Dos crónicas escritas en inglés por Karl Marx en Londres el 20 y el 23 de septiembre de 1853 y publicadas en el New-York Daily Tribune, núm. 3889, del 4 de octubre, y núm. 3892, del 7 de octubre de 1853. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre (The Eastern Question, Londres, 1897, solo trae, abreviada, la parte sobre la cuestión de Oriente): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 321-340), sin su aparato editorial, cotejada en lo posible con ese texto inglés, por la Escuela de marxismo, 2026. Los títulos son de los editores de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Las potencias occidentales y Turquía — La crisis económica que se avecina — La construcción de ferrocarriles en la India
New-York Daily Tribune, núm. 3889, 4 de octubre de 1853
Londres, martes 20 de septiembre de 1853
En mi artículo del 19 de julio decía:
«Las potencias occidentales siempre animan al principio al sultán a resistir al zar, cuyas usurpaciones temen, para obligarle al final a ceder, por miedo a una guerra general que podría desembocar en una revolución general.»
Ahora, en este momento, la fuerza de las escuadras unidas está destinada a emplearse a favor de Rusia y contra Turquía. Si la escuadra anglo-francesa entra en los Dardanelos, no será para bombardear Sebastopol, sino para meter en cintura a los musulmanes que pudieran impedir al sultán aceptar sin condiciones la nota de Viena.
«El 13 de septiembre», dice D. Urquhart, «los cuatro ministros de Asuntos Exteriores se reunieron con todo sigilo en Downing Street y decidieron enviar a Constantinopla una instrucción que obliga a la Puerta a retirar las modificaciones acordadas en la conferencia europea. Y no contentos con eso, para el caso de que el sultán no pudiera resistir a la exasperación de su pueblo, han dado orden a la escuadra de avanzar hasta las aguas del Bósforo para socorrerle contra sus súbditos. Y no contentos aún con eso, han dado también a Omer Bajá órdenes que le prohíben trasladarse de una provincia a otra en el territorio de su soberano. Así pues, han contado con la rebelión como consecuencia de su despacho y han preparado los medios para aplastarla. Esos medios son la escuadra aliada.»
Fue la edición dominical del Journal des Débats la que dio a conocer estas noticias al público inglés. El Journal des Débats informa de que el señor Reeve,1 que había salido de Londres el 13 del corriente con despachos para lord Stratford de Redcliffe, llegó el 14 por la mañana a París, de donde partió por la tarde después de comunicar al gobierno francés el tenor de sus instrucciones; según estas instrucciones, el embajador inglés ha de exigir que la Puerta acepte sin reservas las propuestas de Viena y retire sus modificaciones del 19 de agosto. Ha de amenazar a la Puerta con retirarle el apoyo de las cuatro potencias si de su negativa a ceder resultara una guerra, y ofrecerle el apoyo de las escuadras francesa e inglesa para sofocar los levantamientos que pudieran estallar en Constantinopla como respuesta a la aceptación de la nota de Viena por la Puerta, y para actuar contra Omer Bajá si se atreviera a contravenir las órdenes de la Puerta. Antes de que llegara el Journal des Débats se nos había informado de que la Conferencia de Viena, tras recibir la negativa imperial, había propuesto al sultán que se retractara, que firmara la nota que se había negado a firmar y que se diera por satisfecho con la seguridad de que la conferencia interpretaría siempre la nota de una manera aceptable también para el sultán. The Times evita hablar de las comprometedoras revelaciones del Journal des Débats. Lo mismo hacen el Morning Chronicle, el Morning Post y toda la prensa gubernamental de Londres. Al mismo tiempo el Morning Post denuncia el fanatismo de la plebe de Constantinopla. El Morning Chronicle excita a sus obtusos lectores con descripciones novelescas de las hordas asiáticas salvajes e indisciplinadas que inundan la Turquía europea y engrosan el ejército de Omer Bajá; el buen Globe publica día tras día extractos cuidadosamente escogidos de la prensa de la escuela de Manchester, que especula con la paz, y así, a su debido tiempo, las clases respetables de Inglaterra estarán preparadas para «aniquilar el paganismo» y gritar con el príncipe Gorchakov:2 «¡Viva el zar! ¡Viva el Dios de los rusos!»
En su número de hoy The Times descubre que «la cuestión turca se ha convertido en una mera disputa de palabras». La conclusión que hay que sacar de estas palabras es que al sultán, que quiere poner en peligro la paz del mundo por meras palabras, tienen que hacerle entrar en razón por la fuerza los más sensatos Palmerston y Aberdeen. The Times nos cuenta que el zar planteó al sultán exigencias injustificadas que este rechazó; que entonces el zar se apoderó de los Principados del Danubio, Inglaterra y Francia enviaron sus escuadras a la bahía de Besika y los representantes de estas potencias se reunieron en Viena con representantes de Austria y de Prusia.
¿Por qué se reunieron con ellos en Viena? En interés de Turquía, dice The Times.
«No solo no podía haber ningún deseo de coaccionar al gobierno otomano, sino que tampoco había ninguna ocasión para semejante proceder.»
