Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 24 de febrero de 1854 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4025, del 13 de marzo de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 94-102), sin su aparato editorial, cotejada con el texto inglés, abreviado y con resúmenes entre corchetes, de The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 261-270), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, viernes 24 de febrero de 1854

La prensa se ha visto agitada por muchas habladurías ociosas sobre los «preparativos bélicos» y las probables «empresas» de Kossuth.1 Ahora bien, sé por casualidad, por un oficial polaco que sale para Constantinopla y que consultó al exgobernador sobre el camino que debía seguir, que Kossuth le disuadió de dejar Londres y que no se mostró en absoluto favorable a la participación de oficiales húngaros y polacos en la actual guerra turca, porque tendrían que alistarse bajo la bandera de Czartoryski2 o renegar de su fe cristiana: lo uno contradiría su política, y lo otro sus principios.

La impresión que causó la magistral denuncia de la política del ministerio por Disraeli3 fue tan profunda que, para disimularla, el gabinete de todos los talentos4 juzgó oportuno intentar a posteriori una pequeña comedia, arreglada entre los ministros y el señor Hume5 y representada en la sesión matinal del miércoles de la Cámara de los Comunes. Lord Palmerston había cerrado su floja réplica a la alternativa epigramática de Disraeli —«credulidad» morbosa o «connivencia» traidora— apelando de los partidos al juicio imparcial del país, y el señor Hume fue el elegido para responder en nombre del país, igual que Snug, el carpintero, fue el elegido para hacer el papel del león en «la cruelísima muerte de Píramo y Tisbe».6 El señor Hume ha pasado toda su vida parlamentaria haciendo una oposición amable, presentando enmiendas para retirarlas después; en efecto, formando la llamada oposición independiente, la retaguardia de todo ministerio whig, que acude infaliblemente en su ayuda en caso de peligro si sus propios partidarios inscritos dan señales de vacilación. Es el gran «apagavelas» parlamentario par excellence. No solo es el diputado más antiguo, sino también un diputado independiente; y no solo un diputado independiente, sino también un radical; y no solo un radical, sino también el pedante y bien conocido cancerbero de la bolsa pública, cuya misión es dejar que desaparezcan libras sin que nadie lo note mientras arma pleito por la más mínima fracción de un penique. Por primera vez en su vida parlamentaria, como el propio señor Hume subrayó, se levantaba no para condenar los presupuestos del Estado, sino para darles su aprobación. Este acontecimiento extraordinario era, como no dejó de observar, la prueba más indiscutible de que el ministerio, tras las calumnias inmerecidas de los partidos, no había apelado en vano al sano juicio del país y quedaba solemnemente absuelto de la acusación de credulidad y de connivencia. Sus argumentos fueron característicos. Para salvar a los ministros de la alternativa de la credulidad o la connivencia, demostró la credulidad de los ministros en sus negociaciones con Rusia. Había comprendido, pues, el verdadero sentido de la apelación de lord Palmerston. Todo lo que el ministerio pedía era que se le absolviera de la acusación de traición deliberada. Y en cuanto a la credulidad, ¿no había declarado ya el excelente sir James Graham que «un espíritu generoso difícilmente se resuelve a sospechar»? Como la guerra que amenazaba se debía a los propios desaciertos diplomáticos del ministerio, era sin duda su propia guerra, y por eso ellos eran, según pensaba el señor Hume, los más indicados de todos para dirigirla con acierto. En opinión del señor Hume, la relativa pequeñez del presupuesto de guerra propuesto es la prueba más convincente de la extensión de la guerra que se pretende. Lord Palmerston, naturalmente, agradeció al señor Hume el veredicto que había pronunciado en nombre del pueblo, y en recompensa regaló a los oyentes con su propia doctrina sobre los documentos de Estado, que según él no deben presentarse nunca a la Cámara y al país antes de que las cosas estén tan enredadas que su publicación resulte del todo inútil. Esta fue toda la sabiduría a posteriori que la coalición, tras madura reflexión, pudo ofrecer. A su jefe, lord Palmerston, le tocó no solo atenuar la impresión del discurso de su adversario, sino también quitar su efecto a su propia teatral apelación de la Cámara al pueblo.

