Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 2 de junio de 1854 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4105, del 14 de junio de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre (The Eastern Question, Londres, 1897, lo trae abreviado y resume entre corchetes varias citas y la fábula): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 260-266), sin su aparato editorial, cotejada con ese texto inglés, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, viernes 2 de junio de 1854
Decidida ya la creación de un ministerio de la Guerra especial, la gran cuestión del momento es quién será el elegido para ocupar el cargo. El duque de Newcastle,1 que hasta ahora era a la vez ministro de las Colonias y de la Guerra, ha mostrado desde hace tiempo que no está dispuesto a renunciar a ninguno de los dos puestos, y, a juzgar por el tono del Morning Chronicle, parece decidido en todo caso a aferrarse a la dirección del departamento de la Guerra. El Times de hoy recomienda por tercera vez el nombramiento de lord Palmerston.
«Lord Palmerston estaría sin duda más en su sitio como ministro de la Guerra, dirigiendo las fuerzas de este país contra el que bien podemos llamar su viejo enemigo, Rusia, que metido en una serie de disputas con las juntas parroquiales y las comisiones de alcantarillado.»2
El Daily News recomienda también a lord Palmerston. El Morning Herald de ayer publicó una denuncia de esta intriga salida de la pluma del señor Urquhart.3 En todo caso, estos movimientos de Downing Street tienen más importancia para la «guerra» que todas las demostraciones militares de Gallípoli o de Scutari.
Quizá recuerden ustedes que se hicieron concebir al público grandes esperanzas de medidas inmediatas y enérgicas en cuanto los comandantes de las fuerzas expedicionarias llegaran a Constantinopla. El 18 de mayo, el mariscal Saint-Arnaud, lord Raglan y el seraskier turco4 se dirigieron a Varna, donde el día 20 había de celebrarse un consejo de guerra con Omer Bajá y los almirantes. Ayer llegó a Londres un despacho telegráfico según el cual «el consejo de guerra de Varna ha decidido que las tropas aliadas avancen de Gallípoli a Adrianópolis». Al mismo tiempo, el Times publicó un editorial en el que revelaba todo el plan de campaña tal como se había decidido, y la conferencia de Varna.
«Esta conferencia —dice el Times— debió de celebrarse justo en el momento en que los rusos, al mando del príncipe Paskévich, dirigían sus ataques más violentos contra la fortaleza de Silistra. Por eso los oficiales superiores del ejército aliado estaban en la mejor posición para decidir las medidas que podían tomarse para socorrer esa fortaleza.»
Por eso mandaron a sus tropas de Gallípoli a Adrianópolis, para socorrer Silistra; por eso llegaron también a la siguiente resolución heroica:
«Que no era oportuno exponer al ejército turco al riesgo de una batalla general para rechazar el ataque de los rusos contra las fortalezas que cubren la orilla derecha del Danubio… ni lanzar a la costa una parte considerable de los ejércitos aliados para chocar así directamente con las actuales avanzadas de los rusos.»
En otras palabras, los generales aliados han decidido no oponer nada a los esfuerzos de los rusos por tomar las fortalezas de la orilla derecha del Danubio. El Times admite que este plan de operaciones «quizá decepcione la natural impaciencia del público»; pero, por otro lado, descubre que «esas plazas fuertes son en realidad las obras exteriores de la posición turca y no constituyen su fuerza principal». Antes se nos decía que Moldavia y Valaquia eran las obras exteriores de Turquía y que esta no perdía gran cosa abandonándolas a la ocupación rusa. Ahora oímos que Turquía puede entregar Bulgaria a los rusos con la misma tranquilidad.
«Los Balcanes son el verdadero baluarte del Imperio otomano, y a los rusos no les servirá de nada tomar con grandes pérdidas la línea exterior del recinto si al avanzar se les cruzan en el camino nuevos obstáculos de dimensiones incalculablemente mayores. Cuanto más avancen en esta región al norte de los Balcanes, más difícil será su situación… El ejército invasor agota sus fuerzas contra las plazas fuertes del río y los destacamentos dispersos del enemigo; entre tanto, las fuerzas defensoras de la posición principal se mantienen relativamente frescas e intactas.»
Mientras los aliados comedores de beef5 puedan evitar el encuentro con el enemigo, sus fuerzas se mantendrán sin duda muy frescas. Pero ¿y si los rusos no siguen avanzando en la región al norte de los Balcanes y se contentan con poseer las fortalezas, que son las llaves de Bulgaria, y los Principados? ¿Cómo se logrará que los evacuen?
«Detrás de las líneas de los Balcanes, el ejército europeo se prepara para avanzar —a su debido tiempo, con fuerza irresistible—, y los últimos meses de la campaña deberían traer la aniquilación del enemigo.»
Este avance irresistible se verá muy facilitado, naturalmente, por la posesión rusa de las fortalezas del Danubio, y lo que no consigan los ejércitos aliados lo terminará sin dificultad la estación.
