Escrito en inglés por Friedrich Engels el 13 de febrero de 1854 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4019, del 6 de marzo de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 72-76), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Aunque la llegada del Nashville no nos trae noticias sustancialmente nuevas del teatro de la guerra, sí nos da a conocer un hecho de gran importancia para el estado actual de las cosas. Ahora, en efecto, a última hora, cuando los embajadores rusos han dejado París y Londres, cuando el embajador británico y el francés han sido llamados de San Petersburgo, cuando las fuerzas navales y terrestres de Francia y de Inglaterra se están concentrando ya para operaciones de guerra directas, en este último momento los dos gobiernos occidentales presentan nuevas propuestas de negociación en las que aceptan casi todo lo que Rusia quiere. Se recordará que la principal exigencia de Rusia era que se le reconociera el derecho de arreglar con la Puerta directamente, sin intromisión de otras potencias, la disputa que, según afirmaba, solo concernía a Rusia y a Turquía. Ese derecho se ha concedido ahora a los rusos. Las propuestas que contiene la carta de Napoleón,1 que reproducimos en otro lugar, dicen que Rusia negociará directamente con Turquía, pero que el tratado que se concluya entre ambas partes lo garantizarán las cuatro potencias. Esta garantía es el reverso de la concesión, porque ofrece a las potencias occidentales un pretexto cómodo para inmiscuirse en cualquier disputa futura del mismo género. Pero la situación de Rusia no puede empeorar por ello respecto a la actual, ya que el emperador Nicolás tiene que comprender que no puede intentar desmembrar Turquía sin arriesgarse a una guerra con Inglaterra y Francia. Además, la ganancia real de Rusia dependerá del carácter del tratado, que aún no se ha concluido; Rusia, que ha visto ahora con qué cobardía retroceden ante la guerra las potencias occidentales, no tiene más que mantener sus ejércitos dispuestos y continuar su sistema de intimidación para ganar cada punto de las negociaciones. Por lo demás, la diplomacia rusa apenas tiene que temer la lucha con los excelentes embajadores que amañaron la famosa primera nota de Viena.2

Queda por ver, sin embargo, si el zar aceptará esta propuesta o se fiará de su ejército. No puede permitirse hacer cada cinco años semejantes armamentos y movimientos de tropas en su inmenso imperio. Los preparativos se han hecho en una escala tan grande que solo una ganancia material muy sustancial puede cubrir los gastos. A la población rusa se le ha inculcado a fondo el entusiasmo guerrero. Hemos visto la copia de una carta escrita por un comerciante ruso, no uno de los muchos tratantes alemanes, ingleses o franceses establecidos en Moscú, sino un moscovita de verdad, un auténtico hijo de la Sviataia Rus,3 que tiene en comisión algunas mercancías por cuenta inglesa y al que se había preguntado si, en caso de guerra, había peligro de que esas mercancías fueran confiscadas. El viejo ruso, muy indignado de que se creyera a su gobierno capaz de semejante cosa, y muy familiarizado con la fraseología oficial según la cual Rusia, frente a los países revolucionarios y socialistas de Occidente, es el gran paladín del «orden, la propiedad, la familia y la religión», responde que

«aquí en Rusia, alabado sea Dios, la distinción entre lo mío y lo tuyo sigue en pleno vigor y sus bienes están seguros aquí como en ninguna otra parte. Incluso le aconsejaría enviar aquí todo lo que pueda de su propiedad, porque aquí quizá estará más segura que donde se encuentra ahora. Usted quizá podría tener motivos para temer por sus compatriotas, pero en modo alguno por su propiedad».

Entretanto, los preparativos de guerra en Inglaterra y en Francia han alcanzado unas proporciones enormes. La escuadra francesa del Océano ha recibido orden de ir de Brest a Tolón para transportar tropas a Levante. Según diversas informaciones, se transportarán cuarenta o sesenta mil hombres, gran parte de ellos procedentes del ejército de África. La expedición tendrá regimientos de cazadores especialmente fuertes y la mandará Baraguey d'Hilliers o Saint-Arnaud.4 El gobierno británico enviará unos 18.000 hombres (22 regimientos de 850 hombres cada uno), y el día en que recibimos nuestras últimas noticias una parte de ellos ya se había embarcado hacia Malta, que ha de ser el punto general de reunión. La infantería se transportará en vapores, y para el transporte de la caballería se emplean veleros. La flota del Báltico, que ha de concentrarse el 6 de marzo en el Támesis, cerca de Sheerness, constará de quince navíos de línea, ocho fragatas y diecisiete buques menores. Es la mayor flota que los británicos han reunido desde la última guerra,5 y como la mitad de ella serán vapores de ruedas o de hélice y su fuerza de combate y su desplazamiento son hoy un 50 por ciento mayores que hace cincuenta años, la flota del Báltico es quizá la fuerza naval más poderosa que haya creado nunca un país. La mandará sir Charles Napier; si hay guerra, es el hombre que apuntará sus cañones en el acto contra el punto decisivo.

