Escrito en inglés por Karl Marx en Londres entre octubre y principios de diciembre de 1853 y publicado en ocho artículos en The People's Paper, núms. 77-81 y 84-86, del 22 de octubre al 24 de diciembre de 1853; el New-York Daily Tribune publicó una versión abreviada de los artículos I-V y VII como editoriales (19 de octubre, 4 y 21 de noviembre de 1853 y 11 de enero de 1854), y E. Tucker los editó en Londres como folletos en 1853 y 1854. El texto inglés del People's Paper no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9, Berlín, 1960, pp. 353-418), sin su aparato editorial, cotejada con el texto inglés de la edición de Eleanor Marx (The Story of the Life of Lord Palmerston, Londres, 1899) que transcribe marxists.org, por la Escuela de marxismo, 2026. Las fechas de los discursos parlamentarios son las de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Artículo I

[The People's Paper, núm. 77, del 22 de octubre de 1853]

Ruggiero se deja cautivar una y otra vez por los falsos encantos de Alcina,1 tras los cuales, como bien sabe, se esconde una vieja bruja:

«Sin ojos, sin dientes, sin gusto, sin nada».2

Y el caballero andante vuelve a enamorarse de ella una y otra vez, aunque sabe que ha convertido a todos sus antiguos adoradores en asnos y otras bestias. El público inglés es un nuevo Ruggiero, y Palmerston una nueva Alcina. Aunque ya es septuagenario y desde 1807 actúa casi sin interrupción en la escena política, se las arregla para parecer siempre una novedad y para despertar una y otra vez las esperanzas que solo suelen ponerse en un joven prometedor y aún no probado. Aun con un pie en la tumba, todavía se espera que empiece de veras su carrera. Si muriera mañana, toda Inglaterra se asombraría de saber que ha sido ministro durante medio siglo.

Si no está a la altura de cualquier tarea como estadista, sí lo está de cualquier papel como actor. Lo cómico y lo heroico, el patetismo y el tono familiar, la tragedia y la farsa se le dan igual de bien, aunque esta última quizá vaya más con su temperamento. No es un orador de primera, pero sí un polemista consumado. Tiene una memoria prodigiosa, gran experiencia, un tacto finísimo, una présence d'esprit [presencia de ánimo] que nunca le falla, una versatilidad de caballero, y es el conocedor más minucioso de todos los trucos, intrigas, partidos y hombres del Parlamento, de modo que sabe tratar los casos más difíciles de la manera más elegante y con una agradable desenvoltura, especulando con los prejuicios y la susceptibilidad de su público. Su cínico descaro lo protege de toda sorpresa; su habilidad interesada, de delatarse jamás; su enorme frivolidad, su perfecta indiferencia y su desdén aristocrático, del peligro de acalorarse alguna vez. Con su fino ingenio sabe hacerse simpático a todo el mundo. Y como conserva la calma en cualquier circunstancia, sus adversarios más apasionados salen perdiendo. Cuando no domina un asunto, sabe al menos jugar con él. Y si le faltan ideas generales, posee en cambio una destreza infalible para tejer toda una trama de elegantes lugares comunes.

Su espíritu inquieto e infatigable aborrece la inactividad y ansía, si no la acción, al menos la agitación. Un país como Inglaterra le ofrece, naturalmente, ocasión de ocuparse de cualquier rincón del mundo. No persigue tanto el éxito mismo como la apariencia del éxito.

Si no puede hacer nada, al menos quiere idear algo. Donde no se atreve a intervenir, por lo menos hace de mediador. Si es incapaz de medirse con un enemigo fuerte, se fabrica uno débil.

No es hombre de grandes planes ni de proyectos de largo alcance; no persigue grandes fines, sino que se mete en dificultades solo para poder salir de ellas con lucimiento. Necesita complicaciones para no estar ocioso, y si no las encuentra, se las crea artificialmente. Se recrea en conflictos simulados, en batallas simuladas con enemigos simulados, en intercambios de notas diplomáticas, en órdenes de zarpar a los barcos, hasta que todo el tinglado acaba por resolverse en violentos debates parlamentarios que le reportan una gloria de un día, objetivo constante y único de todos sus afanes. Dirige los conflictos internacionales como un artista: lleva las cosas hasta cierto punto culminante y, cuando amenazan con ponerse demasiado serias, se retira, después de haber saboreado en todo caso la emoción dramática que le es indispensable. A sus ojos, el propio curso de la historia no es más que un pasatiempo inventado expresamente para el solaz particular del noble vizconde Palmerston de Palmerston.

Él, que de hecho se pliega a la influencia extranjera, se opone a ella de palabra. De Canning3 heredó la doctrina de la misión de Inglaterra de propagar el constitucionalismo en el continente; por eso nunca le falta un motivo para excitar los prejuicios nacionales, contrarrestar la revolución en otros países y, al mismo tiempo, mantener despiertos los celos recelosos de las potencias extranjeras. Después de haberse convertido por este cómodo procedimiento en la bête noire [la bestia negra] de todas las cortes del continente, no le costó nada pasar a la vez en su país por el modelo del auténtico ministro inglés. Aunque de origen tory, ha logrado introducir en la dirección de los asuntos exteriores todas las imposturas y contradicciones que forman la quintaesencia del whiguismo. Sabe conciliar una fraseología democrática con ideas oligárquicas y ocultar la política de paz a toda costa de la burguesía tras el lenguaje altanero del aristócrata inglés de los viejos tiempos; sabe aparecer como agresor donde se arruga y como defensor donde traiciona; sabe tratar con miramientos a un enemigo aparente y llevar a la desesperación a un supuesto aliado; sabe ponerse, en el momento decisivo de la disputa, del lado del más fuerte contra el débil, y soltar grandes y valientes frases mientras sale huyendo.

Un partido lo acusa de estar a sueldo de Rusia; el otro lo tiene por sospechoso de carbonarismo.4 Si en 1848 tuvo que defenderse de la amenaza de una acusación formal ante el Parlamento por haber obrado como ministro del zar Nicolás, en 1850 tuvo en cambio la satisfacción de verse perseguido por toda una conjura de embajadores extranjeros, que triunfó en la Cámara de los Lores pero fue rechazada en la de los Comunes.5 Cuando traicionaba a los pueblos extranjeros, lo hacía con la mayor cortesía, pues la cortesía es la calderilla con que el diablo paga a los tontos que le entregan la sangre de su corazón. Los opresores siempre pudieron contar con su ayuda; con los oprimidos, en cambio, derrochaba un gran despliegue de generosidad oratoria. Ya se tratara de aplastar a polacos, italianos, húngaros o alemanes, él estaba siempre en su puesto, dispuesto a servir; y, sin embargo, sus opresores sospechaban que conspiraba en secreto con las víctimas que ellos habían asesinado con su permiso. Hasta ahora, en todos los casos, tenerlo por adversario ha sido presagio de éxito, y tenerlo por amigo, presagio de ruina. Pero si su arte diplomático no brilla precisamente en los resultados reales de su política exterior, brilla tanto más en la interpretación que de ella le ha hecho tragar al pueblo inglés, de modo que este toma las frases por hechos, las fantasías por realidades, y acepta pretextos altisonantes de motivos mezquinos.

Henry John Temple, vizconde de Palmerston, cuyo título pertenece a la nobleza irlandesa,6 fue nombrado lord del Almirantazgo en 1807, al formarse el ministerio del duque de Portland. En 1809 pasó a ser secretario de la Guerra7 y siguió en ese puesto hasta mayo de 1828. En 1830 se pasó con suma habilidad a los whigs, que lo hicieron su ministro permanente de Asuntos Exteriores. Salvo las interrupciones en que gobernaron los tories, es decir, de noviembre de 1834 a abril de 1835 y de 1841 a 1846, es responsable de toda la política exterior de Inglaterra desde la revolución de 1830 hasta diciembre de 1851.8

¿No ha de chocarnos a primera vista que este Don Quijote de las «instituciones liberales», este Píndaro de «las glorias del sistema constitucional», fuera miembro permanente y distinguido de los gabinetes tories de un Perceval, un conde de Liverpool, un Canning, un lord Goderich y un duque de Wellington?9 ¡En los tiempos en que se libraba la guerra antijacobina, se contraía la deuda monstruosa y se promulgaban las leyes de cereales; en que mercenarios extranjeros se instalaban en suelo inglés; en que al pueblo, por usar una expresión del colega de Palmerston, lord Sidmouth,10 se le «sangraba» de vez en cuando; en que se amordazaba a la prensa, se prohibían las reuniones, se privaba de derechos a la masa del pueblo, se suspendía la libertad individual junto con la jurisdicción ordinaria y se ponía a todo el país en una especie de estado de sitio; en una palabra, durante la época más infame y más reaccionaria de la historia de Inglaterra!

Su debut en la vida parlamentaria fue de lo más característico. El 3 de febrero de 1808 tomó la palabra para defender... ¿qué? El secreto de las negociaciones diplomáticas y la acción más ignominiosa que haya cometido nunca una nación contra otra: el bombardeo de Copenhague y la captura de la flota danesa en un momento en que Inglaterra aseguraba estar en la paz más profunda con Dinamarca.11 Sobre el primer punto dijo:

«En este caso particular, los ministros de Su Majestad están obligados» (¿por quién?) «al secreto».

Pero fue más lejos y declaró:

«Me opongo también, en general, a que se haga público el funcionamiento de la diplomacia, porque tales revelaciones tienden a cegar las fuentes de informaciones futuras».

Vidocq12 habría defendido la misma causa con las mismas palabras. En cuanto al golpe de piratería, admitió que Dinamarca no había mostrado hostilidad alguna hacia Gran Bretaña, pero sostuvo que Inglaterra había tenido derecho a bombardear la capital danesa y a robarle la flota, porque había que impedir que la neutralidad danesa se convirtiera, quizá bajo la coacción de Francia, en hostilidad abierta. Tal era el nuevo derecho de gentes proclamado por milord Palmerston.

La siguiente hazaña oratoria de este ministro inglés par excellence consiste en una larga defensa de las tropas extranjeras traídas del continente a Inglaterra con el fin expreso de mantener por la fuerza el régimen oligárquico para cuyo establecimiento había venido Guillermo de Holanda con sus tropas en 1688.13 Cuando se expresaron fundados «temores por las libertades del país», nacidos de la presencia de la Legión Alemana del Rey,14 Palmerston respondió con suma ligereza. ¿Por qué no habríamos de tener 16.000 extranjeros en el país, si es sabido que «empleamos un número mucho mayor de esos extranjeros fuera»? (Cámara de los Comunes, 10 de marzo de 1812.)

Cuando se alzaron temores semejantes por la Constitución a causa del gran ejército permanente que se mantenía desde 1815, Palmerston vio «una protección suficiente de la Constitución precisamente en la composición de nuestro ejército», cuyos oficiales eran en su mayoría «hombres de posición y de fortuna». (Cámara de los Comunes, 8 de marzo de 1816.)

Cuando se combatió el gran ejército permanente desde el punto de vista financiero, hizo de pronto el curioso descubrimiento de que «muchas de nuestras dificultades financieras se deben a nuestros anteriores efectivos de paz, demasiado bajos». (Cámara de los Comunes, 25 de abril de 1816.)

Cuando se le ponían delante «las cargas del país» y «la miseria del pueblo», en contraste con el derroche de los gastos militares, recordaba al Parlamento que esas cargas y esa miseria «eran el precio que nosotros» (es decir, la oligarquía inglesa) «estábamos dispuestos a pagar por nuestra libertad e independencia». (Cámara de los Comunes, 16 de mayo de 1820.)

A su juicio, el despotismo militar solo era de temer como consecuencia del celo

«de esa gente extraviada que se llama a sí misma reformadora y que reclama para el país un tipo de reforma que, si se accediera a ella, acabaría por fuerza, según los principios más elementales del gobierno, en un despotismo militar». (Cámara de los Comunes, 14 de junio de 1820.)

Así como veía en los grandes ejércitos permanentes la panacea para mantener el orden en el país, veía en el castigo de azotes la panacea para mantener el orden en el ejército. Defendió los azotes en los debates sobre la ley de motines15 el 5 de marzo de 1824; los declaró «absolutamente indispensables» el 11 de marzo de 1825; volvió a recomendarlos el 10 de marzo de 1828; los sostuvo en los debates de abril de 1833, y en todas las ocasiones posteriores se ha mostrado partidario ferviente de los azotes.

No había abuso en el ejército que no supiera disculpar con buenas razones, con tal de que favoreciera los intereses de los parásitos aristocráticos. Véanse los debates sobre la venta de los grados de oficial. (Cámara de los Comunes, 12 de marzo de 1828.)

A lord Palmerston le gusta hacer alarde de sus constantes esfuerzos por implantar la libertad religiosa. Pues bien, votó contra la moción de lord John Russell16 para derogar las Test and Corporation Acts.17 ¿Y por qué? Porque, «como amigo celoso y ardiente de la libertad religiosa», no podía consentir que se librara a los disidentes de «agravios imaginarios mientras los católicos sufrían aflicciones reales». (Cámara de los Comunes, 26 de febrero de 1828.)

Como prueba de su celo por la libertad religiosa, nos cuenta que «lamenta el aumento del número de los disidentes». «Es mi deseo que la Iglesia establecida sea la Iglesia predominante en este país», y por puro amor y desvelo por la libertad religiosa quiere «ver crecer la Iglesia establecida a costa de los que creen de otro modo». El jocoso lord acusa a los ricos inconformistas de atender las necesidades eclesiásticas de los más pobres, mientras que

«en la Iglesia de Inglaterra solo los pobres sufren la falta de sitio en las iglesias... Sería absurdo pedir que los pobres costearan las iglesias con sus escasos ingresos». (Cámara de los Comunes, 9 de abril de 1824.)

Naturalmente, aún sería más absurdo pedir que los miembros ricos de la Iglesia anglicana establecida costearan la Iglesia con sus grandes ingresos.

Veamos ahora en qué consisten sus méritos en la emancipación de los católicos, uno de los puntos en que reivindica un especial «derecho» a la gratitud del pueblo irlandés. No me detendré en la circunstancia de que, después de haberse declarado partidario de la emancipación católica como miembro del ministerio Canning, entró sin embargo en el ministerio Wellington, abiertamente hostil a esa emancipación.18 ¿Consideraba lord Palmerston la libertad religiosa uno de esos derechos del hombre en los que el poder legislativo no debe inmiscuirse? Dejémosle hablar a él:

«Aunque deseo que se tomen en consideración las reivindicaciones de los católicos, jamás admitiré que esas reivindicaciones tengan un fundamento de derecho... Si pensara que los católicos piden su derecho, me negaría de una vez por todas a entrar en la comisión». (Cámara de los Comunes, 1 de marzo de 1813.)

¿Y por qué se opone a ellos si piden su derecho?

«Porque el poder legislativo de un país tiene derecho a imponer a una parte de la comunidad las incapacidades políticas que juzgue necesarias para la seguridad y el bienestar del conjunto... Este es uno de los principios fundamentales en que descansa un gobierno civilizado». (Cámara de los Comunes, 1 de marzo de 1813.)

Aquí confiesa, pues, del modo más cínico que la masa del pueblo no tiene en realidad ningún derecho, sino que solo debe disfrutar de la medida de libertades que el poder legislativo —o, dicho de otro modo, la clase dominante— tenga a bien concederle. En consecuencia, lord Palmerston declara sin rodeos que «la emancipación de los católicos es solo cuestión de gracia y de favor». (Cámara de los Comunes, 10 de febrero de 1829.)

Fue, pues, solo por razones de conveniencia por lo que se dignó poner fin a las incapacidades de los católicos. Pero ¿qué se escondía tras esa conveniencia?

Siendo él mismo uno de los grandes terratenientes de Irlanda, quería mantener la ilusión de que no había para los males de Irlanda otro remedio posible que la emancipación de los católicos, que esta curaría el absentismo y serviría de sustituto de las leyes de pobres. (Cámara de los Comunes, 18 de marzo de 1829.)

El gran filántropo, que más tarde expulsó de sus fincas irlandesas a los irlandeses que vivían en ellas,19 no podía soportar que la miseria irlandesa oscureciera, ni por un momento, con sus nubes de mal agüero el cielo despejado de los terratenientes y los señores del dinero.

«Es cierto», dijo, «que el campesinado de Irlanda no goza de todas las comodidades de que goza todo el campesinado de Inglaterra» (¡piénsese en las comodidades de que goza una familia con 7 chelines a la semana!). «Con todo, también el campesino irlandés tiene sus comodidades... Está bien provisto de combustible y rara vez» (¡solo cuatro días de cada seis!) «le falta el sustento».

¡Qué comodidad! Pero no son esas todas sus ventajas. «Tiene un ánimo mucho más alegre que su compañero de infortunio inglés». (Cámara de los Comunes, 7 de mayo de 1829.)

Las extorsiones de los terratenientes irlandeses las trata con la misma jovialidad que las comodidades del campesinado irlandés:

«Se dice de los terratenientes irlandeses que exigen las rentas más altas que se puedan arrancar. Pero, señor, creo que eso no tiene nada de particular; sin duda, en Inglaterra los terratenientes hacen lo mismo». (Cámara de los Comunes, 7 de marzo de 1829.)

¿Habrá de sorprendernos, después de todo esto, que este hombre, tan hondamente iniciado en los misterios de «la gloriosa Constitución inglesa» y de «las bendiciones de sus instituciones liberales», aspire a extenderlas por todo el continente?

Artículo II

[The People's Paper, núm. 78, del 29 de octubre de 1853]

Cuando el movimiento por la reforma se hizo irresistible, lord Palmerston abandonó a los tories y se coló en el campo de los whigs. Aunque no temía que el peligro de un despotismo militar naciera de la presencia de la Legión Alemana del Rey en suelo inglés ni del mantenimiento de grandes ejércitos permanentes, sino solo de los «reformadores bienintencionados», ya en 1828 favoreció la extensión del derecho de voto a centros industriales tan grandes como Birmingham, Leeds y Manchester. ¿Y por qué?

«No porque sea por principio amigo de las reformas, sino porque soy su enemigo resuelto».

Se había convencido de que algunas concesiones oportunas al capital industrial, que había crecido desmesuradamente, eran el mejor medio de escapar a «la introducción de una reforma electoral general». (Cámara de los Comunes, 27 de junio de 1828.) Una vez aliado de los whigs, ni siquiera fingió que la ley de reforma20 se propusiera romper las estrechas mallas de la constitución veneciana; al contrario, dijo que solo trabajaba para afianzarla y fortalecerla, separando a la burguesía de la oposición popular.

«El ánimo de la burguesía cambiará, y su descontento se convertirá en un apego a la Constitución que le dará una enorme fuerza y solidez».

A los pares los consoló asegurándoles que la ley de reforma no debilitaría «la influencia de la Cámara de los Lores» ni acabaría con «su intervención en las elecciones». A la aristocracia le dijo que la Constitución no perdería su carácter feudal, puesto que «la propiedad de la tierra es el gran fundamento sobre el que descansan el edificio de la sociedad y las instituciones del país». Disipó sus temores con alusiones irónicas a que «se nos ha acusado de no tomarnos en serio nuestro deseo de dar al pueblo una representación real», o a que «se ha dicho que solo queríamos dar a la aristocracia y a la propiedad territorial una influencia de otra clase». Llegó incluso a confesar que, junto a las concesiones inevitables a la burguesía, «la supresión de privilegios electorales» (es decir, la supresión de los privilegios electorales de los viejos burgos podridos tories en beneficio de los nuevos distritos whigs) «era el principio rector y principal de la ley de reforma». (Cámara de los Comunes, 24 de marzo de 1831 y 14 de marzo de 1832.)

Pero ahora tenemos que volver a las hazañas del noble lord en la política exterior.

Cuando en 1823, en virtud de los acuerdos del Congreso de Verona, un ejército francés entró en España para abolir la Constitución de aquel país y entregarlo a la venganza implacable del idiota borbónico21 y de su séquito de frailes fanáticos, lord Palmerston renegó de «todas las quijotadas en defensa de principios abstractos» y rechazó toda «intervención en favor del pueblo» cuya heroica resistencia había salvado a Inglaterra del poderío de Napoleón.22 Las palabras que dirigió en aquella ocasión a sus adversarios whigs de entonces dan una imagen fiel y viva de su propia política exterior, tal como la practicó desde que se convirtió en ministro permanente de Asuntos Exteriores.

