Escrito por Karl Marx y Friedrich Engels (correspondencia fechada en Londres el 20 de junio de 1855) y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 287, del 23 de junio de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 309-313), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. La primera parte resume el editorial de Engels para el New-York Daily Tribune «Los planes de guerra de Napoleón». Se corrigen tres erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 20 de junio. La guerra local que Bonaparte proclama en el Constitutionnel es una guerra en el mar Negro, y su fin es la destrucción de la supuesta supremacía rusa en el mar Negro, una supremacía que, nótese bien, nunca se ha acreditado en el mar, ni siquiera frente a los turcos. ¿Cómo está la cosa en este momento? Desde Constantinopla hasta el Danubio, por un lado, y alrededor de las costas circasianas hasta Balaklava y Eupatoria, por el otro, toda la costa ha sido arrancada de manos de los rusos. Solo resisten aún Kaffa y Sebastopol, la una muy apurada, la otra situada de tal modo que tiene que ceder en cuanto se vea seriamente amenazada. Más aún. Las flotas espuman el mar interior de Azov, sus barcos ligeros llegan hasta Taganrog y bombardean todos los lugares importantes. Ninguna parte de la costa queda en manos de los rusos, salvo la franja de Perekop al Danubio, más o menos 1/15 de sus posesiones en esta costa. Suponiendo que Kaffa y Sebastopol hayan caído también y que Crimea esté en poder de los aliados, ¿y entonces? Rusia no hará la paz, como ya ha proclamado. Sería una locura. Significaría abandonar la batalla después de que la vanguardia haya sido rechazada, en el momento en que el cuerpo principal aparece en el campo de batalla. ¿Qué les queda por hacer a los aliados? Se nos dice que pueden destruir Odesa, Jersón y Nikoláyev. Pueden ir más lejos, desembarcar un fuerte ejército en Odesa, fortificarla contra cualquier número de rusos y actuar luego según las circunstancias. Pueden además destacar tropas al Cáucaso, destrozar al ejército ruso de Georgia y de las demás posesiones transcaucásicas (al mando del general Muraviov)1 y separar al Imperio ruso de sus posesiones del sur de Asia. ¿Y si Rusia sigue sin hacer la paz? Rusia no puede hacer la paz mientras el enemigo esté en su suelo. Desde hace 150 años no ha firmado una sola paz en la que haya perdido. Hasta Tilsit2 le procuró un aumento de territorio, y esa paz se firmó antes de que un solo francés pisara el suelo ruso. Alejandro II, recién llegado al trono, no puede siquiera intentar lo que habría sido peligroso incluso para Nicolás. No puede romper de golpe con la tradición del Imperio. Suponiendo que Crimea haya sido conquistada y la guarnezcan 50.000 aliados, que el Cáucaso y todas las posesiones del sur hayan quedado limpias de rusos, que un ejército aliado tenga en jaque a los rusos en el Kubán y en el Térek, que Odesa haya sido tomada y convertida en un campo atrincherado con un ejército de 100.000 hombres, y que Nikoláyev, Jersón e Izmaíl hayan sido destruidas u ocupadas por los aliados, ¿querrán los aliados limitarse entonces a sostener sus posiciones y confiarlo todo al cansancio de los rusos? Sus tropas se derretirán en Crimea y en el Cáucaso por las enfermedades más deprisa de lo que pueda reemplazárselas. Su ejército principal en Odesa tendría que alimentarse de las flotas, porque la tierra no produce nada en cien millas alrededor de Odesa. Allí donde se aventuraran fuera de su campo, quedarían expuestos a las hostilidades de los rusos y, sobre todo, de los cosacos. Obligar a estos a librar batalla sería imposible. Su ventaja sería siempre arrastrar tras de sí a los aliados hacia el interior del país. A cada avance de los aliados responderían con