Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 22 de diciembre de 1853 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 3971, del 9 de enero de 1854. Traducido del original inglés según The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 194-200), que lo atribuye a Marx, cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9, Berlín, 1960, pp. 559-564), que da la autoría, por la Escuela de marxismo, 2026. El título traduce el de la edición de 1897; el de la MEW es «Der weitere Verlauf des türkischen Krieges». Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Tras una larga demora, estamos por fin en posesión de documentos oficiales relativos a las dos victorias de que tan ruidosamente se jacta Rusia y que tan generosamente recompensa. Nos referimos, naturalmente, a la destrucción de la escuadra turca en Sinope y al combate cerca de Ajaltsije, en Asia. Estos documentos son los boletines rusos; pero el hecho de que el órgano oficial turco haya guardado un profundo silencio sobre el asunto, cuando sus comunicaciones, si hubiera tenido alguna que hacer, deberían habernos llegado antes que las de San Petersburgo, permite dar por seguro que la Puerta no tiene nada agradable que publicar. En consecuencia, pasamos a analizar los hechos en cuestión con la información que tenemos, para dar a conocer a nuestros lectores el verdadero estado de las cosas.
La batalla de Sinope fue el resultado de una serie tan inaudita de desatinos por parte de los turcos que todo el asunto solo puede explicarse por la injerencia nefasta de la diplomacia occidental o por la connivencia con los rusos de algunos círculos de Constantinopla relacionados con las embajadas francesa e inglesa. En noviembre, toda la flota turca y egipcia salió al mar Negro para distraer la atención de los almirantes rusos de una expedición enviada a la costa del Cáucaso con el fin de desembarcar armas y municiones para los montañeses insurrectos. La flota permaneció dieciocho días en el mar sin encontrarse con un solo buque de guerra ruso; unos dicen que la escuadra rusa no salió de Sebastopol en todo ese tiempo, con lo que la expedición al Cáucaso pudo cumplir su objetivo; otros cuentan que, bien informada de los planes de los turcos, se retiró hacia el este y se limitó a vigilar los buques que llevaban los pertrechos, que en consecuencia nunca llegaron a la costa caucásica y tuvieron que volver a Sinope, mientras la flota principal regresaba al Bósforo. La gran cantidad de pólvora que llevaba a bordo la escuadra de Sinope, que provocó la explosión de varios de sus buques en una fase relativamente temprana del combate, parece probar que la segunda versión es la correcta.
Así pues, siete fragatas turcas, dos vapores, tres corbetas y uno o dos buques menores, junto con algunos transportes, quedaron abandonados en el puerto de Sinope, que es poco más que una rada abierta, formada por una bahía abierta hacia el mar y protegida por unas pocas baterías descuidadas y mal construidas, la mejor de las cuales era un castillo construido en tiempos de los emperadores griegos y muy probablemente antes de que se conociera la artillería en Europa. Cómo pudo ocurrir que una escuadra de unos trescientos cañones, en su mayoría de calibre inferior, quedara así abandonada a la tierna merced de una flota de tres veces su fuerza y su peso de metal, en el punto de la costa turca que por su proximidad a Sebastopol está más expuesto a un ataque ruso, mientras la flota principal disfrutaba del tranquilo oleaje del Bósforo, es algo que todavía tenemos que averiguar. Sabemos que la peligrosa posición de esta escuadra se apreciaba bien y se debatía con calor en el cuartel general; que en los consejos de guerra se oían en voz alta las voces discordantes de los almirantes turcos, franceses y británicos, y que los siempre entrometidos embajadores estaban también allí para dar su opinión sobre el asunto; pero no se hizo nada.
Entretanto, según una versión, parece que un vapor austriaco informó en Sebastopol de la posición de la escuadra. El parte oficial ruso sostiene, por el contrario, que Nájimov,1 mientras cruzaba frente a la costa de Asia, avistó la escuadra y tomó medidas para atacarla. Pero si los rusos avistaron a los turcos en Sinope, los turcos, desde la torre y los alminares de la ciudad, tuvieron que avistar a los rusos mucho antes. ¿Cómo fue entonces que las baterías turcas estuvieran en tan mal estado, cuando un par de días de trabajo habrían bastado para repararlas en buena parte? ¿Cómo fue que los buques turcos estuvieran anclados en lugares donde estorbaban el fuego de las baterías y no se trasladaran a fondeaderos más apropiados para hacer frente al peligro que amenazaba? Hubo tiempo de sobra para todo esto, pues el almirante Nájimov declara que primero mandó a buscar a Sebastopol tres navíos de tres puentes antes de aventurarse al ataque. No se habrían dejado pasar seis días, del 24 al 30 de noviembre, sin algún esfuerzo por parte de los turcos; pero, en efecto, el parte del vapor turco Taif, que escapó a Constantinopla, prueba sobradamente que los turcos fueron cogidos por sorpresa. Hasta aquí, pues, el parte ruso no puede ser exacto.
