Escrito en inglés por Friedrich Engels el 30 de octubre de 1854 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4236, del 15 de noviembre de 1854. Traducido del original inglés según The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 492-497), que lo atribuye a Marx, cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 542-546), que da la autoría, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Después de la batalla del Alma, la principal hazaña de los aliados en Crimea ha sido la famosa marcha de flanco de lord Raglan del Alma a Balaklava, con la que cambió el objetivo aparente de la campaña, de la toma y ocupación de Sebastopol, en un coup de main1 contra una parte —y además la parte más débil— de las fortificaciones, que incluye, naturalmente, la destrucción de las flotas, los astilleros y los arsenales rusos, pero que implica la retirada de las fuerzas aliadas en cuanto se alcance ese objetivo. Que así tenía que ser lo mostraba claramente todo el movimiento en cuestión. Era renunciar a la idea de atacar el frente norte de la fortaleza, que es el frente dominante y el único donde un ataque podría ser realmente decisivo; y era así una confesión patente de la incapacidad de la expedición para cumplir lo que figuraba en su programa: la toma y ocupación completas de la plaza. Sin embargo, como decíamos, esta misma marcha se ha glorificado como un golpe brillantísimo del arte de mandar ejércitos en columnas y columnas de frases altisonantes y de jerga retórica; e incluso los grandes periódicos de Londres, con sus corresponsales sobre el terreno, no descubrieron la verdad hasta un mes después, cuando al parecer el Gobierno les dio una indicación. Así, el Times de Londres del 28 de octubre, que abre por primera vez los ojos al verdadero estado de cosas, insinúa con delicadeza que el objetivo menor de la campaña puede ser el único que se alcance, y que los fuertes del lado norte de la bahía, si no se rinden voluntariamente, difícilmente podrán ser tomados. Pero el Times espera que se porten como es debido y se rindan, puesto que todas las fortificaciones dependientes deberían ceder una vez tomado el cuerpo principal de la plaza. Pero la verdad es que no es el fuerte del Norte el que depende de la ciudad de Sebastopol, sino la ciudad de Sebastopol la que depende del fuerte del Norte, y tememos que el argumento de nuestro colega difícilmente baste para tomar una fortaleza tan fuerte.
Es cierto que desde la «gloriosa marcha» en cuestión los aliados no han hecho nada de lo que nadie pueda jactarse mucho, y por eso no hay que censurar a nuestros colegas transatlánticos por sacarle todo el partido posible. En cuanto al sitio mismo, hasta donde ha avanzado, es una de esas cosas de las que bien pueden pensar que cuanto menos se diga, mejor. Pero como nosotros no estamos obligados a nada más que a la imparcialidad en la materia, no seremos tan delicados. La verdad es que, siendo la guerra en general una guerra sumamente curiosa, este sitio es uno de sus puntos más curiosos. El gran rasgo de la guerra parece ser la creencia de que las obras de campaña son inexpugnables. Primero en Oltenița se empleó durante un par de horas el anticuado método del cañoneo, y luego se tomaron al asalto las obras, pero sin éxito. En Kalafat los rusos ni siquiera se atrevieron a atacar. En Silistra una simple obra de tierra soportó el peso de la batalla y resistió, aun casi arrasada, el furioso asalto del enemigo. Ahora, en Sebastopol, se honra a una simple línea de obras de campaña con baterías de brecha más extensas y con una artillería mucho más pesada que las que jamás se emplearon contra la fortaleza más regular. Este sitio es una prueba palmaria de que, en la misma proporción en que el material de guerra ha progresado durante la larga paz gracias al progreso industrial, en esa misma proporción ha degenerado el arte de la guerra. Un Napoleón, al ver las baterías ante Sebastopol erizadas de cañones de ocho y diez pulgadas, rompería a reír a carcajadas sin poder contenerse. Pero esto no es, ni de lejos, toda la historia.
Hacia el 1 de octubre los aliados estaban en posición, pero hasta el 8 o el 9 no se abrió la primera trinchera, y el fuego no se abrió hasta el 17. La razón de este retraso fue que no se pudieron traer antes los cañones. Solo había que recorrer cuatro o cinco millas de terreno, todo él buen suelo firme, con pocas ondulaciones y en parte por un camino practicable. Pero no tenían animales de tiro. ¡No hay animales de tiro en Crimea, el país más rico en ganado del mundo entero! Vaya, si en el valle de Baidar, a la vista de las alturas del Chórnaya, había más bueyes de los que habrían hecho falta para arrastrar toda la flota aliada por encima de las colinas. Pero el valle de Baidar estaba abierto a los cosacos, y la caballería aliada, al proteger una razia, podía quedar expuesta a estos temibles adversarios. Además, los aliados tienen que mantenerse en buenos términos con los habitantes y no apoderarse de sus bienes. Con tales excusas intentan nuestros colegas ingleses ocultar la verdad de que Raglan y Canrobert, mientras bloquean Sebastopol por el sur, están ellos mismos bloqueados por los puestos avanzados de Ménshikov en el Chórnaya. Y que lo están lo demuestra el simple hecho de que los soldados aliados, hasta la última noticia, se veían obligados a vivir de carne salada por no tener a mano carne fresca.