Dijo:

«A algunos les habría gustado que hubiéramos amenazado con la guerra ya durante las negociaciones, sin estar preparados para la guerra si las negociaciones fracasaban. Haber hablado de guerra y haber querido decir neutralidad; haber amenazado con un ejército y habernos refugiado después tras un documento oficial; haber blandido desafiantes la espada en la hora de la deliberación serena para contentarnos luego, el día de la batalla, con un puñado de protestas escritas: eso habría sido conducirnos como cobardes fanfarrones y convertirnos en el hazmerreír y la burla de toda Europa». (Cámara de los Comunes, 30 de abril de 1823.)

Por último, hay que mencionar los debates sobre la cuestión greco-turca, que dieron a lord Palmerston la primera ocasión de desplegar ante el público sus incomparables talentos de abogado infatigable e inquebrantable de los intereses rusos, tanto en el gabinete como en la Cámara de los Comunes. Repitió fielmente, una tras otra, todas las consignas que difundía Rusia sobre las crueldades turcas, la civilización griega, la libertad religiosa, el cristianismo, etc. Como ministro, rechaza con firmeza todo intento de censura que pudiera alcanzar a la «meritoria conducta del almirante Codrington», por cuya culpa fue destruida la flota turca en Navarino,23 aunque tiene que admitir que «esta batalla se libró contra una potencia con la que no estamos en guerra» y que «fue un suceso desafortunado». (Cámara de los Comunes, 31 de enero de 1828.)

Una vez fuera del gobierno, abrió aquella larga campaña de ataques contra lord Aberdeen,24 al que reprochaba no haber ejecutado con la debida rapidez las órdenes de Rusia.

«¿Y dónde quedaron nuestra rapidez y nuestra energía cuando se trataba de cumplir nuestros compromisos con Grecia? Se nos echa encima julio de 1829 y el tratado de julio de 1827 sigue sin cumplirse...25 De Morea, es verdad, se ha expulsado a los turcos... Pero ¿por qué se detuvieron las armas francesas en el istmo de Corinto?... Se interpuso la política mezquina de Inglaterra y las frenó en su avance victorioso... ¿Y por qué no hacen los aliados con el territorio al norte del istmo lo mismo que hicieron con la parte meridional, y ocupan de una vez todo lo que ha de corresponder a Grecia? Yo habría pensado que los aliados habían negociado ya bastante con Turquía a propósito de Grecia». (Cámara de los Comunes, 1 de junio de 1829.)

Como es de todos sabido, el príncipe Metternich26 se oponía por entonces a las intromisiones de Rusia, y por eso los agentes diplomáticos rusos tenían el encargo —como se recordará por los despachos de Pozzo di Borgo y del príncipe Lieven—27 de presentar a Austria como el gran enemigo de la emancipación de los griegos y de la civilización europea, cuyo fomento sería el objetivo exclusivo de la diplomacia rusa. El noble lord sigue, naturalmente, el camino que se le señala.

«Por la estrechez de sus miras y los desdichados prejuicios de su política, Austria se ha rebajado casi al nivel de una potencia de segundo orden».

Y a consecuencia de la política vacilante de Aberdeen, Inglaterra se ha convertido

«en la clave de ese arco cuyas piezas son Miguel y España, Austria y Mahmud...28 En el retraso en ejecutar el tratado de julio, el mundo ve no tanto el miedo a la resistencia turca como una invencible repugnancia a la libertad de Grecia». (Cámara de los Comunes, 1 de junio de 1829.)

Una y otra vez ataca a Aberdeen por su diplomacia antirrusa:

«Por mi parte, no me conformo con una serie de despachos del gobierno inglés que sin duda suenan gratos y corteses y se esfuerzan en términos generales por apaciguar a Rusia, pero que contienen de paso fuertes expresiones de la simpatía de Inglaterra por Turquía que, leídas por una parte interesada, podrían fácilmente dar la impresión de querer decir mucho más de lo que realmente se pretendía... Preferiría que Inglaterra tomara la firme resolución —que en realidad sería casi el único camino posible— de no tomar partido por Turquía en esta guerra bajo ninguna circunstancia ni en ningún caso, y que comunicara esa resolución a Turquía con franqueza y lealtad... Hay tres cosas que no conocen la piedad: el tiempo, el fuego y el sultán». (Cámara de los Comunes, 16 de febrero de 1830.)

Llegados aquí, debo recordar a los lectores algunos hechos históricos, para que no quede duda alguna sobre la índole de los sentimientos filohelénicos del noble lord.

Rusia se había apoderado de Gokcha, una franja de tierra a orillas del lago Sevan (posesión persa indiscutida), y exigía como precio de su evacuación que Persia renunciara a sus pretensiones sobre otra parte de territorio persa, la comarca de Kapan. Como Persia no cedió, se la invadió, se la derrotó y se la obligó a firmar en febrero de 1828 el tratado de Turkmanchai. Este estipulaba que Persia pagaría a Rusia una indemnización de 2 millones de libras esterlinas y le cedería las provincias de Ereván y Najicheván, con las fortalezas de Ereván y Abbasabad. Según declaró expresamente Nicolás, este arreglo solo tenía por objeto fijar la frontera común en el Araxes, que era, según pretendía, el único medio de prevenir cualquier disputa futura entre los dos imperios. Pero al mismo tiempo se negó a devolver Talish y Mugan, que están en la orilla persa del Araxes. Por último, Persia tuvo que comprometerse a no mantener ninguna flota en el mar Caspio. Tales fueron la causa y el resultado de la guerra ruso-persa.29

Por la religión y la libertad de los griegos, Rusia se preocupaba entonces tan poco como hoy se preocupa el Dios de los rusos por las llaves de la iglesia del «Santo Sepulcro» o por la famosa «cúpula» sagrada.30 La política tradicional de los rusos ha sido siempre incitar a los griegos a sublevarse y abandonarlos luego a la venganza del sultán. Tan profunda era la simpatía de Rusia por el renacimiento de la Hélade, que en el Congreso de Verona trató a los griegos de rebeldes y reconoció al sultán el derecho de excluir toda intervención extranjera entre él y sus súbditos cristianos. Más aún: el zar ofreció a la Puerta «ayudarla a sofocar la rebelión», oferta que, por supuesto, fue rechazada. Fracasado este intento, se dirigió a las grandes potencias con la propuesta contraria: «Que se enviara un ejército a Turquía para dictar la paz bajo los muros del serrallo». Para atarle en cierto modo las manos al zar mediante una acción común, las demás grandes potencias concluyeron con él en Londres, el 6 de julio de 1827, un tratado por el que se obligaban mutuamente a zanjar, si era preciso por la fuerza de las armas, las disputas entre el sultán y Grecia. Pocos meses antes de firmarse este tratado, Rusia había concluido con Turquía otro, el tratado de Akkerman, por el que se comprometía a renunciar a toda injerencia en los asuntos griegos.31 Este tratado se firmó después de que Rusia hubiera inducido al príncipe heredero de Persia a invadir el Imperio otomano y de haber colmado de ofensas a la Puerta para empujarla a la ruptura. Tras todos estos sucesos, el embajador inglés presentó a la Puerta, en nombre de Rusia y de las demás potencias, las condiciones del tratado de Londres del 6 de julio de 1827. Y con ayuda de las complicaciones nacidas de todos estos engaños y mentiras, Rusia encontró por fin el pretexto para la guerra de 1828-1829. Esta guerra terminó con el tratado de Adrianópolis, cuyo contenido resumen las siguientes citas del célebre escrito de McNeill sobre el «avance de Rusia en Oriente»:32

«Por el tratado de Adrianópolis, el zar entró en posesión de Anapa y Poti y de una parte considerable de la costa del mar Negro, de una parte del bajalato de Ajaltsije con las fortalezas de Ajalkalaki y Ajaltsije, y de las islas formadas por la desembocadura del Danubio. Se estipuló la destrucción de la fortaleza turca de Giurgiu y el abandono por parte de Turquía de la orilla derecha del Danubio hasta algunas millas del río... Muchos miles de familias armenias fueron llevadas, en parte por la fuerza y en parte por influencia de los sacerdotes, de las provincias turcas de Asia al territorio del zar... El zar eximió a sus propios súbditos en Turquía de toda responsabilidad ante las autoridades del país, e impuso a la Puerta, en concepto de indemnización por los gastos de guerra y las pérdidas comerciales, una carga enorme de deudas; por último, retuvo Moldavia, Valaquia y Silistra como prenda del pago... Después de obligar a Turquía, con este tratado, a aceptar el protocolo del 22 de marzo, según el cual el sultán conservaría la soberanía sobre Grecia y recibiría de ese país un tributo anual, Rusia empleó toda su influencia en conseguir para Grecia la independencia. En efecto, Grecia fue declarada Estado independiente, y el conde Capodistria, antiguo ministro ruso, fue nombrado presidente».33

Estos son los hechos. Veamos qué cuadro fabrica con ellos la mano maestra de lord Palmerston:

«Es perfectamente cierto que la guerra ruso-turca nació de las violaciones de tratados y las intromisiones de que Turquía se hizo culpable contra el comercio de Rusia y los derechos de Rusia». (Cámara de los Comunes, 16 de febrero de 1830.)

Cuando Palmerston se convirtió en la encarnación del ministro whig de Asuntos Exteriores, la cosa fue todavía mejor:

«El honorable y valiente miembro de la Cámara» (el coronel Evans)34 «ha presentado la conducta de Rusia como si desde 1815 hasta hoy se mantuviera en invariable actitud de agresión contra los demás Estados. Se ha referido en particular a las guerras de Rusia con Persia y con Turquía. Rusia no fue el agresor en ninguno de los dos casos, y aunque el engrandecimiento de su poder fue consecuencia de la guerra persa, Rusia no lo había buscado... Tampoco en la campaña turca fue Rusia el agresor. No cansaré a la Cámara enumerando todas las provocaciones de que Turquía se hizo culpable contra Rusia; pero no puede negarse que expulsó de su territorio a súbditos rusos, retuvo barcos rusos, incumplió todos los artículos del tratado de Akkerman y, ante las reclamaciones, se negó a dar satisfacción. Si alguna vez hubo, pues, razones justas para una guerra, Rusia las tenía para la guerra con Turquía. Y, sin embargo, no se apropió de nuevos territorios, al menos en Europa. Sé muy bien que ciertos puntos estuvieron ocupados de forma prolongada» —(¡Moldavia y Valaquia no son más que puntos, y las bocas del Danubio meras bagatelas!)— «y que se hicieron algunas adquisiciones accesorias en el mar Negro, en Asia. Pero Rusia había convenido con las demás potencias europeas que el éxito en esta guerra no daría lugar a ningún engrandecimiento territorial de Rusia en Europa». (Cámara de los Comunes, 7 de agosto de 1832.)

Sus lectores comprenderán ahora que sir Robert Peel35 declarara al noble lord en sesión pública de la Cámara que «no sabía de quién era en realidad representante».

Artículo III

[The People's Paper, núm. 79, del 5 de noviembre de 1853]

Al noble vizconde se le tiene en general por el caballeroso protector de Polonia, y nunca deja de expresar sus dolientes sentimientos por Polonia ante la delegación que le presenta una vez al año el dear, dull, deadly [querido, soso y mortal] Dudley Stuart,36

«ese excelente hombre que pronuncia discursos, fabrica resoluciones, vota mensajes, encabeza delegaciones, tiene en todo momento la dosis necesaria de confianza en el individuo necesario y, si hace falta, lanza también sus tres hurras por la reina».

Cuando lord Palmerston ocupó su cargo en noviembre de 1830, los polacos llevaban ya cerca de un mes en armas.37 El 8 de agosto de 1831 el señor Hunt38 presentó a la Cámara una petición de la Westminster Union en favor de los polacos que exigía a la vez «la destitución de lord Palmerston del gabinete de Su Majestad». El mismo día, el señor Hume39 señaló que deducía del silencio del noble lord que el gobierno «no pensaba hacer nada por los polacos y quería abandonarlos a merced de los rusos». A lo que lord Palmerston respondió que

«cualesquiera obligaciones impuestas por los tratados vigentes contarían siempre con la atención del gobierno».

¿En qué consistían, según él, las obligaciones que los tratados vigentes imponían a Inglaterra? Nos lo dice él mismo:

«Las pretensiones de Rusia a la posesión de Polonia llevan la fecha del tratado de Viena». (Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833.)

Pero ese tratado hace depender la posesión de Polonia de que el zar respete la Constitución polaca.40 Sin embargo,

«el mero hecho de que Inglaterra sea parte del tratado de Viena no equivale a que Inglaterra garantice que Rusia no lo violará». (Cámara de los Comunes, 25 de marzo de 1834.)

Es decir, se puede garantizar un tratado sin garantizar su cumplimiento. Es el mismo principio que los milaneses sostuvieron ante el emperador Barbarroja: «Juramos, sí, pero no juramos cumplir el juramento».

En un aspecto, al menos, el tratado de Viena servía para algo. Daba al gobierno británico, como una de las potencias contratantes,

«el derecho de tener y expresar una opinión sobre cualquier acto que supusiera una violación de dicho tratado... Las potencias contratantes del tratado de Viena tenían derecho a exigir a Rusia que no se tocara la Constitución de Polonia, y esta es una opinión que en modo alguno he ocultado al gobierno ruso. Se la comuniqué ya anticipando, antes de la toma de Varsovia y antes de que se conociera el resultado de las hostilidades. Se la volví a comunicar cuando cayó Varsovia. El gobierno ruso, ciertamente, era de otra opinión». (Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833.)

Había, pues, anticipado con toda tranquilidad la caída de Polonia y aprovechado esa ocasión propicia para tener y expresar una opinión sobre ciertos artículos del tratado de Viena, convencido de que el magnánimo zar solo esperaba a que su fuerza armada aplastara por completo al pueblo polaco para rendir homenaje a una Constitución que había pisoteado cuando el pueblo aún conservaba toda su capacidad de resistencia. Al mismo tiempo, el noble lord acusaba a los polacos de

«haber dado el paso inoportuno y, a su juicio, injustificable de destronar al emperador».41 (Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833.)

«Podía asegurar también que los polacos habían sido los agresores, porque habían empezado la contienda». (Cámara de los Comunes, 7 de agosto de 1832.)

Cuando el temor a que Polonia fuera aniquilada se hizo cada vez más general e inquietante, declaró que

«la aniquilación de Polonia era tan completamente irrealizable, moral y políticamente, que creía superfluo todo temor a semejante intento». (Cámara de los Comunes, 28 de junio de 1832.)

Cuando más tarde se le recordó que había expresado unas expectativas tan vagas, aseguró que se le había entendido mal. Se había expresado así, dijo, no en el sentido político de la palabra, sino en el sentido general, y había querido decir que el emperador ruso no era capaz

«de exterminar, nominal o efectivamente, a tantos millones de personas como contenía el reino polaco en su estado de división». (Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Cuando la Cámara de los Comunes intentó intervenir en la lucha de los polacos, invocó su responsabilidad de ministro. Y cuando se estuvo ante los hechos consumados, declaró fríamente que

«ningún voto de esta Cámara podría tener ni el más remoto efecto de hacer cambiar la resolución de Rusia». (Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833.)

Cuando se censuraron públicamente las atrocidades de los rusos tras la caída de Varsovia, pidió a la Cámara que tratara con más delicadeza al emperador ruso y declaró que

«nadie podía lamentar más que él las expresiones vertidas en el debate» (Cámara de los Comunes, 28 de junio de 1832), y que «el actual emperador de Rusia es un hombre de sentimientos elevados y magnánimos», y que «si se han producido casos en que el gobierno ruso se haya hecho culpable de una crueldad impropia con los polacos, hay que verlo como prueba de que el poder del emperador ruso es limitado y de que en esos casos el emperador obedeció a la influencia de otros y no a los impulsos de sus propios sentimientos naturales». (Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833.)

Cuando, por un lado, la suerte de Polonia estaba sellada y, por otro, la disolución del Imperio turco amenazaba de forma inminente a consecuencia de la rebelión de Mehmet Alí,42 aseguró a la Cámara «que las cosas en general marchaban de manera muy satisfactoria». (Cámara de los Comunes, 26 de enero de 1832.)

Cuando se presentó una moción para socorrer con dinero a los refugiados polacos,

«le resultaba sumamente penoso oponerse a la propuesta de conceder fondos a esos individuos, pues el sentimiento natural y espontáneo debía mover a todo hombre generoso a otorgarlos; pero era incompatible con su deber proponer que se socorriera con dinero a esa gente desdichada». (Cámara de los Comunes, 25 de marzo de 1834.)

Este mismo hombre de corazón tierno había costeado en secreto, como pronto veremos, buena parte de los gastos de la caída de Polonia con el bolsillo del pueblo británico.

El noble lord se tomó todas las molestias imaginables para que no llegara al Parlamento ningún documento oficial sobre la catástrofe polaca. Pese a ello, llegaron a la Cámara de los Comunes exposiciones de los hechos que ni siquiera creyó necesario refutar y que no dejan lugar a dudas sobre su papel en aquellos días funestos.

Cuando estalló la revolución polaca, el cónsul austriaco no abandonó Varsovia, y el gobierno austriaco llegó a enviar a París a un agente polaco, el señor Walewski,43 con la misión de negociar con los gobiernos de Inglaterra y Francia el restablecimiento de un reino polaco. La corte de las Tullerías declaró «que estaba dispuesta a unirse a Inglaterra si esta aprobaba el plan». Lord Palmerston rechazó la oferta. En 1831 el señor de Talleyrand,44 embajador de Francia en la corte de Saint James, propuso un plan de acción conjunta de Francia e Inglaterra, pero recibió del noble lord una negativa rotunda y una nota escrita en el sentido de

«que Rusia rechazaría una mediación amistosa en la cuestión polaca; que las potencias acababan de rechazar una oferta semejante de Francia; que, si Rusia se negaba, las dos cortes de Francia e Inglaterra solo podrían intervenir por la fuerza, y que las relaciones cordiales y satisfactorias entre los gabinetes de Saint James y de San Petersburgo no permitían a Su Majestad el Rey semejante injerencia. Aún no había llegado el momento en que tal paso pudiera darse con éxito contra la voluntad de un soberano cuyos derechos eran incontestables».

Y no es todo. El 23 de febrero de 1848, el señor Anstey45 hizo en la Cámara de los Comunes la siguiente declaración:

«Suecia arma su flota para hacer en favor de Polonia un amago de ataque y recobrar sus provincias del Báltico, que tan injustamente le fueron arrebatadas en la última guerra.46 Nuestro embajador en la corte sueca recibió del noble lord instrucciones en sentido contrario, y Suecia interrumpió sus armamentos. La corte persa había enviado con el mismo propósito un ejército al mando del príncipe heredero de Persia, que llevaba tres días en marcha hacia la frontera rusa. El secretario de la legación en la corte de Teherán, sir John McNeill, siguió al príncipe y lo alcanzó, pese a una distancia de tres jornadas desde el cuartel general, para amenazar a Persia con la guerra en nombre de Inglaterra, según las instrucciones del noble lord, si el príncipe avanzaba un paso más hacia la frontera rusa. Los mismos medios empleó el noble lord para impedir que Turquía reanudara por su parte la guerra».

Cuando el coronel Evans pidió que se presentaran los documentos que probaran que Prusia había violado su pretendida neutralidad en la guerra ruso-polaca, lord Palmerston respondió que

«los ministros de nuestro país no han presenciado esta lucha sin el más profundo pesar, y se sienten muy satisfechos de verla terminada». (Cámara de los Comunes, 16 de agosto de 1831.)

Naturalmente, deseaba verla terminada cuanto antes, y Prusia compartía sus sentimientos.

En una ocasión posterior, el señor H. Gally Knight47 resumió toda la conducta del noble lord respecto de la insurrección polaca en las frases siguientes:

«En cuanto Rusia está de por medio, en la conducta del noble lord aparece una curiosa inconsecuencia... En la cuestión polaca, el noble lord nos ha decepcionado una y otra vez; recordemos cómo el noble lord, cuando se le instaba a abrazar la causa de los polacos, admitía la justicia de la causa y la razón de nuestras quejas. Pero, decía, conteneos por ahora, que un embajador de conocidas ideas liberales va de camino a negociar; podéis confiar en que haremos lo que debe hacerse. No haríais más que estorbar sus negociaciones si irritarais a la potencia con la que ha de tratar. Sed, pues, razonables, seguid mi consejo y estad seguros de que así se conseguirá mucho. Nos dejamos despachar con esas garantías, el embajador liberal partió, pero nunca hemos sabido si llegó a hacer algo en el asunto. Todo lo que hemos obtenido son las bellas palabras del noble lord, y ningún resultado». (Cámara de los Comunes, 13 de julio de 1840.)

