Escrito en inglés por Karl Marx hacia el 20 de abril de 1853 y publicado en The People's Paper, núm. 51, del 23 de abril de 1853. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 62-66), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto en alemán.
Gladstone ha presentado su presupuesto. Como dos gallos en un mismo corral, el ministro de Hacienda actual y el anterior1 se han cantado el uno al otro en la Cámara de los Comunes, con la diferencia de que el gallito whig había tomado prestadas algunas notas del pavo conservador. La semana pasada analizamos la parte del proyecto financiero de Gladstone que se refiere a la deuda pública, y demostramos que no es más que un intento lamentable de escurrirse de la cuestión que está en debate, un simple medio de contentar a usureros, bolsistas y comerciantes y de abaratarles y facilitarles los negocios.2 Hoy veremos que el presupuesto no es otra cosa que un presupuesto de clase, un presupuesto de la burguesía escrito con la pluma de un aristócrata. Empezaremos por dar una visión muy breve de este notable asunto.
I. Sobre los gastos y los ingresos: el ministro de Hacienda hace constar que los gastos del Estado de este año superarán en 1 400 000 libras a los del año anterior. ¡Manera muy prometedora de inaugurar un presupuesto de reforma financiera! Las causas del aumento de los gastos no son menos alentadoras.
Entre ellas figuran un aumento de los gastos de nuestra marina en 617 000 libras; del ejército y la intendencia, en 90 000 libras; de la Junta de Artillería,3 en 616 000 libras, y de la milicia, en 230 000 libras. Para la enseñanza escolar, en cambio, que da las armas para la ilustración y la defensa del saber, solo se conceden 100 000 libras más. La suma total de los gastos del Estado se fija para el año en curso en 52 183 000 libras; la suma total de los ingresos, en 52 990 000 libras. Resulta, pues, un superávit de 807 000 libras, del que, sin embargo, se descuentan ya 100 000 libras para gastos de los buques correo. El superávit disponible se calcula en total en 500 000 libras.
Pasamos ahora a
II. El proyecto financiero. Aquí el ministro de Hacienda considera, en primer lugar, el impuesto sobre la renta, y no hace distinción entre la renta segura y la insegura. Propone rebajar el impuesto al cabo de dos años de 7 a 6 peniques por libra, luego, al cabo de otros dos años, de 6 a 5 peniques durante tres años; extender el impuesto a Irlanda y bajar su límite de modo que abarque también las rentas anuales de 100 libras. Con ello, opina, «no se toca a las filas de los trabajadores». Las rentas de 100 a 150 libras solo pagarán 5 peniques por libra. El resultado será que se aligerará la carga de los ricos y que ese alivio se echará como nueva carga sobre los menos ricos. El comerciante rico pagará menos, pero a cambio el pobre tendero tendrá que pagar ahora donde antes no pagaba nada directamente. ¡Curiosa justicia! Durante cuatro años, es cierto, el hombre con 100 libras de renta paga 2 peniques por libra menos que el hombre con una renta de 150 o de 150 000 libras. Pero, pasado ese plazo, pagan lo mismo, y ya al cabo de dos años el rico disfruta de una rebaja que hace posible el impuesto de los más pobres. Más conforme con nuestra concepción de los impuestos sería haber implantado un impuesto progresivo sobre la renta, en el que el porcentaje aumentara con el importe de la renta. Porque diez mil veces 5 peniques significan para el hombre con una renta anual de 10 000 libras menos que cien veces 5 peniques para una renta anual de 100 libras. Ese es todo el arte financiero de los whigs: una fachada brillante, pero por dentro chapuza y remiendo, cortado a la medida para aliviar lenta pero seguramente las cargas de los ricos y agravar las de los pobres. Verdaderamente absurdo es, sin embargo, afirmar que el impuesto sobre la renta no toca a los trabajadores. En nuestro orden social actual, en el que patronos y obreros están frente a frente, la burguesía se resarce casi siempre de los impuestos más altos rebajando los salarios o subiendo los precios.
En segundo lugar, el ministro de Hacienda se ocupa del impuesto sobre las herencias. Alivia a yernos y nueras el impuesto de «parentesco» rebajándolo —¡qué limosna infinitamente pequeña!— del 10 al 7%, e incluye en el ámbito del impuesto toda clase de propiedad; el impuesto sobre las herencias de la propiedad gravable se calcula sobre la renta vitalicia. Gladstone aumenta así los ingresos fiscales del país en 2 000 000 de libras y se jacta de apoyar al artesanado y a la industria frente a la propiedad territorial. Este punto tiene importancia de principio y representa una concesión significativa arrancada al monopolio de la propiedad territorial por el desarrollo industrial y comercial. Lo repetimos: es una concesión, pero una que no solo es fácil de eludir, sino cuya elusión quizá hayan planeado de antemano los legisladores terratenientes del mundo de las finanzas.
En tercer lugar, se suprimirán los derechos de timbre de los recibos, y en adelante bastará con pegar un sello de correos de un penique en cualquier recibo, sea cual sea su importe. Una medida que trae gran alivio —a los ricos— y de la que se espera que el mayor uso de los sellos compense la pérdida del impuesto del timbre; pero una medida de la que la clase obrera tampoco sacará provecho, porque cierra pocos negocios de una cuantía (5 libras) que exija timbre.
