Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 21 de julio de 1854 para el New-York Daily Tribune, que lo publicó en su número 4148, del 4 de agosto de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre (no figura en The Eastern Question, Londres, 1897): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 349-355), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, viernes 21 de julio de 1854
«Ne touchez pas à la Reine» (No toquéis a la reina): así reza una vieja máxima castellana;1 pero la aventurera madame Muñoz2 y su hija Isabel llevan ya demasiado tiempo traspasando los límites incluso de lo que les está permitido a las reinas de Castilla, y han sometido a una prueba demasiado dura la fiel adhesión del pueblo español.
Los pronunciamientos de 1843 duraron tres meses; los de 1854, apenas otras tantas semanas. El ministerio ha caído, el conde de San Luis ha huido, la reina Cristina intenta llegar a la frontera francesa, y en Madrid se han declarado contra el gobierno tanto la tropa como los vecinos.
Los movimientos revolucionarios de España desde principios de siglo ofrecen un cuadro notablemente uniforme: dejando aparte los movimientos en defensa de intereses provinciales y locales que agitan periódicamente las provincias del norte, toda conspiración de palacio va acompañada de levantamientos militares, y estos arrastran cada vez pronunciamientos de las ciudades. Este fenómeno tiene dos causas. En primer lugar, vemos que el Estado en el sentido moderno, a causa de la vida exclusivamente provincial del pueblo, no tiene frente a la corte más encarnación nacional que el ejército. En segundo lugar, la situación particular de España y la guerra de la Independencia3 crearon condiciones en las que las fuerzas vitales de la nación española solo podían reunirse en el ejército. Por eso las únicas manifestaciones nacionales (las de 1812 y 1822) partieron del ejército, y por eso la parte más despierta de la nación se ha acostumbrado a ver en el ejército el instrumento natural de todo levantamiento nacional. Pero durante los turbulentos años de 1830 a 1854 las ciudades españolas aprendieron por experiencia que el ejército, en vez de seguir sirviendo a la causa de la nación, se había convertido en un instrumento con el que los ambiciosos aspirantes a la tutela militar de la corte dirimían sus rivalidades. Por eso el movimiento de 1854 tiene un aspecto muy distinto incluso del de 1843. El pueblo no vio en la émeute4 del general O'Donnell más que una conspiración contra la tendencia dominante en la corte, tanto más cuanto que la apoyaba el antiguo favorito Serrano.5 La ciudad y el campo vacilaron, por tanto, en responder al llamamiento de la caballería de Madrid. Por eso el general O'Donnell se vio obligado a cambiar por completo su forma de proceder para no quedar aislado y arriesgarse al fracaso. Tuvo que incluir en su proclama tres puntos dirigidos todos ellos contra la supremacía del ejército: la convocatoria de las Cortes, un gobierno económico y la formación de una Milicia Nacional; esta última demanda nacía del deseo de las ciudades de recobrar su independencia frente al ejército. Es seguro, por tanto, que el levantamiento militar solo ha obtenido el apoyo de un levantamiento popular porque se plegó a sus exigencias. Queda por ver si se verá obligado a atenerse a ellas y cumplir sus promesas.
