Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 4 de marzo de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3722, del 22 de marzo de 1853; la parte sobre la emigración forzosa la reprodujo The People's Paper el 16 de abril de 1853. El texto inglés completo del Tribune no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 8, Berlín, 1960, pp. 541-547), sin su aparato editorial, cotejando la parte sobre la emigración forzosa con el texto inglés, incompleto, que publica marxists.org, por la Escuela de marxismo, 2026. En el cuadro se corrige, según el texto inglés y la suma, la cifra de Inglaterra para 1848 (53.865 en la MEW). El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto en alemán.

Londres, viernes 4 de marzo de 1853

Por los informes sobre el comercio y la navegación de los años 1851 y 1852, publicados el pasado febrero, vemos que el valor total declarado de las exportaciones fue de 68.531.601 libras esterlinas en 1851 y de 71.429.548 libras en 1852; de esta última cantidad, 47.009.251 libras corresponden a la exportación de artículos de algodón, lana, lino y seda. Las importaciones de 1852 quedan por debajo de las de 1851. Como la parte de las importaciones destinada al consumo interior no ha disminuido, sino más bien aumentado, se sigue que Inglaterra ha reexportado, en lugar de la cantidad habitual de productos coloniales, cierta cantidad de plata y oro.

La Oficina de Emigración Colonial da las siguientes cifras sobre la emigración de Inglaterra, Escocia e Irlanda a todas las partes del mundo entre el 1 de enero de 1847 y el 30 de junio de 1852:

De InglaterraEscociaIrlandaTotal
184734.6858.616214.969258.270
184858.86511.505177.719248.089
184973.61317.127208.758299.498
185057.84315.154207.852280.849
185169.55718.646247.763335.966
1852 (hasta junio)40.76711.562143.375195.704
Total335.33082.6101.200.4361.618.376

«Se calcula que nueve décimas partes de los emigrantes que salen por Liverpool son irlandeses», observa la Oficina. «Tres cuartas partes de los emigrantes de Escocia son celtas, que vienen o de las Highlands o de Irlanda por Glasgow.»

Así pues, cuatro quintas partes de toda la emigración pertenecen a la población celta de Irlanda, de las Highlands escocesas y de las islas escocesas. Sobre esta emigración observa el Economist de Londres:

«Es consecuencia del hundimiento del sistema social basado en las pequeñas parcelas y el cultivo de la patata.» Y añade: «La salida de la parte sobrante de la población de Irlanda y de las Highlands de Escocia es una condición previa indispensable de toda clase de mejoras... Los ingresos de Irlanda no han sufrido en absoluto con la hambruna de 1846-1847, ni con la emigración posterior. Al contrario, su ingreso neto fue en 1851 de 4.281.999 libras, unas 184.000 libras más que en 1843.»

¡Empieza, pues, por empobrecer a los habitantes de un país y, cuando ya no puedas sacarles más provecho, cuando se hayan convertido en una carga para la renta, échalos y suma tu ingreso neto! Esa es la doctrina que expuso Ricardo en su célebre obra Principios de economía política. Si los beneficios anuales de un capitalista ascienden a 2.000 libras, ¿qué le importa emplear a 100 hombres o a 1.000? «¿No ocurre lo mismo con la renta real de una nación?», pregunta Ricardo. Si la renta neta real de una nación, rentas de la tierra y beneficios, sigue siendo la misma, es indiferente que proceda de diez millones de habitantes o de doce. Sismondi responde en sus Nouveaux principes d'économie politique1 que, según esta manera de ver, a la nación inglesa no le importaría en absoluto que desapareciera toda la población y el rey (entonces no había reina, sino rey) se quedara solo en medio de la isla, con tal de que una maquinaria automática le permitiera obtener el mismo ingreso neto que produce hoy una población de veinte millones. En efecto, esa entidad gramatical llamada «riqueza nacional» no sufriría en ese caso merma alguna.

Ya di en un informe anterior un ejemplo de cómo se «despeja» la tierra en las Highlands escocesas.2 Quiero reproducir ahora una cita del Galway Mercury que muestra cómo se impone de la misma manera la emigración en Irlanda:

«En el oeste de Irlanda la gente del campo se extingue en masa. Los terratenientes de Connaught se han coaligado tácitamente para arrancar como mala hierba a todos los pequeños campesinos y les hacen una auténtica guerra de exterminio... En esta provincia se cometen a diario las crueldades más desgarradoras, de las que el público no se entera en absoluto.»

