Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 15 de agosto de 1854 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4172, del 1 de septiembre de 1854. El original inglés solo se conserva en fuentes libres en versión abreviada (en The Eastern Question (Londres, 1897, ed. de Eleanor Marx Aveling y Edward Aveling), pp. 462-465, que solo recoge las partes sobre Serbia, la conferencia de Viena y el discurso de Clarendon, con resúmenes entre corchetes): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 406-413), sin su aparato editorial, cotejada con ese texto inglés, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, martes 15 de agosto de 1854
La Kölnische Zeitung informa de que
«tras muchos años de negociaciones, el Gobierno norteamericano ha declarado que solo renovará el tratado vigente con Dinamarca a condición de que el artículo V se sustituya por otro nuevo que declare abolido el peaje del Sund para los barcos norteamericanos.1 Al mismo tiempo ha rechazado toda indemnización. Dinamarca, amenazada por las medidas norteamericanas, se ha dirigido a las demás potencias, y el Gobierno prusiano se habría ofrecido a enviar 20.000 hombres para proteger el Sund».
Como los peajes del Sund no gravan a nadie más que a los propios prusianos, la medida que se le atribuye encajaría perfectamente con el espíritu de la política prusiana. En una palabra: si non è vero, è ben trovato.2
La Dieta federal de Fráncfort ha promulgado la nueva ley de prensa y de asociaciones, que era desde hacía mucho objeto de sus deliberaciones. La ley de asociaciones públicas prohíbe sencillamente toda clase de reuniones o sociedades políticas, y la ley de prensa exige elevadas sumas en concepto de fianza, hace depender del permiso del Gobierno la edición de cualquier publicación y sustrae los delitos de imprenta a la jurisdicción del jurado.
El asunto, pendiente desde hacía mucho, de la conspiración de los revolucionarios en Berlín3 ha sido sobreseído por el Gobierno prusiano, porque el fiscal declaró «sospechoso» al principal testigo contra los acusados, el señor Hentze. Este Hentze es la misma persona en cuya declaración se basó en 1852, en el proceso de Colonia, la condena a prisión de varios amigos míos.4 Pero ya no estamos en 1852, y quizá el Gobierno prusiano no quiso correr el riesgo de ver estigmatizados por segunda vez a todos sus agentes de policía y de refrescar los souvenirs5 de Colonia precisamente en la capital y en un momento en que la terreur6 de la contrarrevolución ya no impresiona a la población.
El 1 de agosto el Gobierno serbio envió un correo a Brestovac, donde el príncipe Alejandro7 toma las aguas, con la propuesta de respuesta a las exigencias de la Sublime Puerta. El príncipe firmó la respuesta, que se envió inmediatamente a Constantinopla. En ella se expone que el desarme es imposible por los muchos peligros que rodean a Serbia, pero que, en atención a los deseos de Austria y a las órdenes de la Puerta, se han suspendido los ejercicios militares. Izzet Bajá, gobernador de Belgrado, ha sido llamado a petición propia. Todavía no se conoce a su sucesor.
Se dice que diez mil turcos ocupan Bucarest; pero al mismo tiempo leemos en el Moniteur de hoy que Austria solo espera la respuesta de Omer Bajá a la última comunicación del coronel Kalik para ordenar la entrada de tropas austriacas en los Principados. Cuando el conde Buol recibió del príncipe Gorchakov la comunicación de la retirada de los rusos de los Principados, respondió que «las tropas austriacas ocuparían los Principados, pero que en esa ocupación no había nada hostil a Rusia».
Con la suspensión del Parlamento en 1854, la cuestión de Oriente vuelve al punto en que estaba cuando se suspendió el Parlamento en 1853. Una vez más la conferencia de Viena ha de ponerse manos a la obra para paralizar las operaciones activas, confundir a la opinión pública y dar a sir James Graham8 una nueva ocasión de decir, cuando se reabra el Parlamento, que a un espíritu magnánimo le cuesta mucho dar en la sospecha. Es notable que esta vez la artimaña no tenga su origen en Austria, sino en la propia Inglaterra, como puede verse por la correspondencia de Viena del Times:
«Los embajadores inglés y francés han comunicado al conde Buol que han recibido instrucciones de sus gobiernos de proponer una reunión de la conferencia de Viena. Se dice que la respuesta fue que nada sería más grato a la corte imperial».
