Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 24 de mayo de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3790, del 9 de junio de 1853. El original inglés solo se conserva en fuentes libres de forma parcial (la parte sobre la India en el Marx-Engels Internet Archive y la parte sobre Turquía en The Eastern Question (Londres, 1897, ed. de Eleanor Marx Aveling y Edward Aveling)): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 103-108), sin su aparato editorial, cotejada con esos fragmentos ingleses, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, martes 24 de mayo de 1853

Han concluido las elecciones generales en Holanda, necesarias tras la reciente disolución de los Estados Generales, y su resultado ha sido una mayoría de 12 votos a favor del ministerio ultraprotestante y monárquico.

Dinamarca está inundada en este momento de folletos contrarios al gobierno, de los que los más destacados son Disolución del Parlamento, expuesta al pueblo danés, del señor Grundtvig,1 y uno anónimo titulado La cuestión debatida de la sucesión danesa, o qué deben hacer las potencias de Europa. Estos dos panfletos tratan de demostrar que la abolición de la antiquísima ley de sucesión, tal como la pide el ministerio y la estableció el Protocolo de Londres,2 llevará al país a la ruina, pues convertiría a Dinamarca primero en una provincia de Holstein y después en una colonia de Rusia.

Parece, pues, que el pueblo danés se ha dado cuenta por fin de lo que le ha acarreado a Dinamarca su ciega oposición a las reivindicaciones de independencia de los ducados de Schleswig y Holstein en 1848. El pueblo danés se empeñó en la unión permanente de su país con Holstein y por eso hizo la guerra a la revolución alemana; Dinamarca ganó la guerra y conservó Holstein. Pero, como compensación de esa conquista, está ahora condenada a perder su propio país. En los años 1848 y 1849, la Neue Rheinische Zeitung no dejó de advertir a los demócratas daneses de las consecuencias últimas de su actitud hostil a la revolución alemana. Predijo sin ambigüedad que Dinamarca, al ayudar a desarmar la revolución en el extranjero, se encadenaba para siempre a una dinastía que, una vez que el orden legítimo de sucesión hubiera obtenido su sanción y validez jurídica con el propio consentimiento danés, sometería la nacionalidad danesa al bon plaisir3 del zar de Rusia. La democracia danesa se negó a seguir ese consejo y recibe ahora por su miope locura el mismo pago que recibieron los eslavos de Bohemia, que, para «proteger su independencia nacional frente a los alemanes», se lanzaron a la lucha mortífera contra los revolucionarios de Viena, los únicos libertadores posibles del despotismo alemán que odiaban. ¿No es una dura lección la que se da ahora a estos dos pueblos, que se dejaron arrastrar por las intrigas de la contrarrevolución a una guerra suicida contra la causa de la revolución?

Ahora que el plan del señor Gladstone para reducir la deuda pública ha sido aprobado por el Parlamento y se somete a una prueba real, sus apologistas (y casi toda la prensa de Londres parecía aprobar en alto grado ese famoso plan) han enmudecido todos de repente. Las tres opciones del señor Gladstone para la conversión voluntaria de los 500.000.000 de libras esterlinas al 3 por ciento han resultado tan disparatadas que hasta ahora no han tenido una acogida digna de mención. En cuanto a la conversión de los fondos de los Mares del Sur, hasta la noche del 19 de mayo solo se habían convertido en acciones nuevas 100.000 libras de un total de 10.000.000. Una de las reglas generales de una operación así es que, si no se lleva a cabo en las primeras semanas, cada día que pasa pierde probabilidades de realizarse por completo. Además, el tipo de interés sube en progresión constante, aunque lenta, pero segura. Por eso raya casi en la exageración suponer que 10.000.000 de libras en títulos viejos puedan convertirse en títulos nuevos dentro del plazo prescrito para la operación. Pero aun en ese caso, el señor Gladstone tendrá que reembolsar por lo menos 8.000.000 de libras a los tenedores de títulos de los Mares del Sur que no estén dispuestos a cambiarlos por acciones nuevas. El único fondo que ha preparado para semejante eventualidad es el saldo del Estado en el Banco de Inglaterra, que asciende a unos ocho o nueve millones de libras esterlinas. Pero como ese saldo no es un excedente de los ingresos sobre los gastos, sino que está depositado en el Banco solo porque los ingresos públicos entran unos meses antes de la fecha de vencimiento, el señor Gladstone se verá en el periodo venidero en graves apuros financieros, que causarán al mismo tiempo serias perturbaciones en las transacciones monetarias del Banco y en el mercado del dinero en general, tanto más cuanto que una cosecha que se prevé mala provocará una salida más o menos fuerte de metales preciosos.

