Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 28 de marzo de 1854 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4054, del 15 de abril de 1854. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con The Eastern Question (Londres, 1897), que lo abrevia, y con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10, Berlín, 1961, pp. 168-176), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Londres, martes 28 de marzo de 1854
Por fin se ha declarado la guerra. El mensaje real se leyó ayer en las dos Cámaras del Parlamento: en la de los Lores, por lord Aberdeen,1 y en la de los Comunes, por lord J. Russell. Describe las medidas que van a tomarse como «pasos activos para oponerse a las usurpaciones de Rusia contra Turquía». Mañana la London Gazette publicará la notificación oficial de la guerra, y el viernes la respuesta al mensaje será objeto de los debates parlamentarios.
Al mismo tiempo que la declaración inglesa, Luis Napoleón ha comunicado un mensaje semejante a su Senado y a su Corps législatif.2
La declaración de guerra a Rusia no podía aplazarse más después de que el capitán Blackwood, portador del ultimatissimum anglo-francés al zar, regresara el sábado pasado con la respuesta de que Rusia no daría a ese documento respuesta alguna. Sin embargo, la misión del capitán Blackwood no ha sido del todo gratuita. Ha proporcionado a Rusia el mes de marzo, la época del año más peligrosa para las armas rusas.
La publicación de la correspondencia secreta entre el zar y el gobierno inglés, en lugar de provocar un estallido de indignación pública contra este último, ha sido —incredibile dictu—3 la señal para que la prensa, tanto semanal como diaria, felicitara a Inglaterra por poseer un ministerio tan verdaderamente nacional. Tengo entendido, sin embargo, que va a convocarse un mitin con el propósito de abrir los ojos de un público británico ofuscado sobre la conducta real del gobierno. Se celebrará el jueves próximo en el Music Hall de Store Street, y se espera que tomen parte lord Ponsonby, el señor Layard, el señor Urquhart, etc.4
El Hamburger Correspondent trae lo siguiente:
«Según noticias de San Petersburgo, llegadas aquí el 16 del corriente, el gobierno ruso se propone publicar otros diversos documentos sobre la cuestión de Oriente. Entre los documentos destinados a la publicación figuran algunas cartas escritas por el príncipe Alberto».5
Es un hecho curioso que la misma noche en que se presentó el mensaje real en los Comunes, el gobierno sufriera su primera derrota en la presente sesión parlamentaria: la segunda lectura del proyecto de ley sobre el domicilio de socorro y la expulsión de pobres6 quedó aplazada hasta el 28 de abril, pese a los esfuerzos del gobierno, por 209 votos contra 183. La persona a la que el gobierno debe esta derrota no es otra que milord Palmerston.7
«Su Señoría», dice el Times de hoy, «se las ha arreglado para ponerse a sí mismo y a sus colegas entre dos fuegos (los tories y el partido irlandés), sin muchas perspectivas de dejar que estos lo resuelvan entre ellos».
Se nos informa de que el 12 del corriente se firmó un tratado de triple alianza entre Francia, Inglaterra y Turquía, pero de que, pese a la petición personal del sultán al gran muftí, este, apoyado por el cuerpo de los ulemas, se negó a dictar su fetua sancionando la estipulación sobre los cambios en la situación de los cristianos en Turquía, por estar en contradicción con los preceptos del Corán. Esta noticia debe considerarse tanto más importante cuanto que llevó a lord Derby8 a hacer la siguiente observación:
«Solo expresaré mi vivo deseo de que el gobierno declare si hay algo de verdad en el rumor que ha circulado en los últimos días de que en este convenio concertado entre Inglaterra, Francia y Turquía hay artículos de tal naturaleza que establecerían por nuestra parte un protectorado por lo menos tan censurable como aquel contra el cual hemos protestado por parte de Rusia».
El Times de hoy, al tiempo que declara que la política del gobierno es directamente opuesta a la de lord Derby, añade:
«Lamentaríamos profundamente que la intolerancia del muftí o de los ulemas lograra oponer una resistencia seria a esta política».
Para comprender tanto la naturaleza de las relaciones entre el gobierno turco y las autoridades espirituales de Turquía como las dificultades en que aquel se encuentra hoy enredado respecto de la cuestión del protectorado sobre los súbditos cristianos de la Puerta, la cuestión que en apariencia está en el fondo de todas las complicaciones actuales de Oriente, es necesario echar una mirada retrospectiva a su historia y a su desarrollo pasados.
