Escrito por Karl Marx en Londres el 17 de febrero de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 88, del 22 de febrero de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 69-72), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 17 de febrero. El Parlamento reanudó ayer sus sesiones. La Cámara de los Comunes estaba visiblemente de mal humor. Parecía atormentada por la convicción de que las transacciones de las últimas tres semanas habían quebrantado por completo su autoridad. Allí estaba sentado otra vez el viejo ministerio, recién barnizado. Dos viejos lores que no podían entenderse habían desaparecido de él, pero un tercer viejo lord, que había compartido con ambos el voto de desconfianza, no había caído ningún peldaño abajo, sino solo al peldaño más alto. Lord Palmerston fue recibido con un silencio solemne. Ningún cheer, ningún entusiasmo. Su discurso fue acogido, por excepción, con visible indiferencia y un escepticismo malhumorado. Por excepción también le falló la memoria y rebuscaba vacilante entre las notas que tenía delante, hasta que sir Charles Wood le devolvió en un susurro el hilo perdido. Su auditorio parecía incrédulo de que el cambio de razón social fuera a salvar de la quiebra a la vieja casa. Toda su figura traía a la memoria el juicio del cardenal Alberoni1 sobre Guillermo de Orange:
«Este hombre era fuerte mientras sostenía la balanza. Es débil desde que se echó él mismo en uno de los platillos».
El hecho más importante fue, sin embargo, sin duda alguna, la aparición de una nueva coalición frente a la vieja renovada: la coalición de los tories, bajo Disraeli, con la parte más pronunciada de los radicales, los Layard, Duncombe, Horsman,2 etc. Precisamente entre estos últimos, los radicales de Mayfair, contaba Palmerston hasta ahora a sus partidarios más ruidosos. Esperanza defraudada de Layard de conseguir un puesto subalterno en el ministerio de la Guerra, murmura un periódico ministerial. ¡Echadle un puesto!, cuchichea otro.
Lord Palmerston empezó el anuncio de su nuevo ministerio con una breve historia de la crisis ministerial. Luego alabó su propio producto. El ministerio que había formado
«poseía suficiente habilidad administrativa, suficiente sagacidad política, principios suficientemente liberales, suficiente patriotismo y resolución de cumplir con su deber».
Lord Clarendon, lord Panmure, el señor Gladstone, sir James Graham: cada uno recibió su cumplido. Pero, excelente como era el ministerio, lo miraba fijamente una gran dificultad. Ahí estaba el señor Roebuck, empeñado en que se nombrara el jueves próximo su comisión investigadora. ¿Para qué necesitaba la Cámara una comisión? Les recordaba una anécdota de la época de Ricardo II, en tiempos de la rebelión de Wat Tyler.3 El joven monarca se había encontrado con una tropa de rebeldes cuyo cabecilla acababa de caer ante sus ojos. Yendo audazmente hacia ellos, había exclamado: «Habéis perdido a vuestro jefe; yo, amigos, seré vuestro jefe». «Así digo yo» (el joven (!) dictador Palmerston): «si vosotros, la Cámara de los Comunes, renunciáis ahora a esta comisión, el gobierno mismo será una comisión».
Esta comparación poco respetuosa de la Cámara con un club de «rebeldes» y la exigencia desenfadada de instituir al gabinete juez de sí mismo fueron acogidas con risas irónicas. ¿Pues qué queréis?, exclamó Palmerston, alzando la voz y echando la cabeza hacia atrás en esa conocida postura de desparpajo irlandés. ¿Qué pretende una comisión investigadora? ¿Mejoras administrativas? ¡Muy bien! Oíd todo lo que hemos decidido mejorar. Hasta ahora teníais dos ministros de la Guerra, el Secretary at War y el ministro de la Guerra. En adelante tendréis solo uno, el último. En el departamento de Artillería, el mando militar supremo se transfiere al comandante en jefe (los Horse Guards),4 y la administración civil al ministro de la Guerra. La oficina de transportes se ampliará. Hasta ahora, según la ley de 1847, el plazo de servicio era de 10 años. Ahora se permitirá alistarse por cualquier número de años, de 1 a 10. No se reclutará ni por debajo de los 24 años ni por encima de los 32. ¡Y ahora al teatro de la guerra! Aquí Palmerston, para llevar unidad, energía y orden a la conducción de la guerra y a la administración, elige el curioso medio de poner detrás de cada puesto un controlador con poderes indeterminados. Lord Raglan sigue de comandante en jefe, pero el general Simpson pasa a ser jefe del estado mayor, y Raglan «considerará su deber ejecutar sus consejos». Sir John Burgoyne5 es llamado a Inglaterra, y sir Harry Jones pasa a ser comisario general del comisariado con un poder dictatorial indeterminado. Pero a la vez se envía a Crimea a un civil, sir John McNeill6 (autor del célebre folleto Los progresos de Rusia en Oriente), para investigar las malversaciones, la incapacidad y la falta al deber del comisariado. Nuevas instalaciones hospitalarias en Esmirna y en Scutari; reforma del departamento médico en Crimea y en casa; barcos de transporte para enfermos y heridos que harán cada 10 días el viaje entre Crimea e Inglaterra. Pero a la vez el ministro de la Guerra pedirá prestados al ministro de Sanidad 3 civiles y los enviará a Crimea para que tomen allí las disposiciones sanitarias necesarias para prevenir la peste cuando llegue el tiempo primaveral y para que investiguen el personal y la conducta del departamento médico. Se ve que los conflictos de competencias están asegurados. Para resarcir a lord Raglan de su mando supremo, ahora «rodeado de instituciones constitucionales», recibe poderes para negociar en Constantinopla un cuerpo de 300 barrenderos y sepultureros turcos que, al empezar el deshielo, han de echar al mar el ejército muerto, los caballos podridos y demás inmundicias. En el teatro de la guerra se organizará un transporte terrestre propio. Mientras así se prepara por un lado la guerra, lord John Russell preparará en Viena la paz, si es factible.
