Escrito por Karl Marx en Londres el 13 de julio de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 325, del 16 de julio de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 354-357), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrige una errata de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 13 de julio. A los no iniciados en los misterios de la jurisprudencia les cuesta entender cómo en el pleito más sencillo surgen inesperadamente cuestiones de derecho que no deben su existencia a la naturaleza del pleito, sino a las normas y fórmulas del procedimiento. El manejo de estas ceremonias jurídicas hace al abogado, como el manejo de las ceremonias eclesiásticas hace al brahmán. Como en el desarrollo de la religión, así en el desarrollo del derecho la forma se convierte en contenido. Pero lo que el procedimiento es para los tribunales, eso son el orden del día y el reglamento para los cuerpos legislativos. La historia de las leyes agrarias demuestra que los antiguos oligarcas romanos, inventores de la chicana en el procedimiento judicial, fueron también los primeros en introducir en la legislación la chicana de procedimiento.1 En ambas direcciones los ha superado Inglaterra. Las dificultades técnicas para llevar una moción al orden del día, las diversas metamorfosis que ha de recorrer un bill para convertirse en ley, las fórmulas que permiten al adversario de una moción o de un bill no dejar entrar la una en la Cámara y no dejar salir el otro de ella: todo esto forma un arsenal inagotable de chicana, leguleyismo y táctica parlamentarios. Pero antes de Palmerston ningún otro ministro inglés había dado tan por completo a la Cámara de los Comunes el aspecto, el tono y el carácter de una Court of Chancery.2 Donde no le basta la diplomacia, se refugia en la chicana. En sus manos, todo debate sobre una moción que le desagrada se convierte en un debate previo sobre el día en que el debate ha de celebrarse realmente y ha de alegarse el caso. Así con la moción de Milner Gibson, así con la moción de Layard,3 así ahora con la moción de Bulwer.4 Con el orden del día abarrotado del final de la legislatura, Bulwer solo podía presentar su moción un día en que la Cámara se convierte en Committee of Supply, en comisión de subsidios, es decir, en que el ministerio presenta a la Cámara de los Comunes sus demandas de dinero. El viernes suele estar reservado para este asunto. Pero naturalmente depende del ministerio cuándo pide dinero a los Comunes y, por tanto, cuándo se convierte la Cámara en Committee of Supply. Palmerston declaró en el acto a Bulwer que este viernes no iría into Supply, como reza la expresión técnica, sino que seguiría adelante con el proyecto de ley sobre la responsabilidad limitada de las compañías mercantiles.5 Que Bulwer se buscara él mismo «su día». Por eso Disraeli anunció el martes pasado que el jueves siguiente (ayer) apelaría a la Cámara para acabar con esta chicana. Palmerston se le adelantó. Se levantó en la sesión de ayer y declaró, entre la risa general de la Cámara, que no había sido desde luego su propósito retrasar el debate sobre el voto de desconfianza de Bulwer ni impedir a la honorable Cámara pronunciar su juicio con dificultades técnicas. Pero los documentos complementarios sobre la conferencia de Viena no habían podido, pese a todos los esfuerzos, presentarse a los miembros de la Cámara antes del día de mañana, ¿y cómo iban a pronunciar un juicio sin conocer los autos? Estaba dispuesto a conceder el lunes para la discusión de la moción de Bulwer. Disraeli hizo notar que «los documentos complementarios» no tenían relación alguna con la moción de Bulwer. El proyecto de ley sobre la responsabilidad limitada de las compañías mercantiles era muy importante en su género. Pero lo que la nación exigía ahora era saber:
«si el gabinete es solidariamente responsable de sus actos o si también aquí rige el principio de la responsabilidad limitada. Ante todo querría conocer las condiciones con que los socios de la firma de Downing Street llevan su negocio».
Bulwer declaró que aceptaba el lunes como día del debate. Russell, por su parte, aprovechó este incidente para un vano intento de atenuar y retorcer el sentido de su declaración del viernes pasado. Pero la segunda edición, corregida, llega demasiado tarde, como demuestra contundentemente el Times de hoy. El Times, por lo demás, despliega desde hace varios días todas sus artes para salvar al gabinete Palmerston a costa de Russell, apoyado tenazmente en esto por el simple Morning Advertiser, que recupera toda su fe en Palmerston cada vez que el Parlamento amenaza con perderla. Entretanto, Palmerston ha ganado unos días de plazo para maniobrar. Cómo aprovecha cada uno de esos días lo demostró el row, la trifulca irlandesa, que se produjo ayer en la Cámara de los Comunes.
