Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 21 de marzo de 1854 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4045, del 5 de abril de 1854. Traducido del original inglés según The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 284-297), cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10, Berlín, 1961, pp. 140-151), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW y el de la edición de 1897. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Londres, 21 de marzo de 1854

Un acontecimiento importantísimo es la publicación forzosa, por los ministros, de su correspondencia secreta con el emperador de Rusia durante los tres primeros meses de su gobierno, así como del memorándum de la entrevista entre el zar y lord Aberdeen en 1844, que el Journal de St.-Pétersbourg había desafiado a este último a presentar.1

Empiezo por un análisis del memorándum del conde Nesselrode,2 entregado al gobierno de Su Majestad y fundado en comunicaciones del emperador de Rusia posteriores a su visita a Inglaterra en junio de 1844. El statu quo actual del Imperio otomano es «el más compatible con el interés general del mantenimiento de la paz». Inglaterra y Rusia están de acuerdo en este principio, y por eso unen sus esfuerzos para mantener ese statu quo. «Con este fin, lo esencial es dejar a la Puerta vivir en reposo, sin inquietarla inútilmente con querellas diplomáticas y sin intervenir, salvo absoluta necesidad, en sus asuntos internos». Ahora bien, ¿cómo ha de llevarse a la práctica con éxito este «sistema de miramientos»? En primer lugar, con que Gran Bretaña no se oponga a la interpretación que a Rusia le parezca bien dar a sus tratados con la Puerta, sino que, por el contrario, obligue a esta a obrar conforme a esos tratados tal como los interpreta Rusia; y en segundo lugar, con que permita a Rusia inmiscuirse «constantemente» entre el sultán y sus súbditos cristianos. En una palabra, el sistema de miramientos con la Puerta significa un sistema de complicidad con Rusia. Esta extraña proposición, sin embargo, está muy lejos de expresarse en términos crudos.

El memorándum aparenta hablar de «todas las grandes potencias», pero al mismo tiempo da a entender claramente que no existen más grandes potencias que Rusia e Inglaterra. De Francia se dice que «se verá obligada a obrar conforme al rumbo acordado entre San Petersburgo y Londres». A Austria se la presenta como un mero apéndice de Rusia, sin vida propia, sin política propia, salvo una «estrechamente unida por el principio de perfecta identidad» con la de Rusia. A Prusia se la trata como una nulidad que no merece mención, y por consiguiente ni siquiera se la menciona. Todas las grandes potencias no son, pues, más que una figura retórica para designar a los dos gabinetes de San Petersburgo y de Londres; y la línea de conducta que han de acordar todas las grandes potencias significa la línea de conducta trazada en San Petersburgo para ejecutarse en Londres. El memorándum dice:

«La Puerta tiene una tendencia constante a librarse de los compromisos que le imponen los tratados que ha concluido con otras potencias. Espera hacerlo impunemente, porque cuenta con los celos mutuos de los gabinetes. Piensa que, si falta a sus compromisos con uno de ellos, los demás abrazarán su causa y la pondrán a cubierto de toda responsabilidad.

»Es esencial no confirmar a la Puerta en este engaño. Cada vez que falte a sus obligaciones con una de las grandes potencias, interesa a todas las demás hacerle sentir su error y exhortarla seriamente a obrar con justicia respecto al gabinete que pide una reparación justa.

»En cuanto la Puerta vea que no la apoyan los demás gabinetes, cederá, y las diferencias surgidas se arreglarán de modo conciliatorio sin que de ellas resulte conflicto alguno».

Esta es la fórmula con la que se llama a Inglaterra a ayudar a Rusia en su política de arrancar nuevas concesiones a Turquía con el pretexto de sus antiguos tratados.

«En el actual estado de la opinión en Europa, los gabinetes no pueden ver con indiferencia a las poblaciones cristianas de Turquía expuestas a actos flagrantes de opresión o de intolerancia religiosa. Es preciso hacer sentir constantemente esta verdad a los ministros otomanos y persuadirlos de que solo pueden contar con la amistad y el apoyo de las grandes potencias a condición de tratar a los súbditos cristianos de la Puerta con tolerancia y con dulzura.