una lenta retirada. Además, no se puede tener mucho tiempo inactivos a grandes ejércitos en un campo atrincherado. Las enfermedades y el progreso gradual de la indisciplina y de la desmoralización obligarían a los aliados a dar un paso decisivo. No sirve, pues, ocupar los puntos principales de la costa y esperar a que los rusos juzguen necesario ceder. Sería además militarmente erróneo. Para dominar una costa no basta con tener sus puntos principales. Solo la posesión del interior garantiza la posesión de la costa. Un establecimiento en la costa sur de Rusia provocaría circunstancias que obligarían a las fuerzas aliadas a avanzar hacia el interior del país. Pero aquí empiezan las dificultades. Hasta los límites de las gobernaciones de Podolia, Kiev, Poltava y Járkov, el país es en su mayor parte estepa sin cultivar, muy pobremente regada, que no da más que hierba, y ni siquiera eso después de que el calor del sol la haya secado. Si se toman Odesa, Nikoláyev y Jersón como base de operaciones, ¿dónde está el objetivo contra el que los aliados [han de] dirigir sus esfuerzos? No aparece otro que Moscú, a 700 millas de distancia y que exige 500.000 hombres para marchar sobre ella. Pero todo esto presupone no solo una estricta neutralidad, sino incluso el apoyo moral de Austria. ¿Y dónde está? Prusia y Austria declararon en 1854 casus belli el avance de los rusos más allá de los Balcanes.3 ¿Por qué no, en 1856, un avance de los franceses sobre Moscú o incluso sobre Járkov? No hay que olvidar ni un momento que todo ejército que marchara desde el mar Negro hacia el interior de Rusia expondría su flanco a Austria tanto como un ejército ruso que avanzara desde el Danubio hacia Turquía, y que, por tanto, a cierta distancia, haría depender de la merced de Austria sus líneas de comunicación y su base de operaciones, es decir, su existencia misma. ¿Y en tales circunstancias habrían de lanzarse los ejércitos aliados, en una loca persecución,4 tras los rusos hacia el interior? Es un disparate, un puro disparate, pero la consecuencia necesaria del último plan de Bonaparte de «guerra local». Una dialéctica implacable empuja la «guerra local» en todos sus puntos más allá del límite local que se ha fijado y la convierte en guerra «grande», pero sin los supuestos, las condiciones y los medios de la gran guerra. Con todo, el último «plan» de Bonaparte sigue siendo importante. Es la confesión de que tienen que entrar en escena otras potencias para hacer la guerra contra Rusia, y de que el Imperio restaurado se ve condenado a la impotencia de hacer a escala local una guerra contra Rusia que solo puede hacerse a escala europea. Todas las metamorfosis grotescas [en las que] perecieron las idées napoléoniennes5 en el Imperio restaurado quedan superadas por la transformación de la guerra napoleónica contra Rusia en una «guerra local».
En el debate sobre la reforma administrativa,6 que se reanuda esta noche, la enmienda que presentó Bulwer en nombre de los tories dio al Gobierno ocasión de derrotar a los «administrativos» por una mayoría de 7 contra 1. Lo que caracterizó el debate de principio a fin fue el carácter de funcionario subalterno, por encima del cual no se elevó ni un momento. Detalles sobre favoritismo y nepotismo, indagaciones sobre el «mejor examen», rencores por el mérito postergado: todo era pequeño y mezquino. Se creía oír el memorial de agravios de un guarda forestal subalterno a un muy loable colegio gubernativo. También Aberdeen tenía in petto su reforma de la burocracia, aseguró Gladstone. También Derby,7 aseguró Disraeli. Y no menos mi ministerio, aseguró Palmerston. Los señores de la City no necesitan, pues, ponerse en movimiento para reformar, informar y reorganizar nuestras oficinas. ¡Demasiada bondad!
