Escrito por Karl Marx y Friedrich Engels en Londres el 17 de marzo de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 133, del 20 de marzo de 1855. Buena parte del texto coincide con «El destino del gran aventurero», escrito por Engels para el New-York Daily Tribune. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 128-131), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 17 de marzo. Desde que el panfleto de Jérôme Bonaparte (hijo)1 ha revelado que la expedición de Crimea es una invención original de Luis Napoleón, que la elaboró en todos sus detalles sin recurrir a terceros y que la envió de su puño y letra a Constantinopla para evitar las objeciones del mariscal Vaillant,2 desde que se sabe todo esto, buena parte de los desatinos militares más clamorosos de esta expedición quedan explicados por las necesidades dinásticas de su autor. En el consejo de guerra de Varna hubo que imponerla a los generales y almirantes presentes mediante la apelación directa de Saint-Arnaud3 a la autoridad del «Emperador», quien, por su parte, tachaba públicamente las opiniones contrarias de «consejos tímidos». Una vez en Crimea, Saint-Arnaud adoptó con entusiasmo el «consejo tímido», realmente tímido, de Raglan de marchar sobre Balaklava, porque llevaba, si no directamente al interior de Sebastopol, al menos cerca de sus puertas. Los esfuerzos febriles por activar el sitio, aunque sin medios suficientes; el afán de abrir fuego, que hizo descuidar a los franceses la solidez de sus obras hasta tal punto que el enemigo silenció sus baterías en un par de horas; el agotamiento de las tropas en las trincheras, del que ahora está probado que contribuyó a la ruina del ejército británico tanto como la Intendencia, el servicio de transportes, el departamento médico, etc.; el cañoneo irreflexivo e inútil del 17 de octubre al 5 de noviembre; el abandono de todas las obras defensivas: todo esto queda ahora suficientemente aclarado. La dinastía Bonaparte necesitaba la toma de Sebastopol, y en el plazo más breve; el ejército aliado tenía que llevarla a cabo. Canrobert,4 si tenía éxito, sería mariscal de Francia, conde, duque, príncipe, lo que quisiera, con poderes ilimitados en materia financiera. Si tenía mala suerte, su carrera había terminado. Raglan tenía lo bastante de vieja para ceder ante su interesado colega.
Pero estas no son las consecuencias más importantes del plan de operaciones imperial. Nueve divisiones francesas, u 81 batallones, se han empeñado en este asunto sin esperanza. Se reconoce que es casi desesperado; los mayores esfuerzos, los sacrificios más pródigos no han conducido a ningún resultado; Sebastopol está más fuerte que antes; las trincheras francesas, según sabemos ahora de fuentes auténticas, están todavía a sus buenas 400 yardas de las obras rusas, y las británicas al doble de esa distancia. El general Niel,5 enviado por Bonaparte para examinar los trabajos de sitio, declara que no hay que pensar en un asalto; ha trasladado el punto principal de ataque del lado francés al británico, con lo que no solo ha retrasado el sitio, sino que ha dirigido el ataque principal contra un arrabal que, aun si se toma, sigue separado de la ciudad por el puerto interior. En una palabra, expediente tras expediente, treta tras treta, para mantener, no la esperanza, sino la mera apariencia de una esperanza de éxito. Y cuando las cosas han llegado a este punto, cuando es inminente una guerra general en el continente, cuando se arma una nueva expedición al Báltico, una expedición que esta vez tiene que hacer algo y, por tanto, ha de disponer de muchas más tropas de desembarco que en 1854, en este momento Bonaparte envía cinco nuevas divisiones de infantería al cenagal de Crimea, donde los hombres desaparecen y los regimientos se desvanecen como por encanto. Más aún, está decidido a ir él mismo, e irá, a no ser que una paz improbable o acontecimientos importantes en la frontera polaca decidan otra cosa. Esta es la situación a la que el primer experimento estratégico de Bonaparte lo ha reducido a él mismo en la Francia «imperial». No es solo obstinación lo que lo empuja, sino el instinto fatalista de que el destino del Imperio francés se decide en las trincheras ante Sebastopol. Hasta ahora ningún Marengo6 ha justificado la segunda edición del 18 Brumario.
