Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 25 de julio de 1854 para el New-York Daily Tribune, que lo publicó en su número 4150, del 7 de agosto de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 356-363), sin su aparato editorial, cotejada con el texto inglés de The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 431-437), que lo titula «Another War Debate» y resume entre corchetes la mayor parte de los extractos de los discursos, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, martes 25 de julio de 1854

En la sesión del viernes pasado por la noche de la Cámara de los Comunes, lord John Russell1 comunicó, en respuesta a una pregunta del señor Disraeli,2 que Su Majestad se había dignado disponer el envío de un mensaje a la Cámara, en virtud del cual proponía presentar el lunes un proyecto de crédito de 3.000.000 de libras esterlinas. No haría falta comisión de presupuestos.3 A la pregunta del señor Disraeli de si este año habría una sesión de otoño, lord John no respondió. En consecuencia, el crédito fue aprobado sin votación en la sesión de ayer de ambas Cámaras.

Al presentar el proyecto en la Cámara de los Lores, lord Aberdeen4 pronunció el discurso más corto, más seco y más vulgar con que nos haya obsequiado desde que ocupa la presidencia del gobierno. Tenía que pedir tres millones, y estaba seguro de que sus señorías no pondrían objeción alguna. Podían tener opiniones distintas, pero todos tenían que estar de acuerdo sobre «la necesidad de tomar todas las medidas más adecuadas para llevar la guerra a un final rápido y victorioso». Este fin había de lograrse sobre todo «mediante los esfuerzos eficaces y enérgicos de Inglaterra y Francia, con la cooperación de las demás potencias». No dijo si se refería a los esfuerzos que habían de hacerse en la guerra o a los que habían de emprenderse en negociaciones, y ni siquiera excluyó a Rusia de las «demás potencias» con las que Inglaterra y Francia tienen que cooperar. Ante la próxima suspensión de las sesiones del Parlamento, había tanto más motivo para proveer de dinero al gobierno. Posiblemente algunos de los nobles lores preferirían confiar el dinero a otras manos que las suyas, pero tales deseos extraños no debían estorbar el asunto. Y el asunto, el más urgente ahora, era conceder tres millones de libras. El conde de Ellenborough,5 que posee el don particular de no hablar nunca de la cuestión, «consideró que esta era la mejor ocasión para recomendar al gobierno la más estricta economía en todos los departamentos que no tienen relación con la guerra».

El conde de Hardwicke opinó que en el Báltico había una fuerza naval muy grande dispuesta para cualquier eventualidad, otra semejante en el mar Negro y el mayor ejército que jamás haya salido de este país. No sabía qué pensaba hacer el gobierno con ellos, y por eso apelaba a todos los nobles lores para que concedieran el crédito que se les pedía.

El conde Fitzwilliam, un whig fuera del gobierno, protestó contra el hecho de que «se llamara a este país el más gravado de Europa; habría que llamarlo el país en el que el pueblo soporta los impuestos con más facilidad que en ninguna otra parte de la familia de pueblos europeos». Si el noble lord hubiera hablado de los lores en vez de hablar del pueblo, habría tenido razón. «En cuanto al discurso de su noble amigo que está a la cabeza del gobierno», jamás se había pronunciado en semejante ocasión uno «del que con más razón pudiera decirse que apenas había transmitido una idea nueva a la Cámara»; el noble lord debía de conocer mejor que nadie las necesidades de la Cámara en materia de ideas. El conde Fitzwilliam deseaba saber de lord Aberdeen quiénes eran «las demás potencias» en cuya cooperación tanto empeño ponía. ¿Austria, quizá? Temía que esa potencia los indujera a considerar ciertas cuestiones insignificantes, como la evacuación de los Principados y la libre navegación del Danubio, como justificación suficiente para concluir la paz. (Temor ridículo, ya que seguramente nadie convencerá a lord Aberdeen de que exija tanto.) Quería saber también qué había que entender por la integridad de Turquía: ¿lo que entendía por ella el tratado de Adrianópolis6 o alguna otra cosa? Para terminar, observó que se encontraban en una situación muy extraña, puesto que el Parlamento no tenía el menor conocimiento de las intenciones del gobierno. En consecuencia, votaría a favor del crédito.

El marqués de Clanricarde,7 cuyo humor empeora con cada día que lo aleja más del cargo, pidió, en reconocimiento de la generosidad sin igual con que había tratado hasta entonces al ministerio, al menos una explicación: una explicación sobre los progresos logrados y el rumbo seguido desde que se pidieron los últimos fondos. Deseaba saber algo del estado y las perspectivas de la guerra y de la posición del país respecto a sus aliados. Había habido éxitos por parte de los turcos, pero no por parte del gobierno británico ni de las armas británicas, lo que, sin embargo, no le impedía elogiar el valor de los marinos del Báltico y del mar Negro. En cuanto a las relaciones con sus aliados, fijaría un día para pedir que se presentara el tratado recién concluido entre Turquía y Austria y otros documentos que pudieran aclarar la situación actual.

