Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 10 de junio de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3804, del 25 de junio de 1853. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 127-133), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Londres, viernes 10 de junio de 1853
Despachos telegráficos de Viena anuncian que allí se da por segura la solución pacífica de las cuestiones turca, sarda y suiza.
Anoche continuó en la Cámara de los Comunes el debate sobre la India, con la sosería de costumbre. El señor Blackett acusó a las exposiciones de sir Charles Wood y de sir J. Hogg de llevar el sello de la falsedad optimista. Un montón de abogados del ministerio y de la Junta de Directores rebatieron la acusación como mejor pudieron, y el inevitable señor Hume1 resumió pidiendo a los ministros que retiraran su proyecto de ley. Se aplazó el debate.
El Indostán es una Italia de dimensiones asiáticas, con el Himalaya por los Alpes, las llanuras de Bengala por las llanuras de Lombardía, el Decán por los Apeninos y la isla de Ceilán por la isla de Sicilia. La misma rica variedad de productos del suelo, y el mismo desmembramiento en la configuración política. Así como Italia ha sido comprimida de vez en cuando por la espada del conquistador en distintas masas nacionales, así encontramos al Indostán, cuando no está bajo la presión del mahometano, del mogol o del británico, disuelto en tantos Estados independientes y en lucha entre sí como ciudades, o incluso aldeas, contaba. Y, sin embargo, desde el punto de vista social, el Indostán no es la Italia, sino la Irlanda de Oriente. Y esta extraña combinación de Italia y de Irlanda, de un mundo de voluptuosidad y de un mundo de dolores, está anticipada en las antiguas tradiciones de la religión del Indostán. Esa religión es a la vez una religión de exuberancia sensual y una religión de ascetismo que se tortura a sí mismo; una religión del lingam y del Jagannath;2 la religión del monje y de la bayadera.
No comparto la opinión de quienes creen en una edad de oro del Indostán, aunque no recurro, como sir Charles Wood, a la autoridad de Kuli Kan3 para confirmar mi punto de vista. Pero tomen, por ejemplo, los tiempos de Aurangzeb;4 o la época en que el mogol apareció en el norte y el portugués en el sur; o la edad de la invasión mahometana y de la heptarquía en el sur de la India;5 o, si quieren, remóntense todavía más a la antigüedad, tomen la cronología mitológica del propio brahmán, que sitúa el comienzo de la miseria india en una época aún más remota que la creación cristiana del mundo.
No puede caber duda, sin embargo, de que la miseria que los británicos han infligido al Indostán es de una clase esencialmente distinta e infinitamente más intensa que toda la que el Indostán tuvo que sufrir antes. No me refiero al despotismo europeo, implantado sobre el despotismo asiático por la Compañía Británica de las Indias Orientales, que forma una combinación más monstruosa que cualquiera de los monstruos divinos que nos sobrecogen en el templo de Salsette.6 Este no es un rasgo distintivo de la dominación colonial británica, sino solo una imitación de la holandesa, hasta tal punto que, para caracterizar el funcionamiento de la Compañía Británica de las Indias Orientales, basta con repetir literalmente lo que sir Stamford Raffles, el gobernador inglés de Java, dijo de la antigua Compañía Holandesa de las Indias Orientales:
«La Compañía Holandesa, movida únicamente por el espíritu de lucro, y que miraba a sus súbditos con menos consideración y miramientos de los que un plantador de las Indias Occidentales tenía en otro tiempo por una cuadrilla de esclavos de su hacienda, porque este había pagado el precio de compra de su propiedad humana y aquella no, empleó toda la maquinaria existente del despotismo para exprimir al pueblo hasta su último óbolo de contribución, hasta las últimas heces de su trabajo, y agravó así los males de un gobierno caprichoso y semibárbaro manejándolo con toda la ingeniosidad experta de los políticos y todo el egoísmo monopolizador de los comerciantes.»
