Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 22 de julio de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3840, del 8 de agosto de 1853. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9, Berlín, 1960, pp. 220-226), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Londres, viernes 22 de julio de 1853
Me propongo terminar en esta carta mis observaciones sobre la India.1
¿Cómo llegó a establecerse la supremacía inglesa en la India? El poder supremo del Gran Mogol lo quebrantaron los virreyes del Mogol. El poder de los virreyes lo quebrantaron los marathas. El poder de los marathas lo quebrantaron los afganos, y mientras todos luchaban contra todos, irrumpió el británico y pudo someterlos a todos.2 Un país dividido no solo entre mahometanos e hindúes, sino entre tribu y tribu, entre casta y casta; una sociedad cuya armazón descansaba en una especie de equilibrio resultante de una repulsión general y de un exclusivismo constitutivo entre todos sus miembros. Un país así y una sociedad así, ¿no eran la presa predestinada de la conquista? Aunque no supiéramos nada de la historia pasada del Indostán, ¿no estaría ahí el hecho, grande e incontestable, de que incluso en este momento la India está sometida a la servidumbre inglesa por un ejército indio mantenido a costa de la India? La India, pues, no podía escapar al destino de ser conquistada, y toda su historia pasada, si es algo, es la historia de las sucesivas conquistas que ha sufrido. La sociedad india no tiene historia alguna, o por lo menos ninguna historia conocida. Lo que llamamos su historia no es más que la historia de los sucesivos intrusos que fundaron sus imperios sobre la base pasiva de esa sociedad que no oponía resistencia ni cambiaba. La cuestión, por tanto, no es si los ingleses tenían derecho a conquistar la India, sino si hemos de preferir la India conquistada por el turco, por el persa, por el ruso, a la India conquistada por el británico.
Inglaterra tiene que cumplir en la India una doble misión: una destructora, la otra regeneradora; la aniquilación de la vieja sociedad asiática y la colocación de los cimientos materiales de la sociedad occidental en Asia.
Árabes, turcos, tártaros, mogoles, que habían invadido sucesivamente la India, pronto quedaron hinduizados, pues, por una ley eterna de la historia, los conquistadores bárbaros son a su vez conquistados por la civilización superior de sus súbditos. Los británicos fueron los primeros conquistadores superiores y, por tanto, inaccesibles a la civilización hindú. La destruyeron al deshacer las comunidades nativas, al desarraigar la industria nativa y al nivelar todo lo que había de grande y elevado en la sociedad nativa. Las páginas históricas de su dominación en la India apenas recogen nada más allá de esa destrucción. La obra de regeneración apenas se trasluce a través de un montón de ruinas. Sin embargo, ha empezado.
La unidad política de la India, más consolidada y más extensa de lo que nunca fue bajo los Grandes Mogoles, fue la primera condición de su regeneración. Esa unidad, impuesta por la espada británica, la reforzará y perpetuará ahora el telégrafo eléctrico. El ejército nativo, organizado e instruido por el sargento instructor británico, era la condición sine qua non de la autoemancipación de la India y de que la India dejara de ser presa del primer intruso extranjero. La prensa libre, introducida por primera vez en una sociedad asiática y dirigida principalmente por los descendientes comunes de hindúes y europeos, es un agente de reconstrucción nuevo y poderoso. El zamindari y el ryotwari mismos, por abominables que sean, entrañan dos formas distintas de propiedad privada de la tierra, el gran desideratum de la sociedad asiática.3 De entre los nativos indios, educados en Calcuta a regañadientes y con parquedad bajo vigilancia inglesa, está surgiendo una clase nueva, dotada de las cualidades necesarias para gobernar e imbuida de la ciencia europea. El vapor ha puesto a la India en comunicación regular y rápida con Europa, ha unido sus principales puertos con los de todo el océano del sudeste y la ha rescatado del aislamiento que era la ley primera de su estancamiento. No está lejano el día en que, gracias a una combinación de ferrocarriles y buques de vapor, la distancia entre Inglaterra y la India, medida en tiempo, se acorte a ocho días, y aquel país antaño fabuloso quede así realmente anexionado al mundo occidental.
