Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 20 de febrero de 1855 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4332, del 8 de marzo de 1855. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 76-83), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Unas semanas más y, a menos que se concluya la paz en Viena en el plazo más breve, cosa en la que ahora, por lo visto, nadie cree en Europa, asistiremos al estallido en este continente de una guerra en comparación con la cual la campaña de Crimea desempeñará el papel insignificante que habría debido desempeñar en una guerra entre las tres mayores naciones de la superficie de la tierra. Las operaciones en el mar Negro y en el Báltico, independientes hasta ahora entre sí, quedarán entonces enlazadas por una línea de batalla que se extenderá a todo lo ancho del continente que separa esos dos colosales mares interiores; y ejércitos cuyo tamaño corresponde a la extensión casi infinita de la llanura sármata lucharán por su dominio. Entonces, y solo entonces, podrá decirse que la guerra se ha convertido realmente en una guerra europea.
La campaña de Crimea solo nos obliga a hacer unas breves observaciones adicionales. Hemos descrito tantas veces y con tanto detalle su carácter y sus perspectivas que solo tenemos que informar de algunos hechos nuevos que confirman nuestras exposiciones. Hace una semana observamos1 que esta campaña ha degenerado en una carrera de obstáculos por los refuerzos y que probablemente los rusos saldrán de ella vencedores. Ahora apenas cabe duda de que los rusos, en cuanto la estación permita operaciones metódicas y prolongadas, tendrán en la península entre 120.000 y 150.000 hombres, a los que los aliados, con un esfuerzo sobrehumano, quizá puedan oponer 90.000. Aun suponiendo que tanto Francia como Inglaterra tengan tropas suficientes para enviarlas allí, ¿de dónde sacarán los medios de transporte, mientras de cada cuatro barcos enviados al mar Negro tres se retengan allí con toda clase de pretextos? Inglaterra ya ha desorganizado por completo su servicio de vapores correo transatlánticos, y en este momento nada se demanda más que los vapores de altura, pero la oferta está agotada. Lo único que podría salvar a los aliados sería la llegada a tiempo a Crimea de un cuerpo austriaco de unos 30.000 hombres, que podría embarcarse en la desembocadura del Danubio. Sin semejante refuerzo, ni el cuerpo piamontés ni el napolitano, ni los escasos refuerzos anglofranceses, ni el ejército de Omer Bajá2 pueden serles realmente de utilidad.
Consideremos ahora qué parte de sus propias fuerzas armadas han comprometido ya Inglaterra y Francia en Crimea. Solo hablaremos de la infantería, porque las proporciones en que se agregan la caballería y la artillería a semejantes expediciones son tan variables que no pueden sacarse a ese respecto conclusiones determinadas. Además, toda la fuerza activa de un país se compromete siempre en proporción a su infantería. De Turquía no hablamos, porque con el ejército de Omer Bajá compromete en esta lucha su último, su único ejército. Lo que le queda en Asia no es un ejército; no es más que una caterva de chusma.
Inglaterra posee en total 99 regimientos, o 106 batallones, de infantería, de los cuales por lo menos 35 batallones están en el servicio colonial. Del resto, las cinco primeras divisiones enviadas a Crimea se llevaron unos 40 batallones más, y desde entonces se han enviado por lo menos 8 batallones de refuerzo. Quedan, pues, unos 23 batallones, de los que apenas puede prescindirse de uno. En consecuencia, Inglaterra admite abiertamente con sus últimas medidas militares que el pie de paz de su ejército está completamente agotado. Se emplean diversas artimañas para reparar lo que se ha descuidado. A la milicia, que cuenta unos 50.000 hombres, se le ha permitido asumir voluntariamente el servicio en el exterior. Ocupará Gibraltar, Malta y Corfú, y dejará así libres del servicio colonial unos 12 batallones, que podrán enviarse luego a Crimea. Se ha decretado una legión extranjera, pero por desgracia los extranjeros no parecen dispuestos a alistarse en un ejército en el que reina el gato de nueve colas.3 Por último, el 13 de febrero se dio orden de formar segundos batallones para 93 regimientos, 43 de 1.000 hombres cada uno y 50 de 1.200. Eso daría un aumento de 103.000 hombres, además de unos 17.000 más para la caballería y la artillería. Pero hasta ahora no se ha reclutado ni un hombre de estos 120.000. ¿Y cómo se les instruirá luego y se les dotará de oficiales? La excelente organización y la dirección general del ejército británico han conseguido emplear de un modo u otro, entre Crimea y las colonias, casi toda la infantería, salvo las compañías de depósito y algunos batallones de depósito, no solo a los hombres, sino también a los cuadros. Pues bien, en el escalafón del ejército británico abundan generales, coroneles y comandantes a media paga, que pueden emplearse para esta nueva fuerza. Pero, por lo que sabemos, faltan del todo o casi del todo capitanes a media paga, mientras que tenientes, alféreces y suboficiales instruidos no se encuentran en ninguna parte. Materia prima hay de sobra; pero los oficiales sin instruir nunca sirven para adiestrar a reclutas todavía