En cuarto lugar. El impuesto sobre los anuncios se rebaja de 1 chelín y 6 peniques a 6 peniques. Otra chapuza miserable. No hay razón sensata para quedarse en los seis peniques una vez que se renuncia al chelín, porque el pesado y costoso aparato para recaudar los seis peniques se comerá el producto del impuesto. Pero quizá la razón sea que no se quiere renunciar a los cargos y empleos vinculados a la recaudación de este impuesto. Los suplementos de los periódicos que solo contengan anuncios quedarán exentos de derechos. Estos dos puntos son una concesión a la burguesía, mientras que el mantenimiento del timbre de los periódicos sigue oponiendo un fuerte dique a la difusión de una educación democrática. «Los periódicos ya existentes —dice el ministro de Hacienda— serán favorecidos; pero no se publicarán otros nuevos y más baratos».
En quinto lugar. El impuesto sobre los seguros de vida se rebaja de 2 chelines y 6 peniques a 6 peniques —otra prueba de mezquino espíritu de chalaneo—; el de los contratos de aprendizaje se rebajará sin contemplaciones de 1 libra a 2 chelines y 6 peniques; el de los certificados de los abogados, de 12 y 8 libras a 9 y 6 libras, y el de los contratos de pasantía de los clerks, de 120 a 80 libras. La primera y las dos últimas partidas son de nuevo alivios manifiestos para la burguesía, pero no suponen para los pobres ni la sombra de un beneficio. El impuesto de 6 peniques sobre los anuncios, el timbre de los periódicos y el impuesto sobre el papel se mantienen, para que pueda rebajarse en favor de los ricos el impuesto sobre los criados, los perros y los caballos.
En sexto lugar. En Escocia y en Irlanda se aplicará un recargo al impuesto sobre las bebidas alcohólicas, y los destiladores recibirán una indemnización por la «merma».
En séptimo lugar. Las licencias de los comerciantes se igualarán más (otro regalo a la burguesía).
En octavo lugar. Se revisarán los impuestos sobre el jabón y sobre otra serie de cosas. Los derechos sobre el té se rebajarán hasta 1854 de 2 chelines y 2¼ peniques a 1 chelín y 10 peniques, hasta 1856 a 1 chelín y 3 peniques, y desde entonces a 1 chelín.
Así es, a grandes rasgos, el presupuesto de los whigs. Y ahora preguntamos a nuestros lectores: ¿ha tramado alguna vez el banco ministerial una tacañería más miserable, por usar la propia expresión del ministro? Por aceptable y atractivo que parezca el presupuesto por fuera, y por algunos rasgos seductores que presente, ¿dónde está su verdadera utilidad, dónde el verdadero alivio que ha de traer a la clase obrera de Inglaterra? La rebaja de los impuestos sobre el jabón y el té son los únicos puntos a que puede uno atenerse; ¡pero qué insignificante es el alivio que procuran! En todas partes se ha medido exactamente el margen más allá del cual los obreros habrían podido salir ganando y la aristocracia y la burguesía perdiendo, y se ha evitado con el mayor temor sobrepasarlo. Los crédulos quizá se dejen atrapar por el presupuesto: «¡Rebaja del impuesto sobre los anuncios a 6 peniques y supresión del timbre de los suplementos de los periódicos!». Pero ¿qué le reporta eso de hecho al pueblo? ¡Nada! «¡Timbre de un penique para los recibos!» Pero ¿qué se le da eso al esclavo asalariado, que no tiene que firmar recibos más que por salarios de hambre? ¡Nada, absolutamente nada! «¡Timbre de los seguros de vida rebajado de 2 chelines y 6 peniques a 6 peniques!» ¿Qué le da eso al que se mata a trabajar por 6, 8 o 10 chelines a la semana y no puede asegurar su vida contra la esclavitud enervante de Manchester, e incluso al que gana 1 libra o 30 chelines a la semana? ¡Nada! ¿Qué saca el obrero de que los abogados paguen en adelante 3 libras menos por sus certificados y los clerks paguen por sus contratos de pasantía 80 libras en lugar de las 120 de antes? ¿Qué saca el obrero de que se alivie en un punto el impuesto sobre las herencias, cuya extensión general es tan fácil de eludir? ¿Se le aligera con ello su carga ni siquiera en una jota? ¿Qué saca el obrero de que se quiera igualar más las licencias de los pequeños comerciantes, si su salario no guarda proporción con la ganancia del tendero que se aprovecha de la penuria del obrero? «Reforma financiera» fue la consigna con la que se eligió este Parlamento y se formó este ministerio. Aquí la tienen: la reforma de los whigs, de los aristócratas y de los hombres de dinero. Algo había que hacer, había que hacer algunas pequeñas concesiones; ahora solo se trataba de hacerlas tan pequeñas que apenas se notaran, y el artista de las finanzas lo ha logrado de maravilla. Usamos las propias palabras y la propia explicación de Gladstone cuando decimos de este presupuesto que se ha hecho «según los deseos de las clases comerciales» y que, sin embargo, no es más que un pedazo de «legislación de tacaños».
Benjamin Disraeli, ministro de Hacienda en el gobierno de Derby de 1852. ↩
Véase El nuevo juego de manos financiero, o Gladstone y los peniques. ↩
El Board of Ordnance, encargado de la artillería, las fortificaciones y el material de guerra. ↩