Las clases dominantes de Gran Bretaña no han tenido hasta ahora más que un interés accidental, pasajero y excepcional en el progreso de la India. La aristocracia quería conquistarla; la moneyocracia, saquearla; y la millocracia, arruinarla vendiendo más barato.4 Pero ahora se han vuelto las tornas. La millocracia ha descubierto que la transformación de la India en un país reproductivo ha adquirido para ella una importancia vital y que, con ese fin, hace falta ante todo dotarla de medios de riego y de comunicación interior. Se propone ahora tender una red de ferrocarriles sobre la India. Y lo hará. Los resultados han de ser incalculables.
Es notorio que las fuerzas productivas de la India están paralizadas por la falta absoluta de medios para transportar e intercambiar sus diversos productos. En ninguna parte como en la India nos encontramos con la miseria social en medio de la abundancia natural, por falta de medios de intercambio. Ante una comisión de la Cámara de los Comunes británica que se reunió en 1848 se probó que
«cuando el grano se vendía a entre 6 y 8 chelines el quarter en Khandesh, se vendía a entre 64 y 70 chelines en Puna, donde la gente moría de hambre en las calles sin posibilidad de obtener provisiones de Khandesh, porque los caminos de tierra eran impracticables».
La introducción de los ferrocarriles puede ponerse fácilmente al servicio de la agricultura construyendo depósitos de agua allí donde se saque tierra para los terraplenes y conduciendo el agua a lo largo de las distintas líneas. Así podría extenderse en gran medida el riego, condición sine qua non de la agricultura en Oriente, y se evitarían las hambrunas locales, frecuentes y repetidas, que nacen de la falta de agua. La importancia general de los ferrocarriles, vista desde este ángulo, ha de resultar evidente si recordamos que las tierras de regadío, incluso en los distritos cercanos a los Ghats, pagan tres veces más impuestos, dan diez o doce veces más empleo y rinden doce o quince veces más beneficio que la misma superficie sin riego.
Los ferrocarriles permitirán reducir el volumen y el coste de los establecimientos militares. El coronel Warren, mayor de plaza del fuerte de San Guillermo,5 declaró ante una comisión especial de la Cámara de los Comunes:
«La posibilidad de recibir noticias de partes lejanas del país en tantas horas como días y hasta semanas se necesitan hoy, y de enviar instrucciones, con tropas y pertrechos, en un plazo más breve, son consideraciones que no se pueden valorar demasiado. Las tropas podrían mantenerse en guarniciones más lejanas y más sanas que ahora, y de este modo se ahorrarían muchas pérdidas de vidas por enfermedad. No se necesitarían pertrechos en la misma medida en los distintos depósitos, y se evitarían también las pérdidas por deterioro y la destrucción propia del clima. El número de tropas podría disminuirse en proporción directa a su eficacia.»