»Será deber de los representantes extranjeros, guiados por estos principios, obrar entre sí con un perfecto espíritu de acuerdo. Si dirigen reconvenciones a la Puerta, estas deberán tener un carácter real de unanimidad, aunque despojado del de un dictado exclusivo».

De esta manera suave se enseña a Inglaterra a respaldar las pretensiones de Rusia a un protectorado religioso sobre los cristianos de Turquía.

Sentadas así las premisas de su «política de miramientos», Rusia no puede ocultar a su confidente que estos mismos miramientos pueden resultar más funestos que cualquier política de agresión y contribuir terriblemente a desarrollar todos los «elementos de disolución» que encierra el Imperio otomano; de modo que una buena mañana «circunstancias imprevistas pueden precipitar su caída, sin que esté en poder de los gabinetes amigos impedirlo». Se plantea entonces la cuestión de qué habría que hacer en el caso de que tales circunstancias imprevistas produjeran una catástrofe final en Turquía.

Lo único que hace falta, se dice, en caso de que la caída de Turquía se vuelva inminente, es que Inglaterra y Rusia «se pongan previamente de acuerdo antes de pasar a la acción». «Esta idea», nos asegura el memorándum, «se acordó en principio durante la última estancia del emperador en Londres» [en las largas conferencias del autócrata, por una parte, con el duque de Wellington, sir Robert Peel y el conde de Aberdeen, por otra].3 «El resultado fue el compromiso eventual de que, si en Turquía ocurría algo imprevisto, Rusia e Inglaterra se concertarían previamente sobre el rumbo que debieran seguir en común».

Ahora bien, ¿qué significa este compromiso eventual? En primer lugar, que Rusia e Inglaterra debían ponerse de acuerdo de antemano sobre el reparto de Turquía; y en segundo lugar, que en tal caso Inglaterra había de obligarse a formar una Santa Alianza con Rusia y con Austria, descrita como el alter ego de Rusia, contra Francia, que se vería «obligada», es decir, forzada, a obrar conforme a sus miras. El resultado natural de semejante acuerdo sería envolver a Inglaterra en una guerra a muerte con Francia y dar así a Rusia mano libre para llevar a cabo su propia política en Turquía.

Una y otra vez se insiste en las «circunstancias imprevistas» que pueden acelerar el hundimiento de Turquía. Al final del memorándum, sin embargo, la misteriosa expresión desaparece y la sustituye una formulación más clara: «Si prevemos que el Imperio otomano ha de desmoronarse, Inglaterra y Rusia tienen que entrar en un concierto previo, etc.». La única circunstancia imprevista era, pues, la imprevista declaración por parte de Rusia de que el Imperio otomano tenía que desmoronarse ya. Lo principal que se gana con el compromiso eventual es la libertad que se concede a Rusia de prever, en un momento dado, el súbito hundimiento de Turquía y de obligar a Inglaterra a entrar en negociaciones partiendo del común entendimiento de que esa catástrofe está a la vuelta de la esquina.

En consecuencia, unos diez años después de redactado el memorándum, se avisa debidamente a Inglaterra de que la vitalidad del Imperio otomano se ha extinguido y de que ahora tienen que pasar a su concierto acordado de antemano, con exclusión de Francia; es decir, conspirar a espaldas de Turquía y de Francia. Esta propuesta abre la serie de papeles secretos y confidenciales intercambiados entre San Petersburgo y el gabinete de coalición.

Sir G. H. Seymour,4 el embajador británico en San Petersburgo, envía su primer despacho secreto y confidencial a lord J. Russell,5 entonces ministro de Asuntos Exteriores, el 11 de enero de 1853. La noche del 9 de enero había tenido el «honor» de ver al emperador en el palacio de la gran duquesa Elena,6 que se había dignado invitar a lady Seymour y a él para que se encontraran con la familia imperial. El emperador se le acercó del modo más afable, expresándole su gran satisfacción por la noticia de la formación del gabinete de coalición, al que deseaba larga vida, encargando al embajador que transmitiera de su parte su enhorabuena al viejo Aberdeen y que metiera en la cabeza de lord John Russell «que era muy esencial que los dos gobiernos —el gobierno inglés y yo, y yo y el gobierno inglés— estuviéramos en los mejores términos, y que la necesidad de ello nunca había sido mayor que ahora».