El martes por la noche el señor Horsfall, representante de Liverpool, hizo la pregunta:

«¿Impedirán eficazmente los tratados con naciones extranjeras, o las medidas que el gobierno de Su Majestad se propone tomar en caso de guerra, que se armen en puertos neutrales buques corsarios para atacar a los barcos británicos?».

La respuesta de lord Palmerston fue:

«El honorable caballero y la Cámara debían comprender que esta era una pregunta a la que en el estado actual de las cosas no podía darse ninguna respuesta aclaratoria».

El Morning Post, el Moniteur privado de Palmerston,7 comenta esta respuesta de su amo:

«El noble lord no habría podido dar otra respuesta (sepa lo que sepa el gobierno sobre el asunto) sin entrar en una discusión de las cuestiones más delicadas y difíciles, que quizá en este momento sean objeto de negociaciones. Pero si se quiere llevarlas a un resultado satisfactorio, habría que dejarlas al sentido natural de la justicia de las potencias, que no desean resucitar en esta época civilizada un sistema de piratería legal».

Por una parte, el órgano de lord Palmerston declara que las «cuestiones difíciles» son objeto de negociaciones pendientes; por otra, que hay que dejarlas al «sentido natural de la justicia» de las potencias interesadas. Si el tan celebrado tratado de neutralidad entre Dinamarca y Suecia8 no lo dictó el gabinete de San Petersburgo, contendrá por supuesto la prohibición de armar corsarios en sus puertos. Pero en realidad toda la cuestión solo puede referirse a los Estados Unidos de América, puesto que el Báltico va a ser ocupado por navíos de línea ingleses, y Holanda, Bélgica, España, Portugal y los puertos italianos del Mediterráneo están por completo en manos inglesas y francesas. ¿Qué papel, pues, según el gabinete de San Petersburgo, han de desempeñar los Estados Unidos en caso de que la guerra turca desemboque en una guerra entre Inglaterra y Rusia? Podemos responder auténticamente a esta pregunta con un despacho que Pozzo di Borgo dirigió al conde Nesselrode en el otoño de 1825.9 Rusia había decidido entonces invadir Turquía. Como ahora, también entonces quería empezar con una ocupación pacífica de los Principados.

«Suponiendo que se adopte este plan», dice Pozzo di Borgo, «sería necesario entrar en explicaciones con la Puerta en el tono más mesurado y asegurarle que, si no quiere lanzarse a una guerra, el emperador está dispuesto a resolver estas diferencias de manera conciliatoria».

Tras enumerar todos los pasos que habría que dar, Pozzo di Borgo prosigue:

«Sería aconsejable comunicar todos estos actos a los Estados Unidos de América, como prueba de la deferencia del gabinete imperial y del valor que concede a ilustrar la opinión pública americana y quizá incluso a obtener su aprobación».

En caso de que Inglaterra se uniera a Turquía y hiciera la guerra a Rusia, observa Pozzo di Borgo,

«bloquearía» (Inglaterra) «nuestros puertos y ejercería así sus pretendidos derechos marítimos contra los neutrales. ¡Eso no lo tolerarían los Estados Unidos! De ahí surgirían violentas disensiones y situaciones peligrosas».

Como, según observa con razón el historiador ruso Karamzín,10 «en nuestra» (la de Rusia) «política exterior nada cambia», tenemos derecho a suponer que Rusia, en el momento actual o quizá ya desde febrero de 1853, «ha comunicado todos sus actos a los Estados Unidos» y ha hecho cuanto ha podido para engatusar al gabinete de Washington a fin de que adopte una actitud al menos neutral. Al mismo tiempo, en caso de guerra con Inglaterra, funda sus esperanzas en eventuales querellas sobre los «derechos marítimos de los neutrales», que provocarían «violentas disensiones y situaciones peligrosas» y enredarían a los Estados Unidos en una alianza más o menos declarada con San Petersburgo.

