Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 24 de marzo de 1854 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4050, del 11 de abril de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 152-167), sin su aparato editorial, cotejada con el texto inglés, abreviado y con resúmenes entre corchetes, de The Eastern Question (Londres, 1897), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, viernes 24 de marzo de 1854

Aunque el despacho de lord John Russell1 pueda calificarse en conjunto de cortés negativa a la propuesta del zar de llegar de antemano a un acuerdo sobre el eventual reparto de Turquía, contiene algunos pasajes muy curiosos sobre los que llamo la atención de sus lectores. Dice lord John:

«No hay razón suficiente para dar a entender al sultán que es incapaz de mantener la paz en el interior o de conservar relaciones amistosas con sus vecinos».

Ahora bien, en las comunicaciones confidenciales de sir Hamilton Seymour2 no encontramos en ninguna parte la menor alusión a que el zar hubiera propuesto dar a entender al sultán nada semejante. Por tanto, hemos de suponer o bien que lord Russell, mientras incitaba a oponerse a semejante paso, pretendía darlo él mismo, o bien que se han ocultado algunas de las comunicaciones confidenciales de sir Hamilton en los papeles presentados a la Cámara. La cosa resulta tanto más sospechosa cuanto que solo dieciséis días después, el 25 de febrero de 1853, lord Clarendon,3 al entrar en el Foreign Office, dio a lord Stratford de Redcliffe4 las instrucciones siguientes:

«Vuestra Excelencia explicará, con toda la franqueza y claridad compatibles con la prudencia y con la dignidad del sultán, las razones que hacen temer al gobierno de Su Majestad que el Imperio otomano se encuentra actualmente en una situación muy peligrosa. Las quejas acumuladas de las naciones extranjeras, a las que la Puerta es incapaz de dar satisfacción o no está dispuesta a dársela, la mala administración de sus propios asuntos y la creciente debilidad del poder ejecutivo en Turquía han llevado últimamente a los aliados de la Puerta a adoptar un tono nuevo e inquietante. Si esta situación se prolonga, puede conducir a una sublevación general de los súbditos cristianos de la Puerta y resultar fatal para la independencia y la integridad del Imperio, catástrofe que el gobierno de Su Majestad lamentaría profundamente, pero que, como el gobierno británico tiene el deber de advertir a la Puerta, algunas grandes potencias europeas consideran probable e inminente». (Véase el Libro Azul sobre los derechos y privilegios de las Iglesias católica romana y ortodoxa griega, tomo I, pp. 81 y 82.)5

¿No era esto «dar a entender» al sultán, por parte de Inglaterra y en palabras secas, «que es incapaz de mantener la paz en el interior o de conservar relaciones amistosas con sus vecinos»? El zar había dicho a sir Hamilton, con muy poca ceremonia, que no permitiría a Inglaterra establecerse en Constantinopla, pero que él, por su parte, se proponía establecerse allí, si no como propietario, al menos como depositario. ¿Y qué responde lord John a este anuncio insolente? En nombre de la Gran Bretaña renuncia «a toda intención o deseo de ocupar Constantinopla». Al zar no le exige ningún compromiso semejante.

«La posición del emperador de Rusia», dice, «como depositario, pero no como propietario de Constantinopla, estaría expuesta a innumerables peligros, tanto por la vieja ambición de su propia nación como por los celos de Europa».

¡Los celos de Europa, y no la oposición de Inglaterra! En cuanto a Inglaterra, no permitiría —pero un lord John Russell no se atreve a hablar a Rusia en el mismo tono en que Rusia habla a Inglaterra—, Inglaterra «no se contentaría con ver Constantinopla de forma permanente en manos de Rusia». Se contentaría, pues, con verla allí temporalmente. En otras palabras, aprueba por completo la propuesta que hace el propio zar. No permitirá aquello a lo que él mismo renuncia, pero está dispuesta a tolerar lo que él se propone hacer.

No «contento» con instituir al zar como eventual depositario de Constantinopla, lord John Russell declara en nombre del gobierno inglés que este «no entrará en ningún acuerdo para prever la eventualidad de la caída de Turquía sin una comunicación previa» con Rusia. Es decir, aunque el zar comunicó a sir H. Seymour que él había llegado a un acuerdo con Austria sin entenderse previamente con Inglaterra, Inglaterra se obliga por su parte a consultar con Rusia antes de llegar a un acuerdo con Francia.

«En conjunto», dice lord John, «no puede adoptarse una política más sabia, más desinteresada, más beneficiosa para Europa que la que ha seguido hasta ahora Su Majestad Imperial».

Da la casualidad de que Su Majestad cosaca ha seguido, sin apartarse nunca de ella, la política anunciada a su subida al trono, que el liberal lord John declara tan desinteresada y tan beneficiosa para Europa.