sin instrucción, y los suboficiales viejos, experimentados y firmes son, como todo el mundo sabe, el principal sostén de todo ejército. Además, sabemos por la mejor autoridad, sir William Napier,4 que hacen falta tres años completos para adiestrar a la tag-rag y la bob-tail («chusma y gentuza») de la vieja Inglaterra y convertirla en lo que John Bull llama «los primeros soldados del mundo» y «la mejor sangre de Inglaterra». Si esto es así incluso en tiempos en que los cuadros existen y solo hay que completarlos, ¿cuánto tiempo hará falta, sin oficiales subalternos ni suboficiales, para fabricar héroes con 120.000 hombres que todavía no se han encontrado? Podemos suponer, puesto que todas las fuerzas militares de Inglaterra están comprometidas en esta guerra en tal grado, que el gobierno británico, en los próximos doce meses, solo podrá mantener ante el enemigo, como máximo, una «pequeña banda heroica» de 40.000 o 50.000 hombres. Esta cifra solo podría superarse durante periodos muy cortos, y aun así con una perturbación esencial de todos los preparativos para refuerzos futuros.
Francia, con un ejército mucho mayor y una organización militar incomparablemente más completa, no ha comprometido ni de lejos sus fuerzas en la misma medida. Francia posee 100 regimientos de infantería de línea, 3 regimientos de zuavos y 2 regimientos de la Legión Extranjera, cada uno de 3 batallones, además de 20 batallones de cazadores y 6 batallones africanos: en total, 341 batallones. De ellos, 100 batallones, uno por cada regimiento de línea, están destinados a ser batallones de depósito para recibir y formar a los reclutas. Solo los dos primeros batallones se envían al servicio activo fuera del país, mientras que los depósitos, que preparan los refuerzos, están destinados a mantenerlos con todos sus efectivos. Por eso hay que descontar de la cifra total 100 batallones. Si, como ocurría a menudo con Napoleón, estos batallones de depósito se utilizan como base para un tercer batallón de campaña, se hace asignándoles un número extraordinario de reclutas, y entonces siempre hace falta algún tiempo para que sean aptos para el servicio de campaña. Por eso las fuerzas del ejército francés utilizables de inmediato no pasan de 241 batallones. De ellos, Argelia necesita por lo menos 25; cuatro están en Roma; nueve divisiones de infantería, o unos 80 batallones, se han enviado a Crimea, Constantinopla y Atenas. En total, pues, están comprometidos unos 110 batallones, o casi la mitad de la infantería francesa utilizable con el pie de paz, sin contar los depósitos. Las mejoras del ejército francés, a saber, la organización a tiempo de los batallones de depósito, la llamada de los soldados licenciados con permiso durante su último año de servicio, la capacidad de llamar cada año al número completo de reclutas además de reclutamientos extraordinarios, y por último la especial aptitud de los franceses para la instrucción militar, permiten al gobierno duplicar su infantería en unos 12 meses. Si tenemos en cuenta el armamento silencioso, pero ininterrumpido, desde mediados de 1853, la creación de 10 o 12 batallones de la Guardia Imperial y los efectivos con que las tropas francesas pasaron revista el otoño pasado en sus respectivos campamentos, podemos suponer que la fuerza de su infantería en el interior es tan grande como era antes de que salieran del país las nueve divisiones, y que, si se tiene en cuenta la posibilidad de formar terceros batallones de campaña con los batallones de depósito sin afectar sustancialmente a su eficacia como depósito, es todavía mayor. Pero si calculamos en 350.000 hombres la infantería que Francia tendrá a finales de marzo en su propio territorio, más bien habremos calculado por lo alto que por lo bajo. Con la caballería, la artillería, etc., semejante fuerza de infantería representaría, según la organización vigente en Francia, un ejército de unos 500.000 hombres. De ellos, por lo menos 200.000 tendrían que quedarse en el interior del país como cuadros de los depósitos, para mantener el orden interior, para los talleres militares o los hospitales. Francia podría, pues, salir a campaña hasta el 1 de abril con 300.000 hombres, entre ellos unos 200 batallones de infantería. Pero estos 200 batallones no están a la par de las tropas enviadas a Crimea ni en organización, ni en disciplina, ni en firmeza bajo el fuego. Contendrían muchos reclutas jóvenes, muchos batallones formados de nuevo para la ocasión. Todos los cuerpos en que oficiales y soldados son extraños entre sí, donde existe una organización apresurada según el plan prescrito, terminada justo a tiempo para la partida, quedan muy por debajo de los viejos cuerpos de tropa, en los que la costumbre del largo servicio, de los peligros vividos en común y del trato diario durante años ha creado ese esprit de corps que muy pronto atrae también a los reclutas más jóvenes a su poderoso hechizo. Hay que admitir, pues, que los 80 batallones enviados a Crimea representan una parte del ejército francés incomparablemente más importante de lo que muestra la proporción puramente numérica. Si Inglaterra ha comprometido casi hasta el último hombre la mejor parte de su ejército, Francia ha enviado a Oriente casi la mitad de sus mejores tropas.