Puede considerarse una ironía de la historia que el Imperio restaurado, por mucho afán que ponga en imitar a su modelo, se vea obligado a hacer en todas partes lo contrario de lo que hizo Napoleón. Napoleón atacaba el corazón de los Estados con los que estaba en guerra; la Francia actual ha atacado a Rusia en un callejón sin salida.7 No se pretendía hacer grandes operaciones militares, sino dar un golpe de mano afortunado, una sorpresa, una aventura. En esta diferencia de propósito está toda la diferencia entre el primer y el segundo Imperio francés y sus respectivos representantes. Napoleón solía entrar vencedor en las capitales de la Europa moderna. Su sucesor, con diversos pretextos —protección del papa, protección del sultán, protección del rey de los helenos—,8 ha instalado guarniciones francesas en las capitales de la Europa antigua, en Roma, Constantinopla y Atenas, lo que en realidad no es un aumento de poder, sino solo una dispersión de fuerzas. El arte de Napoleón consistía en la concentración; el de su sucesor, en la dispersión. Cuando Napoleón tenía que hacer la guerra en dos teatros distintos, como en sus guerras contra Austria, concentraba la parte con mucho más importante de sus fuerzas en la línea de operaciones decisiva (en las guerras con Austria, la línea de Estrasburgo a Viena), mientras dejaba una fuerza relativamente pequeña en el teatro de guerra secundario (Italia), seguro de que, aunque allí batieran a sus tropas, sus propios éxitos en la línea principal frenarían el avance del ejército enemigo con más seguridad que cualquier resistencia directa. Su sucesor, en cambio, dispersa la fuerza de Francia en muchos puntos y concentra una parte de ella en el punto donde los resultados menores, si es que hay alguno, han de comprarse con los mayores sacrificios. Además de las tropas de Roma, Atenas, Constantinopla y Crimea, se pretende enviar un ejército auxiliar a Austria, a la frontera polaca, y otro al mar Báltico. El ejército francés tendría así que actuar en al menos tres teatros de guerra, separados entre sí por al menos mil millas. Con arreglo a este plan, se habría dispuesto casi del total de las fuerzas francesas antes aún de que la guerra hubiera empezado en serio en Europa. Napoleón, cuando encontraba irracional una empresa empezada (como en Aspern),9 en lugar de empeñarse en ella sabía encontrar algún giro nuevo, llevar sus tropas inesperadamente a un nuevo punto de ataque y, con una maniobra brillante coronada por el éxito, hacer que hasta una derrota pasajera pareciera contribuir a la victoria definitiva. Solo en los días de su decadencia, después de que 1812 quebrantara su confianza en sí mismo, la energía de su voluntad se convirtió en una obstinación ciega que le hacía sostener posiciones (como en Leipzig) que su juicio militar rechazaba. Pero su sucesor está obligado a empezar por aquello con lo que su predecesor terminó. Lo que en el uno fue resultado de derrotas inexplicables es en el otro resultado de golpes de suerte inexplicables. Para el uno, su propio genio se convirtió en la estrella en la que creía; para el otro, la fe en la estrella tiene que sustituir al genio. El uno venció a una revolución real porque era el único hombre capaz de llevarla a cabo; el otro, a la reminiscencia reavivada de una época revolucionaria pasada, porque llevaba el nombre del único hombre, porque él mismo era, pues, una reminiscencia. Sería fácil mostrar cómo en la administración interior del Segundo Imperio se refleja la mediocridad pretenciosa de su dirección de la guerra, cómo también aquí la apariencia ha ocupado el lugar de la esencia y cómo las campañas «económicas» no han tenido en absoluto más éxito que las militares.
El folleto anónimo De la conduite de la guerre d'Orient («Sobre la dirección de la guerra de Oriente»), publicado en Bruselas en 1855 y atribuido al príncipe Napoleón (Jérôme Napoléon Bonaparte, 1822-1891), hijo de Jérôme Bonaparte y primo de Napoleón III. ↩
Jean-Baptiste Philibert Vaillant (1790-1872), mariscal de Francia, ministro de la Guerra desde marzo de 1854. ↩
Armand Jacques Leroy de Saint-Arnaud (1798-1854), mariscal de Francia, comandante en jefe francés en Oriente hasta su muerte, en septiembre de 1854. ↩
François Certain de Canrobert (1809-1895), sucesor de Saint-Arnaud al frente del ejército francés en Crimea. ↩
Adolphe Niel (1802-1869), general de ingenieros, enviado a Crimea en enero de 1855. ↩
La victoria de Napoleón sobre los austriacos en Marengo (14 de junio de 1800) consolidó el poder que había tomado con el golpe de Estado del 18 Brumario del año VIII (9 de noviembre de 1799); Luis Bonaparte había repetido el golpe el 2 de diciembre de 1851. ↩
El texto de la edición digital de la MEW está deturpado aquí («Rußland cul de sac der angegriffen»); se traduce según la glosa de los editores, «[in einer] Sackgasse» («en un callejón sin salida»). ↩
Tropas francesas ocupaban Roma desde 1849, cuando derribaron la República Romana y restauraron a Pío IX; en 1854 se enviaron tropas a Constantinopla y, para impedir que Grecia entrara en la guerra al lado de Rusia, se ocupó el Pireo, el puerto de Atenas. ↩
En la batalla de Aspern-Essling (21-22 de mayo de 1809), el archiduque Carlos de Austria rechazó a Napoleón, que se retiró a la isla de Lobau y seis semanas después venció en Wagram. ↩