Cuando el llamado Reino de Polonia hubo desaparecido del mapa de Europa, quedó todavía en la ciudad libre de Cracovia un extraño residuo de independencia nacional polaca. Durante la anarquía general que siguió a la caída del Imperio francés, el zar Alejandro no había conquistado el ducado de Varsovia, sino que simplemente se había apoderado de él, y deseaba, naturalmente, conservarlo junto con Cracovia, que Bonaparte había incorporado al ducado. Austria, a la que en otro tiempo había pertenecido Cracovia, quería recuperarla. Cuando el zar vio que no podría conservarla, propuso hacer de ella una ciudad libre, pues, naturalmente, no quería que fuera para Austria. Por eso se estipuló en el artículo VI del tratado de Viena que

«la ciudad de Cracovia con su territorio será para siempre una ciudad libre, independiente y estrictamente neutral, bajo la protección de Rusia, Austria y Prusia»,

y en el artículo IX

«las cortes de Rusia, Austria y Prusia se obligan a respetar y a hacer respetar siempre la neutralidad de Cracovia y de su territorio como ciudad libre. Ninguna fuerza armada podrá entrar en ella bajo ningún pretexto».

Inmediatamente después de terminar la insurrección polaca de 1830-1831, tropas rusas entraron de repente en Cracovia, y esa ocupación duró dos meses. Pero se consideró una medida pasajera, impuesta por la guerra, y en la agitación de aquellos tiempos pronto se olvidó.

En 1836 Cracovia volvió a ser ocupada por tropas austriacas, rusas y prusianas para obligar, según se dijo, a las autoridades de Cracovia a entregar a las personas que habían participado cinco años antes en la revolución polaca. Se abolió la Constitución de Cracovia, y los tres cónsules residentes allí se arrogaron la autoridad suprema; la policía se confió a espías austriacos, se derribó el Senado, se suspendieron los tribunales, se paralizó la universidad prohibiendo la matrícula de estudiantes de las provincias vecinas y se arruinó el comercio de la ciudad libre con los países de alrededor.

Cuando el 18 de marzo de 1836 se interpeló al noble vizconde sobre la ocupación de Cracovia, la declaró un fenómeno pasajero. La manera en que expuso la conducta de sus tres aliados del Norte le pareció a él mismo tan indulgente y elogiosa que interrumpió de golpe el fluir terso de su discurso para declarar solemnemente:

«No estoy aquí para defender unas medidas que, al contrario, debo censurar y condenar. Solo he mencionado estos hechos porque, si bien no disculpan la ocupación violenta de Cracovia, quizá ofrezcan una justificación de ella, etc...».

Admitió que el tratado de Viena obligaba a las tres potencias a no dar ningún paso de ninguna clase sin el consentimiento previo de Inglaterra.

«Pero de ellas podía decirse con razón que rendían involuntariamente tributo al amor a la justicia y a la rectitud de este país al suponer que nosotros jamás daríamos nuestro consentimiento a semejante proceder».

El señor Patrick Stewart,48 sin embargo, había caído en la cuenta de que había medios mejores de preservar Cracovia que la mera «abstención de protestar», y el 20 de abril de 1836 presentó una moción para que se encargara al gobierno enviar un cónsul que lo representara en la ciudad libre de Cracovia, puesto que las tres potencias del Norte tenían allí también tres cónsules. La llegada simultánea a Cracovia de un cónsul francés y uno inglés habría tenido el alcance de un acontecimiento político. Cuando el noble vizconde vio que la mayoría de la Cámara era favorable a la moción, indujo al señor Stewart a retirarla con la promesa solemne de que «el gobierno se proponía enviar un agente consular a Cracovia». Cuando lord Dudley Stuart lo interpeló el 22 de marzo de 1837 sobre esa promesa, el noble lord respondió que «había cambiado de intención; no había enviado ningún agente consular a Cracovia ni se proponía hacerlo en ese momento». Cuando lord Dudley Stuart anunció que interpelaría para obtener documentos sobre esta extraña transacción, el noble vizconde frustró la interpelación sencillamente no presentándose, con lo que hubo que hacer el recuento de la Cámara.49

La ocupación «pasajera» de Cracovia aún continuaba en 1840, y la población dirigió por eso a los gobiernos de Francia e Inglaterra un memorial que contiene, entre otros, el pasaje siguiente:

«Las desgracias que han caído sobre la ciudad libre de Cracovia y sus habitantes han alcanzado tal magnitud que los firmantes no ven para sí mismos y para sus conciudadanos otro refugio que los ilustres gobiernos de Francia e Inglaterra. La situación en que se encuentran actualmente les da derecho a dirigirse a todas las potencias firmantes del tratado de Viena».

Cuando el 13 de julio de 1840 se interrogó al noble vizconde sobre esta petición de Cracovia, declaró:

«Entre Austria y el gobierno británico, la evacuación de Cracovia ya no es más que una cuestión de tiempo».

En cuanto a la violación del tratado de Viena,

«no había ninguna posibilidad de imponer por la fuerza las opiniones de Inglaterra, aun cuando este país estuviera dispuesto a tomar las armas, porque Cracovia era evidentemente un lugar donde una acción inglesa no podía tener lugar».

Obsérvese que dos días después de esta declaración el noble lord concluyó con Rusia, Austria y Prusia un tratado que cerraba el mar Negro a la flota inglesa, quizá para que tampoco allí pudiera desplegarse ninguna acción inglesa.50 Exactamente al mismo tiempo, el noble lord renovaba la Santa Alianza de Inglaterra con esas potencias contra Francia. Sobre las pérdidas comerciales que Inglaterra sufrió por la ocupación de Cracovia, el noble lord se expresó así: «la exportación general a Alemania no ha disminuido», a lo que sir Robert Peel observó con razón que eso no tenía nada que ver con Cracovia. Acerca de sus verdaderas intenciones en este asunto, y también del envío de un agente consular a Cracovia, Palmerston replicó:

«La manera en que los miembros de la oposición habían utilizado su desafortunada declaración de nombrar un cónsul británico en Cracovia» (declaración a la que el noble lord se había visto empujado en 1836 para escapar a la censura de un Parlamento que le era hostil) «le daba derecho a negar a semejante pregunta cualquier respuesta que pudiera exponerlo de nuevo a ataques injustificados de esa clase».

El 17 de agosto de 1846 declaró que

«no dependía de la presencia de un agente consular en Cracovia que las grandes potencias de Europa respetaran y ejecutaran o no el tratado de Viena».

El 28 de enero de 1847, cuando se le volvieron a pedir a Palmerston documentos que explicaran por qué no se había producido el nombramiento de un cónsul británico en Cracovia, declaró que

«el asunto no tenía una relación necesaria con la discusión sobre la incorporación de Cracovia, y que no veía la utilidad de reanudar un debate acalorado sobre una cuestión que solo tenía un interés pasajero».

Se mantenía, pues, fiel a la opinión que ya había expresado el 17 de marzo de 1837 sobre la presentación de documentos de Estado:

«Si los documentos se refieren a cuestiones aún pendientes de discusión, su presentación es peligrosa; si se refieren a cuestiones ya resueltas, sin duda ya no sirven de nada».

Y, sin embargo, el gobierno británico estaba muy bien informado por su cónsul en Varsovia, el coronel Du Plat, de la importancia que tiene Cracovia, no solo en el aspecto político, sino también en el comercial. Este informaba:

«Cracovia, desde que fue erigida en Estado independiente, ha sido siempre el depósito de cantidades muy considerables de mercancías inglesas, enviadas allí desde el mar Negro, desde Moldavia y Galitzia e incluso por Trieste, que luego seguían su camino hacia los países circundantes. Con el tiempo se ha enlazado con las grandes líneas ferroviarias de Bohemia, Prusia y Austria... Es también el centro del importante enlace ferroviario entre el Adriático y el Báltico. Estará igualmente en comunicación directa con Varsovia... Como puede preverse casi con certeza que todo punto importante del Levante, e incluso de la India y de China, quedará comunicado con el Adriático, no puede negarse que también para Inglaterra tendría la mayor importancia comercial poseer una estación como Cracovia en el centro de la gran red ferroviaria que une el continente occidental con el oriental».

Hasta lord Palmerston tuvo que admitir que la insurrección de Cracovia de 1846 la habían provocado deliberadamente las tres potencias.

«Creo que la entrada inicial de las tropas austriacas en territorio de Cracovia se produjo a petición del gobierno de Cracovia. Pero luego esas tropas austriacas se retiraron. Por qué se retiraron no se ha aclarado hasta hoy. Con ellas se retiraron el gobierno y las autoridades de Cracovia, y la consecuencia inmediata, o más bien la primera consecuencia de esa retirada fue la instauración de un gobierno provisional en Cracovia». (Cámara de los Comunes, 17 de agosto de 1846.)

El 22 de febrero de 1846 las tropas austriacas, y tras ellas las rusas y las prusianas, ocuparon Cracovia. El 26 del mismo mes, el capitán del distrito de Tarnów publicó una proclama en la que llamaba a los campesinos a matar a sus señores, prometiéndoles a cambio «una recompensa adecuada en dinero». A esta proclama siguieron los excesos de Galitzia y la matanza de unos dos mil propietarios.51 El 12 de marzo apareció la proclama austriaca a los «fieles galitzianos que se habían alzado para mantener la ley y el orden y habían aniquilado a los enemigos del orden». En la gaceta oficial del 28 de abril, el príncipe Friedrich von Schwarzenberg declaró que «los actos ocurridos habían sido autorizados por el gobierno austriaco», que, naturalmente, procedía según un plan común con Rusia y con Prusia, el lacayo del zar. Después de todas estas infamias, lord Palmerston creyó oportuno hacer en la Cámara de los Comunes la siguiente declaración:

«Tengo una opinión demasiado alta del sentido de la justicia de los gobiernos de Austria, Rusia y Prusia para no suponer que tratarán a Cracovia como esta tiene derecho a ser tratada en virtud de los tratados». (Cámara de los Comunes, 17 de agosto de 1846.)

Lo único que le importaba entonces al noble lord era quitarse de encima al Parlamento, cuya sesión tocaba a su fin. Aseguró a la Cámara de los Comunes «que el gobierno británico haría todo lo posible para que se respetaran debidamente las disposiciones del tratado de Viena». Pero cuando el señor Hume expresó sus dudas de «que fuera intención de lord Palmerston conseguir la retirada de las tropas rusas y austriacas de Cracovia», el noble lord pidió a la Cámara que no diera importancia a esas afirmaciones del señor Hume. Él estaba mucho mejor informado y convencido de que la ocupación de Cracovia era solo «pasajera». Una vez despachado el Parlamento de 1846 de la misma manera en que él despacharía más tarde el de 1853, el 11 de noviembre de 1846 llegó puntualmente la proclama austriaca que incorporaba Cracovia al territorio del Estado austriaco. Cuando el 19 de enero de 1847 el Parlamento volvió a reunirse, supo por el discurso de la Corona que Cracovia se había perdido, pero que a cambio quedaba una protesta del valiente Palmerston. Y para quitar de antemano a esa protesta toda apariencia de importancia, el noble lord se esforzaba al mismo tiempo, a propósito de las bodas españolas, en arrastrar a Inglaterra a una disputa con Francia que estuvo a punto de llevar a un choque entre los dos países,52 conducta que el señor Smith O'Brien53 criticó con extraordinaria dureza. El gobierno francés se había dirigido a Palmerston para asegurarse su colaboración en una protesta conjunta contra la incorporación de Cracovia. Lord Normanby,54 siguiendo las instrucciones del noble vizconde, respondió que el atropello cometido por Austria al anexionarse Cracovia no era mayor que el de Francia al concertar la boda del duque de Montpensier con la infanta española: lo uno era una violación del tratado de Viena, lo otro una violación del tratado de Utrecht. Ahora bien, el tratado de Utrecht, aunque renovado en 1782, había quedado definitivamente abolido por la guerra antijacobina y, por tanto, carecía por completo de efecto desde 1792. Nadie en la Cámara lo sabía mejor que el noble lord, que con ocasión de los debates sobre los bloqueos de México y Buenos Aires había comunicado él mismo a la Cámara que

«las disposiciones del tratado de Utrecht se habían extinguido hacía tiempo por las vicisitudes de la guerra, salvo una sola cláusula, relativa a las fronteras del Brasil y de la Guayana francesa, que se había incorporado expresamente al tratado de Viena».

Todavía hemos de ocuparnos de los esfuerzos que hizo el noble lord para rechazar las intromisiones de Rusia en Polonia.

Entre Inglaterra, Holanda y Rusia existía en otro tiempo un extraño acuerdo, el llamado empréstito ruso-holandés. Durante la guerra antijacobina, el zar Alejandro contrajo un empréstito con los señores Hope & Co. de Ámsterdam. Tras la caída de Napoleón, el rey de los Países Bajos,55 «que deseaba mostrarse agradecido a las potencias aliadas por la liberación de su país», y también por la anexión de Bélgica, sobre la que no tenía el menor derecho, se ofreció a concluir con Rusia un tratado por el que se comprometía a pagar a plazos los 25 millones de florines que Rusia debía a los señores Hope & Co.; las demás potencias habían renunciado a sus reclamaciones en favor de Rusia, que estaba en un apuro de dinero de lo más grave. Sin duda para encubrir su robo de las colonias holandesas del cabo de Buena Esperanza y de Demerara, Esequibo y Berbice, Inglaterra se adhirió a este tratado y se obligó a pagar una parte determinada de los subsidios concedidos a Rusia. Esta disposición se incluyó en el tratado de Viena, pero con la condición expresa de «que el pago cesaría si la unión entre Holanda y Bélgica se rompía antes de que se hubiera liquidado toda la deuda». Cuando Bélgica se separó de Holanda por una revolución,56 Holanda, como es natural, se negó a seguir pagando su parte a Rusia. Y, por otro lado, Rusia, como señaló el señor Herries57 en el Parlamento, «no tenía ni la más mínima jota de derecho a que Inglaterra siguiera pagando la deuda». (Cámara de los Comunes, 26 de enero de 1832.)

Lord Palmerston, sin embargo, encontraba muy natural que

«a Rusia se le pague una vez por apoyar la unión entre Bélgica y Holanda, y otra vez por defender la separación de esos dos países». (Cámara de los Comunes, 16 de julio de 1832.)

En tono trágico imploraba el fiel cumplimiento de los tratados, y sobre todo del tratado de Viena; y se empeñó en sacar adelante un nuevo tratado con Rusia, fechado el 16 de noviembre de 1831, en cuyo preámbulo se decía expresamente que se concluía «en consideración de las disposiciones generales del tratado de Viena, que conservarán todo su efecto».

Cuando la disposición sobre el empréstito ruso-holandés se incluyó en el tratado de Viena, el duque de Wellington exclamó:

«Es una obra maestra diplomática de lord Castlereagh;58 porque ahora Rusia queda obligada a cumplir el tratado de Viena por una obligación pecuniaria».

Por eso, cuando Rusia violó el tratado de Viena con la ocupación de Cracovia, el señor Hume propuso suspender todo nuevo pago del Tesoro británico a Rusia. Pero el noble vizconde pensaba que, aunque Rusia tuviera derecho a violar el tratado de Viena en lo tocante a Polonia, Inglaterra debía seguir obligada con Rusia por ese mismo tratado.

Pero con esto no se agota la extraordinaria conducta del noble lord. Después de estallar la revolución belga y antes de que el Parlamento hubiera aprobado el nuevo empréstito ruso, Palmerston cargó ya con los gastos de la guerra rusa contra Polonia con el falso pretexto de pagar la vieja deuda que Inglaterra había contraído en 1815; y ello aunque, apoyándonos en la autoridad del mayor jurista inglés, sir E. Sugden, hoy lord St. Leonards,59 podemos afirmar que «en esta cuestión no había un solo punto dudoso y que el gobierno no tenía ninguna facultad para pagar ni un chelín». (Cámara de los Comunes, 26 de enero de 1832.) Igualmente, apoyándonos en la autoridad de sir Robert Peel, podemos afirmar «que el noble lord no tenía derecho legal a adelantar ese dinero». (Cámara de los Comunes, 12 de julio de 1832.)

Ahora comprendemos, pues, por qué el noble lord repite en cada ocasión que «para un hombre sensible nada puede ser más penoso que estas discusiones sobre Polonia».

Artículo IV

[The People's Paper, núm. 80, del 12 de noviembre de 1853]

Tema eterno e inagotable de autoglorificación son para el noble vizconde los servicios que ha prestado a la causa de la libertad constitucional en todo el continente. En efecto, el mundo le debe la invención de los reinos constitucionales de Portugal, España y Grecia, tres fantasmas políticos que solo pueden compararse con el homúnculo de Wagner en el Fausto.60 Portugal, gimiendo bajo el yugo de un enorme pedazo de carne llamado doña María da Gloria, tras la cual está un Coburgo,61

«debe considerarse una de las potencias respetables de Europa». (Cámara de los Comunes, 10 de marzo de 1837.)

Y mientras el noble vizconde hablaba así, echaban el ancla en Lisboa seis navíos de línea ingleses para proteger a la «respetable» hija de don Pedro de su pueblo portugués y ayudarla a destruir la misma Constitución que había jurado defender. España, entregada a otra María62 que, aunque conocida como pecadora notoria, nunca llegará a ser una Magdalena,

«se nos aparece como una potencia rica, floreciente e incluso temible entre los reinos de Europa». (Lord Palmerston en la Cámara de los Comunes, 10 de marzo de 1837.)

Temible, sin duda, para todos los tenedores de títulos españoles. Pero el noble lord tiene buenas razones a mano incluso para haber entregado la patria de Pericles y de Sófocles al dominio nominal de un niño idiota bávaro.63

«El rey Otón pertenece a un país donde existe una Constitución libre». (Cámara de los Comunes, 8 de agosto de 1832.)

¡Una Constitución libre en Baviera, la Beocia alemana! Esto supera la licentia poetica [licencia poética] de una floritura retórica, las «fundadas esperanzas» de España y el poderío «respetable» de Portugal. En cuanto a Bélgica, lord Palmerston no hizo otra cosa que cargarla con una parte de la deuda holandesa, quitarle la provincia de Luxemburgo y endosarle la dinastía de los Coburgo.64 Y en cuanto a la entente cordiale con Francia, empezó a enfermar desde el momento en que Palmerston pretendió ampliarla en 1834 con la Cuádruple Alianza;65 con el ejemplo de Polonia vimos, además, cómo la trató, y más adelante veremos todavía en qué se convirtió en sus manos.

Uno de esos hechos que los contemporáneos apenas advierten, pero que constituyen un hito visible desde lejos en la historia, es la ocupación militar de Constantinopla por los rusos en 1833.

Por fin se había cumplido el sueño eterno de Rusia. Por fin el bárbaro de las heladas orillas del Nevá tenía en su puño de hierro la opulenta Bizancio y las costas soleadas del Bósforo. El que por su propia autoridad se había erigido en heredero de los emperadores griegos ocupaba ahora, aunque solo fuera temporalmente, la Roma de Oriente.

«La ocupación de Constantinopla por tropas rusas selló la suerte de Turquía como potencia independiente. El hecho de que Rusia ocupara Constantinopla, aunque fuera solo con el fin de protegerla, fue un golpe tan decisivo a la independencia turca como si la bandera rusa ondeara ya sobre el serrallo». (Sir Robert Peel en la Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

A consecuencia de la desgraciada guerra de 1828-1829, la Puerta había perdido su prestigio a los ojos de sus propios súbditos. Y así, como siempre ocurre en los Estados orientales cuando el poder supremo se debilita, también aquí estallaron revueltas victoriosas de los bajás. Ya en octubre de 1831 empezó el conflicto entre el sultán y Mehmet Alí, bajá de Egipto, que había apoyado a la Puerta durante la insurrección griega. En la primavera de 1832, su hijo Ibrahim Bajá entró con su ejército en Siria, conquistó esa provincia con la batalla de Homs, cruzó el Tauro, aniquiló al ejército turco en la batalla de Konya y marchó sobre Estambul.