Si ahora existe por parte de las cuatro potencias el deseo de coaccionar al gobierno otomano, es sencillamente porque «ahora» se da una ocasión para «semejante proceder». ¿Sería, pues, erróneo suponer que el único y principal objetivo de la Conferencia de Viena y de la intervención de Palmerston y Aberdeen fue provocar semejante ocasión, que solo representaron una comedia de resistencia a Rusia para tener un pretexto con que obligar a Turquía a someterse a Rusia?
«Las exigencias de Rusia», prosigue The Times, «las consideraron las demás grandes potencias injustificadas, incompatibles con los derechos soberanos del sultán»,
y por eso las grandes potencias redactaron una nota que el sultán había de presentar al zar y en la que se sancionaban todos los deseos del zar y algo más todavía.
«Los términos de ese documento», dice The Times, «podían dar lugar a malentendidos, pero dos puntos estaban claros sin discusión posible: primero, que las cuatro potencias se proponían salvaguardar los derechos territoriales y administrativos de la Puerta, y segundo, que en caso de disputa habrían estado obligadas por esas intenciones.»
¿Por qué no habría de firmar el sultán una nota que perjudica sus derechos soberanos y entrega el protectorado sobre 12 millones de sus súbditos al control del autócrata ruso, si se siente respaldado por las buenas «intenciones» de las cuatro potencias y por su obligación de atenerse a esas ocultas buenas «intenciones» en caso de disputa? El sultán ya había podido convencerse de que las cuatro potencias no se sienten obligadas ni por el derecho de gentes ni por tratados claros a defenderle a él, al sultán, en caso de disputa con Rusia; ¿por qué no habría de fiarse entonces de su valor si surgiera una disputa a raíz de una nota que concede a Rusia pretensiones abiertas y a Turquía «intenciones ocultas»?
«Supongamos», dice The Times, «el caso extremo de que, tras la aceptación pure et simple de la nota de Viena original, el zar se hubiera servido de las posibilidades que en realidad debía ofrecerle.»
¿Qué pasaría entonces?
«El sultán habría protestado, y ese caso se habría producido por la aplicación del arreglo de 1853.»
¡Como si semejante caso no se hubiera producido ya por la aplicación de los arreglos de 1840 y 1841, por el tratado de Balta Liman y por la violación del derecho de gentes que el propio lord Clarendon había llamado «un acto de piratería»!
«La ambigüedad», dice The Times, «no había hecho más que extraviar al emperador ruso.»
Igual que le había «extraviado» el tratado de 1841, que mantenía a las escuadras unidas lejos de los Dardanelos mientras él invadía los Principados.
El sultán, sin embargo, es testarudo. Se ha negado a dar su conformidad a una nota que no podía expresar sus buenas intenciones hacia Turquía sino entregando el país a Rusia. Propuso ciertas modificaciones a esa nota y, según dice The Times,
«las cuatro potencias mostraron, al aprobar las modificaciones turcas, que las creían conformes con sus propias propuestas».
Pero como el emperador ruso es de la opinión contraria y como The Times tiene por indudablemente justo que la «conducta del zar en esta disputa no merece consideración alguna», The Times llega a la conclusión de que, si Rusia no quiere ceder a las condiciones razonables de Turquía, Turquía tiene que ceder a las condiciones irrazonables de Rusia, y de que
«un Estado tan impotente que, ante cada peligro de agresión exterior o de levantamiento interior, necesita la protección de Europa, tiene que sufrir al menos el castigo de su debilidad, recibiendo la ayuda indispensable para su existencia en las condiciones menos gravosas para quienes le ayudan».
Las cuatro potencias tienen que unirse naturalmente a Rusia contra Turquía, porque se supone que Turquía necesita su ayuda para poder resistir a Rusia. Turquía tiene que «sufrir el castigo de su debilidad», una debilidad que consistió en buscar refugio en las cuatro grandes potencias, a las que está obligada por tratados a apelar.
«No hay alternativa. O se aplica todo el rigor de las leyes de Inglaterra a las cuatro personas traidoras (Aberdeen, Clarendon, Palmerston y Russell), o el zar ruso domina el mundo.»
