Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 15 de noviembre de 1853 para el New-York Daily Tribune, que lo publicó en su número 3938, del 30 de noviembre de 1853. El original inglés no tiene hoy fuente libre completa: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 476-482), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, martes 15 de noviembre de 1853
«La estadística comercial y el mercado de dinero»: así se titula el artículo que publica el Economist para demostrar la prosperidad general y las favorables perspectivas del comercio, aunque en el mismo número se nos comunica que «los víveres están caros y los precios siguen subiendo», que «el quarter de trigo se vende a 80 chelines» y que «la situación del comercio del algodón no es en modo alguno tal que los hilanderos no estén nada deseosos de reanudar la producción».
«Estas largas columnas de cifras contienen mucho de instructivo», opina el Economist sobre las tablas de importación, «tanto que confirma los grandes principios que han sido objeto de fuertes controversias políticas, tanto que explica los acontecimientos recientes en relación con el mercado de dinero y que ilumina el futuro; tanto que resulta sumamente instructivo para el estadista, el financiero, el banquero y el comerciante, porque les permite obtener una visión exacta del estado actual de las cosas y apreciar correctamente, en consecuencia, su propia situación. Por eso creemos no poder prestar mejor servicio que llamar la atención sobre algunos de los hechos más importantes tal como los presentan estas tablas y mostrar su relación con otros rasgos sumamente importantes de la época.»
Sentémonos, pues, a los pies de este profeta y escuchemos sus muy prolijos vaticinios. Esta vez se recurre a las tablas de importación no para demostrar el derroche de la clase obrera, sino más bien las inefables bendiciones que el librecambio depara precisamente a esa clase. Las tablas dicen así:
Tabla I
Consumo del 5 de enero al 10 de octubre
| 1852 | 1853 | ||
|---|---|---|---|
| Cacao | libras | 2.668.822 | 3.162.233 |
| Café | libras | 25.123.946 | 28.607.613 |
| Té | libras | 42.746.198 | 45.496.957 |
| Azúcar | quintales | 5.358.967 | 5.683.228 |
| Tabaco | libras | 21.312.459 | 22.296.398 |
| Vino | galones | 4.986.242 | 5.569.560 |
Basta una ojeada a esta tabla para ver el sofisma del Economist. De las mercancías mencionadas no sabemos en modo alguno que se hayan consumido, como se afirma, sino solo que se han destinado al consumo, lo cual es muy distinto. No hay tendero tan ignorante que no sepa distinguir entre las mercancías que tiene almacenadas en su tienda y las que el público ha comprado y consumido realmente.
«Puede suponerse que esta lista comprende los principales artículos de lujo de la clase trabajadora»,
y en un santiamén el Economist los carga en la cuenta de esas clases. Pero el obrero inglés consume muy poco de uno de esos artículos, el café, y nada en absoluto de vino. ¿O cree acaso el Economist que a las clases trabajadoras tiene que irles mejor porque sus patronos han consumido en 1853 más vino y más café que en 1852? En cuanto al té, es sabido que, a consecuencia de la revolución china y de los trastornos del comercio que trajo consigo, se disparó una demanda especulativa basada en los temores por el futuro, no en las necesidades presentes. En cuanto al azúcar, toda la diferencia entre octubre de 1852 y octubre de 1853 se reduce a 324.261 quintales; y no pretendo ser tan omnisciente como el Economist, que sabe, naturalmente, que ni un quintal de esos 324.261 ha ido a parar a los almacenes de los pequeños comerciantes o a los dulces de las clases altas, sino que todos, sin excepción, han encontrado infaliblemente su camino hacia el té del obrero. Como el pan está caro, el obrero habrá alimentado a sus hijos con azúcar, igual que María Antonieta aconsejaba al pueblo francés durante el hambre de 1788 que se alimentara de pasteles. En cuanto a la mayor importación de tabaco, la demanda de este artículo entre los obreros sube siempre en la misma proporción en que pierden su trabajo y se interrumpe su modo de vida habitual.