Sabemos que la organización municipal y la base económica de las comunidades aldeanas se han deshecho, pero su peor rasgo, la disolución de la sociedad en átomos estereotipados e inconexos, ha sobrevivido a su vitalidad. El aislamiento de las aldeas produjo la falta de caminos en la India, y la falta de caminos perpetuó el aislamiento de las aldeas. Así, cada comunidad vivía con un nivel dado de comodidades escasas, casi sin trato con otras aldeas, sin los deseos y los esfuerzos indispensables para el progreso social. Ahora que los británicos han roto esta inercia autosuficiente de las aldeas, los ferrocarriles atenderán a la nueva necesidad de comunicación y de trato. Además,
«uno de los efectos del sistema ferroviario será llevar a cada aldea que alcance tal conocimiento de los inventos y aparatos de otros países, y tales medios de obtenerlos, que primero pondrán a plena prueba las capacidades del artesanado aldeano, hereditario y asalariado, de la India, y después suplirán sus defectos». (Chapman, The Cotton and Commerce of India.)6
Sé que la millocracia inglesa se propone dotar a la India de ferrocarriles con la mira exclusiva de extraer a menor coste el algodón y otras materias primas para sus manufacturas. Pero una vez que se ha introducido la maquinaria en la locomoción de un país que posee hierro y carbón, ya no se le puede impedir que la fabrique. No se puede mantener una red de ferrocarriles sobre un país inmenso sin introducir todos los procedimientos industriales necesarios para atender las necesidades inmediatas y corrientes de la locomoción ferroviaria, y de ahí ha de nacer la aplicación de la maquinaria a las ramas de la industria que no están directamente ligadas a los ferrocarriles. El sistema ferroviario será, por tanto, en la India el verdadero precursor de la industria moderna. Esto es tanto más seguro cuanto que las propias autoridades británicas reconocen a los hindúes una aptitud particular para acomodarse a trabajos enteramente nuevos y adquirir los conocimientos de maquinaria necesarios. Pruebas sobradas de este hecho las dan la capacidad y la pericia de los maquinistas nativos de la Casa de la Moneda de Calcuta, donde llevan años empleados en el manejo de la maquinaria de vapor, los nativos destinados a las diversas máquinas de vapor de los distritos carboníferos de Burdwan, y otros ejemplos. El propio señor Campbell, por mucho que le influyan los prejuicios de la Compañía de las Indias Orientales, se ve obligado a reconocer
«que la gran masa del pueblo indio posee una gran energía industrial, está bien dotada para acumular capital y destaca por la claridad matemática de su cabeza y su talento para los números y las ciencias exactas». «Su inteligencia», dice, «es excelente».7
La industria moderna que resulte del sistema ferroviario disolverá las divisiones hereditarias del trabajo sobre las que descansan las castas indias, esos obstáculos decisivos para el progreso y el poder de la India.
Todo lo que la burguesía inglesa se vea obligada a hacer no emancipará ni mejorará sustancialmente la condición social de la masa del pueblo, que depende no solo del desarrollo de las fuerzas productivas, sino de su apropiación por el pueblo. Pero lo que no dejará de hacer es sentar las premisas materiales de lo uno y de lo otro. ¿Ha hecho alguna vez más la burguesía? ¿Ha realizado alguna vez un progreso sin arrastrar a individuos y pueblos por la sangre y el lodo, por la miseria y la degradación?
Los indios no recogerán los frutos de los nuevos elementos de la sociedad que ha sembrado entre ellos la burguesía británica mientras en la misma Gran Bretaña las clases hoy dominantes no hayan sido desplazadas por el proletariado industrial, o mientras los propios hindúes no se hayan hecho lo bastante fuertes para sacudirse del todo el yugo inglés. En cualquier caso, podemos esperar con seguridad ver, en un plazo más o menos lejano, la regeneración de ese país grande e interesante, cuyos amables nativos son, por usar la expresión del príncipe Saltikov, incluso en las clases más bajas, «más finos y más hábiles que los italianos»,8 cuya misma sumisión se compensa con cierta nobleza tranquila, que, pese a su languidez natural, han asombrado a los oficiales británicos por su valentía, cuyo país ha sido la fuente de nuestras lenguas y de nuestras religiones, y que representan en el jat el tipo del antiguo germano y en el brahmán el tipo del antiguo griego.9
No puedo dejar el tema de la India sin algunas observaciones finales.