Ya que estoy citando el despacho más importante de Pozzo di Borgo, puedo citar también el pasaje sobre Austria, que, después de los acontecimientos ocurridos desde 1825 en Galitzia, Italia y Hungría, no ha perdido sin duda nada de actualidad.

«Nuestra política», dice Pozzo, «manda que mostremos a este Estado un semblante temible y le hagamos creer con nuestros preparativos que, si emprende algo contra nosotros, estallará sobre él la tormenta más furiosa que jamás haya conocido. O bien el príncipe Metternich declara a los turcos que nuestra entrada en los Principados es un paso provocado por ellos mismos, o bien se arroja sobre otras provincias del Imperio otomano que le convengan más. En el primer caso estaremos de acuerdo; en el segundo nos pondremos de acuerdo. Lo único que tendríamos que temer sería una declaración abierta contra nosotros. Si el príncipe Metternich es prudente, evitará la guerra; si es violento, será castigado. Frente a un ministerio que se ve en semejante situación, un gabinete como el nuestro encontrará llegado el caso mil caminos para acabar con las dificultades».

El discurso de agitación de lord John,11 el gran redoble de tambor sobre el honor inglés, la escenificación de una gran indignación moral ante la perfidia rusa, la visión de las baterías flotantes de Inglaterra desfilando a lo largo de las murallas de Sebastopol y de Kronstadt, el estruendo de las armas y el jactancioso embarque de tropas: todas estas circunstancias dramáticas extravían por completo a la opinión pública y le nublan la vista de tal modo que ya no es capaz de ver más que sus propias quimeras. ¿Puede haber mayor engaño de uno mismo que creer que este ministerio, tras las revelaciones de los Libros Azules,12 se ha transformado de pronto, no solo en un ministerio belicoso, sino en uno capaz de hacer a Rusia otra guerra que no sea una guerra simulada o una guerra que favorezca precisamente los intereses del enemigo contra el que en apariencia se hace? Examinemos las circunstancias en que se hacen los preparativos de guerra.

No se hace ninguna declaración formal de guerra a Rusia. El ministerio no puede confesar el verdadero objeto de la guerra. Se embarcan tropas sin indicar con precisión su destino. Los créditos pedidos son demasiado pequeños para una gran guerra y demasiado grandes para una pequeña. La coalición, que se ha hecho famosa por su ingenio para inventar excusas por no cumplir sus promesas más solemnes y razones para aplazar las reformas más urgentes, se siente de pronto obligada al cumplimiento más escrupuloso de compromisos contraídos a la ligera y complica esta grave crisis sorprendiendo al país con un nuevo proyecto de reforma electoral13 que a los reformistas más celosos les parece inoportuno, puesto que no lo impone ninguna presión de fuera y es acogido por todas partes con la mayor indiferencia y con desconfianza. ¿Qué otro puede ser, pues, su plan sino desviar la atención pública de su política exterior planteando una cuestión de abrumador interés interior?

Los esfuerzos por engañar al público sobre la posición de Inglaterra respecto a otros Estados son bastante transparentes. Con Francia no se ha concluido todavía ningún tratado vinculante, sino que se lo ha sustituido por un «canje de notas». Pues bien, ya en 1839 se canjearon notas así con el gabinete de Luis Felipe, según las cuales las flotas aliadas debían entrar en los Dardanelos e impedir a Rusia inmiscuirse, sola o junto con otras potencias, en los asuntos de Oriente; y todos sabemos lo que salió de aquel canje de notas: una Santa Alianza contra Francia y el tratado de los Dardanelos.14 Lo sincera y seria que es la alianza anglo-francesa lo muestra un incidente de la sesión de ayer de la Cámara de los Comunes. Bonaparte, como habrán podido ver ustedes en el Moniteur, amenaza a los insurrectos griegos y ha hecho las correspondientes reconvenciones al gobierno del rey Otón. Cuando sir J. Walsh interpeló al gabinete sobre el asunto, lord John Russell declaró que

«no tenía conocimiento de ningún acuerdo entre el gobierno francés y el inglés en la cuestión mencionada; no había podido hablar del asunto con el ministro de Asuntos Exteriores. Tenía, sin embargo, la impresión de que al gobierno de Francia no se le habían hecho tales reconvenciones, y desde luego no con el consentimiento ni de acuerdo con el gobierno de este país».

