Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 13 de diciembre de 1853 para el New-York Daily Tribune, que lo publicó en su número 3961, del 27 de diciembre de 1853. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 548-554), sin su aparato editorial, cotejada con el texto inglés, muy abreviado, de The Eastern Question (Londres, 1897), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, martes 13 de diciembre de 1853
«Para gran sorpresa del sultán, pese a la presencia de las flotas francesa e inglesa en el mar Negro, uno de sus barcos ha sido apresado impunemente por un buque ruso. La primavera le traerá todavía más sorpresas».
Así nos lo cuenta la Press del sábado pasado.1 El lunes siguiente trajo las «nuevas sorpresas» que no se esperaban hasta la próxima primavera. La flota rusa ha destruido una escuadra turca en el mar Negro, frente a Sinope: así decía un despacho ruso de Odesa fechado el 5 de diciembre, que luego confirmó el Moniteur francés. Aunque todavía no conocemos los detalles exactos de este incidente, una cosa está clara: el parte ruso exagera mucho el asunto. Toda la historia se reduce a un ataque por sorpresa contra algunas fragatas turcas y un número de transportes que llevaban a bordo tropas, víveres, municiones y armas con destino a Batum; en él se vio que las fuerzas rusas superaban con mucho en número a las turcas, y aun así estas no se rindieron hasta después de una hora de lucha desesperada.
«Nuestra flota», escribe el Englishman, «no está allí, en todo caso, para impedir que los rusos ataquen a Turquía. La flota no está allí para oponerse a los transportes rusos de tropas y armas hacia el Cáucaso. La flota no está allí para vigilar que el mar Negro no se convierta en un lago interior ruso. La flota no está allí para ayudar a nuestro aliado o salvarlo de la ruina. La flota no está allí para impedir un segundo Navarino según el famoso modelo...2 Suponemos que los almirantes rusos pueden maniobrar a tiro de cañón de Constantinopla, y la flota inglesa intervendrá tan poco como el propio lord Aberdeen. ¿Tolerará el pueblo mucho tiempo bromas tan costosas?».
El ministerio de coalición está irritado porque el zar ha vencido a los turcos en el mar y no en tierra firme. Una victoria en tierra le habría sido más grata. Los éxitos rusos en el mar podrían hacer tambalear su posición, y precisamente en un momento en que el conde Buol3 asegura al sultán que el zar tiene intenciones estrictamente defensivas, y en que lord Redcliffe quiere imponer al sultán un armisticio de tres meses. Es un verdadero placer observar cómo los diversos órganos de prensa del ministerio de coalición se reparten la tarea de apaciguar al público excitado.
El Times, como representante de todo el gabinete, expresa su indignación general por la ingratitud del zar y llega incluso a proferir algunas amenazas.
El Morning Post es, naturalmente, todavía más belicoso y da a entender a sus lectores que el «desagradable» incidente de Sinope no se habría producido nunca si lord Palmerston hubiera sido primer ministro o, al menos, ministro de Asuntos Exteriores.
«Por lo menos está claro», dice el Post, «es que unas fuerzas navales rusas enviadas a operar en la costa turca han podido asestar a la Puerta un golpe inesperado y sensible, precisamente en la región donde el Diván tenía toda la razón para esperar ver en acción la ayuda anunciada por los aliados, si de verdad se pretendía algo tangible, más allá de meras demostraciones. Difícilmente podrá afirmarse, en nuestra opinión, que el mar Negro sea un escenario adecuado para una nueva escena de la comedia diplomática que se representó en los Principados del Danubio con el título de "garantías materiales". Los rusos, pues, como puede suponerse, han abandonado la hipocresía de su actitud defensiva. Es sumamente lamentable que nuestra» (léase: de Aberdeen) «inconsistente política haya podido llegar hasta el punto de causar un grave daño a nuestro aliado y de acarrearnos el merecido reproche. Sería para nosotros una vergüenza y un oprobio eternos que se dejara ocurrir por segunda vez semejante desgracia solo porque nuestros buques de guerra no prestaron la ayuda para la que expresamente habían sido enviados».
El filosófico Morning Chronicle, órgano particular de los peelitas, no considera improbable
«que la potencia que perturbó la paz del mundo consintiera quizá ahora en poner fin a la guerra».