Declamaciones como estas, que hace D. Urquhart en el Morning Advertiser, no sirven para nada. ¿Quién ha de juzgar a los cuatro traidores? El Parlamento. ¿Quién forma ese Parlamento? Los representantes de los banqueros, de los fabricantes y de los aristócratas. ¿Y qué política exterior representan esos representantes? La de la paix partout et toujours.3 ¿Y quién lleva a cabo sus programas de política exterior? Precisamente esos mismos cuatro hombres a los que, según la opinión del obtuso Morning Advertiser, deberían condenar como traidores. Una cosa al menos tendría que haber quedado clara: que son los especuladores de bolsa y los burgueses que especulan con la paz, representados en el gobierno por la oligarquía, quienes entregan Europa a Rusia, y que para resistir a las usurpaciones del zar tenemos ante todo que derribar el ignominioso imperio de esos viles, rastreros y abyectos adoradores del veau d'or.4
Inmediatamente después de llegar a Constantinopla la nota de Viena, la Puerta Otomana llamó a las armas a 80.000 hombres de los redif.5 Según un despacho telegráfico de Constantinopla del 5 de septiembre, el gobierno turco, tras una conferencia en casa del gran visir, había decidido mantener su última nota aun a riesgo de la guerra. El entusiasmo de la población musulmana llegó a su colmo. Después de pasar revista a las tropas egipcias y de ser recibido con aplausos ensordecedores, el sultán fue bajado del caballo por la multitud y llevado en triunfo por las calles de Estambul. Ha reiterado con insistencia a los hospodares de Moldavia y Valaquia su orden de abandonar los Principados. Como se había probado que súbditos rusos residentes en Constantinopla intrigaban contra el gobierno turco, Reshid Bajá hizo una advertencia al cónsul ruso a propósito de ellos. Un periódico de Constantinopla informa de que la comunidad judía de Constantinopla ha ofrecido al sultán un millón de piastras para contribuir a cubrir los gastos ocasionados por los preparativos militares del imperio. Se dice que también los judíos de Esmirna han tomado una resolución semejante. Por una carta de la Presse de Viena sabemos que en Galați6 se ha detenido a varios boyardos por haber mantenido una correspondencia secreta con Omer Bajá y haberle informado con todo detalle sobre el estado del ejército ruso en los Principados. Se ha encontrado un escrito de Omer Bajá en el que invitaba a esos boyardos a alistar para el servicio militar al mayor número posible de extranjeros.
El príncipe Ménshikov, acompañado de un secretario, llegó a Viena el 13 de septiembre. Es portador de un nuevo manifiesto del emperador Nicolás a las potencias europeas que explica sus motivos para rechazar las modificaciones turcas. El propio emperador llegará el 21 de septiembre a Olmütz,7 acompañado por el conde Nesselrode y el barón de Meyendorff. El rey de Prusia, al que invitó por medio del barón Lieven a la conferencia de Olmütz, se ha negado a acudir alegando que semejante paso por su parte causaría demasiado revuelo en las circunstancias actuales. En estos momentos hay un cuerpo de ejército ruso de 30.000 hombres estacionado en Craiova, en la frontera búlgara. Hasta ahora no había en el Imperio ruso más que ocho intendencias de ejército. Se acaba de formar en Bucarest una novena intendencia regular, señal segura de que los rusos no piensan evacuar los Principados.
El 15 de septiembre el Banco de Inglaterra elevó su tipo de interés al 4 1/2%. El artículo financiero de The Times de hoy nos cuenta que «esta medida ha sido acogida con satisfacción general». En el mismo artículo, sin embargo, se hace constar que
«hacia las 2 de la tarde los negocios en la Bolsa se habían paralizado prácticamente por completo, y cuando poco después se anunció que el tipo de interés había subido al 4 1/2%, las cotizaciones bajaron al 95% al contado y al 95 1/2-95 1/4% a plazo hasta el 13 de octubre. Predomina en general la opinión de que una subida al 5%, en lugar del 4 1/2%, habría tenido quizá un efecto menos desfavorable en el mercado, porque el público habría supuesto entonces que no había que esperar nuevas medidas... El mercado de acciones ferroviarias mostró una seria baja después de terminada la reunión semanal de los directores del banco, y todas las demás acciones tuvieron una tendencia sumamente insegura».
El autor de este artículo de The Times felicita a los directores del banco por haber seguido la política de la ley de Peel.
«A medida que la circulación disminuía por la salida del oro, los directores han exigido un precio más alto por el uso del que quedaba y han dado a la Bank Charter Act de sir Robert Peel ese libre curso que es lo único que puede demostrar su fuerza y que impidió en 1847 la necia actuación de los directores.»
Ahora bien, he mostrado en un artículo anterior que la necia actuación de los directores en 1847 consistió precisamente en su exacto cumplimiento de la ley de Peel, cuyo «libre curso» tuvo que interrumpir el gobierno para salvar al departamento bancario de la necesidad de suspender pagos. Leemos en el Globe:
«Es sumamente improbable que las causas que han producido nuestra prosperidad actual sigan surtiendo efecto en la misma medida. En Manchester se han presentado ya consecuencias malsanas; algunas de las casas más grandes se han visto obligadas a reducir su producción... Todos los departamentos de la Bolsa continuaron su actividad bajo una fuerte depresión. En cuanto a las acciones ferroviarias, reina un completo estado de pánico... La salida de oro hacia el continente continúa, y casi medio millón sale en uno o dos días en el vapor para San Petersburgo... Probablemente una de las causas que le inducen» (al banco) «a economizar sus reservas metálicas es el deseo de ayudar al ministro de Hacienda con los 7 u 8 millones que necesitará para indemnizar a los tenedores de acciones del Mar del Sur y a otros que no están conformes con la conversión.»