Desde hace dos años andan, como es sabido, tres proyectos de ley por el Parlamento destinados a regular las relaciones entre terratenientes y arrendatarios irlandeses.6 Uno de estos proyectos determina la indemnización que el arrendatario, en caso de que el terrateniente le rescinda el arriendo, tendrá derecho a reclamar por las mejoras que haya hecho en la tierra. Hasta ahora, las mejoras de la tierra hechas por los arrendatarios irlandeses (casi todos arrendatarios por un año) solo servían para permitir al terrateniente exigir rentas más altas al vencer el arriendo. Así, el arrendatario o pierde la granja, si no quiere renovar el contrato en condiciones más desfavorables, y con la granja el capital invertido en las mejoras, o se ve obligado a pagar al landlord, además de la renta original, intereses por las mejoras hechas con su propio capital. El apoyo a los proyectos mencionados fue una de las condiciones con que el ministerio de coalición compró los votos de la Brigada Irlandesa.7 Por eso pasaron en 1854 por la Cámara de los Comunes, pero en la de los Lores, con la colaboración secreta de los ministros, se aplazaron para la legislatura siguiente (la de 1855), luego se remodelaron de modo que se les quitó la punta, y en esta forma mutilada se devolvieron a la Cámara de los Comunes. Aquí, el jueves pasado, se sacrificó en el altar de la propiedad territorial la cláusula principal del proyecto de indemnización, y los irlandeses descubrieron con asombro que habían inclinado la balanza en su contra votos que en parte pertenecían al ministerio y en parte estaban directamente ligados a él. El furioso ataque del serjeant Shee8 contra Palmerston amenazaba con un motín en el «barrio irlandés» del Parlamento, cuyas consecuencias serían precisamente en este momento delicadas. Por eso Palmerston media a través de Sadleir,9 ex miembro de la coalición y corredor de la Brigada Irlandesa, y hace que una diputación de 18 parlamentarios irlandeses le presente anteayer sus respetos con la pregunta de si estaba dispuesto a emplear su influencia para anular la votación del Parlamento y hacer aprobar la cláusula por la Cámara en una nueva votación. Se declaró naturalmente dispuesto a todo, con tal de asegurarse los votos irlandeses contra el voto de desconfianza. La explosión prematura de esta intriga en la Cámara de los Comunes dio lugar a una de esas escenas escandalosas que caracterizan la decadencia del Parlamento oligárquico. Los irlandeses disponen de 105 votos. Resultó, sin embargo, que la mayoría de ellos no había dado mandato a la diputación de los 18. En general, Palmerston ya no puede utilizar a los irlandeses en las crisis ministeriales del todo como en tiempos de O'Connell.10 Con la disolución de todas las viejas fracciones parlamentarias, también el barrio irlandés se ha agrietado y fragmentado. En todo caso, el incidente demuestra cómo emplea Palmerston el plazo ganado para trabajarse a las diversas camarillas. Al mismo tiempo espera alguna noticia favorable del teatro de la guerra, algún pequeño acontecimiento que pueda explotarse parlamentariamente, si no militarmente. El telégrafo submarino ha arrancado la dirección de la guerra de manos de los generales y la ha subordinado a las ocurrencias astrológicas y de aficionado de Bonaparte y a las intrigas parlamentario-diplomáticas. De ahí el carácter inexplicable y sin paralelo de la segunda campaña de Crimea.
Los proyectos de ley agraria de los Gracos (133 y 123 a. C.), que pretendían repartir el ager publicus, toparon con la obstrucción del Senado y de los tribunos aliados de la oligarquía. ↩
Tribunal de la Cancillería, el alto tribunal de equidad inglés, célebre por la lentitud y el formalismo de sus pleitos. ↩
Thomas Milner Gibson (1806-1884), diputado librecambista de Manchester, y Austen Henry Layard (1817-1894), arqueólogo y diputado radical, presentaron en junio de 1855 mociones contra el gobierno: el primero, sobre las negociaciones de paz de Viena; el segundo, sobre la reforma de la administración. ↩
Edward Bulwer-Lytton (1803-1873), novelista y diputado tory, había anunciado una moción de desconfianza contra el gobierno por la conducta de lord John Russell en la conferencia de Viena. ↩
La ley de responsabilidad limitada (Limited Liability Act), aprobada en agosto de 1855. ↩
Los proyectos de ley sobre las relaciones entre terratenientes y arrendatarios en Irlanda, presentados en 1853 por el gobierno de coalición. ↩
La Brigada Irlandesa era el grupo de diputados irlandeses que, desde 1851, formaban un bloque en los Comunes; varios de sus jefes entraron en cargos del gabinete de coalición de Aberdeen. ↩
William Shee (1804-1868), abogado (serjeant-at-law) y diputado irlandés, defensor de los derechos de los arrendatarios. ↩
John Sadleir (1813-1856), banquero y diputado irlandés, uno de los jefes de la Brigada Irlandesa, lord del Tesoro en el gabinete de coalición. ↩
Daniel O'Connell (1775-1847), jefe del movimiento nacional irlandés, por la emancipación de los católicos y por la derogación de la Unión con Gran Bretaña; en los años 1835-1841 sus diputados sostuvieron a los gobiernos whigs. ↩