La base de las nuevas deliberaciones de la conferencia es una especie de nota de Viena9 revisada, presentada en la respuesta del señor Drouyn de Lhuys10 a la última comunicación del señor de Nesselrode,11 cuyos puntos principales difieren muy poco de lo que yo esperaba, de acuerdo con el análisis que les hice en mi último artículo de las condiciones enunciadas por el Times. No contiene una palabra sobre indemnizaciones a los turcos, ni siquiera a los aliados. El protectorado usurpado por Rusia sobre Moldavia, Valaquia y Serbia ha de convertirse en una usurpación europea, y lo mismo ha de hacerse con el «protectorado» sobre los cristianos de Turquía; los frutos de las victorias turcas han de limitarse a la libre navegación del Danubio en beneficio de Austria y a una modificación del tratado de 1841, no en favor de la Puerta, sino de las grandes potencias.
El discurso de lord Clarendon del jueves, cuyos puntos principales ya les he comunicado, contiene una revelación importantísima sobre la política seguida por el ministerio inglés en la cuestión de Oriente. Declaró en términos claros:
«Quisiera recordarles que el 29 de marzo —hace algo más de cuatro meses— se declaró la guerra; entonces se suponía en general —y cuando digo que se suponía en general no hablo del Gobierno de Su Majestad, sino de los oficiales más capaces y experimentados tanto de Inglaterra como de Francia— que Rusia se proponía en aquel momento proseguir la guerra con nuevas agresiones. Nadie creía que, con las grandes fuerzas que había concentrado al norte del Danubio, con todos los esfuerzos que había hecho y con todas las enormes provisiones que había reunido, no tuviera intención de marchar hacia el sur; al contrario, se creía firmemente. Aunque no dudábamos del conocido valor de los turcos, no podíamos convencernos de que estuvieran en condiciones de resistir a las tropas rusas, bien disciplinadas y numéricamente superiores, que combatían a las órdenes de los generales más experimentados, mientras que el único general turco que conocíamos siquiera de nombre era Omer Bajá, que entonces aún no había tenido la ocasión, que desde entonces ha aprovechado de manera tan brillante, de ganarse fama y reconocimiento duraderos. El Gobierno francés y nosotros estábamos tan convencidos de ello que se envió a sir J. Burgoyne12 y a un experimentado oficial francés de ingenieros a Constantinopla para buscar los medios de defender aquella capital y los Dardanelos; se dio tanta importancia a su misión, y se creía que todo el plan de campaña dependía tan estrechamente de ella, que se retuvo a lord Raglan y al mariscal Saint-Arnaud para que pudieran ponerse en contacto personal con los oficiales destinados a ese servicio. Los ejércitos unidos de los aliados fueron luego a Galípoli, donde se levantaron grandes obras. Fueron a Constantinopla, siempre con la vista puesta en la necesidad de tener que defender los Dardanelos».
Así pues, todo el plan de las potencias aliadas preveía que Rusia avanzara y ocupara las provincias, y las fuerzas aliadas, en cambio, la capital del Imperio otomano y los Dardanelos. De ahí los retrasos y todos los movimientos incomprendidos de las fuerzas anglofrancesas. El valor de las tropas turcas, que desbarató estas intrigas rusoanglofrancesas, fue naturalmente «inesperado».
Unos meses antes de que estallara la actual revolución española comuniqué a sus lectores que había influencias rusas trabajando por encender una revuelta en la Península. Para eso Rusia no necesitaba agentes directos. Ahí estaba el Times, abogado y amigo del rey Bomba, de la «joven esperanza» de Austria,13 de Nicolás y de Jorge IV, que de pronto se indignaba por la gran inmoralidad de la reina Isabel y de la corte española. Estaban además los representantes diplomáticos del Gobierno inglés, a los que el ministro «ruso» Palmerston podía embaucar sin dificultad con la perspectiva de un reino coburgués en la Península.14 Ahora se ha comprobado que fue el embajador británico quien tuvo escondido a O’Donnell en su palacio y quien persuadió al banquero Collado, actual ministro de Hacienda, de que adelantara el dinero que necesitaban O’Donnell y Dulce15 para empezar su pronunciamiento. Si alguien duda de que Rusia haya metido realmente la mano en los asuntos de la Península, le recordaré el asunto de la Isla de León. En 1820 se concentraron en Cádiz considerables contingentes de tropas destinados a las colonias sudamericanas. De pronto el ejército acantonado en la isla se declaró por la Constitución de 1812, y las tropas de otros lugares siguieron su ejemplo.16 Ahora bien, sabemos por Chateaubriand, el embajador francés en el congreso de Verona,17 que Rusia instigó a España a emprender la campaña de Sudamérica y obligó a Francia a hacer la campaña de España. Por otra parte, sabemos por el mensaje del presidente de los Estados Unidos que Rusia le había prometido impedir la expedición contra Sudamérica. Por eso no hace falta mucho juicio para deducir quién fue el autor de la revuelta de la Isla de León. Pero quiero darles otro ejemplo del solícito interés de Rusia por los acontecimientos de la península española. En su Historia política de la España moderna (Barcelona, 1849), el señor de Marliani18 da la siguiente explicación para demostrar que Rusia no tenía motivo alguno para combatir el movimiento constitucional de España:
«Se vio a orillas del Nevá a soldados españoles jurar la Constitución (de 1812) y recibir sus banderas de manos imperiales. En su extraordinaria campaña contra Rusia, Napoleón formó con los prisioneros españoles que había en Francia una legión especial, que tras la derrota de las fuerzas francesas desertó al campo ruso. Alejandro la recibió con marcada afabilidad y la acuarteló en Peterhof, donde la emperatriz la visitaba con frecuencia. Un día Alejandro les ordenó reunirse sobre el Nevá helado, les hizo prestar juramento a la Constitución española y al mismo tiempo les entregó banderas bordadas por la propia emperatriz. Este cuerpo, que desde entonces llevó el nombre de “Emperador Alejandro”, embarcó en Kronstadt y desembarcó en Cádiz. Demostró su fidelidad al juramento prestado sobre el Nevá alzándose en 1821 en Ocaña por el restablecimiento de la Constitución».
Mientras Rusia intriga ahora en la Península por medio de Inglaterra, denuncia al mismo tiempo a Inglaterra ante Francia. Así, leemos en la Neue Preußische Zeitung que Inglaterra hizo la revolución española a espaldas de Francia.
¿Qué interés tiene Rusia en instigar la revuelta en España? Provocar una diversión en el Oeste, sembrar la discordia entre Francia e Inglaterra y, por último, inducir a Francia a una intervención. Ya nos informan periódicos ingleses rusófilos de que las barricadas de Madrid las levantaron insurrectos franceses de junio.19 Lo mismo se le dijo a Carlos X en el congreso de Verona:20
«El ejemplo dado por el ejército español tuvo imitadores en Portugal, se extendió a Nápoles, pasó al Piamonte y mostró en todas partes el peligroso ejemplo de ejércitos que se mezclan en medidas de reforma y dictan leyes a su país por la fuerza de las armas. Inmediatamente después del levantamiento del Piamonte surgieron en Francia, en Lyon y en otros lugares, movimientos con el mismo fin. Hubo la conspiración de Berton en La Rochelle,21 en la que tomaron parte 25 soldados del 45.º regimiento. La España revolucionaria transmitió a su vez a Francia sus horribles elementos de discordia, y ambas unieron sus fracciones democráticas contra el sistema monárquico».
¿Diremos, pues, que la revolución española es obra de los anglorrusos? ¡De ningún modo! Rusia solo apoya los movimientos insurreccionales cuando sabe que las crisis revolucionarias están a la orden del día. Pero el verdadero movimiento popular que entonces empieza se opone siempre a las intrigas de Rusia tanto como a los actos despóticos del Gobierno. Así ocurrió en 1848 en Valaquia, y así ocurre en 1854 en España.
La conducta desleal de Inglaterra se revela en toda su magnitud en la conducta de su embajador en Madrid, lord Howden.22 Antes de salir de Inglaterra para volver a su puesto, reunió a los tenedores de títulos de la deuda española y los exhortó a exigir del Gobierno el pago de sus créditos y, en caso de negativa, a declarar que negarían todo crédito a los comerciantes españoles. Así preparaba dificultades al nuevo Gobierno. En cuanto llegó a Madrid, se suscribió en favor de las víctimas caídas en las barricadas. Así se gana las ovaciones del pueblo español.
El Times acusa al señor Soulé23 de haber provocado la revuelta de Madrid en interés del actual Gobierno norteamericano. Desde luego, el señor Soulé no ha escrito los artículos del Times contra Isabel II, ni el partido inclinado a la anexión de Cuba ha sacado provecho alguno de la revolución. A este respecto es característico el nombramiento del general De la Concha24 como capitán general de la isla de Cuba; fue uno de los padrinos del duque de Alba en su duelo con el hijo del señor Soulé. Sería un error suponer que los liberales españoles comparten en algo las opiniones del liberal inglés señor Cobden25 sobre el abandono de las colonias. Uno de los grandes fines de la Constitución de 1812 era recuperar el dominio sobre las colonias españolas introduciendo en el nuevo código un sistema representativo único. En 1811 los españoles llegaron incluso a armar una gran fuerza militar, compuesta de varios regimientos de Galicia, la única provincia de España que entonces no ocupaban los franceses, para respaldar con la coacción su política en Sudamérica. Era precisamente el principio fundamental de aquella Constitución no renunciar a ninguna de las colonias que pertenecen a España, y los revolucionarios de hoy comparten la misma opinión.