Pero no son solo los empobrecidos habitantes de la verde Erín y de las Highlands de Escocia los barridos por las mejoras agrícolas y por el «hundimiento del anticuado sistema social». No son solo los robustos jornaleros agrícolas de Inglaterra, Gales y las Lowlands de Escocia, cuyo pasaje pagan los comisarios de emigración. La rueda de las «mejoras» se apodera ahora de otra clase, la más estable de Inglaterra. Entre los pequeños arrendatarios ingleses, sobre todo entre los que tienen tierras de arcilla pesada, ha surgido de repente un sorprendente movimiento de emigración: con malas perspectivas para la próxima cosecha y sin capital suficiente para hacer en sus fincas las grandes mejoras que les permitirían pagar sus antiguas rentas, no tienen otra alternativa que cruzar el océano en busca de una nueva patria y de nuevas tierras. No hablo aquí de la emigración provocada por la fiebre del oro, sino solo de la emigración forzosa producida por el régimen de los terratenientes, la concentración de las granjas, la aplicación de la maquinaria al cultivo del suelo y la introducción del moderno sistema de agricultura en gran escala.

En los Estados antiguos, en Grecia y en Roma, la emigración forzosa, que adoptaba la forma de la fundación periódica de colonias, formaba un eslabón regular de la estructura social. Todo el sistema de esos Estados se basaba en ciertos límites del número de la población, que no podían rebasarse sin poner en peligro la existencia misma de la civilización antigua. ¿Y por qué era así? Porque desconocían por completo la aplicación de la ciencia a la producción material. Para seguir siendo civilizados tenían que seguir siendo pocos. De lo contrario, habrían tenido que someterse a esa penosa fatiga corporal que convertía al ciudadano libre en esclavo. La falta de fuerza productiva hacía depender la ciudadanía de una proporción numérica determinada que no se podía alterar. El único remedio era la emigración forzosa.

Esta misma presión de la población sobre las fuerzas productivas fue la que empujó a los bárbaros desde las altas mesetas de Asia a invadir el Viejo Mundo. La misma causa actuaba allí, aunque bajo otra forma. Para seguir siendo bárbaros tenían que seguir siendo pocos. Eran tribus de pastores, de cazadores y de guerreros, cuyo modo de producción requería grandes extensiones para cada individuo, como sucede todavía hoy con las tribus indias de Norteamérica. Al aumentar en número, se recortaban unos a otros el campo de producción. Por eso la población sobrante se veía obligada a emprender esas grandes y aventuradas migraciones que dieron origen a los pueblos de la Europa antigua y moderna.

Pero con la gran emigración forzosa de nuestros días ocurre todo lo contrario. Aquí no es la falta de fuerzas productivas la que crea un excedente de población; es el aumento de las fuerzas productivas el que exige una disminución de la población y elimina el excedente por el hambre o la emigración. No es la población la que presiona sobre la fuerza productiva; es la fuerza productiva la que presiona sobre la población.

Ahora bien, yo no comparto la opinión de Ricardo, que ve en el «ingreso neto» el Moloch al que hay que sacrificar poblaciones enteras sin que siquiera se quejen, ni la de Sismondi, que, en su filantropía hipocondríaca, querría conservar a la fuerza los métodos anticuados de la agricultura y desterrar la ciencia de la industria, como Platón expulsó a los poetas de su República. En la sociedad se está produciendo una revolución silenciosa, a la que hay que someterse y que se preocupa tan poco por las existencias humanas que destroza como un terremoto por las casas que derriba. Las clases y las razas demasiado débiles para dominar las nuevas condiciones de vida tienen que sucumbir. Pero ¿puede haber algo más pueril y más corto de vista que las opiniones de esos economistas que creen con toda seriedad que este lamentable estado de transición no significa otra cosa que adaptar la sociedad al afán adquisitivo de los capitalistas, tanto de los señores de la tierra como de los señores del dinero? En Gran Bretaña el curso de este proceso es de lo más transparente. La aplicación de la ciencia moderna a la producción despeja el campo de sus habitantes, pero concentra a la gente en las ciudades industriales.