El sultán tuvo que pedir ayuda a San Petersburgo el 2 de febrero de 1833. El 17 de febrero llegó a Constantinopla el almirante francés Roussin,66 que dos días después hizo gestiones ante la Puerta y se comprometió a obtener la retirada del bajá con ciertas condiciones, entre ellas que se rechazara la ayuda de Rusia. Pero como Roussin estaba completamente solo, no podía, naturalmente, con Rusia. «Me has llamado, y aquí estoy». El 20 de febrero, una gran escuadra rusa zarpó de Sebastopol, desembarcó un número considerable de tropas rusas en la costa del Bósforo y puso sitio a la capital. Tanto empeño ponía Rusia en proteger a Turquía que al mismo tiempo envió oficiales rusos a los bajás de Trebisonda y de Erzurum para anunciarles que, si las tropas de Ibrahim avanzaban sobre Erzurum, ambas plazas quedarían en el acto bajo la protección de un ejército ruso. A finales de mayo de 1833 llegó de San Petersburgo el conde Orlov67 y dio a entender al sultán que traía un papelito que el sultán debía firmar sin consultar con sus ministros y sin conocimiento de ningún representante diplomático acreditado ante la Puerta. Así nació el famoso tratado de Hünkâr İskelesi, concluido por ocho años.68 En él la Puerta contraía una alianza defensiva y ofensiva con Rusia, renunciaba al derecho de concluir nuevos tratados con otras potencias si no participaba en ellos Rusia y confirmaba los anteriores tratados ruso-turcos, en especial el de Adrianópolis. Por una cláusula secreta anexa al tratado, la Puerta se obligaba

«a cerrar el estrecho de los Dardanelos en favor de la corte imperial de Rusia, es decir, a no permitir que entre en él ningún buque de guerra extranjero bajo ningún pretexto».

¿A quién debía el zar haber podido ocupar Constantinopla con sus tropas y, en virtud del tratado de Hünkâr İskelesi, trasladar de Constantinopla a San Petersburgo la sede suprema del Imperio otomano? ¿A quién sino al muy honorable Henry John, vizconde Palmerston, barón Temple, par de Irlanda, miembro del muy honorable Consejo Privado de Su Majestad, caballero gran cruz de la muy honorable Orden del Baño, miembro del Parlamento y primer secretario de Estado de Su Majestad para Asuntos Exteriores?

El tratado de Hünkâr İskelesi se concluyó el 8 de julio de 1833. El 1 de julio de 1833, el señor H. L. Bulwer69 pidió que se presentaran los documentos sobre los asuntos turco-sirios. El noble lord se opuso a la moción, porque

«las transacciones a que se referían los documentos solicitados aún no estaban concluidas, y del desenlace dependía precisamente el carácter de toda la transacción. Como aún no se conocían los resultados, la moción era prematura». (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833.)

Acusado por el señor Bulwer de no haber intervenido en defensa del sultán contra Mehmet Alí y de no haber impedido con ello el avance del ejército ruso, aplicó aquel peculiar sistema, a la vez defensa y confesión, que desarrolló aún más en ocasiones posteriores y cuyos membra disjecta [miembros dispersos] voy a reunir ahora.

«No quería cargar con la responsabilidad de negar que el sultán se había dirigido a Inglaterra en demanda de ayuda en la segunda mitad del año pasado». (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833.) «La Puerta pidió oficialmente ayuda en el curso del mes de agosto». (Cámara de los Comunes, 24 de agosto de 1833.)

Pero no, no en agosto.

«La petición de ayuda de la flota por parte de la Puerta se había hecho en octubre de 1832». (Cámara de los Comunes, 28 de agosto de 1833.)

Pero no, no en octubre.

«Fue en noviembre de 1832 cuando la Puerta pidió ayuda». (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

El noble lord está tan poco seguro de la fecha en que la Puerta imploró su ayuda como Falstaff lo estaba del número de bribones vestidos de bocací y de paño verde de Kendal que lo habían asaltado.70 Sin embargo, no está dispuesto a negar que la Puerta rechazó la ayuda armada que le ofrecía Rusia y que se dirigió a él, a lord Palmerston. Él desatendió las peticiones de la Puerta. La Puerta volvió a dirigirse al noble lord y envió a Londres primero al señor Mavrogeni y luego a Namik Bajá,71 que pidieron con insistencia el apoyo de una escuadra, con la condición de que el sultán corriera con todos los gastos de esa escuadra, y prometieron además mostrar su agradecimiento por ese socorro concediendo a los súbditos británicos en Turquía nuevos privilegios y ventajas comerciales. Tan segura estaba Rusia de que el noble lord se negaría, que hasta se sumó al enviado turco en su petición de socorro a su señoría. Él mismo nos lo dice:

«La justicia le obligaba a declarar que Rusia, lejos de ver en que Inglaterra prestara esa ayuda un motivo de celos, le había comunicado oficialmente por medio de su embajador, cuando el asunto aún estaba pendiente, que tenía noticia de esa petición de Turquía y que, dado el interés que Rusia ponía en la existencia y conservación del Imperio turco, le satisfaría mucho que los ministros accedieran a esa petición». (Cámara de los Comunes, 28 de agosto de 1833.)

Pero el noble lord siguió inflexible y sordo a todas las instancias de la Puerta, aunque esta había encontrado un valedor en la propia y desinteresada Rusia. Entonces la Puerta empezó a comprender lo que se esperaba de ella. Entendió que estaba condenada a poner al lobo a guardar las ovejas. Todavía vacilaba, y hasta tres meses después no se decidió a aceptar la ayuda de Rusia.

«Gran Bretaña», dijo el noble lord, «nunca se ha quejado de que Rusia prestara esa ayuda; al contrario, nos alegramos de que Turquía recibiera de alguna parte un apoyo eficaz». (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

Fuera cual fuese la fecha en que la Puerta implorara la ayuda de lord Palmerston, este tiene que admitir que

«no cabe duda de que, si Inglaterra hubiera considerado conveniente intervenir, el avance del ejército invasor se habría detenido y no se habría llamado a las tropas rusas». (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833.)

¿Por qué, entonces, no había considerado «conveniente» intervenir y mantener alejados a los rusos?

En primer lugar, alega falta de tiempo. Pero, según sus propios datos, el conflicto entre la Puerta y Mehmet Alí había surgido ya en octubre de 1831, mientras que la batalla decisiva de Konya no se libró hasta el 21 de diciembre de 1832. ¿No pudo encontrar el tiempo necesario en todo ese largo período? Ibrahim Bajá ganó una gran batalla en julio de 1832, y de julio a diciembre tampoco pudo encontrar tiempo. Tenía que esperar todo ese largo tiempo una petición formal de la Puerta, que, según nos contó hace poco, no se produjo hasta el 3 de noviembre.

«¿Tan poco sabía», pregunta sir Robert Peel, «de lo que ocurría en Levante que tenía que esperar a una petición formal?». (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

Y desde noviembre, cuando llegó la petición formal, hasta finales de febrero pasaron de nuevo cuatro largos meses, pues Rusia no apareció hasta el 20 de febrero de 1833. ¿Por qué no hizo nada en ese tiempo?

Pero tiene a punto razones todavía mejores.

El bajá de Egipto no era más que un súbdito rebelde, y el sultán era el soberano.

«Puesto que era la guerra de un súbdito contra su soberano, y ese soberano es aliado del rey de Inglaterra, no habría sido compatible con la buena fe tener ninguna clase de relaciones con el bajá». (Cámara de los Comunes, 28 de agosto de 1833.)

Así pues, la etiqueta prohibía al noble lord detener a los ejércitos de Ibrahim. La etiqueta le prohibía dar instrucciones a su cónsul en Alejandría para que hiciera valer su influencia ante Mehmet Alí. Como el grande de España, el noble lord preferiría dejar que la reina ardiera hasta quedar en cenizas antes que violar la etiqueta y tocarle las enaguas. Pero quiere el azar que ya en 1832 el noble lord hubiera acreditado cónsules y agentes diplomáticos ante este «súbdito» del sultán sin el consentimiento del sultán, que hubiera concluido tratados con Mehmet y modificado reglamentos comerciales y aranceles aduaneros ya existentes, sustituyéndolos por otros. Y todo ello sin preocuparse del consentimiento previo de la Puerta ni de su aprobación posterior. (Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

En consecuencia, lord Grey,72 jefe entonces del noble vizconde, nos comunicó que Inglaterra

«tenía en ese momento extensas relaciones comerciales con Mehmet Alí, que no le interesaba perturbar». (Cámara de los Lores, 4 de febrero de 1834.)

¡Vaya, vaya, relaciones comerciales con el «súbdito rebelde»!

Pero es que los barcos del noble lord estaban ocupados en el Duero y en el Tajo, tenían que bloquear el Escalda y hacer de comadronas en los dolores del parto de los reinos constitucionales de Portugal, España y Bélgica;73 claro está que no podía prescindir de un solo barco. (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833 y 17 de marzo de 1834.)

Y precisamente lo que el sultán pedía una y otra vez era ayuda naval. Pero supongamos que el lord no pudiera disponer realmente ni de un solo barco. Hay, sin embargo, grandes autoridades que nos aseguran que no hacía falta tanto un solo barco como una sola palabra del noble lord. Entre ellas está el almirante Codrington, el destructor de la flota turca en Navarino.

Este declaró en la Cámara de los Comunes el 20 de abril de 1836:

«Mehmet Alí había sentido en su día el peso de nuestras representaciones cuando se trató de evacuar Morea. Había recibido entonces de la Puerta la orden de resistir, so pena de perder la cabeza, a todos los requerimientos para que evacuara Morea; y, en consecuencia, resistió, pero al final cedió sensatamente y evacuó Morea».

Además, el duque de Wellington declaró:

«Si durante las legislaturas de 1832 o 1833 se hubiera dicho clara y llanamente a Mehmet Alí que cesara en sus luchas en Asia Menor y en Siria, con ello se habría puesto fin a la guerra sin correr el riesgo de que el emperador de Rusia pudiera enviar una flota y un ejército a Constantinopla». (Cámara de los Lores, 4 de febrero de 1834.)

Pero hay autoridades de más peso todavía, empezando por el propio noble lord, que nos comunica en la Cámara de los Comunes el 17 de marzo de 1834:

«Aunque el gobierno de Su Majestad no accedió a la petición de ayuda naval del sultán, se le prestó la ayuda moral de Inglaterra. Y las comunicaciones que el gobierno británico hizo al bajá de Egipto y a Ibrahim Bajá, que mandaba en Asia Menor, contribuyeron esencialmente a concertar el acuerdo» (de Kütahya)74 «entre el sultán y el bajá con el que se puso fin a la guerra».

Está además lord Derby,75 entonces todavía lord Stanley y miembro del gabinete Palmerston, que

«afirma con audacia que el avance de Mehmet Alí solo lo impidió la resuelta declaración de Inglaterra y Francia de que no permitirían la ocupación de Constantinopla por sus tropas». (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

Así pues, según las propias palabras de lord Derby y de lord Palmerston, no fueron la flota y el ejército rusos en Constantinopla, sino la resuelta declaración del agente consular británico en Alejandría lo que detuvo la marcha victoriosa de Ibrahim sobre Constantinopla y produjo el acuerdo de Kütahya, por el que Mehmet Alí obtuvo, además de Egipto, el bajalato de Siria y el de Adana, y otros lugares por añadidura. Pero el noble lord consideró oportuno que su cónsul en Alejandría no hiciera esa declaración expresa hasta que el ejército turco estuviera destruido, Constantinopla tomada por los cosacos, el tratado de Hünkâr İskelesi firmado por el sultán y guardado en el cajón por el zar.

Si la falta de tiempo y la falta de barcos habían impedido al noble lord ayudar al sultán, y un exceso de etiqueta le impedía contener al bajá, ¿instó al menos a su embajador en Constantinopla a precaverse contra una influencia excesiva de Rusia y a mantener esa influencia dentro de ciertos límites? Oh, no, al contrario. Para no estorbar la libertad de movimientos de Rusia, el noble lord se cuidó muy mucho de no tener ningún embajador en Constantinopla durante el período más crítico de la crisis.

«Si alguna vez en algún país la posición y el prestigio de un embajador habrían sido de gran utilidad, y si alguna vez hubo un momento en que esa posición y ese prestigio podían haberse empleado con el mayor provecho, fue en Turquía en los seis meses anteriores al 8 de julio». (Lord Mahon76 en la Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Lord Palmerston nos comunica que el embajador británico, sir Stratford Canning,77 abandonó Constantinopla en septiembre de 1832; que lord Ponsonby,78 que estaba entonces en Nápoles, fue nombrado para sustituirlo en noviembre; que «surgieron dificultades para su viaje», aunque un buque de guerra lo esperaba, y «que su llegada a Constantinopla se retrasó por el mal tiempo hasta finales de mayo de 1833». (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

Rusia aún no había entrado, de modo que lord Ponsonby recibió la orden de tardar siete meses en la travesía de Nápoles a Constantinopla.

¿Y por qué había de impedir el noble lord a los rusos ocupar Constantinopla?

«Él, por su parte, tenía grandes dudas de que alguna vez hubiera sido intención política del gobierno ruso repartirse el Imperio otomano». (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833.)

¡Oh, seguro que no! Rusia no quería ningún reparto en absoluto; prefería quedarse con todo el imperio. Además de la seguridad que le daba esta duda, lord Palmerston tenía una segunda seguridad en la «duda de que en el momento actual la política de Rusia aspirase a realizar ahora ese plan», y una tercera «seguridad» en la tercera «duda» de que

«la nación rusa» (¡imagínense: una nación rusa!) «estuviera preparada para el traslado del poder del Estado, de la residencia y del gobierno a las provincias del sur que sería consecuencia necesaria de la conquista de Constantinopla por Rusia». (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833.)

Además de estos argumentos negativos, el noble lord tenía uno positivo:

«Si Inglaterra presenció tranquilamente la ocupación temporal de la capital turca por las fuerzas rusas, fue porque tenía la más plena confianza en el honor y la buena fe de Rusia... El gobierno ruso, al prometer su ayuda al sultán, había empeñado al mismo tiempo su honor, y en esa prenda depositaba él su más plena confianza». (Cámara de los Comunes, 1 de julio de 1833.)

Tan inigualada, tan indestructible, tan completa, tan imperecedera, tan inexpugnable, tan incalculable, tan irrevocable, tan incurable, inconmensurable, impávida e incomparable era la confianza del noble lord, que todavía el 17 de marzo de 1834, cuando el tratado de Hünkâr İskelesi era ya un hecho consumado, seguía asegurando que «los ministros no habían sido defraudados en su confianza». No es culpa suya que la naturaleza le haya desarrollado el órgano de la credulidad hasta dimensiones casi sobrenaturales.79

Artículo V

[The People's Paper, núm. 81, del 19 de noviembre de 1853]

El contenido del tratado de Hünkâr İskelesi se publicó en el Morning Herald del 21 de agosto de 1833. El 24 de agosto, sir Robert Inglis80 interpeló en la Cámara de los Comunes a lord Palmerston

«sobre si realmente se había concluido un tratado defensivo y ofensivo entre Rusia y Turquía. Esperaba que el noble lord estuviera en condiciones de presentar a la Cámara, antes de que el Parlamento se prorrogara, no solo los tratados concluidos, sino todas las comunicaciones relativas a la conclusión de esos tratados entre Turquía y Rusia».

Lord Palmerston respondió

«que solo cuando se tuviera la certeza de que tal tratado existía realmente, y cuando se estuviera en posesión de él, llegaría el momento de decidir qué medidas políticas se tomarían... No era culpa suya si de vez en cuando la prensa se adelantaba al gobierno». (Cámara de los Comunes, 24 de agosto de 1833.)

Siete meses después aseguró a la Cámara que

«había sido absolutamente imposible que tuviera conocimiento oficial ya en agosto del tratado de Hünkâr İskelesi, que no se ratificó en Constantinopla hasta septiembre». (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

Conocía, desde luego, el tratado ya en agosto, pero no oficialmente.

«El gobierno británico se asombró al saber que las tropas rusas, al abandonar el Bósforo, se llevaban consigo ese tratado». (Lord Palmerston en la Cámara de los Comunes, 1 de marzo de 1848.)

Sí, el noble lord tenía el tratado en su poder antes incluso de que se concluyera.

«Apenas recibió la Puerta el proyecto del tratado de Hünkâr İskelesi, lo transmitió a la embajada inglesa en Constantinopla, pidiendo al mismo tiempo protección contra Ibrahim Bajá y contra Nicolás. La petición fue rechazada, pero no solo eso. Con una perfidia verdaderamente diabólica, se comunicó el hecho al ministro ruso. Y al día siguiente el embajador ruso entregó a la Puerta el mismo ejemplar del tratado que esta había dado a la embajada inglesa, aconsejándole irónicamente que "otra vez eligiera mejor a sus confidentes"». (Cámara de los Comunes, 8 de febrero de 1848.)

Pero el noble lord había conseguido todo lo que le importaba. El 24 de agosto de 1833 se le había interpelado sobre el tratado de Hünkâr İskelesi, de cuya existencia aún no estaba convencido. El 29 de agosto se prorrogó el Parlamento, al que en el discurso de la Corona se le había dado la consoladora seguridad de

«que las hostilidades que habían perturbado la paz de Turquía habían terminado, y la Cámara podía estar segura de que el rey seguiría observando con la mayor atención los acontecimientos que pudieran afectar al estado actual de cosas en Turquía o a la independencia futura de ese Estado».

Aquí tenemos, pues, la clave de los famosos tratados de julio de Rusia. Se concluyen en julio, en agosto se filtra algo al público a través de la prensa. Se interpela a lord Palmerston en la Cámara de los Comunes. Él, naturalmente, no sabe nada. Se prorroga el Parlamento, y cuando vuelve a reunirse el tratado ya es cosa vieja o, como en 1841, ya está ejecutado, a despecho de la opinión pública.

El 29 de agosto de 1833 se prorrogó el Parlamento, y el 5 de febrero de 1834 volvió a reunirse. En el intervalo entre la prórroga y la nueva reunión caen dos acontecimientos estrechamente ligados entre sí. Primero, las flotas unidas de Francia e Inglaterra avanzaron hacia los Dardanelos, desplegaron allí la bandera tricolor y la Union Jack, siguieron hasta Esmirna y desde allí volvieron a Malta. Segundo, el 29 de enero de 1834 se concluyó entre Rusia y Turquía un nuevo tratado, el tratado de San Petersburgo.81 Apenas firmado este tratado, se retiraron las flotas unidas.

Estas maniobras combinadas no tenían otro objeto que hacer creer al pueblo inglés y a Europa que la demostración hostil en aguas turcas iba dirigida contra la Puerta como protesta contra la conclusión del tratado de Hünkâr İskelesi y que había impuesto a Rusia el nuevo tratado de San Petersburgo. Este tratado, que prometía la evacuación de los Principados y reducía los pagos turcos a un tercio de la suma fijada al principio, aportaba en apariencia a la Puerta algunos alivios en las obligaciones que le había impuesto el tratado de Adrianópolis. En todos los demás puntos no era más que una ratificación del tratado de Adrianópolis; no se volvía para nada sobre el tratado de Hünkâr İskelesi, ni se decía una sola palabra sobre el paso de los Dardanelos. Al contrario, los pequeños alivios que concedía a Turquía eran el precio pagado por el cierre de los Dardanelos a Europa mediante el tratado de Hünkâr İskelesi.

«Al mismo tiempo que se hacía la demostración» (de la flota británica), «el noble lord aseguraba al embajador ruso ante la corte inglesa que esa acción conjunta de las flotas no debía interpretarse ni como un propósito hostil ni como una demostración hostil contra Rusia, sino que en realidad no significaba absolutamente nada. Me apoyo para esta comunicación en la autoridad de lord Ponsonby, colega del noble lord y embajador en Constantinopla». (El señor Anstey en la Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

Una vez ratificado el tratado de San Petersburgo, el noble lord expresó su satisfacción por la moderación que Rusia se había impuesto en sus exigencias.

Cuando el Parlamento volvió a reunirse, apareció en el Globe, el órgano del Foreign Office, una nota según la cual

«el tratado de San Petersburgo era una prueba, o bien de la moderación y la sensatez de Rusia, o bien de la influencia que la alianza de Inglaterra y Francia y la actitud firme y unánime de estas dos potencias ejercían en el alto consejo de San Petersburgo». (Globe, 24 de febrero de 1834.)

Así se pretendía apartar la atención pública del tratado de Hünkâr İskelesi y aplacar la hostilidad que había despertado contra Rusia en Europa.

Pero, por genial que fuera la maniobra, había de fracasar. El 17 de marzo de 1834, el señor Sheil82 presentó una moción para que

«se presenten a la Cámara las copias de todos los tratados entre Rusia y Turquía y de toda la correspondencia entre los gobiernos inglés, turco y ruso relativa a esos tratados».

