Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 11 de agosto de 1854 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4166, del 25 de agosto de 1854. El original inglés solo se conserva en fuentes libres en versión abreviada (en The Eastern Question (Londres, 1897, ed. de Eleanor Marx Aveling y Edward Aveling), pp. 457-461, sin las partes sobre Polonia, Dinamarca, el Parlamento y España y con resúmenes entre corchetes): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 399-405), sin su aparato editorial, cotejada con ese texto inglés, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, viernes 11 de agosto de 1854
El Moniteur de ayer comunica que
«el embajador ruso en Viena ha anunciado al gabinete austriaco que el emperador Nicolás ha ordenado la evacuación completa de Valaquia y Moldavia. A pesar de esta declaración, el conde Buol1 intercambió el día 8 del corriente con el barón de Bourqueney y lord Westmorland2 notas según las cuales Austria, lo mismo que Francia e Inglaterra, considera que hay que exigir a Rusia garantías contra el retorno de complicaciones que perturben la tranquilidad de Europa. Austria se compromete a no entablar ninguna clase de negociaciones con el gabinete de San Petersburgo mientras no se haya restablecido la paz general o no se hayan obtenido esas garantías».
De qué clase son esas garantías puede verse en el Times de hoy. Primero, la evacuación de los Principados; segundo, el establecimiento de un protectorado europeo general en lugar del protectorado ruso; tercero, la
«revisión del convenio de los Estrechos3 y la aplicación de las medidas necesarias para mantener la preponderancia naval de Rusia dentro de límites menos peligrosos para la existencia de Turquía y para la independencia de la navegación tanto en las aguas del mar Negro como en la desembocadura del Danubio».
Las declaraciones de lord Clarendon4 en la sesión de ayer de la Cámara de los Lores confirmaron en líneas generales la afirmación del Moniteur.
Sabemos también por otras fuentes que el cuartel general ruso se ha trasladado a Buzău, que cuatro regimientos rusos han cruzado el Prut y que el Gobierno austriaco, por su parte, ha revocado las órdenes de que diversos cuerpos de tropas reforzaran los ejércitos desplegados en échelon en la frontera de Galitzia y Transilvania.
Apenas ha habido en la historia de la guerra una operación tan singular como esta evacuación de los Principados por el ejército ruso. Lo cierto es que en realidad solo puede explicarse desde el punto de vista diplomático y no desde el estratégico. Como ya expusimos en la Tribune, entre Austria y Rusia se ha convenido un plan según el cual los austriacos debían ocupar los Principados en cuanto el honor del zar hubiera quedado satisfecho con la toma de Silistra; una cláusula preveía la posibilidad de una derrota rusa, disponiendo que la ocupación austriaca tuviera lugar también en ese caso. En consecuencia, un día antes de que los rusos levantaran el sitio de Silistra se firmó entre Turquía y Austria un tratado que daba a Austria el derecho de entrar en Valaquia.5 Este tratado perseguía tres fines: primero, que los Principados siguieran sustraídos a Turquía; segundo, «tender un cordón contra la peste de la revolución alrededor de las fronteras austriacas», y por último, permitir al ejército ruso una retirada segura. De las confesiones de lord Clarendon se desprende claramente para nosotros que fue lord Stratford de Redcliffe,6 el embajador inglés en Constantinopla, quien impuso este tratado a la Puerta; al mismo tiempo el Diván dio una orden que permitió a los rusos retirarse sin que nadie los persiguiera. La precipitada retirada de los rusos del Danubio sigue siendo inexplicable, a no ser que formara parte de lo acordado entre Rusia y Austria. Los austriacos habían fijado que sus tropas entrarían en Valaquia el 3 de julio. ¿A qué, pues, sus vacilaciones? Querían arrancar a la Puerta una concesión tras otra: primero, sobre la forma del gobierno que había de instaurarse en Valaquia; segundo, sobre la exclusión de los turcos de su propia provincia. Más tarde hicieron saber que su ocupación de Valaquia no significaba una declaración de guerra. Lord Clarendon dijo:
«A finales de junio, cuando los rusos estaban a punto de evacuar Valaquia, el Gobierno austriaco envió a un oficial del estado mayor del general Hess7 para hacer saber a los comandantes aliados que el Gobierno austriaco se proponía ocupar una parte de Valaquia en nombre del sultán y también para restablecer allí su autoridad; pero que no entrarían como potencia beligerante, porque Austria no estaba en guerra con Rusia y no había recibido respuesta a las exigencias dirigidas a Rusia».
Esta estúpida sinceridad de Austria provocó desconcierto, y se hizo necesario un nuevo aplazamiento. Luego vino la protesta de Prusia, celosa del engrandecimiento de la esfera de poder austriaca en el Danubio. Que estas dos potencias sean instrumentos de Rusia no excluye que sigan siempre celosas una de otra, como demostró sobradamente la «guerra de la patata» de 1850.8 Si el señor Urquhart9 hubiera estudiado el protocolo de Varsovia de aquel año, nunca se le habría ocurrido la quijotesca idea de erigir de pronto a Prusia en baluarte de Europa contra Rusia.
