Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 10 de febrero de 1854 para el New-York Daily Tribune, que lo publicó en su número 4013, del 27 de febrero de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 64-71), sin su aparato editorial, cotejada con el texto inglés, abreviado y con resúmenes entre corchetes, de The Eastern Question (Londres, 1897), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, viernes 10 de febrero de 1854

Cuando se concluyó el tratado de neutralidad entre Dinamarca y Suecia, expresé mi convicción de que, contra la opinión extendida en Francia y en Inglaterra, no debía considerarse en absoluto un triunfo de las potencias occidentales, y de que la pretendida protesta de Rusia contra ese tratado no era más que una finta. Los periódicos escandinavos, así como el corresponsal del Times que los cita, son ahora unánimes en esa misma opinión y declaran que todo el tratado es obra de Rusia.

Las propuestas que el conde Orlov presentó a la conferencia de Viena, y que esta rechazó, eran las siguientes:

  1. Renovación de los antiguos tratados;

  2. Protectorado de Rusia sobre los cristianos ortodoxos griegos de Turquía;

  3. Expulsión de todos los refugiados políticos del Imperio otomano;

  4. Negativa de Rusia a aceptar la mediación de cualquier otra potencia y a negociar de otro modo que directamente con un plenipotenciario turco, que habrá de enviarse a San Petersburgo.

En este último punto el conde Orlov se declaró dispuesto a un compromiso, pero la conferencia lo rechazó. ¿Por qué lo rechazó la conferencia? ¿O por qué rechazó el emperador de Rusia las últimas condiciones de la conferencia? Las propuestas son las mismas por ambas partes. La renovación de los antiguos tratados se había acordado; el protectorado ruso se había admitido con solo una modificación formal, y como Rusia misma abandonó el último punto, la exigencia de Austria de expulsar a los refugiados políticos no puede ser la causa de una ruptura entre Rusia y Occidente. Así pues, el emperador de Rusia se encuentra ahora, evidentemente, en una situación tal que no puede aceptar ninguna condición de Francia y de Inglaterra y que tiene que doblegar a Turquía, traiga o no consigo una guerra europea.

En los círculos militares la guerra se considera ya inevitable, y los preparativos están en marcha en toda la línea. El almirante Bruat1 ha salido ya de Brest hacia Argel, donde embarcará 10.000 hombres, y 16 regimientos ingleses destinados en Irlanda tienen orden de estar dispuestos para su traslado a Constantinopla. La expedición solo puede tener un doble fin: o bien obligar a los turcos a someterse a Rusia, como anuncia el señor Urquhart, o bien hacer en serio la guerra a Rusia. En ambos casos a los turcos les espera infaliblemente la misma suerte. Entregado de nuevo a Rusia, si no directamente, sí a su acción disolvente, el poder del Imperio otomano, como el del Imperio bizantino, quedaría reducido a los alrededores de la capital. E igualmente, bajo la tutela absoluta de Francia y de Inglaterra, el dominio de los otomanos sobre sus territorios europeos se acabaría de una vez para siempre.

«Si hemos de tomar en nuestras manos la guerra», dice el Times, «queremos dirigir también todas las operaciones».

En ese caso el ministerio turco quedaría bajo la administración directa de los embajadores occidentales, el Ministerio de la Guerra turco bajo los ministerios de la Guerra de Inglaterra y de Francia, y los ejércitos turcos bajo el mando de generales franceses e ingleses. El Imperio turco en su antigua forma habría dejado entonces de existir.

Tras su completo «fracaso» en Viena, el conde Orlov ha vuelto a San Petersburgo y «se ha llevado consigo la garantía de que Austria y Prusia quieren permanecer neutrales en cualquier caso». Por otra parte, se informa por telégrafo desde Viena de que ha habido un cambio en el ministerio turco, pues han dimitido el serasquier y el capudán bajá.2 El Times no alcanza a entender cómo el partido de la guerra ha podido sufrir una derrota precisamente en el momento en que Francia e Inglaterra se armaban para la guerra. Por mi parte, si la noticia es cierta, en ese incidente «enviado por Dios» no puedo ver sino demasiado bien la obra del representante del gabinete de coalición inglés en Constantinopla, al que tan a menudo vemos lamentar en sus informes del Libro Azul que «no pudiera llevar su presión sobre el gabinete turco tan lejos como sería de desear».