En sus agitaciones anteriores, la burguesía inglesa cogió por sorpresa a la casta gobernante y arrastró tras de sí a la masa como coro porque iba en su programa mucho más allá de su verdadero fin. Esta vez el programa ni siquiera se atreve a subir a la altura del fin verdadero. ¡Nos aseguráis una y otra vez que no queréis el derrocamiento de la aristocracia, sino solo remendar amistosamente con nosotros la máquina del gobierno! Very well! ¡Amistad por amistad! Os reformaremos la administración, dentro de sus límites tradicionales, naturalmente. La «reforma administrativa» no es un punto de disputa entre clase y clase, como aseguráis. Solo se trata de la «cosa», de reformas «bienintencionadas». Como primera prueba de vuestras buenas intenciones os pedimos que nos dejéis a nosotros los detalles, y solo se trata de detalles. Nosotros mismos tenemos que saber mejor que nadie hasta dónde podemos ir sin poner en peligro a nuestra clase, sin que la reforma administrativa se convierta por descuido en un punto de disputa entre clase y clase y pierda su carácter filantrópico. La burguesía reformista se ve obligada a aceptar este lenguaje irónico de bonhomie aristocrática porque ella misma habla a las masas un lenguaje falso. La aristocracia, ministerio y oposición, whigs y tories, no se engañaron ni un momento sobre la relación de los reformadores administrativos con la masa. Sabían que la agitación había fracasado antes de que encontrara siquiera ocasión de exhibirse en el Parlamento. ¿Y cómo iban a engañarse? Aunque la Asociación para la Reforma solo admitió a elegidos en su mitin del [teatro de] Drury Lane, aunque su público estaba cribado dos y tres veces, su miedo a una moción popular o simplemente a un discurso fuera del reglamento era tan desmesurado que el presidente declaró al abrir el mitin que el público solo estaba allí para «escuchar las alocuciones de los oradores anunciados en el programa», que no se someterían a votación «mociones», que «por tanto tampoco podían presentarse enmiendas» y que no podía haber «ninguna adición a la lista de oradores inscritos». Una agitación así no es, en efecto, la adecuada para imponerse a la tenaz oligarquía inglesa y arrancarle concesiones.
El informe del comité Roebuck, que se leyó anteayer en la Cámara de los Comunes, envuelve sus puntos esenciales en una verborrea ancha y floja. Contiene censuras formuladas con timidez a los distintos departamentos, como la Intendencia de Artillería,8 la Intendencia, el departamento médico, etc. Condena a Palmerston por su administración de la milicia y a todo el ministerio de coalición por la irreflexiva ligereza con que emprendió la expedición de Sebastopol. Como el comité evitó en todo momento, durante el interrogatorio de los testigos, averiguar las razones últimas de los enormes desastres, se ve naturalmente obligado también en el informe a mantenerse en equilibrio entre una censura muy general de los jefes políticos y una tacha de los instrumentos administrativos que se pierde en los detalles. En conjunto, el comité ha cumplido su fin de servir de válvula de seguridad contra la alta presión de la pasión pública.
La prensa diaria lanza un grito de indignación contra el «asesinato» ruso de Hangö.9 Que los ingleses han abusado, sin embargo, de barcos con bandera de parlamento para sondear con la sonda y espiar posiciones rusas, por ejemplo en Sebastopol y en Odesa, lo admite el Morning Chronicle.
Nikolái Muraviov (1794-1866), general, virrey del Cáucaso desde 1854. ↩
La paz de Tilsit (1807) entre Napoleón y Alejandro I dio a Rusia la región de Białystok. ↩
Por el tratado de alianza defensiva entre Austria y Prusia del 20 de abril de 1854. ↩
En el original, wilde Gänsejagd, calco del inglés wild-goose chase, empresa insensata. ↩
Alusión al libro de Luis Bonaparte Des idées napoléoniennes (1839). ↩
El debate sobre la moción de Layard acerca de la reforma de la administración pública, presentada el 15 de junio de 1855. ↩
Edward Stanley, conde de Derby (1799-1869), jefe de los tories, primer ministro en 1852. ↩
El Board of Ordnance, encargado de la artillería, los ingenieros y el material de guerra. ↩
El 5 de junio de 1855, en Hangö (Hanko, en la costa de Finlandia), los rusos dispararon sobre la tripulación de un bote británico que había desembarcado con bandera de parlamento; hubo muertos y prisioneros. ↩