Salvo los carlistas, todos los partidos han alzado la voz: progresistas, partidarios de la Constitución de 1837, partidarios de la Constitución de 1812, unionistas (que piden la anexión de Portugal) y republicanos. Las noticias sobre este último partido hay que tomarlas con cautela, porque tienen que pasar primero por la censura de la policía de París. Además de estas luchas de partido, están en pleno despliegue las pretensiones rivales de los militares. En cuanto supo del éxito de O'Donnell, Espartero dejó su refugio de Leganés6 y se declaró jefe del movimiento. Pero en cuanto el César Narváez tuvo noticia de la aparición de su viejo Pompeyo en el campo de batalla, ofreció sus servicios a la reina, que los aceptó, y está formando un nuevo ministerio. Por los detalles que voy a exponer se verá que no en todas partes tomaron la iniciativa los militares, sino que a veces tuvieron que ceder a la presión abrumadora de la población. Además de los pronunciamientos de Valencia, de los que les hablé la última vez, ha habido uno en Alicante. En Andalucía ha habido pronunciamientos en Granada, Sevilla y Jaén. En Castilla la Vieja ha habido un pronunciamiento en Burgos; en León, en Valladolid; en Vizcaya,7 en San Sebastián y Vitoria; en Navarra, en Tolosa, Pamplona y Guipúzcoa; en Aragón, en Zaragoza; en Cataluña, en Barcelona, Tarragona, Lérida y Gerona; se dice que también ha habido un pronunciamiento en las Baleares. Una carta de Cartagena del 12 de julio, según la cual también en Murcia se cuenta con pronunciamientos, dice:
«Por un bando publicado por el gobernador militar de la plaza, se ha ordenado a todos los habitantes de Cartagena que posean fusiles y otras armas que las entreguen a las autoridades civiles en el plazo de 24 horas. A petición del cónsul de Francia, el gobernador ha permitido a los franceses entregar sus armas en el consulado, como en 1848.»
De todos estos pronunciamientos solo cuatro merecen mención especial: los de San Sebastián, en Vizcaya; Barcelona, capital de Cataluña; Zaragoza, capital de Aragón, y Madrid.
En Vizcaya los pronunciamientos partieron de los ayuntamientos; en Aragón, de los militares. El ayuntamiento de San Sebastián se declaró por el alzamiento cuando se hizo oír la demanda de armar al pueblo. En un abrir y cerrar de ojos la ciudad estaba llena de armas. Hasta el día 17 no se logró que se sumaran los dos batallones que formaban la guarnición de la plaza. Consumada la unión entre los vecinos y los militares, 1.000 vecinos armados, acompañados de algunas tropas, se pusieron en camino hacia Pamplona y organizaron el alzamiento de Navarra. La sola presencia de los vecinos armados de San Sebastián facilitó el levantamiento de la capital navarra. El general Zabala8 se sumó entonces al movimiento y fue a Bayona, donde invitó a los soldados y oficiales del regimiento de Córdoba, que se habían refugiado allí tras su última derrota de Zaragoza,9 a volver de inmediato a su país y reunirse con él en San Sebastián. Según unas noticias, se puso luego en marcha hacia Madrid para ponerse a las órdenes de Espartero; según otras, iba camino de Zaragoza para unirse a los insurrectos aragoneses. El general Mazarredo, jefe de las Provincias Vascongadas, que se negó a sumarse al pronunciamiento de Vitoria, se vio obligado a retirarse a Francia. Las tropas a las órdenes del general Zabala se componen de 2 batallones del regimiento de Borbón, un batallón de carabineros y una sección de caballería. Antes de dejar el tema de las Provincias Vascongadas, quiero señalar la circunstancia característica de que el brigadier Barastequi, nombrado gobernador de Guipúzcoa, es uno de los antiguos ayudantes de campo de Espartero.
En Barcelona los militares tomaron, al parecer, la iniciativa, pero, según las noticias que hemos recibido después, la espontaneidad de su actuación resulta muy dudosa. El 13 de julio, a las 7 de la tarde, los soldados acuartelados en San Pablo10 y en el Buen Suceso se sumaron a las manifestaciones del pueblo y se pronunciaron al grito de «¡Viva la reina! ¡Viva la Constitución! ¡Mueran los ministros! ¡Fuera Cristina!». Después de fraternizar con las masas y de recorrer con ellas la Rambla, se detuvieron en la plaza de la Constitución. La caballería acuartelada en la Barceloneta, que llevaba seis días sin poder salir porque inspiraba desconfianza al capitán general, se pronunció a su vez. Desde ese momento toda la guarnición se pasó al lado del pueblo y toda resistencia por parte de las autoridades se hizo imposible. A las 10 el general Marchesi, gobernador militar, dimitió bajo la presión general, y a medianoche el capitán general de Cataluña anunció su decisión de tomar partido por el movimiento. Se dirigió a la sede del ayuntamiento, donde arengó solemnemente al pueblo que llenaba la plaza. El 18 se formó una junta, de la que formaban parte el capitán general y otras personalidades destacadas; su lema era: Constitución, reina y moralidad. Otras noticias de Barcelona dicen que por orden de las nuevas autoridades se fusiló a algunos obreros por haber destruido máquinas y dañado la propiedad, y que fue detenido un comité republicano que se había reunido en una ciudad vecina; pero no hay que olvidar que estas noticias pasan por las manos de la gente del 2 de diciembre,11 cuyo oficio particular es calumniar a republicanos y obreros.