El Libro Azul empieza con despachos relativos a las exigencias que planteó Francia acerca de los Santos Lugares, exigencias que las antiguas capitulaciones3 no respaldaban suficientemente y que evidentemente se formularon con el propósito de dar a la Iglesia romana preponderancia sobre la ortodoxa griega. No comparto en absoluto la opinión de Urquhart según la cual el zar, mediante influencias secretas en París, habría inducido a Bonaparte a lanzarse a esa disputa para que Rusia tuviera un pretexto para intervenir en favor de los privilegios de los católicos ortodoxos griegos. Es bien sabido que Bonaparte trató de comprar coûte que coûte4 el apoyo del partido católico, que desde el principio consideró la condición principal del éxito de su usurpación. Bonaparte conocía muy bien la influencia de la Iglesia católica sobre la población campesina de Francia, y los campesinos tenían que hacerle emperador a pesar de la burguesía y del proletariado. El señor de Falloux,5 el jesuita, era el miembro más influyente del primer ministerio que formó Bonaparte, cuyo jefe nominal era Odilon Barrot,6 el soi-disant volteriano. El primer acuerdo que tomó ese ministerio, al día siguiente de la toma de posesión de Bonaparte como presidente, fue la famosa expedición contra la República Romana. El señor de Montalembert,7 jefe del partido jesuita, fue el instrumento más activo de Bonaparte en la preparación de la caída del régimen parlamentario y del golpe de Estado del 2 de diciembre. En 1850 el Univers,8 órgano oficial del partido jesuita, instaba día tras día al gobierno francés a dar pasos eficaces para proteger los intereses de la Iglesia romana en Oriente. Bonaparte, deseoso de halagar al papa, ganárselo y ser coronado por él, tenía todos los motivos para atender esa exhortación y presentarse como el emperador «catolicísimo» de Francia. La usurpación bonapartista es, pues, la verdadera fuente de la actual complicación de Oriente. Es cierto que Bonaparte, prudentemente, retiró sus pretensiones en cuanto advirtió que el emperador Nicolás quería tomarlas como pretexto para excluirle del cónclave europeo, y que Rusia ardía, como de costumbre, en deseos de sacar provecho de unos acontecimientos que no tenía poder para crear por sí misma, aunque el señor Urquhart lo suponga. Sigue siendo, sin embargo, un fenómeno muy notable de la historia universal que la actual crisis del Imperio otomano la haya provocado el mismo conflicto entre la Iglesia romana y la ortodoxa griega que dio en otro tiempo el impulso a la fundación de ese imperio en Europa.

No me propongo examinar todo el contenido de los Rights and Privileges of the Latin and Greek Churches sin mencionar antes un incidente importantísimo que este Libro Azul suprime por completo: la disputa austro-turca sobre Montenegro. Es tanto más urgente tratar primero este suceso cuanto que prueba que entre Austria y Rusia existía un plan concertado para derribar y repartir el Imperio turco, y que el hecho mismo de que Inglaterra pusiera en manos de Austria las negociaciones posteriores entre la corte de San Petersburgo y la Puerta arroja una luz singular sobre la conducta del gabinete inglés durante toda esta cuestión de Oriente. Como faltan documentos oficiales sobre el incidente de Montenegro, remito a un libro de L. F. Simpson sobre la materia que acaba de aparecer con el título de Handbook of the Eastern Question.

La fortaleza turca de Žabljak (en la frontera entre Montenegro y Albania) fue tomada al asalto por un destacamento de montenegrinos en diciembre de 1852. Se recordará que la Puerta encargó a Omer Bajá rechazar a los atacantes. La Sublime Puerta declaró bloqueada toda la costa albanesa, medida que evidentemente solo podía ir dirigida contra Austria y su flota y que mostraba que el ministerio turco estaba convencido de que Austria había provocado la revuelta montenegrina.

Acto seguido apareció en la Allgemeine Zeitung de Augsburgo el siguiente artículo, fechado en Viena el 29 de diciembre de 1852:9

«Si Austria quisiera apoyar a Montenegro, de poco serviría el bloqueo. Cuando los montenegrinos bajaran de sus peñas, Austria podría venderles o regalarles armas y pertrechos en Cattaro10 mientras toda la flota turca cruzara el Adriático. En el fondo Austria no ve con agrado ni la actual incursión de los montenegrinos ni la revolución que, según se dice, va a estallar entre los cristianos de Herzegovina y de Bosnia. Siempre ha protestado contra la opresión de los cristianos por razones de humanidad. Austria está obligada a la neutralidad frente a la Iglesia oriental. Los sucesos de Jerusalén habrán aclarado a todo el mundo con qué viveza separa a las poblaciones el odio confesional en Oriente. Los estadistas austriacos tienen que emplear, pues, todo su arte para mantener la paz en su propio país, donde los cristianos griegos viven mezclados con los romanos».

De este artículo deducimos, en primer lugar, que se esperaban con seguridad revoluciones de los cristianos turcos; en segundo lugar, que fue Austria la que allanó el camino a las quejas rusas sobre la opresión de la Iglesia ortodoxa griega, y en tercer lugar, que se esperaba que en las querellas religiosas por los Santos Lugares Austria practicara la «neutralidad».