El punto de discordia ostensible y principal en las actuales complicaciones de Oriente es la pretensión de Rusia a un protectorado religioso sobre los cristianos ortodoxos griegos del Imperio otomano. El zar, lejos de ocultar sus pretensiones, dijo sin rodeos a sir Hamilton que «un tratado le aseguraba el derecho a proteger a esos varios millones de cristianos», que «hacía de su derecho un uso moderado y comedido» y que este «llevaba consigo a veces obligaciones muy incómodas». ¿Le da a entender lord John Russell que no existe tal tratado y que el zar no tiene semejante derecho? ¿Que no tiene más derecho a inmiscuirse en los asuntos de los súbditos ortodoxos griegos de Turquía que Inglaterra en los de los súbditos protestantes de Rusia o Francia en los de los irlandeses de la Gran Bretaña? Dejemos que responda él mismo:

«El gobierno de Su Majestad desea añadir que, a su juicio, es esencial aconsejar al sultán que trate a sus súbditos cristianos de acuerdo con los principios de la igualdad ante la ley y de la libertad religiosa… Cuanto más adopte el gobierno turco las reglas de una ley imparcial y de una administración igual para todos, menos necesario encontrará el emperador de Rusia aplicar esa protección excepcional que Su Majestad Imperial ha encontrado tan gravosa, aunque sin duda la prescribe el deber y la sanciona un tratado».

¡La «protección excepcional» de Rusia sobre los súbditos de la Puerta sancionada por un tratado! No hay duda de ello, dice lord John; y lord John es un hombre honrado; y lord John habla en nombre del gobierno de Su Majestad; y lord John se dirige al propio autócrata. ¿Por qué disputa entonces Inglaterra con Rusia? ¿Y por qué duplica su impuesto sobre la renta e inquieta al mundo con sus preparativos bélicos? ¿Cómo se le ocurrió a lord John presentarse hace unas semanas en el Parlamento con el aire y el tono de una Casandra, chillar, fanfarronear y prorrumpir en ampulosas imprecaciones contra el zar desleal y pérfido? ¿No había declarado él mismo al César que las pretensiones del César al protectorado exclusivo «las prescribe el deber y las sancionan los tratados»?

De lo que el gabinete de coalición tenía que quejarse no era, ciertamente, de disimulo o reserva por parte del zar, sino, al contrario, de la desvergonzada familiaridad con que se atrevía a abrirle su corazón y a hacerlo confidente de sus planes más secretos, con lo que convertía el gabinete de Downing Street en un gabinete privado de la avenida Alexandr Nevski. Alguien os confía su intención de asesinar a vuestro amigo. Os pide que os pongáis de acuerdo con él de antemano sobre el botín. Si ese alguien es el emperador de Rusia y vosotros sois un ministro inglés, no lo llevaréis a rastras ante los tribunales, sino que le agradeceréis en términos sumisos la gran confianza que ha puesto en vosotros y os sentiréis dichosos de «reconocer su moderación, su franqueza y su disposición amistosa», como hizo lord John Russell.

Volvamos a San Petersburgo.

La noche del 20 de febrero —solo una semana antes de la llegada del príncipe Ménshikov6 a Constantinopla—, en la velada de la gran duquesa heredera,7 el autócrata se acercó a sir Hamilton Seymour y entre estos dos «caballeros» se entabla la conversación siguiente:

El zar: «Bien, ya tiene usted su respuesta y me la traerá mañana».

Sir Hamilton: «Tendré ese honor, Señor, pero Vuestra Majestad sabe que el contenido de la respuesta es muy exactamente el que yo había hecho esperar a Vuestra Majestad».

El zar: «Lo he sabido con pesar; pero me parece que su gobierno no ha entendido bien mis planes. Me importa menos lo que haya de hacerse cuando muera el enfermo que fijar con Inglaterra lo que en ese caso no habrá de hacerse».

Sir Hamilton: «Pero, Señor, permítame observar que no tenemos razón alguna para suponer que el enfermo esté muriéndose. Los países no mueren tan deprisa. Turquía durará todavía muchos años, a menos que sobrevenga alguna crisis imprevista. Precisamente para evitar todas las circunstancias que puedan provocar semejante crisis, Señor, cuenta el gobierno de Su Majestad con vuestra generosa ayuda».

El zar: «Le diré que, si su gobierno se ha dejado llevar a creer que a Turquía le queda todavía algún elemento de vida, su gobierno ha tenido que recibir informes equivocados. Se lo repito: el enfermo se está muriendo; y no podemos permitir en modo alguno que semejante acontecimiento nos coja por sorpresa. Tenemos que llegar a algún entendimiento. Y fíjese bien: no pido ningún tratado, ningún protocolo; un acuerdo general es todo lo que pido; eso basta entre caballeros. Así que nada más por ahora; venga usted a verme mañana».

Sir Hamilton «dio las gracias muy cordialmente a Su Majestad», pero apenas ha salido del salón imperial y ha vuelto a casa, lo asaltan las dudas. Se sienta a su escritorio, informa a lord John de la conversación y resume su carta con estas notables glosas:

«No puede ser sino que el soberano que aguarda con tanta obstinación la próxima caída de un Estado vecino haya decidido en su ánimo que se acerca la hora, si no de la disolución, en todo caso de su disolución… Apenas se arriesgaría esta suposición si no existiera entre Rusia y Austria un entendimiento, quizá general, pero en todo caso estrecho, sobre la cuestión.

Suponiendo que mis sospechas estén fundadas, el emperador se propone ganar al gobierno de Su Majestad, junto con el suyo propio y el gabinete de Viena, para un plan de reparto definitivo de Turquía, pero excluyendo a Francia del arreglo».