No es necesario repetir aquí los datos de las fuerzas rusas, porque hace muy poco hemos dado su número y su distribución.5 Basta con decir que, del ejército activo ruso, o del ejército destinado a operar en la frontera occidental del imperio, hasta ahora solo se han comprometido en la guerra los cuerpos 3.º, 4.º, 5.º y 6.º. La Guardia y el cuerpo de granaderos están completamente intactos, y también el 1.er cuerpo; el 2.º parece haber destacado aproximadamente una división a Crimea. Además de estas tropas se han formado o se están formando ocho cuerpos de reserva, iguales en número de batallones a los ocho cuerpos del ejército activo, aunque no iguales en efectivos. Así, Rusia pone en pie contra el Oeste una fuerza de unos 750 batallones, de los que 250 todavía no están del todo formados y siempre serán débiles en número, mientras que otros 200 han sufrido fuertes pérdidas en las dos últimas campañas. En cuanto a la reserva, los batallones quinto y sexto de los regimientos se componen principalmente de soldados veteranos, si se ha seguido el plan de organización original; los batallones séptimo y octavo, en cambio, tienen que estar formados por reclutas y servir de poco, porque el ruso, pese a su docilidad, aprende el servicio militar con extrema lentitud. Además, toda la reserva está mal provista de oficiales. Rusia, por tanto, ha comprometido ya aproximadamente la mitad de su ejército activo organizado regularmente. La otra mitad, que todavía no está comprometida (la Guardia, los granaderos, los cuerpos 1.º y 2.º), forma, sin embargo, la flor de su ejército, la tropa predilecta del emperador, por cuya eficacia vela con especial cuidado. ¿Y qué ha conseguido además Rusia comprometiendo la mitad de su ejército activo?6 Ha aniquilado casi por completo la fuerza ofensiva y defensiva de Turquía; ha obligado a Inglaterra a sacrificar un ejército de 50.000 hombres y la ha dejado fuera de combate por lo menos durante 12 meses; además, ha obligado a Francia a comprometer tropas en la misma proporción que la propia Rusia. Y mientras los mejores regimientos africanos de Francia están ya ante el enemigo, la élite de Rusia todavía no ha disparado un tiro.
Así pues, por el momento la superioridad está del lado de Rusia, aunque sus tropas empleadas en Europa no pueden jactarse de un solo éxito, sino que, por el contrario, han tenido que ceder en toda acción importante y abandonar todas sus propias empresas. Pero esto cambiará por completo en cuanto Austria entre en la guerra. Dispone de unos 500.000 hombres listos para el servicio de campaña, además de 100.000 en los depósitos y 120.000 en la reserva. Su fuerza total puede elevarse a 850.000 hombres con un reclutamiento no excesivo. Pero supongamos que su número sea de 600.000, incluidos los depósitos y sin tener en cuenta la reserva, que todavía no se ha llamado. De estos 600.000 hombres, 100.000 están en los depósitos y unos 70.000 en Italia y en otras partes del interior no amenazadas por Rusia. Los 430.000 restantes están concentrados en diversos ejércitos, de Bohemia a Galitzia y al bajo Danubio. De ellos, 150.000 hombres pueden concentrarse en muy poco tiempo en cualquier punto dado. Este formidable ejército crea en el acto una superioridad frente a Rusia en cuanto Austria empiece a actuar contra ella; porque desde que todo el antiguo ejército ruso del Danubio se destacó a Crimea, los austriacos son superiores a los rusos en todos los puntos y pueden llevar su reserva a la frontera con la misma rapidez, a pesar de la ventaja que ha ganado Rusia. Solo hay que señalar que la reserva austriaca es numéricamente mucho más limitada que la rusa y que, una vez llamados los 120.000 hombres de la reserva, todo nuevo aumento tiene que salir de nuevos reclutamientos y, por tanto, solo se producirá muy lentamente. Cuanto más tiempo retrase Austria su declaración de guerra, mayor ventaja concede, pues, a los rusos. Se nos ha dicho que, para compensarlo, un ejército auxiliar francés está en marcha hacia Austria. Pero el camino de Dijon o Lyon a Cracovia es bastante largo y, sin una buena organización, el ejército francés puede llegar tarde, cuando el verdadero valor del reorganizado ejército austriaco lo hace capaz de medirse incluso con un número algo mayor de rusos.