El noble lord se opuso a esta moción con todas sus fuerzas, y logró frustrarla asegurando a la Cámara que «la paz solo podía mantenerse si la Cámara depositaba plena confianza en el gobierno» y rechazaba esa moción. Los motivos en que apoyó su negativa a presentar los documentos fueron tan torpes que sir Robert Peel, en su lenguaje parlamentario, lo llamó «un polemista nada convincente», y su propio partidario, el coronel Evans, tuvo que admitir:

«El discurso del noble lord le parecía el menos satisfactorio que jamás le había oído».

Lord Palmerston se esforzó en convencer a la Cámara de que, según las seguridades dadas por Rusia, el tratado de Hünkâr İskelesi debía considerarse un tratado «recíproco». Esa reciprocidad consistiría en que, en caso de guerra, los Dardanelos estarían cerrados no solo para Inglaterra, sino también para Rusia. La afirmación es ya falsa en sí misma, pero aun suponiendo que fuera cierta, no sería otra cosa que una reciprocidad anglo-irlandesa, es decir, de las que dan todas las ventajas a una sola parte. Porque cuando Rusia pasa los Dardanelos no es para entrar en el mar Negro, sino, al contrario, para salir de él.

Lejos de refutar la afirmación del señor Sheil de que «el tratado de Hünkâr İskelesi venía a ser lo mismo que si la Puerta cediera a Rusia la posesión de los Dardanelos», lord Palmerston admitió que el tratado cerraba los Dardanelos a los buques de guerra británicos y que «según los artículos de ese tratado podrían incluso excluirse eficazmente del mar Negro los buques mercantes», si llegaba a haber guerra entre Inglaterra y Rusia. Pero si el gobierno procedía con «moderación» y «no mostraba una desconfianza innecesaria», es decir, si se plegaba en silencio a todas las nuevas intromisiones de Rusia, él estaría

«inclinado a suponer que posiblemente no llegaría a darse el caso de que ese tratado tuviera que entrar en vigor, y que, por tanto, quedaría de hecho en letra muerta». (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

Además, el gobierno británico había recibido de las partes contratantes tales «seguridades y declaraciones» que se podían abandonar con razón todas las objeciones al tratado. Así pues, según lord Palmerston, no había que tener en cuenta los artículos del tratado de Hünkâr İskelesi, sino las seguridades que Rusia daba sobre ellos; no los hechos de Rusia, sino sus palabras. Pero cuando ese mismo día se llamó su atención sobre la protesta del encargado de negocios francés, el señor Lagrené,83 contra el tratado de Hünkâr İskelesi, y se conoció el lenguaje ofensivo e insolente con que el conde Nesselrode84 declaraba en el Journal de Saint-Pétersbourg que «el emperador de Rusia obraría como si la declaración contenida en la nota de Lagrené no existiera en absoluto», el noble lord renegó de sus propias palabras y proclamó la doctrina contraria, a saber,

«que es en todo momento deber del gobierno inglés atender más a los hechos de una potencia extranjera que al lenguaje que emplea en tal o cual ocasión».

Así, una vez apelaba a los hechos de Rusia frente a sus palabras, y otra vez a las palabras de Rusia frente a sus hechos.

Todavía en 1837 aseguraba a la Cámara que

«el tratado de Hünkâr İskelesi era un tratado entre dos potencias independientes». (Cámara de los Comunes, 14 de diciembre de 1837.)

Diez años después, cuando el tratado había expirado hacía mucho y el noble lord se disponía a representar el papel del ministro genuinamente inglés y del civis Romanus sum,85 declaró a la Cámara sin rodeos que

«sin duda, el tratado de Hünkâr İskelesi le había sido impuesto a Turquía hasta cierto punto por el enviado ruso, el conde Orlov, en circunstancias» (creadas por el propio noble lord) «que hacían difícil a Turquía rechazarlo... El tratado daba de hecho al gobierno ruso una posibilidad de inmiscuirse en los asuntos de Turquía y de dictarle condiciones, posibilidad que en realidad no se compadecía con la independencia de ese Estado». (Cámara de los Comunes, 1 de marzo de 1848.)

Durante todo el curso de los debates sobre el tratado de Hünkâr İskelesi, el noble lord, como el bufón de la comedia,86 tenía a punto una respuesta de calibre monstruoso que vale para todo, sirve para todas las preguntas y despacha a todos los preguntones: la alianza anglo-francesa. Cuando se le reprochó con sorna su indulgencia con Rusia, respondió con toda seriedad:

«Si con esa sorna se aludía a las actuales relaciones entre Inglaterra y Francia, solo quería observar que la parte que le correspondía en el establecimiento de ese buen entendimiento lo llenaba de orgullo y satisfacción». (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833.)

Cuando se pidieron los documentos sobre el tratado de Hünkâr İskelesi, respondió:

«Inglaterra y Francia habían concluido ahora una alianza de amistad que se consolidaba cada vez más». (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

«Solo puedo observar», exclamó sir Robert Peel, «que cada vez que el noble lord se ve acorralado a propósito de nuestra política europea, encuentra el mejor medio de escabullirse en felicitar a la Cámara por la estrecha alianza entre nuestro país y Francia».

Pero al mismo tiempo el noble lord reforzaba la sospecha de sus adversarios tories de que «Inglaterra se había visto obligada a tolerar un ataque contra Turquía que Francia había alentado directamente».87

La alianza de amistad con Francia, exhibida entonces, había de encubrir la dependencia secreta de Rusia, igual que en 1840 la ruptura con Francia, acompañada de tanto estrépito, había de tapar la alianza oficial con Rusia.

Mientras el noble lord cansaba al mundo con voluminosos documentos e infolios impresos sobre los asuntos del reino constitucional de Bélgica y con numerosas declaraciones verbales y documentales sobre el «poderío respetable» de Portugal, hasta ahora ha sido absolutamente imposible arrancarle ningún documento que arrojara luz sobre la primera guerra sirio-turca y sobre el tratado de Hünkâr İskelesi. Cuando el 11 de julio de 1833 se pidieron por primera vez los documentos, «la moción era prematura..., las negociaciones aún no habían concluido..., los resultados aún no se conocían». El 24 de agosto de 1833 «el tratado aún no estaba firmado oficialmente y aún no había llegado a su poder». El 17 de marzo de 1834 «todavía se celebraban negociaciones..., las discusiones, si se le permitía decirlo así, aún no habían concluido». Incluso en 1848, cuando el señor Anstey le dijo que, si pedía los documentos, estaba convencido de que contendrían la prueba del entendimiento secreto entre el noble lord y el zar, el caballeroso ministro prefirió matar el tiempo con un discurso de cinco horas antes que matar la sospecha con documentos que hablarían por sí mismos. Y, pese a todo, aún tuvo el cínico descaro de asegurar al señor T. Attwood,88 el 14 de diciembre de 1837, que «los documentos relativos al tratado de Hünkâr İskelesi se habían presentado a la Cámara hacía ya tres años», es decir, en 1834, cuando «la paz solo podía mantenerse» ocultándoselos a la Cámara. Ese mismo día aseguró al señor Attwood que

«ese tratado era hoy un asunto terminado, se había concluido solo por un tiempo limitado, y como ese tiempo había expirado, que el honorable miembro de la Cámara lo sacara a relucir era del todo superfluo e inoportuno».

Según lo estipulado al principio, el tratado de Hünkâr İskelesi debía expirar el 8 de julio de 1841. Lord Palmerston declara al señor Attwood, el 14 de diciembre de 1837, que ya ha expirado.

«¿Qué treta, qué artimaña, qué escondrijo puedes inventar ahora para ocultarte de esta vergüenza patente y manifiesta? Vamos, oigámoslo, Jack: ¿qué treta tienes ahora?».89

Artículo VI

[The People's Paper, núm. 84, del 10 de diciembre de 1853]

En el vocabulario ruso no existe la palabra «honor». La idea misma se presenta como una ilusión francesa. «Tschto takoje honneur? Eto franzusskaja chimère» [¿Qué es eso del honor? Una quimera francesa], dice un proverbio ruso. El descubrimiento del honor ruso se lo debe el mundo exclusivamente a milord Palmerston, que durante un cuarto de siglo largo solía salir garante con el mayor énfasis, en cada momento crítico, del «honor» del zar.

Lo hizo en 1853 al terminar la sesión, como ya lo había hecho en 1833 al terminar la sesión.

Pero quiere el azar que, precisamente mientras aseguraba «su más plena confianza en el honor y la buena fe» del zar, el noble lord hubiera llegado a poseer documentos que se mantenían ocultos al resto del mundo y que no dejaban lugar a dudas, si es que las había, sobre lo que valían el honor y la buena fe de Rusia. Ni siquiera tuvo que rascar al moscovita para encontrar al tártaro. Encontró al tártaro directamente, en toda su desnuda fealdad. Llegó, en efecto, a poseer las confesiones de los principales ministros y diplomáticos rusos, que se quitaban los velos, ponían al desnudo sus pensamientos más secretos, desarrollaban sin freno sus planes de conquista y sojuzgamiento y se burlaban de la necia credulidad de las cortes y los ministros de Europa, mofándose a sus anchas de los Villèle, los Metternich, los Aberdeen, los Canning y los Wellington,90 y deliberaban en común, con el cinismo brutal del bárbaro apenas velado por la cruel ironía del cortesano, sobre cómo sembrar la desconfianza contra Inglaterra en París, contra Austria en Londres y contra Londres en Viena, enfrentar a todos entre sí y hacer de todos meros instrumentos de Rusia.

En la época de la insurrección de Varsovia, los archivos del virrey, guardados en el palacio del gran duque Constantino,91 que contenían la correspondencia secreta de los ministros y embajadores rusos desde comienzos de este siglo hasta 1830, cayeron en manos de los polacos victoriosos. Refugiados polacos llevaron luego esos documentos primero a Francia, y más tarde el conde Zamoyski, sobrino del príncipe Czartoryski,92 se los entregó a lord Palmerston, que los cubrió con el manto de la caridad cristiana. Con esos documentos en el bolsillo, el noble vizconde se empeñaba más que nunca en proclamar ante el Senado británico y ante el mundo entero «cuán firme era su confianza en el honor y la buena fe del emperador de Rusia».

No fue culpa del noble lord que esos documentos sensacionales se publicaran a finales de 1835 en el conocido Portfolio.93 Fuera lo que fuese Guillermo IV94 en otros aspectos, era un enemigo resuelto de Rusia. Su secretario particular, sir Herbert Taylor,95 era amigo íntimo de David Urquhart96 y presentó a este caballero al rey. Desde ese momento la monarquía conspiró con estos dos amigos contra la política del ministro «auténticamente inglés».

«Guillermo IV ordenó al noble lord que entregara los documentos mencionados. Una vez entregados, se examinaron en el castillo de Windsor y se consideró deseable imprimirlos y publicarlos. Pese a la fuerte oposición de Palmerston, el rey obligó al noble lord a prestar a esa publicación la autoridad del Foreign Office, de modo que el editor que había de prepararlos para la imprenta no publicó una sola línea que no llevara sellos o iniciales oficiales. Yo mismo vi las iniciales del noble lord al pie de uno de esos documentos, aunque el noble lord había negado estos hechos. Lord Palmerston se vio obligado a poner los documentos en manos del señor Urquhart para su publicación. Este era el verdadero editor del Portfolio». (El señor Anstey en la Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

Muerto el rey, lord Palmerston se negó a pagar al impresor del Portfolio, negó pública y solemnemente toda relación del Foreign Office con él e indujo, no se sabe con qué medios, a su subsecretario, el señor Backhouse,97 a poner su nombre al pie del desmentido. En el Times del 26 de enero de 1839 leemos:

«No sabemos lo que sentirá lord Palmerston, pero no tenemos ninguna duda de lo que sentiría cualquier otra persona en la posición de un ministro y como caballero, después de que el Times de ayer haya dado tal publicidad a la correspondencia entre el señor Urquhart, al que lord Palmerston destituyó de su cargo, y el señor Backhouse, al que el noble vizconde mantuvo en su puesto. De esa correspondencia se desprende de forma enteramente incontestable que toda la serie de documentos oficiales publicados en el conocido Portfolio se imprimió y difundió con la autoridad de lord Palmerston, y que su señoría es responsable, como estadista, ante el mundo político de aquí y del extranjero, y, como comitente, ante el impresor y el editor por los gastos ocasionados».

Las finanzas turcas habían quedado tan desordenadas y exhaustas por la desgraciada guerra de 1828-1829 y por los pagos de deuda a Rusia fijados en el tratado de Adrianópolis, que Turquía se vio obligada a extender todavía más el odioso sistema de monopolios, que solo permitía vender casi cualquier artículo a quienes hubieran comprado licencias al gobierno. Así unos pocos usureros lograron acaparar todo el comercio del país. El señor Urquhart propuso al rey Guillermo IV concluir con Turquía un tratado comercial que, a la vez, diera grandes ventajas al comercio británico y desarrollara las fuerzas productivas de Turquía, saneara su Tesoro y la librara así del yugo ruso. No podemos contar mejor la curiosa historia de este tratado que con las propias palabras del señor Anstey:

«La lucha constante entre lord Palmerston y el señor Urquhart giraba en torno a este tratado comercial. El 3 de octubre de 1835, Urquhart recibió su nombramiento de secretario de embajada en Constantinopla, que se le otorgó con el único fin de asegurar allí la aceptación del tratado comercial turco. Pero retrasó su partida hasta junio o julio de 1836. Lord Palmerston le apremiaba a partir. A los repetidos requerimientos para que partiera oponía invariablemente la respuesta: "No me iré hasta haber arreglado este tratado comercial con la Junta de Comercio y con el Foreign Office; entonces lo llevaré yo mismo y conseguiré que la Puerta lo acepte...". Finalmente, lord Palmerston dio su aprobación al tratado, y se remitió a lord Ponsonby, el embajador en Constantinopla».

(Entretanto, lord Palmerston había dado instrucciones a este para que quitara por completo las negociaciones de manos de Urquhart y las tomara en las suyas propias, en contra de lo convenido con el señor Urquhart.)

«En cuanto Urquhart fue apartado de Constantinopla por las intrigas del noble lord, el tratado se echó al instante por la borda. Dos años después, el noble lord volvió sobre él, cuando ante la Cámara reunida hizo a Urquhart el cumplido de atribuirle su autoría y negó para sí todo mérito en él. Pero el noble lord había desfigurado el tratado, lo había falsificado en todas sus partes y lo había convertido en un instrumento para arruinar el comercio. El tratado original de Urquhart equiparaba a los súbditos ingleses en Turquía con la nación más favorecida» (es decir, con los rusos). «Las falsificaciones de lord Palmerston equiparaban a los súbditos de Gran Bretaña con los súbditos de la Puerta, abrumados de impuestos y de cargas. El tratado de Urquhart exigía la abolición de todos los derechos de tránsito, monopolios, impuestos y cargas, cualesquiera que fuesen, salvo los fijados por el propio tratado. El tratado falsificado por lord Palmerston contenía una cláusula que declaraba derecho de la Sublime Puerta imponer al comercio cualquier reglamentación y restricción que quisiera. En el tratado de Urquhart, el derecho de importación seguiría siendo, como hasta entonces, de solo el tres por ciento; el noble lord elevó ese derecho del tres al cinco por ciento. El tratado de Urquhart fijaba un derecho ad valorem del modo siguiente: para los artículos de comercio producidos exclusivamente en Turquía, de modo que su venta en puertos extranjeros alcanzara precios de monopolio, un comisario turco y otro inglés fijarían un derecho de exportación lo bastante alto para que cupiera esperar un ingreso rentable; en cambio, las mercancías que se producían también en otros países además de Turquía y que en los puertos extranjeros no valían lo suficiente para justificar un derecho alto se gravarían menos. El tratado de lord Palmerston fijaba un derecho ad valorem fijo del doce por ciento para todos los artículos, lo soportaran o no. El tratado original extendía el privilegio del libre comercio a los barcos y productos turcos; el tratado sustitutivo no contenía ninguna disposición al respecto... Acuso al noble lord de estas falsificaciones, lo acuso de haberlas ocultado y lo acuso, por último, de haber informado falsamente a la Cámara de que este era el tratado redactado por el señor Urquhart». (El señor Anstey en la Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

El tratado modificado por el noble lord resultó tan favorable para Rusia y tan ruinoso para Inglaterra que desde entonces algunos comerciantes ingleses en Levante quisieron ponerse bajo la protección de casas rusas, y otros, según cuenta el señor Urquhart, solo se abstuvieron de hacerlo por una especie de pundonor nacional.

Sobre las relaciones secretas entre el noble lord y el rey Guillermo IV, el señor Anstey contó a la Cámara lo siguiente:

«El rey obligó al noble lord a prestar atención a la cuestión de las intromisiones rusas en Turquía, cada vez mayores... Puedo probar que el noble lord tuvo que plegarse en este asunto a las instrucciones que le daba el secretario particular del difunto rey, y que su permanencia en el cargo dependía de que se plegara o no a los deseos del monarca... El noble lord ofreció resistencia en una u otra ocasión, en la medida en que se atrevía, pero a cada uno de esos intentos de resistencia seguían los más despreciables arrebatos de contrición y de sumisión. No diré precisamente que en una de esas ocasiones el noble lord fuera literalmente suspendido de su cargo durante uno o dos días, pero sí puedo asegurar que justamente en esa ocasión el noble lord corrió peligro de ser echado del cargo de la manera menos ceremoniosa. Me refiero a lo que ocurrió cuando el difunto rey descubrió que el noble lord tenía en cuenta los sentimientos del gobierno ruso al elegir al embajador inglés ante la corte de San Petersburgo y que sir Stratford Canning, designado en un principio para ese puesto, había sido apartado para dejar sitio al difunto conde de Durham,98 embajador grato al zar». (Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

Es uno de los hechos más asombrosos que, mientras el rey luchaba en vano contra la política rusa del noble lord, este y sus partidarios whigs supieran mantener viva con éxito la sospecha pública de que el rey, conocido como tory, paralizaba los esfuerzos antirrusos del ministro «auténticamente inglés». La supuesta predilección tory del monarca por los principios despóticos de la corte rusa había de explicar, naturalmente, la política de Palmerston, inexplicable de otro modo. Los oligarcas whigs sonreían con aire misterioso cuando el señor H. L. Bulwer contó a la Cámara que

«estas mismas Navidades el conde Apponyi, embajador austriaco en París, hablando de los asuntos de Oriente, había dicho que nuestra corte temía más los principios franceses que las ambiciones de los rusos». (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833.)

Y volvieron a sonreír cuando el señor T. Attwood preguntó al noble lord

«qué recibimiento había encontrado el conde Orlov en la corte de Su Majestad cuando se le envió a Inglaterra tras la conclusión del tratado de Hünkâr İskelesi». (Cámara de los Comunes, 28 de agosto de 1833.)

Los documentos que el difunto rey y su secretario, el difunto sir Herbert Taylor, confiaron al señor Urquhart «para que en el momento oportuno limpiara la memoria de Guillermo IV» arrojarán, cuando se publiquen, una luz nueva sobre la carrera anterior del noble lord y de la oligarquía whig, de la que el público en general apenas conoce más que la historia de sus pretensiones, de sus frases y de sus llamados principios; en una palabra, el lado teatral y engañoso: la máscara.

Es este el mejor momento para hacer justicia al señor David Urquhart, que durante veinte años ha sido el adversario más encarnizado de lord Palmerston, frente al que siempre se alzó como enemigo declarado, al que ningún miedo hizo callar, ningún soborno hizo ceder y ninguna lisonja convirtió en partidario, mientras que la Alcina-Palmerston logró por lo demás amansar a todos sus otros enemigos, ya con palabras halagadoras, ya con artes de seducción. Acabamos de oír de boca del señor Anstey la impetuosa acusación contra su señoría; oigamos ahora lo que dice el señor Urquhart.

«Es una circunstancia muy significativa que el ministro acusado fuera a buscar al miembro de la Cámara» —es decir, al señor Anstey— «y se contentara con ofrecerle su colaboración y su amistad privada, sin insistir en la formalidad de una retractación o de una disculpa... El nombramiento formal del señor Anstey, hace poco, para un cargo del actual gobierno habla por sí solo». (D. Urquhart, El avance de Rusia.)99

El 8 de febrero de 1848, el mismo señor Anstey había comparado al noble lord con

«el infame marqués de Carmarthen, secretario de Estado de Guillermo III, al que el zar Pedro I, durante su visita a la corte inglesa, logró comprar para sus intereses con el oro de los comerciantes británicos».100 (Cámara de los Comunes, 8 de febrero de 1848.)

