Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 15 de junio de 1855 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4431, del 2 de julio de 1855, con el título «Napoleon's War Plans». El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 291-296), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. El mismo razonamiento aparece, más breve, en las correspondencias de Marx y Engels para la Neue Oder-Zeitung «Sobre el debate de la moción de Layard — La guerra en Crimea» y «La guerra local — El debate de la reforma administrativa — El informe del comité Roebuck, etc.». Se corrige una errata de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
El Gobierno francés ha vuelto a juzgar oportuno dar a la opinión pública mundial, en las columnas del Constitutionnel de París,1 un nuevo indicio de la manera en que ha de continuarse la guerra en los próximos meses. Estas exposiciones no solo se están poniendo ahora de moda, sino que se vuelven periódicas; y, aunque se contradicen entre sí, dan una idea bastante buena de las posibilidades favorables que se abren en cada momento al Gobierno francés. En conjunto forman una colección de todos los planes de campaña posibles de Luis Bonaparte contra Rusia. Como tales merecen cierta atención, porque de ellos dependen el destino del Segundo Imperio y la posibilidad de un renacimiento nacional de Francia.
Parece, pues, que no ha de haber una «grande guerre» con 500.000 austriacos y 100.000 franceses en el Vístula y el Dniéper, ni tampoco un levantamiento general de esas «minorías oprimidas» que miran sin cesar hacia Occidente. Ejércitos húngaros, italianos y polacos no aparecen a la llamada mágica del hombre que derribó la República romana.2 Todo eso pertenece al pasado. Austria ha cumplido su deber para con Occidente. Prusia también. Y el mundo entero. Todos están contentos con todos. Esta guerra es cualquier cosa menos una gran guerra. No está destinada a renovar la gloria de las antiguas luchas de los franceses contra los rusos, aunque eso es justamente lo que dice de pasada Pélissier en uno de sus despachos. Las tropas francesas no se envían a Crimea para cosechar la más alta gloria de la victoria; están allí sencillamente para hacer de policía. La cuestión que exige una decisión es de importancia puramente local: la supremacía sobre el mar Negro, y se resolverá precisamente en ese espacio. Sería necio dar a la guerra dimensiones mayores. «Respetuosa pero firmemente», los aliados aplastarán todo intento de los rusos de resistir en el mar Negro y en sus costas; y, una vez hecho esto, entonces, claro está, ellos o Rusia o ambos harán la paz.
Así se ha desvanecido otra de las ilusiones bonapartistas. Los sueños del Rin como frontera de Francia, de la adquisición de Bélgica y de Saboya se han disipado, y en su lugar ha entrado una sobria modestia de proporciones insólitas. No luchamos por restablecer a Francia en el lugar que le corresponde en Europa. Nada de eso. Ni siquiera luchamos por la civilización, como solíamos decir hasta hace poco. Somos demasiado modestos para aspirar a algo de tal grandeza. Luchamos por... bueno, ¡luchamos nada más que por la interpretación del tercer punto del protocolo de Viena! Este es el lenguaje que emplea ahora Su Majestad Imperial Napoleón III, emperador de los franceses por la gracia del ejército y gracias a la tolerancia de Europa.
¿Y en qué para todo esto? Se nos dice que la guerra se hace para resolver una cuestión de importancia puramente local y que puede llevarse a buen término con medios puramente locales. Quitad a Rusia la supremacía efectiva sobre el mar Negro, y se habrá alcanzado el objetivo. Una vez que seáis dueños del mar Negro y de sus costas, sostened lo que hayáis conquistado, y Rusia cederá muy pronto. Ese es el último de los muchos planes de campaña trazados por el cuartel general de París. Vamos a examinarlo un poco más de cerca.
Tomemos las cosas tal como están en este momento. Toda la costa desde Constantinopla hasta el Danubio, por un lado, y alrededor de la costa circasiana, Anapa, Kerch y Balaklava hasta Eupatoria, por el otro, ha sido arrebatada a los rusos. Kaffa3 y Sebastopol son los únicos puntos que aún resisten; el uno, muy apurado; el otro, situado de tal modo que habrá que abandonarlo en cuanto se vea seriamente amenazado. Y eso no es todo: las flotas aliadas surcan el mar de Azov; sus barcos ligeros han llegado hasta Taganrog y han atacado todas las localidades importantes. De ninguna parte de la costa puede decirse que siga en manos de los rusos, salvo la franja desde Perekop hasta el Danubio, o más o menos la decimoquinta parte de sus posesiones en esta costa. Supongamos incluso que Kaffa y Sebastopol han caído y que Crimea está en manos de los aliados. ¿Y entonces? Que Rusia no hará la paz en esta situación ya lo ha proclamado a los cuatro vientos. Sería una locura que lo hiciera. Significaría abandonar la batalla después de que su vanguardia fuera rechazada justo en el momento en que llegan sus fuerzas principales. ¿Qué pueden hacer, pues, los aliados una vez que se hayan asegurado estas ventajas a un precio enorme?
