Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 30 de mayo de 1854 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4103, del 12 de junio de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 254-259), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, martes 30 de mayo de 1854

El Times está muy indignado porque el general británico ha dictado una orden que prohíbe a sus «corresponsales propios» acompañar al ejército británico.1 Si la guerra fuera una guerra bona fide,2 sería absurdo objetar nada a esta medida, porque ya el duque de Wellington se quejaba repetidas veces en sus despachos de que las informaciones sobre sus movimientos y posiciones previstos que Napoleón transmitía a sus generales en España estaban sacadas de las columnas de los periódicos ingleses. Tal como están las cosas, la orden solo puede tener por objeto dejar al público inglés a oscuras sobre las intenciones traidoras de sus tropas expedicionarias. Digno complemento de ella es la orden que los héroes del 2 de diciembre3 acaban de imponer al sultán de leer en todas las mezquitas un decreto que prohíbe a los turcos toda conversación política. Pero ¿por qué habrían de estar los turcos, en este respecto, mejor que el propio público inglés?

En la sesión de ayer de la Cámara de los Comunes, el señor Blackett preguntó a lord J. Russell si Gran Bretaña había concedido en el último protocolo de Viena algún reconocimiento o sanción al artículo primero del tratado del 20 de abril de 1854 entre Austria y Prusia.4 Este artículo dice que las potencias contratantes

«se garantizan mutuamente la posesión de sus territorios alemanes y no alemanes, de manera que todo ataque dirigido contra el territorio de una de ellas, venga de donde venga, será considerado una empresa hostil dirigida contra el territorio de la otra».

Lord John Russell respondió que «el protocolo no contiene ningún reconocimiento ni sanción expresos de este artículo primero del tratado entre Austria y Prusia». Expreso o no expreso, en el Moniteur francés de ayer leemos que

«el último protocolo de Viena enlaza el acuerdo anglo-francés para la guerra presente con el tratado austro-prusiano para la guerra eventual»,

es decir, enlaza la presente guerra anglo-francesa contra Rusia con la eventual guerra austro-prusiana a favor de Rusia y es, en todo caso, una garantía que las potencias occidentales dan a Prusia y a Austria de la posesión tranquila de Posen, Galitzia, Hungría e Italia. Lord John Russell confiesa además que este protocolo

«tiende a afianzar y mantener los principios establecidos por los protocolos de Viena, a saber, la integridad del Imperio turco y la evacuación de los Principados por las fuerzas rusas».

Esto es, en efecto, una nueva obligación de mantener el statu quo ante bellum.5 Las potencias occidentales no pueden jactarse de haber obtenido con este protocolo ventaja alguna sobre Rusia, pues el tratado austro-prusiano establece expresamente:

«Una acción ofensiva o defensiva de las dos potencias contratantes vendría determinada, en primer lugar, por la incorporación de los Principados y, en segundo lugar, por un ataque o un paso de los Balcanes por parte de Rusia».

Estas dos condiciones las ha dictado evidentemente la propia Rusia. Desde el principio declaró que no tenía intención de anexionarse los Principados y que solo quería retenerlos como «garantía material» de que se satisficieran sus exigencias. Pasar los Balcanes frente a 80.000 hombres de tropas francesas nunca entró en el plan de campaña de Rusia, cuyo único objeto es asegurarse algunas fortalezas en la orilla derecha del Danubio como cabezas de puente para su ejército y tener así la posibilidad permanente de invadir Bulgaria. Dicho sea en passant, el Times, al mencionar este nuevo protocolo, se contenta ya con poder esperar que las potencias occidentales hayan sabido ganarse a Austria, porque Prusia, al fin y al cabo, está ahora «notoriamente» dominada por «agentes rusos»; el Morning Chronicle, en cambio, duda incluso de la sinceridad de la adhesión de Austria. El gran Napoleón habría obligado a Austria y a Prusia a una alianza abierta con Rusia; el pequeño Napoleón se deja imponer por Rusia una alianza con las potencias alemanas que asigna a su ejército la mayor distancia imaginable de su base de operaciones.

Lord John Russell respondió a una interpelación del señor Milnes6 que

«Francia ha enviado una fuerza de unos 6.000 hombres con instrucciones de ocupar el Pireo. Un regimiento de infantería inglés que salió de Inglaterra hace una semana más o menos se empleará también en la ocupación del Pireo».

