Escrito en inglés por Friedrich Engels el 10 de junio de 1854 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4115, del 26 de junio de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 274-286), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Tras un periodo intermedio de movimientos militares que estuvieron por debajo de toda crítica, porque no se emprendieron por consideraciones estratégicas y tácticas, sino diplomáticas y parlamentarias, el sitio de Silistra y el ataque a esta plaza ofrecen por fin un acontecimiento de interés militar.
Este ataque muestra que los rusos siguen teniendo la iniciativa y que los turcos, los ejércitos aliados y las flotas aliadas obedecen hasta este momento a la presión del enemigo. La flota rusa, en su refugio seguro de Sebastopol, atrae involuntaria e irresistiblemente a las flotas aliadas, y como estas no están en condiciones de atacar ese baluarte sin tropas de tierra, las tiene en jaque y paralizadas una flota muy inferior a ellas en calidad y en número de buques. Hasta la evacuación de los fuertes de la costa del Cáucaso,1 llevada a cabo a tiempo y en las narices de los vapores británicos y franceses, muestra la decisión de los rusos de conservar la iniciativa todo el tiempo posible. Eso tiene mucho peso en la guerra. Es una prueba de superioridad, tanto en el número y la calidad de las tropas como en el mando. Mantiene la moral del soldado a pesar de todos los reveses y retiradas, salvo en caso de derrota en una batalla decisiva. Fue esta iniciativa la que mantuvo unido al pequeño ejército de Wellington en medio de cientos de miles de soldados franceses en España y la que hizo de él el centro en torno al cual se agruparon todos los acontecimientos de aquella guerra de cinco años. Uno puede verse obligado a retirarse, puede sufrir un revés, pero mientras esté en condiciones de ejercer presión sobre el enemigo, en vez de estar expuesto a la presión del enemigo, todavía le es superior hasta cierto punto, y, lo que es más, los propios soldados, uno por uno y todos juntos, se sentirán superiores al adversario. El ataque a Silistra es, además, el primer movimiento de avance real de los rusos desde que completaron la ocupación de la región del Danubio. La entrada en la Dobrudja fue sumamente defensiva; supuso acortar el frente ruso y dar un paso para asegurar la desembocadura del Danubio. Pero el ataque a Silistra no es solo una empresa audaz, sino también extraordinariamente bien planeada.
En 1828 y 1829, los rusos, entonces dueños del mar Negro, descuidaron bastante Silistra para asegurarse primero Varna, porque Varna les abría una nueva línea de comunicación por mar con su propio país.2 Aun así, Silistra era lo bastante importante para que los rusos la tomaran antes de pasar los Balcanes. Hoy Varna pierde en gran parte su importancia para los rusos, porque las flotas aliadas dominan el mar Negro, y Silistra y Shumla son los principales puntos de ataque. Para ellos Varna solo puede tener ya un valor negativo: si la toman, no ganan una base de operaciones mejor, sino que se limitan a quitarle al enemigo una de esas que se llaman cabezas de puente marítimas, al amparo de la cual puede concentrar rápidamente con sus barcos cierto número de tropas para una operación especial. Así, en 1849, los daneses, después de atraer al ejército prusiano a Jutlandia, trasladaron de pronto un fuerte contingente a su cabeza de puente marítima de Fredericia y en una salida aniquilaron al excelente, pero mucho más débil, cuerpo de Schleswig-Holstein que se había dejado allí para el sitio.3 Por tanto, si los rusos, expulsados del mar Negro, no pueden pasar en ningún caso los Balcanes antes de asegurarse Varna, tampoco pueden avanzar contra Varna sin haberse hecho antes, por lo menos, dueños de Silistra.
