Escrito por Karl Marx en Londres el 23 de junio de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 291, del 26 de junio de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 318-321), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrige una errata de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 23 de junio. El 18 de junio, aniversario de la batalla de Waterloo, esta vez no se celebró, naturalmente, en Londres. Había de celebrarse en Crimea con una victoria no contra los franceses, sino con los franceses. El acontecimiento parecía tanto más picante cuanto que Raglan, el famulus de Wellington,1 mandaba más o menos a las órdenes de un general de Napoleón III. La inscripción estaba lista; solo falló el acontecimiento que debía inmortalizar. No se dejará de reconocer en la historia del Imperio restaurado la predilección fatalista con que se devuelven a la vida las grandes fechas del Imperio, afirmando el éxito y negando el fracaso con una segunda edición corregida. Esta gloriosa resurrección de fechas napoleónicas, afortunada hasta ahora en los golpes contra la República, fracasa en los golpes contra el enemigo exterior. Y el Imperio sin las victorias del Imperio recuerda aquella adaptación del Hamlet de Shakespeare en la que no solo falta la melancolía del príncipe danés, sino el propio príncipe danés. Para el 2 de diciembre de 1854 se había encargado desde París un gran hecho de armas en Crimea.2 Se fue al agua por exceso de lluvia y falta de municiones. El 18 de junio de 1855 debía representarse ante Sebastopol la batalla en edición corregida y con la moraleja al revés. En su lugar se produce la primera derrota seria del ejército franco-inglés.

Londres está sombrío; los fondos han bajado, y Palmerston ha vuelto a perder en un día lo que había asegurado en meses con la táctica más fina. Las derrotas se produjeron el 18 de junio; la noticia telegráfica no las anuncia hasta el 22. El jueves pasado, el oficial Globe anuncia por orden de Palmerston que «no ha ocurrido nada serio». En la sesión nocturna de la Cámara de los Comunes de la misma fecha, Palmerston repite solemnemente la misma seguridad. Y ahora se ha comprobado que había recibido el despacho telegráfico ya a las 4 de la tarde del miércoles 20 de junio. El Leader3 afirma que lo hizo a petición apremiante de París, donde el desacierto en el campo de batalla se había convertido en acierto en la Bolsa. Sea como sea, el cockney le guarda un rencor serio a Palmerston. Que te derroten ya es bastante malo. Pero dejarse arrastrar, por la perfidia de los ministros, a ridículas ovaciones por la toma de Sebastopol en los teatros de Drury Lane y Covent Garden... this is too bad, Sir!4

Habíamos preparado suficientemente a nuestros lectores para la idea de que el empecinamiento de Pélissier en el asalto al lado sur anunciaba desgracias a los ejércitos aliados. Al mismo tiempo, cuando tomó el mando, llamamos la atención sobre la circunstancia atenuante de que la falta de medios de transporte le amontonaba grandes dificultades para las operaciones en campo abierto. Ambas cosas las confirma ahora la prensa inglesa. Así, por ejemplo, dice hoy el Morning Herald:

«El ejército no puede salir a campo abierto, como debería hacer conforme a todas las reglas de la estrategia, para batir al ejército de socorro de Simferópol. No puede porque los sepultureros oficiales, la negligencia y la demora, han vuelto a su obra asesina, y de las 28.000 cabezas de ganado de tiro que necesitamos solo tenemos a nuestra disposición de 4.000 a 5.000; y todo esto mientras la enfermedad vuelve a deslizarse por un campamento que encierra todos los estímulos para la fiebre, el cólera y la peste. Esta incapacidad de movimiento, como en Varna y en el valle de la Muerte,5 es la causa de que, día tras día, nuestros generales se vean obligados a malgastar la vida de nuestras tropas en ataques desesperados contra obras de tierra casi inexpugnables, mientras el magnánimo ejército que debería salir a campo abierto yace ocioso en el Chórnaya, sin caballería ni medios de transporte».

Con qué refinada negligencia ha manejado el gabinete desde el comienzo de la guerra los medios puestos a su disposición lo prueban de nuevo unos informes financieros que acaban de publicarse. Según este informe oficial, el saldo en caja de los fondos votados para el ejército ascendía el 1 de enero de 1854 a 1.835.882 libras esterlinas, y la suma gastada para el ejército hasta el 1 de abril de 1854 solo a 2.270.000 libras esterlinas, de modo que menos de ¾ de la suma votada por el Parlamento se empleó en el reclutamiento de tropas. ¿Y de qué pereció el ejército, según el informe del comité Roebuck? De exceso de trabajo. ¿Y de dónde el exceso de trabajo? De la debilidad numérica. Pero la debilidad numérica, como muestra el informe financiero, fue el resultado de una intriga de gabinete. ¡Y el príncipe Alberto se queja de que la reina no tiene tropas a su disposición! ¡Y de que el gabinete tiene las manos atadas! En el debate sobre la moción de Layard ha salido a relucir cómo ese mismo gabinete, mientras se quejaba de la falta de medios de transporte, enviaba barcos de transporte a Portsmouth pasando por Newcastle upon Tyne para cargar allí carbón, o del Clyde a Liverpool y de Deptford a Woolwich para que los inspeccionara el surveyor.

