Escrito por Karl Marx en Londres el 12 y el 14 de febrero de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núms. 79 y 83, del 16 y el 19 de febrero de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 60-65), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW; no debe confundirse con la serie de 1853 del mismo título. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

N.º 79, 16 de febrero de 1855

Londres, 12 de febrero. Lord Palmerston es sin discusión el fenómeno más interesante de la Inglaterra oficial. Aunque es un anciano y está en la escena pública casi sin interrupción desde 1807, ha sabido seguir siendo una novedad y mantener vivas todas las esperanzas que suelen depositarse en una juventud prometedora y no puesta a prueba. Con un pie en la tumba, se supone que aún no ha empezado su verdadera carrera. Si muere mañana, toda Inglaterra se sorprenderá con la noticia de que fue ministro durante medio siglo. Sin ser un estadista universal, es sin duda un actor universal, con el mismo éxito en el estilo heroico que en el cómico, en el patético que en el familiar, en la tragedia que en la farsa, aunque esta última quizá cuadre mejor con su naturaleza. No es un orador de primera clase, pero es un consumado polemista parlamentario. Con una memoria prodigiosa, gran experiencia, un tacto perfecto, una presencia de ánimo que nunca le falla, una flexibilidad distinguida y el conocimiento más exacto de las mañas, intrigas, partidos y personalidades del Parlamento, trata los casos difíciles con una soltura complaciente, amoldándose a los prejuicios de su público de cada momento, protegido contra toda sorpresa por su nonchalance, contra toda confesión por su habilidad egoísta, contra todo desbordamiento apasionado por una profunda frivolidad y una indiferencia aristocrática. Bromista afortunado, se gana a todo el mundo. Como nunca pierde la sangre fría, impone respeto a los adversarios apasionados. Cuando le faltan puntos de vista generales, está siempre dispuesto a tejer una red de elegantes generalidades. Cuando es incapaz de dominar un asunto, sabe jugar con él. Cuando retrocede ante la lucha con un enemigo poderoso, sabe improvisar uno débil.

Cediendo de hecho a la influencia extranjera, la combate de palabra. Como heredó de Canning1 (quien, sin embargo, en su lecho de muerte previno contra él) la misión de Inglaterra de hacer propaganda constitucional en el continente, nunca le faltó, naturalmente, el tema para halagar los prejuicios nacionales y mantener a la vez despiertas las celosas sospechas de las potencias extranjeras. Convertido de esta cómoda manera en la bête noire de las cortes continentales, no podía dejar de figurar en casa como «ministro verdaderamente inglés». Aunque originalmente tory, ha conseguido introducir en la dirección de la política exterior todas las imposturas (shams) y contradicciones que constituyen la esencia del whiguismo. Sabe conciliar la fraseología democrática con las ideas oligárquicas; cubrir a la burguesía predicadora de la paz con el lenguaje altanero del pasado aristocrático de Inglaterra; aparecer como agresor donde está de acuerdo y como defensor donde traiciona; tratar con miramiento a un enemigo aparente y exasperar a un supuesto aliado; encontrarse, en el momento decisivo de la disputa, del lado del más fuerte contra el débil, y pronunciar palabras valerosas en el acto mismo de huir.

Acusado por un lado de estar a sueldo de Rusia, por el otro se le tiene por sospechoso de carbonarismo. Si en 1848 tuvo que defenderse en el Parlamento contra una moción para procesarlo por connivencia secreta con Rusia,2 en 1850 tuvo la satisfacción de verse perseguido por una conspiración de embajadas extranjeras que triunfó en la Cámara de los Lores pero fracasó en la de los Comunes.3 Si traicionó a pueblos extranjeros, lo hizo siempre con gran cortesía. Si los opresores estaban siempre seguros de su ayuda activa, a los oprimidos nunca les faltó el aparato de su generosa retórica. Polacos, italianos, húngaros, etc., lo encontraron siempre al timón cuando sucumbían, pero sus vencedores siempre le sospecharon de conspirar con las víctimas que él les había permitido hacer. Hasta ahora, en todos los casos, tenerlo por adversario era una probabilidad de éxito, y tenerlo por amigo, una seguridad de ruina. Pero si el arte de su diplomacia no aparece en los resultados reales de sus negociaciones exteriores, brilla tanto más en la manera como ha sabido llevar al pueblo inglés a aceptar frases por hechos, fantasías por realidades y pretextos altisonantes por motivos mezquinos.

