Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 7 de febrero de 1854 para el New-York Daily Tribune, que lo publicó en su número 4008, del 21 de febrero de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 57-63), sin su aparato editorial, cotejada con el texto inglés, abreviado y con resúmenes entre corchetes, de The Eastern Question (Londres, 1897), y, para el pasaje sobre la Brigada Irlandesa, con el texto inglés de Marx and Engels on Ireland (Moscú, 1971) que publica marxists.org, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, martes 7 de febrero de 1854

He sometido a un examen muy cuidadoso los Rights and Privileges of the Greek and Latin Churches,1 como se ha bautizado con mucho tino el Libro Azul del ministerio sobre la cuestión de Oriente, y me propongo dar en breve a sus lectores una visión resumida de ese laberinto diplomático. Por el momento me contentaré con la simple afirmación de que probablemente ningún gobierno de la historia ha legado nunca un monumento mayor de vileza y de estupidez. Recordemos lo que dijo el señor Baillie2 en la Cámara de los Comunes sobre el valor de estos Libros Azules:

«Dan toda la información que se quiera —no información oficial, desde luego—, pero justo la que cabe esperar de un Libro Azul cuidadosamente preparado y que calla todo lo que un gobierno desea callar. Hablo por experiencia» («¡Muy bien, muy bien!» y risas en los bancos del gobierno) «y sé cómo se han preparado para esta Cámara los Libros Azules sobre asuntos exteriores».

Sé muy bien que lord Palmerston, acusado una vez de haber desfigurado los documentos sobre la guerra de Afganistán, suprimido los pasajes más importantes de algunos informes e incluso falsificado otros a su antojo, dio esta sagaz respuesta:

«Si se hubiera hecho algo semejante, ¿qué habría podido impedir a los dos gobiernos de nuestros adversarios que nos sucedieron, uno de los cuales estuvo cinco años en el poder, dar a conocer el hecho y presentar los documentos verdaderos?».

Pero sé igualmente bien que el secreto de esas artimañas de los Libros Azules reside precisamente en el secreto de la alternancia de whigs y tories en el gobierno, un secreto que a cada partido le aconseja, en su propio interés, dejar al adversario la posibilidad de ocupar su puesto antes que arruinar su común «reputación» política y poner así en juego por completo el sistema de las clases dominantes. Y a eso tienen a bien llamar los británicos el funcionamiento de su gloriosa constitución.

Lord Clanricarde3 había anunciado para la sesión de ayer de la Cámara de los Lores que propondría un debate sobre la cuestión de Oriente. En consecuencia, la expectación era grande y la Cámara estaba casi llena. El señor Urquhart, en el Morning Advertiser de ayer, llegaba incluso a designar sin reparos a lord Clanricarde como el futuro jefe del partido nacional, y recordaba que en 1829 había sido el único que se opuso al paso de los Balcanes por los rusos, olvidando sin duda que ese mismo noble marqués, en el importante periodo de 1839-1840, fue embajador de lord Palmerston en la corte de San Petersburgo y su principal instrumento para llegar al tratado separado de 1840 y a la ruptura con Francia.4

El público quedó decididamente decepcionado con los debates, porque el marqués de Clanricarde declaró, según puede verse en las crónicas de los periódicos,

«que, como al parecer todavía había en Viena algo así como negociaciones en curso, lamentaría muchísimo haber provocado un debate que pudiera impedir una conclusión pacífica de esas negociaciones».

Anunció, por tanto, que se proponía presentar dentro de ocho días una moción sobre el mismo asunto. El noble marqués se contentó con preguntar a lord Clarendon5 «si se había recibido ya del emperador de Rusia una respuesta a las propuestas de Viena» y «qué instrucciones se habían dado al embajador británico en San Petersburgo». Lord Clarendon respondió que «esta tarde solo había recibido de Viena un informe oficial sobre el estado de las cosas». El emperador de Rusia había rechazado la nota de Viena y presentado en su lugar un contraproyecto. El 2 del corriente se había reunido la conferencia y había rechazado a su vez el contraproyecto.

«Las nuevas propuestas de Rusia son del todo inaceptables: no se pueden transmitir a Constantinopla, y con eso están despachadas. No tiene motivo para suponer que vayan a celebrarse nuevas negociaciones sobre ellas. Ya no abriga ninguna esperanza de que se mantenga la paz».