Este despacho llegó a Londres el 6 de marzo, cuando lord Clarendon ya había sustituido a lord Russell en el Foreign Office. La impresión que las inquietas advertencias del embajador produjeron en el ánimo de este plañidero admirador de Turquía es verdaderamente asombrosa. Con pleno conocimiento del plan traicionero del zar de repartirse Turquía excluyendo a Francia, dice al conde Walewski,8 embajador francés en Londres, que, a diferencia de Francia, ellos

«estaban dispuestos a confiar en el emperador de Rusia», que «una política de desconfianza no era ni sabia ni segura» y que, «aunque esperaba que los gobiernos de Inglaterra y de Francia actuaran siempre juntos cuando coincidieran su política y sus intereses, tenía que decir francamente que la conducta reciente del gobierno francés no estaba precisamente calculada para asegurar ese deseable resultado». (Véase el Libro Azul, tomo I, pp. 93 y 98.)

Señalaré de pasada que, al mismo tiempo que el zar aleccionaba al embajador británico en San Petersburgo, el Times repetía día tras día en Londres que el estado de Turquía era desesperado, que el Imperio otomano se caía a pedazos y que de él no quedaba más que el fantasma de «una cabeza de turco con turbante».

A la mañana siguiente de la conversación en la velada imperial, sir G. H. Seymour atiende la invitación y se presenta ante el zar. Entre ellos tiene lugar un «diálogo que duró una hora y doce minutos», del que da cuenta en su despacho a lord John Russell del 22 de febrero de 1853.

El emperador empezó por pedir a sir Hamilton que le leyera en voz alta el despacho secreto y confidencial de lord John del 9 de febrero. Las declaraciones contenidas en ese despacho le parecieron, naturalmente, muy satisfactorias; «solo podía desear que se ampliaran un poco». Repitió que una catástrofe turca era inminente en todo momento y que

«podía precipitarla en cualquier instante una guerra exterior, o una contienda entre el partido de los viejos turcos y el de las “nuevas reformas francesas superficiales”, o bien un levantamiento de los cristianos, que, como se sabía, estaban ya muy impacientes por sacudirse el yugo musulmán».

No deja pasar la ocasión sin soltar su manida fanfarronada de que, «si él no hubiera detenido el avance victorioso del general Diebitsch en 1829, la autoridad del sultán ya se habría acabado». Y eso que es un hecho sabido de todos que, de los 200.000 hombres que había mandado entonces a Turquía, solo 50.000 volvieron a casa,9 y que el resto del ejército de Diebitsch habría sido aniquilado en la llanura de Adrianópolis si unos bajás turcos, de acuerdo con embajadores extranjeros, no hubieran cometido traición.

Insistió en que no pedía un plan del todo concertado entre Inglaterra y Rusia que dispusiera de antemano de las provincias gobernadas por el sultán, y menos aún un acuerdo formal entre los dos gabinetes, sino solo algún entendimiento en términos generales o un intercambio de opiniones, en el que cada parte declarara confidencialmente lo que no deseaba,

«lo que sería contrario a los intereses ingleses y lo que sería contrario a los intereses rusos, para que, si llegaba el caso, cada parte pudiera evitar obrar en contradicción con la otra».

Con semejante entendimiento negativo, el zar conseguiría todo lo que persigue. Primero, el hundimiento del Imperio otomano, convenido entre Inglaterra y Rusia como fait accompli, aunque en forma negativa y condicional; y luego dependería de él enredar las cosas lo bastante para poder declarar a Inglaterra, con alguna apariencia de verosimilitud, que el caso previsto se había producido ya.

Segundo, un plan secreto de acción entre Inglaterra y Rusia que, aun siendo vago y negativo, enfrentaría necesariamente a Inglaterra con Francia, puesto que se habría fraguado a espaldas de Francia y excluyéndola. Tercero, como Inglaterra estaría atada por sus compromisos negativos acerca de lo que no haría, el zar tendría plena libertad para elaborar con toda tranquilidad su propio plan positivo de acción. Además, es evidente que dos partes que se ponen de acuerdo sobre lo que en un caso dado no se permitirán hacer la una a la otra solo están conviniendo, de forma encubierta, lo que quieren hacer. Esta clase negativa de acuerdo solo ofrece mayores posibilidades a la más astuta de las dos partes.

«Quizá Vuestra Majestad», balbuceó el desconcertado sir Hamilton, «tendría la bondad de exponerme sus propias ideas sobre esa política negativa». El zar pareció resistirse al principio con modestia, pero luego hizo como si cediera a la suave presión y formuló la siguiente declaración, muy notable:

«No toleraré la ocupación permanente de Constantinopla por los rusos, con lo que quiero decir también que nunca deberá estar en manos de los ingleses, de los franceses ni de ninguna otra gran nación. Tampoco permitiré jamás un intento de reconstruir el Imperio bizantino ni una extensión de Grecia que la convierta en un Estado poderoso; y menos aún permitiría la desmembración de Turquía en pequeñas repúblicas, asilos para los Kossuth y los Mazzini10 y demás revolucionarios de Europa. Antes de avenirme a cualquiera de esos arreglos, empezaría una guerra y la sostendría mientras me quedara un mosquete y un hombre para llevarlo».