Henry John Temple, vizconde Palmerston, fue nombrado en 1807, al formarse la administración del duque de Portland, lord subalterno del Almirantazgo. En 1809 pasó a ser Secretary at War y se mantuvo en ese puesto hasta mayo de 1828 en los ministerios de Perceval, Liverpool, Canning, Goderich y Wellington. Es en todo caso curioso encontrar al don Quijote de las «instituciones libres», al Píndaro de las «glorias del sistema constitucional», como miembro eminente y permanente de la administración tory que promulgó las leyes de cereales, estacionó mercenarios extranjeros en suelo inglés, «sangró» de vez en cuando al pueblo, según una expresión de lord Sidmouth,4 amordazó a la prensa, reprimió los mítines, desarmó a la masa de la nación, suspendió los tribunales ordinarios junto con la libertad individual; en una palabra, ¡que declaró el estado de sitio en Gran Bretaña e Irlanda! En 1829 Palmerston se pasó a los whigs, que en noviembre de 1830 lo nombraron ministro de Asuntos Exteriores. Salvo las interrupciones de noviembre de 1834 a abril de 1835 y de 1841 a 1846, en que los tories estuvieron en el poder, dirigió él solo la política exterior de Inglaterra desde la revolución de 1830 hasta el golpe de Estado de 1851. Un repaso de sus realizaciones durante este periodo, en otra carta.

N.º 83, 19 de febrero de 1855

Londres, 14 de febrero. El Punch ha tenido la costumbre, en las últimas semanas, de disfrazar a lord Palmerston de payaso del teatro de títeres. Este payaso, como se sabe, es alborotador de profesión, amante de las peleas ruidosas, incubador de malentendidos dañinos, virtuoso de la camorra, que solo está a sus anchas en la confusión general que arma, en la que arroja por la ventana a su mujer, a su hijo y al final también a la policía, para salir al final, después de mucho ruido y pocas nueces, del atolladero más o menos indemne y con una alegría maliciosa y burlona por el curso del escándalo. Y así es como aparece lord Palmerston, sin duda, desde un punto de vista pintoresco: como un espíritu inquieto e incansable que busca dificultades, complicaciones y embrollos como el material natural de su actividad, y por eso crea conflictos donde no los encuentra hechos. Ningún ministro inglés de Asuntos Exteriores se mostró nunca tan activo en todos los rincones de la tierra: bloqueos del Escalda, del Tajo y del Duero, bloqueos de México y de Buenos Aires, expediciones de Nápoles, expediciones de Pacifico, expediciones al golfo Pérsico, guerras en España por la «libertad» y en China para introducir el opio, disputas fronterizas en Norteamérica, campañas de Afganistán, bombardeo de San Juan de Acre, camorras sobre el derecho de visita de los barcos en África occidental, discordia hasta en el «Pacífico»,5 y todo ello acompañado y completado por una infinidad de notas amenazadoras, montones de protocolos y protestas diplomáticas. Todo este ruido parece resolverse por término medio en violentos debates parlamentarios, que aseguran al noble lord otros tantos triunfos efímeros. Parece tratar los conflictos exteriores como un artista que los lleva hasta cierto punto, pero se retira en cuanto amenazan con ponerse demasiado serios y le han proporcionado la excitación dramática que necesita. La historia universal misma aparece así como un pasatiempo inventado expresamente para la satisfacción privada del noble vizconde Palmerston de Palmerston. Esta es la primera impresión que produce en el observador desprevenido la abigarrada diplomacia de Palmerston. Pero examinada más de cerca resulta que, curiosamente, un país ha ganado siempre con sus idas y venidas diplomáticas, y no es Inglaterra, sino Rusia. Hume,6 amigo de Palmerston, le declaró en 1841:

«Si el emperador de Rusia tuviera un agente propio en el gabinete británico, no podría representar sus intereses mejor de lo que lo hacía el noble lord».