Cuando los rusos, que ya estaban en retirada, vieron que Austria dejaba pasar la ocasión, dieron media vuelta y volvieron a acercarse al Danubio; porque, si la evacuación de Valaquia se hubiera producido antes de que Austria se moviera, no les habría quedado pretexto alguno para entrar más adelante en ese principado. Pero entretanto el general turco de Ruse, que —por usar la fraseología del Times— «creía» a los rusos en plena retirada, marchó sobre Giurgiu y los derrotó tan a fondo que hizo imposible cualquier intento de recuperar la línea del Danubio.10 Ahora los rusos, a consecuencia de esta derrota, tuvieron que pensar seriamente en la retirada, decisión a la que los empujó además el descubrimiento de que los llamados aliados de Turquía no iban a seguir inactivos por más tiempo y de que el Gobierno inglés, en atención al ejército y a la opinión pública, se vería obligado a emprender algo contra ellos. Con su retirada de los Principados aumentaron sus fuerzas defensivas en Besarabia y en Crimea. Según una noticia telegráfica que hemos recibido, los regimientos rusos de Besarabia y de Jersón se trasladan a toda prisa a Crimea, mientras que los de Moldavia se han puesto en marcha para ocupar sus posiciones.
Era de prever que los turcos no dejarían de aprovechar su ventaja. El día 6 del corriente su vanguardia, al mando de Iskender Bey,11 entró en Bucarest, y su general recibió una diputación de la capital valaca justo el mismo día en que un año antes, en 1853, sus enemigos habían entrado en la ciudad.
Así pues, los austriacos han vuelto a dejar pasar la ocasión, y se han quedado sin pretextos para entrar en Valaquia. En este momento una ocupación los haría chocar infaliblemente con los turcos. Por eso, mientras los periódicos austriacos censuran el avance de los turcos sobre Bucarest como una violación del tratado, la prensa ministerial inglesa acusa a su vez a los austriacos de la lentitud y la estupidez que han hecho fracasar el plan tan sutilmente urdido. En el Times del jueves leemos, por ejemplo:
«Austria, con su tardanza, ha perdido la ventaja de la posición que habría podido ocupar en los Principados. Omer Bajá ha aprovechado la ocasión y se ha pegado a los talones del enemigo en retirada. Valaquia está ahora ocupada en gran medida por las tropas del sultán. Desde Orșova hasta Galați el Danubio está en sus manos, y no hay motivo para suponer que ninguna potencia extranjera pueda presentar exigencia alguna que lleve al comandante turco a renunciar a una provincia que ocupa por derecho de soberano y por el valor de su ejército».
Todo lo que les queda por hacer ahora a los austriacos es ocupar Moldavia.
Los despachos de Constantinopla del 30 de julio se refieren casi exclusivamente a la proyectada expedición contra Crimea. La división de veinte barcos que salió de Balchik el 21 de julio al mando del almirante Bruat,12 acompañada por los generales Brown y Canrobert,13 para reconocer la costa desde Anapa hasta Sebastopol, regresó el 27. Canrobert y Brown fueron a Varna inmediatamente después de su regreso para comunicar a Saint-Arnaud y a lord Raglan14 los resultados de su misión. Las tropas anglofrancesas estaban acantonadas desde Varna hasta Constanța, para poder embarcar más fácilmente en los distintos puertos. Este embarque debe de haberse realizado el 29 o el 30 de julio. La flota turca había entrado en el mar Negro, y toda la fuerza naval anglofrancesa debe de haberse reunido a la altura de Varna, porque el día 1 del corriente se concentraban allí numerosos transportes. Sobre el destino de estas fuerzas, la Gazette du Midi trae lo siguiente:
«Unos hablan de Anapa y de la fortaleza vecina, que tienen juntas unos 20.000 hombres y cuya conquista establecería en el acto comunicaciones entre Abjasia, Circasia y Crimea, de modo que los circasianos podrían tomar parte sin dificultad en un ataque contra Crimea. Según otras versiones, se piensa dirigir el ataque contra Odesa, que tiene en este momento una guarnición de unos 40.000 hombres y que sería ocupada por las tropas aliadas para tomar allí cuarteles de invierno y amenazar por un lado Besarabia y por el otro Crimea. Una tercera versión apunta como objetivo del ataque a Nikoláyev, donde están los arsenales del ejército ruso. Esta plaza ocupa el triángulo formado por el Dniéper al este y el Bug al oeste».