A la otra pregunta de lord Clanricarde respondió

«que el barón Brunnow le había visitado el sábado por la tarde en el Ministerio de Asuntos Exteriores y le había entregado una nota en la que declaraba que la respuesta a su pregunta, hecha por orden de su gobierno, no le permitía seguir manteniendo relaciones diplomáticas, y que por tanto se habían roto las relaciones diplomáticas entre Rusia e Inglaterra. El barón Brunnow se había despedido de él el sábado por la tarde, pero entonces era ya demasiado tarde para salir de Londres; suponía, sin embargo, que partiría esta mañana».

El señor Kiseliov, según una comunicación telegráfica, salió ayer de París y se dirigió a Bruselas. Los periódicos oficiales o gubernamentales informan de que la embajada en Londres se disuelve y todos los rusos abandonan Inglaterra. Pero sé por casualidad, de una fuente excelente, que, al contrario, el número de rusos en Inglaterra solo disminuirá en la persona del embajador, y que todo el personnel seguirá en Londres bajo la dirección del primer secretario de la embajada, el señor Berg. Sobre la situación del embajador británico en la corte de San Petersburgo, lord Clarendon declaró

«que, como el barón Brunnow no le había visitado el sábado hasta las seis y media y era necesario ponerse antes en comunicación con el gobierno francés, no había sido posible dar instrucciones en seguida al embajador británico en San Petersburgo, pero que ya se habían puesto de acuerdo sobre esta cuestión con el embajador francés, y sir G. Seymour,6 así como el general de Castelbajac, recibirían mañana instrucciones que los pondrían allí en la misma situación en que se encuentra aquí el embajador ruso, de modo que se romperían las relaciones diplomáticas entre los dos países y Rusia».

Lord John Russell repitió en la Cámara de los Comunes la declaración de lord Clarendon en la de los Lores, y lord Palmerston anunció

«que presentaría un proyecto de ley para refundir las leyes sobre la milicia, en el que se proponía organizar una fuerza de milicia para Escocia y para Irlanda; el periodo de alistamiento dependería de la votación de la Cámara».

El ejército inglés se reforzará sin demora con 11.000 hombres; además se embarcarán inmediatamente 1.500 hombres del servicio de guardacostas para formar con ellos una reserva para las dotaciones de los barcos recién armados. Se ha dictado una orden real que prohíbe exportar a Rusia buques de guerra, pertrechos militares y municiones de cualquier clase. Las autoridades de marina, en un registro de los astilleros privados del Támesis, han embargado dos barcos que se estaban construyendo por encargo ruso. En Copenhague el gobierno británico ha contratado el suministro de carbón para vapores con una potencia total de 11.000 caballos. El almirante sir Charles Napier7 recibirá el mando supremo de la flota del Báltico que se va a formar.

La oficial Wiener Zeitung informa de que

«el gobierno ha recibido noticia de que Rusia ha declarado expresamente a las cuatro potencias que se considera desligada de la promesa de Olmütz de mantenerse a la defensiva en los Principados».8

Sobre el objetivo de la misión del conde Orlov en Viena circulan los rumores más contradictorios, y el más creíble es probablemente el que trae la correspondencia de Berlín del Times de hoy:

«Rusia», escribe el corresponsal, «invita a Austria y a Prusia a concluir un acuerdo de neutralidad válido para todos los casos; les propone dar a su declaración de neutralidad el carácter de una declaración de neutralidad de toda la Confederación Germánica y garantiza a la Confederación su ayuda si alguno de sus miembros es atacado; para el caso de que al terminar la guerra hayan de hacerse cambios territoriales, se compromete a no firmar la paz sin tener debidamente en cuenta los intereses de las potencias alemanas en esos cambios territoriales. En esta propuesta de acuerdo de neutralidad se hace referencia expresa a los principios y disposiciones de la Santa Alianza de 1815».

En cuanto a la decisión que probablemente tomarán al respecto Austria y Prusia, solo puedo repetir la convicción que ya he expresado: Austria, mientras se le permita, intentará por todos los medios mantenerse en su posición neutral, y en el momento oportuno se declarará por Rusia. Prusia, en cambio, probablemente volverá a dejar pasar el momento adecuado para abandonar su neutralidad y acabará preparándose ella misma la suerte de un nuevo Jena.9

Sabemos por Constantinopla que la flota combinada ha vuelto a su fondeadero de Beicos, a pesar de la siguiente orden que se le transmitió en nombre de los embajadores por medio del Samson:

«Los embajadores están sorprendidos de la repentina decisión de los almirantes, especialmente en el momento presente, cuando una flotilla turca de vapores está a punto de zarpar con municiones y otros suministros para el ejército de Anatolia. Las órdenes del gobierno francés y del británico hablaban en debida forma y con precisión» (lo hacían, en efecto, pero no las órdenes originales a los almirantes, sino solo estas que acaban de recibirse) «de la protección que ha de darse al pabellón otomano y a su territorio, y se encarece de nuevo a ambos almirantes la más exacta observancia de esas instrucciones, que se les han dado en la forma debida. Al parecer, los almirantes opinan que las medidas que se les han encomendado pueden ejecutarse lo mismo si las fuerzas a sus órdenes están en Beicos que en Sinope» (otros podrían suponer en este caso que esas instrucciones también pueden cumplirse si las flotas se quedan tranquilamente en Malta o en Tolón). «Este asunto depende por completo de su criterio, y sobre ellos recae la responsabilidad».

