público no es agradable para su objeto, y quizá piensa escapar a la marea creciente de reprobación, o sofocarla, con su golpe actual. Predecimos que no lo conseguirá y que su larga carrera de vida oficial llegará en breve a un final estéril y desdichado.

  1. Henry John Temple, vizconde Palmerston (1784-1865), ministro del Interior en el gabinete de coalición de lord Aberdeen; dimitió a mediados de diciembre de 1853 y volvió al gobierno pocos días después. ↩

  2. La batalla de Sinope, del 30 de noviembre de 1853, en la que la flota rusa del almirante Nájimov destruyó la escuadra turca. ↩

  3. Alusión al caso de la fragata rusa Aurora, reparada en Portsmouth, cuyo capitán se negó a cumplir una orden de habeas corpus en favor de seis marineros desertores. ↩

  4. Se refiere al registro, en 1853, de un almacén de pólvora y cohetes en Rotherhithe, atribuido a refugiados políticos para justificar su vigilancia por la policía británica. ↩

  5. El golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851, que Palmerston, entonces ministro de Asuntos Exteriores, aprobó por su cuenta ante el embajador francés. ↩

  6. David Urquhart (1805-1877), diplomático y publicista británico, enemigo declarado de Rusia y de Palmerston. ↩

  7. El editor londinense Edward Tucker publicó en folletos la serie de artículos de Marx sobre lord Palmerston. La edición de 1897 imprime este último párrafo entre corchetes y lo atribuye en nota a la redacción del Tribune; la MEW lo da como parte del texto de Marx. ↩