Nótese que estas palabras se pronunciaron en enero de 1853, justamente cuando Austria, «entre la cual y Rusia» —según el memorándum— «existe una completa conformidad de principios respecto a los asuntos de Turquía», andaba abiertamente revolviendo las aguas en Montenegro.7

«Cuando nosotros estamos de acuerdo», dijo el zar, «poco importa lo que los demás piensen o hagan. Turquía», prosiguió, en tono hipócrita de condolencia, «está en un estado muy crítico y puede darnos a todos muchísimos quebraderos de cabeza». Dicho esto, el zar se dispuso a estrechar muy afablemente la mano a sir H. Seymour, como si fuera a despedirse de él; pero sir Hamilton, a quien «se le ocurrió al instante que la conversación había quedado incompleta», se tomó «la gran libertad» de rogar humildemente al autócrata que hablara «un poco más explícitamente acerca de los asuntos de Turquía». «Las palabras y la actitud del emperador», comenta nuestro observador, «aunque todavía muy amables, mostraron que Su Majestad no tenía intención de hablarme de la demostración que se dispone a hacer en el sur».

Cabe señalar que ya en su despacho del 7 de enero de 1853 sir Hamilton había informado al gobierno británico de que «se habían enviado órdenes al 5.º cuerpo de ejército de avanzar hasta las fronteras de las provincias del Danubio, y de que se ordenaría al 4.º cuerpo que se tuviera listo para marchar si fuera necesario»; y en un despacho fechado el 8 de enero de 1853, de que Nesselrode le había expresado su opinión sobre la «necesidad de que la diplomacia de Rusia se viera respaldada por una demostración de fuerza».

«El emperador», prosigue sir Hamilton en su despacho, «dijo, al principio con alguna vacilación, pero, a medida que hablaba, de un modo abierto y sin vacilar:

»“Los asuntos de Turquía están en un estado muy desorganizado; el propio país parece caerse a pedazos (menace ruine); la caída será una gran desgracia, y es muy importante que Inglaterra y Rusia lleguen a un entendimiento perfecto sobre estos asuntos y que ninguna de las dos dé un paso decisivo sin que la otra esté informada.

»“¡Espere!”, exclamó; “tenemos en los brazos a un enfermo, a un hombre muy enfermo; será, se lo digo con franqueza, una gran desgracia que uno de estos días se nos escape, sobre todo antes de que se hayan tomado todas las disposiciones necesarias. Pero, en fin, no es este el momento de hablarle a usted de ese asunto”».

A los ojos de este oso, el paciente está tan débil que tiene que comérselo. Sir Hamilton, algo asustado por este diagnóstico «imprevisto» del médico moscovita, responde con el más genuino espíritu de cortesía:

«Vuestra Majestad es tan benévolo que me permitirá una observación más. Vuestra Majestad dice que el hombre está enfermo; es muy cierto; pero Vuestra Majestad se dignará excusarme si observo que es propio del generoso y del fuerte tratar con dulzura al enfermo y al débil».

El embajador británico se consuela con la idea de que esta coincidencia por su parte con el parecer del zar sobre Turquía y la enfermedad, y su llamamiento a la indulgencia con el hombre enfermo, «al menos no ofendieron». Así termina el informe de sir H. Seymour sobre su primera conversación confidencial con el zar; pero, aunque en este vis-à-vis se muestra como un perfecto cortesano, tiene el suficiente buen sentido para advertir a su gabinete y decirle lo que sigue:

«Toda propuesta de este tipo solo tiende a plantear un dilema. El dilema parece ser este: si el gobierno de Su Majestad no llega a un entendimiento con Rusia sobre lo que haya de ocurrir en caso de un súbito hundimiento de Turquía, tendrá tanto menos motivo para quejarse si se preparan resultados desagradables para Inglaterra. Si, por el contrario, el gobierno de Su Majestad entra a considerar tales eventualidades, se hace en cierto modo parte consentidora de una catástrofe que tiene tanto interés en evitar el mayor tiempo posible».