Sobre todo, no debemos olvidar que el volumen de las importaciones de mercancías en octubre de 1853 no lo determinó la demanda real de ese mes, sino una demanda supuesta, calculada sobre una situación del mercado interior completamente distinta. Valga esto para la primera tabla y su «relación con otros rasgos sumamente importantes de la época».
Tabla II
Importaciones del 5 de enero al 10 de octubre
| 1852 | 1853 | ||
|---|---|---|---|
| Tocino | quintales | 62.506 | 173.729 |
| Carne de vaca salada | quintales | 101.531 | 160.371 |
| Carne de cerdo salada | quintales | 77.788 | 130.142 |
| Jamón salado | quintales | 6.766 | 14.123 |
| Manteca de cerdo | quintales | 14.511 | 102.612 |
| Total | quintales | 263.102 | 580.977 |
| 1852 | 1853 | ||
|---|---|---|---|
| Arroz | quintales | 633.814 | 1.027.910 |
| Patatas | quintales | 238.739 | 820.524 |
| Grano y harina | quarters | 5.583.082 | 8.179.956 |
| Queso | quintales | 218.846 | 294.053 |
| Mantequilla | quintales | 205.229 | 296.342 |
| Huevos | unidades | 89.433.728 | 103.074.129 |
Al Economist le estaba reservado, por cierto, el glorioso descubrimiento de que en años de sequía y de hambre inminente el aumento relativo de la importación de víveres frente a los años corrientes demuestra antes el súbito incremento del consumo que el descenso extraordinario de la producción de víveres. El aumento repentino del precio de un artículo es sin duda un estímulo para su importación. Pero ¿se ha oído alguna vez que un artículo se venda con tanta más avidez cuanto más se encarece? Pasamos ahora a una tercera categoría de importaciones, la de las materias primas.
Tabla III
Importaciones del 5 de enero al 10 de octubre
| 1852 | 1853 | ||
|---|---|---|---|
| Lino | quintales | 971.738 | 1.245.384 |
| Cáñamo | quintales | 798.057 | 788.911 |
| Seda cruda | libras | 3.797.757 | 4.355.865 |
| Seda torcida | libras | 267.884 | 577.884 |
| Algodón | quintales | 6.486.873 | 7.091.999 |
| Lana | libras | 63.390.956 | 83.863.475 |
Como la producción de 1853 supera con mucho a la de 1852, se han necesitado, importado y elaborado más materias primas.
El Economist, sin embargo, no afirma que el excedente de manufacturas producido en 1853 haya ido a parar al consumo interior. Lo carga en la cuenta de las exportaciones:
«El hecho más importante es el enorme aumento de nuestras exportaciones. Solo en el mes que termina el 10 de octubre el aumento no es inferior a 1.446.708 libras esterlinas, con lo que el aumento total en nueve meses alcanza la cifra de 12.596.291 libras esterlinas; la exportación de este año asciende en total a 66.987.729 libras esterlinas, frente a 54.391.438 libras esterlinas en el mismo período de 1852... Tomando solo nuestras exportaciones de productos británicos, el aumento de este año no baja del 23 por ciento.»
Pero ¿de qué se trata en estas exportaciones adicionales por valor de 12.596.291 libras esterlinas? «Una gran parte de estas exportaciones está todavía en camino hacia sus mercados definitivos», adonde llegará justo en el momento oportuno para hundirlos por completo. «Una parte importante del aumento va a Australia», que está saturada; «a los Estados Unidos», que tienen demasiado; «a la India», donde reina el estancamiento; «a Sudamérica», que es totalmente incapaz de absorber las importaciones excesivas que le endosan otras potencias.
«El enorme aumento de los artículos importados y consumidos lo ha pagado ya este país, o las letras giradas están en curso y se pagarán en muy poco tiempo... ¿Cuándo se nos pagarán por fin las exportaciones? Dentro de seis meses, de nueve meses, de doce meses, y algunas dentro de dieciocho meses o de dos años.»