La flota rusa, como se sabe, está en Kaffa,10 cerca del estrecho de Kerch, desde donde la distancia hasta Batum es solo la tercera parte de la que hay de Batum a Beicos. ¿Estarán los almirantes en condiciones de impedir un Sinope en Batum «lo mismo si están en Beicos que en otra parte»?

Recordarán ustedes que el zar, en su primera declaración, acusaba al sultán de reunir bajo su bandera la escoria revolucionaria de toda Europa. Pues bien, mientras lord Stratford de Redcliffe declara a lord Dudley Stuart11 que no puede apoyarle en la organización de una legión de voluntarios con cualquier parte de esa escoria, ha sido precisamente el zar el primero en formar una tropa revolucionaria, la llamada legión greco-eslava, con el propósito directo de empujar a la rebelión a los súbditos del sultán. Esta tropa se forma en Valaquia y cuenta ya, según los partes rusos, con más de 3.000 hombres, a los que no se pagará, como a los propios valacos, con bons à perpétuité:12 a los coroneles se les prometen 5 ducados diarios, a los comandantes 3, a los capitanes 2, a los oficiales subalternos un ducado y a los soldados 2 zwanzigers;13 las armas las pondrá Rusia.

Entretanto, los armamentos de Francia ya no parecen querer quedarse solo en el papel. Como saben ustedes, se ha llamado a las reservas de 1851 y en los últimos días se han transportado enormes pertrechos militares de Arras a Metz y a Estrasburgo. El general Pélissier14 ha ido a Argelia con orden de escoger los diversos cuerpos para la expedición a Constantinopla, adonde ya se han dirigido sir J. Burgoyne15 y el coronel Ardant para preparar los alojamientos.

El rumor del movimiento de un gran ejército mandado por Omer Bajá necesita todavía confirmación, aunque difícilmente podría emprenderse semejante empresa en un momento más favorable, puesto que, como se sabe, los rusos se han concentrado en Craiova, entre Bucarest y Kalafat.

De la actividad del Parlamento británico, a la que queremos volver ahora, no hay naturalmente mucho que mencionar, salvo la presentación de un proyecto de ley para admitir buques extranjeros en el comercio de cabotaje, propuesta que no ha encontrado la menor protesta. Las protestas tienen que haber caído decididamente en desuso, porque no pueden oponer la menor resistencia al avance universal del moderno principio comercial: comprar todo lo que se necesita en el mercado más barato. Hasta qué punto la tripulación más barata es apta para proteger la vida y los bienes lo ha mostrado hace poco la catástrofe del Tayleur.16

El señor I. Butt17 anunció en la sesión de ayer de la Cámara de los Comunes

«que mañana presentaría la moción de que el secretario leyera desde la mesa de la Cámara un artículo publicado en el Times de hoy y las anteriores declaraciones del Freeman's Journal de Dublín, en las que se acusaba a los miembros» (irlandeses) «de la Cámara de traficar con cargos por dinero. Propondría también que se nombrara una comisión especial para investigar las afirmaciones de esos periódicos».

Por qué el señor Butt solo se indigna de que ese tráfico se haga por dinero lo entenderán quienes recuerden que en la pasada legislatura se estableció la legalidad de cualquier otra forma de tráfico. Desde 1830, Downing Street está a merced de la Brigada Irlandesa. Fueron los diputados irlandeses quienes designaron a su antojo a los ministros y los mantuvieron en el cargo. En 1834 echaron del gabinete a sir J. Graham y a lord Stanley. En 1835 obligaron a Guillermo IV a despedir al ministerio Peel y a restablecer el gobierno de Melbourne. Desde las elecciones generales de 1837 hasta las de 1841, los votos de la Brigada Irlandesa, aunque en la Cámara de los Comunes había una mayoría británica contraria a ese gobierno, fueron lo bastante fuertes para inclinar la balanza y mantenerlo en el cargo. Fue de nuevo la Brigada Irlandesa la que instaló al gabinete de coalición. Con todo su poder para hacer gabinetes, la Brigada no ha impedido nunca ninguna infamia contra su propio país ni ninguna injusticia contra el pueblo inglés. El periodo de su mayor poder fue la época de O'Connell, de 1834 a 1841. ¿En interés de quién se empleó? La agitación irlandesa nunca fue más que un griterío a favor de los whigs contra los tories para arrancar cargos a los whigs. Será de esta opinión cualquiera que sepa algo del llamado contrato de Lichfield House,18 aquel contrato por el que O'Connell votaría por los whigs —aunque se le concedía también el derecho de declararse contra ellos— a condición de que pudiera nombrar a sus propios funcionarios en Irlanda. Es hora de que la Brigada Irlandesa abandone sus aires patrióticos. Es hora de que el pueblo irlandés abandone su odio mudo contra los ingleses y pida cuentas a sus propios representantes por sus faltas.