La carta de privilegio de la Compañía de las Indias Orientales expira en 1854. Lord John Russell ha anunciado en la Cámara de los Comunes que el gobierno estará en condiciones de exponer el 3 de junio, por boca de sir Charles Wood, sus opiniones sobre el futuro gobierno de la India. En algunos periódicos ministeriales se ha insinuado, en apoyo de rumores públicos ya muy extendidos, que la coalición ha encontrado el medio de reducir incluso la colosal cuestión india a dimensiones casi liliputienses. El Observer prepara a la opinión pública inglesa para un nuevo desencanto. «Para la nueva organización del gobierno de nuestro imperio de Oriente», leemos en ese periódico de confianza de Aberdeen, «quedará mucho menos por hacer de lo que generalmente se supone.» Milord Russell y milord Aberdeen tendrán que hacer todavía mucho menos de lo que se supone.

Los rasgos principales de la reforma propuesta parecen consistir en dos cosas muy pequeñas. En primer lugar, la Junta de Directores será «refrescada» con algunos miembros más, nombrados directamente por la Corona, aunque incluso esa sangre nueva se infundirá «al principio con parquedad». Es decir, la cura del viejo sistema directorial se aplicará de tal modo que la porción de sangre ahora transfundida con «gran cautela» tendrá tiempo de sobra para estancarse antes de que se proceda a una segunda infusión. En segundo lugar, se pondrá fin a la reunión en una sola persona de las funciones de juez y de recaudador de impuestos, y los jueces deberán ser hombres instruidos. ¿No se siente uno transportado, al oír semejantes propuestas, a aquella época de la temprana Edad Media en que se empezó a sustituir a los señores feudales por jueces a los que se exigía que supieran por lo menos leer y escribir?

El «sir Charles Wood» que, como presidente de la Junta de Control,4 presentará a la Cámara esta sesuda pieza de reforma es el mismo zoquete5 que bajo el último gobierno whig dio pruebas de tan eminentes dotes intelectuales que la coalición se vio en un terrible apuro sin saber qué hacer con él, hasta que dio con la idea de entregárselo a la India. Ricardo III ofrecía un reino por un caballo; la coalición ofrece un asno por un reino. En verdad, si la actual idiotez oficial de un gobierno oligárquico es la expresión de lo que Inglaterra es capaz de hacer hoy, los tiempos en que Inglaterra dominaba el mundo han pasado.

En ocasiones anteriores hemos visto que la coalición encontraba siempre alguna razón oportuna para aplazar cualquier medida, por pequeña que fuera. Ahora, en lo que toca a la India, su inclinación a aplazar cuenta con el apoyo de la opinión pública de dos mundos. El pueblo de Inglaterra y el pueblo de la India piden a la vez el aplazamiento de toda legislación sobre los asuntos indios hasta que se haya oído la voz de los nativos, se hayan reunido los materiales necesarios y se hayan concluido las investigaciones en curso. A Downing Street han llegado ya de las tres presidencias6 peticiones que desaprueban una legislación precipitada. La escuela de Manchester ha fundado una «Sociedad India», que piensa poner en movimiento inmediatamente para convocar reuniones públicas en la metrópoli y en todo el país con el fin de oponerse a cualquier legislación sobre esta materia en la presente legislatura. Además, se reúnen en este momento dos comisiones parlamentarias que deben informar sobre el estado del gobierno de la India. Pero esta vez el ministerio de coalición es inexorable. No quiere esperar a la publicación del dictamen de ninguna comisión. Quiere legislar en el acto y directamente para 150 millones de personas, y legislar de una vez para 20 años. Sir Charles Wood está ansioso por hacer valer su derecho a pasar por un Manu7 moderno. ¿De dónde viene de repente esta prisa legislativa precipitada en nuestros «cautos» valetudinarios políticos?