Todas las guerras civiles, invasiones, revoluciones, conquistas y hambrunas, por extrañamente complejas, rápidas y destructivas que puedan parecer en su sucesión en el Indostán, no llegaron más allá de su superficie. Inglaterra ha destruido todo el armazón de la sociedad india sin que aparezca todavía ningún síntoma de reconstitución. Esta pérdida de su viejo mundo, sin la conquista de uno nuevo, da un tipo particular de melancolía a la miseria actual del hindú, y separa al Indostán gobernado por Gran Bretaña de todas sus antiguas tradiciones y de toda su historia pasada.
En Asia no ha habido por lo general, desde tiempos inmemoriales, más que tres departamentos de gobierno: el de Hacienda, o el saqueo del interior; el de Guerra, o el saqueo del exterior; y, por último, el departamento de Obras Públicas. El clima y las condiciones territoriales, en especial las vastas extensiones de desierto que se extienden desde el Sáhara, a través de Arabia, Persia, la India y Tartaria, hasta las más elevadas mesetas asiáticas, hicieron del riego artificial mediante canales y obras hidráulicas la base de la agricultura oriental. Como en Egipto y en la India, en Mesopotamia, Persia, etc., se aprovechan las inundaciones para fertilizar el suelo; el nivel alto de las aguas se aprovecha para alimentar canales de riego. Esta necesidad primordial de un uso económico y común del agua, que en Occidente llevó a la iniciativa privada a la asociación voluntaria, como en Flandes y en Italia, hizo necesaria en Oriente, donde la civilización era demasiado baja y la extensión territorial demasiado vasta para dar vida a la asociación voluntaria, la intervención del poder centralizador del gobierno. De ahí que a todos los gobiernos asiáticos les incumbiera una función económica: la de proveer a las obras públicas. Esta fertilización artificial del suelo, que dependía de un gobierno central y decaía inmediatamente en cuanto se descuidaban el riego y el drenaje, explica el hecho, extraño de otro modo, de que encontremos ahora estériles y desiertos territorios enteros que en otro tiempo estuvieron brillantemente cultivados, como Palmira, Petra, las ruinas del Yemen y grandes provincias de Egipto, Persia y el Indostán; explica también cómo una sola guerra de devastación ha podido despoblar un país durante siglos y despojarlo de toda su civilización.
Pues bien, los británicos de las Indias Orientales aceptaron de sus predecesores el departamento de Hacienda y el de Guerra, pero han descuidado por completo el de Obras Públicas. De ahí el deterioro de una agricultura que no puede llevarse según el principio británico de la libre competencia, del laissez-faire y el laissez-aller. Pero en los imperios asiáticos estamos muy acostumbrados a ver la agricultura deteriorarse bajo un gobierno y revivir bajo otro. Allí las cosechas dependen del buen o del mal gobierno, como en Europa cambian con las buenas o las malas estaciones. Así pues, la opresión y el abandono de la agricultura, por malos que sean, no podrían considerarse el golpe definitivo asestado a la sociedad india por el intruso británico si no hubieran ido acompañados de una circunstancia de importancia muy distinta, una novedad en los anales de todo el mundo asiático. Por cambiante que tenga que parecer el aspecto político del pasado de la India, su condición social se mantuvo inalterada desde la más remota antigüedad hasta el primer decenio del siglo XIX. El telar manual y el torno de hilar, que producían sus regulares miríadas de hilanderos y tejedores, eran los ejes de la estructura de esa sociedad. Desde tiempos inmemoriales, Europa recibía los admirables tejidos del trabajo indio y enviaba a cambio sus metales preciosos, con lo que suministraba su materia al orfebre, ese miembro indispensable de la sociedad india, cuyo amor a los adornos es tan grande que hasta la clase más baja, los que andan casi desnudos, suelen llevar un par de pendientes de oro y algún adorno de oro colgado del cuello. También eran corrientes los anillos en los dedos de las manos y de los pies. Las mujeres, y también los niños, llevaban a menudo macizos brazaletes y ajorcas de oro o de plata, y en las casas se encontraban estatuillas de divinidades de oro y de plata. Fue el intruso británico quien destrozó el telar manual indio y destruyó el torno de hilar. Inglaterra empezó por expulsar del mercado europeo los tejidos de algodón indios; luego introdujo el hilo en el Indostán, y acabó inundando de tejidos de algodón la madre patria misma del algodón. De 1818 a 1836, la exportación de hilo de Gran Bretaña a la India aumentó en la proporción de 1 a 5.200. En 1824, la exportación de muselinas británicas a la India apenas llegaba a 1.000.000 de yardas, mientras que en 1837 pasaba de 64.000.000 de yardas. Pero al mismo tiempo la población de Dacca descendió de 150.000 habitantes a 20.000. Esta decadencia de las ciudades indias célebres por sus tejidos no fue ni mucho menos la peor consecuencia. El vapor y la ciencia británicos arrancaron de raíz, en toda la superficie del Indostán, la unión entre la agricultura y la industria manufacturera.