El Morning Post del 13 de septiembre informa desde Manchester:
«El mercado de tejidos e hilados está flojo, y los precios de toda clase de manufacturas apenas se sostienen. La falta de demanda en casi todos los mercados exteriores y la estrechez de dinero que se espera en el país han contribuido principalmente a esta situación, sumamente anómala en comparación con los habituales informes de prosperidad.»
El mismo periódico, del 15 de septiembre, termina un artículo de fondo sobre los elementos de la crisis que se avecina, que se van acumulando, con las palabras siguientes:
«Llamamos la atención del mundo comercial sobre el hecho de que nos hallamos en una fase en que son absolutamente necesarios el cuidado y una constante vigilancia en la concepción y la dirección de las empresas. Además, nuestra situación financiera está, a nuestro juicio, llena de peligros todavía más serios y más difíciles de evitar que los de nuestra situación comercial.»
De las declaraciones coincidentes del Globe y del Morning Post se desprende que, mientras por un lado disminuye la demanda, por otro se ha exagerado la oferta. Los fabricantes intentarán disimular su retirada recurriendo a la disputa que tienen con sus obreros. El cronista comercial del Morning Chronicle de ayer escribe desde Manchester:
«Los fabricantes se muestran muy indiferentes a contraer compromisos, convencidos de que tendrá que producirse una paralización extensa, si no completa, de las fábricas antes de que pueda llegarse a cualquier arreglo en la cuestión de los salarios. Sobre este asunto los fabricantes han celebrado en los últimos días conferencias en diversas partes de los distritos; y es evidente que las exigencias excesivas de los obreros de las fábricas y sus desaforados intentos de imponer su ley obligan a los patronos a unirse en general para su propia defensa.»
Leemos en el artículo financiero de The Times:
«Los patronos forman asociaciones de autodefensa en todos los distritos. En los últimos días cerca de cien casas de Ashton, Stalybridge, Hyde y Glossop se han inscrito nominalmente en una asociación. En Preston los fabricantes se han comprometido, bajo fuertes multas, a cerrar sus fábricas durante tres meses para resistir así a los obreros.»
Un despacho telegráfico de Marsella informa de que el trigo ha vuelto a subir 2 francos 25 céntimos por hectolitro. El aumento del interés de los bonos del Tesoro, anunciado en el Moniteur, ha producido en la Bolsa una impresión sumamente desfavorable, porque esta medida se considera en general señal de que el gobierno anda escaso de dinero. Se ha hablado de un empréstito que el gobierno se ve obligado a emitir. El ministro de Hacienda8 ha enviado una circular a gran número de propietarios de tierras en la que les ruega que paguen por adelantado los impuestos de seis meses, en señal de gratitud por los grandes beneficios que les ha hecho el gobierno actual y por haber dado a la propiedad de la tierra un valor adicional. «Esto», observa el Observer, «es el principio del fin.»
Como en un artículo anterior me ocupé de la importancia vital de los ferrocarriles para la India,9 considero oportuno transmitir ahora las últimas noticias publicadas sobre el desarrollo y las perspectivas de la red ferroviaria proyectada. La primera línea ferroviaria india va de Bombay a Thana. Otra línea, de Calcuta a Rajmahal, sobre el Ganges, va a construirse ahora a lo largo de 180 millas y se prolongará después por la orilla derecha del río hasta Patna, Benarés y Allahabad. Desde Allahabad se llevará por el Doab hasta Agra y de allí hasta Delhi, cubriendo así una distancia de 1.100 millas. Se proyecta establecer transbordadores de vapor sobre los ríos Son y Jumna10 y llevar finalmente la línea de Calcuta de Delhi a Lahore. En Madrás va a empezarse enseguida la construcción de una línea ferroviaria que a 70 millas al oeste se dividirá en dos ramales: uno seguirá los Ghats y terminará en Calicut, y el otro irá por Bellary y Poona hasta Bombay. Esta red de líneas ferroviarias la completarán las compañías del ferrocarril de Bombay-Baroda y de la India Central. Los estudios preliminares se están haciendo ya con autorización de la Junta de Directores. Esta línea irá de Bombay por Baroda hasta Agra, donde enlazará con la gran línea principal Calcuta-Delhi, uniendo así Bombay —capital de la India occidental y el mejor puerto de comunicación de todo el Indostán con Europa— por un lado con Calcuta y por otro con el Punjab y las provincias del noroeste. Los promotores de este plan se proponen también llevar ramales a los grandes distritos algodoneros del interior del país. Entretanto se preparan medidas para extender el telégrafo eléctrico por toda la India.
Karl Marx
Las potencias occidentales y Turquía — Síntomas de una crisis económica
New-York Daily Tribune, núm. 3892, 7 de octubre de 1853
Londres, viernes 23 de septiembre de 1853
El Globe, en su número del 20 de septiembre, niega la autenticidad de la información del Journal des Débats sobre la misión del señor Reeve, y The Times del miércoles reproduce el artículo del Globe bajo el título de «Gobemoucherie»,11 con lo que acusa a la prensa francesa de hacer negocio con bulos. Pero ¿no ha confirmado plenamente la información del Journal des Débats el artículo de fondo de The Times que examiné en mi último artículo? ¿Ha aparecido algún desmentido en el Moniteur de París? ¿No ha vuelto a decir la Assemblée nationale, el mismo día en que el Globe acusaba de mentir a los Débats, que
«lord Redcliffe debía informar al sultán de que la escuadra inglesa entraría en los Dardanelos y la francesa no tardaría en seguirla si se negaba a retirar sus modificaciones»?