Los rusos han abandonado por completo la Dobrudja, que ocupan ahora 36.000 turcos y franceses. Los turcos están en Babadag y, según se dice, tienen orden de atacar Tulcea, mientras que los franceses atacarían Galați.
El 16 de julio, según se dice, los vapores ingleses Spitfire y Vesuvius destruyeron por completo la pequeña ciudad que los rusos habían levantado en la boca de Sulina y que ya estaba en parte destruida. Fuera del faro y de la iglesia, no se respetó ningún edificio.
En el mar Blanco los ingleses han desembarcado en algún punto de la bahía de Onega y han destruido una aldea.
El asunto del Vladímir en el mar Negro15 ha dado pie al Times para un violento ataque contra el almirante Dundas.16 El Herald le responde:
«Sir Charles Napier17 pudo consentir en el Báltico que la flota de Sveaborg llegara sin ser molestada a su fondeadero, pudo permitir que se fortificara bien Hangöudd y que luego se lo bombardeara sin efecto alguno, pudo consentir que se quitaran boyas y que por eso encallaran barcos, y con todo ello el Times no dijo ni una palabra de censura. Pero con el almirante Dundas el caso es muy distinto».
Por cartas de París del día 9 del corriente sabemos que el ejército de Oriente va a reforzarse con 50.000 soldados franceses. Si la guerra no trae ningún otro bien, tiene al menos el mérito de librar a Francia de su ejército decembrista.
Quizá hayan observado ustedes que el emperador de Rusia, desde su revés en Turquía, ha vuelto a usar el título de rey de Polonia, que había dejado como superfluo tras su victoria en Hungría,18 por considerar consumada la incorporación de aquel país. En una información publicada por la Presse de Viena, fechada en Varsovia el 1 de agosto, leemos:
«La próxima llegada del zar a Varsovia vendrá señalada, según se dice, por ciertas concesiones a los polacos en sentido nacional. Se habla mucho aquí de convocar a los notables prometidos por el Estatuto Orgánico del Reino de Polonia de 1832.19 Se reabrirían los establecimientos públicos de enseñanza, se volvería a admitir el polaco como lengua oficial en todas las ramas de la administración, y se prevé la presentación del presupuesto anual de ingresos y gastos y la aprobación de los impuestos directos. También el ejército polaco, sigue diciendo la información, se volvería a crear, pero a las órdenes de oficiales rusos. La cuarta leva ha terminado. Nunca se había exigido tanto a la población en este aspecto».
Leemos también en la Düsseldorfer Zeitung del 7 de agosto:
«Según noticias de Varsovia, el general Rüdiger,20 lugarteniente del Reino de Polonia, ha invitado a los mariscales de la nobleza del Reino a solicitar de la Corona que Polonia vuelva a formar un reino independiente».
Los distintos partidos han propuesto muchas soluciones de la cuestión polaca, pero nadie había podido imaginar jamás una solución como la que ha propuesto y ordenado el general ruso.
Me entero desde Copenhague de que el idiota rey de Dinamarca21 se ha embarcado en compañía del ministro del Interior, Von Tillisch, para reunirse con el rey de Suecia22 en Karlskrona. Tillisch es uno de los partidarios más fanáticos de Rusia, y se supone en general que el encuentro de los dos reyes está destinado a renovar el lazo con Rusia llamado neutralidad armada del Norte. Si Dinamarca y Suecia quieren la neutralidad frente a Rusia, eso no significa que piensen lo mismo frente a Inglaterra y Francia, como demuestra el hecho siguiente. Hace unos días el general Meza,23 comandante en jefe de la artillería danesa, pasó revista a la artillería de la Guardia Nacional y le dirigió una arenga inusualmente fogosa. Insinuó en ella que quizá se acercaba el día en que el rey llamaría a la artillería nacional, unida a la artillería del ejército, a la defensa común de la patria escandinava.
El Parlamento inglés se suspenderá mañana.
«La sesión es tan notable por las medidas abandonadas como la campaña por el aplazamiento de las operaciones bélicas».
Hace unos días el Charivari publicó una caricatura que representa al pueblo español en lucha y a los dos sables —Espartero y O’Donnell— que se unen por encima de él. El Charivari tomó por error por el final de la revolución lo que solo es su comienzo. La lucha ha empezado ya entre O’Donnell y Espartero, y no solo entre ellos, sino también entre los jefes militares y el pueblo. De poco le ha servido al Gobierno nombrar al torero Pucheta24 director de los mataderos, formar una comisión para recompensar a los combatientes de las barricadas y, por último, nombrar a dos franceses, Pujol y Delmas, historiadores de la revolución. O’Donnell quiere que las Cortes se elijan según la ley de 1846,25 Espartero según la Constitución de 1837, y el pueblo por sufragio universal. El pueblo se niega a deponer las armas antes de que se publique un programa de gobierno. El programa de Manzanares26 ya no responde a sus ideas. El pueblo exige la anulación del Concordato de 1851,27 la confiscación de los bienes de los contrarrevolucionarios, una exposición pública de las finanzas, la anulación de todas las contratas de ferrocarriles y demás contratas fraudulentas de obras públicas y, por último, el procesamiento de Cristina por un tribunal especial. Dos intentos de fuga de Cristina se han frustrado por la resistencia armada del pueblo. El Tribuno da la siguiente cuenta de las restituciones que Cristina debe hacer al Tesoro: veinticuatro millones que percibió ilegalmente como regente en los años de 1834 a 1840; doce millones que recibió a su regreso de Francia tras tres años de ausencia, y treinta y cinco millones recibidos del Tesoro de Cuba. Esta cuenta es incluso generosa. Cuando Cristina salió de España en 1840, se llevó grandes sumas y casi todas las joyas de la Corona española.
