Escrito por Karl Marx y Friedrich Engels en Londres el 24 de mayo de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 243, del 29 de mayo de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 245-248), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW, que atribuye el artículo a los dos autores. La parte sobre Crimea se publicó, con otra redacción en algunos pasajes, en inglés en el New-York Daily Tribune del 12 de junio de 1855. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 24 de mayo. En cuanto la moción de Disraeli hizo prever una batalla en toda regla entre los ins y los outs de la Cámara de los Comunes, Palmerston dio la voz de alarma y, unas horas antes de abrirse la sesión, convocó a su residencia oficial de Downing Street al séquito ministerial junto con los peelitas, la Escuela de Manchester y los llamados «independientes». Acudieron 202 parlamentarios, incluido el señor Layard, que se sintió incapaz de resistir el canto de sirena ministerial. Palmerston hizo de diplomático, confesó, se arrepintió, apaciguó, engatusó. Aceptó sonriendo las reprimendas de maestro de escuela de los señores Bright, Lowe y Layard.1 Dejó a lord Robert Grosvenor y a sir James Graham2 que mediaran con los «exaltados». Desde el momento en que vio a los descontentos reunidos a su alrededor en su residencia oficial, mezclados con sus fieles, estuvo seguro de ellos. Estaban molestos, pero deseosos de reconciliarse. El resultado de la sesión de la Cámara de los Comunes quedaba así anticipado; no quedaba más que la representación parlamentaria de la comedia ante el público. La gracia se había perdido. Daremos un breve esbozo de esta comedia en cuanto se haya representado su último acto.

El regreso del tiempo cálido y húmedo ha reavivado en Crimea las formas de enfermedad propias de la primavera y el verano. El cólera y las fiebres intermitentes han reaparecido en el campamento aliado, hasta ahora todavía sin gran violencia, pero lo suficiente para servir de advertencia para el futuro. Se han dejado sentir los miasmas que despide la masa de materia animal en descomposición enterrada en toda la superficie del Quersoneso a solo unas pulgadas bajo la capa de tierra. Al mismo tiempo, el estado moral del ejército sitiador es cualquier cosa menos satisfactorio. Después de soportar las penalidades y los peligros de una campaña de invierno sin precedentes, los soldados se mantuvieron en cierto orden y de buen ánimo gracias al regreso de la primavera y a las promesas, repetidas sin cesar, de un fin rápido y glorioso del sitio; pero pasaba un día tras otro sin que hicieran ningún progreso, mientras los rusos avanzaban más allá de sus líneas y levantaban reductos en el terreno disputado entre ambos bandos. Los zuavos se volvieron indisciplinables y, en consecuencia, fueron llevados al matadero en el monte Sapun el 23 de febrero.3 Algo más de movimiento —no puede llamarse actividad— se mostró entonces por parte de los generales aliados; pero no se siguió con coherencia ningún objetivo seguro, ningún plan determinado. El espíritu de motín entre los franceses volvió a reprimirse gracias a las continuas salidas de los rusos, que les daban algo que hacer, y a la apertura del segundo bombardeo, que esta vez, sin embargo, había de terminar sin falta con la gran función del asalto general. Siguió un fiasco lamentable. Vienen luego operaciones de ingenieros, lentas, difíciles, estériles en esos éxitos que sostienen el ánimo de los soldados. Pronto se hartaron de estos combates nocturnos en las trincheras, donde caían cientos sin que se viera ningún progreso. De nuevo se pidió el asalto y de nuevo se empujó a Canrobert a hacer promesas que sabía imposibles de cumplir. Pélissier lo salvó de que se repitieran escenas de motín con el ataque nocturno del 1 de mayo.4 Se dice que lo ejecutó a pesar de una contraorden de Canrobert que llegó en el momento en que las tropas ya habían sido lanzadas adelante. Este acierto habría reavivado el ánimo de las tropas. Entretanto llegó la reserva piamontesa y el Quersoneso se llenó. Las tropas se creyeron capacitadas por estos refuerzos para una acción inmediata. Tenía que pasar algo. Se decidió la expedición contra Kerch, que se hizo a la mar. Pero antes de que llegara a la rada de aquella ciudad, un despacho de París hace que Canrobert la llame de vuelta. Raglan, naturalmente, consintió. Brown y Lyons,5 los comandantes de las fuerzas británicas de tierra y de mar en esta expedición, suplicaron a sus colegas franceses que atacaran la plaza a pesar de la contraorden. En vano. La expedición tuvo que volver. Esta vez la indignación de las tropas ya no pudo dominarse. Hasta los ingleses hablaban un lenguaje que no admitía equívocos; los franceses se encontraban en un estado que rozaba el motín. A Canrobert no le quedaba, pues, otro remedio que dimitir del mando de un ejército sobre el que había perdido toda influencia y todo control. Pélissier era el único sucesor posible, porque los soldados, hartos desde hacía tiempo de los generales crecidos en el invernadero del bonapartismo, habían pedido repetidas veces un jefe de la vieja escuela africana. Pélissier goza de la confianza de los soldados, pero asume el mando supremo en circunstancias difíciles. Tiene que actuar, y deprisa. Como el asalto es imposible, no queda otra cosa que salir a campaña al encuentro de los rusos, y no por el camino que antes describimos, en el que todo el ejército tendría que marchar por una sola carretera, además fuertemente atrincherada por los rusos, sino repartiendo el ejército por los muchos senderos de montaña y veredas, transitados casi solo por las ovejas y sus pastores, que permiten flanquear la posición rusa. Aquí se presenta una dificultad. Los franceses no tienen medios de transporte más que para unos 30.000 hombres a muy corta distancia de la costa. Los medios de transporte de los ingleses se agotarían si situaran una sola división no más lejos que en Chorgun, sobre el Chernaya. Cómo salir a campaña, cercar el lado norte en caso de éxito, perseguir al enemigo hasta Bajchisarái y establecer la comunicación con Omer Bajá con esta falta de medios de transporte es difícil de adivinar. Tanto más cuanto que los rusos, según su costumbre, se cuidarán de no dejar tras de sí más que ruinas, de modo que no podrá obtenerse ningún suministro de carros, caballos, camellos, etc., hasta que los aliados les hayan infligido una derrota completa. Veremos cómo sale Pélissier de estas dificultades.