El Corán y la legislación musulmana que de él emana reducen la geografía y la etnografía de los diversos pueblos a la distinción, simple y cómoda, entre dos naciones y dos países: los de los fieles y los de los infieles. El infiel es harby, es decir, el enemigo. El islam proscribe la nación de los infieles y establece un estado de hostilidad permanente entre el musulmán y el no creyente. En este sentido, los barcos corsarios de los Estados berberiscos eran la flota santa del islam. ¿Cómo se concilia entonces con el Corán la existencia de súbditos cristianos de la Puerta?
«Si una ciudad», dice la legislación musulmana, «se rinde por capitulación y sus habitantes consienten en convertirse en rayas, es decir, en súbditos de un príncipe musulmán sin abandonar su fe, tienen que pagar el kharatch (impuesto de capitación), con lo que obtienen una tregua con los fieles, y ya no está permitido confiscar sus fincas ni quitarles sus casas… En este caso, sus antiguas iglesias forman parte de su propiedad, con permiso para celebrar en ellas el culto. Pero no se les permite levantar otras nuevas. Solo tienen autorización para repararlas y reconstruir sus partes ruinosas. En ciertas épocas, comisarios delegados por los gobernadores de las provincias han de visitar las iglesias y santuarios de los cristianos para comprobar que no se han añadido edificios nuevos con el pretexto de reparaciones. Si una ciudad se conquista por la fuerza, los habitantes conservan sus iglesias, pero solo como lugares de morada o de refugio, sin permiso para celebrar el culto».
Como Constantinopla se rindió por capitulación, al igual que la mayor parte de la Turquía europea, los cristianos gozan allí del privilegio de vivir como rayas bajo el gobierno turco. Tienen este privilegio exclusivamente en virtud de haber consentido en aceptar la protección musulmana. Solo a esta circunstancia se debe, por tanto, que los cristianos se sometan a ser gobernados por los musulmanes según la ley musulmana, y que el patriarca de Constantinopla, su jefe espiritual, sea al mismo tiempo su representante político y su juez supremo. Dondequiera que en el Imperio otomano encontramos una aglomeración de rayas griegos, los arzobispos y obispos son por ley miembros de los consejos municipales y, bajo la dirección del patriarca, gobiernan el reparto de los impuestos que pesan sobre los griegos. El patriarca responde ante la Puerta de la conducta de sus correligionarios. Investido del derecho de juzgar a los rayas de su Iglesia, delega este derecho en los metropolitanos y obispos dentro de los límites de sus diócesis, y sus sentencias obligan a los funcionarios ejecutivos de la Puerta, los cadíes, etc., a ejecutarlas. Los castigos que tienen derecho a imponer son la multa, la prisión, los palos y el destierro. Además, su propia Iglesia les da el poder de excomulgar. Aparte del producto de las multas, perciben derechos variables sobre los pleitos civiles y mercantiles. Cada grado de la jerarquía eclesiástica tiene su precio en dinero. El patriarca paga al Diván un fuerte tributo para obtener su investidura, pero a su vez vende los arzobispados y obispados al clero de su culto. Este se resarce con la venta de las dignidades subalternas y con el tributo que exigen de los popes. Los popes, a su vez, venden al por menor el poder que han comprado a sus superiores y trafican con todos los actos de su ministerio, como bautizos, bodas, divorcios y testamentos.
De esta exposición se desprende con claridad que todo este edificio de teocracia sobre los cristianos griegos de Turquía, y toda la estructura de su sociedad, tiene su clave de bóveda en la sujeción del raya al Corán, que a su vez, al tratarlos como infieles —es decir, como una nación solo en sentido religioso—, sancionó el poder espiritual y temporal combinado de sus sacerdotes. Por tanto, si se suprime su sujeción al Corán mediante una emancipación civil, se suprime al mismo tiempo su sujeción al clero y se provoca una revolución en sus relaciones sociales, políticas y religiosas, que, en un primer momento, tiene que entregarlos inevitablemente a Rusia. Si se sustituye el Corán por un code civil,9 hay que occidentalizar toda la estructura de la sociedad bizantina.
Descritas las relaciones entre el musulmán y su súbdito cristiano, surge la pregunta: ¿cuáles son las relaciones entre el musulmán y el extranjero no creyente?