¿No declaró expresamente The Times, el mismo día en que reproducía el desmentido del Globe, que
«Inglaterra y Francia no tenían derecho a interponerse entre Rusia y Turquía si no era en las condiciones propuestas por las cuatro potencias aliadas y aceptadas por Rusia, tanto si esas condiciones convenían al altivo espíritu de Turquía como si no»?
¿No decía el Morning Post, antes aún de que llegara a Londres el Journal des Débats, que,
«al recibirse la respuesta del emperador de Rusia a la propuesta sobre las modificaciones de la nota de Viena, la conferencia de los representantes de las grandes potencias se había reunido inmediatamente y el 4 del corriente había enviado a Constantinopla un correo con ciertas comunicaciones de la conferencia al Diván, de las que se esperaba que movieran a la Puerta a aceptar la nota de Viena»?
Por último, leemos en un periódico de esta mañana que
«el señor Reeve va a Constantinopla, que es portador de mensajes de lord Clarendon para lord Stratford de Redcliffe y que existen las más estrechas relaciones entre él y el Foreign Office, ya que ha sido el enlace entre Downing Street y Printing House Square».12
El hecho es que la cuestión de Oriente, desde las últimas revelaciones de la prensa francesa, ha tomado de nuevo un aspecto completamente nuevo, y que las ignominiosas resoluciones del ministerio inglés probablemente se verán frustradas por acontecimientos contrarios a todos sus cálculos y expectativas.
Austria se ha desligado de la acción común con sus supuestos aliados. La Conferencia de Viena se ha interrumpido, al menos por el momento. Rusia ha dejado caer la máscara, que en adelante le parece inútil, y el ministerio inglés se ha visto desalojado de sus últimas trincheras.
«Lord Aberdeen recomendó», como observa con razón el Liverpool Courier, «que el sultán recurriera a un fraude transparente y vil; que los participantes en la Conferencia de Viena hicieran reserva mental respecto de la nota y que el sultán la interpretara en sentido figurado; es decir, puesto que los términos de la nota son claros y precisos y el emperador de Rusia se ha negado en redondo a aceptar las modificaciones del sultán, las potencias debían disponerse a obrar en adelante como si esas modificaciones hubieran sido aceptadas.»
El señor Drouyn de Lhuys propuso a la Conferencia de Viena una nota explicativa, redactada en el mismo tono hipócrita, que había de transmitirse a la Puerta; pero el conde Buol rechazó la propuesta y declaró que era «demasiado amistosa con la Puerta, que había pasado el momento de la acción común y que cada potencia era libre de obrar como le pareciera». Así pues, el ministerio inglés ya no tiene la posibilidad de esconderse tras las resoluciones comunes del areópago europeo, esa sociedad anónima que desaparece a una palabra del ministro austriaco igual que surgió por arte de su magia. Al principio —mientras las tropas rusas no habían cruzado el Prut— Austria no quería ninguna conferencia. Ahora que los rusos han avanzado hasta el Danubio, Austria tampoco quiere ya la conferencia, al menos no en las condiciones originales. Por otra parte, el conde Nesselrode ha publicado dos notas circulares que ya no permiten que la nota de Viena original se apoye en ocultas «buenas intenciones» ni que se interprete en otro sentido que el literal.
Las modificaciones propuestas por la Puerta han convertido toda la cuestión en «una mera disputa de palabras», trompeteaba toda la prensa ministerial.
De ningún modo, dice Nesselrode. El zar interpreta el texto original igual que el sultán. La nota original no es ni pretendió ser nunca otra cosa que una segunda edición de la nota de Ménshikov, y nos atenemos al texto, a todo el texto y a nada más que el texto. El ministerial Globe está, naturalmente, asombrado al descubrir que tanto el zar como el sultán consideran la nota original como algo «que implica el reconocimiento de aquellas exigencias que Rusia planteó, que Turquía rechazó y que las cuatro potencias no (?) se proponían apoyar», y que «Rusia insiste en el reconocimiento absoluto de las exigencias que planteó en un principio». ¿Y por qué no habría de hacerlo? Si tuvo la audacia de plantear esas pretensiones hace cuatro meses, ¿por qué habría de renunciar a ellas ahora, después de haber ganado la primera campaña?
El mismo Globe que hace unos días afirmaba que las propuestas turcas de modificación eran sutilezas escolásticas, distingos superfluos, se ve ahora obligado a admitir que «la interpretación rusa demuestra que eran necesarias».