¿Quién defendió en aquella ocasión a lord Palmerston de las acusaciones del señor Anstey? El señor Sheil, el mismo señor Sheil que en 1833, al concluirse el tratado de Hünkâr İskelesi, había hecho contra su señoría el mismo papel de acusador que el señor Anstey en 1848. El señor Roebuck,101 antaño su más duro adversario, le procuró en 1850 el voto de confianza. Sir Stratford Canning, que durante un decenio entero había fustigado la complacencia del noble lord con el zar, se dio por contento con que se lo quitaran de encima nombrándolo embajador en Constantinopla. Hasta el Dudley Stuart tan querido del noble lord fue expulsado del Parlamento con intrigas durante algunos años por haberse atrevido a hacer oposición al noble lord. Cuando volvió, se había convertido en el âme damnée [alma condenada, instrumento ciego] del ministro «auténticamente inglés». Kossuth,102 que por los Libros Azules103 habría podido saber que el noble vizconde había traicionado a Hungría, lo llamó a su desembarco en Southampton «su querido amigo del alma».

Artículo VII

[The People's Paper, núm. 85, del 17 de diciembre de 1853]

Una ojeada al mapa nos muestra en la costa occidental del mar Negro las bocas del Danubio, el único río que, naciendo en pleno corazón de Europa, forma un camino natural hacia Asia. Justo enfrente, en la costa oriental del mar Negro, al sur del río Kubán, empieza la cordillera del Cáucaso, que se extiende en dirección sudeste a lo largo de unas 700 millas desde el mar Negro hasta el Caspio y separa Europa de Asia.

La potencia que domina las bocas del Danubio domina naturalmente también el propio Danubio, el camino hacia Asia y, con él, una gran parte del comercio de Suiza, Alemania, Hungría, Turquía y sobre todo de Moldavia y Valaquia. Si esa misma potencia posee además el Cáucaso, le pertenece también el mar Negro, y solo le faltan los Dardanelos y Constantinopla para cerrar su acceso. La posesión de las montañas del Cáucaso la hace dueña de Trebisonda y, gracias a su posición sobre el mar Caspio, dueña al mismo tiempo de la costa septentrional de Persia.

Rusia ha puesto sus ojos codiciosos tanto en las bocas del Danubio como en la cordillera del Cáucaso. Allí se trataba de conquistar el dominio; aquí, de afianzarlo. Las cadenas del Cáucaso separan la Rusia meridional de las opulentas provincias de Georgia, Mingrelia, Imericia y Guria, que el moscovita arrebató a los musulmanes. Con ello, el pie del inmenso imperio queda separado del cuerpo principal. La única carretera militar serpentea desde Mozdok hasta Tiflis por el desfiladero de Darial; está protegida por una cadena continua de plazas fortificadas y expuesta por ambos lados a los ataques incesantes de las tribus hostiles del Cáucaso. Si todas esas tribus caucásicas se unieran bajo un jefe militar, podrían ser peligrosas incluso para las regiones fronterizas vecinas de los cosacos.

«Nos sobrecoge el espanto al pensar en los peligros que amenazarían el sur de Rusia si los circasianos enemigos se unieran bajo un solo jefe».

Así se expresa el señor Kupffer, un alemán que presidió la comisión científica que en 1829 acompañó la expedición del general Emmanuel al Elbrús.104

Precisamente hoy nuestra atención se dirige a las orillas del Danubio, donde Rusia se ha apoderado de los dos graneros de Europa,105 y al Cáucaso, donde la amenaza la pérdida de Georgia. Fue el tratado de Adrianópolis el que preparó la usurpación de Moldavia y Valaquia por Rusia y el que reconoce también sus pretensiones sobre el Cáucaso.

El artículo IV de ese tratado establece:

«Todos los territorios situados al norte y al este de la línea fronteriza entre los dos imperios» (Rusia y Turquía) «del lado de Georgia, Imericia y Guria, así como toda la costa del mar Negro, desde la desembocadura del Kubán hasta el puerto de San Nicolás inclusive, quedarán bajo dominio ruso».

Respecto del Danubio, el mismo tratado dispone:

«La línea fronteriza seguirá el curso del Danubio hasta la boca de San Jorge, dejando en posesión de Rusia todas las islas formadas por los diversos brazos. La orilla derecha seguirá, como hasta ahora, en posesión de la Puerta. Se conviene, sin embargo, en que esta orilla derecha, desde el punto en que el brazo de San Jorge se separa del de Sulina, quedará deshabitada en una distancia de dos horas» (seis millas) «y en que no se levantará allí construcción de ninguna clase. Lo mismo vale para las islas que siguen en posesión de la corte rusa. Salvo los establecimientos de cuarentena que se instalen en ellas, no se permitirá construir en ellas edificios ni fortificaciones de ninguna clase».

En la medida en que estos dos párrafos aseguran a los rusos «nuevas posesiones y ventajas comerciales exclusivas», atentan contra el protocolo firmado por el duque de Wellington en San Petersburgo el 4 de abril de 1826106 y contra el tratado del 6 de julio de 1827 concluido en Londres entre Rusia y las demás potencias. Por eso el gobierno inglés se negó a reconocer el tratado de Adrianópolis. El duque de Wellington protestó contra él. (Lord Dudley Stuart en la Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1837.)

Según cuenta lord Mahon, también lord Aberdeen protestó:

«En un despacho a lord Heytesbury107 del 31 de octubre de 1829, se expresaba con no poco descontento sobre muchas partes del tratado de Adrianópolis y destacaba en particular las disposiciones sobre las islas del Danubio. Niega que esa paz» (el tratado de Adrianópolis) «haya respetado los derechos de soberanía territorial de la Puerta, así como las relaciones y los intereses de todas las potencias marítimas del Mediterráneo». (Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

El conde Grey declaró:

«Si se aprobara este tratado, se sacrificaría la independencia de la Puerta y se pondría en peligro la paz de Europa». (Cámara de los Lores, 4 de febrero de 1834.)

En su discurso en la Cámara de los Comunes del 17 de marzo de 1837, el propio lord Palmerston nos asegura:

«En cuanto a la extensión de la frontera rusa hasta la desembocadura del Danubio, al sur del Cáucaso y a orillas del mar Negro, ciertamente no es compatible con la declaración solemne que Rusia hizo ante toda Europa antes de que empezara la guerra turca».

Rusia solo podía esperar realizar sus pretensiones sobre las partes noroccidentales del Cáucaso bloqueando la costa oriental del mar Negro y cortando el suministro de armas y municiones a esas regiones. La costa del mar Negro, igual que las bocas del Danubio, no se cuenta sin duda entre los lugares donde «no podía desplegarse una acción inglesa», como se había lamentado lord Palmerston en el caso de Cracovia. ¿Por qué misterioso artificio consiguió, pues, el moscovita bloquear el Danubio y la costa del mar Negro y obligar a Inglaterra a someterse, no solo al tratado de Adrianópolis, sino también a las violaciones que Rusia se permitía contra ese tratado?

Estas preguntas se dirigieron al noble vizconde en la Cámara de los Comunes el 20 de abril de 1836. Al mismo tiempo se presentaron numerosas peticiones de los comerciantes de Londres, Glasgow y otras ciudades mercantiles contra las disposiciones fiscales de Rusia en el mar Negro y contra sus ordenanzas y restricciones, que amenazaban con poner en peligro el comercio inglés en el Danubio. El 7 de febrero de 1836 había aparecido un ucase ruso que, apoyándose en el tratado de Adrianópolis, establecía un puesto de cuarentena en una de las islas de la desembocadura del Danubio. Para poder aplicar las disposiciones de cuarentena, Rusia reclamaba el derecho de subir a bordo de los barcos y registrarlos, cobrar derechos y remolcar hasta Odesa a los barcos recalcitrantes que quisieran remontar el Danubio. Antes de que se estableciera el puesto de cuarentena, o, mejor dicho, antes de que con el falso pretexto de una cuarentena se construyeran una aduana y un fuerte, las autoridades rusas habían tanteado el terreno para cerciorarse de cuánto podían arriesgar con el gobierno inglés. Lord Durham, siguiendo las instrucciones recibidas de Inglaterra, protestó ante el gobierno ruso contra esta traba al comercio inglés.

«Se le remitió al conde Nesselrode. El conde Nesselrode lo remitió al gobernador de la Rusia meridional, y el gobernador de la Rusia meridional, a su vez, lo remitió al cónsul en Galatz, que se puso en contacto con el cónsul británico en Brăila, el cual recibió la indicación de enviar a los capitanes a quienes se había exigido el derecho a la desembocadura del Danubio, escenario de su agravio, para que se pudiera investigar a fondo el asunto; se sabía de sobra, naturalmente, que dichos capitanes se encontraban ya entonces en Inglaterra». (Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Pero el ucase oficial del 7 de febrero de 1836 atrajo la atención general del comercio británico.

«Muchos barcos habían zarpado ya y otros estaban a punto de zarpar, cuyos capitanes tenían orden directa de no reconocer el derecho de visita y de registro que Rusia reclamaba. Era fácil prever cuál sería la suerte de esos barcos si la Cámara no se decidía a expresar una opinión clara. Mientras no lo hiciera, los barcos británicos, que sumaban por lo menos 5.000 toneladas, serían apresados y remolcados hasta Odesa si no cedían a las insolentes exigencias de Rusia». (El señor Patrick M. Stewart en la Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Rusia había adquirido las islas pantanosas de las bocas del Danubio en virtud de una cláusula del tratado de Adrianópolis que violaba el tratado que Rusia había concluido con Inglaterra y las demás potencias en 1827. Construir fortificaciones en las bocas del Danubio y artillarlas era ya de por sí una violación del tratado de Adrianópolis, que prohibía expresamente levantar fortificación alguna a menos de seis millas del río. El cobro de derechos y las trabas a la navegación eran una violación del tratado de Viena, que declaraba que la navegación de los ríos en todo su curso, desde el punto en que cada uno se hacía navegable hasta su desembocadura, sería enteramente libre, que «el importe de los derechos no excedería en ningún caso de los que entonces» (1815) «se pagaban» y que «no se produciría aumento alguno sin el consentimiento común de los Estados ribereños». Rusia no podía invocar, pues, en su justificación más que el tratado de 1827, violado por el tratado de Adrianópolis; este, a su vez, lo había violado ella misma, y todo ello había de ratificarse con una violación del tratado de Viena.

Resultó del todo imposible arrancar a lord Palmerston una declaración de si reconocía o no el tratado de Adrianópolis. En cuanto a la violación del tratado de Viena,

«no había recibido ninguna información oficial de que hubiera ocurrido nada que el tratado no justificara. Si las partes interesadas afirmaban algo semejante, habría que proceder como los juristas de la Corona consideraran adecuado a los derechos de los súbditos ingleses». (Lord Palmerston en la Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Por el artículo V del tratado de Adrianópolis, Rusia garantiza a los Principados del Danubio «prosperidad» y plena «libertad de comercio». Pues bien, el señor Stewart expuso que los Principados de Moldavia y Valaquia habían despertado los celos más mortales de Rusia porque su comercio había crecido muy deprisa desde 1834, porque competían con la propia Rusia en las ramas de producción más importantes y porque Galatz se había convertido en el gran depósito de todo el comercio de granos del Danubio y desplazaba del mercado a Odesa. A lo que lord Palmerston respondió con estas palabras:

«Si mi honorable amigo hubiera podido demostrar que nuestro comercio con Turquía, que hace todavía algunos años era grande e importante, había descendido a un negocio insignificante por las agresiones de otros países o por la negligencia del gobierno, eso habría sido un motivo para apelar al Parlamento». En lugar de eso, «mi honorable amigo ha expuesto que en los últimos años nuestro comercio con Turquía ha pasado de la nada a un volumen muy considerable».

Rusia cierra la navegación del Danubio porque el comercio de los Principados es cada vez más importante, dice el señor Stewart. Pero, replica lord Palmerston, Rusia no lo hizo cuando ese comercio todavía era insignificante. Ustedes dejan de rechazar las últimas intromisiones de Rusia en el Danubio, dice el señor Stewart. Dejamos de hacerlo cuando todavía nadie se había atrevido a cometerlas, replicaba el noble lord. ¿Qué «situación» se ha producido, pues, «contra la que el gobierno no piensa precaverse, a menos que la intervención directa de la Cámara lo empuje a ello»? Su señoría logró impedir que la Cámara tomara una resolución asegurándole que

«en el gobierno de Su Majestad no existe la menor inclinación a ceder a los actos agresivos de ninguna otra potencia, sea la que sea y por fuerte y poderosa que sea», y exhortando a la Cámara a «abstenerse prudentemente de todo lo que las demás potencias pudieran interpretar mal y considerar con razón como una provocación por nuestra parte».

Una semana después de este debate en la Cámara de los Comunes, un comerciante británico dirigió al Foreign Office una carta relativa al ucase ruso. El subsecretario de Asuntos Exteriores respondió lo siguiente:

«Por encargo de lord Palmerston le comunico que su señoría ha pedido a los juristas de la Corona un dictamen sobre las disposiciones publicadas en el ucase ruso del 7 de febrero de 1836; entretanto, lord Palmerston me encarga responderle, a la última parte de su carta, que en opinión del gobierno las autoridades rusas no tienen derecho a cobrar derechos en la desembocadura del Danubio, y que usted hizo bien en ordenar a sus agentes que se negaran a todo pago».

El comerciante obró conforme a esta carta. El noble lord lo dejó a merced de Rusia. Según cuenta el señor Urquhart, los cónsules rusos cobran ahora en Londres y en Liverpool un derecho ruso a todo barco inglés que se dirige a los puertos turcos del Danubio, «y en la isla de Leti sigue estando la cuarentena».

Pero Rusia no limitó sus intromisiones en el Danubio al puesto de cuarentena ya instalado, a las fortificaciones ya construidas y a los derechos cobrados. Por el tratado de Adrianópolis, la única boca del Danubio todavía navegable, la de Sulina, pasó a poder de Rusia. Mientras la tuvieron los turcos, el agua del canal se mantuvo siempre a una profundidad de 14 a 16 pies. Desde que Rusia tomó posesión de ella, el agua se ha reducido a 8 pies, profundidad del todo insuficiente para el paso de los barcos de grano. Ahora bien, Rusia es parte del tratado de Viena, y este dispone en su artículo 113 que

«cada Estado proveerá a su costa al mantenimiento del camino de sirga y vigilará las obras hidráulicas necesarias, de modo que no se produzca ningún obstáculo a la navegación».

Rusia no encontró mejor medio de mantener navegable el canal que ir reduciendo cada vez más su profundidad, sembrarlo de restos de naufragios y obstruir su desembocadura con arena y fango. A esta violación sistemática y reiterada del tratado de Viena, Rusia ha añadido otra, la del tratado de Adrianópolis, que prohíbe levantar cualquier construcción en la boca de Sulina, salvo para la cuarentena y para faros. Por orden de Rusia ha surgido allí, en efecto, un pequeño fuerte ruso que debe sus ingresos al dinero extorsionado a los barcos, que se ven obligados a pagar por los retrasos y los trasbordos a gabarras provocados por las obstrucciones del canal.

«Cum principia negante non est disputandum [Con quien niega los principios no se puede discutir]. ¿De qué sirve insistir en principios abstractos», dijo lord Palmerston el 30 de abril de 1823, «frente a gobiernos despóticos que, como está probado, miden el derecho por la fuerza y cuya conducta se rige por el interés y no por la justicia?».

Conforme a su propia doctrina, sin embargo, el noble vizconde se contentó con insistir en principios abstractos frente al gobierno despótico de Rusia. Pero fue todavía más lejos. Mientras el 6 de julio de 1840 aseguraba a la Cámara que la libertad de navegación del Danubio estaba «garantizada por el tratado de Viena», y mientras el 13 de julio de 1840 se lamentaba de que la ocupación de Cracovia era una violación del tratado de Viena, pero «Inglaterra no tenía medios de imponer su voluntad, porque Cracovia era evidentemente un lugar donde cualquier acción inglesa era sencillamente imposible», dos días después firmaba con Rusia un tratado por el que los Dardanelos se cerraban a Inglaterra «en tiempo de paz con Turquía»; de este modo, Inglaterra quedaba privada del único medio de «imponer» el tratado de Viena, y el Ponto Euxino se convertía realmente en un escenario donde una acción inglesa era sencillamente imposible.

Conseguida esta posición, hizo a la opinión pública una concesión aparente disparando toda una batería de declaraciones de papel en las que recordaba al «gobierno despótico que mide el derecho por la fuerza y se rige por el interés y no por la justicia», de la manera más sentimental y retórica, que

«Rusia, al obligar a Turquía a cederle la desembocadura de un gran río europeo que constituye la principal vía comercial para el tráfico recíproco de tantas naciones, asumió deberes y responsabilidades para con otros Estados en cuyo pleno cumplimiento debería poner su orgullo».

Este himno a los principios abstractos solo le arrancó al conde Nesselrode la consabida respuesta de que «el asunto se examinaría a fondo», y de vez en cuando no dejaba de «expresar el sentimiento de pesar del gobierno imperial por la desconfianza que se mostraba ante sus intenciones».

A los esfuerzos del noble lord se debe, pues, que en 1853 se haya llegado al punto de tener que declarar imposible la navegación por el Danubio y de que el grano se pudra en la boca de Sulina mientras Francia, Inglaterra y el sur de Europa se ven amenazados por el hambre. Y Rusia, como dice el Times, «ha añadido a sus demás posesiones importantes la de una reja de hierro entre el Danubio y el Ponto Euxino». Ha conquistado la llave del Danubio y posee con ello un torniquete del hambre que puede apretar siempre que la política de Europa occidental le parezca merecedora de castigo.

Artículo VIII

[The People's Paper, núm. 86, del 24 de diciembre de 1853]

Las peticiones presentadas a la Cámara de los Comunes el 20 de abril de 1836 y la resolución del señor Patrick M. Stewart relacionada con ellas no se referían solo al Danubio, sino también a Circasia, pues en el mundo del comercio se había difundido el rumor de que el gobierno ruso, con el pretexto de bloquear la costa circasiana, quería impedir a los barcos ingleses descargar mercancías y géneros en ciertos puertos de la costa oriental del mar Negro. Lord Palmerston declaró solemnemente en aquella ocasión:

«Si el Parlamento quiere depositar su confianza en nosotros, si quiere dejarnos la dirección de las relaciones exteriores del país, sabremos proteger los intereses del país y mantener alto su honor sin vernos obligados a recurrir a la guerra». (Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Algunos meses después, el 29 de octubre de 1836, el Vixen, un barco mercante propiedad del señor George Bell cargado de sal, zarpó de Londres rumbo directo a Circasia. El 25 de noviembre, un buque de guerra ruso apresó el barco en la bahía circasiana de Sudjuk-Kalé108 porque «se había detenido en una costa bloqueada». (Carta del almirante ruso Lazarev109 al capitán inglés Childs, del 25 de diciembre de 1836.) El barco, su carga y su tripulación fueron enviados al puerto de Sebastopol, donde el 27 de enero de 1837 se recibió la decisión de los rusos sobre el apresamiento. Ya no se hablaba de «bloqueo», sino que el Vixen se declaraba sencillamente presa legítima por «haberse hecho culpable de contrabando», puesto que la importación de sal estaba prohibida y en la bahía de Sudjuk-Kalé, puerto ruso, no había aduana. La sentencia se ejecutó de un modo extraordinariamente humillante e injurioso. Los rusos que habían apresado el barco fueron recompensados con distinciones públicas. Se izó la bandera británica, se arrió luego de un tirón y se izó en su lugar la rusa. El capitán y la tripulación fueron llevados como prisioneros a bordo del Ayax, que los había apresado, y trasladados luego a Sebastopol, de allí a Odesa y de Odesa a Constantinopla, desde donde se les permitió volver a Inglaterra. Sobre el barco mismo, un viajero alemán que visitó Sebastopol unos años después de este suceso escribió a la Augsburger Zeitung lo siguiente:110

«De todos los navíos de línea rusos que visité, ninguno despertó tanto mi curiosidad como el Sudjuk-Kalé, el antiguo Vixen, que navega ahora bajo bandera rusa. El barco tiene hoy un aspecto muy distinto. Este pequeño barco es hoy el mejor velero de la flota rusa y suele emplearse en los transportes entre Sebastopol y la costa circasiana».