Como el Corán trata a todos los extranjeros como enemigos, nadie se atreverá a presentarse en un país musulmán sin haber tomado sus precauciones. Por eso los primeros comerciantes europeos que se arriesgaron a comerciar con semejante pueblo se las arreglaron para asegurarse un trato excepcional y privilegios en un principio personales, pero extendidos después a toda su nación. De ahí el origen de las capitulaciones. Las capitulaciones son diplomas imperiales, cartas de privilegio otorgadas por la Puerta a diferentes naciones europeas, que autorizan a sus súbditos a entrar libremente en los países mahometanos, a ocuparse allí tranquilamente de sus asuntos y a practicar su culto. Se diferencian de los tratados en este punto esencial: no son actos recíprocos, debatidos contradictoriamente entre las partes contratantes y aceptados por ellas a condición de ventajas y concesiones mutuas. Al contrario, las capitulaciones son concesiones unilaterales del gobierno que las otorga, y por consiguiente este puede revocarlas a su antojo. De hecho, la Puerta ha anulado en varias ocasiones los privilegios concedidos a una nación extendiéndolos a otras, o los ha derogado del todo negándose a seguir aplicándolos. Este carácter precario de las capitulaciones las convirtió en una fuente perpetua de disputas, de quejas de los embajadores y de un prodigioso intercambio de notas y firmanes contradictorios, renovados al comienzo de cada nuevo reinado.
De estas capitulaciones nació el derecho de protectorado de las potencias extranjeras, no sobre los súbditos cristianos de la Puerta —los rayas—, sino sobre sus correligionarios que visitaban Turquía o residían allí como extranjeros. La primera potencia que obtuvo semejante protectorado fue Francia. Las capitulaciones entre Francia y la Puerta otomana concertadas en 1535, bajo Solimán el Magnífico y Francisco I; en 1604, bajo Ahmed I y Enrique IV, y en 1673, bajo Mehmed IV y Luis XIV, se renovaron, confirmaron, recapitularon y ampliaron en la compilación de 1740, titulada «Capitulaciones y tratados antiguos y recientes entre la corte de Francia y la Puerta otomana, renovados y ampliados en el año 1740 de la era cristiana y 1153 de la hégira, traducidos (es la primera traducción oficial sancionada por la Puerta) en Constantinopla por el señor Deval, secretario intérprete del rey y su primer dragomán ante la Puerta otomana». El artículo 32 de este acuerdo establece el derecho de Francia a un protectorado sobre todos los monasterios que profesan la religión franca, sea cual sea la nación a la que pertenezcan, y sobre los visitantes francos de los Santos Lugares.10
Rusia fue la primera potencia que, en 1774, insertó en un tratado —el tratado de Kuchuk Kainarji—11 la capitulación, imitada del ejemplo de Francia. Así, en 1802, Napoleón tuvo a bien hacer de la existencia y el mantenimiento de la capitulación el objeto de un artículo de tratado y darle el carácter de contrato sinalagmático.
¿Qué relación guarda entonces la cuestión de los Santos Lugares con el protectorado?
La cuestión de los Santos Lugares es la cuestión de un protectorado sobre las comunidades religiosas cristianas griegas establecidas en Jerusalén y sobre los edificios que poseen en la tierra santa, y en especial sobre la iglesia del Santo Sepulcro. Hay que entender que posesión no significa aquí propiedad, que el Corán niega a los cristianos, sino solo el derecho de usufructo. Este derecho de usufructo no excluye en modo alguno que las otras comunidades celebren el culto en el mismo lugar; los poseedores no tienen más privilegio que el de guardar las llaves, reparar los edificios y entrar en ellos, encender la lámpara santa, barrer las estancias con la escoba y extender las alfombras, que es un símbolo oriental de posesión. Y del mismo modo que el cristianismo culmina en el Santo Lugar, la cuestión del protectorado alcanza allí su punto más alto.
Partes de los Santos Lugares y de la iglesia del Santo Sepulcro las poseen los latinos, los griegos, los armenios, los abisinios, los sirios y los coptos. Entre todos estos diversos pretendientes surgió un conflicto. Los soberanos de Europa, que veían en esta querella religiosa una cuestión de sus respectivas influencias en Oriente, se dirigieron en primer lugar a los amos del suelo, a bajás fanáticos y codiciosos que abusaban de su posición. La Puerta otomana y sus agentes, adoptando un fastidiosísimo système de bascule,12 fallaron por turnos a favor de los latinos, de los griegos y de los armenios, pidiendo y recibiendo oro de todas las manos y riéndose de cada uno de ellos. Apenas habían concedido los turcos un firmán que reconocía el derecho de los latinos a la posesión de un lugar disputado, cuando se presentaban los armenios con una bolsa más pesada y obtenían al instante un firmán contrario. La misma táctica con los griegos, que además sabían, como consta oficialmente en diversos firmanes de la Puerta y hudjets (sentencias) de sus agentes, procurarse títulos falsos y apócrifos. Otras veces, las decisiones del gobierno del sultán se veían frustradas por la codicia y la mala voluntad de los bajás y de los agentes subalternos en Siria. Entonces había que reanudar las negociaciones, nombrar nuevos comisarios y hacer nuevos sacrificios de dinero. Lo que la Puerta hacía antes por consideraciones pecuniarias, en nuestros días lo ha hecho por miedo, con la mira de obtener protección y favor. Después de haber hecho justicia a las reclamaciones de Francia y de los latinos, se apresuró a hacer las mismas condiciones a Rusia y a los griegos, intentando así escapar de una tormenta a la que se sentía incapaz de hacer frente. No hay santuario, ni capilla, ni piedra de la iglesia del Santo Sepulcro que no se haya removido para fabricar una querella entre las diferentes comunidades cristianas.
