Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 7 de abril de 1854 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4059, del 21 de abril de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 189-195), sin su aparato editorial, cotejada con el texto inglés, abreviado y con resúmenes entre corchetes, de The Eastern Question (Londres, 1897), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, viernes 7 de abril de 1854
Anoche, en la Cámara de los Lores, lord Clarendon declaró que «tenía razones para creer» que era inexacta la noticia del desembarco de 4.000 rusos en la Dobruja por medio de transportes procedentes de Odesa. Ignoraba que la flota rusa hubiera salido de Sebastopol, que vapores ingleses y franceses habían vigilado casi constantemente. En cuanto a la supuesta inactividad de las flotas, tenía que decir que el bloqueo de Sebastopol y Odesa habría requerido toda la escuadra combinada, lo que durante la mala estación habría sido una empresa peligrosa. Creía, por tanto, que había sido prudente retenerlas en Beykoz.1 El corresponsal del Times en Viena se suma a esta opinión de lord Clarendon y expone además los verdaderos motivos de su política. El temor a disturbios en Constantinopla nunca había estado más justificado que desde que se conocieron las negociaciones sobre la «emancipación de los cristianos», y habría sido sumamente «imprudente» retirar las flotas del Bósforo antes de que llegara una fuerza de tierra suficiente, es decir, lo bastante fuerte para tener sujetos a los turcos.
Lord John Russell declaró en la Cámara de los Comunes que la responsabilidad de las insurrecciones griegas2 recaía en la corte de Atenas, que las había favorecido primero en secreto y luego abiertamente.
Los debates de esta semana no ofrecen nada de interés, salvo el debate sobre la moción del señor Moore3 para crear una comisión especial que se ocupara del nombramiento de H. Stonor como juez en la colonia de Victoria; dicho Stonor, según comprobó una comisión de la Cámara, se hizo culpable de soborno durante las elecciones de 1853 en el burgo de Sligo. Se aprobó la creación de la comisión especial. Pero la persecución judicial contra el señor Stonor no es más que un pretexto para reavivar sobre una base nueva la lucha entre las dos partes de la escindida Brigada Irlandesa.4 Hasta qué punto la camarilla santurrona del señor Gladstone y de sus seguidores peelitas5 está enredada en estos escándalos irlandeses y comprometida por ellos puede juzgarse por la siguiente observación del Morning Post:
«En las cartas presentadas, en los chismes que circulan y en los documentos entregados a las comisiones parlamentarias en las últimas semanas hay mucho que refuerza la sospecha de que la fracción peelita de la coalición se sirve desde hace algún tiempo de agentes, de manera sistemática, para influir en las elecciones irlandesas, y de que ha provisto a esos agentes de abundante dinero con ese fin. Especialmente comprometido está el duque de Newcastle…6 Se da por seguro que, al parecer por encargo suyo, se celebró una reunión para decidir a qué personas había que preferir para dirigir los asuntos electorales».
El Daily News de hoy publica el tratado entre Francia, Inglaterra y Turquía, que, sin embargo, solo contiene convenios sobre las operaciones militares. Las potencias occidentales se guardan muy bien de formular en un tratado las verdaderas condiciones de su «ayuda al sultán». Esas condiciones las impone in loco7 lord Stratford de Redcliffe con su provisión de amenazas, y luego se presentan como un acto voluntario del gobierno turco.
La misión de paz del príncipe de Mecklemburgo en Berlín no tenía otro fin que dar al rey de Prusia un nuevo pretexto para mantenerse apartado de la alianza occidental. Me comunican de Berlín que Rusia solo reconocerá la declaración de neutralidad sueca8 si el rey se compromete a volver a dictar a los comandantes de los puertos suecos las antiguas disposiciones según las cuales no podían echar el ancla al alcance de los cañones de un puerto más de cuatro buques de guerra extranjeros. Como esta orden se aparta sustancialmente de las disposiciones de neutralidad convenidas entre Suecia y Dinamarca, son de esperar nuevas negociaciones entre las potencias escandinavas, por un lado, y las occidentales, por otro. En Estocolmo se cree en general que los rusos abandonarán la ocupación de Åland,9 arrasarán sus fortificaciones en esta isla y se llevarán los cañones y demás material de guerra. Un despacho telegráfico llegado hoy anuncia que ese paso ya se ha dado.