«Los comisarios de emigración no han ayudado a ningún obrero industrial, salvo a unos pocos tejedores a mano de Spitalfields y de Paisley, y pocos o ninguno han emigrado a su propia costa», dice el Economist.

El Economist sabe muy bien que no podrían emigrar a su propia costa y que la burguesía industrial no los ayudaría a emigrar. Pero ¿adónde lleva esto? La población rural, el elemento más estable y conservador de la sociedad moderna, desaparece, mientras que el proletariado industrial, precisamente por el funcionamiento de la producción moderna, se ve reunido en centros poderosos, en torno a las grandes fuerzas productivas cuya historia de creación ha sido hasta ahora el martirologio de los obreros. ¿Quién les impedirá dar un paso más y apropiarse de esas fuerzas, que hasta ahora se habían apropiado de ellos? ¿Dónde habrá un poder capaz de resistirles? ¡En ninguna parte! De nada servirá entonces apelar a los «derechos de propiedad». Los cambios modernos en el arte de la producción, según reconocen los propios economistas burgueses, han destruido el anticuado sistema social y sus modos de apropiación. Han expropiado al hombre de clan escocés, al cottier y al arrendatario irlandeses, al yeoman3 inglés, al tejedor a mano, a innumerables artesanos, a generaciones enteras de niños y mujeres de las fábricas; expropiarán, cuando llegue su hora, al terrateniente y al señor del algodón.

En el continente el cielo lanza rayos, pero en Inglaterra es la tierra misma la que tiembla. Inglaterra es el país donde empieza la verdadera transformación de la sociedad moderna.

En mi carta del 1 del corriente comuniqué que Mazzini quería pronunciarse públicamente contra Kossuth. El 2 del corriente apareció en efecto en el Morning Advertiser, en el Morning Post y en el Daily News una carta de Mazzini. Ya que el propio Mazzini ha roto el hielo, también yo puedo informar de que Kossuth, bajo la presión de sus amigos de París, se ha retractado de su propio documento. En la carrera de Kossuth hasta ahora encontramos a menudo síntomas semejantes de debilidad vacilante, de contradicciones inextricables y de doblez. Posee todas las virtudes atractivas, pero al mismo tiempo todos los defectos afeminados del carácter de «artista». Es un gran artista en paroles.4 Recomiendo a todos aquellos que no gustan de doblegarse ante una superstición popular, sino que prefieren formarse por sí mismos un juicio sobrio, las biografías de Lajos Batthyány, Artúr Görgey y Lajos Kossuth que Szemere publicó hace poco.5

En cuanto a Lombardía, puede estarse seguro de que, aunque Mazzini no haya conseguido incorporar al movimiento a la burguesía italiana, Radetzky no fallará en ello. En este momento se dispone a confiscar los bienes de todos los emigrados, incluso de los que emigraron con permiso de los austriacos y se naturalizaron en otros países, a menos que demuestren que no tuvieron nada que ver con la última insurrección. Los periódicos austriacos calculan el importe de los bienes confiscables en unos doce millones de libras esterlinas. En la sesión de la Cámara de los Comunes del 1 de marzo, lord Palmerston respondió a una pregunta de lord Dudley Stuart6

«que las potencias continentales no habían presentado ninguna petición de expulsión de refugiados políticos, pero que, si lo hacían, recibirían una negativa clara y decidida. El gobierno británico nunca se había prestado a velar por la seguridad interior de otros países.»

Pero que, a pesar de todo, se iba a presentar tal petición se desprende del Moniteur, ese traficante de la Bolsa, y del Journal des Débats, que en uno de sus últimos números expresa la suposición de que Inglaterra ya se plegará a las exigencias conjuntas de Austria, Rusia, Prusia y Francia. El Journal des Débats añade:

«Si la Confederación Suiza negara a Austria el permiso para organizar un servicio de vigilancia sobre los cantones limítrofes, Austria entraría probablemente por la fuerza en territorio suizo y ocuparía el cantón del Tesino; entonces Francia, para mantener el equilibrio, invadiría con sus tropas los cantones suizos de su frontera.»