Si el gobierno británico se propone realmente una guerra con Rusia, ¿por qué rehúye con tanta obstinación las formas internacionales de la declaración de guerra? Si se propone realmente una alianza con Francia, ¿por qué evita con tanto cuidado las formas reconocidas de las alianzas internacionales? En cuanto a las potencias alemanas, sir James Graham declara que han concertado una alianza con Inglaterra, y lord John Russell lo contradice esa misma noche y afirma que las relaciones con esas potencias siguen siendo más bien las mismas que al comienzo de las complicaciones de Oriente. Los ministros sostienen con firmeza que están justamente a punto de entenderse con Turquía y de proponerle un tratado. Embarcan tropas para ocupar Constantinopla sin haber concluido antes un tratado con Turquía. Por eso no nos sorprende en absoluto saber, por una carta de Constantinopla, que se ha enviado de Viena a San Petersburgo a un agente secreto de la Puerta para ofrecer al zar un acuerdo secreto. El corresponsal escribe:

«Ahora que Turquía ha visto la traición y la necedad de sus pretendidos amigos, sería muy razonable que intentara vengarse de ellos concluyendo una alianza con un enemigo sabio. Las condiciones del tratado que los primeros quieren imponer a Turquía son diez veces más perniciosas que las pretensiones de Ménshikov».15

Qué hazañas se esperan de las tropas embarcadas, al menos en opinión del ministerio inglés, puede deducirse de lo que las escuadras combinadas han hecho y siguen haciendo en este momento. Veinte días después de entrar en el mar Negro volvieron al Bósforo. Unos días antes, se nos informa,

«los ministros de la Puerta, por consideración a las reconvenciones del embajador británico, tuvieron que meter en la cárcel al director del periódico griego Télégraphe du Bosphore, por haber afirmado en su hoja que tanto la flota inglesa como la francesa volverían en breve del mar Negro al Bósforo. Se encargó al redactor del Journal de Constantinople que declarara que las dos flotas seguirían en el mar Negro».

Para mostrar su agradecimiento por la indicación recibida de los almirantes inglés y francés, el almirante ruso envió el 19 del mes pasado dos vapores a bombardear a los turcos en Shefketil;16 también cruzan barcos rusos a la vista de Trebisonda, mientras que la escuadra combinada no tiene en el mar Negro más embarcaciones que un vapor inglés y otro francés ante Sebastopol. Sinope17 y el bombardeo de Shefketil por vapores rusos son, pues, las únicas hazañas de que pueden jactarse las escuadras combinadas. La querella entre los embajadores y los almirantes, que han roto por completo todas sus relaciones —lord Stratford de Redcliffe se negó a recibir al almirante Dundas, y Baraguay d'Hilliers excluyó al almirante francés y a sus oficiales de un baile oficial—,18 esta querella es de importancia secundaria, pues los charlatanes diplomáticos, comprometidos por la publicación de sus despachos en Londres y en París, probablemente se empeñarán en restablecer a cualquier precio su perdida reputación, cueste los barcos y los hombres que cueste.

