Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 17 de junio de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3809, del 1 de julio de 1853. El original inglés solo se conserva en fuentes libres de forma parcial (la parte sobre las huelgas en el Marx-Engels Internet Archive y la parte sobre Turquía en The Eastern Question (Londres, 1897, ed. de Eleanor Marx Aveling y Edward Aveling)): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 134-141), sin su aparato editorial, cotejada con esos fragmentos ingleses, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, viernes 17 de junio de 1853

Según los datos oficiales, el valor de las exportaciones británicas asciende

en abril de 1853 a7.578.910 libras
frente a, en abril de 18525.268.915 libras
en los cuatro primeros meses de 1853 a27.970.633 libras
frente a, en los mismos meses de 185221.844.663 libras

Lo que muestra en el primer caso un aumento de 2.309.995 libras, o más del 40 por ciento, y en el segundo de 6.125.970 libras, o casi el 28 por ciento. Si el aumento continúa en la misma proporción, el total de las exportaciones de Gran Bretaña ascendería a fines de 1853 a más de 100.000.000 de libras.

The Times, al comunicar a sus lectores estos datos sensacionales, se entregó a una especie de ditirambos que terminaban con las palabras: «Todos somos felices y todos estamos unidos.» Pero apenas había proclamado a son de trompeta este agradable descubrimiento cuando estalló en toda Inglaterra, y en especial en el norte industrial, una oleada casi general de huelgas que forma un extraño eco del canto de armonía entonado por The Times. Estas huelgas son la consecuencia necesaria de una disminución relativa del excedente de población obrera, que coincide con un encarecimiento general de los artículos de primera necesidad. En Liverpool pararon 5.000 obreros, 35.000 en Stockport, etc., hasta que por fin la epidemia alcanzó incluso a la policía y 250 agentes de Manchester presentaron su dimisión. Con este motivo, la prensa burguesa, por ejemplo el Globe, perdió por completo la compostura y abjuró de sus habituales efusiones filantrópicas. Calumnió, injurió, amenazó y pidió a gritos la intervención de los magistrados, cosa que se ha hecho efectivamente en Liverpool en todos los casos en que pudo invocarse el más remoto pretexto legal. Estos magistrados, cuando no son ellos mismos fabricantes o comerciantes, como suele ocurrir en Lancashire y Yorkshire, están al menos estrechamente ligados al mundo de los negocios y dependen de él. Han permitido a los fabricantes eludir la ley de las diez horas, burlar la ley contra el pago en especie1 e infringir impunemente todas las demás leyes aprobadas expresamente para refrenar la codicia «sin adornos» de los fabricantes, mientras que interpretan siempre la ley sobre las coaliciones2 del modo más perjudicial y desfavorable para el obrero. Esos mismos «galantes» librecambistas, famosos por su incansable oposición a la intervención del gobierno, esos apóstoles de la doctrina burguesa del laissez-faire, que conceden libre juego a los intereses privados en todas las circunstancias, son siempre los primeros en pedir la intervención del gobierno en cuanto los intereses privados de los obreros entran en conflicto con sus propios intereses de clase. En esos momentos de choque miran con franca admiración a los Estados del continente, donde los gobiernos despóticos, aunque no dejan gobernar a la burguesía, impiden al menos que los obreros opongan resistencia. No puedo exponer de mejor manera el camino que propone el partido revolucionario para aprovechar el gran conflicto actual entre fabricantes y obreros que dándole a conocer la siguiente carta que me escribió el dirigente cartista Ernest Jones3 poco antes de partir hacia Lancashire, donde ha de abrirse la campaña:

«Mi querido Marx:

Mañana salgo para Blackstone Edge, donde se celebrará un camp-meeting4 de los cartistas de Yorkshire y Lancashire, y me alegra poder comunicarle que en el norte se están haciendo para él los más amplios preparativos. Hace ya siete años que no se celebra una reunión verdaderamente nacional en ese lugar, sagrado para las tradiciones del movimiento cartista. El objeto de la presente reunión es el siguiente: por la traición y la escisión de 1848, por la disgregación de la organización entonces existente a consecuencia del encarcelamiento y la deportación de 500 de sus dirigentes, por el aclaramiento de sus filas a causa de la emigración y por el decaimiento de la energía política bajo el influjo de una vida comercial animada, el movimiento nacional del cartismo se había convertido en acciones aisladas, y la organización cartista se había ido derritiendo, precisamente en un momento en que se extendía el conocimiento de las relaciones sociales. Entretanto, sobre las ruinas del movimiento político creció un movimiento obrero nacido de los primeros pasos vacilantes hacia una conciencia social. Este movimiento obrero se manifestó primero en ensayos cooperativos aislados; después, cuando estos resultaron fallidos, en la lucha enérgica por la ley de las diez horas, por la limitación del tiempo de marcha de las máquinas, por la abolición del sistema de multas mediante descuentos del salario y por una nueva interpretación de la ley sobre las coaliciones. Hacia estas medidas, buenas en sí mismas, se dirigían toda la energía y toda la atención de la clase obrera. El fracaso de los intentos de obtener garantías legales para estas medidas ha contribuido en alto grado a dar al pensamiento de los obreros de Gran Bretaña una orientación más revolucionaria. Eso crea condiciones favorables para agrupar a las masas en torno a la bandera de una verdadera reforma social; porque tiene que ser evidente para todos que, por buenas que sean las medidas mencionadas desde el punto de vista de la satisfacción de las reivindicaciones presentes, no ofrecen ninguna garantía para el futuro ni encarnan ningún principio fundamental de derecho social. La ocasión favorable para un movimiento y la fuerza para llevarlo a cabo con éxito las dan las circunstancias del momento. El descontento del pueblo va de la mano con el aumento de las fuerzas del pueblo, debido a que, en proporción con la animación de los negocios, hay escasez de obreros. En todas partes hay huelgas, y por lo general con éxito. Pero es triste ver cómo la fuerza que podría dirigirse a una mejora fundamental se derrocha en un alivio pasajero. Por eso intento, junto con numerosos amigos, aprovechar este momento tan favorable para reunir de nuevo las filas dispersas del cartismo sobre los sanos principios de la revolución social. He conseguido reorganizar con este fin las secciones locales inactivas y adormecidas y prepararlas para una manifestación que espero general e imponente en toda Inglaterra. La nueva campaña empieza con el camp-meeting de Blackstone Edge, al que seguirán otras manifestaciones de masas en todos los condados industriales; al mismo tiempo, nuestros delegados trabajarán en los distritos agrícolas para unir a la población trabajadora del campo con el resto del ejército del trabajo, tarea que nuestro movimiento ha descuidado hasta ahora. Nuestro primer paso será la exigencia de que se apruebe la Carta, una exigencia respaldada por manifestaciones de masas del pueblo, y el intento de obligar a nuestro corrupto Parlamento a aceptar el proyecto de ley para implantar la Carta, para que esta sea reconocida abierta e inequívocamente como el único medio de una reforma social. Desde este punto de vista no se ha planteado todavía la exigencia de la Carta. Si la clase obrera apoya este movimiento (y las reacciones a mi llamamiento me autorizan a suponerlo), el resultado tiene que ser importante; porque, en caso de que el Parlamento lo rechace, quedarán al descubierto las frases huecas de los falsos liberales y de los filántropos tories, y su última esperanza, la de explotar la credulidad del pueblo, quedará destruida. Si el Parlamento consiente en tomar en consideración y debatir el proyecto, se desatará un torrente que ya no podrá contenerse con concesiones temporales. Usted, que conoce la vida política de Inglaterra, sabrá que nuestra aristocracia y nuestra plutocracia no tienen ni la energía ni la fuerza para oponer una resistencia seria al movimiento del pueblo. Las fuerzas dominantes no son ya más que un confuso revoltijo de partidos caducos que se han juntado como una tripulación pendenciera y se lanzan ahora a las bombas para salvar el barco que ya se hunde. No hay fuerza en ellos, y echar unas pocas gotas de agua de la sentina en el océano democrático no bastará en absoluto para calmar el oleaje embravecido. Tan grande es, amigo mío, la ocasión que veo ahora, tan grande la fuerza que espero que se aproveche, y tan grande el primer objetivo inmediato al que esa fuerza ha de dirigirse. Le escribiré de nuevo sobre el resultado de la primera manifestación.