El apresamiento del Vixen habría dado sin duda a lord Palmerston la mejor ocasión para cumplir su promesa de «proteger los intereses del país y mantener alto su honor». Pero, además del honor de la bandera británica y de los intereses del comercio británico, había algo más en juego: la independencia de Circasia. Rusia justificó primero el apresamiento del Vixen alegando que había violado el bloqueo proclamado por Rusia; pero el barco fue confiscado por una acusación muy distinta, la de infringir las ordenanzas aduaneras rusas. Al proclamar el bloqueo, Rusia declaraba a Circasia país extranjero enemigo, y la cuestión era si el gobierno británico había reconocido alguna vez ese bloqueo. Al extender a Circasia las ordenanzas aduaneras rusas, en cambio, se la trataba como Estado vasallo de Rusia, y surgía la cuestión de si el gobierno británico había reconocido alguna vez las pretensiones rusas sobre Circasia.

Antes de seguir, recordemos que por aquel entonces Rusia estaba lejos de haber terminado de fortificar Sebastopol.

Una pretensión rusa a la posesión de Circasia solo podía derivarse del tratado de Adrianópolis, como ya expusimos en un artículo anterior. Pero el tratado del 6 de julio de 1827 obligaba a Rusia a no hacer engrandecimientos territoriales ni a sacar ventajas comerciales exclusivas de su guerra con Turquía. Toda extensión de la frontera rusa en virtud del tratado de Adrianópolis era, por tanto, una violación abierta del tratado de 1827 y no tenía por qué ser reconocida por Gran Bretaña, como expusieron las protestas de Wellington y de Aberdeen. Rusia no tenía, pues, ningún derecho a recibir Circasia de manos de Turquía. Por otra parte, Turquía no podía ceder a Rusia lo que ella misma no poseía. Circasia había sido siempre tan independiente de la Puerta que, en la época en que aún residía en Anapa un bajá turco, Rusia concluyó algunos acuerdos sobre el comercio costero con jefes circasianos, pues el comercio turco estaba limitado exclusiva y legalmente al puerto de Anapa. Siendo, pues, Circasia un país independiente, las leyes municipales, las disposiciones sanitarias y las ordenanzas aduaneras con que el moscovita quería obsequiarla obligaban a Circasia lo mismo que las leyes rusas al puerto de Tampico.

Por otro lado, si Circasia era un país extranjero y enemigo de Rusia, Rusia solo tenía derecho a bloquearla si el bloqueo se hacía efectivo y no existía solo sobre el papel, si Rusia tenía a punto el poder naval para imponerlo y dominaba realmente la costa. Ahora bien, en esa costa de doscientas millas Rusia solo poseía tres fuertes aislados, y todo el resto de Circasia estaba en manos de tribus circasianas. En la bahía de Sudjuk-Kalé no había fuerte ruso alguno. En realidad no había bloqueo, porque no se había movilizado ninguna fuerza naval. Las tripulaciones de dos barcos ingleses, la del Vixen y la de otro que había visitado la bahía en septiembre de 1834, se ofrecieron expresamente como testigos de que no se había producido ninguna clase de ocupación rusa de la costa, testimonio que confirmaron públicamente dos viajeros británicos que visitaron el puerto en 1837 y 1838. (Portfolio, VIII, 1 de marzo de 1844.)

Cuando el Vixen entró en el puerto de Sudjuk-Kalé,

«no había buques de guerra rusos a la vista ni en alta mar... Treinta y seis horas después de que el Vixen echara el ancla, cuando el propietario y algunos oficiales habían bajado a tierra y negociaban con las autoridades circasianas los derechos de aduana y los impuestos debidos por las mercancías..., entró precisamente en el puerto un buque de guerra ruso. Y no vino a lo largo de la costa, sino de alta mar». (El señor Anstey en la Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

¿Hacen falta más pruebas de que fue el propio gabinete de San Petersburgo el que hizo apresar el Vixen con el pretexto del bloqueo y confiscarlo luego con el pretexto de las ordenanzas aduaneras?

Tanto más favorecidos por el azar parecían los circasianos cuanto que la cuestión de su independencia coincidía con la de la libre navegación por el mar Negro, la protección del comercio británico y un insolente acto de piratería que Rusia había cometido contra un barco mercante británico. La probabilidad de que Circasia encontrara protección en la señora de los mares parecía tanto menos dudosa cuanto que

«la declaración de independencia circasiana se había publicado poco antes, tras madura reflexión y varias semanas de correspondencia con diversos departamentos del gobierno, en el Portfolio, publicación periódica relacionada con el Foreign Office, y Circasia figuraba como país independiente en un mapa revisado por el propio lord Palmerston». (Lord Stanley en la Cámara de los Comunes, 21 de junio de 1838.)

¿Quién habría pensado, después de esto, que el noble y caballeroso vizconde sabría manejar el asunto con tal maestría que precisamente este acto de piratería cometido por Rusia contra la propiedad inglesa le daría la ocasión largamente buscada de reconocer formalmente el tratado de Adrianópolis y aniquilar la independencia de Circasia?

El 17 de marzo de 1837, el señor Roebuck, invocando la confiscación del Vixen, propuso que se presentaran

«copias de toda la correspondencia entre el gobierno de Inglaterra y los gobiernos de Rusia y Turquía relativa al tratado de Adrianópolis, así como informes sobre todas las negociaciones y transacciones llevadas a cabo por Rusia desde el tratado de Adrianópolis acerca de la ocupación de los puertos y territorios de las costas del mar Negro».

Por miedo a que se sospechara que tenía sentimientos humanitarios o que incluso defendía a Circasia por razones abstractas, el señor Roebuck declaró sin rodeos:

«Que Rusia intente apoderarse del mundo entero, y yo contemplaré sus intentos con indiferencia; pero en el momento en que intente estorbar nuestro comercio, pediré al gobierno de este país» (¡este país está, por lo visto, en algún lugar fuera del mundo entero!) «que castigue la intromisión».

Exigía, por tanto, saber «si el gobierno británico había reconocido el tratado de Adrianópolis».

El noble lord, aunque tan acosado, tuvo presencia de ánimo suficiente para pronunciar un largo discurso y

«volver a sentarse sin haber dicho a la Cámara en posesión de quién se encuentra actualmente de hecho la costa circasiana, si pertenece realmente a Rusia y si el Vixen fue apresado en virtud de un bloqueo existente o por infringir disposiciones fiscales, ni si reconoce o no el tratado de Adrianópolis». (El señor Hume en la Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1837.)

El señor Roebuck señaló que el señor Bell, antes de hacer zarpar el Vixen hacia Circasia, se había dirigido al noble lord para cerciorarse de si había que temer algún inconveniente o peligro si un barco llevaba mercancías a cualquier parte de Circasia, y que el Foreign Office había respondido que no. Lord Palmerston se vio entonces obligado a leer a la Cámara su correspondencia con el señor Bell. Al escucharle, se tenía la impresión de que leía una comedia española de capa y espada, y no la correspondencia oficial entre un ministro y un comerciante. Cuando Daniel O'Connell111 oyó que el noble lord había leído las cartas sobre el apresamiento del Vixen, exclamó: «¡Cuánta razón tiene Talleyrand cuando dice que el lenguaje se inventó para ocultar los pensamientos!».

Así, por ejemplo, el señor Bell preguntaba si «existían restricciones al comercio reconocidas por el gobierno de Su Majestad. Si no era así, quería enviar allí un barco cargado de sal». Lord Palmerston responde: «¿Me pregunta usted si le conviene meterse en una especulación con sal?», y añade:

«Las casas de comercio han de saber por sí mismas si pueden meterse o no en una especulación». «No es eso lo que he preguntado», contesta Bell; «solo quiero saber si el gobierno de Su Majestad reconoce el bloqueo ruso en el mar Negro hasta el sur del río Kubán». «Debe usted consultar la London Gazette», replica el noble lord; «allí figuran todas las notificaciones del tipo de las que usted menciona». La London Gazette112 era, desde luego, una fuente más adecuada para que un comerciante británico obtuviera esa clase de informaciones que los ucases del emperador de Rusia. Y como el señor Bell no encontró en la Gazette ninguna noticia de que se hubiera reconocido el bloqueo ni de otras restricciones, envió su barco. El resultado fue que al poco tiempo se encontró él mismo mencionado en la Gazette.113

«Remití al señor Bell», dijo lord Palmerston, «a la Gazette, donde encontró que el gobierno ruso no había notificado ni declarado ningún bloqueo a nuestro país; por consiguiente, no había ninguno que reconocer».

Al remitir al señor Bell a la Gazette, lord Palmerston no solo negaba que Gran Bretaña hubiera reconocido un bloqueo ruso, sino que confirmaba al mismo tiempo que, a su juicio, la costa circasiana no formaba parte del territorio ruso, pues la Gazette no publica nada cuando un Estado extranjero bloquea una parte de su propio territorio, por ejemplo contra súbditos sublevados. Y no formando Circasia parte de Rusia, tampoco podía estar comprendida en las ordenanzas aduaneras rusas. Según su propia confesión, pues, lord Palmerston negaba a Rusia en sus cartas al señor Bell el derecho a bloquear la costa circasiana o a someterla a restricciones comerciales. Es cierto que durante todo su discurso se esforzó en llevar a la Cámara a dar por sentado que Rusia había tomado posesión de Circasia. Pero, por otra parte, afirmó sin rodeos que

«la extensión de la frontera rusa hasta la desembocadura del Danubio, al sur del Cáucaso y a orillas del mar Negro ciertamente no es compatible con la declaración solemne que Rusia hizo ante toda Europa antes de que empezara la guerra turca».

Cuando volvió a sentarse, tras la solemne promesa de «proteger siempre los intereses del país y mantener alto su honor», parecía gemir bajo el peso de las preocupaciones que le imponía su política pasada, y no pensar en absoluto en tramar planes traicioneros para el futuro. Aquel día tuvo que encajar el siguiente grave reproche:

«Era sumamente censurable lo mucho que al noble lord le había faltado el celo activo para proteger el honor del país; ningún ministro anterior se había mostrado tan voluble, tan inseguro, tan vacilante, tan cobarde cuando se injuriaba a súbditos británicos. ¿Hasta cuándo pensaba el noble lord permitir a Rusia injuriar a Gran Bretaña y perjudicar así al comercio británico? El noble lord degradaba a Inglaterra al papel de un perfecto fanfarrón, altanero y tiránico con el débil, humilde y quejumbroso con el fuerte».

¿Quién fue el que marcó así sin piedad al ministro «auténticamente inglés»? Nada menos que lord Dudley Stuart.

El 25 de noviembre de 1836 se había apresado el Vixen. Los tempestuosos debates de la Cámara de los Comunes que acabamos de citar se produjeron el 17 de marzo de 1837. Pero hasta el 19 de abril de 1837 el noble lord no pidió al gobierno ruso

«que indicara el fundamento por el que se creía autorizado a apresar en tiempo de paz un barco mercante perteneciente a súbditos británicos».

El 17 de mayo de 1837 el noble lord recibió el siguiente despacho del conde de Durham, embajador británico en San Petersburgo:

«Milord:

En cuanto a la ocupación militar de facto de Sudjuk-Kalé, debo comunicar a vuestra señoría que en la bahía hay un fuerte que lleva el nombre de la emperatriz (Alexándrovski) y que siempre ha estado ocupado por una guarnición rusa.

Quedo, etc., etc.

Durham».

Apenas hace falta subrayar que el fuerte Alexándrovski no tenía siquiera tanta realidad como las aldeas de cartón que Potemkin mostró a la emperatriz Catalina II en su visita a Crimea.114 Cinco días después de recibir este despacho, lord Palmerston envía a San Petersburgo la respuesta siguiente:

«Considerando que Sudjuk-Kalé, reconocida por Rusia como posesión turca en el tratado de 1783, pertenece ahora a Rusia por el tratado de Adrianópolis, como atestigua el conde Nesselrode, el gobierno de Su Majestad no tiene motivo suficiente para poner en duda que Rusia tuviera derecho a apresar y confiscar el Vixen».

Varias circunstancias muy curiosas acompañan a estas negociaciones. Para abrirlas, lord Palmerston necesitó seis meses enteros de preparación; para cerrarlas, apenas un mes. Con su último despacho, del 23 de mayo de 1837, las negociaciones se cortan brusca y repentinamente. En él la fecha del tratado de Küçük Kaynarca115 se cita no según el calendario gregoriano, sino según el griego. Además,

«entre el 19 de abril y el 23 de mayo», como dice sir Robert Peel, «se ha producido un cambio sorprendente, de la declaración oficial a la satisfacción; se dejaron apaciguar, por lo visto, por la seguridad del conde Nesselrode de que Turquía había cedido a Rusia en el tratado de Adrianópolis la franja costera de que se trata. ¿Por qué no protestó contra ese ucase?». (Cámara de los Comunes, 21 de junio de 1838.)

¿Por qué todo esto? La razón es muy sencilla. El rey Guillermo IV había instigado en secreto al señor Bell a enviar el Vixen a la costa circasiana. Cuando el noble lord daba largas a las negociaciones, el rey gozaba aún de plena salud. Cuando lord Palmerston las cerró tan bruscamente, el rey agonizaba, y el noble lord disponía del Foreign Office tan absolutamente como si fuera el monarca absoluto de Gran Bretaña. ¿No fue una obra maestra del jocoso lord reconocer formalmente de un plumazo el tratado de Adrianópolis, el derecho de posesión de Rusia sobre Circasia y la confiscación del Vixen, y hacerlo en nombre del rey moribundo, que había enviado él mismo el desafiante Vixen con el propósito deliberado de irritar al zar, desdeñar el tratado de Adrianópolis y confirmar la independencia de Circasia?116

Así pues, como ya se ha dicho, el señor Bell fue a parar a la Gazette, y el señor Urquhart, entonces primer secretario de la embajada en Constantinopla, fue llamado de vuelta por «haber persuadido al señor Bell de emprender la expedición del Vixen».

Mientras vivió el rey Guillermo IV, lord Palmerston no se atrevió a oponerse abiertamente a la expedición del Vixen, como prueban claramente, en primer lugar, la declaración de independencia de Circasia publicada en el Portfolio; además, el mapa de Circasia que su señoría había revisado; su correspondencia con el señor Bell, carente de toda precisión; sus vagas declaraciones ante la Cámara de los Comunes; y, por último, el hermano del señor Bell, sobrecargo del Vixen, llevó a la ida despachos del Foreign Office para la embajada en Constantinopla y recibió aliento directo de lord Ponsonby, embajador británico ante la Sublime Puerta.

Al comienzo del reinado de la reina Victoria,117 la influencia de los whigs parecía más asegurada que nunca, y en consonancia cambió también de repente el lenguaje del caballeroso vizconde. La defensa y la adulación se convirtieron de golpe en altanería y desprecio. Cuando el señor T. H. Attwood le preguntó el 14 de diciembre de 1837 por el Vixen y por Circasia, opinó:

«En lo tocante al Vixen, Rusia había dado tales explicaciones sobre su proceder que el gobierno de nuestro país podía darse por satisfecho. El barco no había sido apresado durante un bloqueo. Se le había apresado únicamente porque las personas encargadas de su dirección habían contravenido las ordenanzas municipales y aduaneras de Rusia».

A los temores del señor Attwood ante las intromisiones rusas opuso

«que Rusia, a su juicio, ofrecía al mundo exactamente las mismas garantías de mantenimiento de la paz que Inglaterra». (Lord Palmerston en la Cámara de los Comunes, 14 de diciembre de 1837.)

Al terminar la sesión, el noble lord presentó a la Cámara la correspondencia con el gobierno ruso, cuyas dos piezas más importantes ya hemos citado.

En 1838 la constelación de los partidos había vuelto a cambiar, y los tories habían recuperado influencia. El 21 de junio dirigieron contra lord Palmerston una dura acusación. Sir Stratford Canning, actual embajador en Constantinopla, propuso una comisión especialmente elegida para examinar las acusaciones del señor George Bell contra el noble lord y sus pretensiones de indemnización.118 Su señoría se mostró primero sumamente sorprendido de que la moción de sir Stratford «tuviera un carácter tan mezquino».

«Es usted», le gritó entonces sir Robert Peel, «el primer ministro inglés que se atreve a llamar asunto mezquino a la protección de la propiedad y el comercio británicos».

«Ningún comerciante particular», dijo entonces lord Palmerston, «tiene derecho a exigir que el gobierno se pronuncie sobre cuestiones tan importantes como el derecho de soberanía de Rusia en Circasia o las ordenanzas aduaneras y disposiciones sanitarias que Rusia ha implantado por la fuerza de las armas».

«¿Para qué necesitamos entonces un Foreign Office, si eso no forma parte de sus deberes?», preguntó el señor Hume.

El noble lord concluyó:

«Se dice que el señor Bell, el inocente señor Bell, fue atraído a una trampa que yo le tendí con las respuestas que le di. Si se ha de hablar de trampa, fue el señor Bell quien me la tendió a mí, y no yo a él».

Sin duda con las preguntas que dirigió al «inocente» lord Palmerston.

En el curso de estos debates (el 21 de junio de 1838) salió por fin a la luz el gran secreto. Aunque el noble lord hubiera querido resistir en 1836 a las pretensiones de Rusia, ya no habría podido, por la sencilla razón de que ya en 1831, apenas llegado al cargo, su primer acto había consistido en reconocer la usurpación rusa del Cáucaso y, con ella, por la puerta de atrás, el tratado de Adrianópolis. El 8 de agosto de 1831, según cuenta lord Stanley (hoy lord Derby), el gabinete ruso comunicó a su representante en Constantinopla su intención de

«someter a disposiciones sanitarias el intenso tráfico que existía hasta entonces entre los habitantes del Cáucaso y las provincias turcas vecinas», y «estas disposiciones debían ponerse en conocimiento de las misiones extranjeras en Constantinopla y del gobierno otomano».

Al permitir a Rusia implantar en la costa circasiana unas llamadas disposiciones sanitarias y ordenanzas aduaneras que no existían en ninguna parte más que en el escrito mencionado, se reconocían las pretensiones rusas sobre el Cáucaso y, con ellas, el tratado de Adrianópolis en que se fundaban.

«Estas instrucciones», dice lord Stanley, «se habían comunicado de manera totalmente oficial al secretario de la embajada en Constantinopla, el señor Mandeville, expresamente para información de los comerciantes británicos, y se transmitieron también al noble lord Palmerston».

«No comunicó al comité de Lloyd's,119 en contra de la costumbre de los gobiernos anteriores, el hecho de haber recibido semejante notificación»; no se atrevió a comunicarlo. El noble lord se ha hecho culpable de «seis años de ocultación», le gritó sir Robert Peel.

Aquel día el jocoso lord solo escapó por 16 votos a una condena: 184 votaron en contra y 200 a su favor. ¡Esos 16 votos no ahogarán la voz de la historia ni harán callar a los montañeses cuyo fragor de armas prueba al mundo que el Cáucaso no «pertenece ahora a Rusia, como afirma el conde Nesselrode» y como repite lord Palmerston!