Ese mismo mes Rusia dirigió a la Puerta una nota en la que ofrecía su mediación en Montenegro, pero se rechazó con el argumento de que el propio sultán sabría defender sus derechos. Aquí vemos a Rusia operar exactamente igual que en tiempos de la revolución griega: primero ofrece al sultán protección contra sus súbditos, con la intención de proteger después a los súbditos del sultán contra él si no se acepta su ayuda.

El hecho de que ya en una fecha tan temprana hubiera un acuerdo entre Rusia y Austria sobre la ocupación de los Principados se desprende de otra cita de la Allgemeine Zeitung de Augsburgo, del 30 de diciembre de 1852. Dice así:

«Rusia, que hace poco ha reconocido la independencia de Montenegro, difícilmente puede seguir siendo un espectador pasivo de los acontecimientos. Hay más. Cartas de comerciantes y viajeros de Moldavia y Valaquia informan de que el país, desde Volinia hasta la desembocadura del Prut, hierve de tropas rusas y de que llegan refuerzos continuamente».

Al mismo tiempo, los periódicos de Viena anunciaban que se iba a concentrar un ejército austriaco de observación en la frontera austro-turca.

Lord Stanley interpeló a lord Malmesbury11 el 6 de diciembre de 1852 sobre los asuntos de Montenegro, y el noble amigo de Bonaparte hizo la siguiente declaración:

«El noble lord ha dado a entender que desea saber si en las relaciones políticas de ese país salvaje, lindante con Albania, llamado Montenegro, se han producido cambios recientemente. Creo que en las relaciones políticas no ha cambiado nada. El jefe de ese país lleva un doble título: es el jefe de la Iglesia ortodoxa griega en ese país y también el soberano temporal. En las cuestiones eclesiásticas está sujeto a la jurisdicción del emperador ruso, que es considerado el jefe de toda la Iglesia católica griega. El jefe de Montenegro solía recibir (como, según creo, todos sus predecesores) su jurisdicción y su título episcopales con la sanción y el reconocimiento del emperador. En cuanto a la independencia de ese país, piensen lo que piensen diversas personas sobre las ventajas de semejante situación, el hecho es que Montenegro ha sido independiente durante casi 150 años, que todos los intentos de la Puerta de sojuzgarlo han fracasado uno tras otro y que la situación del país es hoy la misma que hace 200 años».

En este discurso lord Malmesbury, entonces ministro de Asuntos Exteriores del gobierno tory, despedaza tranquilamente el Imperio otomano y le separa un país que siempre ha formado parte de él, al tiempo que reconoce las pretensiones espirituales del emperador ruso sobre los súbditos de la Puerta. ¿Qué otra cosa puede decirse de esas dos camarillas oligárquicas sino que rivalizan entre sí en estupidez?

La Puerta, naturalmente, se alarmó seriamente por este discurso de un ministro británico, y poco después apareció en un periódico inglés la siguiente carta de Constantinopla, fechada el 5 de enero de 1853:

«La Puerta está sumamente irritada por la declaración de lord Malmesbury en la Cámara de los Lores, en la que calificó de independiente a Montenegro. Con ello hizo el juego a Rusia y a Austria, e Inglaterra perderá así la influencia y la confianza de que ha gozado hasta ahora. En el artículo primero del tratado de Svishtov,12 concluido en 1791 entre la Puerta y Austria (con la mediación de Inglaterra, Rusia y Holanda), se estipula expresamente que se conceda una amnistía a los súbditos de ambas potencias que se habían levantado contra sus soberanos legítimos, a saber, a los serbios, los montenegrinos, los moldavos y los valacos. Los montenegrinos que viven en Constantinopla, unos 2.000 o 3.000, pagan el jaray o capitación, y en los procesos contra súbditos de otras potencias en Constantinopla los montenegrinos siempre son considerados y tratados, sin objeción alguna, como súbditos turcos».

A principios de enero de 1853 el gobierno austriaco envió a Cattaro al barón Kellner von Köllenstein, ayudante de campo del emperador, para seguir la marcha de los acontecimientos, mientras el señor Ózerov, encargado de negocios ruso en Constantinopla, protestaba ante el Diván contra las concesiones hechas a los católicos en la cuestión de los Santos Lugares. A finales de enero llegó a Constantinopla el conde Leiningen,13 y el 3 de febrero se le concedió una audiencia privada con el sultán, al que entregó una carta del emperador de Austria. La Puerta se negó a satisfacer sus exigencias, y el conde Leiningen presentó entonces un ultimátum que daba a la Puerta cuatro días para responder. La Puerta se puso en seguida bajo la protección de Inglaterra y de Francia, que, sin embargo, no le dieron ninguna protección, mientras el conde Leiningen rechazaba su mediación. El 15 de febrero había conseguido todo lo que había pedido (salvo el artículo III), y su ultimátum fue aceptado. Contenía los siguientes artículos:

«I. Evacuación inmediata de Montenegro y restablecimiento del statu quo ante bellum.

