Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 8 de julio de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3826, del 22 de julio de 1853. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9, Berlín, 1960, pp. 188-194), cotejada con las partes del texto inglés que recogen The Eastern Question (Londres, 1897) y, para el pasaje sobre William Cobbett, el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es de los editores de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, viernes 8 de julio de 1853
Ahora que la ocupación de los Principados del Danubio es un hecho y que la crisis tanto tiempo anunciada se acerca, la prensa inglesa ha suavizado considerablemente su lenguaje belicoso y apenas se opone al consejo que da The Times en dos editoriales seguidos: que, «puesto que los rusos no podían dominar su inclinación a civilizar provincias bárbaras, Inglaterra haría mejor en dejarlos hacer lo que deseaban y en no perturbar la paz con una vana obstinación».
El afán del gobierno por ocultar toda información sobre la pendiente cuestión turca se delató en la más que ridícula farsa que se representó al mismo tiempo en las dos cámaras del Parlamento. En la Cámara de los Comunes, el señor Layard, el célebre restaurador de la antigua Nínive, había anunciado para esta noche una moción para que se presentara a la Cámara la información más completa sobre Turquía y Rusia.1 Con motivo de este anuncio se desarrolló en la Cámara baja la escena siguiente:
El señor Layard: Mi moción estaba anunciada para mañana. Ayer por la tarde recibí una nota en la que se me pedía que la aplazara hasta el lunes 11 del corriente. Ayer por la tarde no me fue posible dar mi respuesta; de hecho, no hasta esta mañana. Pero, para mi sorpresa, descubro que ayer debí de estar en la Cámara sin saberlo, pues en los anuncios de mociones que se publican con las votaciones veo que el señor Layard ha aplazado su moción del viernes 8 al lunes 11. No me parece muy leal tratar así a los diputados independientes.
El señor Gladstone: No sé por orden de quién ni con autorización de quién se puso en el boletín de la Cámara el anuncio del aplazamiento. Pero de una cosa puedo asegurar al honorable diputado: lo que se hizo, se hizo con absoluta bona fide.2
El señor Layard: Me gustaría saber quién puso en el boletín el anuncio del aplazamiento. ¿Por qué razón han aplazado ustedes esta moción hasta el lunes?
El señor Gladstone: Por una indisposición de lord J. Russell.
El señor Layard retiró entonces su moción hasta el lunes.
El señor Disraeli: Este modo de proceder me parece exigir una explicación por parte del gobierno, tanto más cuanto que también la ley sobre la India figura, en contra de lo acordado, en el orden del día de mañana.
Después del descanso, sir Ch. Wood confesó contrito que el pecador había sido él en los dos casos, pero declaró, sirviéndose de la sugerencia del señor Gladstone, que respecto del señor Layard había actuado con la mejor intención del mundo.
La otra cara de la medalla se exhibió en la Cámara de los Lores, donde la indisposición corporal del pobre pequeño Russell no tenía nada que ver, en ningún caso, con la moción del marqués de Clanricarde,3 semejante a la del señor Layard, que, después de haberse aplazado ya varias veces a petición de los ministros, estaba anunciada también para el viernes.
Lord Brougham se levantó asegurando que no se había puesto en contacto con ningún miembro del ministerio, pero que consideraba sumamente inoportuna, en la situación actual, la moción de lord Clanricarde anunciada para mañana. Por eso se dirigiría al ministro de Asuntos Exteriores.
Lord Clarendon declaró que, naturalmente, no podía decir que una investigación a fondo de estos asuntos no fuera a traer consigo en este momento perjuicio o inconveniente alguno. Las negociaciones seguían, pero después de los repetidos aplazamientos sentía que no debía pedir de nuevo a su noble amigo que retirara su moción. Se reservaba, sin embargo, no decirle en su respuesta más de lo que le permitiera el sentido de su deber oficial. No obstante, quería preguntar a su noble amigo si tenía algo en contra de aplazar la moción al menos hasta el lunes próximo, pues sería mejor celebrar este debate en las dos cámaras a la vez, y además lord J. Russell estaba muy indispuesto.
El conde de Ellenborough: El noble marqués que tengo enfrente no haría sino dar prueba de una razonable reserva si aplazara la moción que ha anunciado para mañana no solo hasta el lunes, sino sin fijarle ahora fecha alguna.
Lord Derby: Le había sorprendido que el noble marqués sometiera esta cuestión a discusión, y estaba completamente de acuerdo con las opiniones del noble conde (Ellenborough).
El conde Grey: Después de la declaración de lord Clarendon, la justificación del aplazamiento del debate tenía que ser evidente para todos.
Acto seguido, el marqués de Clanricarde retiró su moción.
El conde Fitzwilliam: Quería preguntar si era auténtico el texto del manifiesto ruso del 26 de junio que declaraba la guerra santa a Turquía.