Ya hemos señalado antes algunas circunstancias singulares relacionadas con el nombramiento de Pélissier. Pero hay que tener en cuenta todavía otro punto de vista. Cuando empezó la guerra, el mando supremo se confió al general bonapartista por excelencia, St-Arnaud. Este hizo a su emperador el servicio de morirse enseguida. Luego no se nombró a ninguno de los bonapartistas de primera fila, ni a Magnan, ni a Castellane, ni a Roguet, ni a Baraguay d'Hilliers.6 Se recurrió a Canrobert, hombre de un tinte bonapartista menos profundo y menos antiguo, pero de más experiencia africana. Ahora, cuando el mando vuelve a cambiar, se excluye a los bonapartistas du lendemain lo mismo que a los de la veille,7 y el puesto se entrega a un simple general africano, sin color político marcado alguno, pero de larga antigüedad y conocido en el ejército. ¿No ha de llevar necesariamente esta línea descendente a Changarnier, a Lamoricière o a Cavaignac,8 es decir, fuera del bonapartismo?

«¡Incapacidad para la paz como para la guerra, esa es nuestra situación!», observó hace unos días un estadista francés para quien todo está en juego con el régimen imperial. Que tenía razón lo prueba cada acto del imperio restaurado, hasta el nombramiento de Pélissier.

  1. Robert Lowe (1811-1892), diputado liberal y periodista del Times. ↩

  2. Lord Robert Grosvenor (1801-1893), diputado whig; sir James Graham (1792-1861), peelita, primer lord del Almirantazgo hasta febrero de 1855. ↩

  3. El ataque nocturno de los zuavos contra el reducto Selenginsk, del 23 al 24 de febrero de 1855, rechazado con grandes pérdidas. ↩

  4. En la noche del 1 al 2 de mayo de 1855 las tropas de Pélissier tomaron los contraaproches rusos ante el bastión Central. ↩

  5. El general sir George Brown (1790-1865) y el almirante sir Edmund Lyons (1790-1858). ↩

  6. Bernard Magnan (1791-1865), Boniface de Castellane (1788-1862), Christophe Roguet (1800-1877) y Achille Baraguay d'Hilliers (1795-1878), generales que apoyaron el golpe de Estado de 1851. ↩

  7. Bonapartistas «del día siguiente» (al golpe de Estado) y «de la víspera». ↩

  8. Nicolas Changarnier (1793-1877), Christophe Léon Louis Juchault de Lamoricière (1806-1865) y Louis-Eugène Cavaignac (1802-1857), generales de la guerra de Argelia y adversarios de Luis Bonaparte, detenidos en el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. ↩