Pueden, se nos dice, destruir Odesa, Jersón y Nikoláyev; pueden incluso desembarcar un gran ejército en Odesa, fortificarse allí de modo que puedan sostenerse frente a cualquier número de rusos, y actuar luego según las circunstancias. Pueden además destacar tropas al Cáucaso y aniquilar casi todo el ejército ruso que, al mando del general Muraviov,4 defiende Georgia y los demás países de Transcaucasia. Supongamos que todo eso se consigue; y de nuevo preguntamos: ¿qué pasará si Rusia, también después, se niega, como sin duda hará, a hacer la paz en esas circunstancias? No hay que olvidar que Rusia no se encuentra en la misma situación que Francia o Inglaterra. Inglaterra puede permitirse hacer una paz mezquina. En efecto, en cuanto John Bull se canse de las emociones y de los impuestos de guerra, no buscará más que salir de este aprieto y dejar a sus caros aliados abandonados a sí mismos. El verdadero poder y la fuente de fuerza de Inglaterra no están precisamente en esa dirección. También Luis Bonaparte puede encontrarse en una situación en que prefiera una paz sin gloria a una guerra a muerte. Pues no hay que olvidar que, en una causa desesperada, para un aventurero así la posibilidad de prolongar su dominio otros seis meses pesa más que cualquier otra consideración. Es seguro que, en el momento decisivo, Turquía y Cerdeña quedarán abandonadas a sí mismas con sus míseros recursos. Esto al menos es cierto. Pero Rusia, como la antigua Roma, no puede hacer la paz mientras el enemigo esté en su territorio. En los últimos ciento cincuenta años, Rusia nunca ha hecho una paz en la que perdiera tierra. Hasta Tilsit5 amplió su territorio, y la paz de Tilsit se firmó antes de que un solo francés pusiera el pie en suelo ruso. Hacer la paz mientras un gran ejército avanza por suelo ruso, una paz que traiga consigo una pérdida de territorio o, por lo menos, una limitación de la soberanía del zar en sus propios dominios, significaría a la vez romper con una tradición de ciento cincuenta años. No cabe esperar semejante paso de un zar nuevo en el trono y nuevo para el pueblo,6 cuyos actos vigila con inquietud un poderoso partido nacional. Una paz así no podría firmarse antes de que todas las fuerzas ofensivas y (sobre todo) defensivas de Rusia se hubieran empleado y se hubieran hallado faltas de peso.7 Ese día llegará sin duda, y Rusia se verá obligada a ocuparse de sus propios asuntos; pero eso sucederá por obra de enemigos distintos de Luis Bonaparte y de Palmerston, y como resultado de luchas mucho más decisivas que la ejecución «local» que se practica en sus posesiones del mar Negro. Pero supongamos que Crimea ha sido conquistada y la ocupan 50.000 aliados, que el Cáucaso y todo lo que queda más al sur se ha limpiado de tropas rusas, que un ejército aliado tiene en jaque a los rusos en el Kubán y en el Térek, que Odesa ha sido tomada y convertida en un campo fortificado en el que hay, digamos, 100.000 soldados anglo-franceses, y que Nikoláyev, Jersón e Izmaíl han sido destruidas u ocupadas por los aliados. Supongamos incluso que, además de esas luchas «locales», se han obtenido resultados más o menos importantes en el Báltico, aunque con la información de que disponemos es difícil decir en qué podrían consistir. ¿Y entonces?
¿Se limitarán los aliados a sostener sus posiciones y a desgastar las fuerzas de los rusos? Sus soldados se consumirán en Crimea y en el Cáucaso por las enfermedades más deprisa de lo que pueda reemplazárselos. Su ejército principal, por ejemplo en Odesa, tendrá que abastecerse por medio de la flota, porque la tierra no produce nada en cien millas a la redonda de Odesa. El ejército ruso, con sus destacamentos de cosacos, que en esas estepas son más útiles que en ningún otro lugar, si no puede tomar en algún punto de los alrededores de la ciudad una posición permanente, hostigará sin cesar a los aliados en cuanto se muestren fuera de sus atrincheramientos. En tales circunstancias no es posible obligar a los rusos a librar una batalla; su gran ventaja consistirá siempre en poder atraer a los aliados hacia el interior del país. A cada avance de los aliados responden con una lenta retirada. Y, sin embargo, no se puede tener mucho tiempo inactivo un gran ejército en un campo fortificado. El aumento gradual del desorden y de la desmoralización obligaría a los aliados a alguna acción resuelta. También las enfermedades les harían arder el suelo bajo los pies. En una palabra: ocupar los puntos principales de la costa y esperar allí el momento en que Rusia juzgue necesario capitular es un juego que nunca sale. Hay tres probabilidades contra una de que los aliados sean los primeros en cansarse de este juego y de que las tumbas de sus soldados en las costas del mar Negro lleguen pronto a contarse por cientos de miles.
