Escrito por Karl Marx en Londres el 29 de diciembre de 1854 y el 1 de enero de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núms. 1 y 5, del 2 y el 4 de enero de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 588-593), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
N.º 1, 2 de enero de 1855
Londres, 29 de diciembre.
«La reunión del conde Buol, del señor de Bourqueney y del príncipe Gorchakov en casa del conde de Westmoreland, embajador inglés en Viena, no tenía otro objeto que dar al emperador de Rusia la información deseada sobre el sentido de la triple alianza del 2 de diciembre y sobre las condiciones en que las tres grandes potencias están dispuestas a abrir negociaciones de paz sobre la base de los cuatro puntos.1 El príncipe Gorchakov ha informado en el acto a Petersburgo de las comunicaciones recibidas. La aceptación o el rechazo de las condiciones preliminares por parte del zar tiene que producirse en pocos días. Un giro decisivo marcará el comienzo del año nuevo».
Así habla el Morning Post, el Moniteur particular de lord Palmerston.2
«Las negociaciones de Viena», dice la Press tory, «darán a Austria un nuevo pretexto para aplazar su declaración definitiva a las potencias occidentales más allá del plazo fijado en el tratado del 2 de diciembre».
Lo decisivo es quizá el hecho de que, mientras los políticos de la prensa diaria y semanal discuten en sus editoriales, con prolija sabiduría de Estado, la nueva conferencia de Viena, los hombres de negocios de las crónicas de la Bolsa de esos mismos periódicos la declaran lisa y llanamente una «farsa». Así, por ejemplo, el hombre de negocios del money article, la crónica financiera, del Morning Post de hoy. En efecto, el acontecimiento de Viena le pareció a la Bolsa de Londres tan indiferente que su conocimiento no dio pie a las más insignificantes operaciones ni a los «osos» ni a los «bulldogs», ni a los pesimistas ni a los optimistas del stock-exchange.3 Las leves oscilaciones que se han producido desde hace tres días en la cotización de los fondos públicos no tenían que ver con la diplomacia de Viena, sino con el presupuesto de París. Se supone que los capitalistas ingleses participarán en el nuevo empréstito de París de 500 millones de francos y provocarán así una contracción del mercado de dinero, que ya de por sí, por la repercusión de la crisis norteamericana (mayor en sus dimensiones que la de 1837), por las últimas noticias desfavorables de los negocios de las Indias Orientales, por la subida de los precios del grano y por algunas quiebras inesperadamente grandes en Londres y en Liverpool, presenta una fisonomía cada vez más inquietante. Si no del lado del emperador de Rusia, las ilusiones de paz reinan en todo caso del lado del ministerio inglés. En la gran guerra con Francia, que empezó el siglo pasado, el pueblo inglés fue llevado por su oligarquía. En la guerra actual con Rusia, la oligarquía inglesa ha sido empujada por el pueblo. En todas sus operaciones diplomáticas, militares y financieras se transparenta la aversión a dirigir la guerra que se le ha impuesto. Incluso la última medida del ministerio, la ley sobre el reclutamiento de una legión extranjera,4 tenía sobre todo el objeto de «quitarles las ganas» de la guerra a los ingleses. De agotamiento de la capacidad de reclutar no podía hablarse en un país del que emigran cada año más de 100.000 hombres robustos sin que esa emigración haya producido más que un efecto pasajero en el nivel del salario. Tampoco se trataba de un aporte extraordinario y repentino de tropas auxiliares, porque la medida ministerial no está calculada ni para ayudar de repente ni para ayudar de modo excepcional. Por la ley de milicias aprobada en mayo, el ministerio estaba facultado para llamar a filas en Inglaterra, en Gales solamente, a 80.000 hombres, y el resultado ha mostrado que de todos los regimientos llamados en primavera un cuarto entero pasó como voluntario al servicio activo; pero hasta comienzos de este mes el gobierno solo había encuadrado 18 regimientos de milicia (unos 13.500 hombres). Es sabido que los ingleses siempre protestaron, en tiempos de Carlos I, con Guillermo III, con los primeros Jorges y, por último, durante la gran guerra antijacobina, contra la introducción de soldados extranjeros enganchados en Gran Bretaña. Pero es nuevo e inaudito en la historia inglesa que el empleo de mercenarios extranjeros fuera del suelo inglés provoque una tempestad de indignación. Precisamente este hecho prueba el carácter completamente distinto de la guerra actual respecto de todas las guerras inglesas anteriores, en la medida en que pertenecen a la época moderna. Por eso la aristocracia gobernante vuelve a conjurar deliberadamente el fantasma del pasado, la rutina de sus viejos gestores, en la que los soldados se compraban en el mercado más barato. Lo hace sin estar convencida en absoluto, como confesó Sidney Herbert5 en la Cámara de los Comunes, del éxito de la medida propuesta. Lo hace, pues, no para dirigir la guerra, sino para preparar la paz. Para formar un ejército inglés suficiente, el gobierno se vería hoy obligado a subir la paga, abolir los castigos corporales, abrir la perspectiva del ascenso desde soldado raso; en una palabra, a democratizar el ejército y a convertirlo de propiedad suya en propiedad de la nación.