Ni Imperio bizantino, ni extensión poderosa de Grecia, ni confederación de pequeñas repúblicas: nada de eso. ¿Qué quiere, entonces? El embajador británico no necesitó adivinar mucho tiempo. El propio emperador, en el curso de la conversación, le soltó a su interlocutor la propuesta siguiente:

«Los Principados son de hecho un Estado independiente bajo mi protección. Podrían seguir así. Serbia podría recibir la misma forma de gobierno; también Bulgaria. No parece haber razón alguna para que esta provincia no forme un Estado independiente. En cuanto a Egipto, comprendo perfectamente la importancia de ese territorio para Inglaterra. Por tanto, solo puedo decir que, si en un reparto del Imperio otomano, al producirse su caída, ustedes tomaran posesión de Egipto, no tendré nada que objetar. Digo lo mismo de Candía;11 esa isla les convendría, y no veo por qué no habría de convertirse en una posesión inglesa».

Así demuestra que, «en caso de disolución del Imperio otomano, un arreglo territorial satisfactorio sería menos difícil de lo que suele creerse». Declara abiertamente lo que quiere —el reparto de Turquía— y traza con la mayor claridad las líneas de ese reparto, claras tanto por lo que revela como por lo que calla. Egipto y Candía para Inglaterra; los Principados, Serbia y Bulgaria, Estados vasallos de Rusia; la Croacia turca, Bosnia y Herzegovina habrán de incorporarse a Austria, cosa que se guarda de mencionar; Grecia, ampliada «sin hacerse demasiado poderosa», digamos con la Tesalia baja y una parte de Albania. Constantinopla será ocupada temporalmente por el zar y luego se convertirá en la capital de un Estado que comprenda Macedonia, Tracia y el resto de la Turquía europea. Pero ¿quién será el poseedor definitivo de ese pequeño imperio, que quizá se agrande todavía con algunas partes de Anatolia? Calla sobre este punto, pero no es ningún secreto que tiene a alguien de reserva para ese puesto, a saber, su hijo menor,12 que suspira por un imperio propio. ¿Y Francia? ¿No le tocará nada en absoluto? Puede ser. Pero no: se la despachará con —¿quién lo creería?— con Túnez. «Uno de sus objetivos es la posesión de Túnez», le dice a sir Hamilton, y en caso de reparto del Imperio otomano quizá llegara a ser tan magnánimo que saciara el apetito de Francia por Túnez.

De Francia habla el zar todo el tiempo en un tono afectado de altivo desprecio. «Parece exactamente», dice, «como si el gobierno francés buscara enzarzarnos a todos en Oriente». Él, por su parte, no se preocupa de Francia.

«Personalmente le importaba muy poco el camino que los franceses tuvieran a bien seguir en los asuntos de Oriente, y hacía poco más de un mes había hecho saber al sultán que, si necesitaba su ayuda para resistir a las amenazas de los franceses, estaba por entero a su servicio.

“En una palabra”, prosiguió el emperador, “como le decía antes, todo lo que deseo es un buen entendimiento con Inglaterra, y no sobre lo que ha de hacerse, sino sobre lo que no ha de hacerse”».

«¡Pero Vuestra Majestad ha olvidado a Austria!», exclama sir Hamilton.

«¡Oh!», replicó el emperador, para gran asombro suyo, «ha de saber usted que cuando hablo de Rusia hablo igualmente de Austria; lo que conviene a la una conviene también a la otra; nuestros intereses respecto de Turquía son completamente idénticos».

Así pues, cuando dice Rusia, dice también Austria. A propósito de Montenegro observó expresamente que «aprobaba la actitud adoptada por el gabinete austriaco».

Si en una conversación anterior había tratado al sultán como al «Gran Turco» del vodevil, ahora, a la manera de Paul de Kock,13 lo llama «ce monsieur». ¡Y qué indulgente se muestra con ce monsieur! No le ha mandado a Constantinopla más que a un Ménshikov. «Podría haber mandado allí un ejército, si me hubiera placido; nada lo habría detenido», como demostró después en Oltenița y en Cetate y con la gloriosa retirada de su ejército de Kalafat.14

Su Majestad cosaca despidió a sir Hamilton con estas palabras:

«Bien, convenza a su gobierno de que vuelva a escribir sobre estos asuntos, de que escriba con más detalle, y sin demora».

El 7 de marzo, poco después de este curioso diálogo, o más bien monólogo, se llama al embajador británico a presencia del conde Nesselrode,15 que le entrega, «por orden del emperador, un memorándum muy confidencial que Su Majestad Imperial había hecho redactar y que estaba destinado a servir de respuesta o de comentario a la comunicación de lord John Russell». El conde Nesselrode le ruega que lea el documento, «destinado a su uso». Sir Hamilton estudia, pues, el documento, y él, que no había encontrado ni una sola palabra de protesta contra los insultos premeditados del moscovita a Francia, tiembla de pronto al descubrir que «la impresión bajo la cual se había redactado era completamente falsa: la impresión, a saber, de que en las diferencias surgidas entre Rusia y Francia el gobierno de Su Majestad se había inclinado del lado de esta última potencia». A la mañana siguiente envía a toda prisa al conde Nesselrode un billet doux en el que asegura que,

«lejos de haberse inclinado hacia Francia en el curso de las recientes negociaciones críticas, como se afirma, el deseo de los consejeros de la reina había sido —en toda la medida en que le estaba permitido a un gobierno (¡!) que tenía que observar una actitud neutral (¡¡!!)— que se diera plena satisfacción a las demandas que el gobierno de Su Majestad Imperial tenía derecho a presentar».