«Ahora es cuestión de tiempo», dice el Economist. ¡Qué error!
Si arrojáis ese enorme excedente de manufacturas sobre mercados ya inundados por vuestras exportaciones, el momento que esperáis puede que no llegue nunca. Lo que en vuestras tablas figura como una enorme relación de riqueza imaginaria puede resultar una enorme relación de pérdidas reales, una relación de bancarrotas a escala mundial. ¿Qué demuestran, pues, la tabla número III y las alabadas cifras de exportación? Lo que todos sabíamos desde hace tiempo: que la producción industrial de Gran Bretaña ha aumentado enormemente en 1853, que se ha pasado de la raya y que su movimiento de expansión se acelera justo en el momento en que los mercados se contraen.
El Economist, naturalmente, llega al resultado contrario.
«La presión sobre el mercado de dinero y la subida del tipo de interés», nos comunica, «no son más que las consecuencias pasajeras de que las grandes importaciones se pagan de inmediato, mientras que el enorme excedente de exportación se ha entregado a crédito.»
A los ojos del Economist, pues, la escasez en el mercado de dinero no es más que el resultado de las mercancías exportadas de más. Pero con el mismo derecho podemos decir que en estos últimos meses el aumento de las exportaciones no ha sido más que el resultado obligado de la presión sobre el mercado de dinero. Esa presión ha ido acompañada de una afluencia de oro y de un tipo de cambio desfavorable; pero ¿no es un tipo de cambio desfavorable un estímulo para las letras sobre el extranjero, o, dicho de otro modo, un estímulo para la exportación? Y es precisamente en virtud de esta ley como Inglaterra, en tiempos de presión sobre su propio mercado de dinero, trastorna todos los demás mercados del mundo y arruina periódicamente la industria de los países extranjeros bombardeándolos con mercancías británicas a precios rebajados.
El Economist ha descubierto ahora los «dos puntos» en que los obreros están decididamente equivocados, en que son decididamente censurables y necios.
«En primer lugar, en la mayoría de los casos sostienen una lucha por unos simples peniques.»
¿Cómo es eso? Que conteste el propio Economist:
«La disputa ha pasado de ser una cuestión de contrato a ser una lucha por el poder...
En segundo lugar, los obreros no han defendido ellos mismos sus propios asuntos, sino que se han sometido al dictado de dirigentes irresponsables, si no arrogantes... Han actuado unidos y por medio de una organización de clubes insolentes... No tememos las opiniones políticas de la propia clase obrera; pero lo que tememos y rechazamos son las opiniones de los hombres a los que permiten montarse en sus espaldas y hablar por ellos.»
A la organización de clase de sus patronos los obreros han respondido con una organización de clase propia; y el Economist les hace creer que dejará de «temerlos» si despiden a sus generales y oficiales y se deciden a luchar solos. Exactamente igual aseguraban una y otra vez al mundo los portavoces de los déspotas coaligados del Norte, en tiempos de las primeras luchas de la Revolución Francesa, que ellos «no temían» al propio pueblo francés, sino solo las opiniones y las acciones políticas del cruel Comité de Salvación Pública,1 los clubes insolentes y los generales molestos.
En el artículo anterior le decía al Economist que no era de extrañar que la clase obrera no hubiera aprovechado el tiempo de prosperidad para instruir a sus hijos y a sí misma.2 Ahora puedo transmitirles la siguiente relación, cuyos nombres y pormenores se me han facilitado y que está a punto de enviarse al Parlamento: en la última semana de septiembre de 1852, en la localidad de ..., a cuatro millas de ..., en un taller de blanqueo y apresto llamado ..., propiedad de ..., Esq., las personas que se relacionan a continuación trabajaron sesenta horas seguidas, ¡sin más que tres horas de descanso!