El Journal des Débats propone, pues, aplicada a Suiza, en la práctica la misma solución sencilla que el príncipe Enrique de Prusia propuso en broma a la emperatriz Catalina respecto a Polonia en 1770.7 Entretanto, esa venerable corporación que se llama Dieta Federal alemana discute con gravedad sobre «una petición que se piensa dirigir próximamente a Inglaterra», y gasta en este solemne asunto pulmones suficientes para hinchar las velas de toda la flota alemana.8

En la sesión de la Cámara de los Comunes del 1 del corriente se produjo un incidente muy característico. Los representantes de Bridgnorth y de Blackburn habían sido declarados elegidos indebidamente por soborno. Sir J. Shelley propuso entonces que las declaraciones de los testigos ante las comisiones se depositaran sobre la mesa de la Cámara y que las nuevas elecciones no se convocaran antes del 4 de abril. A lo cual observó el muy honorable baronet sir J. Trollope «que ya se habían constituido catorce comisiones para investigar a una serie de circunscripciones por corrupción electoral, y que habría que constituir todavía unas cincuenta más». Luego habló de la dificultad de reunir en la Cámara, por un lado, miembros suficientes para formar las comisiones de verificación electoral y, por otro, formar todavía comisiones para los asuntos corrientes de la Cámara. Si se investigara un poco más a fondo la historia del nacimiento de la Cámara, esta tendría que derrumbarse y la maquinaria parlamentaria quedaría completamente parada.

En su último folleto, lo mismo que en sus discursos en el congreso de la paz de Manchester y en diversas reuniones sobre cuestiones escolares, el señor Cobden se ha divertido criticando a la prensa. Toda la prensa le ha devuelto la pelota, pero el golpe más duro se lo ha dado aquel «Inglés» cuyas cartas sobre Luis Napoleón causaron tal sensación en la época del coup d'état y que más tarde arremetió contra los barones de la seda y los lores del algodón.9 Termina una carta dirigida al señor Cobden con la siguiente caracterización epigramática del oráculo del West Riding:10

«Engreído y desequilibrado por un solo triunfo, se ve en el papel de autócrata popular. Profeta de una camarilla, que agita sin descanso, ávido de celebridad, al que toda oposición enfurece, caprichoso, falto de toda lógica, utópico, testarudo, arrogante y altanero, predicador pendenciero de la paz, prosélito amargo de la fraternidad universal, con la libertad en los labios y el despotismo en sus dogmas, se indigna de que la prensa no se deje intimidar ni engañar; querría abusar de su influencia, de su inteligencia, de su independencia; querría rebajar la profesión de caballeros cultos a una cuadrilla de miserables plumíferos y erigirse él mismo en su único editorialista.»

Karl Marx

  1. Jean-Charles-Léonard Simonde de Sismondi, Nouveaux principes d'économie politique (1819). El rey era entonces Jorge III. ↩

  2. Véase la crónica del 21 de enero de 1853, «Elecciones — Sombrío panorama financiero — La duquesa de Sutherland y la esclavitud». ↩

  3. Cottier: campesino irlandés que trabajaba una pequeña parcela a cambio de su trabajo o de una renta; yeoman: pequeño campesino independiente. ↩

  4. «De palabra». ↩

  5. Publicadas en alemán en Hamburgo en 1853. Lajos Batthyány (1806-1849), primer jefe del gobierno húngaro en 1848, fusilado por los austriacos; Artúr Görgey (1818-1916), comandante en jefe del ejército húngaro, que capituló ante los rusos en Világos en 1849. ↩

  6. Lord Dudley Coutts Stuart (1803-1854), diputado whig, defensor de la causa polaca y de los refugiados. ↩

  7. El príncipe Enrique de Prusia, hermano de Federico II, negoció en San Petersburgo en 1770-1771 lo que sería el primer reparto de Polonia (1772). ↩

  8. La flota alemana creada en 1848-1849 había sido subastada por la Dieta Federal en 1852. ↩

  9. «An Englishman», seudónimo con que firmaba sus cartas en The Times. ↩

  10. Cobden era diputado por el West Riding de Yorkshire. ↩