Ninguna revolución ha ofrecido jamás un espectáculo más escandaloso de la conducta de sus hombres de Estado que esta, emprendida en interés de la «moralidad». La coalición de los viejos partidos que forman el actual Gobierno de España (los partidarios de Espartero y los de Narváez) no se ha ocupado de nada tanto como del reparto del botín de cargos, puestos, sueldos, títulos y condecoraciones. Dulce y Echagüe26 han llegado a Madrid, y Serrano27 ha pedido permiso para venir, para asegurarse su parte del botín. Entre los moderados y los progresistas hay una gran disputa: a los primeros se les acusa de haber nombrado a todos los generales, y a los segundos, de haber ocupado todos los cargos del Estado. Para aplacar la desconfianza de la «chusma», el torero Pucheta ha pasado de director de los mataderos a director de policía. Hasta El Clamor Público, un periódico muy moderado, da rienda suelta a su decepción:
«La conducta de los generales y de los jefes habría sido más digna si hubieran rechazado los ascensos, dando así un noble ejemplo de desinterés y ateniéndose ellos mismos a los principios de moralidad proclamados por la revolución».
La desvergüenza del reparto del botín se manifiesta también en la distribución de las embajadas. No hablo del nombramiento del señor Olózaga para París, aunque cuando era embajador de Espartero en esa misma corte, en 1843, conspiró con Luis Felipe, con Cristina y con Narváez; ni del de Alejandro Mon, ministro de Hacienda de Narváez en 1844, para Viena; ni del de Ríos Rosas para Lisboa y Pastor Díaz para Turín, moderados ambos de muy mediocres facultades.28 Hablo del nombramiento de González Bravo para la embajada en Constantinopla. Es la encarnación de la corrupción española. En 1840 publicaba El Guirigay, una especie de Punch madrileño, en el que lanzaba los ataques más furiosos contra Cristina. Tres años después, su avidez de cargos lo convirtió en un moderado impetuoso. Narváez, que necesitaba un instrumento a propósito, utilizó a Bravo como presidente del Consejo de Ministros de España y luego lo echó en cuanto pudo prescindir de él.29 Durante ese tiempo Bravo nombró ministro de Hacienda a un tal Carrasco, que saqueó directamente el Tesoro español. Nombró a su padre, un hombre al que habían echado de su puesto de funcionario subalterno del Ministerio de Hacienda por sus malversaciones, subsecretario del Tesoro, y a su cuñado, un holgazán que rondaba el teatro del Príncipe, gentilhombre de cámara de la reina. Cuando le echaron en cara su apostasía y su corrupción, contestó: «¿No es ridículo ser siempre el mismo?». Este hombre es el embajador elegido por la revolución de la moralidad.
Frente a las infamias oficiales que desacreditan el movimiento español, es grato saber que el pueblo ha obligado al menos a esos individuos a entregar a Cristina a las Cortes y a aceptar la convocatoria de una Asamblea Nacional constituyente sin Senado y, por consiguiente, ni según la ley electoral de 1837 ni según la de 1846. El Gobierno todavía no se ha atrevido a promulgar una ley electoral propia, mientras que el pueblo es unánime en favor del sufragio universal. En las elecciones de la Milicia Nacional de Madrid solo han salido elegidos exaltados.
En las provincias reina la anarquía completa; en todas partes se constituyen y actúan juntas, y cada junta da decretos en interés de su localidad: una suprime el estanco del tabaco, otra el impuesto de la sal. Los contrabandistas actúan en número enorme, y con tanta más eficacia cuanto que son la única fuerza de España que nunca se ha desorganizado. En Barcelona los soldados andan en conflicto, unas veces entre sí y otras con los obreros. Este estado anárquico de las provincias es de gran provecho para la causa de la revolución, porque impide que se la escamotee en la capital.