El corps d'observation10 austriaco en el sudeste de Hungría está ahora en pie de guerra completo y ha ocupado las diversas posiciones que se le habían asignado. La concentración requirió de diez a doce días. Los periódicos alemanes suponen en general que este ejército está destinado a coger de flanco al ejército turco si Austria se une activamente a Rusia, y que con ello no surgirían dificultades de ninguna clase. Pero los austriacos solo pueden entrar en Turquía por Mehadia, donde tendrían delante al ejército turco, o por Belgrado, donde se encontrarían en línea con el ala izquierda prolongada de los turcos. Por eso es mucho más probable que los austriacos, si entran en Turquía con intención hostil, marchen desde Belgrado por Kruševac y Niš sobre Sofía; pero aun entonces los turcos tendrían un camino más corto hasta Sofía marchando desde Vidin en línea recta hacia el sur.
El informe de la comisión de créditos de la Segunda Cámara prusiana11 contiene una exposición de la política de Prusia en la cuestión de Oriente y publica algunos documentos diplomáticos que todavía no han llegado a la prensa inglesa. Daré, por tanto, algunos extractos importantes de este informe.
A finales de enero, mientras el conde Orlov12 llevaba propuestas a la corte austriaca, el embajador ruso en Berlín entregó al mismo tiempo al gobierno prusiano una proposición encaminada a que las tres cortes de Prusia, Austria y Rusia firmaran un protocolo común. El preámbulo del proyecto de este protocolo daba como motivo de este acuerdo común el deseo de estrechar la alianza de las tres potencias ante los peligros que amenazaban la paz de Europa y de regular sus relaciones, tanto entre sí como con las potencias occidentales, en las circunstancias que se avecinaban. Este proyecto contenía los tres puntos siguientes:
Las dos potencias alemanas se obligan formalmente, en caso de participación activa de Inglaterra y Francia en la guerra ruso-turca, a observar la más estricta neutralidad y, en caso de nuevas presiones o amenazas por parte de las potencias occidentales, a declarar que están resueltas a defender su neutralidad, si es necesario, con las armas.
Las tres potencias considerarán todo ataque de Francia o de Inglaterra contra el territorio de Austria, de Prusia o de otro Estado alemán como un ataque contra su propio territorio y se prestarán ayuda mutua para rechazarlo según lo exijan las circunstancias y conforme a un convenio militar común (que se está acordando actualmente en Berlín entre el general Hess13 y el ministro prusiano de la Guerra).
El emperador de Rusia repite la seguridad de que desea poner fin a la guerra en cuanto se lo permitan su dignidad y el interés bien entendido de su imperio. Considerando, sin embargo, que el desarrollo ulterior de los acontecimientos podría cambiar el estado de cosas en Turquía, Su Majestad se obliga a no tomar ninguna resolución a este respecto en los acuerdos con las potencias marítimas sin entenderse previamente con sus aliados alemanes.
Este proyecto iba acompañado de un despacho del conde Nesselrode en el que el canciller recordaba a Prusia y a Austria la importancia de la triple alianza, que durante tanto tiempo había sido el escudo de Europa. Ante la guerra inminente, su imperial señor se creía obligado a dirigir un serio llamamiento a sus amigos y aliados. Su interés común hacía necesario fijar la posición que debían observar en estas graves eventualidades. Subrayando la actuación unilateral de las potencias occidentales, señala que no han tenido en cuenta los intereses de las potencias alemanas. Rusia obraba de otro modo. Estaba dispuesta a soportar sola la carga de la guerra y no pedía a sus amigos y aliados ni sacrificios ni ayuda. La salvación de las dos potencias y de Alemania dependía de su unidad. Por este camino conseguirían impedir que la crisis siguiera desarrollándose y quizá abreviarla. El despacho ruso examina luego las tres posiciones posibles que se ofrecen a las potencias alemanas: actuación común con Rusia contra las potencias marítimas; alianza con estas contra Rusia; por último, estricta neutralidad. En cuanto a una alianza con Rusia, el zar no la pretendía, y actuar contra él era imposible, a menos que las potencias alemanas cedieran a las amenazas de las potencias occidentales. Eso sería someterse a una necesidad ignominiosa e ir al encuentro de un futuro lamentable. Rusia, inatacable en su propio país, no temía ni las invasiones militares ni las invasiones, más perniciosas, del espíritu revolucionario. Si sus aliados la abandonaban, se limitaría a sus propias fuerzas y se arreglaría para poder prescindir de ellos en el futuro. (El señor Nesselrode escribe sus notas en alemán, porque le interesa que su traducción a otra lengua sea un asunto desesperadamente difícil. Como muestra de sus ejercicios de alemán, les doy la última frase con sus palabras originales:
«Wenn seine Alliierten es verließen, so würde es sich gesagt sein lassen, sich auf sich selbst zurückzuziehen, und sich so einrichten, ihrer in Zukunft entbehren zu können».14)
Pero el zar confiaba en los sentimientos conocidos de sus amigos y aliados y en sus valientes ejércitos, unidos desde hacía tanto tiempo a los de Rusia por el bautismo de sangre y por una innegable identidad de principios. Solo la tercera alternativa la considera el gabinete ruso digna de las cortes alemanas, conforme a sus intereses y apta para realizar, mediante la continuación de su papel de mediadoras, los deseos particulares de Rusia. Pero esa neutralidad no debía ser indefinida y vacilante, ni tampoco expectante, porque semejante actitud sería considerada hostil por las dos partes beligerantes, y en especial por Rusia. Esa actitud debía basarse más bien en los principios (de la Santa Alianza)15 que a través de muchas pruebas habían mantenido la tranquilidad general y la paz del mundo. Las potencias alemanas debían saber hacer valer esa base de su política, si era necesario, por las armas. Si una de las dos potencias marítimas (Francia) planeara o se atreviera a atacar a Alemania, la otra (Inglaterra) cambiaría enseguida de posición. Llegado el caso, Rusia estaba dispuesta a acudir en ayuda de Alemania con todas las fuerzas de que dispusiera.
Esta propuesta fue rechazada en Berlín y, unos días después, también en Viena. Manteuffel16 todavía hacía entonces de estadista independiente y declaró en un despacho a San Petersburgo que Rusia, que pretendía no necesitar la ayuda de Prusia, la solicitaba sin embargo, aunque de forma indirecta, al pedir una triple alianza renovada. «Quisiera observar», decía, «que el espíritu revolucionario, que Rusia no tenía por qué temer, también lo había vencido Prusia sin ayuda ajena». El ministro independiente que «salvó» a Prusia poniéndose a la cabeza de la contrarrevolución no puede ocultar su irritación al ver que a Prusia, donde no hubo ninguna Hungría,17 se la pone en el mismo plano que a Austria.
Mientras Prusia se jacta así de su seguridad, los otros documentos a que alude el informe prueban que en los últimos días de febrero Austria entregó a Prusia el proyecto de un convenio que debían concertar las cuatro potencias. Prusia lo rechazó en un despacho del 5 de marzo. Pero es característico de esta potencia que al mismo tiempo declarara que el gobierno de Federico Guillermo IV seguía considerando el acuerdo de las cuatro potencias como el mejor medio de llegar a una solución satisfactoria de la complicación. A consecuencia de ello, también Austria se vio obligada a abandonar el convenio, que habría puesto fin a la posición equívoca de las dos potencias alemanas.
Un despacho prusiano del 16 de marzo contiene el importante pasaje siguiente:
«El gabinete prusiano había tomado conocimiento de las medidas adoptadas por Austria para salvaguardar sus intereses en la frontera del sudeste. Ciertamente, Prusia, como los demás Estados alemanes, tendría que salvaguardar sus intereses particulares. Pero eso no debía ser obstáculo para entenderse con Austria. Al contrario, Prusia estaba dispuesta a semejante entendimiento en cuanto se tratara de salvaguardar intereses alemanes. Esperaba, por tanto, que se le comunicara:
- Si Austria, en interés de la tranquilidad de sus propias provincias fronterizas, quería ocupar, en caso necesario, los territorios turcos colindantes.
- Si quería tomar posesión de estos como prenda hasta el restablecimiento de la paz.
- Si quería participar activamente en la guerra».
De la respuesta a estas diversas preguntas dependería por completo que Prusia decidiera qué exigía la salvaguardia de los intereses alemanes y si podía hacer algo para aliviar la presión que las potencias occidentales (¡no Rusia!) ejercían sobre Austria.