Suyo afectísimo,

Ernest Jones.»

No hace falta decir que no hay ninguna perspectiva de que el Parlamento discuta la petición cartista. Las ilusiones que se hayan podido tener al respecto tienen que ceder ahora ante el hecho de que el Parlamento acaba de rechazar por una mayoría de 60 votos la moción a favor del voto secreto presentada por el señor Berkeley y apoyada por los señores Phillimore, Cobden, Bright, sir Robert Peel, etc. Y esto lo hace el mismo Parlamento que tanto protestó contra la táctica de intimidación y el soborno empleados en su elección y que, por el extraño capricho de diezmarse a sí mismo en investigaciones electorales, descuidó durante meses todos los asuntos serios. El único remedio que purity Johnny5 ha encontrado hasta ahora contra el soborno, la intimidación y las prácticas corruptas consiste en privar del derecho de voto, o, peor aún, en reducir el tamaño de los distritos electorales. Sin duda: si hubiera conseguido hacer los distritos electorales tan pequeños como él mismo, la oligarquía podría obtener esos votos sin la molestia y el gasto de comprarlos. La resolución del señor Berkeley fue rechazada por los votos unidos de tories y whigs, porque estaba en juego su interés común: la conservación de su influencia territorial sobre los tenants-at-will,6 los pequeños tenderos y demás clientela de los terratenientes. «Quien paga su arrendamiento ha de entregar con él su voto» es un viejo principio de la gloriosa Constitución británica.

El sábado pasado, The Press, un nuevo semanario bajo la influencia del señor Disraeli, hizo al público inglés la siguiente curiosa revelación:

«A comienzos de la primavera, el barón Brunnow7 comunicó a lord Clarendon la exigencia que el emperador de Rusia se disponía a presentar a la Puerta, con la indicación de que la comunicación tenía por objeto conocer el sentir de Inglaterra sobre el asunto; lord Clarendon no puso objeciones ni desaconsejó en modo alguno el camino que se pensaba seguir; y el diplomático moscovita comunicó a su amo imperial que Inglaterra no estaba mal dispuesta a hacer la vista gorda ante sus designios sobre el Cuerno de Oro.»

Pues bien, The Times de ayer publicó, en respuesta a la grave acusación del señor Disraeli, un estudiado artículo oficial, inspirado por el Foreign Office, que, en mi opinión, más que refutar esa acusación la agrava. The Times asegura que a comienzos de la primavera, antes de la llegada del príncipe Ménshikov a Constantinopla, el barón Brunnow se quejó a lord John Russell de que la Puerta había revocado los privilegios concedidos por tratado al clero griego ortodoxo, y que lord John Russell, en la idea de que el asunto solo concernía a los Santos Lugares, dio su asentimiento a los designios del zar. Pero The Times se ve obligado a reconocer al mismo tiempo que, después de la llegada del príncipe Ménshikov a Constantinopla y del cambio en el Foreign Office, donde lord Clarendon sustituyó a lord John Russell, el barón Brunnow hizo a lord Clarendon una nueva comunicación

«destinada a explicar el sentido de las instrucciones que había recibido y algunas de las expresiones empleadas en la carta credencial que el príncipe Ménshikov entregó al sultán de parte del zar».

Y The Times reconoce que «lord Clarendon dio su asentimiento a las exigencias comunicadas por el barón Brunnow». Es evidente que esta segunda comunicación tuvo que contener algo más que lo que se había comunicado a lord John Russell. El asunto no puede, pues, quedar zanjado con esta declaración de The Times. O el barón Brunnow resulta ser un tramposo diplomático, o milord Clarendon y milord Aberdeen son unos traidores. Ya veremos.