Pero estas son, por el momento, consideraciones de importancia secundaria. Sin el apoyo de Austria, Rusia no puede pensar en pasar los Balcanes a la vista de sus enemigos actuales. Como posición defensiva, Silistra tiene ahora para los rusos una importancia capital; tan grande que, si no la conquistan, pueden dar por perdida la campaña de este año. Silistra está justo delante del centro de la posición rusa, que se extiende desde Giurgiu, por Călărași y Cernavodă, hasta Constanța. El fuerte sistema de fortificaciones que hay delante de esa posición; Omer Bajá4 en Shumla, que, como la araña en medio de su tela, vigila cada movimiento de la víctima que ha escogido; las tropas aliadas que se esperan en el Kamchik y en el lago de Devna: todo ello deja muy pocas esperanzas de que las fuerzas que Rusia puede dedicar por sí solas a la guerra del Danubio lleguen a echar nunca una mirada a aquellos valles tracios cuyo verdor alegró a los cansados soldados de Diebitsch5 desde las alturas de los Balcanes. Rusia, al menos este año, solo puede contar con defender sus conquistas hasta ahora, hasta que Austria se le una o alguna circunstancia deje fuera de combate a su adversario más temible, el ejército anglo-francés, o lo haga retirarse. Una guerra defensiva supone un sistema de fortificaciones de campaña o, si es posible, permanentes. Ahora que Silistra está en manos del enemigo, los rusos no disponen de fortificaciones permanentes, salvo los pequeños fuertes de la Dobrudja, que se vuelven completamente inútiles en cuanto se pierda Valaquia. Pueden haber reconstruido algunas de las fortificaciones de Brăila y de Ruse y haber formado un campo atrincherado cerca de Bucarest; pero mientras no ocupen Silistra, su primera línea defensiva seria queda muy atrás, en el Siret, en Focșani, Galați e Ismail.
Pero, supuesto que Silistra esté en manos de los rusos, la perspectiva de la guerra cambia en el acto. Silistra es un punto excelente para una cabeza de puente rusa en el Danubio. Está situada en un ángulo entrante que forma un recodo del Danubio, en la posición más apropiada precisamente para ese fin. Al norte y al oeste hay una gran isla, atravesada por un dique que va a Călărași, que domina la llanura al oeste de la fortaleza a una distancia de 1.000 yardas, lo bastante cerca para enfilar las trincheras o bombardear las columnas. Al este hay además dos islas pequeñas que tienen a tiro el acceso oriental; y unas baterías provisionales levantadas allí con aguas bajas incomodarían muy seriamente a un sitiador. Así, la parte del terreno que los turcos, atacados desde el norte, no pueden aprovechar para la defensa y deben por tanto abandonar al enemigo, daría a los rusos excelentes posiciones para sus baterías, que flanquearían un ataque dirigido desde el sur. Con ello, el frente abierto al ataque se reduciría a la base del triángulo en cuyo vértice está Silistra, o, dicho de otro modo, a su frente sur o de tierra; y un ejército turco o aliado no podría pensar en atacar seriamente Silistra sin haber quitado antes a los rusos, por lo menos, Valaquia.
Pero las ventajas principales no serían tanto de naturaleza táctica como estratégica. Con la Dobrudja y con Silistra, Rusia domina el Danubio y puede irrumpir, según las circunstancias, para combates ofensivos temporales, bien desde la muralla de Trajano, bien desde Silistra. El enemigo no podría cruzar por ningún punto situado río arriba sin desguarnecer Shumla, salvo que tuviera el doble de fuerzas que los rusos. Cruzar por un punto situado río abajo de Silistra queda descartado; no hay paso más cercano que Hârșova, y para llegar a él hay que tomar primero la posición de Karasu y luego la propia Hârșova, que es tan fuerte frente a un ataque por tierra como débil frente a un ataque desde el río. Así, la posesión de Silistra da a los fuertes de la Dobrudja una gran importancia para los rusos. Su ejército obtiene un doble pivote en torno al cual puede maniobrar libremente sin comprometer sus líneas de comunicación; y aun cuando una superioridad del doble permitiera al enemigo cruzar por Oltenița o Giurgiu, tomar Bucarest y hacer retroceder a los rusos detrás del Ialomița, sería inevitable sitiar Silistra antes de asegurar cualquier avance decisivo hacia Besarabia. Mientras Silistra no haya caído efectivamente, los rusos pueden considerarse, por tanto, dueños de Valaquia aunque no tengan un solo soldado en esa provincia. En una palabra: Silistra significaría para los rusos seis meses de posesión de Valaquia, y seis meses que nos llevan al invierno, en el que en ese país no es posible sitio alguno, querría decir ganar otros cuatro meses. Tomar Silistra equivaldría a la victoria, y fracasar ante Silistra, casi a la derrota en esta campaña.