El primer despacho de Nesselrode no se ha publicado todavía, pero el Morning Post nos asegura que en él se dice que «la nota de Viena no es ni más ni menos que el equivalente de la nota del príncipe Ménshikov», y el Evening Globe añade que, en consecuencia,
«el emperador entiende que la nota de Viena le asegura el reconocimiento de sus exigencias frente a Turquía y la influencia sobre el gobierno turco que la Puerta, apoyada por las cuatro potencias, le había negado y que las negociaciones tenían por objeto impedir, y que el emperador nunca ha dejado de reservarse el derecho a tratar directamente con Turquía sola y a dejar de lado a los mediadores que finge reconocer».
Nunca, ni siquiera en apariencia, ha reconocido el emperador ruso a esos mediadores. Permitió a tres de ellos marchar a la zaga de Austria, mientras dejaba que la propia Austria acudiera a él como humilde suplicante.
En cuanto al segundo despacho de San Petersburgo, del 7 de septiembre, que publicó la Zeit de Berlín el 18 de septiembre y que iba dirigido al barón de Meyendorff en Viena, Nesselrode tenía toda la razón cuando decía en él que el embajador austriaco le había presentado la nota original como un «ultimátum», al que Rusia se comprometió a dar su conformidad con la condición expresa de que la Puerta lo aceptara sin el menor cambio. ¿«Nadie se negará a rendir este testimonio a la lealtad del emperador»? Ciertamente ha cometido un pequeño «acto de piratería» con los Principados del Danubio: los ha sometido, ocupado, gravado con impuestos, gobernado, saqueado, se los ha apropiado, se los ha tragado, pese a las declaraciones de Gorchakov. Pero ¡qué más da! ¿No dio, por otra parte,
«al recibir el primer proyecto de nota, su conformidad por telégrafo, antes de que supiéramos siquiera si sería aprobado en Londres y en París»?
¿Podía esperarse de él más que confirmar por telégrafo que una nota dictada por un ministro ruso en Viena no sería rechazada por un ministro ruso en San Petersburgo? ¿Podía hacer más por París y Londres que no esperar siquiera su aprobación? Pues hizo más. El proyecto cuya aceptación se dignó confirmar por telégrafo fue «modificado» en París y en Londres, y «¿retiró por ello su conformidad o puso la menor dificultad?». La nota, según su propia declaración, no es ciertamente en su «forma definitiva ni más ni menos que un equivalente de la nota del príncipe Ménshikov», pero una nota equivalente es en todo caso «distinta» de la original; ¿y no había «estipulado él la aceptación de la nota de Ménshikov sin ningún cambio»? ¿No habría podido «negarse a discutir la nueva nota solo por esa razón»? Tampoco lo hizo. «¿Podía mostrarse un espíritu más conciliador?» El ultimátum de la Conferencia de Viena no le concierne; es asunto de ella. «Es cosa suya considerar los retrasos que de ello resultarán», del hecho de que el sultán no ceda. A él, por su parte, no le importa quedarse unos meses más en los Principados del Danubio, donde sus tropas son vestidas y alimentadas gratis.
Odesa no sufre ningún daño porque esté cerrada la desembocadura del Danubio; y si la ocupación de los Principados contribuye a hacer subir el precio del trigo en Mark Lane, tanto más deprisa volverán los profanos imperiales13 a la santa Rusia. Austria y las potencias tienen, pues, que
«declarar franca y firmemente a la Puerta que en adelante le dejan a ella sola la tarea, después de haberle abierto en vano el único camino que podía conducir al restablecimiento inmediato de sus relaciones con nosotros».
Austria y las potencias han hecho bastante por el sultán allanando al zar el camino del Danubio y cerrando a la escuadra unida el camino del mar Negro. El «augusto señor» de Nesselrode estigmatiza ahora «las inspiraciones belicosas que parecen dominar a esta hora al sultán y a la mayoría de sus ministros». Él, por su parte, preferiría sin duda que el sultán lo tomara con calma y opusiera a las cañoneras tratados de paz y a los cosacos cumplidos. «Ha agotado la medida de las concesiones sin que la Puerta haya hecho hasta ahora una sola. Su Majestad no puede ir más allá.» Ciertamente que no: más allá no puede ir sin cruzar el Danubio. Nesselrode resume toda su argumentación en un dilema verdaderamente magistral del que no hay escapatoria. O las modificaciones exigidas por la Puerta son insignificantes, o son importantes. Si son insignificantes, ¿por qué habría de insistir en ellas la Puerta? Si son importantes, «entonces es muy sencillo que nos neguemos a aceptarlas».
«La evacuación de los Principados», dice lord Clarendon, «es una condición sine qua non, una condición previa de cualquier arreglo.» Muy al contrario, replica Nesselrode. «El arreglo», es decir, la llegada del enviado turco que traiga la nota austriaca sin modificaciones, «es una condición sine qua non que tiene que preceder a la evacuación de los Principados.»
En una palabra, el magnánimo zar está dispuesto a separarse de la farsa de la Conferencia de Viena, porque ya no la necesita para terminar su primera campaña; pero tanto más firmemente retendrá los Principados del Danubio, porque son la condición indispensable para empezar la segunda.
