Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 19 de mayo de 1854 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4095, del 2 de junio de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 235-239), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, viernes 19 de mayo de 1854

El «primer ataque a Sebastopol», del que los periódicos de hoy traen una noticia telegráfica, parece ser más o menos la misma gloriosa hazaña que el bombardeo de Odesa, donde ambos bandos se atribuyeron la victoria.1 El ataque se habría hecho con granadas disparadas por «cañones de largo alcance» y contra las fortificaciones exteriores. Una ojeada al mapa demuestra lo que, por lo demás, reconoce toda autoridad militar: que con cañones, sea cual sea su calibre, no se puede atacar ni el puerto ni la ciudad de Sebastopol sin entrar en la bahía y acercarse a las baterías de la defensa, y que sin el apoyo de un ejército de desembarco considerable no se la puede tomar en absoluto. Por eso la operación, si de verdad ha tenido lugar, debe tenerse por un simulacro de combate emprendido para edificación de esos mismos gobemouches2 cuyo patriotismo se ha hinchado con los laureles de Odesa.

El gobierno francés ha enviado a Grecia al señor Bourrée en misión extraordinaria.3 Lo acompaña una brigada al mando del general Foray, y tiene el encargo de exigir al rey Otón el pago inmediato de todos los intereses de los cien millones de francos que Francia prestó al gobierno griego en 1828. En caso de negativa, los franceses ocuparán Atenas y otros puntos del reino.

Sus lectores recordarán mi descripción del proceso del despeje de las fincas en Irlanda y Escocia, por el que en la primera mitad de este siglo tantos miles de personas fueron expulsadas de la tierra de sus padres.4 El proceso continúa, y además con una energía muy propia de la virtuosa, distinguida, religiosa y filantrópica aristocracia de este país modelo. Se prende fuego a las casas o se las hace pedazos sobre la cabeza de sus indefensos moradores. En la finca de Neagaat, en Knoydart,5 el otoño pasado, por encargo del landlord, se atacó la casa de Donald Macdonald, hombre respetado, honrado y muy trabajador. Su mujer estaba postrada en cama y no se la podía trasladar, pero el administrador y sus bribones echaron a la calle a la familia de Macdonald, con seis hijos, todos menores de quince años, y destruyeron la casa salvo un trocito de tejado sobre la cama de su mujer.

El hombre quedó tan trastornado que perdió el juicio. Los médicos lo declararon enajenado, y ahora anda vagando entre las ruinas de las chozas quemadas y destruidas en busca de sus hijos. A su alrededor lloran sus hijos hambrientos, pero él no los reconoce, y lo dejan andar suelto sin ayuda ni cuidado alguno porque su locura es inofensiva.

A dos mujeres casadas, en avanzado estado de gestación, les derribaron la casa sobre la cabeza. Tuvieron que dormir muchas noches a la intemperie, y a consecuencia de ello parieron antes de tiempo entre dolores espantosos y perdieron la razón; andan vagando con sus numerosas familias, imbéciles desvalidas e incurables, testigos terribles contra la clase de personas que se llama aristocracia británica.

Hasta los niños se vuelven locos de terror y de persecución. En Doune, en Knoydart, los cottagers6 desalojados se refugiaron en un viejo almacén. Los agentes del propietario rodearon el almacén en plena noche y le prendieron fuego porque los pobres proscritos se habían cobijado bajo su techo. Huyeron de las llamas fuera de sí, y algunos enloquecieron de espanto. El periódico The Northern Ensign7 escribe:

«Un muchacho ha perdido el juicio; habrá que encerrarlo; salta de la cama gritando: “¡Fuego, fuego!”, y asegura a los presentes que en el almacén en llamas hay hombres y niños. Al caer la tarde, la vista del fuego lo aterroriza. El cuadro espantoso de Doune, cuando el almacén ardía e iluminaba todo el distrito y hombres, mujeres y niños corrían de un lado a otro medio locos de miedo, le produjo esa conmoción.»

Así se porta la aristocracia con los pobres aptos para el trabajo, que la hacen rica. Oigan ahora algo de su asistencia a los pobres. Los casos siguientes los tomo del trabajo del señor Donald Ross, de Glasgow,8 y del Northern Ensign.

«1. La viuda Matherson, de 96 años, recibe de la parroquia de Strath, en Skye, solo 2 chelines y 6 peniques al mes.