A pesar de la diplomacia, el soborno, la cobardía y la indecisión, hemos llegado aquí, pues, por una vez, por las necesidades inherentes a la guerra, a un punto de inflexión decisivo. O se abandona Silistra a su suerte, y entonces su caída es más que matemáticamente segura, o los aliados avanzan en su socorro, y entonces se librará allí una batalla decisiva; porque los rusos no pueden retirarse sin combate del terreno ante Silistra sin desmoralizar a su ejército y perder todo su prestigio, ni parecen tampoco dispuestos a hacerlo.
Silistra ha sufrido más vicisitudes que ninguna otra fortaleza. En 1810 la tomaron los rusos tras nueve días de sitio y cinco de ataque intenso. En 1828, estando la fortaleza exactamente en el mismo estado que antes, los rusos la cercaron el 21 de junio con sus fuerzas de tierra, y el 10 de agosto se les sumaron treinta y seis lanchas cañoneras. Pero su artillería de sitio no llegó hasta septiembre, y además sin munición, de modo que un ataque en regla era imposible. El 10 de noviembre los rusos tuvieron que levantar el sitio, porque había llegado el invierno y el Danubio empezaba a arrastrar hielo. Los rusos, desorganizados y desanimados, fueron perseguidos en su retirada muy enérgicamente por la guarnición; parte de la artillería de sitio rusa quedó abandonada en las posiciones, y el resto lo capturaron los turcos durante la persecución en dirección a Rasova. Al año siguiente Diebitsch renovó el ataque, cercó la fortaleza el 7 de mayo, expulsando a los turcos de las líneas y reductos que los rusos habían levantado el año anterior, y abrió fuego con treinta y una piezas pesadas emplazadas, al parecer sin preparación alguna, en una altura a unas 900 yardas de la ciudad. El 26 se levantaron baterías de desmontar a unas 600 yardas de la muralla. Al mismo tiempo se abrió la segunda paralela, el 4 de junio la tercera, y el 12 se empezó a avanzar hacia la cresta del glacis. El 17 se coronó el glacis en un punto, pero esta operación no se terminó hasta el 26, cuando se emplazaron cinco baterías justo al borde del foso, a treinta yardas de la muralla principal. Al mismo tiempo, el general Schilder,6 el mismo que dirige ahora los ingenieros en el sitio, había continuado las extensas operaciones de minado que tanto le gustaban. Grandes minas colocadas bajo la contraescarpa y bajo la muralla se volaron el 21 (lo que abrió en el acto una brecha practicable), el 25, el 27, el 28 y el 29, tras lo cual la fortaleza se rindió por fin. Aun entonces probablemente no había ninguna necesidad imperiosa de rendirla, aparte del terror que las explosiones subterráneas causaron entre los supersticiosos soldados irregulares. Detrás de todo el frente atacado y de la segunda muralla se había levantado una coupure,7 o nuevo atrincheramiento, que naturalmente habría exigido nuevas operaciones de minado o de artillería antes de poder tomarse. Así, esta fortaleza fuera de lo común, que no se había reforzado en modo alguno desde 1810, resistió treinta y cinco días después de abiertas las trincheras y nueve días después de abierta una brecha practicable en la muralla principal, y obligó a los rusos a gastar 30.000 balas y granadas en el ataque de artillería y 336 quintales de pólvora en el ataque de minas.