La profunda hipocresía y la barbarie inherente a la civilización burguesa se nos muestran sin velo cuando apartamos la vista de su patria, donde adopta formas respetables, y la volvemos a las colonias, donde va desnuda. Son los defensores de la propiedad, pero ¿ha provocado alguna vez un partido revolucionario revoluciones agrarias como las de Bengala, Madrás y Bombay? ¿No recurrieron en la India, por tomar una expresión de aquel gran ladrón que fue el propio lord Clive, a la extorsión atroz cuando la simple corrupción no daba abasto a su rapacidad?10 Mientras en Europa peroraban sobre la santidad inviolable de la deuda pública, ¿no confiscaban en la India los dividendos de los rajás que habían invertido sus ahorros privados en los fondos de la propia Compañía? Mientras combatían la Revolución francesa con el pretexto de defender «nuestra santa religión», ¿no prohibían al mismo tiempo la propagación del cristianismo en la India, y no se hicieron cargo, para sacar dinero de los peregrinos que acudían a raudales a los templos de Orissa y de Bengala, del comercio de asesinato y prostitución que se practicaba en el templo de Jagannath?11 Esos son los hombres de «la propiedad, el orden, la familia y la religión».12
Los efectos devastadores de la industria inglesa, contemplados en relación con la India, un país tan vasto como Europa y que contiene 150 millones de acres, son palpables y abrumadores. Pero no debemos olvidar que no son sino los resultados orgánicos de todo el sistema de producción tal como está constituido hoy. Esa producción descansa en el dominio supremo del capital. La centralización del capital es esencial para la existencia del capital como poder independiente. La influencia destructora de esa centralización sobre los mercados del mundo no hace más que revelar, en las dimensiones más gigantescas, las leyes orgánicas inherentes de la economía política que hoy actúan en cada ciudad civilizada. El período burgués de la historia tiene que crear la base material del nuevo mundo: por un lado, el intercambio universal fundado en la dependencia mutua del género humano, y los medios de ese intercambio; por otro, el desarrollo de las fuerzas productivas del hombre y la transformación de la producción material en un dominio científico de las fuerzas de la naturaleza. La industria y el comercio burgueses crean estas condiciones materiales de un nuevo mundo del mismo modo que las revoluciones geológicas han creado la superficie de la tierra. Solo cuando una gran revolución social se haya adueñado de los resultados de la época burguesa, el mercado mundial y las modernas fuerzas de producción, y los haya sometido al control común de los pueblos más avanzados, dejará el progreso humano de parecerse a aquel horrendo ídolo pagano que solo quería beber el néctar en los cráneos de los muertos.
Karl Marx
Marx había dedicado a la India varias crónicas de las semanas anteriores; véase sobre todo «La dominación británica en la India», publicada en el New-York Daily Tribune del 25 de junio de 1853. ↩
El Imperio mogol, fundado en el siglo XVI, se disgregó en el siglo XVIII a medida que sus gobernadores provinciales se hacían independientes; los marathas, una confederación de principados hindúes del Decán, dominaron entonces buena parte de la India, hasta que el afgano Ahmad Shah Durrani los derrotó en Panipat en 1761. ↩
Sistemas de impuesto territorial implantados por la Compañía de las Indias Orientales. El zamindari (Bengala, 1793) hizo de los zamindares, antiguos recaudadores, propietarios de la tierra; el ryotwari (Madrás y Bombay) fijaba el impuesto directamente sobre cada campesino (ryot). Marx los examina en las crónicas de este mismo mes. ↩
Moneyocracy y millocracy: «el poder del dinero» y «el poder de las fábricas» (de mill, fábrica, hilatura), es decir, los financieros y los fabricantes. ↩
Fort William, la fortaleza de Calcuta. ↩
John Chapman, The Cotton and Commerce of India (Londres, 1851). ↩
George Campbell, Modern India (Londres, 1852), una de las fuentes principales de Marx para estos artículos. ↩
En francés en el original: «plus fins et plus adroits que les Italiens». Alexéi Saltikov (1806-1859), diplomático y viajero ruso, autor de unas Lettres sur l’Inde. ↩
Los jats, pueblo campesino del noroeste de la India. ↩
Robert Clive (1725-1774), que ganó Bengala para la Compañía de las Indias Orientales en la batalla de Plassey (1757) y fue su gobernador. ↩
El templo de Jagannath, en Puri (Orissa), centro de grandes peregrinaciones; la Compañía cobraba un impuesto a los peregrinos. ↩
Lema del Partido del Orden en la Francia de 1848-1851. ↩