En torno al Santo Sepulcro encontramos reunidas todas las diversas sectas del cristianismo, tras cuyas pretensiones religiosas se esconden otras tantas rivalidades políticas y nacionales.
Jerusalén y los Santos Lugares están habitados por naciones que profesan religiones diferentes: los latinos, los griegos, los armenios, los coptos, los abisinios y los sirios. Hay 2.000 griegos, 1.000 latinos, 350 armenios, 100 coptos, 20 sirios y 20 abisinios: en total, 3.490. En el Imperio otomano encontramos 13.730.000 griegos, 2.400.000 armenios y 900.000 latinos. Cada uno de estos grupos se subdivide a su vez. La Iglesia griega de la que he tratado más arriba, la que reconoce al patriarca de Constantinopla, difiere esencialmente de la grecorrusa, cuya suprema autoridad espiritual es el zar, y de la helena, cuyas autoridades supremas son el rey y el sínodo de Atenas. Del mismo modo, los latinos se subdividen en católicos romanos, griegos unidos y maronitas, y los armenios en armenios gregorianos y armenios latinos; y las mismas distinciones valen para los coptos y los abisinios. Las tres nacionalidades religiosas que predominan en los Santos Lugares son los griegos, los latinos y los armenios. Puede decirse que la Iglesia latina representa principalmente a las razas latinas; la griega, a las razas eslava, turco-eslava y helénica, y las otras Iglesias, a las razas asiáticas y africanas.
¡Imagínense todos estos pueblos en conflicto asediando el Santo Sepulcro, la batalla dirigida por los monjes, y como objeto aparente de su rivalidad una estrella de la gruta de Belén, un tapiz, la llave de un santuario, un altar, un relicario, una silla, un cojín: cualquier ridícula precedencia!
Para comprender semejante cruzada monacal es indispensable considerar, en primer lugar, su manera de vivir y, en segundo lugar, su modo de alojarse.
«Toda la escoria religiosa de las diferentes naciones», dice un viajero reciente, «vive en Jerusalén separada, hostil y celosa, una población nómada, renovada sin cesar por las peregrinaciones o diezmada por la peste y las opresiones. El europeo muere o vuelve a Europa al cabo de algunos años; los bajás y sus guardias se van a Damasco o a Constantinopla, y los árabes huyen al desierto. Jerusalén no es más que un lugar al que todo el mundo llega a plantar su tienda y en el que nadie se queda. Todos en la ciudad santa sacan su sustento de su religión: los griegos o los armenios, de los 12.000 o 13.000 peregrinos que visitan Jerusalén cada año, y los latinos, de los subsidios y las limosnas de sus correligionarios de Francia, Italia, etc.».
Además de sus monasterios y santuarios, las naciones cristianas poseen en Jerusalén pequeñas viviendas o celdas, anejas a la iglesia del Santo Sepulcro y ocupadas por los monjes, que tienen que vigilar día y noche aquella santa morada. En ciertas épocas, otros hermanos relevan a estos monjes en su servicio. Las celdas no tienen más que una puerta, que da al interior del templo, mientras que los monjes guardianes reciben la comida de fuera, por algún ventanillo. Las puertas de la iglesia están cerradas y las guardan turcos, que no las abren si no es por dinero y las cierran según su capricho o su codicia.
Las querellas entre clérigos son las más venenosas, decía Mazarino.13 ¡Imagínense ahora a estos clérigos, que no solo tienen que vivir de estos santuarios, sino que viven juntos en ellos!