Las dificultades financieras y las guerras de Egipto8 obligaron a los turcos a descuidar este importante punto, después de la paz de Adrianópolis, hasta tal extremo que todavía en 1836 no solo estaban sin reparar las brechas de 1829 y sin limpiar los fosos, sino que se veían incluso las huellas del ataque de 1810. El sultán se proponía construir fuertes destacados, pero durante un tiempo el propósito quedó en nada. Hoy Silistra está en un estado muy distinto, en gran parte gracias a los esfuerzos de un oficial prusiano al servicio de Turquía, el coronel Grach. El trazado originalmente defectuoso de la fortaleza quizá apenas permita mejoras sustanciales, pero los fuertes destacados levantados en las alturas ya han dado prueba de su valor. La fortaleza forma un semicírculo cuyo diámetro, de unas 1.800 yardas, corre a lo largo de la orilla del Danubio. Tiene diez frentes abaluartados de una longitud media de 500 yardas. La obra, como todas las fortalezas turcas de los siglos XVI y XVII, está plagada de todos los defectos de las viejas fortalezas italianas: cortinas largas, baluartes pequeños y estrechos, flancos cortos que apenas protegen el foso, el foso mismo poco profundo (no más de ocho pies), ningún camino cubierto, sino solo un glacis cuya cresta, o parte más alta, apenas tenía cuatro pies más que el borde de la contraescarpa. La muralla tenía ocho pies de alto por veinte de espesor y era de tierra; la escarpa y la contraescarpa estaban revestidas hasta la altura del foso, es decir, ocho pies. El foso mismo es forzosamente seco por la altura del nivel freático. No había siquiera lunetas delante de las cortinas. Así era Silistra hasta 1836; y estos puntos débiles de su defensa tenían su remate en que la fortaleza está dominada, a menos de 600 yardas de la muralla, por una cadena de alturas que se extiende al sur de ella. Estas alturas son las estribaciones de la meseta búlgara, que, completamente llana, llega hasta 1.500 yardas de la ciudad y luego desciende hacia el río; aquí se ofrece un terreno excelente para baterías en terraza, para fuego frontal y de enfilada, con el estrecho brazo del río a un lado y las alturas al otro. El comandante Moltke, que visitó el lugar en 1836 y a cuya obra sobre la campaña de 1829 debemos los detalles anteriores,9 opina
«que Silistra no puede prepararse para una defensa seria sin cuatro fuertes destacados en las alturas y una cabeza de puente en la gran isla de enfrente».
Hacer la cabeza de puente era imposible, porque la isla pertenece a Valaquia, que por tratado estaba vedada a los turcos; pero los fuertes existen y, si estamos bien informados, casi en los mismos lugares que señaló el comandante Moltke.
Qué pudo conseguir el coronel Grach con la imperfecta muralla principal no lo sabemos. Pero apenas cabe duda de que por lo menos construyó un camino cubierto y, para enfilar el foso, abrió troneras en el centro de la cortina en cada uno de los frentes más amenazados y menos protegidos. En cuanto a los cuatro fuertes destacados, no sabemos todavía nada de su trazado, pero como el coronel Grach es prusiano y a la Puerta le importa mucho que las cosas cuesten poco, podemos suponer que lo más probable es que estén construidos según el sistema que hoy se ha introducido en casi todo el continente y en especial en Prusia, es decir, simples reductos cuadrados u octogonales con troneras en uno de cada dos ángulos. Los fuertes están en las cuatro estribaciones que cierran la meseta por el lado de la ciudad, separadas entre sí por tres barrancos. Su distancia de la muralla de la fortaleza debe de ser por término medio de 1.500 yardas, de modo que el fuego de la plaza no puede protegerlos con mucha eficacia. Pero eso no es imprescindible; no parece haber en la ladera, más cerca de la ciudad, ningún punto donde un fuerte pudiera estar bien protegido contra un fuego de enfilada dirigido desde el borde dominante de la meseta.