El conde Clarendon: Había recibido el documento del enviado de Su Majestad en San Petersburgo.
El conde de Malmesbury: La dignidad de los miembros de la Cámara de los Lores exigía que el gobierno les asegurara que tenía la intención de impedir, en la medida de lo posible, que el lunes se celebrara un debate semejante en la Cámara de los Comunes.
El conde de Aberdeen: Creía que él y sus colegas harían valer toda su influencia y harían cuanto estuviera en su mano para impedir ese debate.4
En resumen: primero se lleva a la Cámara de los Comunes, mediante una falsificación, a aplazar el debate. Luego se induce a la Cámara de los Lores a hacer lo mismo con el pretexto de que la Cámara de los Comunes ha aplazado el suyo. Luego los «nobles» lores deciden aplazar la moción ad infinitum, y por último la dignidad de la «más noble asamblea del mundo» exige que también la Cámara de los Comunes aplace su moción ad infinitum.
A una pregunta del señor Liddell, lord Palmerston declaró en la misma sesión:
«La reciente obstrucción de la navegación en el canal de Sulina del Danubio se debió a la circunstancia accidental de que el río se había desbordado y la fuerza de la corriente había disminuido tanto que en la barra se habían depositado mayores cantidades de lodo. Debo decir que el gobierno británico tiene desde hace muchos años motivos para quejarse de que el gobierno ruso descuide cumplir sus deberes como poseedor del territorio que forma el delta del Danubio y mantener el canal de Sulina en buen estado de navegación, aunque la propia Rusia siempre ha reconocido que el tratado de Adrianópolis la obliga a ello. Mientras esta desembocadura del Danubio formó parte del territorio turco, se mantuvo una profundidad de 16 pies en la barra, mientras que por la negligencia de las autoridades rusas la profundidad ha disminuido a 11 pies, y aun estos 11 pies han quedado reducidos, por obstáculos a ambos lados, bancos de arena y barcos destrozados y hundidos que se dejan allí, a un canal pequeño y estrecho, de modo que el paso resultaba difícil para cualquier barco, salvo con tiempo tranquilo y con un práctico experimentado. Además, existía la rivalidad de Odesa, que deseaba entorpecer la exportación de mercancías por el Danubio y desviarla, a ser posible, por Odesa.»5
Probablemente el gobierno inglés espera que la desembocadura del Danubio vuelva a abrirse cuando los Principados del Danubio sean rusos, porque entonces se acabaría la rivalidad de Odesa.
Hace algunos meses tuve ocasión de hacerle algunas observaciones sobre los éxitos de la agitación por la jornada de diez horas en los distritos fabriles.6 El movimiento no ha dejado de desarrollarse y ha encontrado por fin eco en la legislación. El 5 del corriente, el señor Cobbett, diputado por Oldham, pidió permiso para presentar un proyecto de ley que limitara el trabajo en las fábricas a 10 horas durante los primeros cinco días de la semana y a 7 ½ horas los sábados. Se concedió el permiso para presentar el proyecto. Durante el debate preliminar, a lord Palmerston se le escapó, en el calor de la improvisación, la clara amenaza de que, si no había otro medio de proteger a las mujeres y los niños en las fábricas, propondría limitar el tiempo de marcha de las máquinas. Apenas había salido esta frase de sus labios cuando estalló contra el imprudente estadista una tormenta general de indignación, no solo de los representantes directos de la millocracia, sino también, en especial, de los amigos whigs de esta y de él mismo, como sir George Grey, el señor Labouchère y otros.7 Lord J. Russell, después de llevarse aparte a Palmerston, tuvo que luchar duramente, tras media hora de pourparler8 privado, para calmar la tormenta, asegurando que
«le parecía que su honorable amigo había sido completamente malentendido, y que su amigo, cuando se pronunció a favor de limitar el tiempo de marcha de las máquinas, había querido hablar en contra».