Hasta ahora, dice el Times de hoy, «el ejército, en la guerra como en la paz, no ha sido más que un órgano de gobierno para el ascenso de la aristocracia y el sostén del ministerio de turno».
Y aquí llegamos al punto decisivo. Una guerra con Rusia equivale para la aristocracia inglesa a la pérdida de su monopolio del gobierno. Obligada desde 1830 a dirigir la política interior exclusivamente en interés de las clases medias industriales y comerciales, la aristocracia inglesa se mantuvo sin embargo en posesión de todos los cargos de gobierno porque conservaba el monopolio de la política exterior y de los ejércitos. Ese monopolio, sin embargo, solo estuvo asegurado mientras ninguna guerra popular, y una guerra así solo era posible con Rusia, hiciera de la política exterior un asunto del pueblo. Toda la diplomacia inglesa de 1830 a 1854 se reduce, pues, a un solo principio: evitar a toda costa la guerra con Rusia. De ahí las continuas concesiones que se han hecho a Rusia en Turquía, en Persia, en Afganistán, en Dinamarca, en todos los puntos de la tierra, desde hace 24 años. Que la aristocracia había calculado bien lo prueban los hechos del momento. Apenas ha estallado la guerra con Rusia y ya hasta el Times declara:
«La aristocracia es incapaz de dirigir nuestras guerras. La maquinaria oligárquica del Estado está en la más estridente contradicción con nuestra maquinaria social».
N.º 5, 4 de enero de 1855
Londres, 1 de enero.
«Todos los departamentos de nuestra administración militar se han hundido bajo el peso de la guerra actual».
Así el Times de hoy. En efecto, cuando se examina la organización de la administración militar, o de cualquier otra administración oficial de este país, parece como si se hubiera querido ilustrar el llamado principio del equilibrio constitucional de los poderes. Las distintas autoridades están coordinadas de tal modo que se tienen mutuamente en jaque y toda la maquinaria queda así condenada a la parálisis. Por eso pudo ocurrir que durante la guerra actual los heridos estuvieran en Balaklava, los médicos militares en Constantinopla y los medicamentos en Escútari. De ahí la rebelión del ejército de Crimea contra el sistema que lo sacrifica; porque ¿no hemos de llamar rebelión a que todos los grados, desde el coronel hasta el soldado raso, rompan la disciplina, dirijan cada semana miles de cartas a la prensa de Londres y apelen en voz alta, por encima de sus superiores, a la opinión pública? Sin embargo, se hace a lord Raglan responsable sin razón de situaciones que el sistema condiciona. De lo que sí es responsable es de la dirección militar.
Si echamos una mirada retrospectiva a la campaña de Crimea, encontramos que lord Raglan cometió su primer error en la batalla del Alma, al hacer que se rodeara al ejército ruso por el ala izquierda, apoyada en el mar, en lugar de por la derecha. Con esta última operación una parte de los rusos habría sido empujada al mar y la otra hacia el fuerte del Norte, mientras que así fueron arrojados de hecho hacia Simferópol, es decir, hacia la línea de retirada más favorable para ellos. Mientras en la batalla del Alma los aliados cogieron al toro por los cuernos sin necesidad ni provecho, retrocedieron temblando ante ese paso cuando las circunstancias lo exigían. La tan traída y llevada «marcha de flanco sobre Balaklava» fue la renuncia a un ataque contra el frente norte de la fortaleza. Ese frente es, sin embargo, el punto dominante y por eso el decisivo; el fuerte del Norte es la llave de Sebastopol. Los aliados abandonaron, pues, la ofensiva más audaz, y por eso en realidad segura, para asegurarse una posición defensiva sólida. El mismo error que cometió Omer Bajá cuando se fortificó en Kalafat en lugar de marchar desde Oltenița sobre Bucarest y romper la línea extendida del enemigo. Luego vino el sitio de Sebastopol, que prueba en todo caso que el arte de la guerra, a consecuencia de una larga paz, ha decaído en la misma medida en que el material de guerra, gracias al desarrollo industrial, ha aumentado. En ninguna guerra anterior desempeñan simples obras de tierra un papel tan grande. Primero en Oltenița los rusos recurrieron al viejo sistema de cañonearlas unas horas y luego tomarlas al asalto. Pero sin éxito. En Kalafat, unas obras de tierra tuvieron en jaque a los rusos, que no se atrevieron