Sir Hamilton remata su despacho con la siguiente frase epigramática:

«En suma, probablemente se trata de esto: Inglaterra ha de desear un estrecho concierto con Rusia con miras a impedir el hundimiento de Turquía, mientras que a Rusia le complacería que el concierto se aplicara a los acontecimientos que han de seguir a ese hundimiento».

El 14 de enero, según informa sir G. H. Seymour a lord J. Russell en su despacho fechado el 22 de enero de 1853, tuvo otra entrevista confidencial con el zar, al que «encontró solo». El autócrata se dignó dar al embajador inglés una lección sobre los asuntos de Oriente. Los sueños y planes de la emperatriz Catalina II eran conocidos, pero él no se entregaba a ellos. Al contrario, en su opinión solo existía quizá un peligro para Rusia: el de una nueva extensión de sus dominios, ya demasiado vastos. (Sus lectores recordarán que aludí a esto al extractar un pasaje de los despachos del conde Pozzo di Borgo.)8 El statu quo de Turquía era el más acorde con los intereses rusos. Por una parte, los turcos habían perdido su espíritu de empresa militar; y por otra, «este país era bastante fuerte, o lo había sido hasta ahora, para conservar su independencia y hacerse tratar con respeto por otros países». Pero en aquel imperio daba la casualidad de que había varios millones de cristianos de los que él tenía que cuidar, por dura e «incómoda» que fuera la tarea. A ello le obligaban a la vez su derecho, su deber y su religión. Luego, de repente, el zar volvió a su parábola del hombre enfermo, del hombre muy enfermo, al que de ningún modo debían dejar «morírseles de repente en los brazos» (de leur échapper). «El caos, la confusión y la certeza de una guerra europea han de acompañar a la catástrofe si esta se produjera inesperadamente y antes de que se haya bosquejado algún plan ulterior».

Tras anunciar así de nuevo la muerte inminente del Imperio otomano, siguió el requerimiento a Inglaterra, conforme al «compromiso eventual», de descontar la herencia en común con Rusia. Con todo, evita bosquejar su propio «sistema ulterior» y se contenta con establecer, a la manera parlamentaria, el punto principal que habrá que tener presente en caso de reparto:

«Deseo hablarle a usted como amigo y como gentleman. Si Inglaterra y yo llegamos a entendernos en este asunto, lo demás me importa poco; me es indiferente lo que hagan o piensen los otros. Así pues, con franqueza, le digo a usted claramente que, si Inglaterra piensa establecerse un día de estos en Constantinopla, no lo permitiré. No le atribuyo a usted esa intención, pero en estas ocasiones es mejor hablar claro; por mi parte, estoy igualmente dispuesto a contraer el compromiso de no establecerme allí, como propietario, se entiende, porque como ocupante no digo nada; podría ocurrir que las circunstancias, si no se tomara ninguna disposición previa, si todo se dejara al azar, me pusieran en situación de ocupar Constantinopla».

A Inglaterra, por tanto, se le prohibirá establecerse en Constantinopla. El zar sí lo hará, si no como propietario, al menos en calidad de ocupante temporal. El embajador británico dio las gracias a Su Majestad por la franqueza de esta declaración. Nicolás aludió luego a su antigua conversación con el duque de Wellington, de la que el memorándum de 1844 es el acta y, por así decir, el resumen. Al pasar a la cuestión del día —a sus reclamaciones sobre los Santos Lugares—,9 el embajador británico expresó sus temores:

«Cabía prever dos consecuencias de la aparición de un ejército ruso: una, la contramanifestación que podría provocar por parte de Francia; la otra, y más grave, el levantamiento de la población cristiana contra la autoridad del sultán, ya tan debilitada por las revueltas y por una grave crisis financiera. El emperador me aseguró que hasta entonces no se había producido ningún movimiento de sus fuerzas (n’ont pas bougé) y expresó su esperanza de que no hiciera falta ningún avance. Respecto a una expedición francesa a los dominios del sultán, Su Majestad dio a entender que semejante paso llevaría las cosas a una crisis inmediata; que el sentimiento del honor le obligaría a enviar sus fuerzas a Turquía sin demora ni vacilación; que si el resultado de ese avance resultaba ser el derrocamiento del Gran Turco (le Grand Turc), lamentaría el suceso, pero sentiría que había obrado como se veía obligado a obrar».