En el Danubio, la batalla de Cetate ha retrasado a ojos vistas el ataque ruso contra Kalafat. Esos cinco días de combate han convencido a los rusos de que no será fácil tomar un campamento fortificado capaz de hacer tales salidas. Ni siquiera la orden expresa del propio autócrata parece bastar para obligar a sus tropas, tras semejante anticipo, a un ataque precipitado. La presencia del general Schilder,6 jefe de ingenieros, enviado expresamente desde Varsovia, parece haber dado incluso un resultado contrario a la orden imperial, porque, en lugar de acelerar el ataque, le bastó inspeccionar las fortificaciones desde cierta distancia para convencerse de que hacían falta más tropas y más artillería pesada de las que podían reunirse inmediatamente. Por eso los rusos concentran desde hace algún tiempo en torno a Kalafat todas las tropas que pueden y acercan sus piezas de sitio, de las que habrían traído a Valaquia setenta y dos. El Times de Londres calcula sus tropas en 65.000 hombres, cifra algo alta si tenemos en cuenta la fuerza de todo el ejército ruso de los Principados. Ese ejército consta ahora de seis divisiones de infantería, tres divisiones de caballería y unos trescientos cañones de campaña, además de cosacos, cazadores y otras tropas especiales, con una fuerza total que antes de empezar la guerra se cifraba en 120.000 hombres. Suponiendo que sus pérdidas por enfermedad y en el campo de batalla asciendan a 30.000 hombres, quedan unos 90.000 en condiciones de combatir. De ellos, por lo menos 35.000 hacen falta para guardar la línea del Danubio, mantener ocupadas las ciudades principales y asegurar las comunicaciones. Para un ataque contra Kalafat quedarían, pues, a lo sumo 55.000 hombres.

Considérense ahora las posiciones de los dos ejércitos. Los rusos descuidan toda la línea del Danubio, no tienen en cuenta la posición de Omer Bajá en Shumla y dirigen sus fuerzas principales, y hasta su artillería pesada, a un punto de su extrema derecha, donde están más lejos de Bucarest, su base de operaciones inmediata, que los turcos. Su retaguardia queda, pues, todo lo descubierta que se pueda imaginar. Peor aún: para tener alguna cobertura en la retaguardia se ven obligados a dividir sus fuerzas y a presentarse ante Kalafat con una fuerza que en modo alguno es tan claramente superior que pueda garantizar la victoria y justificar así semejante maniobra. Dejan dispersos detrás de las fuerzas principales del treinta al cuarenta por ciento de su ejército, y esas tropas no están desde luego en condiciones de rechazar un ataque resuelto. Por consiguiente, ni la toma de Kalafat está asegurada ni las comunicaciones del ejército sitiador están fuera de peligro. El desatino es tan evidente, tan colosal, que solo la certeza absoluta del hecho puede obligar a un militar a creer que se ha cometido.

Si Omer Bajá, que sigue disponiendo de fuerzas superiores, cruza el Danubio por un punto entre Ruse y Hârșova con, digamos, setenta mil hombres, el ejército ruso tendrá o que ser aniquilado hasta el último hombre o que buscar refugio en Austria. Ha tenido un mes entero para concentrar semejante masa. ¿Por qué no pasa un río que los hielos flotantes ya no hacen intransitable? ¿Por qué no recupera siquiera su cabeza de puente de Oltenița para poder ponerse en marcha desde allí en cualquier momento? Es imposible que Omer Bajá no vea las posibilidades que los rusos le han ofrecido con su desatino sin precedentes. Al parecer, la diplomacia tiene que tenerle atadas las manos. Su inactividad tiene que considerarse la contrapartida del paseo de las flotas combinadas por el mar Negro. El ejército ruso no debe ser aniquilado ni obligado a buscar refugio en Austria, porque de lo contrario nuevas complicaciones pondrían en peligro la paz. Y por esas intrigas y esa actividad sin escrúpulos de especuladores diplomáticos, Omer Bajá tiene que permitir que los rusos bombardeen Kalafat, que pongan a su merced todo su ejército y toda su artillería de sitio, mientras a él no se le permite aprovechar la ocasión. En realidad, el comandante ruso nunca habría intentado marchar sobre Kalafat si no hubiera tenido de verdad la garantía segura de que no se le atacaría por los flancos ni por la retaguardia. De lo contrario, a pesar de todas las órdenes estrictas, habría merecido que lo juzgaran y fusilaran en el acto. Y si no sabemos por el vapor que esperamos ahora aquí, o a más tardar dentro de unos días, que Omer Bajá ha cruzado el Danubio y marcha sobre Bucarest, la conclusión parece difícilmente evitable de que las potencias occidentales han llegado a un verdadero acuerdo para sacrificar Kalafat a fin de satisfacer la ambición militar de los rusos sin permitir a los turcos defenderla de la única manera eficaz: con un movimiento ofensivo más abajo en el Danubio.

  1. La carta de Napoleón III a Nicolás I del 29 de enero de 1854, publicada en el Moniteur. ↩

  2. La nota redactada por la conferencia de Viena a finales de julio de 1853, que el zar aceptó y la Puerta solo con modificaciones. ↩

  3. «Santa Rusia». ↩

  4. Achille Baraguey d'Hilliers (1795-1878) y Armand Jacques Leroy de Saint-Arnaud (1798-1854), generales franceses; el segundo, ministro de la Guerra y jefe del ejército francés de Oriente. ↩

  5. Las guerras contra la Francia revolucionaria y napoleónica, terminadas en 1815. ↩

  6. Karl Andréievich Schilder (1785-1854), general ruso de ingenieros, muerto en el sitio de Silistra. ↩