Pero el lado serio de la cuestión es que las instrucciones públicas a los embajadores se han anulado con una serie de instrucciones secretas a los almirantes, y que estos no están realmente en condiciones de ejecutar instrucciones que se contradicen. ¿Y cómo podrían ser de otro modo las instrucciones, si no las precedió ninguna declaración de guerra? Por una parte, se les ordena atacar a los barcos rusos para obligarlos a retirarse del mar Negro a Sebastopol; por otra, no deben salir de la mera defensiva. Por último, si se pretendía una guerra seria, ¿cómo podía el embajador británico en Constantinopla considerar un triunfo notable haber conseguido echar del ministerio de la Guerra al jefe del partido de la guerra en el gabinete turco, Mehmet Alí Bajá, y sustituirlo por el mercader de paz Rıza Bajá, mientras confiaba a Mehmet Bajá, una criatura de Reşid Bajá, el cargo de gran almirante?19

Pasemos ahora a otro punto importantísimo. El embarque de las tropas británicas y francesas solo prosigue desde que llegó a Londres y a París la noticia de que en Albania había estallado una insurrección griega que se había extendido por Tesalia y Macedonia. Como demuestran los despachos de Russell, de Clarendon y de lord Stratford de Redcliffe, el gabinete inglés esperaba con impaciencia esta sublevación desde el principio. Le ofrece la mejor ocasión para inmiscuirse en los asuntos entre el sultán y sus propios súbditos cristianos con el pretexto de intervenir entre rusos y turcos. Desde el momento en que los católicos se inmiscuyan en los asuntos de los griegos (empleo aquí la palabra solo en sentido religioso), puede contarse con seguridad con un entendimiento de los 11 millones de habitantes de la Turquía europea con el zar, que entonces aparecerá de verdad como su protector religioso. Entre los musulmanes y sus súbditos griegos no hay ninguna querella religiosa; en cambio, el odio religioso a los católicos constituye, puede decirse, el único lazo común entre los diversos pueblos que viven en Turquía y profesan la fe griega. En este aspecto nada ha cambiado desde que Mehmet II sitió Constantinopla, desde que el almirante griego Lucas Notaras, el hombre más influyente del Imperio bizantino, declaró públicamente que prefería ver triunfar en la capital el turbante turco antes que el capelo romano,20 mientras que, por otro lado, corría una profecía húngara según la cual los cristianos no serían felices hasta que los malditos griegos herejes fueran exterminados y los turcos hubieran destruido Constantinopla. Toda intromisión de las potencias occidentales en los asuntos entre el sultán y sus súbditos griegos había de favorecer, pues, los planes del zar. Un resultado semejante se produciría si a Austria se le ocurriera ocupar Serbia, como en 1791,21 con el pretexto de frustrar los designios traidores del partido ruso en ese principado. Añadiré que en Londres corre el rumor de que griegos de las islas Jónicas, a los que las autoridades inglesas no se habrían opuesto, apoyan a los epirotas sublevados y se unen a ellos, y que la noticia de la insurrección griega fue anunciada en el número del sábado del Times, el órgano de la coalición, como un acontecimiento muy bienvenido.

Por mi parte, no dudo en absoluto de que tras los ruidosos preparativos de guerra de la coalición acecha la traición. Bonaparte, naturalmente, se embarca en esta guerra con toda seriedad. No le queda otra elección que la revolución en el interior o la guerra en el exterior. No puede seguir uniendo el cruel despotismo de Napoleón I con la corrupta política de paz de Luis Felipe. Tiene que dejar de enviar sin cesar nuevas remesas de presos a Cayena si no se atreve a la vez a enviar ejércitos franceses más allá de la frontera. Pero el conflicto entre las intenciones declaradas de Bonaparte y los planes secretos de la coalición solo puede contribuir a enredar aún más las cosas. De todo esto no concluyo que no vaya a haber guerra, sino, al contrario, que adquirirá dimensiones tan terribles y revolucionarias como ni siquiera sospechan los hombrecillos de la coalición. Su misma traición es el medio de convertir un conflicto local en un incendio europeo.

Aunque el ministerio británico fuera tan sincero como es falso, su intervención no haría sino acelerar el hundimiento del Imperio otomano. No puede intervenir sin exigir garantías para los súbditos cristianos de la Puerta, y esas garantías no puede arrancárselas sin condenarla a la ruina. Hasta el corresponsal de Constantinopla que cité antes, y que es un declarado amigo de los turcos, tiene que reconocer que

«la propuesta de las potencias occidentales de poner a todos los súbditos de la Puerta en un pie de completa igualdad en sus derechos civiles y religiosos llevaría inmediatamente a la anarquía, a guerras intestinas y a la caída definitiva y rápida del imperio».