A consecuencia de esta carta de súplica, sir Hamilton tuvo, naturalmente, otra «conversación muy amistosa y satisfactoria con el canciller», que consuela al embajador británico asegurándole que había entendido mal un pasaje del memorándum del emperador, en el que no se pretendía en modo alguno reprochar a Inglaterra parcialidad hacia Francia.

«Todo lo que aquí se deseaba», dijo el conde Nesselrode, «era que el gobierno británico, apelando a la magnanimidad y al sentido de la justicia del emperador, hiciera algunos esfuerzos por abrir los ojos a los ministros franceses».

Lo único que se desea «aquí» es, pues, que Inglaterra se arrastre y se incline ante el calmuco y adopte con los franceses un tono de severidad dictatorial. Para convencer al canciller de lo concienzudamente que el gobierno británico cumple esta última parte de su tarea, sir Hamilton le lee un extracto de un despacho de lord John Russell «como muestra del lenguaje que un ministro inglés ha empleado con el gobierno francés». El conde Nesselrode ve superadas sus más audaces esperanzas. Solo lamentó «no haber sido puesto hace tiempo en posesión de una prueba tan concluyente».

Sir Hamilton describe el memorándum ruso de respuesta al despacho de lord John como «uno de los documentos más notables salidos no de la cancillería rusa, sino del gabinete secreto del emperador». Así es. Pero no hace falta detenerse en él, porque no hace sino resumir las ideas que el zar había desarrollado en su «diálogo». Inculca al gobierno británico «que el resultado, fuera cual fuera, de estas conversaciones debía quedar como un secreto entre los dos soberanos». El sistema del zar, observa, ha sido con la Puerta «siempre de paciencia; el propio gabinete inglés lo reconoce». Francia había seguido otro sistema, obligando así a Rusia y a Austria a obrar a su vez por la intimidación. En todo el memorándum se equipara a Rusia y Austria. Entre las causas que podrían conducir al hundimiento inmediato de Turquía se nombra expresamente la cuestión de los Santos Lugares «y los sentimientos religiosos de los griegos ortodoxos, ofendidos por las concesiones hechas a los católicos». Al final del memorándum se declara que «no menos valiosas» que las seguridades del despacho de lord John Russell son «las pruebas de amistad y de confianza personal por parte de Su Majestad la reina que sir Hamilton Seymour había recibido el encargo de transmitir en esta ocasión al emperador». Estas «pruebas» de la devoción de la reina Victoria al zar se le han ocultado cuidadosamente al público británico, pero quizá aparezcan un día de estos en el Journal de Saint-Pétersbourg.

Al comentar su diálogo con el emperador y el memorándum del moscovita, sir Hamilton llama una vez más la atención de su gabinete sobre la posición de Austria:

«Si se toma como un hecho establecido y reconocido que entre los dos emperadores existe un acuerdo o un pacto sobre los asuntos turcos, resulta de la mayor importancia saber hasta dónde se extienden las obligaciones que han contraído recíprocamente. En cuanto a la manera en que se concluyó ese arreglo, me parece que apenas puede ser objeto de duda.

Su base debió de sentarse en uno de los encuentros que los dos emperadores celebraron en otoño, y después debió de desarrollar el plan el barón Meyendorff,16 embajador de Rusia en la corte austriaca, que ha pasado el invierno en San Petersburgo y que todavía está allí en este momento».

¿Pide cuentas a Austria el gobierno británico después de estas revelaciones? No, solo censura a Francia. Tras la invasión rusa de los Principados, designa a Austria como mediadora, elige de todas las ciudades Viena como sede de la conferencia, confía al conde Buol17 la dirección de las negociaciones y mantiene todavía hoy a Francia en la necia creencia de que Austria es una aliada sincera en una guerra contra el moscovita por la integridad y la independencia del Imperio otomano, aunque sabe desde hace más de un año que Austria ha consentido en la desmembración de ese imperio.

El 19 de marzo llegó a Londres el informe de sir Hamilton sobre su diálogo con el zar. Lord Clarendon ocupa ahora el cargo de lord John y se esfuerza por superar todavía a su predecesor. Cuatro días después de recibir aquella sensacional comunicación, en la que el zar ya no cree necesario ocultar su conspiración contra Turquía y contra Francia, sino que la confiesa abiertamente, el noble conde envía a sir Hamilton el despacho siguiente:

«El gobierno de Su Majestad lamenta que la inquietud y la agitación reinantes en París hayan llevado al gobierno francés a ordenar a su flota que se dirija a las aguas griegas. La posición del gobierno francés difiere, sin embargo, en muchos aspectos de la del gobierno británico. Aquel no ha recibido, que sepa el gobierno británico, ninguna seguridad del emperador acerca de la política que está resuelto a seguir respecto de Turquía». (Véase el Libro Azul, tomo I, p. 90.)