«Según rumores muy extendidos, por la presión y la persuasión del gobierno británico, el Diván y los ministros turcos, muy poco inclinados a ello, han concluido hace poco un convenio con Austria según el cual las tropas austriacas entrarán en las provincias del Danubio y ocuparán una parte del Imperio turco.»

¿Cómo era posible que Austria, en la hora del peligro, en vez de entrar en escena, se hubiera retraído y hubiera abierto nuevas negociaciones? Deseaba saber también si la conferencia de Viena seguiría reunida y sobre qué deliberaba. En conjunto, confiaban demasiado en las potencias alemanas.

Para demostrar que Austria «tenía que» ser el mejor aliado posible, lord Clarendon8 mostró cómo Rusia la tiene cercada y amenaza sus territorios por todas partes. El tratado austro-turco no podía haberse presentado a la Cámara porque hasta ahora no se había recibido ningún ejemplar ratificado. Creía poder asegurarles que no estaba lejos el momento en que Austria colaboraría con Inglaterra; pero «no respondía de nada». Sus señorías, sin embargo, podían sacar las conclusiones más halagüeñas del carácter general de Austria y de su propia gestión del Ministerio de Asuntos Exteriores. Lord Clarendon, convicto ya dos veces de las mentiras más desvergonzadas, espera ahora, naturalmente, que se dé fe ciega a su seguridad

«de que no se pretende volver al statu quo ni hay intención de contentarse con una paz remendada, que no podría ser más que una tregua sin valor y haría inevitable la vuelta a la guerra».

Tras esta brillante exhibición de su elevada cultura, los lores pasaron, como es natural, al problema de la educación nacional, y aquí nos despedimos de ellos.

Mientras se discutía en la Cámara de los Lores, la de los Comunes se ocupaba de algunas cuestiones insignificantes, hasta que le llegó el discurso de lord Aberdeen, que causó «una impresión desagradable». Lord John Russell sintió en el acto la necesidad de producir la impresión contraria.

Cuando se iba a pedir la primera suma extraordinaria, el gobierno hizo zarpar la «magnífica» flota del Báltico; para la segunda tuvo que servir el famoso bombardeo de Odesa;9 ahora la consigna elegida era Sebastopol.

Lord John empezó por certificar el espíritu «patriótico» de la Cámara, que tan generosamente había dado su apoyo a los primeros créditos, y le agradeció que hasta ahora se hubiera abstenido con tanta comprensión de hacer al gobierno preguntas incómodas. Gracias a ello se habían logrado cosas grandes, muy grandes, es decir, se había conseguido un número muy grande de barcos y de hombres. De vapores de primera, segunda y tercera clase tenían ahora 17, frente a uno solo el 1 de enero de 1853; de navíos de línea de vela, 17 frente a 11, y una fuerza naval de 57.200 hombres frente a 33.910. En las costas turcas habían reunido también una fuerza de más de 30.000 soldados, «gran parte de la cual estaba hace poco en Varna». Hasta aquí el material de guerra. De las operaciones de guerra podía decirse que

«acababan de empezar, y todo lo que él podía decir era que el ejército turco había hecho proezas. Nadie diría ya que bastaba un papirotazo del zar de Rusia para derribar todo el Imperio otomano. Además de las hazañas de los turcos, la gloria de esta guerra estaba en la perfecta unión y armonía entre los ejércitos francés e inglés».

Pero, en cuanto a la suma que pedía, no podía decirles para qué se necesitaba el dinero en concreto. Unos dos millones podían irse en intendencia, artillería y transportes; además, podría agregarse al ejército británico un cuerpo considerable de tropas turcas, que recibiría la paga del gobierno británico. En conjunto, no pedía el dinero sobre la base de presupuestos detallados, sino para que el gobierno lo empleara «como considere necesario».

El noble lord dijo que Austria tenía en proteger a Turquía un interés aún mayor que Francia e Inglaterra. En cuanto el zar dominara los Principados y ejerciera una influencia preponderante en Turquía, tendría al gobierno austriaco completamente en su poder. Pero para juzgar con justicia a Austria había que tener en cuenta las dificultades que la acosaban. Por más de un lado los ejércitos rusos podían acercarse a poca distancia de la capital austriaca, y, por otra parte, en algunos de los reinos sometidos a Austria reinaba tal agitación que sería peligroso para ella entrar en hostilidades. Por eso su política había consistido en intentar el mayor tiempo posible resolver estas cuestiones mediante negociaciones. Pero hacía poco había enviado al emperador de Rusia un mensaje cuya respuesta no podía calificarse de evasiva.