Si es cierto, como sabemos hoy por un despacho telegráfico, que la conferencia ha reanudado sus trabajos, las potencias volverán a cantarle a Nicolás la canción con que la multitud de París recibió a Alejandro:14
¡Viva Alejandro,
viva el rey de reyes,
que, sin pretender nada,
nos da leyes!
Pero el zar ya no tiene, como antes, el control de los asuntos de Oriente. El sultán se ha visto obligado a conjurar el viejo espíritu fanático, a provocar una nueva invasión de Europa por las tribus guerreras salvajes de Asia, a no dejarse apaciguar con notas diplomáticas y mentiras convencionales, y parece transparentarse —incluso a través de la arrogante nota del moscovita— algo así como miedo a las «inspiraciones belicosas» que dominan Estambul. El manifiesto del sultán a los musulmanes niega a Rusia toda nueva concesión, y se dice que una delegación de los ulemas ha pedido al sultán que abdique o declare inmediatamente la guerra. La desunión en el Diván es muy grande, y la influencia pacífica de Reshid Bajá y de Mustafá Bajá cede ante la del serasquier15 Mehmed Alí.
La ceguera de la llamada prensa radical de Londres es increíble. Después de decir hace unos días que «debe aplicarse todo el rigor de las leyes de Inglaterra a las cuatro personas traidoras (Aberdeen, Clarendon, Palmerston y Russell)», el Morning Advertiser de ayer termina uno de sus artículos de fondo como sigue:
«Lord Aberdeen tiene que ceder, pues, el puesto a un sucesor. ¿Hace falta decir quién ha de ser el sucesor? Solo hay uno a quien el país considere capaz de tomar el timón del Estado en esta situación decisiva. Es lord Palmerston.»
Si el Morning Advertiser no es capaz de leer en los hechos y los acontecimientos, ¡al menos debería ser capaz de leer los artículos del señor Urquhart que se publican día tras día en sus propias columnas!
El martes por la noche se convocó en Sheffield, a petición dirigida al alcalde, una reunión de los vecinos «para examinar el estado actualmente incierto y poco satisfactorio de la cuestión de Oriente y considerar si es oportuno presentar al gobierno un memorial al respecto». Se celebrará una reunión semejante en Stafford, y hay en marcha otros muchos intentos de organizar manifestaciones públicas contra Rusia y contra el ministerio «de todos los talentos». Pero en general la atención del público está absorbida por el tipo de descuento, los precios del grano, las huelgas y la inseguridad comercial, y más aún por el cólera, que hace estragos en Newcastle y al que el departamento de sanidad pública de Londres solo opone declaraciones. Se ha dictado una orden del consejo que pone en vigor durante los próximos seis meses, en todo el reino insular, las medidas previstas en la ley de epidemias; en Londres y en otras grandes ciudades se hacen a toda prisa preparativos para combatir este azote. Si compartiera las opiniones del señor Urquhart, diría que el zar ha enviado el cólera a Inglaterra en «misión secreta» para destruir el último resto del llamado espíritu anglosajón.
En los distritos industriales se ha producido en las últimas cuatro semanas un cambio asombroso. En julio y a comienzos de agosto no se veía más que una prosperidad radiante, apenas ensombrecida por la lejana nube de la «cuestión de Oriente» y quizá algo más por el temor de que la falta de brazos impidiera a nuestros lores del algodón explotar hasta el final la inmensa mina de oro de negocios lucrativos que tenían ante sí. La disputa de Oriente parecía arreglada; la cosecha podía resultar sin duda algo escasa, pero ahí estaba el librecambio para mantener bajos los precios con los suministros nunca fallidos de América, del mar Negro y del Báltico. Día tras día aumentaba la demanda de productos industriales. California y Australia vertían sus tesoros de oro en el regazo de la industria británica. The Times, olvidando a Malthus y todas sus propias rapsodias anteriores sobre la superpoblación, discutía en serio si la falta de brazos y los salarios más altos que de ella resultaban no pondrían fin a este floreciente comercio con el consiguiente aumento de los costes de producción de los productos industriales británicos, a menos que el continente suministrara multitudes de obreros. Los fabricantes opinaban que a las clases trabajadoras les iba demasiado bien, tan bien que sus exigencias no conocían límites y su «insolencia» se hacía de día en día más insoportable. Pero eso mismo era una prueba de la enorme, inaudita prosperidad de que gozaba el país; ¿y qué otra cosa podía ser la causa de esa prosperidad sino el librecambio? Mucho más importante, sin embargo, era la certeza de que aquel comercio extraordinariamente activo era sano de arriba abajo, de que no había existencias acumuladas ni especulación desenfrenada. Así se expresaban al unísono los fabricantes, y obraban en consecuencia: construían fábricas por centenares, encargaban máquinas de vapor de miles de caballos de fuerza, telares mecánicos por millares, husos por cientos de miles. Nunca habían sido la ingeniería y la construcción de maquinaria un negocio más lucrativo que en 1853. Casas a las que la gran huelga de 1851 había desarticulado por completo en su organización interna recobraban ahora su antigua posición e incluso la mejoraban; y podría nombrar más de una casa de construcción de maquinaria de primera fila y renombrada que, sin este negocio sin precedentes, se habría hundido bajo el golpe que le asestaron los mecánicos en la última gran huelga.16