El almirante Nájimov tenía bajo su mando tres navíos de línea, uno de ellos de tres puentes, seis fragatas, varios vapores y seis u ocho buques menores, una fuerza de por lo menos el doble de peso de metal que la escuadra turca. Sin embargo, no atacó hasta tener tres navíos de tres puentes más, que por sí solos habrían debido bastar para la hazaña. Con esta superioridad desproporcionada procedió al asalto. Una niebla o, según dicen algunos, el uso de la bandera británica le permitió acercarse sin ser molestado hasta 500 yardas. Entonces empezó el combate. Los rusos, a los que no gustaba estar a la vela con una costa a sotavento, echaron anclas. Luego el fuego entre las dos flotas ancladas, sin maniobra naval alguna y con más bien el carácter de un cañoneo en tierra, duró cuatro horas. La posibilidad de prescindir de toda táctica naval, de todo movimiento, fue muy favorable a los rusos, cuya flota del mar Negro, tripulada casi exclusivamente por «marineros de agua dulce», y en especial por judíos polacos, habría podido tener muy poco éxito frente a los bien tripulados buques turcos en aguas profundas. Los rusos necesitaron cuatro horas para silenciar los débiles buques de sus adversarios. Tenían además la ventaja de que cualquier disparo perdido por su parte hacía daño en las baterías o en la ciudad; y qué cantidad de fallos, en comparación con los aciertos, debieron de cometer se ve por la destrucción casi total de la plaza, consumada mucho antes de que la flota enemiga quedara silenciada. El parte ruso dice que solo ardió el barrio turco y que el barrio griego se salvó como por milagro. Pero lo contradicen autoridades mejores, que afirman que toda la ciudad está en ruinas.
Tres fragatas turcas ardieron durante la acción; cuatro fueron embarrancadas y quemadas después, junto con un vapor y los buques menores. El vapor Taif, sin embargo, cortó sus amarras, atravesó audazmente las líneas rusas y escapó a Constantinopla, aunque lo persiguió el almirante Kornílov2 con tres vapores rusos. Teniendo en cuenta la torpeza de las maniobras navales rusas, la mala posición de la flota turca delante de sus propias baterías y en su línea de fuego, y sobre todo la certeza absoluta de la destrucción, quizá habría sido mejor que toda la escuadra turca hubiera levado anclas y se hubiera lanzado sobre el enemigo hasta donde lo permitiera el viento. La pérdida de algunos buques, que no podía evitarse de ningún modo, habría podido salvar al menos una parte de la escuadra. Naturalmente, la dirección del viento tenía que decidir sobre semejante maniobra, pero parece dudoso que Osmán Bajá pensara siquiera en un paso así.
La victoria de Sinope no tiene gloria alguna para los rusos, mientras que los turcos lucharon con una bravura casi inaudita, sin que un solo buque arriara su bandera en toda la acción. Y esta pérdida de una parte valiosa de su fuerza naval, la conquista momentánea del mar Negro y las deprimentes consecuencias morales de semejante suceso para la población, el ejército y la marina turcos se deben enteramente a los «buenos oficios» de la diplomacia occidental, que impidió a la flota turca hacerse a la mar para proteger a la escuadra de Sinope y traerla de vuelta. Y se deben igualmente a la información secreta dada a los rusos, que les permitió asestar el golpe con certeza y sin riesgo.
La segunda victoria de que se jactan los rusos tuvo lugar en Ajaltsije, en Armenia. Desde hace algún tiempo los turcos se han visto frenados en los movimientos ofensivos que habían emprendido en la frontera de Georgia. Desde la toma de Shefketil, o San Nicolás,3 no se ha tomado ninguna plaza de importancia ni se ha obtenido ninguna victoria de efecto más que efímero. Y esto en un país donde los rusos tienen que combatir con todas las desventajas imaginables, donde sus comunicaciones por tierra con Rusia se reducen a dos caminos infestados de circasianos insurrectos, donde sus comunicaciones por mar podrían cortarse o ponerse en peligro con mucha facilidad, y donde el país transcaucásico que ocupan, con Tiflis por centro, podría considerarse más un Estado independiente que una parte integrante de un poderoso imperio. ¿Cómo se explica este frenazo del avance turco? Los turcos acusan de traición a Abdi Bajá y lo han destituido; y es ciertamente muy curioso que Abdi Bajá sea el único general turco en Asia al que los rusos han permitido obtener victorias locales y parciales. Pero hay dos errores por parte de los turcos que explican la falta de éxito al principio y la derrota efectiva, a su debido tiempo, después. Han extendido y dividido su ejército por toda la larga línea que va de Batum a Bayaceto; sus masas no son en ninguna parte lo bastante fuertes para un ataque concéntrico contra Tiflis, aunque una parte de ellas disfruta en este momento de la posesión indiscutida e inútil de la ciudad de Ereván. El país es árido y rocoso, y puede ser difícil alimentar allí un ejército numeroso; pero la concentración rápida de todos los recursos y los movimientos rápidos son el mejor remedio contra el hambre en un ejército. Dos cuerpos —uno para cubrir Batum y atacar por la línea de la costa, otro para marchar directamente sobre Tiflis por el valle del Kura— habrían bastado. Pero las fuerzas turcas se han dividido y subdividido sin necesidad alguna, hasta dejar casi inutilizado cada uno de los distintos cuerpos.