«En primer lugar, Rusia no se muestra dispuesta a fijar un plazo para la evacuación de los Principados. Asegura que ahora que se ha declarado la guerra, que Inglaterra y Francia están metidas en ella y son superiores a Rusia en el mar Negro y en el Báltico, mientras su flota no sale de los puertos, solo le quedan el teatro de la guerra en los Principados y la navegación del Danubio, donde Rusia puede esperar restablecer el equilibrio y obtener una victoria con el éxito de sus armas. Por tanto, en estas condiciones, rechaza la evacuación de los Principados.»

Rusia estaba dispuesta a aceptar los principios contenidos en el protocolo del 9 de abril, salvo el punto sobre la admisión de Turquía en el sistema de Estados europeo.10 En cuanto a la actitud futura de Austria, lord John opina, por un lado, que Austria se equivoca en su política actual, pero, por otro, no podía creer que Austria no cumpliera los compromisos contraídos. Por esos compromisos con las potencias occidentales y con Turquía, Austria estaba obligada a participar en los esfuerzos por hacer retroceder a Rusia. Era posible que intentara de nuevo obtener de San Petersburgo mejores garantías. Ellos no tenían, naturalmente, ningún control sobre los consejos del gobierno de Austria, y Austria, por su parte, no tenía ningún control sobre el rey de Prusia. Por consiguiente, todas las potencias estaban en la situación más favorable para oponerse juntas a Rusia.

Lord John pasó entonces a una exposición extensa y entusiasta de lo que ellos, Inglaterra y Francia, se proponían hacer. La integridad de Turquía no era compatible con una vuelta al statu quo en los Principados.

Dijo:

«Pero la posición de Rusia amenaza también de otro modo la independencia y la integridad de Turquía. Me refiero a la construcción de una gran fortaleza, equipada conforme a todas las reglas del arte, tan inexpugnable como permite el arte de la fortificación, con una flota muy grande de navíos de línea en su puerto, lista en todo momento para entrar en el Bósforo con viento favorable. Creo que esta es para Turquía una posición tan amenazadora que no puede considerarse razonable ningún tratado de paz que deje al emperador de Rusia en esa posición amenazadora.» (Grandes aplausos.) «Estamos dispuestos, como lo hemos estado hasta ahora, a entendernos sobre esta cuestión con el gobierno de Francia, y tengo todos los motivos para suponer que las opiniones del gobierno del emperador de los franceses coinciden a este respecto con las nuestras.» (Aplausos.)

Sobre la propuesta del señor Disraeli de una sesión de otoño, lord John declaró que «se negaba a aceptar de los miembros de esta Cámara restricciones a la libertad de los ministros».

Sería tan aburrido como superfluo reproducir las opiniones de los Hume, Bankes, Knight, Alcock e tutti quanti11 sobre la cuestión.

El señor Cobden,12 que dio crédito a las palabras de lord John y creyó que este había convertido la Cámara en un consejo de guerra, se esforzó con mucho celo en demostrar por qué no había que tomar en ningún caso Sebastopol y Crimea. Un punto más interesante lo tocó al preguntar si Inglaterra estaba aliada con los gobiernos contra las nacionalidades. Reinaba en el pueblo un gran error al creer que la guerra se hacía en interés de las nacionalidades oprimidas. Al contrario, se hacía con el fin de apretar aún más las cadenas que sujetaban a Hungría e Italia al poder de Austria. En la Cámara había caballeros honorables y engañados que

«se quejaban de que el gobierno no llevara la guerra como debía, de que tendría que haber otro hombre al frente del departamento de la Guerra; a veces habían dicho incluso que al frente del gobierno. Habían pedido a lord Palmerston. Todo esto se había hecho en interés de Hungría y de los italianos. Él había oído de boca de dos de los mayores jefes de Hungría y de Italia13 que estaban muy lejos de poner sus expectativas y esperanzas en ese noble lord; sabían que, aunque el noble lord tuviera ocasión de darles apoyo moral, no movería un dedo por ellos. Si había en este momento en el gobierno actual un miembro en quien esos jefes estuvieran menos dispuestos a confiar que en ningún otro, ese era aquel noble lord. No creía que el noble lord fuera consciente del gran engaño que se practicaba en su nombre, pero el engaño, por fortuna, se había descubierto.»

El señor Layard14 y lord Dudley Stuart15 se limitaron a repetir sus viejos discursos, con la diferencia de que la convicción de lord Dudley en el poder mágico del nombre de «Palmerston» era «más fuerte que nunca».