Además de estas obras permanentes, el coronel Grach levantó directamente en la meseta una obra de tierra provisional, llamada Arab Tabia (fuerte Arabia), situada a unas 1.000 yardas por delante de los dos fuertes centrales. Algunos informes podrían llevar a concluir que se han levantado otros reductos de campaña para formar una línea exterior de fuertes, con lo que la defensa tendría tres líneas de profundidad. Pero Arab Tabia sigue siendo la llave de esta posición y hay que tomarla antes de poder acercarse a la línea interior de fuertes. Esta disposición de las fortificaciones da a Silistra una gran fuerza defensiva y ofensiva. Como solo en su frente sur el ataque en regla conduce a resultados decisivos, con una guarnición de 15.000 a 18.000 hombres puede emplearse buena parte de ella en salidas. Las tropas que salen encuentran en la ladera, detrás de los fuertes destacados, una posición excelentemente cubierta desde la que pueden subir sin ser vistas por los barrancos hasta muy cerca del enemigo. En un asalto a Arab Tabia, por tanto, no sería tanto la guarnición de este fuerte como las tropas que salieran de Silistra las que decidirían el combate. Vamos ahora al sitio mismo.
Desde finales de abril, los rusos han cañoneado de vez en cuando Silistra desde el otro lado del Danubio. En mayo empezaron a abrir aproches regulares en la gran isla frente a la ciudad, cerca del dique que lleva a Călărași, y el día 10 habían completado sus baterías a lo largo de la orilla del río. El 11 la ciudad fue violentamente bombardeada y el frente norte batido directamente. Esto se repitió el 12; lo confirma el teniente Nasmyth, de la artillería de Bengala, recién llegado, que da cuenta de ello en el Times de Londres.10 El objetivo principal era el baluarte nordeste, o de Chengel, desde el que los turcos respondieron al fuego con la mayor violencia y gran puntería. El tiro de los rusos, en cambio, se califica de muy mediocre. En la ciudad se encontró gran número de granadas que se habían disparado sin quitar la caperuza de la espoleta, de modo que no podían encenderse ni estallar. Tal descuido se da en la artillería de campaña con las prisas del comienzo de un combate, pero en los sitios, donde siempre se dispara con relativa lentitud, era hasta ahora desconocido. Demuestra la prisa que debían de tener los rusos por deshacerse de su munición. Los rusos habían levantado además durante la noche baterías en la isla de Shiblak, al este de Silistra. (En 1829 tuvieron en el mismo lugar dos baterías.) Las cuatro piezas de esta batería debían de estar destinadas a enfilar todo el frente norte.
Del 13 al 16 no parece haberse hecho gran cosa; por lo menos, los informes callan por completo al respecto. No es improbable que los generales rusos, tras darse cuenta de que bombardear una fortaleza turca es inútil, como bien podían haberlo supuesto, prepararan un ataque por la orilla derecha del río. En efecto, el 16 se tendió un puente aguas abajo de Silistra; 20.000 hombres, a los que poco después se habrían unido otros 20.000 procedentes de la Dobrudja, cruzaron por él. Los rusos se movían en general para concentrarse hacia Silistra y Tutrakan, porque, en cuanto el ataque se llevara a cabo por la orilla derecha, hacían falta fuerzas que se encargaran de cubrirlo frente a Omer Bajá en Shumla y frente a las tropas anglo-francesas que pudieran desembarcar en Varna.
El 19 se hizo el primer reconocimiento contra Arab Tabia; grandes masas de tropas se concentraron justo fuera del alcance de los cañones mientras avanzaba una línea de tiradores. Tras un breve cañoneo, Musa Bajá11 envió a la meseta unos cuantos bashi-bazuks, que hicieron retroceder a los tiradores. El 20 los rusos hicieron un nuevo avance; demasiado serio para ser un simple reconocimiento, no lo bastante serio para ser un verdadero ataque. El 21 tuvo lugar el primer ataque contra Arab Tabia; aún faltan detalles, pero los rusos fueron rechazados con grandes pérdidas. Dos oficiales rusos se pasaron a los turcos e informaron de que el enemigo tenía 90.000 hombres, se componía de tres cuerpos de ejército (lo que es exacto: el 3.º, el 4.º y el 5.º) y lo mandaba el gran duque Constantino. Esto último es evidentemente un error, pues es sabido que Constantino manda la flota, las tropas y las defensas costeras de Finlandia. El anuncio de que el ataque se repetiría al día siguiente no se confirmó con los hechos. Los rusos estaban sobre las armas, pero no se acercaron al fuerte. Tampoco tenemos noticia, pues, de lo que ocurrió hasta el 26; pero al amanecer del 27 los rusos atacaron de nuevo Arab Tabia con fuerzas muy considerables. Tres veces se repitió el ataque, y tres veces fueron rechazados los atacantes con pérdidas enormes. Los partes turcos hablan de 1.500 rusos muertos y 3.000 heridos, lo que puede ser algo exagerado, pero se acerca bastante a la verdad. Decidido a tomar el fuerte à la Suvórov,12 Paskévich13 había vuelto a formar sus columnas para el ataque a la mañana siguiente. La carnicería debió de ser espantosa. El general Silvan resultó muerto. El coronel conde Orlov hijo14 recibió un tiro en un ojo y murió más tarde. Otro coronel quedó gravemente herido. Los propios rusos reconocen 186 muertos y 379 heridos, pero eso no es evidentemente ni la tercera parte de sus pérdidas reales; con las masas que lanzaron al ataque, han debido de perder por lo menos 2.000 hombres.