El zar ha dado ahora a Inglaterra el tema que tiene que desarrollar, a saber: bosquejar un «sistema ulterior» para sustituir al Imperio otomano y «entrar en un concierto previo sobre todo lo relativo al establecimiento de un nuevo orden de cosas destinado a reemplazar al que ahora existe». Animó a su alumno poniéndole ante los ojos el premio que podía ganar con una solución feliz del problema, y lo despidió con este consejo paternal:

«La civilización del siglo XIX obtendría un noble triunfo si el vacío que dejara la extinción del dominio mahometano en Europa pudiera llenarse sin interrupción de la paz general, gracias a las precauciones adoptadas por los dos principales gobiernos, los más interesados en los destinos de Turquía».

Requerida así Inglaterra, aparece lord J. Russell y envía su respuesta en un despacho secreto y confidencial fechado el 9 de febrero de 1853. Si lord John se hubiera dado plena cuenta del pérfido plan del zar de empujar a Inglaterra a una posición falsa por el mero hecho de entrar en comunicaciones secretas con él sobre el futuro reparto de un Estado aliado, habría obrado como el zar y se habría contentado con dar una respuesta verbal al barón Brunnow,10 en lugar de despachar a San Petersburgo un documento oficial de Estado. Antes de que los papeles secretos se presentaran a la Cámara, The Times había descrito el despacho de lord John como un enérgico «rechazo indignado» de las propuestas del zar. En su número de ayer retira su propio elogio de lord John y declara que «el documento no merece la alabanza que, con información incompleta, se le llevó a tributarle». Lord John se atrajo la cólera de The Times por haber declarado, en la sesión del viernes de los Comunes, que ciertamente no tenía la costumbre de hacer comunicaciones a ese periódico, y que ni siquiera había leído el artículo que aludía a su respuesta a sir G. H. Seymour hasta tres días después de su publicación.

Quien conozca el tono humilde y abyecto que desde 1814 ha adoptado todo ministro inglés en sus comunicaciones con Rusia, sin exceptuar siquiera a Canning,11 tendrá que reconocer que el despacho de lord John ha de considerarse una hazaña heroica por parte de ese pequeño gusano de la tierra.

Como el documento tiene el carácter de una importante contribución a la historia y es apropiado para ilustrar el desarrollo de las negociaciones, sus lectores se alegrarán de conocerlo in extenso:

«LORD JOHN RUSSELL A SIR G. H. SEYMOUR.

(Secreto y confidencial.)

Foreign Office, 9 de febrero de 1853.

Señor:

He recibido, y puesto en conocimiento de la reina, su despacho secreto y confidencial del 22 de enero. Su Majestad, en esta como en anteriores ocasiones, se complace en reconocer la moderación, la franqueza y la disposición amistosa de Su Majestad Imperial. Su Majestad me ha ordenado responder con el mismo espíritu de discusión mesurada, sincera y amistosa. La cuestión que plantea Su Majestad Imperial es muy seria. Se trata de saber si, suponiendo probable o incluso inminente la eventualidad de la disolución del Imperio turco, no es mejor tomar disposiciones de antemano para esa eventualidad que exponerse al caos, a la confusión y a la certeza de una guerra europea, cosas todas que han de acompañar a la catástrofe si esta se produjera inesperadamente y antes de que se haya bosquejado algún sistema ulterior; este es el punto, dijo Su Majestad Imperial, sobre el que deseo que llame usted la atención de su gobierno. Al considerar esta grave cuestión, la primera reflexión que se le ocurre al gobierno de Su Majestad es que no se ha producido ninguna crisis real que haga necesaria una solución de este vasto problema europeo. Han surgido disputas sobre los Santos Lugares, pero estas quedan fuera de la esfera del gobierno interior de Turquía y conciernen más a Rusia y a Francia que a la Sublime Puerta. El ataque turco contra Montenegro ha causado cierta perturbación en las relaciones entre Austria y la Puerta; pero esto, a su vez, se refiere más a peligros que afectan a la frontera de Austria que a la autoridad y la seguridad del sultán; de modo que no hay motivo suficiente para insinuar al sultán que no puede mantener la paz en su casa ni conservar relaciones amistosas con sus vecinos. Se le ocurre además al gobierno de Su Majestad observar que el acontecimiento que se contempla no tiene fecha fija. Cuando Guillermo III y Luis XIV dispusieron, por tratado, de la sucesión de Carlos II de España,12 proveían para un acontecimiento que no podía estar lejano. Los achaques del soberano de España y el fin seguro de toda vida humana hacían a la vez segura y próxima la eventualidad prevista. La muerte del rey de España no se precipitó en modo alguno por el tratado de reparto. Lo mismo puede decirse de la disposición tomada el siglo pasado sobre el destino de Toscana a la muerte del último príncipe de la casa de Médici.13 Pero la eventualidad de la disolución del Imperio otomano es de otra clase. Puede ocurrir dentro de veinte, de cincuenta o de cien años. En estas circunstancias, difícilmente sería compatible con los sentimientos amistosos hacia el sultán que animan al emperador de Rusia, no menos que a la reina de Gran Bretaña, disponer de antemano de las provincias que están bajo su dominio. Además de esta consideración, sin embargo, hay que observar que un acuerdo hecho en tal caso tiende muy seguramente a acelerar la eventualidad para la que se pretende proveer. Austria y Francia no podrían, en justicia, quedar en la ignorancia de la transacción, ni tal ocultación sería compatible con el fin de impedir una guerra europea. De hecho, Su Majestad Imperial no puede pretender semejante ocultación. Hay que inferir que, en cuanto Gran Bretaña y Rusia se hubieran puesto de acuerdo sobre el rumbo que seguir y hubieran decidido imponerlo, comunicarían sus intenciones a las grandes potencias de Europa. Un acuerdo hecho y comunicado así no seguiría mucho tiempo en secreto; y mientras alarmaría y enajenaría al sultán, el conocimiento de su existencia estimularía a todos sus enemigos a una violencia mayor y a una lucha más obstinada. Combatirían con la convicción de que al final habían de triunfar, mientras que los generales y las tropas del sultán sentirían que ningún éxito inmediato podría salvar su causa de la derrota final. Así se produciría y se reforzaría la anarquía misma que ahora se teme, y la previsión de los amigos del paciente resultaría la causa de su muerte. El gobierno de Su Majestad apenas necesita extenderse sobre los peligros que acompañarían la ejecución de cualquier convenio semejante. El ejemplo de la guerra de Sucesión basta para mostrar cuán poco se respetan tales acuerdos cuando una tentación apremiante incita a violarlos. La posición del emperador de Rusia como depositario, pero no propietario, de Constantinopla estaría expuesta a riesgos sin número, tanto por la ambición largamente acariciada de su propia nación como por los celos de Europa. El propietario final, quienquiera que fuese, difícilmente se daría por satisfecho con la actitud inerte y supina de los herederos de Mehmet II.14 Una gran influencia en los asuntos de Europa parece pertenecer naturalmente al soberano de Constantinopla, que tiene en sus manos las puertas del Mediterráneo y del mar Negro. Esa influencia podría usarse en favor de Rusia; podría usarse para refrenar y controlar su poder. Su Majestad Imperial ha dicho con justicia y sabiduría: mi país es tan vasto, tan felizmente situado en todos los aspectos, que sería poco razonable por mi parte desear más territorio o más poder del que poseo. Al contrario, observó, nuestro gran peligro, quizá el único, es el que nacería de una extensión dada a un imperio ya demasiado grande. Un Estado vigoroso y ambicioso que reemplazara a la Sublime Puerta podría, sin embargo, hacer de la guerra por parte de Rusia una necesidad para el emperador o para sus sucesores. Así nacería un conflicto europeo de los mismos medios empleados para impedirlo; porque ni Inglaterra ni Francia, ni probablemente Austria, se contentarían con ver Constantinopla permanentemente en manos de Rusia. Por parte de Gran Bretaña, el gobierno de Su Majestad declara desde ahora que renuncia a toda intención o deseo de poseer Constantinopla. Su Majestad Imperial puede estar completamente tranquilo en este punto. Está igualmente dispuesto a dar la seguridad de que no entrará en ningún acuerdo para proveer a la eventualidad de la caída de Turquía sin comunicación previa con el emperador de Rusia. En suma, pues, el gobierno de Su Majestad está persuadido de que no puede adoptarse una política más sabia, más desinteresada y más beneficiosa para Europa que la que Su Majestad Imperial ha seguido durante tanto tiempo, y que hará su nombre más ilustre que el de los más famosos soberanos que han buscado la inmortalidad con conquistas no provocadas y una gloria efímera. Con vistas al éxito de esta política, es deseable que se guarden los mayores miramientos con Turquía; que las demandas que las grandes potencias de Europa tengan que hacer se hagan objeto de negociación amistosa más que de exigencia perentoria; que se eviten en lo posible las demostraciones militares y navales para coaccionar al sultán; que las diferencias sobre asuntos que afecten a Turquía y sean de la competencia de la Sublime Puerta se resuelvan tras un concierto mutuo entre las grandes potencias, y no se impongan a la debilidad del gobierno turco. A estas cautelas desea añadir el gobierno de Su Majestad que, en su opinión, es esencial aconsejar al sultán que trate a sus súbditos cristianos conforme a los principios de equidad y de libertad religiosa que prevalecen en general entre las naciones ilustradas de Europa. Cuanto más adopte el gobierno turco las reglas de una ley imparcial y de una administración igual para todos, tanto menos necesario le resultará al emperador de Rusia aplicar esa protección excepcional que Su Majestad Imperial ha encontrado tan gravosa e incómoda, aunque sin duda prescrita por el deber y sancionada por los tratados.