En este momento la prensa de Madrid consta de los periódicos siguientes: España, Novedades, Nación, Época, Clamor Público, Diario Español, Tribuno, Esperanza, Iberia, Católico, Miliciano, Independencia, Guardia Nacional, Esparterista, Unión, Europa, Espectador, Liberal, Eco de la Revolución. El Heraldo, el Boletín del Pueblo y el Mensajero ya no existen.
Karl Marx
El peaje que Dinamarca cobraba a los barcos que pasaban por el Sund, entre el Báltico y el mar del Norte; se abolió en 1857. El tratado de comercio de 1826 entre los Estados Unidos y Dinamarca concedía en su artículo V a los barcos norteamericanos el trato de nación más favorecida en el pago del peaje. ↩
En italiano en el original: «si no es verdad, está bien hallado». ↩
Supuesta conspiración descubierta por la policía de Berlín en 1853. Véase el artículo «La conspiración de Berlín». ↩
Albert Hentze, antiguo oficial y miembro de la Liga de los Comunistas, declaró como testigo de cargo en el proceso de los comunistas de Colonia (octubre-noviembre de 1852). Véase Marx, Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia. ↩
En francés en el original: «recuerdos». ↩
En francés en el original: «terror». ↩
Alejandro Karađorđević (1806-1885), príncipe de Serbia de 1842 a 1858. ↩
James Robert George Graham (1792-1861), primer lord del Almirantazgo en el gabinete de Aberdeen. ↩
La nota redactada en julio de 1853 por la conferencia de Viena de las cuatro potencias como base de un arreglo entre Rusia y Turquía; Rusia la aceptó y la Puerta la rechazó. ↩
Édouard Drouyn de Lhuys (1805-1881), ministro de Asuntos Exteriores de Francia. ↩
Karl Robert von Nesselrode (1780-1862), canciller y ministro de Asuntos Exteriores de Rusia. ↩
John Fox Burgoyne (1782-1871), general británico de ingenieros. ↩
Francisco José I (1830-1916), emperador de Austria desde 1848. ↩
Es decir, el proyecto de casar a la reina Isabel II, o de sustituirla, con un príncipe de la casa de Sajonia-Coburgo, a la que pertenecían el príncipe consorte británico Alberto y el rey de Portugal, Fernando II. ↩
José Manuel Collado, banquero, ministro de Hacienda en el gabinete de Espartero; Domingo Dulce (1808-1869), general, uno de los jefes del pronunciamiento de Vicálvaro. ↩
El pronunciamiento de Rafael del Riego en Las Cabezas de San Juan, el 1 de enero de 1820, entre las tropas concentradas en torno a Cádiz para la expedición a América, abrió el trienio liberal. ↩
François-René de Chateaubriand (1768-1848), escritor y político francés, ministro de Asuntos Exteriores en 1823; representó a Francia en el congreso de la Santa Alianza celebrado en Verona en 1822, que decidió la intervención francesa en España (los Cien Mil Hijos de San Luis, 1823). Marx se refiere a su libro Congrès de Vérone (1838). ↩
Manuel de Marliani (1795-1873), político y escritor liberal español. ↩
Los insurrectos de la sublevación obrera de París de junio de 1848. ↩
Así en el texto. En 1822 reinaba en Francia Luis XVIII; Carlos X le sucedió en 1824. ↩
El general Jean-Baptiste Berton fue ejecutado en 1822 por una conspiración militar contra los Borbones; ese mismo año fueron ejecutados en París los «cuatro sargentos de La Rochelle», del 45.º regimiento de línea. ↩
John Hobart Caradoc, lord Howden (1799-1873), embajador británico en Madrid. ↩
Pierre Soulé (1801-1870), embajador de los Estados Unidos en Madrid, partidario de la anexión de Cuba; en diciembre de 1853 se batió en duelo con el marqués de Turgot, embajador francés, mientras su hijo se batía con el duque de Alba. ↩
José Gutiérrez de la Concha (1809-1895), general, capitán general de Cuba. ↩
Richard Cobden (1804-1865), fabricante y político liberal inglés, jefe del librecambismo. ↩
Rafael Echagüe (1815-1887), general, uno de los sublevados de Vicálvaro. ↩
Francisco Serrano (1810-1885), general, luego duque de la Torre. ↩
Salustiano de Olózaga (1805-1873), dirigente progresista; Alejandro Mon (1801-1882), Antonio de los Ríos Rosas (1812-1873) y Nicomedes Pastor Díaz (1811-1863), políticos moderados. ↩
Luis González Bravo (1811-1871) presidió el Gobierno de diciembre de 1843 a mayo de 1844, cuando le sucedió Narváez. ↩