Con el pretexto de «no querer oponerse a la libre decisión» de los hospodares Stirbey y Ghika4 de dejar la administración de los Principados del Danubio, Moldavia y Valaquia, el emperador Nicolás ha transferido por un rescripto del 8 de noviembre sus funciones al general von Budberg, que sin embargo está bajo el control del príncipe Gorchakov.
El hecho de que Inglaterra empuje a Turquía a un armisticio en el momento en que este solo sirve para que el zar gane tiempo para concentrar sus tropas y trabajar en la disolución de la falsa alianza entre Francia e Inglaterra; además, las intrigas simultáneas de Nicolás contra Bonaparte, al que quiere derrocar y sustituir por Enrique V, y por último la tan pregonada «fusión» de las dos ramas de los Borbones, que promueven conjuntamente el rey Leopoldo, el príncipe Alberto y los príncipes de Orleans:5 todas estas circunstancias vuelven a dirigir la atención del público hacia el castillo de Windsor y despiertan la sospecha de una conspiración secreta con las cortes de Bruselas, Viena y San Petersburgo.
«La generación inglesa de hoy», dice el aristocrático Morning Herald, «debería procurar que la política de su país no quedara subordinada a los sueños de restauración orleanistas, a los temores belgas de anexión y a los más mezquinos intereses alemanes».
El Lloyd's Weekly Newspaper da a entender: «Hay conspiradores a los que no vigila el Ministerio del Interior, conspiradores cuyos nombres brillan en la crónica de la corte como estrellas en una noche de helada. No viven en St. John's Wood ni en Chelsea. No, disfrutan de mayores comodidades en los salones de Claremont.6 Uno de estos conspiradores, huésped frecuente de nuestra graciosa reina, al que por cortesía se llama duque de Nemours, ha ido desde su hogar inglés directamente a Frohsdorf7 para tender ese puente, es decir, para salvar el abismo que separa a los Borbones de Francia. Sin duda volverá y comerá de nuevo su venado en Buckingham Palace o en el castillo de Windsor».
«Sus ministros», escribe el corresponsal en París del Leader, «hacen lo que Victoria les manda hacer. La reina Victoria desea lo que desea el rey Leopoldo. El rey Leopoldo pide lo que pide el emperador Nicolás, de modo que Nicolás es hoy de facto rey de Inglaterra».
La posición de Bonaparte es en este momento más crítica que nunca, aunque a primera vista sus probabilidades de fortuna nunca parecieron más favorables. Ha logrado colarse en el círculo de las majestades europeas. Lo que Nicolás ha perdido en buena fama lo ha ganado Bonaparte. Por primera vez en su vida se ha vuelto «respetable». Inglaterra, la misma potencia que, junto con Rusia, derribó a su tío de su formidable trono, ha tenido que avenirse a una aparente alianza con él contra Rusia. Las circunstancias casi lo han convertido en árbitro de Europa. La perspectiva de una guerra europea que traería consigo movimientos insurreccionales en Italia, en Hungría y en Polonia, países donde los pueblos, que tienen puesta la vista casi exclusivamente en la recuperación de su independencia nacional, no miran demasiado de qué campo les viene la ayuda: todas estas posibilidades parecen permitir al hombre del 2 de diciembre dirigir la danza de los pueblos si fracasara en el papel de pacificador entre los reyes. Los enormes desaciertos de sus predecesores han dado a su política incluso la apariencia de una fuerza vital nacional, porque él al menos despierta temores en las potencias, mientras que aquellos, desde el gobierno provisional hasta los «burgraves» de la Asamblea Legislativa,8 no habían conseguido más que temblar ante todo y ante todos.