Puede usted leer este despacho al conde Nesselrode y, si se desea, entregar usted mismo una copia en manos del emperador. En ese caso acompañará su presentación con las seguridades de amistad y de confianza por parte de Su Majestad la reina que la conducta de Su Majestad Imperial estaba tan segura de inspirar.

Soy, etc.,

J. Russell».

Me veo obligado a aplazar la conclusión de este análisis a mi próxima carta. Antes de terminar, sin embargo, les daré, además de comunicaciones anteriores, las noticias más recientes que he obtenido, de una fuente que de otro modo no es accesible al público, sobre la actitud y los planes de Prusia.

Cuando el conflicto entre Rusia, por una parte, y la alianza anglo-francesa, por otra, había llegado ya a cierto punto culminante, el emperador Nicolás envió una carta autógrafa a su cuñado de Berlín,15 en la que decía que, aunque Inglaterra y Francia pudieran causarle algún daño en el mar, nada temía de ellas en tierra, pues tenía 600.000 soldados listos para entrar en campaña a finales de abril. De ellos pondría 200.000 a disposición de Federico Guillermo si este se comprometía a marchar sobre París y destronar a Luis Napoleón. El imbécil rey se dejó engatusar hasta tal punto por la proposición que a Manteuffel16 le costó tres días de discusión disuadirlo de aceptar el compromiso. Hasta aquí, el rey.

En cuanto al propio señor von Manteuffel, el «gran carácter» del que tan orgullosas están las clases medias prusianas, el hombre entero está a la vista, como en una cáscara de nuez, en sus instrucciones secretas enviadas a Bunsen,17 su embajador en Londres, en la misma época en que se recibió la susodicha carta rusa, y que llegaron a mi poder, aunque desde luego de manera distinta de aquella con que Bunsen se apoderó de mis cartas privadas. El contenido de estas instrucciones, que en la redomada ambigüedad de su estilo delata a la vez al maestro de escuela y al sargento instructor, es más o menos el siguiente: «Fíjese bien de qué lado sopla el viento. Si observa que Inglaterra está en alianza seria con Francia y decidida a llevar adelante la guerra, sitúese en el terreno de la “integridad e independencia” de Turquía. Si la observa vacilante en su política y poco inclinada a la guerra, saque su lanza y rómpala alegremente por el honor y la reputación del rey, mi señor y el suyo».