Quieren renovar la vieja carta de la India por otros 20 años. Para ello se valen del eterno pretexto de la reforma. ¿Por qué? La oligarquía inglesa presiente que se acerca el fin de sus días de gloria, y siente un deseo muy comprensible de cerrar con la legislación inglesa un trato tal que, aun en el caso de que Inglaterra se le escape pronto de sus manos débiles pero rapaces, le asegure a ella y a sus compinches el privilegio de saquear la India durante 20 años.

El sábado pasado llegaron aquí despachos telegráficos de Bruselas y de París con noticias de Constantinopla del 13 de mayo. Inmediatamente después de su llegada se celebró en el Foreign Office un consejo de gabinete que estuvo reunido tres horas y media. El mismo día se enviaron por telégrafo al almirantazgo de Portsmouth órdenes para que las dos fragatas de vapor London, de 90 cañones, y Sanspareil, de 71, salieran de Spithead hacia el Mediterráneo. También las fragatas Highflyer, de 21, y Oden, de 16, tienen orden de estar dispuestas para hacerse a la mar.

¿Qué contenían esos despachos que pusieron a los ministros en tan repentina actividad febril y sacaron a Inglaterra de su tranquila modorra?

Se sabe que la cuestión de los Santos Lugares8 se resolvió a satisfacción de Rusia; según las seguridades dadas por las embajadas rusas en París y Londres, Rusia no pedía otra cosa que la parte principal en esos Santos Lugares. Los fines de la diplomacia rusa no eran menos caballerescos que los de Federico Barbarroja y Ricardo Corazón de León. Eso al menos nos contaba The Times.

«Pero», dice el Journal des Débats, «el 5 de mayo llegó de Odesa la fragata de vapor rusa Besarabia con un coronel ruso a bordo que traía despachos para el príncipe Ménshikov;9 y el sábado 7 de mayo el príncipe entregó a los ministros de la Puerta el proyecto de un convenio o tratado especial en el que se exponían las nuevas exigencias y pretensiones. Este es el documento al que se llama sin más el ultimátum, pues iba acompañado de una nota muy breve en la que se señalaba el martes 10 de mayo como el último día en que podría recibirse la aceptación o la negativa del Diván. La nota terminaba más o menos con estas palabras: “Si la Sublime Puerta juzgara oportuno responder con una negativa, el emperador se vería obligado a ver en ese acto una completa falta de respeto a su persona y a Rusia, y recibiría la noticia con el más profundo pesar.”»

El objeto principal de este tratado era asegurar al emperador de Rusia el protectorado sobre todos los súbditos griegos ortodoxos de la Puerta. En virtud del tratado de Kuchuk-Kainarji, concluido a fines del siglo XVIII,10 se permitió levantar una capilla griega en Constantinopla, y se concedió a la embajada rusa el privilegio de intervenir en los casos de conflicto entre los sacerdotes de esa capilla y los turcos. Este privilegio se confirmó de nuevo en el tratado de Adrianópolis.11 Lo que el príncipe Ménshikov pide ahora es la conversión de ese privilegio excepcional en un protectorado general sobre toda la Iglesia griega ortodoxa de Turquía, es decir, sobre la gran mayoría de la población de la Turquía europea. Además, Ménshikov pide que los patriarcas de Constantinopla, Antioquía, Alejandría y Jerusalén, así como los metropolitanos, sean inamovibles, salvo que se los declare culpables de alta traición (contra los rusos), y aun entonces solo puedan ser destituidos con el consentimiento del zar. En otras palabras, pide que el sultán renuncie a su soberanía en favor de Rusia.

