Escrito en inglés por Friedrich Engels el 15 de mayo de 1854 y publicado sin firma como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4098, del 6 de junio de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 231-234), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Los periódicos ingleses se desatan en desenfrenadas explosiones de burla por el hecho de que el zar haya condecorado al general Osten-Sacken1 por su participación en el último combate entre las flotas aliadas y las fortificaciones que defienden el puerto de Odesa. Reclaman resueltamente para los aliados la victoria en ese combate y presentan el júbilo de su enemigo como una nueva variedad de fanfarronería moscovita y de mendacidad imperial. Como no sentimos especial simpatía ni por el zar ni por Osten-Sacken, aunque este último es sin duda un hombre inteligente y resuelto (es hermano del general del mismo nombre que manda un cuerpo de ejército en los Principados), quizá merezca la pena examinar con algo más de cuidado los méritos de su victoria de Odesa y averiguar, en lo posible, de qué lado están en realidad la fanfarronería y el embuste, tanto más cuanto que este es el primer y único combate entre los aliados y los rusos del que hasta ahora tenemos noticia.

Como se desprende de los documentos oficiales de ambas partes, el objeto de la aparición de la flota aliada ante Odesa era exigir al gobernador que, como satisfacción por la descarga hecha contra una bandera de parlamento británica, entregara todos los barcos británicos, franceses y rusos que se encontraban en el puerto. Pero tendrían que haber sabido que no haría caso de semejante exigencia, y por eso tendrían que haber estado preparados para tomar por la fuerza lo que en vano habían exigido; si no lo conseguían, sufrían una verdadera derrota, fuera cual fuera la pérdida que hubieran causado al enemigo.

¿De qué se trataba, pues? El solo decreto del gobierno ruso que nombraba a Osten-Sacken comandante del enorme territorio que domina, situado directamente a la espalda del ejército del Danubio, y el hecho de que eligiera la ciudad de Odesa como residencia muestran la importancia que los rusos atribuían, natural y acertadamente, a este punto. Odesa es el lugar donde un desembarco enemigo podría causarles mayor daño. Allí el enemigo no solo encontraría todos los recursos de una gran ciudad, sino también los del granero de toda Europa; allí estaría además lo más cerca posible de la línea de comunicación y de retirada del ejército ruso en Turquía. En estas circunstancias, los dos almirantes tienen que haber sabido que la ciudad la defiende una fuerte guarnición y que todo intento de desembarco, por muchos marineros e infantes de marina que pudieran reunir con ese fin, sería rechazado de inmediato. Pero sin un desembarco y sin la ocupación, al menos temporal, del puerto, si no de la ciudad, no podían esperar liberar los barcos británicos y franceses que ahora están retenidos allí. La única posibilidad que les quedaba de alcanzar su objetivo habría sido bombardear la ciudad misma con la mayor violencia, para hacer sumamente inseguro el permanecer en ella para cualquier cuerpo de tropas, e intentar luego la liberación de los barcos. Pero es dudoso que se hubiera alcanzado este fin bombardeando una gran ciudad de calles muy anchas y plazas extensas, donde los edificios combustibles ocupan relativamente poco espacio. Por eso los almirantes tienen que haber sabido que, si Osten-Sacken rechazaba su exigencia, no tendrían medios de imponerla. Creyeron, sin embargo, que después de que se disparara contra una bandera de parlamento había que hacer algo contra Odesa, y así cumplieron su encargo.

El acceso a Odesa por mar lo defendían seis baterías, que debían de estar armadas con cuarenta o cincuenta cañones de 24 y de 48 libras. De estas baterías, solo dos o tres entraron en combate, porque los atacantes se mantuvieron fuera del alcance de las demás. Contra estas baterías se emplearon ocho fragatas de vapor con unos 100 cañones; pero como en esta forma de maniobrar solo podían usarse los cañones de un costado de los barcos, la superioridad numérica de la artillería de los aliados quedaba muy reducida. En cuanto al calibre, debían de estar más o menos igualados, pues si un cañón de 24 libras es inferior a un cañón largo de 32, un cañón de 48 de metal pesado tiene que ser sin duda igual a los cañones de bomba de 56 o de 68 libras, que no soportan cargas completas de pólvora. Por último, la vulnerabilidad de los barcos, comparada con la de los parapetos, y la imprecisión del tiro causada por el movimiento del barco son tales que incluso una superioridad numérica todavía mayor de la artillería de una flota sobre la de las baterías de costa deja a estas algunas ventajas. Lo prueba el combate de Eckernförde, en Schleswig (1849), donde dos baterías con 20 cañones destruyeron un navío de 84 cañones, inutilizaron y apresaron una fragata de 44 y rechazaron a dos vapores fuertemente armados.2