En segundo lugar, la inactividad en que la diplomacia mantuvo a la flota turca permitió a los rusos desembarcar en Mingrelia dos divisiones de infantería (del 5.º cuerpo) y reforzar así el ejército del Cáucaso del príncipe Vorontsov4 con cerca de 20.000 hombres. Así reforzado, no solo detuvo a los turcos en la costa, sino que ahora ha tenido la satisfacción de ver a un cuerpo al mando del general Andrónikov liberar la sitiada fortaleza de Ajaltsije y batir al enemigo en campo abierto cerca de esa ciudad. Los rusos declaran que con unos 10.000 hombres han derrotado a 18.000 turcos. Naturalmente, no podemos fiarnos de tales afirmaciones, pero tenemos que reconocer que el gran número de irregulares en el ejército turco de Anatolia y la ausencia casi total de oficiales europeos, sobre todo en los mandos superiores y en el estado mayor, deben de hacer de ellos un rival muy pobre para un número igual de rusos. Los rusos declaran haber tomado diez o doce piezas de artillería, lo que puede ser cierto, pues en ese país intransitable el bando vencido tiene que abandonar necesariamente la mayor parte de sus cañones. Al mismo tiempo confiesan haber hecho solo 120 prisioneros. Esto equivale a confesar que han matado a casi todos los heridos en el campo de batalla, que necesariamente quedaron en sus manos. Además, prueban que sus medidas para perseguir al enemigo y cortar la retirada al menos a una parte de él debieron de estar lamentablemente planeadas. Tenían caballería de sobra; una carga audaz en medio de los fugitivos habría cortado batallones enteros. Pero esta acción, hasta donde llegan nuestros informes, ofrece poco interés militar o político.
En el Danubio los rusos no han hecho más que repetir la operación con la que abrieron la campaña en Măcin, un fuerte, o una roca saliente, frente a Brăila. Parece que han conseguido poco. Tenemos además, de buena fuente, una relación detallada de las tropas turcas concentradas en Vidin. Constan de 34.000 infantes, 4.000 jinetes y 2.000 artilleros, con 66 cañones de campaña, además de la artillería pesada de las murallas de Vidin y de los reductos de Kalafat. Así, 40.000 turcos se desperdician en ocupar la ruta directa de Bucarest a Serbia. Cuarenta mil hombres encadenados a unas extensas fortificaciones que tienen que defender son demasiado pocos para resistir el ataque de un gran ejército, y demasiados para derrotar expediciones volantes de pequeños cuerpos. Junto con la fuerza ya reunida en Shumla,5 estos 40.000 hombres valdrían allí el doble que en otra parte. Su ausencia, después de la injerencia diplomática, arruinó la operación de Oltenița. Es imposible que Omer Bajá no sepa que, si se sitúa con 100.000 hombres entre Silistra y Ruse, los rusos, en número suficiente para hacerle daño, nunca intentarán pasar de largo ante él para lanzarse a las montañas de Serbia. Semejante disposición de sus tropas no puede estar de acuerdo con su juicio, y debe de irritarle desesperadamente el influjo maléfico que se la impone.
Pável Nájimov (1802-1855), almirante ruso, vencedor en Sinope. ↩
Vladímir Kornílov (1806-1854), almirante ruso, jefe del estado mayor de la flota del mar Negro. ↩
El fuerte de San Nicolás (Shefketil), en la costa del mar Negro, tomado por los turcos en octubre de 1853. ↩
Mijaíl Vorontsov (1782-1856), virrey del Cáucaso y comandante en jefe del ejército ruso del Cáucaso. ↩
Shumla (hoy Shumen, en Bulgaria), plaza fuerte turca, cuartel general de Omer Bajá. ↩