a atacarlas. En Silistra, una obra de tierra medio demolida frustró todos los esfuerzos del ejército ruso, y ahora en Sebastopol se honró a una línea de obras de tierra con baterías de brecha más extensas y artillería más pesada que las que se emplearon nunca contra la fortaleza más regular. Pero antes de que se emplazara el tren de sitio, la ciudad abierta ya se había convertido en un campo atrincherado de primer orden. Es sabido que el 25 de octubre, en la batalla de Balaklava, la caballería inglesa fue sacrificada sin necesidad ni provecho y contra todas las reglas establecidas. Llegamos por último a la batalla de Inkerman, el acontecimiento militar más importante de esta campaña. Como los prusianos en Jena, las tropas británicas estaban desplegadas ante Inkerman sobre una serie de alturas que por el frente solo eran accesibles por unos pocos desfiladeros. Como los prusianos, los británicos habían descuidado ocupar una altura en el extremo de su ala izquierda, adonde en Jena Napoleón y en Inkerman Ménshikov lanzaron una parte de su ejército, estableciéndose así antes del amanecer en el flanco del enemigo. Los rusos, nada amigos en general de lo original, tomaron prestado el plan de operaciones de Napoleón, pero en cuanto se completó el movimiento estratégico y debía empezar la acción táctica, se arroja la máscara de la civilización occidental y asoma el tártaro. Este brillante ejército ruso, con sus viejas tropas, muchas de ellas con 25 años bajo las armas, este modelo de servicio de desfile, se muestra tan torpe, tan pesado, tan incapaz de combatir en guerrilla y en pequeños grupos, que sus oficiales no saben hacer con él otra cosa que lanzar de una vez su pesada masa contra el enemigo. La pura presión brutal de esa masa debía romper las delgadas filas de los británicos, mientras que, por una parte, esas profundas columnas de carne aseguraban el efecto certero y devastador de los fusiles rayados y de la artillería ingleses y, por otra, allí donde los rusos cargaban a la bayoneta en número superior, los británicos los recibían con la misma superioridad con que los cuadros de Napoleón recibieron a los mamelucos en la batalla de las Pirámides. Catorce mil aliados, con la pérdida de un tercio de su fuerza total, batieron a 30.000 rusos, aunque se reconoce que los rusos combaten individualmente con valor y que su plan de ataque era superior al de los aliados. Nunca desde la batalla de Narva había alcanzado a las armas rusas semejante desgracia. Y si consideramos la extraordinaria diferencia entre los rusos de Narva y los rusos de Inkerman, entre las hordas medio salvajes de 1700 y el ejército bien adiestrado de 1854, la jornada de Narva resulta brillante comparada con la de Inkerman. Narva fue el primer gran revés de una nación en ascenso, que supo convertir las mismas derrotas en medios de victoria. Inkerman aparece casi como el indicio seguro de la decadencia de aquel desarrollo de invernadero que ha seguido Rusia desde Pedro el Grande. El crecimiento artificialmente acelerado y el enorme esfuerzo por mantener con un material semibárbaro la apariencia de una civilización brillante parecen haber agotado ya a la nación y haberla condenado a una especie de tisis. La batalla de Inkerman es para la infantería rusa lo que la batalla de Rocroi fue para la española.6
Karl Ferdinand von Buol-Schauenstein, ministro austriaco de Asuntos Exteriores; François-Adolphe de Bourqueney, embajador de Francia en Viena; el príncipe Alexandr Gorchakov, enviado ruso en Viena; John Fane, conde de Westmoreland, embajador británico en Viena. Los cuatro puntos eran las condiciones de paz acordadas en agosto de 1854 por Inglaterra, Francia y Austria. ↩
Henry John Temple, vizconde de Palmerston (1784-1865), entonces ministro del Interior en el gabinete Aberdeen. Le Moniteur universel era el diario oficial del gobierno francés. ↩
En la jerga de la Bolsa de Londres, los «osos» (bears) especulan a la baja y los «toros» (bulls) al alza. ↩
La ley de alistamiento de extranjeros (Foreign Enlistment Act) de diciembre de 1854, que permitía reclutar una legión extranjera para la guerra. ↩
Sidney Herbert (1810-1861), secretario de la Guerra (Secretary at War) en el gabinete Aberdeen. ↩
En Rocroi (19 de mayo de 1643) los franceses del duque de Enghien derrotaron a los tercios españoles. ↩