Estas dos circunstancias, por una parte que el hindú, como todos los pueblos orientales, dejaba al gobierno central el cuidado de las grandes obras públicas, condición primordial de su agricultura y de su comercio, y por otra que estaba disperso por la superficie del país y aglomerado en pequeños centros por la unión doméstica de las ocupaciones agrícolas y manufactureras, estas dos circunstancias habían producido desde los tiempos más remotos un sistema social de rasgos particulares, el llamado sistema de aldea, que daba a cada una de estas pequeñas uniones su organización independiente y su vida propia. El carácter peculiar de este sistema puede juzgarse por la siguiente descripción, contenida en un antiguo informe oficial de la Cámara de los Comunes británica sobre los asuntos de la India:
«Una aldea, considerada geográficamente, es una extensión de terreno que comprende algunos cientos o miles de acres de tierras cultivables y baldías; vista políticamente, se parece a una corporación o municipio. Su plantilla propia de funcionarios y servidores consta de las siguientes clases: el potail, o primer habitante, que por lo general tiene a su cargo la superintendencia de los asuntos de la aldea, resuelve las disputas de los habitantes, se ocupa de la policía y desempeña la tarea de recaudar los impuestos dentro de su aldea, tarea para la que su influencia personal y su conocimiento minucioso de la situación y los asuntos de la gente lo hacen el más idóneo. El kurnum lleva las cuentas de los cultivos y registra todo lo relacionado con ellos. El tallier y el totie: la tarea del primero consiste en informarse de los crímenes y delitos y en escoltar y proteger a las personas que viajan de una aldea a otra; el ámbito del segundo parece limitarse más inmediatamente a la aldea y consiste, entre otras tareas, en guardar las cosechas y ayudar a medirlas. El guardián de lindes, que conserva los límites de la aldea o da testimonio sobre ellos en caso de disputa. El superintendente de los estanques y cursos de agua distribuye el agua para los fines de la agricultura. El brahmán, que celebra el culto de la aldea. El maestro de escuela, al que se ve enseñando a los niños de la aldea a leer y escribir en la arena. El brahmán del calendario, o astrólogo, etc. Estos funcionarios y servidores constituyen por lo general la plantilla de una aldea; pero en algunas partes del país es menos extensa, porque algunas de las tareas y funciones descritas se reúnen en una misma persona; en otras supera el número de individuos mencionado. Bajo esta sencilla forma de gobierno municipal han vivido los habitantes del país desde tiempos inmemoriales. Los límites de las aldeas rara vez se han alterado; y aunque las aldeas mismas han sufrido a veces daños, y hasta han quedado desoladas por la guerra, el hambre o las epidemias, el mismo nombre, los mismos límites, los mismos intereses y hasta las mismas familias han perdurado durante siglos. A los habitantes no les preocupaban el hundimiento y las divisiones de los reinos; mientras la aldea permanezca entera, no les importa a qué poder se traspasa ni a qué soberano corresponde; su economía interna sigue sin cambios. El potail sigue siendo el primer habitante y sigue actuando como juez de paz o magistrado menor y como recaudador o arrendatario de la aldea.»