Si el zar hubiera comunicado también a Francia que «el enfermo se estaba muriendo» y hubiera trazado un plan completo para repartir la herencia, Francia, naturalmente, no habría sentido ni inquietud ni duda acerca de la suerte de Turquía, de los verdaderos fines de la misión del príncipe Ménshikov y de la inquebrantable resolución del emperador de Rusia de conservar la integridad y la independencia de un imperio que, según afirmaba, ya «no contenía elementos de vida».

Ese mismo 23 de marzo, el conde de Clarendon envía a sir Hamilton Seymour un segundo despacho que, aunque no está «preparado» para los Libros Azules, contiene la respuesta secreta a la comunicación secreta de San Petersburgo. Sir Hamilton había cerrado su informe sobre el diálogo con esta propuesta, muy astuta:

«Me atrevo a recomendar que en el próximo despacho que se me dirija se deslicen algunas expresiones que tengan por efecto poner fin al ulterior examen, o por lo menos a la discusión, de los puntos que, como es sumamente deseable, no deberían tratarse como objeto espinoso de discusión».

El conde de Clarendon, que se siente el hombre adecuado para coger hierros candentes, obra exactamente según la invitación del zar y en contradicción directa con la advertencia de su propio embajador. Empieza su despacho declarando que «el gobierno de Su Majestad accede con gusto al deseo del emperador de que el asunto se siga discutiendo con franqueza». El emperador tiene «derecho» a «la más cordial declaración de opiniones» por parte del gobierno británico por la «generosa confianza» que ha depositado en él al creer que le ayudará a desmembrar Turquía, a traicionar a Francia y, en caso de hundimiento del dominio otomano, a sofocar todos los posibles intentos de la población cristiana de formar Estados libres e independientes.

«El gobierno de Su Majestad», prosigue el británico nacido libre, «está plenamente convencido de que, si un entendimiento sobre eventualidades futuras fuera conveniente o realmente posible, la palabra de Su Majestad Imperial sería preferible a cualquier convenio que pudiera concertarse».

En todo caso, su palabra tiene que valer tanto como cualquier tratado que se pudiera concertar con él; pues los consejeros de la Corona británica han declarado hace mucho tiempo que todos los tratados con Rusia han caducado por las violaciones que la propia Rusia ha cometido de ellos.

«El gobierno de Su Majestad persiste en creer que Turquía posee todavía los elementos de la existencia». Para demostrar la sinceridad de esta creencia, el conde añade suavemente:

«Si se hiciera pública la opinión del emperador de que los días del Imperio turco están contados, su caída tendría que producirse incluso antes de lo que Su Majestad Imperial parece esperar ahora».

Al calmuco le basta, pues, con declarar su opinión de que el enfermo se está muriendo, y el hombre ya está muerto. ¡Envidiable vitalidad! No hacen falta las trompetas de Jericó. Un soplo de la augusta boca del emperador, y el Imperio otomano se derrumba.

«El gobierno de Su Majestad comparte por completo la opinión del emperador de que la ocupación de Constantinopla por cualquiera de las grandes potencias sería incompatible con el actual equilibrio de fuerzas y con el mantenimiento de la paz en Europa, y debe considerarse imposible de una vez para siempre; de que no existen elementos para reconstruir un Imperio bizantino; de que el sistemático mal gobierno de Grecia no ofrece aliciente alguno para extender su territorio; y de que, como faltan las condiciones para un gobierno provincial o municipal, la anarquía sería la consecuencia si se abandonara a sí mismas a las provincias de Turquía o se las dejara formar repúblicas independientes».

Obsérvese que el ministro británico, que yace postrado en adoración a los pies de su amo tártaro y repite humildemente sus palabras, no se avergüenza de repetir incluso la monstruosa mentira de que en Turquía «no hay elementos para un gobierno provincial o municipal», cuando precisamente el amplio desarrollo de la vida municipal y provincial es lo que ha permitido a Turquía resistir hasta hoy los más duros golpes de fuera y de dentro. Al suscribir todas las premisas del zar, el ministerio británico justifica todas las conclusiones que este quiera sacar de ellas.

En caso de disolución del Imperio turco, decía el valeroso conde, «el único modo de intentar una solución pacífica sería un congreso europeo». Pero teme las consecuencias de semejante congreso, no por las trapacerías de Rusia, que en el Congreso de Viena engañó a Inglaterra hasta tal punto que Napoleón exclamó en Santa Elena: «Si yo hubiera vencido en Waterloo, no habría podido dictar a Inglaterra condiciones más humillantes», sino por miedo a Francia.

«Los tratados de 1815 tendrían que someterse entonces a revisión, y Francia estaría seguramente dispuesta enseguida a arriesgarse a una guerra europea para librarse de las obligaciones que considera perjudiciales para su honor nacional y que, impuestas por enemigos victoriosos, son para ella una fuente constante de irritación».