Pero veamos ahora el reverso de la medalla. La fusión de las dos ramas de la dinastía borbónica, sea cual sea su valor real, se ha producido bajo los auspicios de las cortes de Londres y de Viena y por orden del emperador Nicolás. Ha de considerarse, por tanto, el primer acto de una Santa Alianza dirigida contra Bonaparte. Por otra parte, ha reconciliado por el momento a los diversos partidos de la burguesía francesa, cuyas querellas les impidieron precisamente de 1848 a 1851 oponerse a la usurpación del héroe de Estrasburgo y Boulogne.9 Los republicanos azules,10 por su parte, que se reúnen en casa del señor Carnot, han decidido casi por unanimidad ayudar a los legitimistas en cualquier intento de derrocar a Bonaparte. Estos señores parecen firmemente decididos a recorrer de nuevo el ciclo tradicional que va de la Restauración a la Monarquía burguesa y de esta a la República. Para ellos la República nunca significó otra cosa que «ôte-toi de là que je m'y mette»,11 y si no pueden ocupar ellos mismos el sitio de su rival, quieren al menos infligirle lo que les parece el castigo más duro: la pérdida de ese sitio. Los papeles ya están repartidos. Generales, ministros y todos los altos funcionarios ya están nombrados. El peligro que amenaza a Bonaparte por este lado es una revuelta militar que, aunque no lleve a la restauración de los Borbones, puede ser al menos el motivo de un levantamiento general. Pero, a fin de cuentas, esta conspiración a lo Malet,12 que depende del apoyo de los cosacos, no es más peligrosa que la conspiración de Ledru-Rollin, que depende del apoyo de los turcos. Observaré de paso que, si se reuniera toda la emigración francesa de Londres y de Jersey, Ledru apenas se atrevería a presentarse ante ella. La gran mayoría de los emigrados franceses pertenece a diversas fracciones del partido socialista y se ha unido en la Société des proscrits démocrates et socialistes, que se opone abiertamente a las pretensiones de Ledru. Se dice que todavía tiene alguna influencia entre los campesinos franceses, pero el poder hay que conquistarlo en París, no en los departamentos, y en París encontrará una resistencia que no es hombre capaz de vencer.
Los peligros serios que amenazan a Bonaparte vienen de un lado muy distinto: de los altos precios de los víveres, del estancamiento del comercio y del agotamiento extremo y la completa ruina del tesoro imperial. Fueron los campesinos los que, en su fe ciega en el poder mágico del nombre de «Napoleón» y en las promesas doradas del héroe de Estrasburgo, se lo endosaron primero a Francia. Para ellos, la reposición de los Bonaparte equivalía al restablecimiento de su propio predominio, después de que la Restauración abusara groseramente de ellos, de que la Monarquía de Julio los convirtiera en objeto de especulación y de que la República les hiciera pagar los costes de la revolución de febrero.13 Ahora los campesinos han salido de su engaño, no solo porque están a merced de la arbitrariedad de los soldados, sino también por el hambre. Los incendios provocados son en este momento más frecuentes en Francia que nunca. La burguesía fue lo bastante necia para acusar a la Asamblea Nacional de haber causado el estancamiento comercial pasajero de 1851 con las disputas e intrigas de sus diversas fracciones y con su oposición común al poder ejecutivo. La burguesía no solo abandonó a sus propios representantes, sino que provocó deliberadamente el golpe de Estado con la intención de restablecer lo que llamaba un «gobierno fuerte» y, sobre todo, «unos negocios sanos». Ahora ha descubierto que las crisis industriales no se evitan con un despotismo militar ni se mitigan tensando el crédito público hasta el extremo y agotándolo con los gastos más dispendiosos, con lo que la crisis financiera se convierte en el acompañamiento inevitable de la crisis comercial. Por eso la burguesía anhela de nuevo un cambio del poder del gobierno que le dé por fin un «gobierno fuerte» y «unos negocios sanos». En cuanto a los proletarios, aceptaron a Bonaparte desde el principio solo como una necesidad pasajera, como el destructor de la république cosaque14 y como su vengador contra el partido del orden. Debilitados por las sucesivas derrotas anteriores al 2 de diciembre y plenamente ocupados en sus propios asuntos en 1852 y 1853, han tenido tiempo de esperar a que se presentara la ocasión en que causas de carácter general y un descontento muy extendido de todas las demás clases les permitieran reanudar su obra revolucionaria.