El 3 de octubre cinco batallones rusos cruzaron el Chórnaya cerca de Inkerman, y se les permitió entrar en la fortaleza por el sur, porque «esto solo podía ser favorable a los aliados». ¡Original manera de hacer la guerra! El enemigo, al que se presenta como batido, desmoralizado y abatido, envía 3.000 hombres a Sebastopol en las mismas narices de los aliados. Algún motivo habrá tenido para hacerlo. Pero si él tiene sus motivos para enviarlos, Raglan tiene los suyos para hacerlos pasar con una reverencia. Supone que la plaza está abarrotada, aunque no está claro en qué se funda. En todo caso, además de las cuatro millas cuadradas encerradas dentro de las líneas rusas, está toda la orilla norte y todo el país que hay detrás, adonde puede enviarse en diez minutos cualquier exceso de tropas. Presentar como abarrotada una plaza que solo está bloqueada por un lado es sin duda el colmo del absurdo.
Cuando se anunció el desembarco, dijimos que la enfermedad sería el peor enemigo de los aliados si la campaña se alargaba. La enfermedad está allí en sus peores formas, unida, al menos en lo que respecta a los británicos, a la peor asistencia posible. De hecho, por esta causa se ha desatendido a los enfermos hasta tal punto que lord Raglan se ha visto obligado a dirigir una reprimenda muy perentoria al cuerpo médico. Pero eso no es todo. Los médicos están en Constantinopla, los suministros médicos en Varna y los enfermos en Balaklava. ¿No es una espléndida ilustración de la nueva doctrina militar que proclamó hace poco Luis Bonaparte en Boulogne, según la cual todo ejército, para tener una buena posición, ha de estar situado en un triángulo? La enfermedad aumenta con la crudeza de la estación, los regimientos menguan —un regimiento británico que salió con 1.000 hombres no puede contar ahora más de 600 en armas— y la lentitud de las operaciones sigue su curso uniforme. La rutina de los Horse Guards,2 fruto de cuarenta años de escuela pacífica, no se deja trastornar por menudencias de esa clase. ¡Perezca el ejército, pero que se tome Sebastopol conforme al reglamento de Su Majestad!
En los sitios corrientes, los sitiadores procuran por lo general situar sus primeras baterías lo más cerca posible de las obras del enemigo, y seiscientas o setecientas yardas se consideran una gran distancia. Pero en un gran sitio como este, sobre todo contra simples obras de campaña, debería hacerse justo lo contrario, según Raglan. El enemigo nos deja acercarnos a setecientas yardas, pero nunca debemos hacer lo que el enemigo quiere que hagamos. Así dice Raglan, y abre sus baterías a 2.500 y 3.000 yardas de distancia, hecho que no podríamos creer si los informes dejaran lugar a la duda. Después se acerca a 1.500 y 1.200 yardas, y entonces da como razón para no abrir fuego que las baterías de brecha, para ser eficaces, tienen que estar a trescientas o cuatrocientas yardas de las obras en que han de abrir brecha. Las baterías lejanas han de tener cañones Lancaster3 y cañones de diez pulgadas de largo alcance, porque, al parecer, los artilleros británicos opinan que estos cañones son como los telescopios, que solo sirven a gran distancia. En efecto, esta cuestión del largo alcance, que está perfectamente en su lugar en el armamento naval, ha causado más confusión y más patrañas que verdadero provecho cuando se ha aplicado a la artillería de tierra; un ejemplo de ello son estas ridículas baterías.
Las fortificaciones de tierra de Sebastopol, que han provocado todos estos alardes de genio y perspicacia, son las siguientes: en el lado occidental (atacado por los franceses) quedan expuestas una o dos caras del fuerte de la Cuarentena. Detrás hay un muro aspillerado que sube hacia el fondo de la bahía de la Cuarentena y termina en una colina en una torre redonda, que forma el reducto de una obra de tierra construida a su alrededor. Desde allí, un muro de tres pies de grosor medio continúa hasta el extremo superior del puerto, cerrando así Sebastopol por el suroeste. Se dice que este muro no es apto para defensa alguna, aunque fácilmente se le habría podido hacer apto; por eso lo protegen pequeñas obras de tierra situadas delante. Desde el extremo del puerto hacia el este hasta la bahía de Carenaje (el frente de ataque británico) no hay defensas regulares de ninguna clase, salvo dos torres rodeadas y protegidas por lunetas, de manera semejante a la descrita más arriba. Hay además algunas obras de tierra de forma irregular, y el conjunto forma un campamento atrincherado sin grandes pretensiones, si hemos de creer los planos publicados por el capitán Biddulph, dibujados sobre el terreno. En todo caso, muestran una sola línea de defensas, formada por obras abiertas por detrás; no hay reductos cerrados, a los que los rusos son por lo general tan aficionados. Pero no podemos creer que sea así; si esta fuera la única línea que tomar, los británicos deberían haberla tomado hace mucho a la bayoneta. Tiene que haber detrás una segunda línea de reductos.
Todas las obras rusas han sido armadas con cañones pesados de la flota: el mejor uso que los rusos podían hacer de ellos. Pero su puntería con ellos es despreciable. Disparan días y noches enteros contra el enemigo y aciertan una vez de cada cien disparos. Quizá fue esta pésima puntería la que movió a lord Raglan a abrir sus trincheras a la segura distancia de 3.000 yardas. Tras tres días de bombardeo por las flotas y los ejércitos aliados, se dice que los británicos, por su lado, habían abierto una brecha, mientras que los franceses todavía no habían terminado la suya. En cuanto la terminaran, se daría el asalto. Que 200 cañones de enorme calibre necesiten tres o cuatro días para abrir brecha en tales defensas sería increíble si no supiéramos de muy buena fuente a qué respetuosa distancia se habían construido las baterías aliadas. Esto en cuanto a los resultados ya obtenidos; pero, sea cual sea el acontecimiento que corone las operaciones, es seguro que el sitio de Sebastopol quedará sin igual en la historia militar.