La causa de esta medida fue la conspiración del gobierno griego con Rusia. Las tropas solo ocuparán Atenas si se producen determinados acontecimientos. En los periódicos franceses de hoy leemos que

«el rey Otón ha aceptado el ultimátum y ha prometido el regreso del ministerio de Mavrocordatos7 si se aplaza la ocupación. Si no, está decidido a trasladar la sede de su gobierno al interior del país y a concentrar allí sus tropas».

Que esta alternativa no se quedará en un ofrecimiento enteramente vacío se desprende de otra declaración de lord J. Russell:

«Si el rey de Grecia desaprueba los intentos de su pueblo de violar los deberes de una potencia neutral, hallará protección en las fuerzas enviadas y en ellas los medios de obligar a su pueblo a observar esos deberes. Pero si, por otra parte, las seguridades que nos ha dado el gobierno griego resultaran no ser sinceras, esas tropas quizá sean útiles de otro modo».

El gobierno griego, por consiguiente, puede hacer lo que le plazca: Grecia será ocupada.

El Times anuncia con cierto fastidio que

«las tropas francesas forman en este momento la mayor parte de las guarniciones de Roma, Atenas y Constantinopla, las tres grandes capitales del mundo antiguo».

El viejo Napoleón solía ocupar las capitales del mundo moderno. Napoleón el Pequeño, contento con la apariencia teatral de la grandeza, dispersa sus ejércitos por países sin importancia y encierra lo mejor de sus tropas en otros tantos callejones sin salida.

La retirada del proyecto de ley contra el soborno electoral en la sesión parlamentaria de anoche dio pie a una escaramuza de lo más divertida entre el pequeño Johnny,8 Disraeli y Bright. El señor Disraeli observó que

«el gobierno había presentado en el curso de la legislatura siete proyectos de ley importantes. En tres de los siete había sufrido una derrota; tres habían sido retirados, y en el séptimo había sufrido una derrota, solo parcial, pero considerable. Había sido derrotado también con un proyecto para reformar por completo la ley de asentamiento,9 con un proyecto sobre la enseñanza pública en Escocia y con un proyecto para revisar por completo el juramento parlamentario. Había retirado el actual proyecto contra el soborno electoral; había retirado el importantísimo proyecto de una reforma completa de la administración pública, así como el proyecto de reforma parlamentaria. El proyecto de reforma de la Universidad de Oxford saldría de la Cámara muy mutilado».

Si no podía esperar que salieran adelante esos proyectos, más le habría valido no presentarlos siquiera en el Parlamento… Se decía que el gobierno no tenía principios, pero sí «todos los talentos»,10 y como cada ministro había sacrificado su propia opinión, cabía esperar que de tal heroísmo resultara al menos algún provecho para el público.

La respuesta de lord John no fue menos endeble por su gran indignación. Alaba los méritos tanto de los proyectos rechazados como de los retirados. En ningún caso, añade, está la Cámara del lado del señor Disraeli y sus amigos. Este había acusado al gobierno de credulidad o de connivencia en la dirección de la política exterior, pero nunca se había atrevido a pedir sobre ello la opinión de la Cámara. Había asegurado que no quería estorbar al gobierno en sus preparativos para la guerra; y sin embargo había presentado una moción destinada a privar al gobierno de los medios para hacer la guerra. Esa moción había sido rechazada por una mayoría de más de cien votos. En cuanto al proyecto sobre los judíos, cuya emancipación pretende defender, le había dado o negado su apoyo según lo creía oportuno en cada momento.

Con esta respuesta, el pobre jefe de la Cámara de los Comunes se atrajo un nuevo ataque de su adversario, todavía más violento que el primero.

«El noble lord parece creer —dijo el señor Disraeli— que me sorprende que no haya dimitido; al contrario, me habría sorprendido enormemente que lo hubiera hecho. (Grandes risas.) Hacen falta muchas más derrotas, a ser posible todavía más humillantes y completas, para que el noble lord sienta la necesidad de dar ese paso. (Aplausos.) Conozco demasiado bien al noble lord; he estado sentado demasiado tiempo en los bancos de la oposición; lo he visto demasiadas veces en la misma situación. Lo he visto más de una vez sufrir las derrotas más notables y aferrarse a su cargo con un patriotismo y una tenacidad que nunca se admirarán bastante. (Aplausos y risas.) En cuanto a la guerra, el gobierno había comunicado al Parlamento que pondría sobre la mesa de la Cámara todos los documentos sobre la cuestión, cuando en realidad retuvo la parte más importante, y si no hubiera sido por las revelaciones del Journal de Saint-Pétersbourg, el país habría seguido en la más completa ignorancia de todo lo ocurrido. Tras esas revelaciones, él solo había tenido que cambiar de opinión en el sentido de que ya podía renunciarse a toda hipótesis y declararse con certeza que el gobierno era culpable de connivencia o de credulidad. Estaba completamente convencido de que ese sería pronto el juicio general del país.»