La noche siguiente los turcos hicieron una salida en masa, cayeron de improviso sobre las líneas rusas e hicieron retroceder a los rusos con grandes pérdidas (de 1.500 a 1.800, según los informes). Esta salida afortunada y el hecho de que en el último ataque no se lograra llevar a las tropas rusas al cuerpo a cuerpo, aunque se empleó la caballería para empujarlas y cortarles la retirada, decidieron al príncipe Paskévich a renunciar al intento de tomar el fuerte a la bayoneta. Sin duda, la defensa de este reducto es uno de los hechos de armas más gloriosos no solo de esta lucha, sino de todas las campañas ruso-turcas. El terreno permitía un ataque de masas muy grandes de tropas, y los rusos no son de los que dejan de emplear en un asalto cuantas tropas sea posible. Su superioridad numérica debió de ser, pues, muy grande, y para rechazarlos hizo falta no solo muchísimo valor, sino también operaciones de salida de los turcos bien planeadas y ejecutadas con coordinación. Apenas cabe duda de que, frente a los turcos de 1829, los rusos habrían tomado la fortaleza. Sus repetidas derrotas de ahora prueban que los turcos, al menos una parte de ellos, han ganado en capacidad táctica y en conocimientos militares sin perder nada de su valor. En este aspecto, la defensa de Arab Tabia y el combate de Cetate15 son los acontecimientos más notables de la campaña.
Del ataque ruso no podemos decir mucho bueno. Paskévich parece tener tanta prisa por tomar Silistra que no tiene tiempo siquiera de tomar las medidas más necesarias para lograr su objetivo. Su indecisión es evidentísima. Primero intentó un bombardeo, aunque debería haber sabido lo inútil que es contra una ciudad turca. Un bombardeo no puede llevar a otra cosa que a un gran consumo de munición por parte de los rusos y, a lo sumo, a una brecha en la muralla del lado del río, donde la cercanía del Danubio, un foso natural de 1.000 yardas de ancho, excluye toda idea de asalto. Después se atacó el frente de tierra, pero probablemente nunca se acalló el fuego de Arab Tabia ni se intentó seriamente destruir sus fortificaciones. Todo eso es demasiado engorroso para un sucesor de Suvórov. Este general rusísimo dijo una vez: «La bala es una necia; la bayoneta, todo un hombre»; y si esto vale para la bayoneta rusa, que según otra frase de la misma valerosa autoridad atraviesa los Alpes, vale sin duda mucho más para las balas rusas, que tienen una inclinación constante e irresistible a desviarse. Así que se ordenó el asalto, se ejecutó, se repitió y se volvió a repetir, pero en vano. Parece que los parapetos de tierra de un pequeño pero sólido fuerte turco son más duros que el granito alpino contra el que luchó Suvórov, y que las balas y proyectiles de los turcos no son tan necios como los de los rusos. Al final, Paskévich tendrá que volver a la vieja máxima: no asaltes nunca una obra sin haber acallado antes su fuego y destruido sus fortificaciones. Así empieza el sitio en regla hacia el 30 o el 31 de mayo, y Paskévich recurre por fin a la «bala necia».