Es cierto que el Moniteur anuncia que Omer Bajá hacía preparativos para socorrer Silistra; el Morning Chronicle critica el citado artículo del Times y observa:
«El autor de este plan espera probablemente que la diplomacia austriaca induzca entretanto al zar a retirar sus tropas con la satisfacción de haber logrado un éxito ininterrumpido sin resistencia; por otro lado, quizá se crea que, si los rusos avanzaran sobre los Balcanes, el caso remoto previsto en el tratado austro-prusiano entraría en vigor inmediatamente.»
La noticia del Moniteur está calculada a todas luces para tener de buen humor a los parisienses, y el modo en que el Chronicle comenta el plan del Times no hace sino aumentar la probabilidad de que sea el plan de la coalición. Otras fuentes de información confirman además esta suposición. El corresponsal del Chronicle en Constantinopla observa con fecha del 18 de mayo:
«En pleno verano difícilmente se emprenderá una campaña en el Danubio, porque se perderían más soldados por las fiebres y las enfermedades que por otras causas.»
Además, el ministerial Globe de anoche publica un artículo redactado enteramente en el mismo sentido que el del Times. Nos dice, en primer lugar, que en este momento solo hay en Turquía 45.000 soldados aliados: 29.000 franceses y 16.000 ingleses. El mismo Globe declara en otro lugar que los rusos solo tienen 90.000 hombres ante Silistra y en sus alrededores y que el ejército de campaña regular turco cuenta con 104.000 hombres. Pero esta concentración de casi 150.000 soldados turcos, franceses e ingleses no la considera el Globe suficiente para impedir que 90.000 rusos conquisten las fortalezas búlgaras, por no hablar del apoyo que podrían prestar tres flotas poderosas. El Globe considera del todo superfluo que los turcos o los aliados combatan contra los rusos, pues «el tiempo combate contra ellos». Al revelar el plan de campaña tramado por los comandantes aliados, el Globe va incluso un paso más allá que el Times, pues dice:
«Sea lo que sea de las fortalezas del Danubio, hay que reunir fuerzas suficientes para frustrar todo nuevo avance del invasor y castigar su audaz progreso.»
Aquí tenemos la prueba clara de que Inglaterra y Francia se adhirieron en el último protocolo de Viena al tratado austro-prusiano. Las fortalezas del Danubio y de Bulgaria han de entregarse a Rusia; solo su avance ulterior constituiría un caso de guerra.
Cuando los 15.000 rusos que invadieron primero Moldavia cruzaron el Prut, se aconsejó a Turquía que no se moviera, porque no podría impedir que una fuerza tan formidable de 15.000 hombres ocupara también Valaquia. Entonces los rusos ocuparon Valaquia. Cuando la Puerta hubo declarado la guerra, no pudieron emprenderse operaciones contra los rusos a causa del invierno. Cuando llegó la primavera, Omer Bajá recibió orden de abstenerse de todo movimiento ofensivo porque las fuerzas aliadas aún no habían llegado. Cuando llegaron, no pudo emprenderse nada porque ya era verano, y el verano es una estación malsana. Que llegue el otoño, y será «demasiado tarde para abrir una campaña». Este proceder lo llama el Times una combinación de estrategia y táctica; la esencia de la táctica, en su opinión, consiste en sacrificar el ejército para mantener «frescas» las reservas. Observen además que todo el tiempo que estos embustes se cometen en las mismas narices de los periódicos de la oposición y del público británico, el Morning Advertiser y el Times rivalizan en expresiones de amenazadora acusación contra Prusia, Dinamarca y Suecia porque no se «unen» a las potencias occidentales. Que los motivos que determinan la inclinación de todas las cortes menores a tomar partido por Rusia no carecen de buen fundamento puede verse, por ejemplo, en el tono de los periódicos gubernamentales daneses. Así escribe el corresponsal del Morning Chronicle en Copenhague:
«Inglaterra se ha portado siempre deslealmente con Dinamarca, y si esta se uniera ahora a las potencias occidentales, 100.000 prusianos, posiblemente con un cuerpo de austriacos, devastarían Jutlandia hasta el Eider y ocuparían todo el territorio continental danés; con esta amenaza consigue el partido del gobierno tener quieto y amedrentado al partido nacional.»
Cabría esperar, y la coalición sin duda lo esperaba, que los delicados servicios militares, diplomáticos y de otro tipo que ha prestado a la «buena causa» de Rusia se vieran recompensados al menos con cierta delicada gratitud del autócrata. Muy al contrario, recibe de él una buena ración de insultos que rebasan lo comprensible y exceden lo que el caso exigía. Para ilustrar el profundo desprecio que la corte rusa expresa por sus falsos adversarios, quisiera darles la traducción de una fábula de un Tirteo anónimo de Rusia6 que publicó hace poco la Nordische Biene.7 Su sencillez infantil de lenguaje y de construcción hay que atribuirla a las necesidades de la inteligencia semibárbara a la que se dirige el poeta, igual que la irónica cortesía de la crítica a que el Journal de Saint-Pétersbourg sometió el último informe del almirante Hamelin sobre Odesa se explica por la circunstancia de que se dirige a los diplomáticos de Europa. La fábula lleva por título: «El águila, el bulldog, el gallo y la liebre».