Es un hecho que en estos momentos el radiante sol de la prosperidad queda oculto por nubes sombrías. Sin duda el cambio de situación en la disputa de la cuestión de Oriente ha contribuido mucho a ello; pero eso afecta muy poco al comercio interior y al comercio con América y con las colonias. La subida del tipo de descuento es menos una causa que un síntoma de que «algo huele a podrido en Dinamarca». La escasa cosecha y la subida de los precios de los alimentos son sin duda causas que han frenado y frenarán la demanda de productos industriales en los mercados expuestos a su efecto, y entre ellos ocupa el primer lugar el mercado interior, ese pilar principal de la industria británica. Es cierto que actualmente, en la mayoría de las regiones de Inglaterra y Escocia, la subida de los precios de los alimentos queda compensada casi del todo, o ya del todo, por el aumento de los salarios, de modo que difícilmente puede decirse que el poder adquisitivo del consumidor haya disminuido ya de manera apreciable. Además, el aumento de los salarios ha elevado los costes de producción en las ramas industriales en que predomina el trabajo manual; pero el precio de casi todos los productos industriales había subido hasta agosto, por la gran demanda, bastante más de lo que habría correspondido al aumento de los costes de producción. Todas estas causas han concurrido a frenar la marcha de los negocios; pero, en última instancia, no bastan para explicar la inquietud general de que están llenos los fabricantes y comerciantes de los distritos industriales.
Lo cierto es que el engañoso hechizo del librecambio se desvanece, y los audaces aventureros de la industria empiezan a darse cuenta de que las sacudidas económicas, las crisis comerciales y la reaparición de la sobreproducción no son, después de todo, tan imposibles en un país de librecambio como habían soñado. Y sobreproducción ha habido, hay y tiene que haber, pues existen incluso esos espantajos del Manchester Guardian, las «existencias acumuladas», y además van en aumento. La demanda de mercancías ha disminuido decididamente, mientras que las existencias crecen a diario. Las mayores fábricas de nueva construcción, que emplean al mayor número de obreros, solo ahora empiezan a entrar poco a poco en funcionamiento. La falta de brazos, las huelgas en la construcción, la imposibilidad de entregar las enormes cantidades de máquinas encargadas, todo ello ha causado más de un retraso imprevisto y ha aplazado temporalmente la aparición de aquellos síntomas de exceso de oferta industrial que de otro modo se habrían mostrado ya antes. Así, la mayor fábrica del mundo, la del señor T. Salt, cerca de Bradford,17 no ha podido empezar a trabajar hasta esta semana, y aún pasará algún tiempo antes de que toda su capacidad de producción haga pleno efecto en el mercado. De la misma manera, muchas de las grandes empresas nuevas de Lancashire no podrán empezar a trabajar antes del invierno, mientras que llegará la primavera, o quizá más tarde, antes de que se deje sentir en el mercado todo el efecto de este nuevo y gigantesco aumento de las fuerzas productivas. Según las últimas noticias de Melbourne y Sydney, los mercados de importación se han vuelto mucho más lentos y muchos envíos de mercancías habrá que aplazarlos ahora por tiempo indefinido. De la especulación desenfrenada iremos teniendo noticia poco a poco, cuando se hagan los balances. La especulación se extiende a tal número de mercancías que esta vez sale menos a la luz que antes, aunque se practica en gran escala.
Karl Marx
Henry Reeve (1813-1895), publicista, redactor de artículos de fondo de The Times y secretario del Consejo Privado. ↩
Mijaíl Gorchakov (1793-1861), general en jefe del ejército ruso que ocupó los Principados del Danubio. ↩
«Paz en todas partes y siempre». ↩
«Becerro de oro». ↩
Los reservistas del ejército otomano. ↩
Puerto moldavo del Danubio (en el texto, Galatz). ↩
Hoy Olomouc, en Moravia, donde se entrevistaron Nicolás I y Francisco José a fines de septiembre de 1853. ↩
Jean-Martial Bineau (1805-1855), ministro de Hacienda de Francia. ↩
Véase «Los resultados futuros de la dominación británica en la India». ↩
En la MEW, «Tunona», errata evidente: el Jumna (Yamuna), que el trazado cruza en Allahabad. ↩
De gobe-mouches, «papamoscas»: el que se traga cualquier noticia. ↩
Printing House Square: sede de The Times. ↩
Monedas rusas de oro de diez rublos. ↩
Alejandro I, a su entrada en París en 1814. En el original, en francés: «Vive Alexandre, / Vive le roi des rois, / Sans rien prétendre / Il nous donne des lois». ↩
El ministro de la Guerra y comandante en jefe del ejército otomano. ↩
El conflicto de la Sociedad Unida de Mecánicos (Amalgamated Society of Engineers) con los patronos, que terminó en un cierre patronal de enero a abril de 1852. ↩
Saltaire, la gran fábrica de lana de Titus Salt, inaugurada en septiembre de 1853. ↩