Puede ser de interés para sus lectores conocer un documento relativo a la cuestión de Oriente que ha publicado recientemente un periódico londinense. Se trata de una proclama del príncipe de Armenia, que vive hoy en Londres, distribuida entre los armenios de Turquía:

«León, por la gracia de Dios príncipe soberano de Armenia, etc., a los armenios de Turquía:

¡Amados hermanos y fieles compatriotas!… Nuestra voluntad y nuestro ardiente deseo es que defendáis hasta la última gota de vuestra sangre vuestro país y al sultán contra el tirano del Norte. Recordad, hermanos, que en Turquía no hay knut, que los turcos no os desgarran las aletas de la nariz ni azotan a vuestras mujeres en secreto o en público. Bajo el reinado del sultán hay humanidad, mientras que bajo el del tirano del Norte no hay más que crueldad bestial. Poneos, pues, bajo la guía de Dios y luchad valientemente por la libertad de vuestro país y por vuestro soberano actual. Derribad vuestras casas para hacer con ellas barricadas; y si no tenéis armas, romped vuestros enseres y defendeos con ellos. Que el Señor os guíe por el camino de la gloria. Mi mayor dicha será luchar en medio de vosotros contra los opresores de vuestro país y de vuestra fe. Que Dios incline el corazón del sultán a aprobar mi llamamiento, porque bajo su reinado se conservará la pureza de nuestra religión, mientras que bajo el del tirano del Norte será alterada. Recordad también, hermanos, que la sangre que corre por las venas de quien ahora se dirige a vosotros es la sangre de veinte reyes, la sangre de héroes, de los Lusignan,8 defensores de nuestra fe. Y os decimos: defendamos la pureza de nuestra fe hasta la última gota de sangre.»

El 13 del corriente, lord Stanley9 anunció en la Cámara de los Comunes que en la segunda lectura del proyecto de ley sobre la India (el 23 del corriente) presentaría la siguiente resolución:

«A juicio de esta Cámara, se necesita más información para que el Parlamento pueda legislar sobre un gobierno permanente de la India. En esta etapa avanzada de la legislatura no sería oportuno adoptar una medida que no haría más que perturbar el orden existente y que, sin embargo, no puede considerarse una solución definitiva.»

Pero en abril de 1854 expira la carta de privilegio de la Compañía de las Indias Orientales, y de un modo u otro hay que hacer algo en este sentido. El gobierno quiere aprobar una ley permanente, es decir, prorrogar la carta otros veinte años. La escuela de Manchester quiere aplazar toda legislación y prorrogar la carta un año como máximo. El gobierno declaró que una ley permanente era necesaria para el «bien» de la India. Los de Manchester replicaron que era imposible porque falta información. El «bien» de la India y la falta de información son ambos pretextos falsos. La oligarquía gobernante quiere asegurarse por adelantado, a costa de la India, su propio «bien» para los próximos veinte años antes de que se reúna el nuevo Parlamento. Los de Manchester no quieren que se apruebe ley alguna hasta la elección de un nuevo Parlamento, porque en el viejo no tienen posibilidades de imponer sus opiniones. Y ahora el gabinete de coalición, en contradicción con sus declaraciones anteriores, pero de acuerdo con su manera habitual de sortear las dificultades, ha presentado por medio de sir Charles Wood algo así como un proyecto de ley. Pero, por otra parte, no se ha atrevido a proponer la prórroga de la carta por un plazo determinado, sino que ha ofrecido una «solución» en la que se deja al Parlamento disponer otra cosa cuando esa corporación lo considere oportuno. Si se aprobaran las propuestas del gobierno, no habría renovación, sino que la Compañía de las Indias Orientales obtendría solo un plazo más de vida. En todos los demás aspectos, la propuesta del gobierno solo toca en apariencia la constitución del gobierno de la India; el único cambio serio que contiene es que pide algunos gobernadores más, aunque una larga experiencia ha demostrado que los territorios de las Indias Orientales administrados por simples comisarios prosperan mucho más que aquellos cuya población se ha considerado digna de tener gobernadores y consejos rodeados de un lujo costoso. El remedio inventado por los whigs para aliviar la suerte de los países esquilmados cargándolos con nuevas prebendas para aristócratas empobrecidos recuerda al anterior gobierno Russell, que, cuando los whigs repararon de pronto en el estado de pobreza espiritual en que vivían los indios y los mahometanos de Oriente, decidió socorrerlos importando varios obispos nuevos, mientras que los tories, en el apogeo de su poder, nunca consideraron necesario más de un obispo. Una vez tomada esta decisión, sir John Hobhouse,10 presidente whig de la Junta de Control en aquel momento, descubrió en el acto que tenía un pariente que se prestaba admirablemente a la dignidad episcopal, y este fue nombrado sin demora para uno de los nuevos obispados. «En tales casos», observa un autor inglés, «cuando el zapato ajusta tan exactamente, es difícil decir si el zapato se hizo para el pie o el pie para el zapato.» Lo mismo ocurre con el descubrimiento de Charles Wood; sería muy difícil decir si los nuevos gobernadores se han hecho para las provincias indias o las provincias indias para los nuevos gobernadores.