¿Se equivoca, pues, el autócrata al tratar a Prusia como una nulidad?

  1. Los despachos de Seymour desde San Petersburgo de enero a abril de 1853, las respuestas del Foreign Office y el memorándum de Nesselrode de 1844 se presentaron al Parlamento en marzo de 1854, después de que el Journal de St.-Pétersbourg, órgano oficioso del gobierno ruso, aludiera a ellos. Lord Aberdeen era ministro de Asuntos Exteriores en 1844 y primer ministro del gabinete de coalición desde diciembre de 1852. ↩

  2. Karl Robert Nesselrode (1780-1862), ministro de Asuntos Exteriores ruso de 1816 a 1856. El memorándum resumía las conversaciones que Nicolás I mantuvo en Londres durante su visita de junio de 1844. ↩

  3. El corchete es de Marx. Arthur Wellesley, duque de Wellington (1769-1852), y sir Robert Peel (1788-1850), primer ministro tory en 1841-1846. ↩

  4. Sir George Hamilton Seymour (1797-1880), embajador británico en San Petersburgo de 1851 a 1854. ↩

  5. John Russell (1792-1878), dirigente whig, primer ministro en 1846-1852; ministro de Asuntos Exteriores de diciembre de 1852 a febrero de 1853 en el gabinete de Aberdeen. ↩

  6. La gran duquesa Elena Pávlovna (1806-1873), cuñada de Nicolás I. ↩

  7. A comienzos de 1853 Austria envió al conde Leiningen a Constantinopla para exigir a la Puerta que retirara de Montenegro las tropas de Omer Bajá; la Puerta cedió en febrero. ↩

  8. En la crónica del 24 de febrero de 1854, publicada en el Tribune el 13 de marzo: «Los debates parlamentarios del 22 de febrero — El despacho de Pozzo di Borgo — La política de las potencias occidentales». Carlo Andrea Pozzo di Borgo (1764-1842) fue embajador ruso en París y luego en Londres. ↩

  9. La disputa entre católicos latinos y ortodoxos griegos por la custodia de los Santos Lugares de Palestina, en la que Francia apoyaba a los primeros y Rusia a los segundos, fue el pretexto inmediato de la cuestión de Oriente de 1853. ↩

  10. Philipp Brunnow (1797-1875), embajador ruso en Londres de 1840 a 1854. ↩

  11. George Canning (1770-1827), ministro de Asuntos Exteriores en 1807-1809 y 1822-1827 y primer ministro en 1827. ↩

  12. En los tratados de reparto de 1698 y 1700, Guillermo III de Inglaterra y Luis XIV de Francia dispusieron de los dominios de Carlos II de España, que no tenía hijos; a la muerte de Carlos (1700) siguió la guerra de Sucesión española (1701-1714), a la que se alude más adelante. ↩

  13. La sucesión de Toscana, cuyo último gran duque de la casa de Médici, Juan Gastón, murió en 1737, la decidieron de antemano las grandes potencias en los tratados de 1718 y 1735; recayó en Francisco Esteban de Lorena. ↩

  14. Mehmet II (1432-1481), el sultán que tomó Constantinopla en 1453. ↩

  15. Federico Guillermo IV, rey de Prusia de 1840 a 1861, hermano de la emperatriz Alejandra, esposa de Nicolás I. ↩

  16. Otto von Manteuffel (1805-1882), presidente del gobierno y ministro de Asuntos Exteriores de Prusia de 1850 a 1858. ↩

  17. Christian Karl Josias von Bunsen (1791-1860), diplomático prusiano, embajador en Londres de 1842 a 1854. ↩