Semejantes compromisos absurdos son el pan de cada día de la coalición. En cualquier caso, tienen derecho a decir una cosa y querer decir otra. En cuanto a lord Palmerston mismo, no hay que olvidar que este viejo dandi del liberalismo expulsó hace algunos años de sus «posesiones» a varios cientos de familias irlandesas, exactamente del mismo modo en que la duquesa de Sutherland procedió en 1821 con los hombres de sus clanes, asentados allí desde tiempo inmemorial.9
El señor Cobbett, que ha presentado el proyecto, es hijo del célebre William Cobbett y representa al mismo burgo que representaba su padre.10 Su política, como su escaño, es herencia de su padre, y por eso verdaderamente independiente, pero apenas casa con la situación de los partidos actuales. William Cobbett fue el representante más capaz, o más bien el creador, del viejo radicalismo inglés. Fue el primero que reveló el misterio de la guerra tradicional de partidos entre tories y whigs, despojó a la parasitaria oligarquía whig de su falso liberalismo, combatió el landlordism en todas sus formas, ridiculizó la hipócrita rapacidad de la Iglesia establecida y atacó a la plutocracia en sus dos encarnaciones más eminentes: la «Vieja Dama de Threadneedle Street» (el Banco de Inglaterra) y el señor Muckworm y Cía. (los acreedores del Estado). Propuso cancelar la deuda pública, confiscar los bienes de la Iglesia y abolir toda clase de papel moneda. Siguió paso a paso las usurpaciones de la centralización política sobre el autogobierno local y las denunció como una violación de los privilegios y las libertades del súbdito inglés. No comprendió que eran el resultado necesario de la centralización industrial. Proclamó todas las reivindicaciones políticas que luego se reunieron en la Carta del Pueblo; pero para él eran más bien la carta política de la pequeña clase media industrial que la del proletario industrial. Plebeyo por instinto y por simpatía, su intelecto rara vez rompió los límites de la reforma burguesa. Solo en 1834, poco antes de su muerte, tras la implantación de la nueva ley de pobres, empezó William Cobbett a sospechar la existencia de una millocracia tan hostil a la masa del pueblo como los terratenientes, los banklords, los acreedores del Estado y los clérigos de la Iglesia establecida.11 Si William Cobbett era así, por un lado, un cartista moderno anticipado, por otro, y mucho más, era un John Bull empedernido. Era a la vez el hombre más conservador y el más destructivo de Gran Bretaña: la encarnación más pura de la Vieja Inglaterra y el iniciador más audaz de la Joven Inglaterra. Para él, la decadencia de Inglaterra empezaba con el período de la Reforma, y la postración definitiva del pueblo inglés, con la llamada Revolución Gloriosa de 1688. Por eso la revolución no era para él innovación, sino restauración; no la creación de una era nueva, sino la rehabilitación de los «buenos viejos tiempos». No vio que la época de la pretendida decadencia del pueblo inglés coincidía exactamente con el comienzo del ascenso de la burguesía, con el desarrollo del comercio y de la industria modernos, y que la situación material del pueblo empeoraba al mismo paso que estos crecían, y que el autogobierno local desaparecía ante la centralización política. Los grandes cambios que trajo consigo la descomposición de la vieja sociedad inglesa desde el siglo XVIII le saltaban a la vista y le hacían sangrar el corazón. Pero si veía los efectos, no comprendía las causas, no comprendía la acción de las nuevas fuerzas sociales. No veía a la burguesía moderna, sino solo la fracción de la aristocracia que tenía el monopolio hereditario de los cargos públicos y que sancionaba por ley todos los cambios que hacían necesarios las nuevas necesidades y pretensiones de la burguesía. Veía la máquina, pero no la fuerza oculta que la movía. Por eso, a sus ojos, los responsables de todos los cambios ocurridos desde 1688 eran los whigs. Ellos eran los motores principales de la decadencia de Inglaterra y de la degradación de su pueblo. De ahí su odio fanático a la oligarquía whig y sus ataques siempre renovados contra ella. De ahí el curioso fenómeno de que William Cobbett, que representaba por instinto a la masa del pueblo frente a las usurpaciones de la burguesía, pasara a los ojos del mundo, y en su propia convicción, por el representante de la burguesía industrial frente a la aristocracia hereditaria. Como escritor no ha sido superado.
El actual señor Cobbett, al continuar en circunstancias cambiadas la política de su padre, ha descendido inevitablemente a la clase de los tories liberales.
The Times, deseosa de compensar su actitud humilde ante el zar ruso con una insolencia redoblada ante el trabajador inglés, dedica a la moción del señor Cobbett un editorial que pretende ser algo extraordinario y resulta sencillamente absurdo. No puede negar que limitar el tiempo de marcha de las máquinas sería el único medio de obligar a los lores de las fábricas a someterse a las leyes vigentes sobre la duración de la jornada en las fábricas. Pero no puede comprender cómo un hombre razonable y con un propósito firme puede proponer el único medio eficaz para ello. La vigente ley de las diez horas y media,12 como todas las demás leyes fabriles, no es más que una concesión aparente de las clases dominantes a los obreros, y los obreros, no contentos con una concesión solo aparente, se atreven a insistir en que se haga realidad. The Times nunca ha oído hablar de cosa más ridícula ni más extravagante. Si el Parlamento impidiera a un fabricante hacer trabajar a sus obreros 12, 16 o más horas, entonces, dice The Times, «Inglaterra dejaría de ser lugar donde pueda vivir un hombre libre». Igual que aquel caballero de Carolina del Sur que, llevado ante un tribunal de Londres y condenado por haber azotado en público al negro que se había traído del otro lado del Atlántico, exclamó fuera de sí: «¿No llamarán ustedes país libre a uno donde a un hombre se le prohíbe pegar a su propio negro?». Si un hombre se hace obrero fabril y cierra con un fabricante un contrato por el que se vende por dieciséis o dieciocho horas diarias, en lugar de irse a dormir como los mortales mejor situados, eso hay que explicarlo, dice The Times,
«por ese resorte natural que ajusta constantemente la oferta a la demanda y lleva al pueblo a las ocupaciones que le son más agradables y adecuadas».