Mientras el combate se limitó a la artillería y a los ocho vapores, puede calificarse de bastante igualado, aun teniendo en cuenta la superioridad en alcance y precisión de los cañones anglo-franceses que se puso de manifiesto en la lucha. La consecuencia fue que la obra de destrucción avanzó muy despacio. Dos cañones rusos desmontados fueron el único resultado de un fuego de varias horas. Por fin los aliados se acercaron y cambiaron de táctica. Abandonaron el sistema de cañonear los muros de piedra de las baterías y lanzaron bombas y cohetes contra los barcos rusos y las instalaciones militares del puerto y sus alrededores. Eso surtió efecto. El blanco era lo bastante grande para que cada bomba pudiera dar en alguna parte combustible, y pronto ardió todo. El polvorín situado detrás de la batería del extremo del muelle, que había opuesto la resistencia más eficaz y había sido el principal objeto del ataque, voló por los aires; eso y la propagación general del fuego obligaron por fin a sus servidores a retirarse. Los artilleros rusos mostraron en este punto, como de costumbre, muy poca destreza, pero una bravura extraordinaria. Sus cañones y proyectiles tuvieron que ser muy deficientes, y su pólvora sumamente floja.

Ese fue el único resultado de todo el combate. Se habían silenciado cuatro cañones rusos de la batería del extremo del muelle; las demás baterías apenas habían sufrido daños. La explosión del polvorín no puede haber sido muy violenta; por su situación, justo detrás de la batería, se ve que era el polvorín de esa sola batería, que solo contenía la munición para un día, unos 60 o 100 disparos para cada uno de los cuatro cañones; si restamos el número probable de disparos ya gastados en el curso del día, apenas pueden haber quedado más de tres quintales de pólvora. Cuál sea el daño causado a las demás instalaciones no podemos juzgarlo; los aliados, naturalmente, no podían averiguarlo, mientras que los rusos dan la cifra más baja posible. Según los partes rusos, sin embargo, los barcos incendiados no parecen haber sido buques de guerra, como afirman los partes anglo-franceses; aparte de algunos barcos mercantes, eran probablemente transportes y vapores de pasajeros del gobierno. Por lo demás, nunca habíamos tenido antes noticia de que hubiera buques de guerra rusos en Odesa.

Durante el combate, dos barcos mercantes franceses y uno o dos ingleses lograron escapar del puerto; siete barcos mercantes británicos siguen retenidos allí hasta el día de hoy. Así pues, los «valientes» almirantes no impusieron su exigencia, y como tuvieron que retirarse sin ningún resultado positivo y sin haber silenciado más que una de las seis baterías, pueden considerarse formalmente rechazados. Perdieron muy poca gente, pero varios cascos resultaron dañados, y el vapor francés Vauban se incendió una vez por una bala roja y tuvo que retirarse del combate durante un tiempo.

Este es el balance de lo que la prensa británica llama «gloriosas noticias de Odesa» y de lo que a los ojos de los británicos ha compensado todas las debilidades anteriores del almirante Dundas. Este combate ha excitado tanto las expectativas del público inglés que se nos cuenta en serio que los almirantes se convencieron de la extraordinaria superioridad del alcance de sus cañones sobre los rusos y se decidieron por fin a intentar bombardear Sebastopol; que, en efecto, fueron allí y dispararon unos cuantos cañonazos. Pero eso es pura patraña, pues todo el que haya mirado alguna vez un mapa de Sebastopol sabe que un ataque contra esa ciudad y su puerto, sea bombardeo o no, si no ha de ser un mero simulacro de combate fuera de la bahía, tiene que tener lugar en aguas estrechas y al alcance de cañones de campaña.

Podríamos añadir con razón a esta sencilla exposición que la fanfarronería de nuestros amigos ingleses sobre este combate, en el que fueron completamente rechazados y erraron por completo su objetivo, no se distingue mucho del tono general de sus anteriores comentarios y declaraciones sobre la guerra. Sea cual sea el resultado de la lucha, un historiador imparcial tendrá que dejar constancia en sus relatos, así lo creemos, de que sus primeras fases estuvieron marcadas por tanta patraña, tergiversación, engaño, trucos diplomáticos, fanfarronería militar y mentiras por parte de Inglaterra como por parte de Rusia.

  1. Dmitri von der Osten-Sacken (1789-1881), general ruso que mandaba las tropas de Odesa y de la costa del mar Negro. ↩

  2. El 5 de abril de 1849, durante la guerra de Schleswig-Holstein, las baterías de la costa de Eckernförde destruyeron el navío danés Christian VIII y obligaron a rendirse a la fragata Gefion. ↩