Disraeli: Al oír los elogios del noble lord a la «habilidad administrativa y la sagacidad política» de sus colegas, apenas podía creerse que hablara de los mismos «chapuceros sin parangón» a los que la Cámara había condenado hacía 19 días. Suponiendo que las mejoras prometidas se llevaran a cabo y fueran lo que se decía, ¿no constituían la sátira más fuerte del ministerio, que era el único que se les había opuesto y que había declarado voto de desconfianza contra sí mismo una investigación de los Comunes sobre la mala administración anterior? Hasta lord John Russell había declarado que la misteriosa desaparición del ejército le resultaba inexplicable y que era indispensable investigar sus causas secretas. ¿Iba la Cámara a engañarse a sí misma y a revocar la decisión que había tomado hacía solo 10 días? Perdería con ello sin remedio su influencia pública durante años. ¿Cuál era el argumento del noble lord y de sus colegas recién pintados para inducir a la Cámara de los Comunes a entontecerse a sí misma? Promesas que sin la amenaza de una comisión investigadora nunca se habrían hecho. Él insistía en la investigación parlamentaria. Palmerston entraba en su nueva dignidad con una amenaza contra el movimiento independiente del Parlamento. Nunca había encontrado un ministerio tanto apoyo y buena disposición por parte de la oposición como el de lord Aberdeen, el «último» ministerio, pero ¡cómo había de decir! Los dos Dromios7 lo confundían por completo; diría por eso «el último ministerio y sus fieles actuales, sus representantes idénticos en el banco ministerial».
Roebuck declaró que el jueves próximo propondría los nombres para la comisión ya votada por la Cámara. La administración era la vieja; solo se habían barajado las cartas, pero habían vuelto a caer en las mismas manos. Solo la intervención directa de la Cámara de los Comunes podía romper las cadenas de la rutina y eliminar los obstáculos que no permitían al gobierno, aunque quisiera, llevar a cabo las reformas necesarias.
Thomas Duncombe: ¡El noble lord les había contado que él y el gobierno querían formar su comisión! ¡Muchísimas gracias! ¡Lo que la Cámara quería era precisamente investigar la conducta del noble lord y de sus colegas! Había prometido reformas, pero ¿quién iba a llevarlas a cabo? Los mismos hombres cuya administración había obligado a hacer reformas. En la administración no había cambiado nada. Era el statu quo ante Roebuck. Lord John Russell había desertado cobardemente de su puesto. El propio lord Palmerston era la «flor marchita» de 13 gabinetes ya reunidos con sus padres, del de lord Liverpool al actual. Por eso tenía que poseer sin duda «gran experiencia y elevado talento administrativo». Su lord Panmure no valía siquiera lo que el duque de Newcastle. El nombramiento de la comisión no era una censura. Se trataba de investigar. La censura seguiría probablemente pisándole los talones. En cuanto a las negociaciones de Viena, también en esto el gobierno estaba en contradicción con el pueblo. El pueblo exigía la revisión de los tratados de Viena de 1815 en interés de los polacos, los húngaros y los italianos. Y por guerra contra Rusia entendía la aniquilación literal de la preponderancia rusa.
Se ve que el ministerio Palmerston empieza con lo que acabó el ministerio Aberdeen: con la lucha contra la moción de Roebuck. Hasta el jueves próximo se hará todo lo posible por arrancar con malas artes una mayoría ministerial contra la comisión investigadora.
Giulio Alberoni (1664-1752), cardenal y ministro de Felipe V de España. ↩
Austen Henry Layard (1817-1894), Thomas Slingsby Duncombe (1796-1861) y Edward Horsman (1807-1876), diputados radicales o liberales independientes. ↩
La sublevación campesina de 1381 en Inglaterra. Su jefe, Wat Tyler, fue muerto en Smithfield ante el rey Ricardo II, que tenía catorce años y se ofreció a los rebeldes como su jefe. ↩
El cuartel general del mando del ejército británico en Londres, llamado así por el edificio en que se alojaba. ↩
Sir John Fox Burgoyne (1782-1871), general de ingenieros, director de los trabajos de sitio ante Sebastopol. ↩
Sir John McNeill (1795-1883), diplomático y médico, antiguo embajador británico en Persia, autor del folleto Progress and Present Position of Russia in the East (1836). ↩
Los dos gemelos indistinguibles de La comedia de las equivocaciones, de Shakespeare. ↩