Sería además un error militar. Para dominar una costa no basta con poseer sus puntos principales. Solo la posesión del interior asegura el dominio de la costa. Como hemos visto, son precisamente las circunstancias que se derivan de haberse establecido en la costa del sur de Rusia las que obligan a los aliados a penetrar en el interior del país. Y aquí empiezan las dificultades. Hasta los límites de las gobernaciones de Podolia, Kiev, Poltava y Járkov, el país es una llanura casi sin cultivar, muy pobremente regada, en la que solo crece hierba, y después de los calores del verano ni siquiera eso. Suponiendo que Odesa, Nikoláyev y Jersón se conviertan en base de operaciones, ¿hacia qué objetivo de operaciones podrían dirigir entonces los aliados sus esfuerzos? Hay pocas ciudades, muy distantes entre sí, y ninguna de importancia tan considerable que su ocupación vaya a dar a la operación un carácter decisivo. Hasta Moscú no hay un punto decisivo de ese tipo, y Moscú está a 700 millas. Para una marcha sobre Moscú harían falta 500.000 hombres, pero ¿de dónde iban a salir? La realidad es, naturalmente, que de esta manera la guerra «local» nunca podrá lograr un resultado decisivo; y no creemos a Luis Bonaparte capaz de encontrar otro camino con toda su exuberante fantasía estratégica.
Todos estos planes presuponen, sin embargo, no solo la estricta neutralidad, sino también el apoyo moral de Austria. Pero ¿de qué lado está esa potencia en este momento? En 1854, Austria y Prusia declararon que considerarían un avance del ejército ruso en los Balcanes como un casus belli contra Rusia.8 ¿Dónde está la garantía de que en 1856 no consideren un avance francés sobre Moscú, o incluso sobre Járkov, como motivo de guerra contra las potencias occidentales? No debemos olvidar que todo ejército que avance desde el mar Negro hacia el interior de Rusia tendrá un flanco tan descubierto frente a Austria como un ejército ruso que entre en Turquía desde el Danubio, y que, por tanto, a cierta distancia su comunicación con la base de operaciones, es decir, su existencia misma, dependerá de la merced de Austria. Para tranquilizar a Austria, aunque solo sea por algún tiempo, hay que comprarla entregando Besarabia a sus tropas. Una vez en el Dniéster, el ejército austriaco dominará Odesa tan por completo como si los austriacos ocuparan la ciudad. ¿Podría el ejército aliado, en tales circunstancias, arriesgar una persecución tan necia de los rusos hacia el interior de su país? ¡Sería un disparate! Pero, recordémoslo, ese disparate es la consecuencia lógica del último plan de Luis Bonaparte de una «guerra local».
El primer plan de campaña fue la «grande guerre» en alianza con los austriacos. Habría hecho que el ejército francés fuera frente al austriaco tan inferior en número y tan dependiente de hecho como ahora lo es el ejército inglés frente al francés. Habría dado a Rusia la iniciativa revolucionaria. Luis Bonaparte no podía hacer ninguna de las dos cosas. Austria se negó a actuar y el plan se abandonó. El segundo plan fue la «guerra de las nacionalidades». Esta habría desatado una tormenta entre los alemanes, los italianos y los húngaros, por un lado, y el levantamiento eslavo, por el otro, que habría repercutido de inmediato en Francia y habría destruido el Bajo Imperio9 de Luis Bonaparte en menos tiempo del que hizo falta para levantarlo. El falso «hombre de hierro» que se hace pasar por Napoleón retrocedió ante ello. El tercero y más modesto de todos los planes es la «guerra local por objetivos locales». Su absurdo salta a la vista. De nuevo tenemos que preguntar: ¿y ahora qué? Por lo demás, es mucho más fácil llegar a emperador de los franceses, cuando todas las circunstancias lo favorecen, que actuar como tal, aunque Su Majestad, a fuerza de largos ensayos ante el espejo, se haya familiarizado por completo con el lado teatral del asunto.
Le Constitutionnel, diario de París, órgano oficioso del Gobierno de Napoleón III. ↩
En 1849 un cuerpo expedicionario francés enviado por el presidente Luis Bonaparte derribó la República romana y restableció el poder temporal del papa. ↩
La actual Feodosia, en la costa sudeste de Crimea. ↩
Nikolái Muraviov (1794-1866), general, virrey del Cáucaso desde 1854. ↩
La paz de Tilsit (1807) entre Napoleón y Alejandro I dio a Rusia la región de Białystok. ↩
Alejandro II, zar desde la muerte de su padre, Nicolás I, el 2 de marzo de 1855. ↩
Daniel 5, 27: «Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto». ↩
El tratado de alianza defensiva entre Austria y Prusia del 20 de abril de 1854. ↩
El Bas-Empire, nombre peyorativo del Imperio bizantino tardío, aplicado por la oposición al Segundo Imperio. ↩