Los reveses del 18 de junio han hecho necesarios refuerzos inmediatos. En consecuencia, ayer se dio orden de embarcar en el acto: el 15.º regimiento de infantería, que acaba de volver de Ceilán; el 51.º regimiento de infantería ligera del Rey; los regimientos de infantería 80.º y 94.º; todos los destacamentos para la India de las distintas compañías de depósito, y 1.200 hombres de caballería, que partirán inmediatamente hacia el teatro de la guerra. Se han enviado órdenes telegráficas a Marsella para que salgan de allí vapores especiales hacia los gobernadores de Malta y Gibraltar y el lord alto comisario de las islas Jónicas, con el encargo de embarcar a todos los hombres aptos para el servicio no solo de las guarniciones, sino también de la reserva de la brigada de la Casa Real, y todos los batallones de reserva de que se pueda prescindir, antes de que lleguen los regimientos y las milicias que han de relevarlos. Zarparán inmediatamente: el 13.º regimiento de infantería ligera, de Gibraltar; el 31.º regimiento de infantería, de las islas Jónicas; el 48.º, de Corfú; el 54.º, de Gibraltar; el 66.º, de Gibraltar; el 92.º regimiento de los Highlanders, de Gibraltar. Las fuerzas británicas en Crimea aumentarán así en más de 13.000 hombres. A ello se suman 4 baterías de campaña, una tropa de artillería a caballo y un refuerzo del tren de sitio, todos listos y que solo esperan barcos de transporte. Inglaterra se encuentra, por lo demás, en la misma situación que en 1854. Sin ejército de reserva. Y peor aún. En 1854, como confiesa el informe Roebuck, Palmerston impidió y retrasó la formación de la milicia; pero en 1855 ha logrado poco menos que disolver la milicia ya formada. Los refuerzos, como se ve por la enumeración anterior, no solo absorben el grueso del ejército; se tragan los batallones de depósito y disuelven los cuadros. Inglaterra se parece así al salvaje de Montesquieu, que tala el árbol para hacerse con sus frutos.6 El país económico por excelencia gasta su capital militar en lugar de los intereses. ¡Ese es el resultado de las maniobras del gabinete en el que el príncipe Alberto exige confianza incondicional! Nada más falso que la idea, en el continente, de que Inglaterra tiene demasiada poca gente para poner ejércitos en pie. ¡En 1815, tras veintidós años de guerra, Inglaterra tenía en pie más de 350.000 hombres! Pero el gabinete descuida adrede los dos medios: el aumento de la prima de enganche para el ejército permanente y el sorteo para la milicia. ¿Qué otra cosa esperar del premier a quien la princesa Lieven7 pagó sus deudas en 1827 y al que en 1830 hizo nombrar ministro de Asuntos Exteriores, que procuró a Rusia con el tratado de Unkiar Skelessi una dictadura de ocho años sobre Turquía y que, ocho días antes de que expirara el tratado de Unkiar Skelessi, lo renovó en el tratado de los Dardanelos?8

Roebuck anunció ayer en la Cámara de los Comunes que el 3 de julio (el martes de la semana que viene) presentará la siguiente moción:

«Que esta Cámara, deplorando profundamente los sufrimientos del ejército en Crimea durante la campaña de invierno y de acuerdo con el informe de su comité en que la conducta del Gobierno fue la primera y principal causa de las desgracias que cayeron sobre ese ejército, impone por la presente su severa censura a cada miembro de ese gabinete cuyos consejos condujeron a resultados tan funestos».

La moción de Roebuck incluye, pues, adrede a Palmerston, Russell, Clarendon, Granville y Lansdowne,9 miembros a la vez del gabinete actual y del anterior. El pequeño abogado venenoso, parecido a Tersites,10 pero ladino y consumado en la táctica parlamentaria, se vio obligado a esta moción porque sus electores de Sheffield amenazaban con castigarlo en un mitin público con un voto de censura, a él, que el martes denunció a Palmerston y el jueves votó la confianza a ese mismo Palmerston. La desafortunada intromisión del príncipe Alberto entre el gabinete y el Parlamento, su provocación a la plenitud de poderes parlamentaria, fue otro motivo de esta moción, que amenaza con volver a privar a la reina «de sus servidores de confianza».

De las últimas hazañas y vicisitudes de los administrativos, así como de las maquinaciones de los curas, la próxima vez.

  1. Raglan había sido secretario militar de Wellington durante decenios. ↩

  2. Aniversario de la coronación de Napoleón I (1804), de la batalla de Austerlitz (1805) y del golpe de Estado de Luis Bonaparte (1851). ↩

  3. The Leader, semanario radical de Londres. ↩

  4. «¡Esto ya es demasiado, señor!». ↩

  5. El valle de Balaklava, donde el 25 de octubre de 1854 fue aniquilada la Brigada Ligera británica. ↩

  6. Montesquieu, Del espíritu de las leyes, libro V, cap. 13: «Cuando los salvajes de Luisiana quieren tener fruta, cortan el árbol por el pie y cogen la fruta». ↩

  7. Dorotea de Lieven (1785-1857), esposa del embajador ruso en Londres de 1812 a 1834 y figura influyente de la diplomacia rusa. ↩

  8. El tratado ruso-turco de Unkiar Skelessi (Hünkâr İskelesi), de 1833, y la convención de los Estrechos de Londres de 1841. ↩

  9. Henry Petty-Fitzmaurice, marqués de Lansdowne (1780-1863), whig, ministro sin cartera. ↩

  10. El soldado feo y deslenguado de la Ilíada. ↩