Karl Marx

  1. Lajos Kossuth (1802-1894), dirigente de la revolución húngara de 1848-1849 y gobernador de Hungría en 1849; vivía exiliado en Londres. ↩

  2. El príncipe Adam Czartoryski (1770-1861), jefe de la emigración polaca aristocrática en París. ↩

  3. Benjamin Disraeli (1804-1881), ministro de Hacienda en el gobierno tory de lord Derby de 1852 y jefe de los conservadores en la Cámara de los Comunes. ↩

  4. Nombre irónico del gobierno de coalición de whigs y peelitas presidido por lord Aberdeen (1852-1855). ↩

  5. Joseph Hume (1777-1855), diputado radical, veterano crítico del gasto público. ↩

  6. En El sueño de una noche de verano, de Shakespeare, el carpintero Snug hace el papel del león en la representación de los artesanos, «la cruelísima muerte de Píramo y Tisbe». ↩

  7. Le Moniteur universel, el diario oficial del gobierno francés. ↩

  8. A finales de 1853 Dinamarca y Suecia-Noruega acordaron declarar su neutralidad en la guerra que se avecinaba. ↩

  9. Carlo Andrea Pozzo di Borgo (1764-1842), embajador ruso en París; Karl Robert Nesselrode (1780-1862), ministro de Asuntos Exteriores ruso. Los despachos de Pozzo di Borgo los había publicado David Urquhart en Londres en The Portfolio (1835-1837). ↩

  10. Nikolái Karamzín (1766-1826), autor de una Historia del Estado ruso. ↩

  11. John Russell (1792-1878), dirigente whig, ministro sin cartera y líder de la Cámara de los Comunes en el gabinete de Aberdeen. ↩

  12. Los volúmenes de correspondencia diplomática presentados al Parlamento, llamados así por el color de sus cubiertas. ↩

  13. Lord John Russell presentó el 13 de febrero de 1854 un proyecto de reforma electoral, que retiró en abril. ↩

  14. En la crisis de Oriente de 1839-1840, Inglaterra, Rusia, Austria y Prusia firmaron sin Francia el tratado de Londres del 15 de julio de 1840 contra Mehmet Alí de Egipto, al que apoyaba Francia; el convenio de los Estrechos de 1841 cerró los Dardanelos y el Bósforo a los barcos de guerra extranjeros mientras la Puerta estuviera en paz. ↩

  15. El príncipe Alexandr Ménshikov (1787-1869), enviado en misión especial a Constantinopla en la primavera de 1853; su ultimátum a la Puerta abrió la crisis. ↩

  16. Shefketil (Shekvetili) o fuerte de San Nicolás, puesto ruso de la costa oriental del mar Negro, en Guria, que los turcos habían tomado en octubre de 1853. ↩

  17. El 30 de noviembre de 1853 la flota rusa destruyó la escuadra turca en la rada de Sinope, mientras las flotas inglesa y francesa estaban en el Bósforo. ↩

  18. Sir James Dundas (1785-1862), almirante, comandante de la flota británica del Mediterráneo; Achille Baraguay d'Hilliers (1795-1878), general, embajador de Francia en Constantinopla. ↩

  19. Mehmet Alí Bajá, cuñado del sultán Abdülmecid. Mustafá Reşid Bajá (1800-1858), gran visir en varias ocasiones, era en 1853-1854 ministro de Asuntos Exteriores. ↩

  20. Lucas Notaras (m. 1453), megaduque (gran almirante) del Imperio bizantino en el asedio de 1453, según la crónica de Ducas. «Capelo romano»: el sombrero de los cardenales, símbolo de la Iglesia de Roma. ↩

  21. Austria ocupó parte de Serbia en la guerra austro-turca de 1788-1791, que terminó con la paz de Sistova (1791). ↩