El gobierno de Su Majestad «desea conservar el Imperio turco», no como baluarte contra Rusia ni porque su hundimiento obligaría a Inglaterra a dirimir con Rusia sus intereses diametralmente opuestos en Oriente. ¡Oh, no!, dice el conde: «los intereses de Rusia y de Inglaterra en Oriente son completamente idénticos».

Inglaterra quiere conservar el Imperio turco, no por ninguna consideración ligada a la cuestión de Oriente, sino «en la convicción de que no puede suscitarse ninguna gran cuestión en Oriente sin que se convierta en una fuente de discordia en Occidente». Una cuestión de Oriente, por tanto, no traerá consigo una guerra de las potencias occidentales contra Rusia, sino una guerra de las potencias occidentales entre sí, una guerra de Inglaterra contra Francia. Y el mismo ministro que escribió esto y sus colegas que lo sancionaron querrían hacernos creer que se disponen a hacer en serio la guerra a Rusia junto con Francia, y eso «a causa de una cuestión suscitada en Oriente» y aunque «los intereses de Inglaterra y de Rusia en Oriente son completamente idénticos».

El valiente conde va todavía más lejos. ¿Por qué teme una guerra con Francia, que según él tiene que ser el «resultado necesario» de la disolución y la desmembración del Imperio turco? Una guerra con Francia, considerada en sí misma, sería una cosa muy divertida. Pero tiene una circunstancia inquietante, a saber:

«que toda gran cuestión en Occidente adoptará un carácter revolucionario y abarcará una revisión de todo el sistema social, para la cual los gobiernos del continente no se encuentran ciertamente en estado de preparación.

El emperador conoce perfectamente las materias que fermentan sin cesar bajo la superficie de la sociedad y sabe con qué facilidad estallan, incluso en tiempos de paz. Por eso Su Majestad Imperial no contradirá seguramente la opinión de que el primer cañonazo puede ser la señal de un estado de cosas aún más funesto que las calamidades que la guerra trae inevitablemente consigo».

«Y de ahí», exclama el sincero pacificador, «el ansioso deseo del gobierno de Su Majestad de evitar la catástrofe». Si detrás del reparto de Turquía no acechara la guerra con Francia, y detrás de esta el espectro de la revolución, el gobierno de Su Majestad estaría tan dispuesto a tragarse al Gran Turco como lo está Su Majestad cosaca.

Fiel a las instrucciones recibidas de la cancillería rusa por mediación de sir H. Seymour, el valeroso Clarendon cierra su despacho con una apelación a «la magnanimidad y el sentido de la justicia del emperador».

En un segundo despacho de nuestro conde, del 5 de abril de 1853, se encarga a sir Hamilton que informe al canciller ruso de que

«el vizconde Stratford de Redcliffe ha recibido el encargo de volver a su puesto, y de que a su misión se le daría un carácter especial mediante una carta autógrafa de Su Majestad, porque se partía de la idea de que la Puerta escucharía mejor un consejo moderado si venía de un hombre de la alta posición y del gran conocimiento y experiencia de los asuntos turcos del vizconde Stratford de Redcliffe. Este deberá aconsejar a la Puerta que trate a sus súbditos cristianos con la mayor benevolencia».

El mismo Clarendon que dio estas detalladas instrucciones había escrito en su despacho secreto del 23 de marzo de 1853:

«El trato que reciben los cristianos no es duro, y la tolerancia que la Puerta muestra hacia esa parte de sus súbditos bien podría servir de modelo a ciertos gobiernos que miran con desprecio a Turquía como a una potencia bárbara».

En este despacho secreto se reconoce que lord Stratford fue enviado a Constantinopla por ser el instrumento más hábil y más dispuesto para intimidar al sultán. En los periódicos ministeriales de la época se presentó su envío como una enérgica demostración contra el zar, ya que este noble caballero había desempeñado desde siempre el papel de adversario personal de Rusia.

La serie de documentos secretos presentados a la Cámara se cierra con el memorándum ruso en el que Nicolás se felicita de que sus ideas coincidan por completo con las del gabinete inglés en cuanto a las combinaciones políticas que habría que evitar sobre todo si, en el caso extremo, se produjera el acontecimiento eventual en Oriente.

El memorándum lleva fecha del 15 de abril de 1853. Asegura

«que el mejor medio de dar duración al gobierno turco consistiría en no seguir molestándolo con exigencias que excedan la justa medida, presentadas de un modo igualmente perjudicial para su dignidad y para su independencia».

Justo en esa época representaba Ménshikov su comedia, al entregar el 19 de abril su insolente «nota verbal», en la que empleaba un lenguaje que «por fortuna es muy raro en diplomacia», como declaró el conde de Clarendon en la Cámara de los Lores. Tanto más firmemente convencido estaba por ello Su Señoría de la resolución del zar de tratar con miramientos al enfermo. Su convicción se afianzó todavía más cuando el cosaco invadió los Principados.

