Escrito por Karl Marx en Londres el 24 de septiembre de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 453, del 28 de septiembre de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 539-541), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 24 de septiembre. La situación comercial y financiera, no solo de Gran Bretaña, sino también, y en especial, de Francia, ocupa en este momento a la opinión pública casi tanto como la guerra de Crimea. El Banco de Francia, como se sabe, ha elevado al 5 por ciento su descuento sobre efectos públicos y garantías semejantes, mientras que descuenta las letras comerciales al 4 por ciento. Los directores del banco francés, asustados por la salida del metal precioso de sus sótanos, habían decidido ya elevar también al 5 por ciento el descuento de las letras comerciales cuando el ministro de Hacienda intervino directamente y les prohibió esa operación. Al gobierno le importa, naturalmente, mantener el mayor tiempo posible la apariencia de un mercado monetario holgado y de un crédito desbordante, y conservar de buen humor al mundo de los tenderos.
«Las exigencias sobre la riqueza de Francia durante los dos últimos años», decía el Manchester Examiner, «han sido enormes. En dos años, el gobierno de Luis Napoleón ha gastado 200.000.000 de libras esterlinas; el municipio de París ha empleado grandes sumas de dinero prestado en embellecer la capital; se han formado, a instancias y bajo la protección del gobierno, proyectos que requieren una riqueza extraordinaria; solo el Crédit mobilier1 ha sido el padre de por lo menos media docena de grandes compañías, cada una de las cuales ha inflado sus acciones con una prima enorme; el capital de estas compañías está todavía por desembolsar, y una masa infinita de papel accionario pasa de mano en mano sin tener en cuenta el día de la liquidación. La situación financiera del gobierno, el carácter puramente especulativo de la mayor parte de esas empresas, el estado actual del mercado monetario francés, la presión de otra cosecha mediocre sobre la masa del pueblo y sobre la Bolsa, todo ello apunta a posibles desgracias, tan perturbadoras para la guerra de Oriente como para la paz interior y la prosperidad de Francia.»
Con respecto al mercado de cereales, el periódico citado observa en particular:
«No cabe ninguna duda de que ambos países, Francia e Inglaterra, serán importantes importadores de grano. Los pedidos que han salido ya de aquí hacia las provincias del Danubio harán que los Estados Unidos embarquen hacia Europa cereales en lugar de oro. La cosecha del año pasado fue la mejor que Inglaterra había visto nunca, y sin embargo de agosto de 1854 a agosto de 1855 importamos 2.335.000 quarters2 de trigo y 1.588.892 quintales de harina, y aun así el precio medio estuvo durante todo el año por encima de 70 chelines. Este año necesitaremos importaciones mucho mayores para contener una subida todavía mayor de los precios. ¿De dónde obtener los suministros, si no es de Norteamérica? También en el norte de Alemania la cosecha está por debajo del rendimiento medio, y los Estados Unidos embarcan harina hacia el Báltico, del que en otros tiempos solíamos recibir suministros considerables en épocas de escasez. Austria, según anuncia su gobierno, disfruta de una cosecha media, pero es dudoso que disponga de un excedente para exportar, y en todo el sur de Italia reina una seria escasez, que no puede cubrirse como hasta ahora con envíos del mar Negro. Así, Francia tendrá que competir en la demanda de grano no solo con Inglaterra, sino con una gran parte del continente europeo. Nada muestra mejor lo incómoda que resulta esta situación para su gobierno que el artículo, mitad consolador, mitad aleccionador, del Moniteur.»
En cuanto a las numerosas sociedades anónimas nuevas en Francia que menciona el Manchester Examiner, un escrito aparecido hace poco en París, Opérations de Bourse, muestra que en una sola rama, la de los bancos por acciones, su número se ha sextuplicado desde la revolución de febrero, solo en París. Antes de 1848 existían solo 2; ahora hay 12 de estos bancos en París, a saber: la Banque de France, la Caisse Commerciale, el Comptoir d'Escompte, un banco comanditario con la razón social Lediheur y Cía., el Crédit Foncier de France, el banco de la Martinica, la Banque de Guadeloupe, la Banque de l'île de la Réunion, el banco de Argel, el Crédit mobilier, la Société Général du crédit maritime, la Caisse et journal des chemins de fer, el Comptoir central, el Crédit industriel y la Banque de Senegal. El capital desembolsado de estos bancos asciende solo a 151.230.000 francos, y su capital bancario total, solo a 252.480.000 francos, o unos 10.000.000 de libras esterlinas, lo que no iguala siquiera el capital del Banco de Inglaterra por sí solo.
«La enorme superestructura que el crédito ha levantado sobre esta estrecha base de capital», dice el Economist de Londres, órgano del gobierno, «no es en absoluto tranquilizadora. El Banco de Francia, por ejemplo, emite, con un capital de 91.250.000 francos, billetes por 542.589.300 francos, es decir, por seis veces esa suma. El Crédit mobilier está autorizado a emitir bonos por diez veces su capital. El Crédit Foncier de France, cuyo capital nominal es de solo 30.000.000 de francos, ha emitido bonos por valor de 200.000.000 de francos. Podemos prever, por tanto, que un pánico o una depreciación de esta inmensa masa de obligaciones causará en París y en Francia una miseria considerable.»