En 1837 lord Dudley Stuart,7 uno de los mayores admiradores de lord Palmerston, lo increpó con estas palabras:

«¿Durante cuánto tiempo todavía se proponía el noble lord permitir a Rusia insultar a Gran Bretaña y poner en peligro el comercio británico? El noble lord degradaba a Inglaterra a los ojos del mundo atribuyéndole el papel de un fanfarrón, altanero y tiránico con el débil, humilde y abyecto con el fuerte».

Al menos no puede negarse que todos los tratados favorables a Rusia, desde el tratado de Adrianópolis hasta el de Balta Liman y el tratado de sucesión danés,8 se concluyeron bajo los auspicios de Palmerston. El tratado de Adrianópolis, ciertamente, no encontró a Palmerston en el ministerio sino en la oposición; pero, por una parte, fue él quien reconoció el tratado, y además por un camino tortuoso; por otra, dirigía entonces la oposición whig, atacaba a Aberdeen por su tendencia austro-turca y declaraba a Rusia campeona de la civilización. (Véanse, por ejemplo, las sesiones de la Cámara de los Comunes del 1 de junio de 1829, del 11 de junio de 1829, del 16 de febrero de 1830, etc.) Sir Robert Peel le declaró en esa ocasión en la Cámara de los Comunes: «No sabía a quién representaba en realidad Palmerston». En noviembre de 1830 Palmerston se hizo cargo del ministerio de Asuntos Exteriores. No solo rechazó la oferta francesa de una intervención conjunta en favor de Polonia a causa de las «relaciones amistosas entre el gabinete de Saint James y el gabinete de San Petersburgo», sino que prohibió a Suecia armarse y amenazó con la guerra a Persia, que ya había enviado un ejército a la frontera rusa, si no lo retiraba. Él mismo costea parte de los gastos de guerra rusos al seguir pagando, sin autorización parlamentaria, intereses y capital del llamado empréstito ruso-holandés después de que la revolución belga hubiera anulado las estipulaciones relativas a ese empréstito.9 En 1832 permite que la hipoteca sobre los bienes nacionales que la Asamblea Nacional de Grecia había garantizado a los contratistas ingleses del empréstito anglo-griego de 1824 sea repudiada y transferida como garantía a un nuevo empréstito concluido bajo auspicios rusos. Sus despachos al señor Dawkins, el residente inglés en Grecia, dicen siempre: «Debe usted actuar de acuerdo con los agentes rusos». El 8 de julio de 1833 Rusia arranca a la Puerta el tratado de Unkiar Skelessi, que cierra los Dardanelos a los buques de guerra europeos y asegura a Rusia (véase el artículo segundo del tratado) una dictadura de ocho años en Turquía. El sultán se vio forzado a firmar el tratado porque había una flota rusa en el Bósforo y un ejército ruso a las puertas de Constantinopla, supuestamente para protegerlo de Ibrahim Bajá.10 Palmerston había rechazado repetidas veces la apremiante petición de Turquía de que interviniera en su favor, y la había obligado así a aceptar la ayuda rusa. (Según sus propias declaraciones en la Cámara de los Comunes del 11 de julio, del 24 de agosto, etc., de 1833 y del 17 de marzo de 1834.) Cuando lord Palmerston entró en el ministerio de Asuntos Exteriores, encontró la influencia inglesa absolutamente preponderante en Persia. Los agentes ingleses reciben de él la orden permanente de «actuar en todos los casos de acuerdo con el embajador ruso». Rusia, con su apoyo, sienta a un pretendiente ruso en el trono persa.11 Lord Palmerston permite la expedición ruso-persa contra Herat.12 Solo después de su fracaso ordena una expedición angloindia al golfo Pérsico, una maniobra aparente que reforzó la influencia rusa en Persia. En 1836, bajo el noble lord, Inglaterra reconoce por primera vez las usurpaciones de Rusia en las bocas del Danubio, sus cuarentenas, sus disposiciones aduaneras, etc. Ese mismo año aprovecha la confiscación de un barco mercante inglés, el Vixen (y el Vixen había sido despachado a instancias del gobierno inglés), por un buque de guerra ruso en la bahía circasiana de Sudzhuk Kalé,13 para reconocer oficialmente las pretensiones rusas sobre la costa circasiana. En esa ocasión se descubrió que hacía ya seis años que había reconocido en secreto las pretensiones rusas sobre el Cáucaso. En esa ocasión el noble vizconde escapó al voto de censura de la Cámara de los Comunes por una mayoría de solo 16 votos. Uno de sus acusadores más violentos fue entonces sir Stratford Canning, hoy lord Redcliffe14 y embajador inglés en Constantinopla. En 1836 uno de los agentes ingleses en Constantinopla concluye con Turquía un tratado de comercio ventajoso para Inglaterra. Palmerston aplaza la ratificación y en 1838 lo sustituye subrepticiamente por un tratado nuevo, tan útil para Rusia y tan perjudicial para Inglaterra que una serie de comerciantes ingleses del Levante deciden comerciar en adelante bajo la protección de casas rusas. La muerte del rey Guillermo IV dio ocasión al famoso escándalo del Portfolio. En la época de la revolución de Varsovia, con el palacio del gran duque Constantino había caído en manos de los polacos una colección de correspondencia secreta, despachos, etc., de los diplomáticos y ministros rusos. El conde Zamoyski, sobrino del príncipe Czartoryski, la trajo a Inglaterra. Aquí se publicó en el Portfolio, por orden del rey, bajo la redacción de Urquhart15 y la supervisión de Palmerston. En cuanto murió el rey, Palmerston negó su relación con el Portfolio, se negó a pagar los gastos al impresor, etc. Urquhart hizo imprimir su correspondencia con Backhouse, subsecretario de Palmerston. El Times (del 26 de enero de 1839) observa al respecto:

«No nos corresponde a nosotros entender lo que siente lord Palmerston, pero estamos seguros de que no cabe duda sobre lo que sentiría cualquier otra persona del rango de un gentleman y en la posición de un ministro tras la publicación de esa correspondencia».

  1. George Canning (1770-1827), tory, ministro de Asuntos Exteriores de 1822 a 1827 y primer ministro en 1827. ↩

  2. La moción la presentó en febrero de 1848 el diputado Thomas Chisholm Anstey, seguidor de David Urquhart. ↩

  3. En junio de 1850, por el asunto Pacifico, la Cámara de los Lores aprobó una moción de censura contra la política exterior de Palmerston y la de los Comunes votó luego en su favor. ↩

  4. Henry Addington, vizconde Sidmouth (1757-1844), ministro del Interior de 1812 a 1821, en la época de la represión que culminó en la matanza de Peterloo (1819). ↩

  5. Juego de palabras: Pazifik, el océano Pacífico, y «pacífico». ↩

  6. Joseph Hume (1777-1855), diputado radical. ↩

  7. Lord Dudley Coutts Stuart (1803-1854), diputado whig, defensor de la causa polaca. ↩

  8. La paz de Adrianópolis (1829) puso fin a la guerra ruso-turca de 1828-1829; el convenio de Balta Liman (1849) entre Rusia y Turquía puso los Principados del Danubio bajo la ocupación y el control común de ambas potencias; el tratado de Londres de 1852 regló la sucesión al trono de Dinamarca. ↩

  9. Empréstito contraído por Rusia en Holanda durante las guerras napoleónicas, cuyos intereses se comprometieron a pagar en parte Inglaterra y los Países Bajos en 1815, mientras Bélgica siguiera unida a Holanda. ↩

  10. Ibrahim Bajá (1789-1848), hijo de Mehmet Alí de Egipto, que en 1832-1833 llevó al ejército egipcio hasta Anatolia contra el sultán. ↩

  11. Mohammed Shah, que subió al trono de Persia en 1834. ↩

  12. El sitio de Herat por los persas en 1837-1838. ↩

  13. Fortaleza de la costa caucásica del mar Negro, en el emplazamiento de la actual Novorosíisk. ↩

  14. Stratford Canning, desde 1852 vizconde Stratford de Redcliffe (1786-1880), embajador británico en Constantinopla. ↩

  15. David Urquhart (1805-1877), diplomático y publicista, enemigo de la política rusa y de Palmerston. ↩