Karl Marx

  1. Personajes del Orlando furioso (1516-1532) de Ludovico Ariosto: el caballero Ruggiero cae bajo el hechizo de la maga Alcina, que transforma en plantas y animales a los amantes de los que se cansa; el anillo mágico que le da Melisa le revela su verdadero aspecto de vieja decrépita (canto VII). ↩

  2. Último verso del parlamento de Jaques sobre las siete edades del hombre en Como gustéis (acto II, escena 7), de Shakespeare: «Sans teeth, sans eyes, sans taste, sans everything». ↩

  3. George Canning (1770-1827), político tory, ministro de Asuntos Exteriores en 1807-1809 y 1822-1827 y primer ministro en 1827. ↩

  4. Los carbonarios, sociedad secreta revolucionaria nacida en el reino de Nápoles a comienzos del siglo XIX y activa en Italia y Francia en los años veinte y treinta. ↩

  5. En 1848 el diputado irlandés Thomas Chisholm Anstey acusó en los Comunes a Palmerston de haber servido los intereses de Rusia y pidió que se le procesara por su política exterior. En 1850, a raíz del asunto Pacifico (el bloqueo de los puertos griegos para cobrar las indemnizaciones reclamadas por súbditos británicos), la Cámara de los Lores aprobó una moción de censura contra su política exterior, y los Comunes respaldaron después al gobierno con la moción de Roebuck, tras el discurso de Palmerston del Civis Romanus sum. ↩

  6. El título de vizconde Palmerston pertenecía a la nobleza de Irlanda, lo que permitía a su titular sentarse en la Cámara de los Comunes británica. ↩

  7. Secretary at War: el cargo, que Palmerston ocupó de 1809 a 1828, se ocupaba de la administración y las finanzas del ejército y no era el de ministro de la Guerra (Secretary of State for War); Palmerston no tuvo puesto en el gabinete hasta 1827. ↩

  8. Palmerston fue ministro de Asuntos Exteriores en los gabinetes whigs de Grey y Melbourne (1830-1834 y 1835-1841) y en el de John Russell (1846-1851), hasta que este lo destituyó en diciembre de 1851 por haber aprobado ante el embajador francés el golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre. Cuando Marx escribía era ministro del Interior en el gabinete de coalición de Aberdeen. ↩

  9. Primeros ministros tories: Spencer Perceval (1809-1812), el conde de Liverpool (1812-1827), George Canning (1827), el vizconde Goderich (1827-1828) y el duque de Wellington (1828-1830). ↩

  10. Henry Addington, vizconde Sidmouth (1757-1844), primer ministro de 1801 a 1804 y ministro del Interior de 1812 a 1821, responsable de la represión de los movimientos radicales de la posguerra. ↩

  11. En septiembre de 1807 la flota británica bombardeó Copenhague y se apoderó de la flota danesa para impedir que cayera en manos de Napoleón, aunque Dinamarca era neutral. ↩

  12. Eugène-François Vidocq (1775-1857), delincuente convertido en jefe de la policía de seguridad de París. ↩

  13. Guillermo III de Orange desembarcó en Inglaterra en noviembre de 1688 con un ejército holandés; la «Revolución Gloriosa» lo llevó al trono junto con su esposa María. ↩

  14. La King's German Legion, formada en 1803 con soldados del electorado de Hannover, cuyo soberano era el rey de Inglaterra; sirvió en el ejército británico hasta 1816. ↩

  15. Mutiny Act: ley que el Parlamento aprobaba cada año para mantener el ejército permanente y regular su disciplina. ↩

  16. John Russell (1792-1878), dirigente whig, primer ministro en 1846-1852; cuando Marx escribía, ministro sin cartera y líder de la Cámara de los Comunes en el gabinete de Aberdeen. ↩

  17. Leyes de 1661 (Corporation Act) y 1673 (Test Act) que exigían a los titulares de cargos públicos comulgar en la Iglesia anglicana y excluían de ellos a católicos y disidentes protestantes. Se derogaron en 1828. ↩

  18. Palmerston fue secretario de la Guerra en el gabinete de Canning (1827) y siguió en el de Wellington hasta mayo de 1828. La ley de emancipación de los católicos, que les permitía sentarse en el Parlamento y ocupar la mayoría de los cargos públicos, la aprobó el propio gobierno Wellington en 1829, bajo la presión del movimiento de O'Connell. ↩

  19. Durante la gran hambruna, en 1847, Palmerston hizo emigrar a Canadá a numerosos arrendatarios de sus fincas del condado de Sligo. ↩

  20. La ley de reforma electoral de 1832 (Reform Act), aprobada por el gobierno whig de lord Grey: suprimió buena parte de los «burgos podridos», dio representación a las nuevas ciudades industriales y extendió el voto a las capas acomodadas de la burguesía, dejando fuera a la clase obrera. ↩

  21. Fernando VII de España (1784-1833), repuesto como rey absoluto por la expedición francesa de los Cien Mil Hijos de San Luis, que acabó en 1823 con el régimen constitucional del Trienio Liberal. ↩

  22. Alusión a la guerra de la Independencia española (1808-1814), que inmovilizó en la península a una parte del ejército napoleónico. ↩

  23. El 20 de octubre de 1827 la escuadra aliada británica, francesa y rusa, al mando del almirante Edward Codrington, destruyó en la bahía de Navarino la flota turco-egipcia sin que hubiera declaración de guerra. El discurso de la Corona de enero de 1828 la calificó de untoward event, «suceso desafortunado». ↩

  24. George Hamilton Gordon, conde de Aberdeen (1784-1860), tory y luego peelita, ministro de Asuntos Exteriores en 1828-1830 y 1841-1846; cuando Marx escribía era primer ministro del gabinete de coalición (1852-1855). ↩

  25. El tratado de Londres del 6 de julio de 1827 entre Inglaterra, Francia y Rusia, del que se habla más abajo, para imponer a la Puerta la autonomía de Grecia. ↩

  26. Clemens von Metternich (1773-1859), ministro de Asuntos Exteriores (desde 1809) y canciller de Austria hasta la revolución de 1848. ↩

  27. Carlo Andrea Pozzo di Borgo (1764-1842), embajador ruso en París, y el príncipe Christoph Lieven (1774-1839), embajador ruso en Londres de 1812 a 1834. Algunos de sus despachos secretos de esos años se publicaron en Londres en The Portfolio, la colección de documentos diplomáticos que editaba David Urquhart. ↩

  28. Dom Miguel (1802-1866), que usurpó el trono de Portugal en 1828 con el apoyo de los absolutistas; Mahmud II (1785-1839), sultán otomano desde 1808. ↩

  29. La guerra ruso-persa de 1826-1828, terminada con el tratado de Turkmanchai del 22 de febrero de 1828. ↩

  30. Alusión a la disputa de 1852-1853 entre la Iglesia griega, protegida por Rusia, y la latina, protegida por Francia, sobre los Santos Lugares de Jerusalén (las llaves de la iglesia de Belén, la reparación de la cúpula del Santo Sepulcro), que sirvió de pretexto inmediato al conflicto ruso-turco de 1853. ↩

  31. Convenio ruso-turco firmado en Akkerman en octubre de 1826, que confirmaba el tratado de Bucarest de 1812, reconocía la autonomía de Serbia y ampliaba la influencia rusa sobre los Principados del Danubio. ↩

  32. John McNeill (1795-1883), diplomático británico en Persia, autor anónimo de Progress and Present Position of Russia in the East (Londres, 1836). ↩

  33. El tratado de Adrianópolis (Edirne) del 14 de septiembre de 1829 puso fin a la guerra ruso-turca de 1828-1829. El protocolo de Londres del 22 de marzo de 1829 preveía una Grecia autónoma tributaria del sultán; el de febrero de 1830 la declaró independiente. Ioannis Capodistria (1776-1831), que había sido ministro de Asuntos Exteriores del zar Alejandro I, fue elegido presidente de Grecia en 1827 y murió asesinado en 1831. ↩

  34. George de Lacy Evans (1787-1870), militar y diputado radical. ↩

  35. Sir Robert Peel (1788-1850), jefe de los tories, primer ministro en 1834-1835 y 1841-1846. ↩

  36. Lord Dudley Coutts Stuart (1803-1854), diputado whig, presidente de la Asociación Literaria de Amigos de Polonia. La edición inglesa de 1899 trae dear, dull, deadly; la MEW, dear, dully, deadly. ↩

  37. La insurrección polaca estalló en Varsovia el 29 de noviembre de 1830. Palmerston había entrado en el Foreign Office el 22 de noviembre, con el gabinete whig de lord Grey. ↩

  38. Henry Hunt (1773-1835), orador radical, diputado por Preston de 1830 a 1832. ↩

  39. Joseph Hume (1777-1855), diputado radical. ↩

  40. El Acta final del Congreso de Viena (1815) unió a Rusia, en la persona del zar, el Reino de Polonia, al que Alejandro I otorgó una Constitución en noviembre de 1815. ↩

  41. La Dieta polaca declaró destronado al zar Nicolás I como rey de Polonia el 25 de enero de 1831. ↩

  42. Mehmet Alí (1769-1849), bajá de Egipto. En 1831 su ejército, mandado por su hijo Ibrahim, invadió Siria y en diciembre de 1832 derrotó al ejército del sultán en Konya. ↩

  43. Alexandre Colonna-Walewski (1810-1868), hijo natural de Napoleón I, más tarde ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón III. ↩

  44. Charles-Maurice de Talleyrand (1754-1838), embajador de Francia en Londres de 1830 a 1834. ↩

  45. Thomas Chisholm Anstey (1816-1873), abogado y diputado irlandés, partidario de Urquhart, que en 1848 acusó a Palmerston ante la Cámara de los Comunes. ↩

  46. Finlandia, que Suecia tuvo que ceder a Rusia en 1809. ↩

  47. Henry Gally Knight (1786-1846), diputado tory y escritor sobre arquitectura. ↩

  48. Patrick Maxwell Stewart (1795-1846), diputado whig. ↩

  49. Si un diputado lo pide y hay en la sala menos de cuarenta miembros, se hace el recuento (count-out) y se levanta la sesión. ↩

  50. El convenio de Londres del 15 de julio de 1840 entre Inglaterra, Rusia, Austria, Prusia y la Puerta, firmado a espaldas de Francia, que apoyaba a Mehmet Alí. Confirmaba el cierre de los Estrechos a los buques de guerra extranjeros mientras la Puerta estuviera en paz, principio que fijó después el convenio de los Estrechos del 13 de julio de 1841. ↩

  51. En febrero y marzo de 1846, mientras la nobleza polaca preparaba una insurrección nacional, los campesinos de Galitzia occidental, en torno a Tarnów, se alzaron contra los terratenientes con la connivencia de las autoridades austriacas y mataron a muchos de ellos. ↩

  52. El 10 de octubre de 1846 se celebraron a la vez la boda de Isabel II de España con su primo Francisco de Asís de Borbón y la de su hermana, la infanta Luisa Fernanda, con el duque de Montpensier, hijo de Luis Felipe. Inglaterra lo tomó como una ruptura de los compromisos franceses, y el asunto acabó con la entente cordiale. ↩

  53. William Smith O'Brien (1803-1864), diputado irlandés, dirigente de la Joven Irlanda, deportado a Australia tras el levantamiento de 1848. ↩

  54. Constantine Henry Phipps, marqués de Normanby (1797-1863), embajador británico en París de 1846 a 1852. ↩

  55. Guillermo I de los Países Bajos (1772-1843). El Congreso de Viena le dio Bélgica para formar el Reino Unido de los Países Bajos. ↩

  56. La revolución belga de agosto de 1830, que separó Bélgica de Holanda. ↩

  57. John Charles Herries (1778-1855), tory, ministro de Hacienda en 1827-1828. ↩

  58. Robert Stewart, vizconde Castlereagh (1769-1822), ministro de Asuntos Exteriores de 1812 a 1822 y plenipotenciario británico en el Congreso de Viena. ↩

  59. Edward Sugden (1781-1875), jurista tory, lord canciller en 1852 con el título de lord St. Leonards. ↩

  60. En la segunda parte del Fausto de Goethe (acto II), Wagner, el antiguo fámulo de Fausto, fabrica en una redoma un hombrecillo artificial, el homúnculo. ↩

  61. María II da Gloria (1819-1853), reina de Portugal, hija de Pedro I del Brasil (Pedro IV de Portugal). Su trono se impuso en la guerra civil de 1832-1834 contra su tío Dom Miguel. En 1836 se casó con Fernando de Sajonia-Coburgo-Gotha. ↩

  62. María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (1806-1878), viuda de Fernando VII y regente de España durante la minoría de Isabel II, de 1833 a 1840. ↩

  63. Otón I (1815-1867), hijo de Luis I de Baviera, impuesto como rey de Grecia por las grandes potencias en 1832, cuando tenía diecisiete años. ↩

  64. Por el tratado de Londres de 1831, Bélgica tuvo que asumir parte de la deuda pública del antiguo Reino Unido de los Países Bajos, y la parte oriental de Luxemburgo quedó en manos del rey de Holanda (el reparto se ratificó definitivamente en 1839). El primer rey de los belgas fue Leopoldo de Sajonia-Coburgo (1790-1865), tío de la reina Victoria. ↩

  65. Tratado de abril de 1834 entre Inglaterra, Francia, España y Portugal contra los pretendientes absolutistas de la Península, don Carlos y Dom Miguel. ↩

  66. Albin Roussin (1781-1854), almirante, embajador de Francia en Constantinopla de 1832 a 1839. ↩

  67. Alexéi Fiódorovich Orlov (1786-1861), general y diplomático ruso, de la confianza de Nicolás I. ↩

  68. Tratado de alianza defensiva firmado el 8 de julio de 1833 en Hünkâr İskelesi, junto al Bósforo (Unkiar-Skelessi en las fuentes inglesas, Hunkiar-Iskelessi en la MEW). ↩

  69. Henry Lytton Bulwer (1801-1872), diputado y diplomático, más tarde embajador en Madrid, Washington y Constantinopla y autor de una biografía de Palmerston. ↩

  70. Shakespeare, Enrique IV, primera parte, acto II, escena 4: Falstaff aumenta a cada frase el número de los hombres vestidos de bocací que lo han atacado, y luego habla de tres bribones vestidos de paño verde de Kendal. ↩

  71. Namık Paşa (1804-1892), militar otomano enviado en 1832-1833 en misión a Londres. Mavrogeni era otro diplomático de la Puerta. ↩

  72. Charles Grey, conde Grey (1764-1845), primer ministro whig de 1830 a 1834. ↩

  73. Durante la guerra civil portuguesa (1832-1834) la marina británica protegía la causa de María II; en 1832-1833 una escuadra anglofrancesa bloqueó las costas holandesas y la desembocadura del Escalda para obligar a Holanda a evacuar Amberes. ↩

  74. Por el acuerdo de Kütahya (mayo de 1833), el sultán reconoció a Mehmet Alí el gobierno de Siria y de Adana, además de Egipto. ↩

  75. Edward Stanley (1799-1869), desde 1851 conde de Derby. Fue secretario para Irlanda y ministro de las Colonias en el gabinete whig de Grey, del que se separó en 1834; después fue jefe de los tories y primer ministro en 1852. ↩

  76. Philip Henry Stanhope, vizconde Mahon (1805-1875), diputado tory e historiador. ↩

  77. Stratford Canning (1786-1880), primo de George Canning, embajador británico en Constantinopla en varios periodos; en 1852 recibió el título de vizconde Stratford de Redcliffe y volvió a la embajada. ↩

  78. John Ponsonby (1770-1855), vizconde Ponsonby desde 1839, embajador en Constantinopla de 1833 a 1841. ↩

  79. Alusión a la frenología, que atribuía a cada facultad del espíritu un «órgano» o protuberancia del cráneo. ↩

  80. Sir Robert Harry Inglis (1786-1855), diputado tory por la Universidad de Oxford. ↩

  81. El tratado ruso-turco de San Petersburgo del 29 de enero de 1834 reducía la indemnización de guerra que debía pagar la Puerta en virtud del tratado de Adrianópolis y preveía la evacuación de Moldavia y Valaquia por las tropas rusas. ↩

  82. Richard Lalor Sheil (1791-1851), abogado, dramaturgo y diputado irlandés. ↩

  83. Théodore de Lagrené (1800-1862), diplomático francés, entonces encargado de negocios en San Petersburgo. ↩

  84. Karl Robert Nesselrode (1780-1862), ministro de Asuntos Exteriores de Rusia de 1816 a 1856. ↩

  85. «Soy ciudadano romano»: con esta fórmula resumió Palmerston, en su discurso del 25 de junio de 1850 sobre el asunto Pacifico, la protección que Inglaterra debía a sus súbditos en cualquier lugar del mundo. ↩

  86. Alusión a Bien está lo que bien acaba de Shakespeare (acto II, escena 2), donde el bufón presume de tener una respuesta que sirve para todas las preguntas. ↩

  87. Francia apoyaba a Mehmet Alí. ↩

  88. Thomas Attwood (1783-1856), banquero de Birmingham, reformador monetario y diputado radical, cercano a los cartistas. ↩

  89. Shakespeare, Enrique IV, primera parte, acto II, escena 4: el príncipe Hal a Falstaff. ↩

  90. Joseph de Villèle (1773-1854), jefe del gobierno ultrarrealista francés de 1822 a 1828. Los demás, ministros ingleses y austriacos ya citados. ↩

  91. El gran duque Constantino Pávlovich (1779-1831), hermano de Alejandro I y de Nicolás I, comandante en jefe del ejército polaco y gobernante de hecho del Reino de Polonia hasta la insurrección de noviembre de 1830. ↩

  92. Władysław Zamoyski (1803-1868), militar y diplomático de la emigración polaca, sobrino del príncipe Adam Jerzy Czartoryski (1770-1861), presidente del gobierno nacional polaco de 1831 y luego jefe de la emigración conservadora en París. ↩

  93. The Portfolio, colección de documentos diplomáticos editada por David Urquhart en Londres desde 1835. ↩

  94. Guillermo IV (1765-1837), rey de Gran Bretaña desde 1830. ↩

  95. Sir Herbert Taylor (1775-1839), militar, secretario particular de Jorge III, Jorge IV y Guillermo IV. ↩

  96. David Urquhart (1805-1877), diplomático, publicista y diputado, turcófilo y enemigo implacable de la política rusa y de Palmerston, al que acusaba de estar al servicio de Rusia. Fue secretario de embajada en Constantinopla en 1836-1837 y Palmerston lo hizo destituir. ↩

  97. John Backhouse (1784-1845), subsecretario permanente del Foreign Office de 1827 a 1842. ↩

  98. John George Lambton, conde de Durham (1792-1840), whig radical, embajador en San Petersburgo de 1835 a 1837 y después gobernador general del Canadá. ↩

  99. David Urquhart, Progress of Russia in the West, North and South (Londres, 1853). ↩

  100. Peregrine Osborne, marqués de Carmarthen (1659-1729), marino, obtuvo de Pedro I durante el viaje de este a Inglaterra en 1698 el monopolio de la importación de tabaco en Rusia. ↩

  101. John Arthur Roebuck (1801-1879), diputado radical. Su moción de junio de 1850 aprobando la política exterior del gobierno salvó a Palmerston tras la censura de los Lores en el asunto Pacifico. ↩

  102. Lajos Kossuth (1802-1894), jefe de la revolución húngara de 1848-1849, que llegó a Inglaterra en octubre de 1851, tras su internamiento en Turquía. ↩

  103. Las colecciones de documentos que el gobierno británico presentaba al Parlamento, llamadas así por el color de sus tapas. ↩

  104. Adolph Theodor Kupffer (1799-1865), físico alemán al servicio de Rusia, miembro de la Academia de Ciencias de San Petersburgo. El general Georgi Emmanuel (1775-1837) mandaba entonces la línea militar del Cáucaso. ↩

  105. Moldavia y Valaquia, que las tropas rusas ocupaban desde julio de 1853. ↩

  106. El protocolo anglo-ruso de San Petersburgo del 4 de abril de 1826, firmado por Wellington, Nesselrode y Lieven, preveía una mediación de ambas potencias para hacer de Grecia un Estado autónomo tributario del sultán; el tratado de Londres de 1827 recogió sus términos, y en él las potencias renunciaban a toda ventaja territorial o comercial exclusiva. ↩

  107. William à Court, barón Heytesbury (1779-1860), embajador británico en San Petersburgo de 1828 a 1832. ↩

  108. Fondeadero de la costa circasiana del mar Negro, en el lugar de la actual Novorossiisk; los rusos levantaron allí un fuerte en 1838. ↩

  109. Mijaíl Petróvich Lázarev (1788-1851), almirante, comandante de la flota rusa del mar Negro desde 1833. ↩

  110. La Allgemeine Zeitung de Augsburgo, el diario alemán de mayor difusión de la época. ↩

  111. Daniel O'Connell (1775-1847), jefe del movimiento irlandés por la emancipación de los católicos y por la derogación de la Unión con Gran Bretaña. ↩

  112. El diario oficial del gobierno británico, en el que se publicaban, entre otras cosas, las notificaciones de bloqueos. ↩

  113. La London Gazette publicaba también las declaraciones de quiebra. ↩

  114. Según una anécdota muy difundida, Grigori Potemkin, favorito de Catalina II, hizo levantar fachadas de pueblos a lo largo del recorrido de la emperatriz por la Rusia meridional y Crimea en 1787 para ocultar la pobreza del país. ↩

  115. El tratado ruso-turco de Küçük Kaynarca, del 21 de julio de 1774, que puso fin a la guerra de 1768-1774. ↩

  116. Guillermo IV murió el 20 de junio de 1837. ↩

  117. Victoria (1819-1901) subió al trono el 20 de junio de 1837. ↩

  118. Stratford Canning era entonces diputado tory; fue nombrado de nuevo embajador en Constantinopla a finales de 1841 y ocupó el puesto hasta 1858. ↩

  119. La corporación de aseguradores marítimos de Londres. ↩