  1. Murdo Mackintosh, de 36 años, está completamente incapacitado para trabajar porque hace catorce meses lo aplastó un carro. Tiene mujer y siete hijos; el mayor tiene 11 años y el menor, uno. Todo lo que le da la parroquia de Strath son 5 chelines al mes.
  1. La viuda de Samuel Campbell, de 77 años, vive en Broadford, en Skye, en una casa ruinosa, y recibía de la parroquia de Strath 1 chelín y 6 peniques al mes. Se quejó de que no le alcanzaba, y las autoridades parroquiales, tras mucho refunfuñar, le subieron la cantidad a 2 chelines al mes.
  1. La viuda M'Kinnon, de 72 años, parroquia de Strath, en Skye, tiene 2 chelines y 6 peniques al mes.
  1. Donald McDagald, de 102 años, vive en Kraydatt. Su mujer tiene 77 años y los dos están muy achacosos. Reciben de la parroquia de Glenelg solo 3 chelines y 4 peniques al mes cada uno.
  1. Mary McDonald, viuda, de 93 años y postrada en cama. Su marido estuvo en el ejército y allí perdió un brazo. Murió hace veinte años. Recibe de la parroquia de Glenelg 4 chelines y 4 peniques al mes.
  1. Alexander McIsaak, de 53 años, completamente incapacitado para trabajar, tiene una mujer de 40 años, un hijo ciego de 18 y cuatro hijos menores de 14. La parroquia de Glenelg concede a esta desdichada familia 6 chelines y 6 peniques al mes en total, apenas un chelín al mes por cabeza.
  1. Angus McKinnon, de 72 años, tiene una mujer enferma de 66. Reciben cada uno 2 chelines y 1 penique al mes.
  1. Mary M'Isaak, de 80 años, achacosa y ciega del todo, recibe de la parroquia de Glenelg 3 chelines y 3 peniques al mes. Cuando pidió más, el inspector le dijo: “Debería darle vergüenza pedir más cuando otros tienen menos”, y se negó a escucharla.
  1. Janet M'Donald, o M'Gillioray, de 77 años y completamente incapacitada para trabajar, recibe solo 3 chelines y 3 peniques al mes.
  1. Catherine Gillies, de 78 años y completamente incapacitada para trabajar, recibe de la parroquia de Glenelg solo 3 chelines y 3 peniques al mes.
  1. Mary Gillies, o Grant, de 82 años y postrada en cama desde hace ocho, recibe de la parroquia de Adnamurchon veintiocho libras de sémola y 8 peniques al mes. El inspector de pobres no la ha visitado en los dos últimos años; no recibe asistencia médica, ni ropa, ni comida.
  1. John M'Eachan, de 86 años y postrado en cama, vive en Auehachraig, parroquia de Adnamurchon; recibe de dicha parroquia apenas una libra de sémola al día y 8 peniques al mes. No recibe ni ropa ni ninguna otra cosa.
  1. A Ewan M'Gallum, de 93 años y enfermo de la vista, lo encontré mendigando a orillas del canal de Crinan, en la parroquia de Knapdale, Argyleshire. Recibe solo 4 chelines y 8 peniques al mes, y absolutamente nada en ropa, asistencia médica, combustible o alojamiento. Hoy es un hatillo de harapos con piernas y el indigente de aspecto más lastimoso que pueda verse.
  1. Kate Macarthur, de 74 años y postrada en cama, vive sola en Dunardy, parroquia de Knapdale. Recibe de la parroquia 4 chelines y 8 peniques al mes, pero nada más. No la visita ningún médico.
  1. Janet Kerr, o M'Callum, viuda, de 78 años y mal de salud, recibe 6 chelines al mes de la parroquia de Glassary. No tiene vivienda ni recibe otra ayuda que esta asignación en dinero.
  1. Archibald M'Laurin, de 73 años, parroquia de Appin, completamente incapacitado para trabajar, y su mujer también incapacitada, reciben de la asistencia parroquial un socorro de 3 chelines y 4 peniques al mes cada uno; ni combustible, ni ropa, ni vivienda. Viven en un cobertizo miserable, indigno de seres humanos.
  1. La viuda Margaret M'Leod, de 81 años, vive en Lasgach, parroquia de Lochbroom, y recibe 3 chelines al mes.
  1. La viuda de John Makenzie, de 81 años, vive en Ullapool, parroquia de Lochbroom. Está ciega del todo y muy mal de salud, y recibe solo 2 chelines al mes.
  1. La viuda Catherine M'Donald, de 87 años, isla de Luing, parroquia de Killbrandon, ciega del todo y postrada en cama. Recibe para su sustento 7 chelines al mes, de los que tiene que pagar a una enfermera. Su casa se hundió, y aun así la parroquia se negó a buscarle alojamiento. Yace en un cobertizo abierto, sobre la tierra desnuda. El inspector se niega a hacer nada por ella.»

Pero la brutalidad no acaba aquí. En Strathcarron hubo una carnicería.9 Llevadas a la desesperación por la crueldad de los desahucios ya hechos y de los que aún estaban por venir, unas cuantas mujeres se juntaron en las calles al oír que llegaban varios oficiales del sheriff para echar a los arrendatarios. Estos, sin embargo, eran recaudadores de contribuciones y no oficiales del sheriff; pero cuando oyeron que había tal confusión, se divirtieron con ella. En vez de deshacer el error, se hicieron pasar por oficiales del sheriff y dijeron que venían a echar a la gente y que estaban decididos a hacerlo. Como el grupo de mujeres se alteró mucho, los oficiales les pusieron delante una pistola cargada. Lo que siguió lo tomamos de la carta del señor Donald Ross, que fue de Glasgow a Strathcarron y pasó dos días en el distrito recogiendo informaciones y examinando a los heridos. Su carta lleva la fecha Royal Hotel, Oain, 15 de abril de 1854, y dice así:

«Mi informe probará la conducta infame del sheriff. No advirtió a la gente de su intención de lanzar contra ella a la policía. No leyó la ley de motines.10 No les dio tiempo para dispersarse, sino que en el mismo momento en que se acercaba con sus hombres armados de porras gritó: “¡Abran paso!”, y al instante siguiente dijo: “¡Tumbadlas!”, y enseguida siguió una escena que no hay palabras para describir. Los policías golpeaban con sus pesadas porras la cabeza de las desdichadas mujeres y las derribaban; cuando estaban en el suelo, saltaban y pisoteaban sobre ellas y les daban patadas en todo el cuerpo con brutalidad desenfrenada. El lugar quedó pronto cubierto de sangre. Los gritos de las mujeres, de los muchachos y las muchachas que se revolcaban en su sangre partían el corazón. Algunas de las mujeres, perseguidas por los policías, se arrojaron al Carron, hondo y caudaloso, fiándose más de su clemencia que de la de los policías o la del sheriff. Hubo mujeres a las que las porras de los policías arrancaron mechones de pelo, y a una muchacha un golpe violento de porra le arrancó del hombro un trozo de carne de unas siete pulgadas de largo, pulgada y cuarto de ancho y más de un cuarto de pulgada de grueso. A una joven que solo estaba mirando la persiguieron tres policías. La golpearon en la frente, la hirieron gravemente en la cabeza y le dieron patadas cuando cayó. El médico le sacó de la herida un trozo de la cofia que el palo del policía enfurecido le había metido en el cráneo. Las huellas de los clavos de las botas aún se le ven en la espalda. A consecuencia de los golpes brutales de los policías, trece mujeres de Strathcarron siguen en un estado espantoso. Tres de ellas están tan mal que el médico que las atiende no tiene esperanzas de que se curen. Es mi propia y firme convicción, formada por el aspecto de estas mujeres y la naturaleza peligrosa de sus heridas, junto con los informes médicos que he estudiado, que no se curará ni la mitad de las personas heridas, y que todas las que todavía vayan consumiéndose algún tiempo llevarán en el cuerpo tristes testimonios de la terrible brutalidad de que fueron víctimas. Entre los heridos graves hay una mujer en avanzado estado de gestación. No estaba entre la multitud que chocó con el sheriff, sino que miraba desde bastante distancia; aun así, los policías la golpearon y empujaron con violencia, y su estado es muy grave.»

Podemos añadir que las mujeres agredidas fueron dieciocho. El sheriff se llama Taylor.

Tal es el cuadro que ofrece la aristocracia británica en el año 1854.

Las autoridades y el gobierno han convenido en suspender la acción judicial contra Cowell, Grimshaw y los demás dirigentes de la huelga de Preston si se suspende también la investigación contra los jueces de policía y los lores del algodón de Preston.11 Este acuerdo se ha cumplido.

Se dice que el aplazamiento por quince días de la moción del señor Duncombe para que se nombrara una comisión investigadora sobre la conducta de los jueces de policía de Preston es consecuencia del acuerdo anterior.12

Karl Marx

  1. La flota anglo-francesa bombardeó el puerto de Odesa el 22 de abril de 1854. ↩

  2. En francés, «papanatas» (literalmente, «tragamoscas»). ↩

  3. En mayo de 1854 tropas francesas y británicas desembarcaron en el Pireo para obligar a Grecia a mantenerse neutral en la guerra. El general es Élie-Frédéric Forey (1804-1872); la MEW escribe «Foray». ↩

  4. Véanse «Elecciones — Sombrío panorama financiero — La duquesa de Sutherland y la esclavitud» y «La cuestión india — El derecho de los arrendatarios irlandeses», ambos de 1853. ↩

  5. Comarca de la costa occidental de las Tierras Altas de Escocia, cuyos arrendatarios fueron desalojados en 1853. ↩

  6. Campesinos que ocupaban una choza con un pedazo de tierra. ↩

  7. Periódico semanal de Wick, en el norte de Escocia. ↩

  8. Publicista de Glasgow que denunció los desalojos de las Tierras Altas en varios folletos de 1854. ↩

  9. Valle de Ross-shire, en el norte de Escocia. El 31 de marzo de 1854, en Greenyards, la policía cargó contra las mujeres que se oponían al desahucio de los arrendatarios. ↩

  10. La Riot Act de 1714: la autoridad debía leer en voz alta una proclama ante la reunión antes de poder dispersarla por la fuerza. ↩

  11. George Cowell y Mortimer Grimshaw, dirigentes de la huelga de los obreros del algodón de Preston (1853-1854), detenidos en marzo de 1854 y acusados de conspiración. ↩

  12. Thomas Slingsby Duncombe (1796-1861), diputado radical, próximo a los cartistas. ↩