El gabinete de coalición solo ha encontrado un agujero en el que esconderse de estos documentos acusadores. Afirma que el fin manifiesto de la misión del príncipe Ménshikov era la cuestión de los Santos Lugares, mientras que las comunicaciones sobre la desmembración de Turquía se referían solo a una época incierta y lejana. Pero el zar le había dicho clara y llanamente en su primer memorándum que la cuestión del hundimiento de Turquía «no era en modo alguno una cuestión ociosa y fantástica, una eventualidad demasiado lejana»; que el ministerio inglés se equivocaba «si en las dos cuestiones, Montenegro y los Santos Lugares, no veía más que simples puntos de disputa de los que suele ocuparse la diplomacia», y que la cuestión de los Santos Lugares podía «tomar un giro muy serio» y conducir a la «catástrofe». El propio ministerio inglés no solo había reconocido que se le había hecho injusticia en el asunto de los Santos Lugares, sino también que «tenía por tratado el derecho a ejercer una protección excepcional» sobre once millones de súbditos del sultán. Por tanto, si el ministerio no consiguió empujar a la Puerta a aceptar las exigencias de Ménshikov, el zar no hacía más que obrar en el espíritu del memorándum de 1844,18 del acuerdo que el propio ministerio inglés había concertado con él, y fiel a su declaración verbal a sir G. Hamilton Seymour de «que no consentiría que se jugara con él», cuando se disponía a dejar morir a ce monsieur. No se trata de si él tiene razón frente al ministerio; la única cuestión es si este, incluso en este momento, se comporta con él «como es debido». A todo el que lea atentamente estos documentos tiene que quedarle claro que, si este escandaloso ministerio sigue en el poder, el pueblo inglés puede verse empujado, por la sola influencia de las complicaciones exteriores, a una revolución terrible que barra a la vez el trono, el Parlamento y las clases dominantes, que han perdido la capacidad y la voluntad de mantener la posición de Inglaterra en el mundo.

Al desafiar al ministerio de coalición, desde el Journal de Saint-Pétersbourg,19 a publicar las pruebas secretas de su propia infamia, Nicolás ha obrado de acuerdo con su máxima:

«Odio a los que se me resisten; desprecio a los que me sirven».20

Karl Marx

  1. Lord John Russell (1792-1878), jefe de los whigs, primer ministro de 1846 a 1852; en el gabinete de coalición de Aberdeen fue ministro de Asuntos Exteriores de diciembre de 1852 a febrero de 1853 y luego ministro sin cartera y líder de la Cámara de los Comunes. Su despacho a Seymour es del 9 de febrero de 1853. ↩

  2. Sir George Hamilton Seymour (1797-1880), embajador británico en San Petersburgo. Sus conversaciones con Nicolás I de enero y febrero de 1853 y la correspondencia secreta que las acompañó se publicaron en Londres en marzo de 1854, después de que el Journal de Saint-Pétersbourg desafiara al gobierno británico a hacerlo. ↩

  3. George Villiers, conde de Clarendon (1800-1870), ministro de Asuntos Exteriores desde febrero de 1853. ↩

  4. Stratford Canning, lord Stratford de Redcliffe (1786-1880), embajador británico en Constantinopla. ↩

  5. Uno de los Libros Azules (Blue Books), las recopilaciones de documentos oficiales que el gobierno británico presentaba al Parlamento: la Correspondence respecting the Rights and Privileges of the Latin and Greek Churches in Turkey (1854). ↩

  6. El príncipe Alexandr Ménshikov (1787-1869), enviado extraordinario del zar en Constantinopla de febrero a mayo de 1853. ↩

  7. María Alexándrovna, esposa del heredero del trono, el futuro Alejandro II. ↩

  8. El conde Alexandre Colonna-Walewski (1810-1868), embajador de Francia en Londres. ↩

  9. El texto inglés de The Eastern Question (1897) dice «500 only». ↩

  10. Lajos Kossuth (1802-1894), dirigente de la revolución húngara de 1848-1849, y Giuseppe Mazzini (1805-1872), republicano italiano; ambos vivían entonces exiliados en Londres. ↩

  11. Creta. ↩

  12. El gran duque Mijaíl Nikoláievich (1832-1909). ↩

  13. Paul de Kock (1793-1871), novelista francés de costumbres, muy leído en su tiempo. ↩

  14. En Oltenița (4 de noviembre de 1853) y en Cetate (6 de enero de 1854) los turcos rechazaron ataques rusos; Kalafat, la cabeza de puente turca en la orilla valaca del Danubio, resistió el cerco ruso de aquel invierno. ↩

  15. El conde Karl Nesselrode (1780-1862), canciller y ministro de Asuntos Exteriores de Rusia. ↩

  16. El barón Peter von Meyendorff (1796-1863), embajador ruso en Viena. ↩

  17. El conde Karl Ferdinand von Buol-Schauenstein (1797-1865), ministro de Asuntos Exteriores de Austria; presidió la conferencia de Viena de 1853. ↩

  18. El memorándum de Nesselrode redactado tras la visita de Nicolás I a Inglaterra en junio de 1844, que resumía sus conversaciones con los ministros británicos, entre ellos Aberdeen, sobre el futuro de Turquía; se publicó junto con la correspondencia secreta. ↩

  19. Diario oficioso del gobierno ruso, publicado en francés. ↩

  20. En francés en el original: «Je hais ceux qui me résistent; je méprise ceux qui me servent». ↩