Sea como fuere, el gabinete de coalición creyó haber atendido todas las quejas al dejar al Parlamento el derecho de modificar en cualquier momento la ley propuesta. Pero por desgracia se interpone el tory lord Stanley con su resolución, que al anunciarse fue saludada ruidosamente por la oposición «radical». La resolución de lord Stanley, sin embargo, se contradice a sí misma. Por un lado, lord Stanley rechaza la propuesta del ministerio porque la Cámara necesita más información para aprobar una ley permanente. Por otro, la rechaza porque no es una ley permanente, sino que modifica el orden existente sin pretender ser una solución definitiva. Los conservadores se oponen, naturalmente, al proyecto porque trae consigo algún cambio. Los radicales se oponen porque no trae consigo ningún cambio real. En estos tiempos de coaliciones, lord Stanley ha encontrado una fórmula que une los dos puntos de vista opuestos contra el del ministerio en este asunto. El ministerio de coalición finge una santa indignación ante semejante táctica, y el Chronicle, su órgano, dice indignado:

«Si se considera la propuesta de aplazamiento como una medida de partido, es en grado sumo partidista y reprobable… Solo se ha hecho porque algunos partidarios del ministerio se han comprometido a separarse, en esta cuestión particular, de aquellos con quienes van juntos en lo demás.»

Los ministros parecen, en efecto, seriamente preocupados. El Chronicle vuelve hoy sobre el tema y escribe:

«La votación sobre la moción de lord Stanley será probablemente decisiva para la suerte del proyecto de ley sobre la India; es, por tanto, de la mayor importancia que quienes sienten la importancia de una pronta legislación hagan todos los esfuerzos por apoyar al gobierno.»

En cambio, leemos en The Times de hoy:

«La suerte del proyecto de ley del gobierno sobre la India se dibuja ahora con contornos más precisos… El peligro para el gobierno está en que las objeciones de lord Stanley coinciden por completo con las conclusiones de la opinión pública. Cada palabra de esta enmienda alcanza al ministerio con una precisión mortal.»

En uno de mis próximos artículos expondré qué influencia ejerce la cuestión india sobre los diversos partidos de Gran Bretaña y qué provecho puede sacar el pobre hindú, para la mejora de su existencia, de esta riña de la aristocracia, la plutocracia y la millocracia11 inglesas.

Karl Marx

  1. La Truck Act de 1831 prohibía pagar el salario en mercancías o en vales de las tiendas del patrono. ↩

  2. La ley de 1825 sobre las coaliciones (Combination Act), que, tras la derogación en 1824 de la prohibición de los sindicatos, limitaba estrictamente su actividad. ↩

  3. Ernest Jones (1819-1869), poeta y dirigente del ala izquierda del cartismo, amigo de Marx y Engels; dirigía el People’s Paper. ↩

  4. Mitin al aire libre. ↩

  5. «Juanito el puro»: lord John Russell, autor de proyectos contra la corrupción electoral; la burla del párrafo alude también a su baja estatura. ↩

  6. Arrendatarios a voluntad del propietario, que podían ser despedidos en cualquier momento. ↩

  7. Filip Ivánovich Brunnow (1797-1875), embajador de Rusia en Londres. ↩

  8. Los Lusignan, casa francesa que dio reyes a Jerusalén, Chipre y la Pequeña Armenia en la Edad Media. ↩

  9. Edward Henry Stanley (1826-1893), diputado tory, hijo del conde de Derby. ↩

  10. John Cam Hobhouse (1786-1869), presidente de la Junta de Control en varios gobiernos whigs. ↩

  11. El dominio de los dueños de fábricas (mill, «fábrica»). ↩