El señor Disraeli pasó luego a defender al gobierno de lord Derby y a demostrar que la oposición de lord John contra él había sido «facciosa». Lord John había hecho grandes sacrificios:

«Se separó de los compañeros de toda su vida, que le habían guardado fidelidad, para estrechar contra su corazón a los enemigos de siempre, que durante toda su vida habían rebajado su capacidad y calumniado su carrera. Renunció a la confianza —más aún, podría decirse que casi puso en peligro la existencia— de aquel partido histórico cuya confianza no debería haber sido para un hombre como el noble lord menos valiosa que el favor de su soberano. (Aplausos.) ¿Y por qué lo hizo? Porque se debía a grandes principios y estaba decidido a llevar a cabo grandes medidas. Pero ahora, cuando todas sus medidas habían fracasado, seguía sin embargo en el cargo. En cuanto a su conducta en la cuestión judía, el señor Disraeli contradijo muy clara y rotundamente la afirmación del noble lord.»

En efecto, no dejó a lord John Russell otra salida que defenderse con su «mala suerte» y presentar la continuación de la coalición como un mal inevitable.

El señor Bright opinó que

«el noble lord no había salido de la discusión sin unos cuantos rasguños. Dada la composición del gobierno, desde el primer día de su existencia no había sido muy probable que actuara en bien del país. Recordaba la frase de un ingenioso caballero de la Cámara de los Comunes, gran amigo del noble lord y del gobierno, según la cual el gabinete marcharía de maravilla con tal de que pudiera evitar la política. Ese parecía ser más o menos el rumbo que había seguido el gobierno. Salvo en el librecambio, el gobierno parecía completamente incapaz, en todas las demás cuestiones, de aconsejar a la Cámara, de dirigirla o de controlarla. Era evidentísimo que el noble lord, al que por cortesía se llamaba jefe de la Cámara, no dirigía la Cámara, que la Cámara no seguía al noble lord y que las propuestas del gobierno habían sido arrojadas por la borda sin muchos miramientos. ¡Ustedes nos han metido en una guerra y ustedes tienen que sacarnos de ella! Nosotros no queremos cargar con la responsabilidad. Esta es la situación a la que nos ha llevado ahora el gobierno. Al minar y destruir el orden estatal de Turquía, contribuye al mismo tiempo a minar y destruir el sistema parlamentario de Inglaterra».

Cabría preguntar para qué sirve en realidad este sistema. Los asuntos interiores no pueden discutirse porque el país está en guerra. Porque el país está en guerra, no puede discutirse la guerra. ¿Para qué se necesita entonces un Parlamento? El viejo Cobbett reveló el secreto: como válvula de seguridad para las pasiones encendidas del país.11

Karl Marx

  1. Lord Raglan (1788-1855), comandante en jefe de las tropas británicas en Oriente. ↩

  2. «De buena fe»; aquí, una guerra de verdad. ↩

  3. Luis Bonaparte y los suyos, autores del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. ↩

  4. Por el tratado del 20 de abril de 1854, Austria y Prusia se aliaron y se garantizaron mutuamente sus territorios. El protocolo de la conferencia de Viena del 23 de mayo de 1854 lo puso en relación con el acuerdo anglo-francés. ↩

  5. «El estado de cosas anterior a la guerra». ↩

  6. Richard Monckton Milnes (1809-1885), diputado y escritor. ↩

  7. Alexandros Mavrocordatos (1791-1865), político griego del partido favorable a Inglaterra; volvió a presidir el gobierno a finales de mayo de 1854, bajo la ocupación anglo-francesa. ↩

  8. Lord John Russell. ↩

  9. Las leyes de asentamiento (Law of Settlement) ataban a los pobres a la parroquia en que tenían su domicilio legal, que era la obligada a socorrerlos. ↩

  10. Alusión al «ministerio de todos los talentos» de 1806-1807. El gabinete de Aberdeen (1852-1855) era una coalición de whigs, peelitas y radicales. ↩

  11. William Cobbett (1763-1835), publicista radical inglés. ↩