El 14 de marzo el gobierno prusiano envió a las cortes alemanas una nota circular en un sentido, y el gobierno austriaco otra en el sentido opuesto. La circular prusiana declara que la guerra inminente tendrá un carácter puramente local. Austria, en cambio, afirma que la lucha podría tomar un giro que afectara de cerca a sus propias relaciones. Mientras las circunstancias lo permitieran, no tomaría parte en la guerra; pero tenía que contemplar también el caso de una participación. Los intereses que estaban en juego en esta cuestión eran también los de los Estados alemanes. Por eso el gabinete imperial contaba con que, en tal caso, Prusia y las demás cortes alemanas unirían sus fuerzas a las de Austria. La Confederación Germánica estaría entonces llamada a demostrar que, más allá de su actual posición defensiva, sabría desempeñar también un papel activo en esta cuestión. Austria haría una nueva declaración en cuanto la guerra entre las potencias occidentales y Rusia estuviera efectivamente declarada. Si había todavía algún medio de hacer frente al aumento de los peligros que ahora amenazaban a Europa, residía en la actuación común de Austria y Prusia junto con sus confederados alemanes.
Como última información, pero no la menos notable, el informe contiene la melancólica respuesta del señor von Manteuffel a una pregunta de los miembros de la comisión: Rusia no había hecho al gobierno prusiano comunicación alguna de sus proyectos de reparto.
Por último, este documento nos enseña que los juegos de manos de las conferencias de Viena todavía no se acaban. Al contrario, hace constar, apoyándose en la autoridad del presidente del Consejo de Ministros prusiano, que se está a punto de redactar un nuevo protocolo que establecerá el acuerdo continuado de las cuatro potencias.
Los precios del mercado de granos vuelven a subir. La causa de su última baja en Francia y en Inglaterra fueron las dificultades de los especuladores, empujados por falta de capital y por la tensión del mercado de dinero a ventas forzosas que inundaron los mercados. Otra causa fue que los comerciantes, molineros y panaderos dejaron agotarse sus existencias en la creencia de que iban de camino hacia los puertos europeos enormes cargamentos. Sigo pensando, por tanto, que los precios están todavía muy lejos de haber alcanzado su máximo. Sin duda, en ninguno de los años pasados hubo especulaciones tan falsas y engañosas sobre las existencias probables y posibles del mercado de granos como este año, ilusiones fomentadas en gran medida por la hipócrita palabrería de los periódicos librecambistas.
Karl Marx
Beykoz, en la orilla asiática del Bósforo, donde estaban fondeadas las flotas inglesa y francesa. ↩
Los levantamientos de la población griega del Epiro y de Tesalia contra los turcos, iniciados a comienzos de 1854 con el apoyo de voluntarios del reino de Grecia. ↩
George Henry Moore (1810-1870), diputado irlandés por el condado de Mayo. ↩
El grupo de diputados irlandeses comprometidos a mantenerse independientes de todo gobierno; se escindió cuando dos de sus miembros, William Keogh y John Sadleir, aceptaron cargos en el gobierno de Aberdeen a finales de 1852. ↩
William Ewart Gladstone (1809-1898), ministro de Hacienda del gabinete de coalición. Los peelitas eran los antiguos tories partidarios de Peel y del librecambio. ↩
Henry Pelham-Clinton, duque de Newcastle (1811-1864), peelita, ministro de la Guerra y las Colonias en el gabinete de Aberdeen. ↩
En latín: «sobre el terreno». ↩
Suecia y Dinamarca habían declarado a finales de 1853 su neutralidad en caso de guerra entre las potencias occidentales y Rusia. ↩
Las islas Åland, en la entrada del golfo de Botnia, rusas desde 1809, con la fortaleza de Bomarsund. ↩
En francés en el original: «cuerpo de observación». ↩
La cámara baja del Parlamento prusiano, que examinaba entonces la petición de un crédito extraordinario del gobierno. ↩
El conde Alexéi Orlov (1786-1861), enviado por el zar a Viena en enero de 1854 para obtener la neutralidad de Austria. ↩
Heinrich von Hess (1788-1870), jefe del Estado Mayor austriaco. ↩
En alemán en el original: «Si sus aliados la abandonaran, se lo tendría por dicho, se replegaría sobre sí misma y se arreglaría para poder prescindir de ellos en el futuro». ↩
La alianza concertada en 1815 por Rusia, Austria y Prusia para defender el orden de la Restauración contra los movimientos revolucionarios. ↩
Otto von Manteuffel (1805-1882), presidente del Consejo de Ministros de Prusia de 1850 a 1858. ↩
Alusión a la revolución húngara de 1848-1849, que Austria solo pudo aplastar con la ayuda del ejército ruso. ↩