»II. Una declaración por la que la Puerta se comprometa a mantener el statu quo de los territorios de Klek y Sutorina14 y a reconocer el mare clausum15 en favor de Austria.

»III. Que se abra una investigación rigurosa de los actos cometidos por fanatismo musulmán contra los cristianos de Bosnia y de Herzegovina.

»IV. La expulsión de todos los refugiados políticos y renegados que residen ahora en las provincias limítrofes con la frontera austriaca.

»V. Una indemnización de 200.000 florines a los comerciantes austriacos cuyos contratos habían sido anulados arbitrariamente, y el cumplimiento de esos contratos durante todo el tiempo por el que se convinieron.

»VI. Una indemnización de 50.000 florines16 a un comerciante cuyo barco y cargamento habían sido confiscados injustamente.

»VII. Creación de numerosos consulados en Bosnia, Serbia, Herzegovina y en toda Rumelia.

»VIII. Desaprobación de la conducta mantenida en la cuestión de los refugiados en 1850».17

Antes de consentir en este ultimátum, la Puerta otomana, según cuenta el señor Simpson, dirigió a los embajadores de Inglaterra y de Francia una nota en la que les pedía la promesa de prestarle una ayuda efectiva en caso de guerra con Austria. «Como los dos embajadores no estaban en condiciones de comprometerse de forma concreta», el gobierno turco cedió ante la enérgica actuación del conde Leiningen.

El 28 de febrero el conde Leiningen llegó a Viena y el príncipe Ménshikov a Constantinopla. El 3 de marzo lord John Russell tuvo la desvergüenza de declarar, en respuesta a una interpelación de lord Dudley Stuart,

«que a las gestiones ante el gobierno austriaco se había respondido con la seguridad de que este tenía las mismas opiniones sobre el asunto que el gobierno inglés; y que, aunque no podía indicar los puntos exactos del acuerdo alcanzado, la intervención de Francia y de Inglaterra había tenido éxito, y estaba convencido de que las recientes diferencias estaban ya resueltas. El rumbo seguido por Inglaterra se había orientado a dar a Turquía los consejos que preservaran su honor y su independencia... Él, por su parte, pensaba que, por razones de justicia, de derecho internacional y de fidelidad a nuestro aliado, así como por razones de política general y de conveniencia, lo que domina la política de Inglaterra es ante todo la conservación de la integridad y la independencia de Turquía».

Karl Marx

  1. Armand Joseph Bruat (1796-1855), almirante francés. ↩

  2. El serasquier era el ministro de la Guerra y comandante en jefe del ejército otomano; el capudán bajá, el gran almirante. ↩

  3. Los tratados por los que la Puerta concedía privilegios a los súbditos de las potencias cristianas; los de Francia de 1740 reconocían a los católicos derechos en los Santos Lugares. ↩

  4. En francés en el original: «a toda costa». ↩

  5. Frédéric-Alfred-Pierre de Falloux (1811-1886), legitimista y clerical, ministro de Instrucción Pública en 1848-1849. ↩

  6. Odilon Barrot (1791-1873), jefe de la oposición dinástica liberal bajo Luis Felipe y presidente del consejo de ministros de diciembre de 1848 a octubre de 1849. ↩

  7. Charles Forbes, conde de Montalembert (1810-1870), jefe del partido católico. ↩

  8. L'Univers, diario católico ultramontano de París dirigido por Louis Veuillot. ↩

  9. El texto inglés de The Eastern Question (Londres, 1897) fecha el artículo el 19 de diciembre. ↩

  10. Hoy Kotor, en Montenegro, entonces puerto austriaco. ↩

  11. James Howard Harris, conde de Malmesbury (1807-1889), ministro de Asuntos Exteriores en el gabinete tory de lord Derby de 1852. ↩

  12. Sistowo en el original: hoy Svishtov, en Bulgaria. Así en la carta citada, también en el texto inglés de 1897; las potencias mediadoras de aquel tratado fueron en realidad Inglaterra, Prusia y Holanda. ↩

  13. El conde Christian Franz von Leiningen-Westerburg (1812-1856), general austriaco enviado en misión extraordinaria a Constantinopla. ↩

  14. Las dos franjas de territorio turco que llegaban al Adriático y cortaban la Dalmacia austriaca. ↩

  15. En latín en el original: «mar cerrado», es decir, el dominio exclusivo del Adriático. ↩

  16. El texto inglés de The Eastern Question dice «56.000 florines». ↩

  17. La negativa de la Puerta a entregar a Austria y a Rusia a los refugiados húngaros y polacos, en 1849-1850. ↩