Se dice que en Zaragoza la iniciativa partió de los militares, afirmación que, sin embargo, queda matizada por la observación añadida de que se acordó en el acto la formación de un cuerpo de milicia. Lo que es seguro, y lo confirma incluso la Gaceta de Madrid, es que, tras el pronunciamiento de Zaragoza, 150 soldados del regimiento de caballería de Montesa, que iban de camino hacia Madrid y estaban acantonados en Torrejón (a cinco leguas de Madrid), se sublevaron y desconocieron a sus jefes, que llegaron a Madrid la tarde del 13 con la caja del regimiento. Los soldados, a las órdenes del capitán Baraiban, montaron a caballo y salieron en dirección a Huete, probablemente con la intención de reunirse en Cuenca con las tropas del coronel Buceta. En cuanto a Madrid, contra la que supuestamente marchan Espartero con el «ejército del Centro» y el general Zabala con el ejército del Norte, era muy natural que una ciudad que vive de la corte fuera la última en sumarse al movimiento insurreccional. La Gaceta del 15 de este mes publicaba todavía un boletín del ministro de la Guerra que afirmaba que los amotinados huían y que la entusiasta lealtad de las tropas iba en aumento. El conde de San Luis, que al parecer juzgó muy acertadamente la situación de Madrid, declaró a los obreros que con el general O'Donnell y los anarquistas perderían todos su trabajo, mientras que el gobierno, si vencía, daría trabajo a todos los obreros en obras públicas por 6 reales (75 céntimos) al día. Con esta jugada esperaba San Luis reunir bajo su bandera a la parte más excitable de los habitantes de Madrid. Pero su éxito fue como el del partido del National en París en 1848.12 Los aliados que había ganado de este modo se convirtieron pronto en sus enemigos más peligrosos: los fondos para mantenerlos se agotaron ya al sexto día. Cuánto temía el gobierno un pronunciamiento en la capital lo pone de manifiesto la proclama del general Lara (el gobernador), en la que prohibía difundir cualquier noticia sobre los progresos de la insurrección. Parece además que la táctica del general Blaser se limitaba a evitar todo contacto con los insurrectos para preservar a sus tropas del contagio. Se dice que el general O'Donnell pensaba en un principio enfrentarse a las tropas del gobierno en las llanuras de la Mancha, muy apropiadas para las operaciones de caballería. Pero renunció a ese propósito a raíz de la llegada del antiguo favorito Serrano, que estaba en contacto con algunas de las ciudades más importantes de Andalucía. El ejército constitucional decidió entonces no quedarse en la Mancha, sino marchar sobre Jaén y Sevilla.
En passant,13 señalemos que los boletines del general Blaser se parecen de un modo asombroso a las órdenes del día de los generales españoles del siglo XVI, que tanto divertían a Francisco I, y a las del siglo XVIII, que ridiculizaba Federico el Grande.
Es evidente que esta insurrección española tiene que convertirse en una fuente de discordia entre los gobiernos de Francia e Inglaterra, y la noticia, dada por un periódico francés, de que el general O'Donnell estuvo escondido antes del estallido en el palacio del embajador británico no es la más indicada para disipar los temores de Bonaparte a este respecto. Se dibujan ya ciertos comienzos de desavenencia entre Bonaparte y Victoria: Bonaparte esperaba encontrarse con la reina en el embarque de sus tropas en Calais, pero, sin hacer caso de su deseo, Su Majestad visitó ese mismo día a la ex reina Amelia.14 A esto se añade que los ministros ingleses, interpelados por no haber bloqueado el mar Blanco, el mar Negro y el mar de Azov, alegaron como excusa la alianza con Francia. Bonaparte respondió en el Moniteur proclamando precisamente ese bloqueo, sin esperar el consentimiento formal de Inglaterra. Por último, como el embarque de tropas francesas exclusivamente en buques británicos causaba mal efecto en Francia, Bonaparte publicó además una lista de buques franceses destinados al mismo fin, y se atuvo a ella.