Estas pequeñas formas estereotipadas del organismo social se han disuelto en su mayor parte y están desapareciendo, no tanto por la intervención brutal del recaudador y del soldado británicos como por la acción del vapor inglés y del librecambio inglés. Esas comunidades familiares se basaban en la industria doméstica, en aquella peculiar combinación de tejido a mano, hilado a mano y labranza a mano que les daba la capacidad de bastarse a sí mismas. La intervención inglesa, que puso al hilandero en Lancashire y al tejedor en Bengala, o que barrió a la vez al hilandero y al tejedor hindúes, disolvió estas pequeñas comunidades semibárbaras y semicivilizadas al hacer saltar su base económica, y produjo así la mayor, y a decir verdad la única, revolución social que jamás se ha visto en Asia.
Ahora bien, por penoso que tenga que ser para el sentimiento humano ver cómo esas miríadas de organizaciones sociales laboriosas, patriarcales e inofensivas se desorganizan y se disuelven en sus unidades, arrojadas a un mar de dolores, mientras sus miembros pierden a la vez su antigua forma de civilización y sus medios hereditarios de subsistencia, no debemos olvidar que estas idílicas comunidades aldeanas, por inofensivas que parezcan, fueron siempre el sólido fundamento del despotismo oriental, que encerraban el espíritu humano dentro del ámbito más estrecho posible, haciendo de él el instrumento dócil de la superstición, esclavizándolo bajo reglas tradicionales y privándolo de toda grandeza y de toda energía histórica. No debemos olvidar el egoísmo bárbaro que, concentrado en algún mísero pedazo de tierra, había presenciado tranquilamente la ruina de imperios, la perpetración de crueldades indecibles, la matanza de la población de grandes ciudades, sin prestarles más atención que a los fenómenos naturales, y que era a su vez presa indefensa de cualquier agresor que se dignara reparar en él. No debemos olvidar que esta vida indigna, estancada y vegetativa, que esta clase pasiva de existencia, suscitaba por otra parte, como contraste, fuerzas de destrucción salvajes, sin objeto e ilimitadas, e hizo del asesinato mismo un rito religioso en el Indostán. No debemos olvidar que estas pequeñas comunidades estaban contaminadas por las distinciones de casta y por la esclavitud, que sometían al hombre a las circunstancias exteriores en lugar de elevarlo a soberano de las circunstancias, que transformaron un estado social que se desarrollaba por sí mismo en un destino natural que nunca cambia, y produjeron así un culto embrutecedor de la naturaleza, cuya degradación se muestra en el hecho de que el hombre, el soberano de la naturaleza, cayera de rodillas en adoración ante Hanuman, el mono, y Sabbala, la vaca.
Es cierto que Inglaterra, al provocar una revolución social en el Indostán, actuaba movida solo por los intereses más viles, y que fue estúpida en su manera de imponerlos. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es: ¿puede la humanidad cumplir su destino sin una revolución fundamental en el estado social de Asia? Si no puede, sean cuales sean los crímenes de Inglaterra, esta fue el instrumento inconsciente de la historia al provocar esa revolución.
Así pues, por amargo que sea para nuestros sentimientos personales el espectáculo del derrumbe de un mundo antiguo, desde el punto de vista de la historia tenemos derecho a exclamar con Goethe:
«¿Ha de atormentarnos este tormento
si acrecienta nuestro placer?
¿No devoró miríadas de almas
el dominio de Timur?»7
Karl Marx
Joseph Hume (1777-1855), diputado radical, veterano crítico del gasto público. ↩
El lingam, símbolo fálico de Shiva; Jagannath, advocación de Vishnu-Krishna venerada en Puri, cuyo carro procesional aplastaba, según los relatos europeos, a los devotos que se arrojaban bajo sus ruedas. ↩
Nadir Sah (Tahmasp Kuli Kan), sha de Persia, que invadió la India y saqueó Delhi en 1739. ↩
Aurangzeb (1618-1707), emperador mogol desde 1658. ↩
Término tomado de la historia de Inglaterra (los siete reinos anglosajones), que algunos historiadores británicos aplicaban a los Estados en que estaba dividido el sur de la India antes de la conquista musulmana. ↩
La isla de Salsette, junto a Bombay, célebre por sus templos budistas excavados en la roca. ↩
Goethe, Diván de Oriente y Occidente, «A Zuleika». Marx cita el original alemán. ↩