«Un águila real, grande y fuerte, estaba posada en la cima de una roca, y desde su elevado sitio contemplaba el mundo entero, más allá del Báltico (Weit hinterm Belt die ganze Welt);8 allí estaba, quieta y contenta, saciada con su modesta comida, y tenía por indigno de ella amontonar provisiones del valle que tenía debajo, porque en todo momento dispone de todo. Un bulldog la miró con ojos envidiosos y dijo al gallo: “Sé mi aliado, unámonos, tú por venganza, yo por envidia, y derribemos a esa águila”. Dicho y hecho. Se pusieron en marcha y por el camino deliberaron sobre la mejor manera de vencer al águila. El gallo dijo: “¡Alto! Mira sus garras, sus alas; que Dios ayude al que las ponga a prueba. Cuántas veces oí las maldiciones de mis antepasados, que lamentaban su triste suerte cuando los alcanzaba su aletazo”. “Es verdad —dijo el bulldog—, pero tracemos un plan para atrapar al águila. Mandemos una liebre cerca de ella, y el águila agarrará la liebre. Entre tanto, tú atraes su atención cacareando y saltando, cosa que sabes hacer de maravilla, y haces como si quisieras empezar una pelea con ella. Una vez distraídas así su atención y sus garras, yo la atacaré por detrás de modo que no pueda defenderse, y pronto mis afilados dientes la harán pedazos”. El plan gustó al gallo, y tomó un puesto de observación cerca de allí. El bulldog corre al bosque y, ladrando, empuja una liebre hacia el águila, que observa tranquila. La liebre, tonta y ciega, cae enseguida en las garras del águila. Fiel a lo convenido, el gallo deja su puesto y salta hacia la liebre. ¡Pero mira qué ignominia! El águila desdeña agarrar a la liebre y, sin moverse de su sitio, no hace más que levantar las alas y espantar a la liebre primero con una y luego con la otra, rozando apenas al gallo, que ya no se mueve ni cacarea. Ya se sabe la inclinación de las liebres a darse a la fuga; así que corre, desmayada y fuera de sí, al lago y se ahoga. El águila vio desde cierta distancia al gordo bulldog dirigir la conjura, pues ¿qué se le escapa al ojo del águila? Ha descubierto al héroe escondido detrás de un matorral. El águila despliega sus alas grandes y fuertes y se alza majestuosa. El bulldog ladra y huye a saltos precipitados. En vano: es demasiado tarde. El águila se abate sobre él y le clava las garras en el lomo al traidor, y allí yace, hecho pedazos.»
Por las buenas perspectivas de la cosecha y la falta de compradores especulativos, los precios del grano han bajado algo en el curso de la semana. Sin embargo, es inevitable que vuelvan a subir, pues
«todos los indicios relacionados con ello llevan a la convicción de que las existencias de los agricultores son mucho menores de lo habitual en esta época del año». (Mark Lane Express.)9
Las noticias de Danzig, Stettin, Rostock, etc., coinciden en que las existencias disponibles son muy escasas, en que los agricultores de los alrededores tienen poco o nada que entregar y en que no puede esperarse ayuda de esas regiones si no es a precios muy altos. Tampoco las entregas de los agricultores en Francia parecen haber aumentado, y el trigo que se ofrece en los mercados del interior se describe como apenas suficiente para cubrir la demanda del consumo.
Por una fuente de información privada me he enterado también de que los informes del Times sobre el estado del comercio en los distritos industriales de los alrededores de Manchester dan por lo general una imagen falsa, y de que el comercio está en declive en todas partes, salvo en Birmingham. El Manchester Guardian lo confirma y añade que de la vuelta al trabajo de un número tan grande de obreros fabriles en huelga no podía esperarse otro efecto que una baja de los precios.
La medida anunciada por sir J. Graham10 el lunes pasado en la Cámara de los Comunes, a saber, el no bloqueo del puerto de Arcángel, la explica el Morning Herald con esta frase lacónica: «En Arcángel hay una casa que lleva el nombre del ministro de Hacienda».11
Karl Marx
Henry Pelham-Clinton, duque de Newcastle (1811-1864), peelita, ministro de la Guerra y de las Colonias en el gabinete de Aberdeen; desde junio de 1854, ministro de la Guerra. ↩
Palmerston era entonces ministro del Interior. ↩
David Urquhart (1805-1877), diplomático y publicista turcófilo, que acusaba a Palmerston de servir a Rusia. ↩
El ministro de la Guerra turco. ↩
En inglés, «carne de vaca»: los ingleses, famosos comedores de rosbif. ↩
Tirteo, poeta griego del siglo VII a. C. cuyos cantos guerreros enardecían a los espartanos. ↩
Sévernaia Pchelá («La abeja del Norte»), periódico gubernamental de San Petersburgo; según la MEW, el Tribune daba el título en alemán. ↩
«Más allá del Belt, el mundo entero». Según la MEW, el Tribune daba este verso en alemán. ↩
Semanario londinense del comercio de granos. ↩
Sir James Graham (1792-1861), primer lord del Almirantazgo. ↩
El ministro de Hacienda era William Ewart Gladstone. ↩