La Puerta ha transmitido a los representantes de las cuatro potencias aliadas una nota sobre el permiso para que los buques mercantes griegos vuelvan a entrar en los puertos turcos. Este permiso estará vigente dos meses, a condición de que el gobierno griego no se haga culpable de ningún acto que justifique su revocación. Si al término de ese plazo el gobierno griego no hubiera pagado a la Puerta las reparaciones adecuadas, esta se reserva el derecho de restablecer el actual statu quo. Los buques griegos que estén en puertos turcos quedarán sometidos a las autoridades locales y no podrán acudir a otras potencias en busca de protección. En esos dos meses se habrá llegado a un acuerdo sobre los principios de un convenio y de un tratado de comercio. La indemnización que reclama la Puerta por las enormes pérdidas sufridas a causa de la insurrección griega15 se fijará por arbitraje, sobre la base del informe de una comisión investigadora, compuesta por franceses, ingleses, turcos y griegos, que se enviará a los lugares afectados.
La Puerta ha concedido oficialmente a Shamil16 el título de generalísimo del ejército de Circasia y Georgia.
En Varna han sido fusilados tres dragomanes al servicio del ejército francés, declarados todos ellos culpables de estar en relación con los rusos. Dos eran griegos y el tercero armenio. Durante la ejecución, uno de ellos se tragó un papel de contenido comprometedor.
De Sibiu17 sabemos, con fecha 16 de este mes, que hasta ahora no ha habido ningún combate cerca de Frătești. Naturalmente, no es verdad que las tropas aliadas hayan llegado a Ruse; todo su objetivo consiste por ahora en contener lo que el Times llama la furia bárbara de los turcos victoriosos.
Karl Marx
En francés en la versión alemana de la MEW. ↩
La reina madre María Cristina, casada en secreto en 1833 con Agustín Fernando Muñoz, guardia de corps, al que luego se hizo duque de Riánsares. ↩
La guerra contra la ocupación napoleónica de 1808-1814. ↩
En francés en el original: «motín». ↩
Francisco Serrano (1810-1885), general, al que se tuvo por amante de la joven Isabel II en 1846-1847. ↩
Así en la MEW. Espartero vivía retirado en Logroño desde su vuelta del destierro. ↩
Vizcaya (Biscay) designa aquí, como era corriente en inglés, al conjunto de las Provincias Vascongadas; San Sebastián y Tolosa están en Guipúzcoa. ↩
Juan de Zavala (1804-1879), general. ↩
El regimiento de Córdoba se había sublevado en Zaragoza en febrero de 1854 y, vencido, había pasado a Francia. ↩
La MEW escribe «San Pueblo». ↩
Los bonapartistas, por el golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851. ↩
Los republicanos moderados agrupados en torno al periódico Le National dirigieron el gobierno provisional de 1848, que creó los talleres nacionales para dar trabajo a los parados; su disolución provocó la insurrección obrera de junio. ↩
En francés en el original: «de pasada». ↩
María Amelia de Borbón-Dos Sicilias (1782-1866), viuda de Luis Felipe, el rey de los franceses destronado en 1848; vivía exiliada en Inglaterra. ↩
La insurrección de los griegos del Epiro y de Tesalia contra el dominio turco, a principios de 1854, apoyada desde el reino de Grecia. ↩
Shamil (1797-1871), imán de Daguestán y Chechenia, jefe de la resistencia de los montañeses del Cáucaso contra Rusia. ↩
Sibiu (Hermannstadt en el original), en Transilvania. ↩