El siguiente informe comercial de París arrojará algo de luz sobre la situación social de Francia:
«El estado de los negocios en París durante la semana pasada no es satisfactorio... Salvo los fabricantes que preparan regalos de Año Nuevo para los pequeños comerciantes y los que se dedican a la confección de ropa de señora, el comercio parece haberse paralizado por completo. Una causa importante de ello es el encarecimiento de los víveres en las provincias, que impide a la masa de la población hacer sus compras habituales. La cosecha de trigo, las castañas y la vendimia han fallado a la vez en los departamentos del centro de Francia, y los campesinos, obligados a hacer sacrificios para comprar pan, renuncian a todo lo que no sean artículos de primerísima necesidad. Los informes de las provincias dicen que la mayor parte de los géneros de algodón ofrecidos en venta en las últimas ferias no encontró compradores, lo que explica sin más el estancamiento del comercio que se ha visto en Ruan. Toda la exportación se limita en la actualidad a los Estados de América del Sur. Los mercados de Nueva York y de Nueva Orleans están saturados de productos franceses, y en consecuencia no se esperan pedidos de aquellas regiones. Las casas que fabrican por lo general para Bélgica y Alemania han suspendido casi por completo sus trabajos, porque han cesado todos los pedidos de sus clientes extranjeros. Los negocios tienen que estar flojos en París si el Banco de Francia comprueba actualmente que el importe de las letras comerciales presentadas al descuento ha disminuido considerablemente. El mercado de granos, que llevaba diez días flojo y con precios en baja, se ha animado, y los comerciantes de trigo temen menos por la salida de sus existencias. Los panaderos se han mostrado más inclinados a comprar harina, y varios compradores de los departamentos del este han detenido definitivamente la tendencia a la baja de los precios. Como los agentes de granos de París no estaban en condiciones de ejecutar todos los pedidos recibidos el miércoles pasado, los compradores se dirigieron a El Havre, donde se había comunicado recientemente un descenso de 2 francos por barril. La harina subió inmediatamente después de la llegada de los compradores de 44 a 47 francos por barril, y el trigo de 83 a 86 francos los 200 kilogramos. Una subida parecida se produjo en los mercados de todo el departamento del Norte. El mercado de granos de Estrasburgo ha estado bien abastecido, y el trigo ha bajado 1 franco por hectolitro. En Lyon el mercado estuvo tranquilo, pero sin bajas de precios; el centeno ha vuelto a subir en París. Se vendieron 12.000 quintales métricos de avena a 22 francos 9 sous los 100 kilogramos. Por un informe de Marsella del 2 de diciembre se ve que del 1 al 30 de noviembre llegaron a aquel puerto 341 barcos con 804.270 hectolitros de trigo a bordo. Con ello, la importación de trigo en los últimos cuatro meses ascendió a 2.102.467 hectolitros, llevados a Marsella por 714 barcos».
Karl Marx
The Press, semanario tory, órgano de Disraeli. ↩
En la batalla de Navarino (20 de octubre de 1827), las flotas de Inglaterra, Francia y Rusia destruyeron la flota turco-egipcia. ↩
Karl Ferdinand von Buol-Schauenstein (1797-1865), ministro de Asuntos Exteriores de Austria. ↩
Barbu Știrbei y Grigore Ghica, hospodares de Valaquia y de Moldavia. ↩
Enrique V era el nombre que los legitimistas daban al conde de Chambord, nieto de Carlos X; la «fusión» era la reconciliación de la rama legitimista y la orleanista de los Borbones. Leopoldo I, rey de los belgas, y el príncipe Alberto, marido de la reina Victoria, pertenecían a la casa de Sajonia-Coburgo. ↩
Claremont, residencia cerca de Londres en la que vivió Luis Felipe en el exilio y donde seguía viviendo su familia. ↩
Frohsdorf, castillo cerca de Viena, residencia del conde de Chambord. ↩
Los jefes de los partidos monárquicos en la Asamblea Legislativa francesa de 1849-1851. ↩
Luis Bonaparte intentó dos golpes de mano fracasados contra la Monarquía de Julio, en Estrasburgo (1836) y en Boulogne (1840). ↩
Los republicanos burgueses moderados, en torno a Hippolyte Carnot (1801-1888). ↩
En francés en el original: «quítate de ahí, que me ponga yo». ↩
El general Claude-François de Malet intentó en 1812, durante la campaña de Rusia, derrocar a Napoleón I difundiendo la noticia de su muerte. ↩
El impuesto adicional de 45 céntimos sobre las contribuciones directas, impuesto en 1848 por el gobierno provisional, que recayó sobre todo en los campesinos. ↩
En francés en el original: «república cosaca». ↩