¡Pero no! Hasta eso es pura apariencia. Aquí está el general Schilder, bien conocido desde 1829, que promete rendir la fortaleza con sus tan queridas minas, y además en unos pocos días. Las minas contra una obra de campaña son la última expresión de la desesperación militar, de la rabia estúpida en una situación sin salida. Si se han de emplear minas, la primera condición para aprovecharlas con eficacia es coronar el glacis. Antes de poder coronar el glacis hay que haber acallado el fuego del enemigo, es decir, hay que establecer una, dos o tres paralelas con sus correspondientes baterías. En realidad, las minas solo pueden ser el remate de un sitio, no su comienzo. Si Schilder no se propone minar unas veinte millas cuadradas de terreno o abrir un túnel bajo el Danubio, no puede eludir la necesidad de un sitio en regla. A pesar de Suvórov, las balas son imprescindibles.
Ahora bien, un sitio en regla de Arab Tabia podría terminarse sin duda en pocos días, porque la obra ha cumplido casi por completo su misión y una defensa más larga debilitaría demasiado a la guarnición. Pero eso supondría el sitio en regla de por lo menos dos fuertes y después todavía el de la ciudad. Cinco semanas es sin duda el tiempo más corto en que los rusos, con su manera descuidada de llevar los sitios, pueden lograrlo. Si los turcos tienen entonces víveres y municiones suficientes y no se producen incidentes imprevistos, la fortaleza puede darse por segura hasta comienzos de julio. Suponemos, naturalmente, que los fuertes tienen una solidez media y que las murallas no están demasiado necesitadas de reparación. Pero si Silistra resistió en 1829 treinta y cinco días con atrincheramientos abiertos, en 1854, con las obras nuevas, con un comandante valiente y sagaz, un jefe de artillería experimentado y una guarnición de primera, estará sin duda en condiciones de resistir por lo menos otro tanto. Si se pudiera confiar en los aliados, podríamos decir también con seguridad que la campaña ha de convertirse para los rusos en un fracaso completo, si no en algo peor.
En la primavera de 1854 los rusos evacuaron la mayor parte de sus fuertes de la costa oriental del mar Negro. ↩
En la guerra ruso-turca de 1828-1829, los rusos tomaron Varna en octubre de 1828 y Silistra en junio de 1829. ↩
Batalla de Fredericia, del 6 de julio de 1849, en la guerra entre Dinamarca y Schleswig-Holstein. ↩
Omer Bajá (1806-1871), comandante en jefe del ejército turco en el Danubio. ↩
Hans Karl von Diebitsch (1785-1831), general ruso que cruzó los Balcanes en 1829. ↩
Karl Schilder (1785-1854), general ruso de ingenieros; murió de las heridas recibidas ante Silistra. ↩
En francés, «cortadura»: atrincheramiento interior levantado detrás de una brecha. ↩
Las guerras del sultán con Mehmet Alí, bajá de Egipto, en 1831-1833 y 1839-1841. ↩
Helmuth von Moltke (1800-1891), oficial prusiano destinado en Turquía de 1835 a 1839, autor de Der russisch-türkische Feldzug in der europäischen Türkei 1828 und 1829 (1845). ↩
Charles Nasmyth, oficial del ejército de la Compañía de las Indias Orientales, que estuvo en Silistra durante el sitio como corresponsal del Times. ↩
Musa Bajá, comandante turco de Silistra; murió durante el sitio, en junio de 1854. ↩
«A la manera de Suvórov». Alexandr Suvórov (1729-1800), general ruso famoso por sus asaltos, como el de Ismail en 1790, y por su paso de los Alpes en 1799. ↩
Iván Paskévich (1782-1856), mariscal ruso, comandante en jefe en el Danubio. ↩
Nikolái Orlov (1827-1885), hijo del conde Alexéi Orlov. Perdió un ojo ante Silistra, pero no murió. ↩
Combate del 6 de enero de 1854 cerca de Kalafat, en el que los turcos rechazaron a los rusos. ↩