| Muchachas | Edad |
|---|---|
| M. S. | 22 años |
| A. B. | 20 años |
| M. B. | 20 años |
| A. H. | 18 años |
| C. N. | 18 años |
| B. S. | 16 años |
| T. T. | 16 años |
| A. T. | 15 años |
| M. G. | 15 años |
| H. O. | 15 años |
| M. L. | 13 años |
| B. B. | 13 años |
| M. O. | 13 años |
| A. T. | 12 años |
| C. O. | 12 años |
| S. B. | ¡10! años |
| Ann B. | ¡9! años |
| Muchachos | Edad |
| W. G. | 9 años |
| J. K. | 10 años |
¡Niños de nueve y diez años trabajan 60 horas seguidas y solo tienen 3 horas de descanso! Que se callen ahora los patronos sobre el descuido de la educación entre los obreros. Una de las personas citadas, Ann B., una niña de solo nueve años, cayó al suelo durante las 60 horas de trabajo y se durmió de agotamiento; ¡¡la despertaron a sacudidas y, aunque lloraba, la obligaron a seguir trabajando!!
Los obreros fabriles parecen decididos a quitarles de las manos a los charlatanes de Manchester el movimiento por la educación. En una asamblea de parados celebrada en el Orchard de Preston, según sabemos,
«la señora Margaret Fletcher habló a los asistentes de lo improcedente que es que las mujeres casadas trabajen en las fábricas y descuiden a sus hijos y sus deberes domésticos. Todo hombre tiene derecho a un salario honrado por una jornada de trabajo honrada, con lo que quería decir que debe recibir por su trabajo una remuneración que le permita alimentarse suficientemente a sí mismo y a su familia y dejar a su mujer en casa para que se dedique a los deberes domésticos y eduque a sus hijos (aplausos). Para terminar, la oradora presentó la siguiente resolución:
Se resuelve que la parte casada de la población femenina de esta ciudad se propone no volver al trabajo mientras los maridos no sean retribuidos justa y plenamente por su trabajo.
La señora Ann Fletcher (hermana de la anterior oradora) apoyó la resolución, que fue aprobada por unanimidad.
El presidente anunció que, una vez resuelta la cuestión del diez por ciento, se emprendería una campaña sobre el empleo de las mujeres casadas en las fábricas como los dueños de las fábricas no se esperan.»
Ernest Jones,3 en su gira por los distritos manufactureros, hace propaganda de un «Parlamento obrero». Propone que
«una delegación de todos los oficios se reúna en el centro de la acción en Lancashire, en Manchester, y no se disuelva hasta conseguir la victoria. Sería una expresión de la opinión tan autorizada y tan amplia que el mundo resonaría con ella, y St. Stephen's4 tendría que compartir con ella las columnas de los periódicos... En una crisis como esta, el mundo escucharía más las palabras del más humilde de estos delegados que las de los nobles senadores de la más excelsa de las cámaras».
El órgano de lord Palmerston es de una opinión muy distinta:
«Dicho sea entre nosotros», se acalora el Morning Post, «el tan cacareado progreso ha sido eficazmente refrenado, y desde el lamentable fracaso del 10 de abril5 no se ha hecho ningún otro intento de convertir a los obreros en legisladores ni a los sastres en tribunos del pueblo.»
Karl Marx
En francés en el original (Comité du salut public): el órgano del gobierno revolucionario de la Convención en 1793-1794. ↩
Véase La cuestión obrera. ↩
Ernest Jones (1819-1869), dirigente cartista, director del People's Paper. ↩
Es decir, el Parlamento, por la capilla de San Esteban del palacio de Westminster, antigua sede de la Cámara de los Comunes. ↩
El 10 de abril de 1848 los cartistas convocaron una gran manifestación en Kennington Common para llevar al Parlamento su petición nacional; el gobierno impidió la marcha hacia el Parlamento con un gran despliegue de tropas y policías especiales, y la petición fue desestimada. ↩