Para completar el cuadro, recuérdese que los padres de la Iglesia latina, casi exclusivamente romanos, sardos, napolitanos, españoles y austriacos, están todos celosos del protectorado francés y querrían sustituirlo por el de Austria, Cerdeña o Nápoles, cuyos dos últimos reyes llevan ambos el título de rey de Jerusalén; y que la población sedentaria de Jerusalén asciende a unas 15.500 almas, de las que 4.000 son musulmanes y 8.000 judíos. Los musulmanes, que forman alrededor de la cuarta parte del total y son turcos, árabes y moros, son, naturalmente, los amos en todos los aspectos, pues no les afecta en absoluto la debilidad de su gobierno de Constantinopla. Nada iguala la miseria y los sufrimientos de los judíos de Jerusalén, que habitan el barrio más inmundo de la ciudad, llamado hareth-el-yahoud, el barrio de la basura, entre Sion y Moriá, donde están sus sinagogas; blanco constante de la opresión y la intolerancia musulmanas, insultados por los griegos, perseguidos por los latinos, y que viven solo de las escasas limosnas que les envían sus hermanos de Europa. Los judíos, sin embargo, no son nativos, sino que proceden de países diferentes y lejanos, y solo los atrae a Jerusalén el deseo de habitar el valle de Josafat y de morir en los mismos lugares donde ha de esperarse al redentor.
«En espera de la muerte», dice un autor francés, «sufren y rezan. Con la mirada vuelta hacia aquel monte Moriá donde se alzó un día el templo de Salomón, y al que no se atreven a acercarse, lloran las desgracias de Sion y su dispersión por el mundo».
Para hacer aún más desgraciados a estos judíos, Inglaterra y Prusia nombraron en 1840 un obispo anglicano en Jerusalén, cuyo objetivo declarado es convertirlos.14 En 1845 recibió una paliza tremenda, y judíos, cristianos y turcos se burlan de él por igual. De hecho, puede decirse que ha sido la primera y única causa de una unión entre todas las religiones de Jerusalén.
Ahora se entenderá por qué el culto común de los cristianos en los Santos Lugares se resuelve en una continuación de desesperadas trifulcas irlandesas entre las diversas facciones de los fieles; pero también que, por otra parte, estas sagradas trifulcas no hacen más que ocultar una batalla profana, no solo de naciones, sino de razas; y que el protectorado de los Santos Lugares, que a Occidente le parece ridículo pero que para los orientales lo es todo, es una de las fases de la cuestión de Oriente, que se reproduce sin cesar, se sofoca constantemente y nunca se resuelve.
Karl Marx
George Hamilton Gordon, conde de Aberdeen (1784-1860), primer ministro del gabinete de coalición de whigs y peelitas (1852-1855). Lord John Russell (1792-1878), jefe de los whigs, era en ese gabinete líder de la Cámara de los Comunes. ↩
El Cuerpo Legislativo, la cámara electiva del Segundo Imperio francés. ↩
En latín: «increíble de decir». ↩
John Ponsonby, vizconde Ponsonby (hacia 1770-1855), embajador británico en Constantinopla de 1832 a 1841; Austen Henry Layard (1817-1894), arqueólogo y diputado liberal; David Urquhart (1805-1877), diplomático y publicista, enemigo acérrimo de Rusia y de Palmerston. ↩
El príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha (1819-1861), esposo de la reina Victoria, al que una parte de la prensa británica acusaba entonces de favorecer a Rusia. ↩
El proyecto de ley que debía reformar las leyes de domicilio (settlement), por las que se devolvía al pobre que pedía asistencia a la parroquia donde tenía su domicilio legal. ↩
Henry John Temple, vizconde Palmerston (1784-1865), ministro del Interior en el gabinete de Aberdeen. ↩
Edward Stanley, conde de Derby (1799-1869), jefe del partido tory, primer ministro de febrero a diciembre de 1852. ↩
En francés en el original: «código civil». ↩
Los francos eran, en el Levante, los europeos occidentales, y la religión franca, la católica romana. ↩
El tratado de paz de Kuchuk Kainarji (1774), que puso fin a la guerra ruso-turca de 1768-1774; por él el sultán se comprometía a proteger la religión cristiana y sus iglesias y permitía a Rusia hacer representaciones en favor de una iglesia de Constantinopla. ↩
En francés en el original: «sistema de balancín», de concesiones alternas a uno y otro bando. ↩
El cardenal Giulio Mazarino (1602-1661), primer ministro de Francia durante la minoría de Luis XIV. ↩
El obispado anglicano-prusiano de Jerusalén se fundó en 1841 por acuerdo entre Inglaterra y Prusia. ↩