Las noticias que trajo el telégrafo el sábado decían: primero, que el príncipe Ménshikov había concedido un nuevo plazo, hasta el 14 de mayo, para la respuesta a su ultimátum; después, que se había producido un cambio en el ministerio turco, en el que Reshid Bajá, adversario de Rusia, había sido nombrado ministro de Asuntos Exteriores y Fuad Efendi repuesto en su cargo; y, por último, que el ultimátum ruso había sido rechazado.

Aunque Rusia hubiera obtenido una serie de victorias decisivas, no habría podido plantear a Turquía exigencias más amplias. Esa es la mejor prueba de la tenacidad con que Rusia se aferra a su inveterada idea de que todo interregno de la contrarrevolución en Europa le da derecho a obtener concesiones del Imperio otomano. Y, en efecto, desde la primera revolución francesa, todo retroceso en el continente ha sido sinónimo de un avance ruso en Oriente. Pero Rusia se equivoca si confunde el estado actual de Europa con su situación después de los congresos de Laibach y Verona,12 o incluso después de la paz de Tilsit. La propia Rusia teme la revolución que tiene que seguir a toda guerra europea general mucho más de lo que el sultán teme la agresión del zar. Si las demás potencias se mantienen firmes, Rusia se retirará sin duda del modo más decoroso. Pero, sea como fuere, sus últimas maniobras han dado en todo caso un poderoso impulso a los elementos que están desorganizando Turquía desde dentro. La única cuestión es esta: ¿actúa Rusia por su propio y libre impulso, o es solo la esclava inconsciente y renuente del fatum moderno, la revolución? Yo me inclino por lo segundo.

Karl Marx

  1. Nikolai Frederik Severin Grundtvig (1783-1872), teólogo, poeta y político danés. ↩

  2. El Protocolo de Londres del 8 de mayo de 1852, firmado por las grandes potencias, Suecia y Dinamarca, que establecía la integridad de la monarquía danesa (con los ducados de Schleswig y Holstein) y designaba heredero al príncipe Cristián de Glücksburg; Rusia se reservaba en él sus derechos eventuales como rama de la casa de Holstein-Gottorp. ↩

  3. «Capricho», «buen placer». ↩

  4. La Junta de Control (Board of Control), creada en 1784, era el órgano del gobierno británico que vigilaba la administración de la Compañía de las Indias Orientales; la Junta de Directores (Court of Directors) era el órgano de gobierno de la propia Compañía. ↩

  5. Juego de palabras con el apellido de Wood, «madera»: en el original inglés, timber, «madero». ↩

  6. Bengala, Madrás y Bombay, las tres grandes divisiones administrativas de la India británica. ↩

  7. Legislador mítico de la India, al que se atribuye el código de leyes de Manu. ↩

  8. La disputa entre la Iglesia católica, protegida por Francia, y la Iglesia ortodoxa, protegida por Rusia, sobre la custodia de los Santos Lugares de Palestina, que fue el pretexto inmediato de la guerra de Crimea. ↩

  9. Alexandr Serguéievich Ménshikov (1787-1869), almirante y diplomático ruso, enviado extraordinario en Constantinopla en 1853. ↩

  10. Tratado de paz entre Rusia y Turquía de 1774. ↩

  11. Tratado de paz entre Rusia y Turquía de 1829. ↩

  12. Congresos de la Santa Alianza de 1821 (Laibach, hoy Liubliana) y 1822 (Verona), que decidieron la intervención contra las revoluciones de Nápoles y de España. ↩