Así pues, Austria es dueña de la situación. Desde que tomó posiciones militares en sus fronteras orientales, mantiene su superioridad sobre los rusos. Si la llegada a tiempo de reservas rusas la privara por un momento de su superioridad, puede confiar en sus experimentados generales, los únicos, aparte de unos pocos húngaros, que han mostrado talento militar en los últimos años, y en sus tropas bien organizadas, la mayoría de las cuales ya ha estado bajo el fuego. Unas pocas maniobras hábiles, una retirada del todo insignificante, obligarían a su adversario a hacer destacamentos que le asegurarían probabilidades favorables. Desde el momento en que Austria mueva su ejército, Rusia, desde un punto de vista puramente militar, queda reducida a la defensiva.
Hay que mencionar todavía otro punto. Si Francia eleva su ejército del interior a 500.000 hombres y Austria su ejército total a 800.000, cada uno de estos países es capaz de llamar a las armas en doce meses por lo menos 250.000 hombres más. El zar, en cambio, si completa los batallones séptimo y octavo de sus regimientos de infantería y eleva su ejército activo total a 900.000 hombres, habrá agotado prácticamente todo lo que tiene a su disposición para la defensiva. Sus últimos reclutamientos, según se dice, tropezaron ya en todas partes con dificultades considerables: hubo que rebajar la talla y recurrir a otros medios extraordinarios para obtener los hombres necesarios. El decreto del emperador que llama a las armas a toda la población masculina del sur de Rusia,7 lejos de dar un aumento real del ejército, no hace más que delatar la imposibilidad de seguir reclutando con regularidad. Este medio se empleó en la época de la invasión francesa de 1812, cuando el país estaba realmente invadido, y aun entonces solo en 17 provincias. Moscú aportó 80.000 voluntarios, el 10 por ciento de la población de la provincia; Smolensk envió 25.000, etc. Pero durante la guerra no se los veía en ninguna parte, y estos cientos de miles de voluntarios no impidieron a los rusos llegar al Vístula en tan mal estado y en tan completa descomposición como los propios franceses. Esta nueva leva en masa significa además que Nicolás está resuelto a llevar la guerra hasta el extremo.
Pero si desde el punto de vista militar la participación de Austria en la guerra obliga a Rusia a la defensiva, no ocurre necesariamente lo mismo desde el punto de vista político. El gran medio ofensivo político del zar, sobre el que más de una vez hemos llamado la atención, es el levantamiento de los eslavos de Austria y de Turquía y la proclamación de la independencia de Hungría.
Nuestros lectores saben cuánto lo temen los estadistas austriacos. Sin duda el zar recurrirá a este medio en caso de necesidad; con qué resultado, está por ver.
No hemos hablado de Prusia: probablemente acabará yendo con el Oeste contra Rusia, aunque quizá solo después de algunas tormentas que nadie puede prever. En todo caso, es improbable que sus tropas desempeñen un papel muy importante antes de que se produzca un movimiento nacional, y por eso apenas necesitamos tenerlas en cuenta por el momento.
Omer Bajá (1806-1871), general en jefe del ejército turco. ↩
El látigo de nueve tiras con que se azotaba a soldados y marineros británicos. ↩
Sir William Francis Patrick Napier (1785-1860), general y autor de una History of the War in the Peninsula (1828-1840). ↩
En «La guerra europea». ↩
Marx tradujo este artículo, abreviado, para la Neue Oder-Zeitung (núms. 91 y 93, del 23 y el 24 de febrero de 1855; la primera parte, en «Asuntos parlamentarios y militares»); en esa versión sustituyó esta pregunta por la frase: «Solo la influencia de la diplomacia en la conducción occidental de la guerra explica los resultados que Rusia ya ha alcanzado...». ↩
El manifiesto de Nicolás I de comienzos de 1855 sobre la formación de una milicia general (opolchenie). ↩