Le estaba reservado al señor Disraeli hacer estallar de un solo soplo toda la pompa de jabón del discurso de lord John. Después de justificar brevemente su propuesta de una sesión de otoño aludiendo a Sinope16 y a otras proezas ocurridas durante las últimas vacaciones de otoño, confesó que el anuncio de la inminente destrucción de Sebastopol y de la conquista de Crimea lo había sorprendido, desconcertado e inquietado. Lord John manifestó aquí su desacuerdo, pero no se levantó. El señor Disraeli, sin embargo, sentándose a su vez, obligó a lord John a dar una explicación. Con voz humilde y confusa, este dio por fin un paso al frente:

«Puedo decir igualmente que lo que dije significaba que, en mi opinión, no debía permitirse a Rusia mantener por más tiempo la posición amenazadora que ha adoptado al estacionar una flota tan grande en Sebastopol.»

Tras arrancar esta confesión a lord John, el señor Disraeli pronunció uno de los discursos más mordaces y sarcásticos que constan en actas, que bien valdría la pena leer in extenso [se reproduce por extenso más abajo, en la sección de noticias de Gran Bretaña],17 y que termina con estas palabras:

«Verdaderamente, después de lo que hemos oído, parece muy injusto hacer, como a veces se hace, una distinción tan penosa entre la política de lord Aberdeen y la de algunos de sus colegas. No soy admirador ni partidario de lord Aberdeen, pero tampoco soy admirador de la política parlamentaria que absuelve a unos miembros de un gabinete a costa de sus colegas. Después de la explicación que el noble lord que se sienta frente a mí ha dado de lo que cree haber dicho, no me parece que su política hacia Rusia se distinga esencialmente de la de lord Aberdeen, y eso es, por lo demás, una cierta satisfacción para el pueblo inglés. No tenemos, por tanto, un gabinete dividido, y la legislatura termina al fin con la unanimidad de los ministros en esta cuestión. En hacer la guerra por objetivos pequeños y en que los grandes fines de la política den resultados mezquinos e insignificantes, parece reinar la unanimidad en el gobierno de coalición.»

Las bromas de lord Palmerston no sirvieron de nada. Después del discurso del señor Disraeli, y después de que varios miembros se levantaran a protestar de que el primer discurso de lord John los había engañado por completo, se votaron, es cierto, los fondos pedidos, pero solo con la condición de que el debate se reanudara esta noche, y lord Dudley Stuart anunció al mismo tiempo su intención de presentar un mensaje a la reina

«para rogarle que se digne no suspender las sesiones del Parlamento hasta que esté en condiciones de dar a la Cámara información más precisa sobre las relaciones existentes con las potencias extranjeras y sobre sus puntos de vista y perspectivas en la lucha en que Su Majestad se halla empeñada».

Karl Marx

  1. John Russell (1792-1878), jefe whig, presidente del Consejo privado en el gabinete de coalición de Aberdeen y portavoz del gobierno en la Cámara de los Comunes. ↩

  2. Benjamin Disraeli (1804-1881), jefe de los tories en la Cámara de los Comunes. ↩

  3. En el texto inglés de 1897: «Committee of Ways and Means», la comisión de toda la Cámara que votaba los recursos. ↩

  4. George Hamilton-Gordon, conde de Aberdeen (1784-1860), peelita, primer ministro del gabinete de coalición de whigs y peelitas (1852-1855). ↩

  5. Edward Law, conde de Ellenborough (1790-1871), tory, antiguo gobernador general de la India. ↩

  6. El tratado de Adrianópolis (Edirne), de 1829, que puso fin a la guerra ruso-turca de 1828-1829. ↩

  7. Ulick John de Burgh, marqués de Clanricarde (1802-1874), whig, ministro en el gabinete de Russell de 1846-1852. ↩

  8. George Villiers, conde de Clarendon (1800-1870), whig, ministro de Asuntos Exteriores. ↩

  9. La flota anglofrancesa bombardeó Odesa el 22 de abril de 1854. ↩

  10. El texto inglés de 1897 dice «the European Concert», el concierto europeo. ↩

  11. En italiano en el original: «y todos los demás». Joseph Hume (1777-1855) era el veterano de los diputados radicales. ↩

  12. Richard Cobden (1804-1865), fabricante de Manchester, jefe del librecambio y del pacifismo radical. ↩

  13. Según el texto inglés de 1897, Kossuth y Mazzini. ↩

  14. Austen Henry Layard (1817-1894), arqueólogo y diputado liberal, crítico de la dirección de la guerra. ↩

  15. Dudley Coutts Stuart (1803-1854), diputado whig, defensor de los emigrados polacos y partidario de Palmerston. ↩

  16. El 30 de noviembre de 1853 la flota rusa del mar Negro destruyó una escuadra turca en el puerto de Sinope. ↩

  17. Nota de la redacción del Tribune, que publicó el discurso en el mismo número. ↩