Karl Marx
Karl Ferdinand von Buol-Schauenstein (1797-1865), ministro de Asuntos Exteriores de Austria de 1852 a 1859. ↩
François-Adolphe de Bourqueney (1799-1869) y John Fane, conde de Westmorland (1784-1859), embajadores de Francia y de Inglaterra en Viena. ↩
El convenio de Londres de 1841 sobre los Dardanelos y el Bósforo, que cerraba los Estrechos a los buques de guerra extranjeros mientras Turquía estuviera en paz. ↩
George William Frederick Villiers, conde de Clarendon (1800-1870), ministro de Asuntos Exteriores británico en el gabinete de coalición de Aberdeen. ↩
El convenio de Boyacıköy, firmado el 14 de junio de 1854 entre Austria y la Puerta, que autorizaba a Austria a ocupar los Principados del Danubio hasta el final de la guerra. ↩
Stratford Canning, vizconde Stratford de Redcliffe (1786-1880), embajador británico en Constantinopla. ↩
Heinrich von Hess (1788-1870), general austriaco, comandante de las tropas austriacas concentradas en Galitzia y Transilvania. ↩
Alusión burlesca al conflicto austro-prusiano de 1850 por el Electorado de Hesse, que terminó casi sin combate con la capitulación prusiana de Olmütz (noviembre de 1850). En octubre de ese año Austria y Prusia habían expuesto sus diferencias ante el zar en Varsovia. ↩
David Urquhart (1805-1877), diplomático y publicista británico, enemigo declarado de Rusia y de Palmerston. ↩
El combate de Giurgiu, del 7 de julio de 1854, en el que las tropas turcas que habían cruzado el Danubio desde Ruse rechazaron a los rusos. ↩
Nombre turco de Aleksander Iliński, emigrado polaco al servicio de Turquía. ↩
Armand-Joseph Bruat (1796-1855), almirante francés. ↩
George Brown (1790-1865), general británico, jefe de la División Ligera; François-Certain Canrobert (1809-1895), general francés, sucesor de Saint-Arnaud en el mando del ejército de Oriente. ↩
Armand-Jacques Leroy de Saint-Arnaud (1798-1854), mariscal de Francia, ministro de la Guerra y comandante en jefe del ejército francés de Oriente; FitzRoy James Henry Somerset, lord Raglan (1788-1855), general en jefe del ejército británico en Oriente. ↩
En julio de 1854 el vapor de guerra ruso Vladímir salió de Sebastopol, apresó y hundió varios mercantes turcos cerca del Bósforo y regresó sin que lo alcanzara la flota aliada. ↩
James Whitley Deans Dundas (1785-1862), almirante británico, jefe de la escuadra del mar Negro. ↩
Charles Napier (1786-1860), almirante británico, jefe de la escuadra del Báltico. ↩
La intervención rusa de 1849 que aplastó la revolución húngara. ↩
El Estatuto Orgánico otorgado por Nicolás I en 1832, tras el levantamiento de 1830-1831, que suprimió la Constitución y el ejército propio del Reino de Polonia. ↩
Fiódor Vasílievich Rüdiger (1784-1856), general ruso; gobernaba el Reino de Polonia en ausencia del virrey Paskévich. ↩
Federico VII (1808-1863), rey de Dinamarca desde 1848. ↩
Óscar I (1799-1859), rey de Suecia y Noruega desde 1844. ↩
Christian Julius de Meza (1792-1865), general danés. ↩
Torero, uno de los jefes populares de las barricadas de Madrid en julio de 1854. ↩
La ley electoral de 1846, de sufragio censitario muy restringido. ↩
El manifiesto de Manzanares, del 7 de julio de 1854, en el que O’Donnell y los generales sublevados prometieron reformas, una nueva ley electoral, la Milicia Nacional y la convocatoria de Cortes. ↩
El Concordato de 1851 con la Santa Sede, que reconocía el catolicismo como única religión del Estado y daba a la Iglesia amplias atribuciones en la enseñanza. ↩