La legislación, naturalmente, no debe inmiscuirse en este travail attrayant.13 Si se limitara el tiempo de marcha de las máquinas a una parte determinada del día, por ejemplo, de las 6 de la mañana a las 6 de la tarde, lo mismo daría, dice The Times, abolir del todo las máquinas. Si se apaga el alumbrado de gas de las calles en cuanto sale el sol, hay que tenerlas también a oscuras durante la noche. The Times prohíbe la injerencia legal en los asuntos privados, y por eso quizá defiende el impuesto sobre el papel, el impuesto sobre los anuncios y el timbre de los periódicos, para sofocar los asuntos privados de sus competidores, mientras exige a la legislación que proteja sus propios intereses y no la grave con el impuesto sobre los suplementos. Expresa su más profunda repugnancia ante la injerencia del Parlamento en los sagrados asuntos de los lores de las fábricas, donde están en juego la vida y la moral de generaciones enteras, mientras grazna exigiendo la injerencia más resuelta en los asuntos de los cocheros de punto y los alquiladores de coches, donde no está en juego más que la comodidad de algunos gordos bolsistas y quizá de los caballeros de Printing House Square.14 Hasta ahora, los economistas burgueses nos habían contado que la utilidad principal de las máquinas consistía en acortar y suprimir el trabajo físico y la fatiga. Ahora The Times confiesa que, en las actuales relaciones de clase, las máquinas no acortan la jornada, sino que la alargan; que primero despojan de su calidad al trabajo individual y luego obligan al obrero a compensar con cantidad la pérdida de calidad. Así se alarga la jornada en horas y horas, al trabajo de día se le añade el de noche, y este proceso solo lo interrumpen las crisis industriales, cuando al hombre se le niega todo trabajo, cuando se le cierran en las narices las puertas de la fábrica y puede tomarse vacaciones o ahorcarse, como más le guste.
Karl Marx
Austen Henry Layard (1817-1894), arqueólogo que excavó Nínive, diputado liberal y subsecretario de Asuntos Exteriores en 1852. ↩
«Buena fe». ↩
Ulick John de Burgh, marqués de Clanricarde (1802-1874), whig, embajador en San Petersburgo de 1838 a 1841. ↩
Intervienen Henry Brougham (1778-1868), antiguo lord canciller; Edward Law, conde de Ellenborough (1790-1871), tory, antiguo gobernador general de la India; Edward Stanley, conde de Derby (1799-1869), jefe de los tories y primer ministro en 1852; Henry George Grey, conde Grey (1802-1894), whig, antiguo ministro de las Colonias; Charles William Wentworth-Fitzwilliam, conde Fitzwilliam (1786-1857), whig; y James Howard Harris, conde de Malmesbury (1807-1889), ministro de Asuntos Exteriores en 1852. El manifiesto del zar Nicolás I del 26 de junio de 1853 anunciaba la ocupación de los Principados del Danubio. ↩
El tratado de Adrianópolis (1829) había dado a Rusia el delta del Danubio. Sulina, el brazo navegable de la desembocadura. ↩
Véase «Debates parlamentarios — El clero y la lucha por la jornada de diez horas — Muerte por hambre», crónica del 25 de febrero de 1853. ↩
Sir George Grey (1799-1882), ministro del Interior en gabinetes whigs anteriores; Henry Labouchère (1798-1869), antiguo presidente de la Junta de Comercio. ↩
«Conversación», negociación. ↩
Sobre los «desalojos» de las Highlands en las tierras de la condesa de Sutherland, véase «Elecciones — Sombrío panorama financiero — La duquesa de Sutherland y la esclavitud». Palmerston tenía grandes fincas en el condado irlandés de Sligo. ↩
John Morgan Cobbett (1800-1877), diputado por Oldham. William Cobbett (1763-1835), periodista y panfletista radical, editor del Political Register, fue diputado por Oldham desde 1832 hasta su muerte. ↩
La nueva ley de pobres de 1834 suprimió los socorros a domicilio a los pobres capaces de trabajar y los recluyó en los asilos de trabajo (workhouses). ↩
La ley fabril de 1850, que fijó para mujeres y adolescentes una jornada de diez horas y media de lunes a viernes y de siete horas y media los sábados. ↩
«Trabajo atractivo», expresión de Charles Fourier para el trabajo en la sociedad armónica que preconizaba. ↩
La sede de The Times en Londres. ↩