La Society of Arts and Tricks19 ha intentado hace poco escamotear el Parlamento obrero con una maniobra con la que se pretendía «arbitrar» la lucha que reina entre los capitalistas y los obreros de Inglaterra. Un noble lord presidió la reunión convocada, y se había invitado a representantes de las dos partes a discutir sus quejas al estilo de las sesiones del Palacio de Luxemburgo bajo el señor Louis Blanc.20 Contra esa farsa protestó el señor Ernest Jones21 en nombre de la clase obrera, y el viejo Robert Owen22 dijo a los ilustrados caballeros que ningún arbitraje, ningún invento, ninguna argucia podría salvar jamás el abismo que separa a las dos grandes clases fundamentales en este como en cualquier otro país. Es superfluo añadir que la reunión se disolvió entre grandes risas. Los cartistas de Londres y los delegados de provincias celebraron al día siguiente un mitin en el que se aprobó por unanimidad la propuesta del Parlamento obrero y se fijó su apertura para el 11 de marzo en Manchester.

Karl Marx

  1. «Derechos y privilegios de las Iglesias griega y latina», título de la correspondencia diplomática sobre la cuestión de Oriente presentada al Parlamento a comienzos de 1854. ↩

  2. Henry James Baillie, diputado tory. ↩

  3. Ulick John de Burgh, marqués de Clanricarde (1802-1874), político whig, embajador en San Petersburgo de 1838 a 1841. ↩

  4. El convenio de Londres del 15 de julio de 1840, firmado por Inglaterra, Rusia, Austria y Prusia con Turquía, sin Francia, contra Mehmet Alí de Egipto, al que Francia apoyaba. ↩

  5. George William Frederick Villiers, conde de Clarendon (1800-1870), ministro británico de Asuntos Exteriores. ↩

  6. Sir George Hamilton Seymour (1797-1880), embajador británico en San Petersburgo. ↩

  7. Sir Charles Napier (1786-1860), almirante británico. ↩

  8. En la entrevista de Olmütz (septiembre de 1853) entre Nicolás I y Francisco José. ↩

  9. En Jena y Auerstedt Napoleón destrozó el ejército prusiano el 14 de octubre de 1806. ↩

  10. Hoy Feodosia, en Crimea. El estrecho de Kerch, Jenikale en el original. ↩

  11. Lord Dudley Coutts Stuart (1803-1854), diputado whig, amigo de la emigración polaca. ↩

  12. En francés en el original: «bonos a perpetuidad», es decir, con papel que nunca se pagaría. ↩

  13. Moneda austriaca de plata de veinte kreuzer. ↩

  14. Aimable Pélissier (1794-1864), general francés destinado en Argelia, más tarde comandante en jefe en Crimea. ↩

  15. Sir John Fox Burgoyne (1782-1871), general británico de ingenieros. ↩

  16. El clíper Tayleur, con emigrantes para Australia, naufragó en la costa de Irlanda el 21 de enero de 1854; murieron más de trescientas personas. ↩

  17. Isaac Butt (1813-1879), abogado y diputado irlandés. ↩

  18. El acuerdo de febrero de 1835, negociado en la casa londinense de lord Lichfield, por el que O'Connell apoyaría a los whigs en la Cámara de los Comunes a cambio de concesiones para Irlanda. ↩

  19. Juego de palabras con el nombre de la Society of Arts («Sociedad de las Artes»): tricks, «trucos». ↩

  20. La Comisión del Luxemburgo, que bajo la presidencia de Louis Blanc reunió en París, en marzo-mayo de 1848, a delegados de obreros y patronos. ↩

  21. Ernest Jones (1819-1869), dirigente cartista, director del People's Paper. ↩

  22. Robert Owen (1771-1858), socialista utópico. ↩